Las dos amigas
Don Luis Saavedra era un viejo tan inmensamente rico como avaro. Vivía en compañía de su única y bellísima hija Margarita, en una quinta que poseía en los alrededores de Buenos Aires; en el momento de presentarlos á nuestros lectores, ambos sentados al calor de una confortable estufa, hablaban indiferentemente. Los grandes ojos de la jóven, fijos en las caprichosas oscilaciones de la luz, parecian arrasados de lágrimas y su pequeña y rosada boca, ligeramente entreabierta, respondía á Don Luis con la mas refinada indiferencia. Este, con la mejilla izquierda apoyada en la palma de la mano, fijaba sobre su hija una mirada extraña, casi diabólica; los ojos de aquel hombre eran los ojos sangrientos del chacal[1]; su mirada recelosa y siempre velada por la espesa pestaña, le daba una expresion de indescriptible malignidad; de pronto el aspecto de su rostro varió por completo, pasó la mano por la enjuta frente y cual si pretendiera alejar una idea tenáz de su mente, sacudió la cabeza con fuera y dirijióse á su hija, le dijo:
—¿Qué tienes hija mia?
Margarita volvió su linda cabeza y contestó á su padre, sonriéndose dulcemente:
—Nada, padre mio.
—¿Cómo, Margarita mia, no tienes nada y tus ojos están humedecidos por el llanto?
—Es verdad, pero yo no sé explicar mi llanto; es tan sin razon, que á veces creo que sin pensarlo ni quererlo, lloro á mi perdida madre.
Don Luis se estremeció y luego repuso:
—Pues hija mia, tu tristeza raya en melancolía profunda; cuidado no vayas á enfermarte de veras; mira que tú eres mi único consuelo en la vida.
La jóven nada había contestado á la observacion de Don Luis, así que este prosiguió:
—Es preciso que me ábras tu corazon, hija mia; quizá mi experiencia encuentre un consuelo á tu dolencia.
—Nada os puedo decir, padre mio, murmuró Margarita con la voz temblorosa por la mentira que formulaban sus puros lábios, acaso por la vez primera, porque solo os volvería a repetir lo que antes os dijera; ignoro absolutamente la causa de mi extraño malestar, y, sin embargo, siento una necesidad en el alma que yo no acierto a comprender.
Don Luis se sonrió, pasó complacido la mano sobre la cabeza de su hija y luego la oprimio contra su pecho.
—¡Pobre, pobre angel mio! le dijo, mientras que gruesas y purísimas lágrimas cirstalizaban los ojos de Margarita. En aquel momento la puerta del salon que daba a la galeria del primer pátio, se abrió y la figura esbelta y graciosa de una jóven rubia como el oro y blanca como el nácar, adelantó hacia el padre y la hija, tendió su mano al primero y luego echó ambos brazos al cuello de la segunda. Margarita se puso de pié, besó a su amiga en la boca y luego le dijo:
—No te esperaba; ¡hace tanto frío, querida hermana!
—Es verdad, pero ¿qué quieres? cuando no te veo estoy inquieta; mi padre me dice que yo me parezco a un enamorado contigo, y esa es la verdad; figúrate ahora, estaba cansada de tanto trabajar anoche…..
—¡Trabajar tú!
—¿Y qué, no sabes que copio las correspondencias privadas á mi padre, y que generalmente son en inglés o aleman?
—¡Ah! no recordaba….
—Pues bien, imaginate que anoche he ayudado á mi buen padre hasta las dos y media de la mañana, y asi mismo, rendida, no he podido resistir el deseo de darte un beso, de verte, de abrazarte.
Margarita besó de nuevo á su amiga y una sonrisa tristísima rizó sus labios. Teresa, que así era el nombre de la jóven rúbia, sin ser dueña de sí misma, exclamó alarmada:
—¿Qué tienes, hermana mía?
—¿Yo? dijo Margarita sorprendida, yo no tengo nada.
—¡Oh! dime qué tienes, insistió la cariñosa jóven, ¿estás enferma?, ¿estás triste?
—Ni lo uno ni lo otro; no sé porque todos me dicen lo mismo, ¿acaso hay algo en mi semblante que indique un oculto pesar?
—Sí, Margarita, sí, hermana mia, hay algo en tu sonrisa, algo en toda tu persona que indica sufrimiento.
—Eso le decía yo —dijo Don Luis— pero me ha contestado lo mismo que á ti, no tengo nada.
Teresa miró a su amiga; y esta inclinó la cabeza suspirando; despues ambas guardaron el mas profundo silencio. La luz vaga y fantastica de la llama que se desprendía oscilando de la estufa, iluminada por intervalos el rostro cándido y noble de Teresa.
Era blanca, esbelta y elegante; su rostro puro y ovál tenía toda la celestial hermosura que sin duda poséen los ángeles de Dios; sus rasgados ojos pardos, de expresión lánguida y suave, tenian el reflejo de la nobleza y sencillez de su alma generosa; su boca era rosada, diminuta y ligeramente gruesa, su frente blanca y elevada estaba coronada por los dorados bucles de su rúbia cabellera, como de una diadema de oro; su naríz perfectamente recta y de forma primorosa completaba aquel rostro divino. Aquella mujer era lo ideal de lo bello, el ensueño rosado de un poeta.
Don Luis interrumpió el silencio.
—Cualquiera diria, dijo, que estais mudas ó que ambas me teneis miedo.
—Ni lo uno ni lo otro, padre mio, dijo Margarita, pero si me permites llevar á Teresa á mis habitaciones…
—Sal, mimosa, ¿desde cuándo pides licencia?
La jóven no oyó más, asió á su amiga por un brazo y ambas salieron precipitadamente. Las habitaciones de Margarita se componían de dos preciosas piezas edificadas en el centro del jardin, de un gusto y forma enteramente nuevos. Estaban en alto y conducia á su interior una escalera de mármol jaspeado, sostenida en las estremidades y descanso por torneadas pilastras de bronce y alabrastro. El saloncito de recibo era un retrete[2] encantador, con grandes balcones velados por naturales cortinas de madre-selva y jazmines del país, adornado en el antepecho[3] de la balaustrada con riquísimos maceteros cubiertos de perfumado resedá[4] y de flor de nieve. El mueblaje de aquel gabinete era rico, sencillo y elegante. Se componía de una alfombra de Bruselas, de fondo blanco con ramazon azul; de seis sillas indianas sombreadas con bronce y nácar, de un divan forrado en brocatela[5] azul, con rollos y cordones del mismo color, de un piano aleman de elegante construccion, enchapado con ébano é incrustado en sándalo, de una pequeña mesa de consol[6] que servía de pedestal á una lámpara veneciana con bomba[7] color de rosa y que encendida en el momento de entrar las jóvenes, difundía en la solitaria alcoba una luz vaga y medrosa como el rayo furtivo de la luna.
Margarita y Teresa, sentadas ambas en el diván azul, conversaban despacio, cual si temieran ser escuchadas: decia Teresa:
—¿Por qué rechazas la voz de tu corazon, amiga querida? ¿Por qué no le obedeces siendo tu inclinacion noble y digna?
—¡Nó, jamás, yo no puedo amarle!
—Piénsalo bien, replicó Teresa, no te engañes á ti misma, tú quieres alejar de ti ese amor porque crees que él es criminal, y, ¡ah! Margarita, yo te juro que solo es desgraciado.
—No me hables así, Teresa, mira que quizá llegaría á obedecer la voz de mi conciencia.
—¿Y crees que Dios te maldeciría por eso? al contrario, Dios te bendeciría porque salvas una alma, purificas una conciencia que sin una palabra tuya se arrojará quizá en brazos del crímen y de la infamia.
—¡Calla, Teresa, calla! ¿has olvidado que es el asesino de mi hermano?
—¡Asesino! nó, él mató a Fernando, pero fue en buena lid y leal duelo; tú lo sabes, Margarita; Plácido tenía una deuda de honor con tu hermano, que era un mal caballero, tú sabes que éste se negó a satisfacerla, insultando y apostrofando de un modo indigno á Santillana y que éste entonces, recurriendo al último estremo, escupió, abofeteando el rostro de Fernando; el desafio fue inevitable, y si Santillana tuvo la desgracia de herir de muerte á tu hermano, fue con integridad, sin violar en lo más mínimo las leyes del honor y el sentimiento de honradez y caballerosidad que lo hacen superior.
—Es verdad, es verdad —murmuró Margarita, con voz ahogada por los sollozos y ocultando la cabeza en el seno de su amiga.
En ese momento un ruido casi imperceptible llegó á los oidos de las dos amigas.
—¿Has oido? —dijo Teresa.
—Sí, contestó la otra, parece que hubiera alguien ahí.
—No lo dudes, tu padre nos espía.
—¡Dios mio! Teresa, ¡siempre ese hombre! —exclamó la pobre niña, pálida y aterrada.
—¿Quién, hermana mía?, ¿qué hombre?
—¡Ah! Teresa, yo nunca te lo he dicho, pero mira, yo creo que ese hombre no debe ser mi padre, tiene una expresion tan rara cuando fija sus ojos en mí, que muchas veces sin querer me estremezco. Y luego, Fernando se le parecía tanto y yo soy tan distinta…
—Muchas veces yo también he pensado lo que tú ahora me dices, pero cállate, tal vez nos escuchan.
- Esta y todas las itálicas del texto pertenecen al original. ↵
- Retrete. m. desus. Cuarto pequeño en la casa o habitación destinado para retirarse. (DRAE). ↵
- Antepecho. (De ante– y pecho). m. Petril o baranda que se coloca en lugar alto para poder asomarse sin peligro de caer. (DRAE).↵
- Reseda (Del lat. reseda.) F. Planta herbácea anual, de la familia de las resedáceas, con tallos ramosos de uno a dos decímetros de altura, hojas alternas, enteras o partidas en tres gajos, y flores amarillentas. Es originaria de Egipto, y por su olor agradable se cultiva en los jardines. (DRAE).↵
- Brocatel. (Del cat. brocatell, de brocat. brocado). m. Tejido de cáñamo y seda, a modo de damasco, que se emplea en muebles y colgaduras. (DRAE).↵
- Consola. (Del fr. console). f. Mesa hecha para estar arrimada a la pared, comúnmente sin cajones, y con un segundo tablero inmediato al suelo. (DRAE).↵
- Bomba. f. Pieza hueva de cristal, abierta por la parte superior y la inferior, y generalmente esférica, que se pone en las lámparas y otros utensilios semejantes, con el fin de que alumbre mejor y la luz no ofenda la vista. (DRAE). ↵






