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CAPITULO II

Amor

En una de las mas apartadas calles y casi en los suburbios de Buenos Aires, se veía al fin de una solitaria cuadra, entre tápias y tunales, un viejo y ennegrecido edificio, cuyas paredes tristemente iluminadas por la luz de la luna, le daban un aspecto aún mas lúgubre y sombrío. Altos y seculares álamos y acácias asomaban el follaje de su negra copa sobre las altas tápias, proyectando con sus ramas en los rayos de la luna, mil sombras vagas y fantásticas; el profundo silencio era solo interrumpido de tiempo en tiempo por el fúnebre graznar de la lechuza, por ese grito indefinible que conmueve y aterra, que espanta y hace pensar en la muerte. El ave nocturna, infatigable rondadora de la noche, velaba quizá en el alto tejado de la vieja casa; esta parecia arruinada, pero si alguno de mis lectores es curioso, ó curiosa, acompáñeme, nos internaremos en el jardin y alli verá un mirador de pabellon oriental de caprichosa forma, que sin duda será reconocido en el acto, por ser la habitacion de nuestra heroina Margarita. Un balcon del mirador esta entreabierto y allí de pié se vé un hombre de elevada talla, envuelto en una larga capa azul, semejante á aquellas que usaban los antíguos trovadores españoles.

Aquel hombre, esbelto y de tan apuesto continente, es Plácido, el ensueño dorado de Margarita. Sus rasgados ojos, fieros y enérjicos, están fijos, dilatados con una mirada suprema, sobre la figura purísima de Margarita. La jóven está recostada en el diván del saloncito azul, vestida de blanco, y levemente iluminada por la luz voluptuosa de una lámpara medio extinguida. Puede tomársele por una de esas misteriosas creaciones del poeta aleman Schiller[1]. La jóven velaba, como siempre, pensando en su destino y luchando con su amor.

Aquella mujer era la perfeccion más pura del idealismo; imposible es que la imaginacion mas exigente del poeta pudiera dar forma en sus ensueños á un ser mas hermoso que aquella niña. Era alta, flexible y graciosa; su frente de una blancura nítida y suavísima, tenía la palidez perfumada de la azucena y parecia iluminada por un rayo de inteligencia superior, por un gran pensamiento oculto y tenáz; tenía el cabello negro, rizado y abundante, y envolvia la blancura de sus hombros con un ancho manto de luto. Sus ojos intensamente azules, casi turquí, eran rasgados, húmedos y ligeramente dormidos; habia en la expresion de aquellos ojos sobrehumanos un rayo melancólico y tristisimo de fuego y de pasion indescriptible; su nariz fina y delicada parecia una copia de la de las vírgenes griegas modeladas por el cincel de Fídias[2] o creadas por el pincel de Apeles[3]. Su boca, sin ser pequeña, era de una forma primorosa y el suave y húmedo granate de sus lábios contrastaba de un modo encantador con la blancura purísima de sus bien formados dientes. La jóven estaba lánguidamente reclinada; su pensativa frente parecía velada por un pensamiento dulcísimo; de pronto la expresion de su rostro varió por completo, una desesperacion infinita se dibujó en sus facciones y pasando la mano por su frente:

—Imposible, murmuró, no puedo, nó.

Y volvió a su inmovilidad.

Luego, con voz cansada y como si su alma se negara á obedecerle,

—No, no puedo rechazarte, no puedo alejar de mí el recuerdo fatal de tu hermosura, hay una fuerza magnética que lo aferra mas que nunca á mi corazon y á mi cabeza; quiero apartar tu imágen y la veo mas hermosa y seductora, do quiera que fijo los ojos. ¿Quién te puso en mi camino, Plácido? ¡Yo era tan feliz antes de conocerte!

Dos lágrimas puras como gotas de rocio corrieron suavemente por sus mejillas; después enjugó los ojos con el blanco dorso de su mano, e inclinándose sacudió la rizada melena y su cabeza, de una perfeccion admirable, se destacó mas gallarda y hermosa sobre el fondo azul que cubría el sofá; sus lindas formas, apenas cubiertas por un finísimo cambray[4] batista[5], se transparentaban insitantes y sonrosadas, como se vé el brillante nácar a través del agua en el fondo de los mares. Los rayos de la luna le daban de lleno y aquella mujer aérea y bellísima, como el suspiro de un angel, parecia una emanacion celeste descendida á la tierra en un rayo de la medrosa luna……. Transcurrió media hora; los ojos de Margarita se cerraron, su boca se entreabrió con una respiracion igual y tranquila, uno de sus torneados brazos rodeó su cabeza y el otro cayó perezosamente á lo largo de su cuerpo. Estaba dormida.

Plácido, que atento á todos los mas mínimos movimientos de la jóven, vió á esta dormida, abandonó el balcón y adelantó de puntillas; su paso era tan leve que llegó a hacerse imperceptible al aproximarse á la dormida niña; hincó una rodilla en tierra y descubrió su varonil cabeza.

—¡Qué bella es, Dios mio! —murmuró extasiado, contemplando á Margarita con amorosa avidez, y luego, tomando una de sus manos, la llevó á los labios.

Margarita se estremeció; el contacto de aquella boca de fuego llegó á quemar su corazon; sus labios se entreabrieron con amoroso afan y el nombre Plácido se exhaló en un suspiro; luego, estendió los brazos y murmuró con infinita ternura:

—¡Plácido, yo te amo!

El hombre que estaba de rodillas se estremeció á su vez.

—¡Dios mio! —murmuró en el colmo de la dicha, ¡ella me ama!

Y luego, inclinándose sobre el rostro de la jóven, llegó casi a rozar con su boca la frente de esta.

—Margarita —murmuró suavemente con una voz leve como un suspiro; el cuerpo de la jóven tembló, sus ojos se abrieron con una expresion de indefinible espanto, arrojó un grito y quiso huir.

—¡Margarita! ¡Margarita! —repitió el desconocido con dolorido acento, quedando de rodillas á los piés de la jóven con las manos estendidas hácia ella, que, palida y conmovida, parecía mas blanca que la luna.

—Margarita, ¿por qué huyes de mí? ¿Acaso ha sido un sueño, acaso no me amas?

La jóven pasó la mano por su espaciosa frente.

—Yo no os conozco —dijo fijando en el desconocido una profunda mirada de mal disimulado asombro; —no sé quién sois.

—Sí, me conoces, sí, sabes quien soy, Margarita —dijo Plácido con desgarradora amargura.

El corazon de la jóven luchaba; hizo un esfuerzo para arrojar a aquel hombre de su presencia y sus lábios se abrieron para decir:

—¡Salid!

Pero su amor venció y exclamó con desesperacion, ya sometida a su destino:

—Y bien, Plácido, sí, te conozco por mi desgracia, sé quien eres, pero tú sin duda has olvidado que entre ambos hay un lago de sangre, y que esa fatal barrera jamás la podrás salvar para llegar á mi.

—¡Perdon! ¡Dios mio! ¡perdon, Margarita! —murmuró Santillana arrastrándose casi demente á los piés de la jóven.

—¡Que te perdone! —repitió esta, fijando sus ojos llenos de amor y piedad en el bello rostro de Plácido— ¿Que te perdone yo?, ¡pobre insensato!, ¿y has obtenido acaso el perdon de mi padre?

—Perdóname tú, adorada mia, perdóname y á fuerza de amor y respeto llegará a perdonarme tu padre tambien.

—Sí, Plácido, sí, te perdono, te amo —dijo Margarita levantando al cielo su frente iluminada por un rayo de purísima fe…

Plácido sabía que era amado, pero al escuchar aquella declaracion, tembló ante su amada y midiendo la generosidad de aquella alma, sintió trastornarse su cabeza; vio realizada su única ambicion, la unica, la mas grata aspiracion de su vida; su boca, muda y ardiente por la emocion, no profirió ni una sílaba; inclinó la frente sobre las temblorosas manos y dos lágrimas gruesas, ardientes, brotaron de sus ojos. Margarita, olvidándolo todo, solo pensaba en él, solo vivia en él; muda y agitada y doblemente bella con su amor sublime, contemplaba á su amante. Santillana levantó la cabeza.

—¡Oh! Yo he soñado —dijo, pasando la mano por su frente— yo he soñado que ella, mi Margarita adorada, me amaba, me había perdonado; ¿no es verdad que es mentira, señora?

—No, no es mentira, te he perdonado, Santillana, y te he amado desde el instante en que te vieron mis ojos; desde entónces te he amado con un amor puro y sublime como el martirio; ha sido un secreto tremendo que ha abrasado mi corazon y que ya rebelde por su propia fuerza, era un crimen sofocarlo. ¡Te amo ahora mas que nunca y de hoy en adelante mi único placer será pensar en ti, mi única ambicion que tú me ames!

—¿Qué yo te ame? ¡Margarita, angel mio! ¿tu sabes como te amo yo?

—Oh, no, dímelo, tu voz es una música; yo he adivinado el éco dulcísimo de tu acento, yo creo que te amaba antes de conocerte, y tú ¡oh!, dime como me amas tú.

—Bien, escucha, pero recuéstate en mis brazos, pon la cabeza sobre mi corazon, voy á contarte todos mis pensamientos.

La inocente vírgen se estremeció, inclinó la frente cubierta de rubor sobre el pecho generoso de Santillana y una impresion nueva y dulcísima recorrió las fibra de su cuerpo; la luz de la luna dio de lleno sobre aquel grupo encantador, y Plácido, reteniendo a su amada en sus brazos, selló aquella frente pura con un casto beso.

Margarita nada dijo, ni un solo reproche salió de sus lábios, ni la más mínima resistencia notó Plácido en su cuerpo ¿y para qué? ¿No era de Santillana su alma entera, no le amaba con toda la fuerza de lealtad y de pasion que cabia en su corazon? Entónces, ¿a qué un melindre de mal gusto?, ¿a qué una resistencia ridícula cuando se ama como ella amaba?

—Escúchame —le dijo Plácido— escúchame; vida mia, y sabrás todo lo que te amo: Yo era un hombre sin fé, sin creencias; vagaba á la ventura de un mar de dudas y dolores; algunas veces pensaba abrir mi corazon á las santas impresiones de un amor lejitimo, pero cuando abismado en la orfandad de mi propia existencia buscaba con los ojos del alma a la mujer que había de embellecer mi vida, no la encontraba, y un tédio infinito, un desencanto sin nombre llenaba mi corazon y consumia mi alma en una soledad espantosa. En uno de mis mas tristes dias salí de mi casa, como siempre hastiado y abatido; sin pensarlo ni quererlo, la casualidad encaminó mis pasos por la calle del Temple[6].

Las tristes y solemnes vibraciones de las campanas de las Monjas Catalinas llegaron á mis oidos y mi corazon tembló bajo la influencia de respeto religioso, nueva para mí; maquinalmente entré en el templo, hinqué una rodilla en tierra y tendí mis cansados ojos por los desiertos ámbitos. Todo era soledad, de tiempo en tiempo el canto triste y dulcísimo de las monjas y las notas suaves y armoniosas del órgano llegaban hasta mí y arrancaban lágrimas consoladoras a mis ojos: una sombra de mujer séria y graciosa pasó junto a mí; se detuvo, luego hincó sus rodillas y con las manos juntas comenzó su plegária: aquella mujer eras tú, angel mio; reclinada en la barandilla del altar vi tu cabeza, mas ideal y pura que la de los angeles y querubines que rodean el trono del Señor; te contemplé mudo de admiracion; temía verte desvanecer como una blanca sombra, como una ilusion; me acerqué temblando y me detuve á tu lado; sin duda tú comprendistes[7] la proximidad de álguien, porque volviste tu linda cabeza y me miraste con un candor, con una pureza que aun hombre de mundo le petrifican; debiste comprender mi admiracion, porque una dulce sonrisa iluminó tu rostro y pocos instantes despues salistes del templo: yo te seguí, entrástes en esta casa, y un frio de muerte recorrió mi corazon; me volví y pregunté al portero quien eras tú, y el pobre hombre sin saber el daño que me hacía,

—Es la hija de Saavedra —me dijo. Debí ponerme muy pálido porque el buen gallego corrió solícito hacia mí, prenguntándome:

—¿Está V. malo, caballero?

No le contesté, porque mi voz se anudó en la garganta, se crisparon mis manos y lancé una mirada de reto al cielo; luego me alejé de aquel sitio y levantando por última vez los ojos á tus balcones, allí, pegado á los cristales vi tu rostro divino y tus ojos que me seguían tenazmente. Transportado y delirante, traté de sustraerme á la influencia que ejercía tu mirada sobre mí y á pesar de huir desatinado de aquel sitio, te veía en todas partes.

Después, cuando me hallé solo con tu recuerdo adorado y un fantasma de sangre entre los dos, llegué a maldecirme y si no hubiera alimentado una débil esperanza para el porvenir, habría atentado contra mi vida. Te amaba con locura, y cuando pensaba en tu amor imposible, deliraba como un demente y llegaba hasta á orar. Tú me habías hecho creyente. Teresa, ese angel de bondad, ha sido hasta hoy mismo mi único consuelo; con ella hablaba de mi amor sin esperanza; de tu ternura hácia mi, tan grande pero tan fuertemente combatida por tu própia conciencia, y ella, en fin, me decidió á presentarme ante ti; ella me condujo hasta ese balcon donde ha latido mas de una hora mi corazon, de una manera tan ansiosa que habia momentos en que llevaba involuntariamente la mano al pecho, temiendo un derrame fulminante. Ahí he oido de tus lábios un ¡yo te amo, Plácido mio!, éco sublime, acento sagrado que vivirá resonando dentro de mi alma mientras yo viva.

Ahí te he visto dormida, soñando con tu amado, mas bella y pura que lo que mil veces mi mente soñó. Ahí te he visto, estendiendo los brazos buscando los míos llamarme entre un suspiro que ya tiene su santuario de fanática adoracion en mi tierno pecho, y cariñosa como el angel bueno de mi vida, ahí te he visto, en fin, sin poder dar crédito á mis ojos y me he lanzado á ti, ébrio de felicidad sin pensar en el porvenir. ¡Quiero avismarme en tu amor y que seas eternamente mía!

Margarita gimio. Plácido cubrió de besos aquella cabeza querida y luego prosiguió:

—Hoy, Margarita adorada, se ha unido á mi amor una admiracion sin limites producida por tu nobleza de alma, te has levantado sobre todas las preocupaciones sociales, sobre tu propia conciencia, has hecho a un lado el afecto de tu padre y me has amado. Has crecido á mis ojos y te veo superior a todo lo creado. ¡Bendita seas, amada mia! Yo viviré para ti, seré tu padre, tu hermano, tu amante y tu esposo; el cielo se abre para nosotros y el porvenir es nuestro.

La jóven, reclinada en el hombro de Santillana, escuchaba sus palabras suspensa de admiracion y amor.

Plácido prosiguió:

—Me pediste que te dijera cuánto te amaba y yo te he contado la historia de mi corazon ¿ya sabes todo lo que te amo?

—Sí, Plácido, con un amor igual al mio.

—¿No habrá nada, Margarita querida, capaz de arrebatarme esa ternura?

—Nada, Plácido querido, hay una voz secreta que me dice que te ame sin remordimientos, y yo, olvidando todas las preocupaciones de la conciencia, te amaré como se ama a Dios y te miraré como el ángel bueno de mi vida.

—Díme, amada mia, y si la sombra ensangrentada de Fernando se presentára ante tus ojos y con voz doliente te demandára ódio y venganza para el matador de tu hermano, ¿qué le dirías tú, amada mia?…

La jóven no titubeó; sus grandes ojos de un hermoso azul brillaron con un relámpago de infinita ternura y con voz dulce y resuelta contestó:

—Le diria maldíceme si quieres porque á ese que tú llamas matador de mi hermano, le he dado toda mi alma, me he hecho su esclava por mi libre voluntad y solo tengo para él amor y perdon.

Plácido, que suspenso y anhelante esperaba el fallo, por decirlo así, de su vida, puesto que al hacer esa pregunta arriesgaba quizá su felicidad naciente, tendió sus brazos á la jóven, desprendiéndose de sus ojos dos lágrimas de gratitud, y aquella grande alma, aquel amor sublime le arrancaron solo una palabra, pero íntima, profunda, con una entonacion suprema:

—¡Gracias!

Transcurrieron algunos minutos. Por fin Margarita, alargando su mano á Santillana:

—Adios, es preciso separarnos, es tarde y te espones permaneciendo aquí; mi padre vela mis pasos, creo que su ternura adivina por intuicion mi pensamiento; así es que no sería difícil que nos descubriera; pero vuelve todas las noches; salta las tapias por el lado de la noria, que allí te esperaré yo.

Y luego, sacando de su dedo un grueso anillo de oro con una piedra negra y cuadrada, rodeada en los bordes con un doble engarce de brillantes rosa:

—Toma —le dijo, poniéndoselo en la mano —esta sortija es un símbolo de eterno amor, de tu juramento inmortal entre los dos.

Plácido tomó el anillo que Margarita le alargaba, y con veneracion lo llevó á los lábios; luego desprendió de su chaleco una delgada cadenita de oro; hizo á un lado el reloj y dejando pendiente un pequeño medallon de oro liso con su retrato dentro, lo pasó sobre la cabeza de la jóven y rodeó el cuello de ésta con una doble vuelta. Se oprimieron la mano en silencio, resonó el último adios y el balcon se cerró trás la sombra de Santillana.


  1. Se refiere al poeta y dramaturgo Friedrich von Schiller (Marbach, Alemania, 1759-Weimar, id., 1805). Según se lee en “Biografías y vidas. Enciclopia biográfica en línea”, “en 1871 Schiller estrenó su primera pieza teatral, Los bandidos, drama antiautoritario que le supuso la deposición del cargo de cirujano mayor y la prohibición de escribir obras que pudieran atentar contra el orden social. (…). Según la crítica, su obra más lograda es la trilogía en verso Wallenstein (1776-1799), un drama en el cual los acontecimientos históricos adquieren una dimensión ideológica en los personajes que los protagonizan”.
  2. Fidias (o Pheidias): (490-430 d.C.): escultor ateniense, director artístico en la construcción del Paternón, creador de sus imágenes religiosas más importantes y diseñador, probablemente, de toda su decoración escultural. Se dice de Fidias que ha visto las imágenes exactas de los dioses y se las ha revelado al resto de los humanos. Fue quien estableció las imágenes de Zeus y Atenas” (extraido de la Enciclopedia Britannica en línea). Tanto en ésta como en las siguientes extracciones de la Enciclopedia Britannica, la traducción es mía).
  3. Apeles (o Apelles): (400-301 a.C.): pintor del período helenístico temprano altamente estimado por los antiguos estudiosos del arte, a tal punto que, aunque no se conserva ni una sola de sus obras, se lo considera el principal pintor de la Antigüedad. (…) Fue reconocido pintor de corte de Felipe II de Macedonia y de su hijo Alejandro III el Grande. (…) No se conservan originales de sus obras, solo copias de artistas posteriores que lo han emulado, especialmente durante el Renacimiento italiano”. (extraído de la Enciclopedia Britannica en línea, s/p.).
  4. Cambray. (De Cambray, ciudad de Francia). m. Especie de lienzo blanco y sutil. (DRAE).
  5. Batista. (De Baptiste, Bautista, nombre del primer fabricante de esta tela, en Cambray). f. Lienzo fino muy delgado. (DRAE). Por la yuxtaposición de ambas palabras puede inferirse que, más que de una redundancia de la autora, se tratara del uso lingüístico de la época para referirse a esa tela.
  6. Actualmente, la calle Viamonte. Para más información sobre los primeros nombres de calles de Buenos Aires, ver: goo.gl/tvkmg7.
  7. Por “comprendiste”, vacilaciones propias de la época y relacionadas tal vez con el uso indiferenciado de voseo y tuteo.


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