Demencia
Al volver á hallar á Margarita, no la encontramos ya como la vimos en la suntuosa casa de su supuesto padre, ni siquiera como la hallamos por segunda vez, en su pobre, pero aseada habitación de la calle del Temple. Sus delicadas formas, enflaquecidas y angulosas, habían perdido la redondez mórbida y graciosa de su primitiva belleza. Sus ojos, siempre hermosos, pero de mirada extraviada y recelosa, estaban desmesuradamente abiertos, con la expresión de la más profunda demencia.
Vestía una saya ó túnica corta de sarga[1] morada, y sobre su blanco pecho rodeado al cuello, llevaba un pañuelo de algodón oscuro.
Estaba sentada en el suelo, con los blancos pies desnudos y estendidos sobre el frío pavimento. Arrullaba en sus brazos un envoltorio y con voz triste, cantaba los versos de Maria Santísima.
De pié, por el lado de afuera de la verja que cerraba la puerta de la habitación que ocupaba la loca, se veían dos personas que contemplaban á esta con expresión de supremo dolor y abatimiento.
La una era Teresa, y el otro un joven médico del hospital, Fernando Benavidez, uno de esos tipos de especial dulzura, que basta verlos una vez, para inspirar veneración y simpatía.
Fernando contemplaba á la joven loca, y en sus pardos ojos de infinita dulzura se reflejaba un rayo de compasión conmovedora y tierna.
Teresa habia revelado al joven médico los secretos de Margarita, y este, cuyo bello corazón simpatizaba con todo lo que se parece á la desgracia, cuidaba a la desventurada joven con la solicitud y ternura de un hermano cariñoso; todos los medios imaginables habia puesto en práctica para volverle la razón; pero la ciencia habia sido impotente ante la locura de la pobre madre; todas las creencias y esperanzas del generoso médico se habían estrellado ante la fria demencia de la loca.
Después de contemplarla largo rato, Fernando y Teresa entraron, y dirijiéndose á la joven:
—Buenos días, Margarita —dijo Teresa, besando su pálida frente.
—¿Cómo estáis[2], amiga mia? —murmuró Fernando, estrechando entre las suyas la mano yerta y transparente de la joven.
Esta alzó sus grandes ojos con una expresión vaga y tristísima y poniéndose de pié oprimio fuertemente el rollo que tenía en sus brazos.
—No —murmuró— no me lo quitéis; y retrocediendo huraña y recelosa, fué á refujiarse en un rincón de la habitación.
—Margarita, amiga mia —exclamó Teresa, hondamente conmovida —soy yo, Teresa, tu hermana querida, no huyas de mí, nosotros te amamos mucho, no te vamos á quitar á tu hermoso hijo, vén.
Margarita, al oir la voz de su amiga, se detuvo, escuchó arrobada un instante, y luego se pintó en sus ojos una expresión indefinible de asombro y duda y depositando el envoltorio en el suelo, corrió hacia la joven, se paró delante de ella y mirándola fijamente:
—Nó, no es ella —murmuró muy bajo.
Y luego, repitiendo las palabras de Teresa, prosiguió:
—Tu hermana Teresa, mi hermoso hijo, no, tú estás loca, yo no tengo hermana, Teresa murió, mi hi…
Y la loca, sin concluir la palabra, se volvió hacia Fernando y esclamó dirijiéndose á éste:
—¿Conoceis á mi hijo, señor?
—Si, amiga; sí, conozco á vuestro hijo.
—¿Verdad, señor, que es muy hermoso?
—Sí, Margarita, sí, es bello como un ángel.
—¿Y en dónde está mi hijo? —exclamó de súbito, buscando con afán en derredor de la habitación y con la insensatez pintada en el semblante, la mirada extraviada y la voz hueca y sollozante.
—¡Me lo han robado! —gritó— ¡me lo han robado!
Y fué á caer de rodillas en un rincón, sollozando amargamente.
Teresa también lloraba, los ojos de Fernando estaban húmedos.
—No hay esperanza, Dios mio —murmuró Teresa— muerto su amante, robado su hijo y ella loca, ¡Margarita querida, Margarita!
Y la joven corrió donde estaba la infeliz demente, cubriéndola de lágrimas y besos.
El acceso fué debilitándose por momentos y la pobre loca quedó mas tranquila, mirando azorada cual si los viera por vez primera, á Teresa y Fernando.
Esta, que sufría horriblemente presenciando el doloroso estado de su amiga, volvió su noble cabeza hacia Fernando y reteniendo siempre entre las suyas una mano de Margarita:
—Decidme, Benavidez —dijo dirijiéndose al médico— ¿no os parece que la fria miseria en que yace mi infeliz amiga, contribuye en parte á hacer mas profunda su locura?
—En cuanto á eso, no me cabe la menor duda; el triste aislamiento en que vive, el cuadro de miseria que contempla á todas horas en esta húmeda habitación, el duro tratamiento de que es objeto por la grosera
gente que aqui sirve y sobre todo creo que su naturaleza no resista este género de vida y que su delicado organismo adquiera, á fuerza de contrariedades, una dolencia incurable, mil veces peor que la locura tranquila que ahora la embarga.
—Entonces, ¿sois de opinión que salga de aqui de cualquier modo?
Y Teresa al concluir la última palabra fijó sus ojos con particular insistencia en los ojos de Fernando, cual si quisiera que este comprendiera todo su pensamiento. Fernando se estremeció.
—Sí, es preciso —contestó maquinalmente, trastornado por aquella mirada incomprensible para él.
—¡Oh! vos no me comprendéis —dijo Teresa— ¿ó acaso os pesa haber sido generoso con nuestra pobre enferma? ¿ó es indiferencia lo que os hace contestarme así?
—¿Indiferencia? señaladme un sacrificio cualquiera, por espantoso que sea, y me veréis ejecutarlo feliz si es mandado por vos.
Las mejillas de Teresa se encendieron y bajando los ojos, murmuró confusa:
—No, yo no os mandaría jamás nada que pudiera haceros sufrir; por el contrario, lo que deseo es que hagáis una obra de inmensa caridad que halagaría vuestra pura conciencia.
—¿Y qué es ello, amiga mía? Podéis pedir todo lo que deseis, que os juro desde luego hacer lo que me pidáis.
—Bien, por mucho que me cueste, voy á manifestaros con franqueza mi pensamiento.
Fernando se inclinó. Teresa prosiguió con su dulce voz, ligeramente conmovida:
—La dolencia de Margarita, me habéis dicho, será muy fácil se haga incurable atendiendo á las malas condiciones de todo lo que la rodea; ahora deseo que me digáis qué creéis que le haga falta para ayudar á predisponer su espíritu enfermo á una reacción favorable, aunque tardía, pero tal vez segura.
—Por lo pronto, seria necesaria una habitación alégre y ventilada que tuviera vistas á un panorama cualquiera, pero siempre bello y variado como el rio ó un jardín, por ejemplo; aquella habitación debería tener un
rayo de sol, perfumes, armonías y sobre todo, vuestra ternura y especial delicadeza.
—¡Oh! en cuanto á mi cariño, creed que jamás le faltará.
—Pues bien; si eso fuera posible proporcionarle á nuestra interesante enferma, casi podría aseguraros su pronto restablecimiento; pero, ¿á qué hablar de esto, querida amiga? son sueños sin efecto, yo nada puedo hacer, soy pobre, y vos no sé si…
—Os engañáis, Fernando; vos podéis hacer mucho ó quizá lo principal, y yo, que tengo un padre inmensamente bueno y rico, puedo hacer lo demás.
—No os comprendo, esplicáos.
—Vais á comprenderme; suponeos que Margarita se pone mala, en dos dias muere de un ataque pronto; entonces vos pasáis un parte como médico del hospital de haber fallecido la loca tal ó cual, para todos
indiferente, y luego, poniéndoos de acuerdo con el ecónomo ó superiora del establecimiento, ya por amistad, ya por una gruesa suma de dinero que yo pondré á vuestra disposición, sacáis el supuesto cadáver y haciéndonos únicos dueños de él, lo trasladamos á un pequeño paraiso que yó habré dispuesto para ella y donde los dos la cuidaremos como á nuestra hermana; ¿qué os parece, Fernando?
—¿Qué queréis que me parezca?, que no sois un ser de la tierra, que sois un ángel.
—¡Oh! no digáis eso; vos mejor que nadie sabéis cuanto amo á esa infeliz, que soy su amiga, su hermana, quizá lo único que le resta en el mundo, que daría gustosa mi fortuna, mi vida, porque un rayo de inteligencia volviera á iluminar su hermoso rostro.
—Creed, Teresa, que con vuestra angélica ternura haréis mas que cuanto la medicina pueda hacer.
—¿Y creéis, amigo mio, que el campo le seria conveniente?
—Sin duda, una alma impresionable como la suya tendría á cada instante nuevos espectáculos que despertaran en ella el sentimiento y eso es lo que mas conviene para avivar su imaginación extraviada.
—Gracias, Fernando, es todo lo que deseaba saber.
Y la noble joven, llevando fijo un pensamiento en su mente, besó la frente de Margarita y echando el velo de su mantilla sobre el lindo rostro, tendió su mano á Fernando.
Benavidez estrechó con vehemencia aquella mano entre las suyas y reteniéndola suavemente;
—¿Cuando os volveré á ver? —le dijo.
—Mañana —contestó Teresa, fijando en Fernando una mirada tímida y apasionada.
—¿Permitís que os acompañe hasta el carruaje?
—Me daréis un placer.
Y la candida virgen, sintiendo por vez primera su corazón inundado de un sentimiento dulcísimo, pero enteramente nuevo para ella, enlazó su brazo al de Fernando.
Cuando hubieron anclado un buen trecho, ambos callados y pensativos, Fernando volvió la cabeza y fijando sus ojos llenos de pasión en el rostro de la joven.
—Vos me dijistes, Teresa, que ibais á manifestarme francamente vuestro pensamiento.
—Y lo he hecho, Fernando.
—Nó, habéis reservado para vos una parte.
—Yo no tengo secretos para Fernando.
—Debo creerlo, porque á vos quiero creéroslo todo.
—Preguntadme y veréis como os contesto la verdad de algo que he reservado sin pensarlo y que ni siquiera lo recuerdo.
—A ver, ¿decidme qué es? Es una pregunta solamente la que deseo haceros.
—Estoy pronta á complaceros, aunque sean muchas.
—Sois muy buena, con razón inspiráis tanta ternura.
—Vaya, decidme lo que queréis.
—¿Estáis impaciente?
—Sí
—Bien, lo que deseo preguntaros es, ¿qué os proponéis, al hacer pasar por muerta á Margarita?
—¿Y no lo habéis comprendido?
—No.
—Voy á decíroslo entonces: lo que me propongo es que una vez asentada su partida de defunción, Don Luis crea en su muerte y que si Margarita, mas tarde restablecida, vive á mi lado, sea libre y tranquilice su espíritu, siempre sobresaltado por las negras maquinaciones de Don Luis, con la idea de que éste cree que murió loca.
—Tenéis razón, no había caido en ello, sois hábil y os doy la enhorabuena por vuestra combinación, que Dios quiera surta todo el efecto deseado.
Teresa se detuvo.
—Aqui está mi carruaje —dijo.
Y alargando otra vez su mano á Fernando, subió en él, perdiéndose bien pronto en las revueltas calles de Buenos Aires.






