Plan de un crimen
Don Luis, á quién hemos olvidado hace algún tiempo, y el que desempeña un papel tan importante en los sucesos de este drama, se halla en su bufete leyendo agitado y rabioso la carta siguiente:
“Don Luis
“Eres un infame, un miserable, pero no te desprecio, por el contrario, te odio, y tiembla, porque mi venganza se acerca. Vas á darme cuenta de ella y de mi hijo; de lo contrario morirás; te aborrezco Hasta el veintiuno de Junio.
Plácido Santillana.
Don Luis concluyó, se agitó en el sillón y luego alargando el brazo tiró con fuerza la borla de la campanilla; se presentó un criado.
—Toma —dijo Don Luis alargándole una tarjeta— vé donde indican estas señas, busca á Jacobo Retamares y díle que Luis Saavedra le necesita[1]. El criado se inclinó y saludando desapareció.
La tarde de aquel mismo dia, Don Luis recibía en su despacho á un individuo, que nuestros lectores conocen ya; oigamos la conversación que ambos tenían. Don Luis se dirigía al bandido.
—El veintiuno de Junio, quizá por la mañana, debe pasar por las Tres Cruces.
—¿Estáis cierto, Don Luis?
—¡Vaya si lo estoy! y si dudas, mira.
Y Don Luis, sacando la carta de Santillana, la alargó á Jacobo. Cuando éste la hubo leído, se quedó pensativo.
—¿En qué piensas, Jacobo? —dijo Don Luis.
—En el medio de como debo componerme para dar con el pájaro.
—Eso no te preocupe.
—Por el contrario, es lo que mas me preocupa.
—Pero tienes un medio muy fácil.
—¿Cuál? decidlo vos.
—Irte algunos dias antes del fijado, y situarte anticipadamente en una posta cualquiera; por ejemplo, en la del Cóndor.
—Tenéis razón, no había caido en ello.
—Pues señor, no hay mas que hablar; despacharlo y buen viaje.
—¿Pero… ¿y la paga? no me habéis hablado nada.
—¿Cuánto quieres? eh, no vayas á pedir una barbaridad como la vez anterior.
—Lo justo, Don Luis, lo justo, el asuntillo es medio serio y creo que con cincuenta mil pesos no está bien pagado.
—¡Cincuenta mil pesos!!!… ¿estás loco?
—Ni uno menos; todo lo que me digáis será inútil; si no me dais lo que os pido, encargad á otro el negocio.
—¡Pero, Jacobo, ese es mucho dinero!
—No perdamos tiempo, Don Luis, vos no habéis sin duda reflexionado que tengo mujer é hijos y que corro mucho riesgo de vivir á la sombra por toda la vida, ó tal vez de ser ahorcado, como tres y dos son cinco.
—Y bien, dijo Don Luis, te daré lo que me pides.
—¿Cuándo?
—Cuando se haya consumado el hecho.
—Es decir, que si por una circunstancia imprevista se me escapa, me hiere ó me mata, vos os frotáis las manos libre de todo, y en tanto mi pobre viuda yace en la miseria y yo en Patagones ó en el otro mundo, que es algo peor.
—Y, ¿qué quieres?
—Muy poca cosa, por cierto.
—Habla.
—Pues bien, yo por ahora no quiero dinero, porque el pájaro pudiera escaparse y yo salir sin lesión alguna y entonces sería un robo lo que haria en lugar de un negocio.
¡El miserable tenia escrúpulos de robar á aquel infame, é iba, sin embargo, á cometer un asesinato por su orden!
Jacobo prosiguió:
—No os pido dinero, pues….
—Y entonces, ¿qué diablo quieres?
—Vuestra firma, una garantía para que con ella pueda hacerse pagar mi mujer, si yo muero, la suma convenida.
—¡Cómo! —exclamó Don Luis aterrado— ¿crees que yo te daré mi firma, miserable?
—No me insultéis, Don Luis; aquí vamos de igual á igual; sí ó no y asunto concluido.
—¿Y crees tú que después de haberte iniciado en mi secreto, te marcharías sin más ni más ?
—¿Y seriáis vos, por acaso, el que intentaría detenerme? —contestó Jacobo lanzando una carcajada de irónico desprecio.
Don Luis se puso lívido de coraje.
—Sí —dijo— yo te detendría con el canon de esta pistola —y dio un paso hacia Jacobo.
—Hacéis mal en amenazarme; bien sabéis que os conozco y que no os temo; calmaos y pensad el negocio todo el tiempo que queráis.
Don Luis se dejó caer en una silla, comprendió que con aquel hombre no podía luchar y reflexionando largo rato sacó en limpio después de mil ideas y alucinaciones que era preciso librarse de Plácido de cualquier modo y por cualquier medio que fuese, y dirijiéndose á Jacobo que se paseaba á largos pasos:
—Te daré mi firma —le dijo resueltamente.
Jacobo se detuvo, un rayo de alegría brilló en sus ojos.
—Ya sabia yo —dijo— que acabaríais por ser razonable.
Don Luis se sentó delante de la mesa de escribir y mojando la pluma, dijo á Jacobo:
—Vamos.
Este, con voz tan tranquila cuanto insegura era la mano de Saavedra, dictó lo siguiente:
“Yo, Luis de Saavedra, declaro bajo mi firma haber comisionado á Jacobo Retamares para asesinar á Plácido Santularia, mediante la suma de 50,000$, que me obligo á pagar á su mujer, si él fallece en la empresa ó es llevado á presidio, en cambio de este documento”.
Luis de Saavedra.
Jacobo leyó aquel papel dos veces, luego lo guardó en su roto paleto y tendiendo la mano á Don Luis:
—No tengáis cuidado, señor —dijo— estamos á diez y seis de Junio, el treinta, si Dios no dispone otra cosa, se habrá arreglado el negocio.
—Cuento con ello, ¡éh! no vayas á colgarme.
—De ningún modo, cuando Jacobo promete, cumple ó muere, asi es que no debéis inquietaros por este asunto.
—Bien, anda con Dios y no olvides que en ese papel llevas mi honra y mi vida.
—No lo olvidaré.
Y diciendo esto, salió dejando á Don Luis sumido en profundas reflexiones, tan negras como su negra conciencia.
- Leísmo. ↵






