Celos
En una linda habitación de la casa ocupada por don Victor y su virtuosa hija, se veia en uno de los balcones bajos que daban al jardín, a una joven de un aspecto lánguido y enfermizo, blanca y pálida como el pálido lirio americano; de una hermosura maravillosa pero triste y llena de encantadora melancolía; llevaba un traje de alpaca negra sin otro adorno que un cordon blanco que cenia flojamente su delgado talle, el cabello naturalmente ondeado caia descuidado sobre sus hombros y blanca garganta y el bello rostro enflaquecido, pero admirable por la pureza de sus facciones griegas, parecía velado por una espresion de sufrimiento y resignación pasmosa.
Aquella joven era Margarita. Margarita milagrosamente restablecida y recuperada por entero su perdida razón, estaba sentada en un cómodo sillón de la India y fijaba vagamente sus ojos en el espacio, cual si engolfada en un dulce pensamiento, mirara dibujada con luz en el éter, la imájen de su amor primero.
Un lijero ruido producido por el pestillo de la puerta al abrirla Fernando hizo volver la cabeza á Margarita.
—¿Cómo vá mi querida enferma? —preguntó este entrando.
—Bien —contestó Margarita con el timbre dulce y cansado de su acento— ¿y vos os sentís mejor mi querido doctor?
—¡Ah! yo estoy bueno, enteramente bueno del cuerpo.
—Pero no del alma, ¿no es verdad?
—Tal vez tengáis razón, amiga mia.
—¡Amiga vuestra! si yo fuera vuestra amiga Fernando, no sufriríais ya porque me habríais abierto ese noble corazón y vuestra amiga ó vuestra hermana, como vos queráis, hubiera volado al fin del mundo á buscaros la felicidad.
—Yo os conozco bien hermana mia, sé de todo lo que es susceptible vuestro hermoso corazón, pero creedme, de nada os serviría que yo os descubriera la llaga que hay en mi alma porque vos solo podríais llorar conmigo v eso os haría sufrir mas de lo que habéis sufrido.
—¡Oh! no Fernando, el corazón me dice que yo os serviré de mucho.
—Bien Margarita, si tanto os empeñáis os lo diré todo, pero jurad no revelarlo á nadie y bajo ningún pretesto.
—Os lo juro.
Fernando estaba visiblemente conmovido, sus facciones enérgicas y hermosas estaban abatidas y un tanto melancólicas.
—Vaya hermano mio, decidme vuestro secreto —insistió Margarita tomando con cariño una mano de Fernando y aproximando su silla á la de éste.
—Sí, por mas que me cueste voy á decíroslo todo, escuchadme amiga mía, y Fernando comenzó así:
—Margarita, hace mucho tiempo que mi vida es un tormento, amo á Teresa, á vuestra hermana del corazón y ella me aborrece.
—Ese no era un secreto para mí —esclamó Margarita— sé que amáis á Teresa, y siempre he dicho que habéis nacido vos para ella y ella para vos.
—En cuanto á lo segundo creo que es una alucinación de vuestros sentidos.
—¿Por qué? Teresa, cuyo gran corazón es pura sensibilidad y ternura, ¿no ha de amar con pasión á un hombre como vos? ¿Conoce ella vuestro amor?
—¡Ah! sí, Margarita, mil veces se lo he jurado con las lágrimas en los ojos.
—¿Y qué os ha respondido?
—Al principio, por vez primera pareció conmoverse, luego se sonrió con amargura y me dijo: que farsa tan de mal gusto es ésta mi querido Doctor; no creáis que soy tan niña, os aprecio suficiente, no me habléis pues de amor porque os perdería el aprecio; ¿qué queríais que hiciera? me levanté, ahogué mi dolor y no vine en muchos días. Cuando volví pregunté por ella, entré con la confianza de siempre y la encontré en el salón bajo, estaba sola y tenía los ojos rojos y húmedos de llorar, ¿qué tenéis?, esclamé alarmado y sin saber lo que hacia me puse de rodillas á sus pies: entonces se alzó con la mayor frialdad,
—Pasad —me dijo, con tono seco y breve— á Margarita la hallareis en su habitación, y desapareció.
—¿Y habéis insistido?
—Mil veces después le he hablado de mi amor y siempre se ha sonreído con incredulidad y se ha alejado de mi lado.
—Es estraño, muy estraño —murmuró Margarita, profundamente pensativa— aquí debe haber un misterio que es preciso aclarar; yo no me esplico la conducta de Teresa, jamás me ha dicho una palabra de lo que me habéis contado; ella antes no tenía secretos para mí y muchas veces durante mi enfermedad, en medio de las veladas, me hablaba con entusiasmo de vos, casi os puedo decir con adoración, y yo la escuchaba con complacencia porque creia que ambos debíais amaros.
—¡Ah! Margarita, no podéis imajinaros lo feliz que yo me figuraba amado por Teresa, cuando sus ojos divinos se fijaban lánguidos y llenos de pasión en los mios; cuantas veces en esas noches que os velábamos he sorprendido un rayo de amor en sus pupilas ó la he visto temblar conmovida solo al roce de mis dedos que oprimían su blanca mano al darle un remedio ó poción que ella debía suministraros; una de esas veces fué tanta su turbación, que la cuchara se escapó de sus manos y fue al suelo, entonces su frente se tiñó de rubor y con voz insegura y conmovida: ”vos tenéis la culpa”, me dijo muy quedo y ¡ah! Margarita, yo pobre insensato creia que me amaba.
—¡Pero Dios mio! ¡este es un enigma que es necesario que Teresa nos dé su solución! —esclamó Margarita, y luego prosiguió:
—Ella no es coqueta, es tan pura y digna como un ángel, si ha sembrado ilusiones en vuestro corazón y hoy se complace en arrancarlas, no creáis amigo mio que sea un sentimiento de monstruoso coquetismo lo que la impele á obrar así, creed y no dudéis que debe tener un origen ó motivo poderoso, ó quizá estará resentida por algo de vos, y ser su frialdad aparente, ¿queréis que le hable algo, que interceda?
—No, Margarita, os doy las gracias, no tengo duda respecto á los sentimientos que abrigáis hacia mí. Teresa me aborrece y callaré aunque mi vida sea un tormento….
Margarita inclinó la cabeza. Aquel cambio, aquel proceder de su amiga ó mejor dicho de su hermana, la tenia trastornada y confusa. A su revuelta mente vinieron mil ideas en tropel, recordó haber notado alguna tibieza en su amiga, luego haberla sorprendido llorando algunas veces, haberla visto sola paseando á deshoras en el jardín, su falta de apetencia, las reprensiones de don Víctor por el estraño cambio que se habia efectuado en ella y otras mil cosas que si bien antes habian llamado su atención no las habia creído de trascendencia, ahora todo lo coordinaba y sacaba en limpio que algo de estraordinario pasaba por el alma candida é inocente de aquella niña que jamás habia amado y que nunca tuvo otro pesar que el sufrimiento de Margarita.
La enferma alzó su blanca frente.
—Es preciso —dijo— que yo sepa lo que tiene mi pobre Teresa, yo haré lo que humanamente se puede hacer, me sacrificaré gustosa y le volveré la paz del alma si la ha perdido, y á vos mi noble amigo, mi generoso bienhechor, os juro que haré por vuestra felicidad todo lo que esté en mi mano hacer. Fernando tendió sus brazos á Margarita y ambos lloraron como podian hacerlo dos hermanos cariñosos.
La cortina que cubria la puerta del centro, del gabinete de Margarita, se ajitó de una manera imperceptible y el rostro casi lívido de Teresa apareció entre el azul de la pesada tela.
—Infames —murmuró— se aman.
Luego se alejó vacilante llevó ambas manos al pecho y un sollozo inmenso sin respiración, alzó su inocente seno. Gruesas lágrimas corrían por sus megillas y sus labios pálidos y balbucientes se oprimieron convulsivos; llegó al jardin y allí apoyada la cabeza en el tronco de un corpulento granado:
—Se aman, repitió entre sollozos, y no me lo han dicho. Ahora ya no es una ilusión, es una verdad amarga, sí, no me cabe duda, los he visto el uno en brazos del otro; pero ¡Dios mio! ¡ella! ¡Margarita! tan noble, tan
virtuosa, tan amante, ¿ha podido olvidar su amor, su locura y todo lo que debe á su decoro hasta el estremo de aceptar un nuevo amor y corresponder á él de un modo tan espresivo? ¡yo la he visto llorar y á él también! ¿porqué esas lágrimas si son felices? ¡Ah! pero no, yo no puedo estar al lado de ellos ni un minuto mas, su felicidad me hace daño, pero ¡Dios mio! yo estoy loca, Margarita no puede amar á nadie, ella ha sido una santa, virtuosa hasta el heroísmo, ¿cómo es posible que ame á Fernando? y él, Fernando a quien amo mas que todo en el mundo, él que mil veces de rodillas me ha dicho que me ama y que me ha jurado un amor eterno a pesar de mi desdén aparente, él me ha engañado como yo presumía y es el amante de Margarita, sí, yo me iré al fin del mundo y no los veré mas Teresa que resuelta y visiblemente conmovida habia pronunciado en voz alta las últimas palabras, volvió su linda cabeza hacia atrás y su rostro pálido se tiñó de rojo.
—¡Margarita! —murmuró balbuceante y quiso alejarse. La pobre enferma que habia oido la última palabra de la joven esclamó con asombro mirando fijamente el puro semblante de Teresa, embellecido por el dolor.
—¿A dónde te vas hermana mia?
Teresa nada contestó.
—¿No me has oido? —insistió Margarita.
—Sí, te he oido Margarita —murmuró Teresa por lo bajo, pero nada te puedo decir.
—Cómo, ¿qué tienes tú secretos para mí?
—Solo he deseado imitarte, Margarita.
—¿Imitarme á mí?, ¿acaso yo los tuve para tí jamás?
—¡Ah! ¡Margarita! hermana mia, júrame que no los tienes ahora y te pediré perdón de rodillas.
—¡De rodillas! ¿y pedirme perdón á mí? ¿y de qué? mi querida niña, si tú jamás me has ofendido, ¿quieres que yo te jure que no tengo secretos para tí? Sea en buena hora, pero tú sabes que mis secretos están en mi corazón como en el tuyo, mas, si lo deseas, poniendo á Dios por Juez de mis acciones y por el recuerdo de Plácido, que tú sabes lo sagrado que es para mí, te juro que no tengo secretos ni los tendré jamás para tí. Si una acción indigna cometiera en mi triste vida, no tendría inconveniente
en que lo supieras y tú siempre indulgente me perdonarías ¿no es verdad?
—¡Oh! sí Margarita, no sabes el bien que me has hecho con tus palabras.
—¿De veras? y qué ¿dudabas de mí?
—Quizá.
—¡Cómo! —esclamó Margarita cubriéndose su semblante de un palidez mortal, quizá descubriendo con su perspicacia de muger, lo que pasaba en el corazón de Teresa, cómo ¿dudabas de tu hermana?
—Sí, amiga mia.
—¿Y no puedes decirme qué género de dudas eran esas?
Teresa vaciló, llevó el pañuelo á sus ojos y comenzó á llorar.
—¡Pobre niña! —murmuró Margarita, fijando sus hermosos ojos azules en la frente de Teresa.
Luego tomando aquella rubia cabeza entre sus manos, le dio mil besos, aplicó su rosada boca al oído de la celosa niña, diciéndole muy quedo:
—Tenias celos de mí, creíste que amaba á Fernando, ¿no es verdad?
—¡Perdón! ¡perdón! —gritó Teresa, sollozando avergonzada Margarita tornó á acariciarla con toda la ternura de una madre.
—¡Perdóname! perdóname —insistió Teresa, rodeando con sus nacarados brazos el cuello delicado de Margarita.
—¡Qué te perdone! —dijo ésta sonriendo dulcemente, si, si te perdonaré, pero con una condición.
—¡Oh! todo, todo cuanto tu quieras.
—Bien, dime la verdad, ¿amas á Fernando?
—¿Si le amo? ¡Dios mio! sin él mi vida será insoportable.
—Y si tanto le amas, ¿porqué lo has rechazado con tanta frialdad?, ¿porqué te has gozado en sus lágrimas, tú, tan noble, tan generosa?, ¿porqué has hecho eso?
—Yo creia todo ficticio en él, creia, perdóname, que te amaba á tí.
—¿Y que te ha hecho creer ese absurdo?
—La solicitud y ternura que ha demostrado siempre por tí.
—¿Y no sabes que todo ese cariño que demuestra hacia mi, es hijo del afecto que tú me profesas?, ¿y tú no sabes, prosiguió aquella noble criatura, que tú eres su vida, su única ambición en la tierra, que eres mas todavía, que eres su felicidad, su gloria, en fin; tú no sabes que hace media hora se ha arrojado en mis brazos, llorando tu frialdad, y diciéndome que tú le odiabas, que era muy desgraciado, que aborrecía la vida sin tu amor?
—¿Seria verdad? —esclamó Teresa, quitanda el pañuelo empapado en lágrimas de sus ojos.
— ¿Quieres que el mismo te lo repita?
—¡Oh! si Margarita, ojalá ahora mismo estuviera aquí para pedirle como á ti perdón de…
Teresa no concluyó. Fernando pálido de amor, con los ojos arrasados de llanto, y el labio tembloroso de emoción, cayó de rodillas á los pies de la joven.
—Perdóname tú ánjel mio —dijo contemplando arrobado el rosado tinte de rubor, que coloreaba el rostro candoroso de Teresa.
—Perdóname tú, alma mia, porque te he hecho sufrir involuntariamente.
—Perdóname tú y luego recompénsame con celestial ternura tú pasada indiferencia.
Margarita habia desaparecido, la felicidad de los dos amantes le hacia sufrir; los recuerdos de su dicha pasada volvían á su corazón vivos y desgarradores…
Dos dias después Fernando entraba alegremente en el salón bajo: alli estaban las dos amigas. Tendió una mano á la enferma y tomando la que le alargaba su amada, imprimio en ella un beso:
—Dentro de quince dias —esclamó— serás tú mi eterna y adorada compañera, y vos Margarita, seréis nuestra hermana inseparable.
—Fernando —murmuró ésta con la voz entrecortada polla emoción— el dia que seáis esposo de mi querida Teresa, ella será feliz y yo muy desgraciada siempre, buscaré refugio en un asilo religioso donde pasaré el resto de mis tristes dias.
El rostro de Teresa cambió de color, y sus ojos llorosos y asombrados se fijaron en su hermana. Fernando sin ser dueño de si mismo esclamó:
—Cómo, ¿queréis entrar en un convento?
—No precisamente á un convento, eso seria un egoísmo y ni siquiera estaría con mis creencias; entraré á un asilo de caridad, donde á fuerza de sacrificios enjugaré las lágrimas del que sufre, aliviando en parte á la humanidad doliente.
—¿Y ese propósito es inquebrantable? —se atrevió á preguntar la afligida niña.
—Si, Teresa mia, es la única misión que puedo llenar en esta vida; yo no puedo ser madre, tampoco puedo ser esposa, ¿qué quieres, pues, que sea sino hermana de Caridad? Si un dia me necesitas me tendrás á vuestro lado, no exijas otra cosa de esta pobre mujer; después de perder á mi hijo y á mi amante, ¿cómo quieres que viva en el mundo Teresa?
—Al lado de tus hermanos como has vivido hasta ahora.
—No, ahora es distinto, antes quería cuidarte, ahora él velará por tí, y Margarita designando á Fernando salió cegada por el llanto.






