Vida ó muerte
Margarita, contra toda su costumbre, se habia levantado del oscuro rincón en que constantemente se veía y apoyada ligeramente en los gruesos barrotes de la puerta de hierro de su habitación, contemplaba con avidez un pequeño niño, hijo del llavero del hospicio, el cual jugaba sobre las rodillas de su joven madre. Los ojos de la interesante loca lanzaban una mirada lúcida, profunda; esa expresión vaga é incierta de la demencia había desaparecido casi por completo; la transparente y nítida blancura de su rostro se habia coloreado ligeramente y un rayo de su antigua belleza hermoseaba su descarnado rostro. Cuando la madre, feliz con su pequeño ángel, sonreía, Margarita quería imitarla, pero sus labios solo hacían una mueca de indefinible expresión. De pronto Margarita se estremeció, abrió desmesuradamente los ojos, luego los cerró como si quisiera concentrar sus extraviadas ideas en algún recuerdo de su pasado y acabó por abrirlos fijándolos tenazmente en el niño.
En esta actitud se hallaba la loca, cuando de pronto, como brotado de la tierra, apareció en el patio uno de tantos locos como pululan[1] por aquel recinto y acercándose á la joven madre y al niño, suspenso y aterrado, le dijo con voz de trueno:
—Dame ese muchacho, yo me quiero vengar, ayer me hiciste enchalecar[2] y hoy me he escapado para matar á tu hijo.
Adelaida, que así se llamaba la joven, dio un grito de suprema angustia, estrechó el niño entre sus brazos y quiso correr, pero el loco, mas veloz que ella, la detuvo.
—No grites —le dijo— tienes que darme tu hijo, y con voz huraña y amenazante, repitió:
—Ayer me hiciste castigar y ahora me la vas á pagar bien.
Adelaida vio en el loco un enemigo implacable y comenzó á pedir á gritos socorro.
En tanto Margarita, cadavérica, con la mas horrible desesperación pintada en el semblante, con las manos crispadas, trataba en vano de romper los hierros para lanzarse fuera; el grito desesperado de aquella madre llegó á su corazón, despertando en su imajinacion, de una manera confusa, una escena terrible de su pasado.
Él llanto de aquel niño acabó de disipar su extraviada mente y lanzando un grito pidió socorro con una voz inmensamente vigorosa; aquel grito fué oído por el esposo de Adelaida, llavero del hospicio que, con el látigo en alto, corrió hacia el loco.
Margarita no vio el final de aquella escena; solo se presentó á sus ojos un cuadro igual al que hacia cuatro años se habia representado ante ella.
La pobre joven, en medio de su demencia, habia olvidado casi por completo la causa de su estado, pero en el fondo de su alma vivía dormido, aunque vivo y terrible como su desventura.
Como dijimos, Margarita no vio el fin de aquella escena, cerró los ojos y dando un grito sofocado dentro del pecho, cayó de espaldas en el suelo.
Aquella misma tarde Fernando, como de costumbre, al entrar en el hospicio se dirijió al cuarto de la joven y empujó la puerta; ésta cedió ligeramente y volvió á cerrarse con pesadez, cual si fuera impelida por una fuerza extraña.
—Margarita —dijo Fernando figurándose á la loca acurrucada tras de la puerta— quitaos de ahí, os voy á lastimar.
Nadie contestó.
—Margarita —insistió Fernando— es vuestro médico, vuestro amigo el que os viene á ver.
El mismo silencio respondió á Fernando, un silencio de muerte que llegó á aterrarle.
—Margarita —volvió á gritar con toda la fuerza de sus pulmones; pero solo los desiertos ámbitos del oscuro calabozo repitieron el eco, prolongándose este tristemente.
Entonces una duda horrible se apoderó de Fernando; intentó de nuevo abrir la puerta, quiso con sus delicadas manos torcer los barrotes de la ventanilla, pero todo fué inútil; ni la puerta ni los barrotes cedieron.
Fernando volvió la cabeza y gritó al llavero que cruzaba en aquel momento el gran patio del hospicio:
—¿Dónde está la loca que habita esta celda?
—¿Dónde quiere que esté, sino ahí, señor doctor?
—Aquí no está, la he llamado y no me ha respondido, he intentado entrar, pero la puerta, impelida por una fuerza estraña, vuelve á cerrarse.
—Ahora verá vd. como á mi me responde —dijo el llavero, avanzando hasta la puerta.
—¡Margarita! —borbotó[3] con voz amenazante.
Nadie respondió.
—Es la loca mas caprichosa que he visto —dijo Simón— si está con la manía no ha de contestar —y diciendo esto empujó la puerta brutalmente.
Fernando arrojó un grito y se lanzó á detenerlo, pero ya era tarde; la puerta, obedeciendo á la fuerza prodigiosa de Simón, giró precipitadamente y ambos pudieron penetrar en la habitación, aunque con algún trabajo.
Un cuadro horroroso se presentó á vista, Margarita, fria y ríjida como la muerte, yacía de espaldas sobre el duro pavimento, pálida y cadavérica, su cabeza estaba entre un lago de sangre, las manos crispadas vueltas atrás y los ojos fijos y sin expresión, parecían empañados por la muerte. Una espuma sanguinolenta cubría sus labios, y los dientes fuertemente unidos, denotaban la presión de las mandíbulas.
Fernando se puso de rodillas, aplicó el oido al corazón, éste no latía, el pulso también estaba paralizado; alzó suavemente con la yema de los dedos los párpados hundidos de la enferma, y una débil esperanza iluminó su rostro.
—Todavía no está muerta; aun queda un soplo de vida en su cuerpo, y volviéndose á Simón, que permanecía profundamente conmovido,
—Amigo mio —le dijo— la vida de esta infeliz señora puede estinguirse por momentos, corre y tráeme un poco de árnica, una esponja y algunas
vendas.
Y luego escribiendo algunas palabras en una hoja de su cartera, “para la señorita Teresa”, añadió.
—Que venga pronto, no te demores, por Dios.
Simón salió y dos minutos después Fernando, siempre arrodillado ante el miserable lecho de Margarita, aplicaba la esponja empapada en árnica sobre una honda herida que ésta tenía en la cabeza muy cerca de la nuca.
Cuando hubo restañado la sangre, Fernando, rasgando su pañuelo de hilo vendó con él la cabeza de la loca, luego enjugóle con agua fresca la cara amoratada y se puso de pié pulsándola á cada instante, solícito
y cariñoso.
Seis minutos después, en una camilla conducida por dos hombres precedidos por Fernando y acompañado de Teresa, que lloraba en silencio, cruzaba lentamente frente la puerta del “Hotel de ….”.
Plácido, desde un balcón de aquel mismo hotel donde se habia instalado aquella mañana, vio la camilla é instintivamente le siguió con la vista, sin parar la atención en las personas que la acompañaban, cuando el triste cortejo hubo desaparecido, Plácido se volvió, fijó sus
grandes ojos en el cielo y murmuró con indecible angustia: ¡¡¡Margarita mia!!!
Margarita, conducida á casa de Teresa, fué puesta en un blanco y cómodo lecho. Teresa, con esa delicadeza y suavidad que solo poseen ciertas mujeres, enjugó con agua y vinagre el pálido rostro de la moribunda, humedeció aquellos apretados labios con una gota de azahar y cubrió su seno descarnado con una rica camisola de encajes y batista blanca que prestaba á la loca un tinte de belleza espiritual, casi sublime; un médico joven y otro anciano, de grandes ojos y venerable
frente, se acercaron al lecho donde yacía Margarita. Teresa, llorando amargamente, pasó á la otra pieza inmediata.
Fernando, de pié al lado del mas anciano de los médicos, miraba á la enferma ansioso y esperaba un fallo terrible que él no se habia atrevido á formular. Margarita, siempre fria y ríjida, fué examinada prolijamente; aquel examen se hacía largo y horrible para Fernando.
El mas joven de los médicos aplicó el oido al corazón, de la enferma, luego la pulsó.
—Es una masa inerte —dijo— quizá vuelva á la vida, pero será para morir muy en breve en toda su razón.
El anciano movió la cabeza negativamente.
—Si muere —dijo— no volverá de su marasmo, y si vuelve vivirá.
Fernando se acercó.
—Dios mio —dijo asiendo con sus manos la rugosa mano del anciano— salvádmela maestro.
Este alzó su noble frente y, mirando á su discípulo, murmuró con dulce y cristiano acento.
—Hijo mio, tú sabes como yo, que Dios en sus impenetrables designios, puso valla á la ciencia, y dijo al hombre: tú serás sabio, pero no pasarás de ahí, y con su mano divina le señaló un término á su ciencia y su saber: yo no podria, pues, prometerte salvar á esta infeliz señora, pero puedo darte una esperanza, tal vez incierta, pero que yo no dejo de abrigarla, a pesar de la opinión enteramente contraria de nuestro compañero.
Fernando inclinó la cabeza con desaliento.
—¿Acaso tú no la has observado, hijo mio?
—No maestro, solo he curado su herida.
—¿Te ha faltado el valor para saber la verdad?
—Tal vez.
—¿Te pertenece?
—Sí, por un lazo muy fuerte y simpático, que une á todos los corazones buenos en el mundo, la desgracia.
—Oh! ¿era desgraciada?
—Mucho. Los órganos de su corazón deben estar enfermos por el sufrimiento.
El joven médico miró sorprendido á Fernando.
—Es verdad —dijo— están estraordinariamente dilatados y pueden desbordarse produciendo la muerte.
—¡Pobre Margarita! —y Fernando enjugóse una lágrima que surcó su mejilla, luego se aproximó al lecho y haciendo un esfuerzo, comenzó á examinar á la moribunda.
—En efecto —dijo— hay una gran dilatación en la parte superior del corazón, y en el cenil hay tendencia á un reblandecimiento, por efecto de la enagenacion que ha sufrido, pero, casi puedo aseguraros que espero una reacción favorable en la crisis que vá á presentarse.
—¿Lo creéis así? ¡Ojalá no os engañéis!
—Todo es posible, amigo mio, pero creo no engañarme.
—Entonces, ¿es mas posible que viva según vuestra opinión, Dr. Jazzon?
—Sí, y creo que si esto sucede, sin embargo, que tan posible es que muera como que salve, volverá á la razón porque este parasismo debe haber sido producido por algo que ha herido vivamente su imaginación, quizá alguna escena que le recordó el pasado, ¿no sabéis cual fué la causa de su locura?
—¡Oh! sí.
Y Fernando contó al anciano doctor el rapto del hijo de Margarita.
Jazzon escuchó profundamente, y luego dijo:
—No tengáis duda, algún niño del hospicio de dementes le ha recordado á su hijo, y le habrá producido este aletargamiento, que a veces en su fin es fatal y otras favorables según la naturaleza; ¿es joven?
—Creo que solo tiene veinticuatro años.
—¿Qué os parece Doctor Soulet? —dijo Jazzon, dirijiéndose al otro joven médico.
—Que la edad le es favorable aunque su naturaleza está muy empobrecida por los sufrimientos morales y su cerebro muy débil, casi sin resistencia para esta lucha de vida ó muerte que sostiene.
Los médicos se apartaron á una distancia del lecho y después de otra larga consulta, Fernando llamó á Don Víctor, y dejándolo con los médicos, se fué en busca de Teresa. Esta, en una pieza apartada, tendida en un sofá, lloraba sin reserva y retorcía sus blancas manos desesperadamente.
—¡Oh!, no me engañéis —dijo, viendo entrar á Fernando— no me engañéis por Dios.
—No —murmuró Fernando, sufriendo doble con el sufrimiento de Teresa— no os engañaré, jamás, pero es preciso estar preparado para todo, sin embargo, de haber algunas esperanzas.
Teresa se detuvo.
—¿De veras? —dijo acercándose á Fernando— ¿de veras, hay alguna esperanza?
—Si, mi noble amiga, si hay, pero no puedo deciros nada si no os tranquilizáis algo.
Y Fernando, atreviéndose por vez primera, se acercó á la desolada niña, y tomándola de la mano la arrastró suavemente hacia el sofá y la sentó á su lado. Ella no opuso resistencia, por el contrario, como si aquel fuera su hermano, doblegó el talle en sus brazos y aquella linda cabeza la atrajo Fernando sobre su noble pecho, y la frente de Teresa se rozó un instante con la sedosa barba negra de su amado; aquella frente purísima estaba separada por muy corta distancia de la encendida boca de Fernando, pero el respeto lo contuvo; una lijera inclinación hubiera bastado para unirse aquellas dos bocas, pero Teresa ni siquiera lo pensó, y Fernando inmensamente dichoso reteniendo en sus brazos á Teresa, no se atrevió á pedirlo tampoco. Fernando oprimio varias veces aquella cabeza contra su pecho diciéndole:
—No lloréis asi querida niña, no creáis que sea un caso perdido, hay esperanzas y si vive volverá á la razón.
—¡Oh! Dios mio —esclamó la inocente virgen— ¿que sacrificio no haría yo con tal de darle la vida?
—Vos sabéis Teresa, que eso solo Dios puede concedérselo, tened fé en él y tal vez podremos abrazar á nuestra amiga muy pronto fuera del mayor peligro.
—¡Oh! que él os oiga á vos Fernando, y si creéis que la fé puede influir en este caso, os juro que mi alma siempre está henchida de ese santo sentimiento, y que espera llena de fé sublime un milagro de Dios como el único que puede devolverme á Margarita.
La joven enteramente ocupada de su propio dolor y llena del recuerdo de su infeliz amiga, ni siquiera había participado de las emociones que en aquel momento hacian feliz á Fernando; así que un tanto calmada, se desprendió de los brazos de éste con la mayor naturalidad, y solo entonces cuando éste reteniéndola suavemente le hizo alzar los hermosos ojos, húmedos y tristísimos, se estremeció, y bajándolos ante la mirada de inmensa pasión que le devoraba murmuró confusa.
—¡Oh! Fernando escusad mi dolor.
—¿Y ni una mirada me dais Teresa?
—Salvadme á Margarita y…
—¿Después seremos felices Teresa?
—¡Oh! sí, muy felices.
—¿Es una promesa?
—Tomadla como tal y no preguntéis mas.
—Os he comprendido —y variando de tono se puso de pié— esta noche quiero que descanséis, añadió, yo velaré con D. Victor.
Teresa se sonrió con dulzura.
—Idos á ver á Margarita y después veré si debo haceros caso.
Fernando apretó aquella mano querida y salió diciendo:
—Gracias, ángel mio.
- A: “polulan”.↵
- Referencia al chaleco de fuerza que, hasta entrado el siglo XXI, se ha usado en algunos hospicios de Buenos Aires para controlar los ataques de violencia de los pacientes. ↵
- Borbotear: Nacer o hervir el agua impetuosamente o haciendo ruido (DRAE). Existe la expresión “hablar a borbotones” que indica, en sentido familiar y figurado, hablar a gran velocidad (DRAE). No existe, sin embargo, el uso figurado del verbo “borbotear” tal y como lo emplea aquí Pelliza.↵






