El enlace y la hermana de la Caridad
Eran las doce de la noche. Los magníficos salones de Figueroa estaban profundamente alumbrados, el rico alfombrado de Bruselas y el menaje[1] forrado en carmesí de forma á lo Luis XIV ofrecían una perspectiva de estraordinario efecto que chocaba con la soledad que alli reinaba. La mesa del ambigú[2] cubierta aún de delicados manjares también estaba desierta. Sin embargo el desorden que se notaba en las copas esparcidas por uno y otro lado de la suntuosa mesa con restos aún de añejos y deliciosos vinos, demostraban á primera vista que allí habia terminado un festín. En aquella noche Teresa acompañada de sus numerosas relaciones á inmensamente feliz habia sido desposada con el amado de su corazón.
A mis lectores no les ha sido posible asistir á esa boda, pero yo en cambio y á fuer de complaciente voy á hacerlos testigos oculares de otra escena aún mas interesante y al efecto cruzaremos todos aquellos inmensos recibos y salvando el arco nupcial de blancas flores nos detendremos en la entre abierta puerta de la cámara cielos desposados.
¡Que linda está Teresa! Blanca y sonrosada como una hoja de azucena, con las puras y virginales galas de novia, con la gasa blanquecina todavia prendida entre los dorados bucles de su linda cabeza, se ve ya convertida en señora, sentada en un pequeño canapé y Fernando de rodillas á sus pies contemplando con adoración el tinte de rubor que embellecía el puro semblante de la candida niña.
—¿Me amas mucho? —murmuró de pronto el feliz esposo oprimiendo tiernamente la mano temblorosa de la joven desposada.
—¡Si te amo! ¿y me lo preguntas Fernando mio?
—¡Oh! perdona alma de mi alma, pero soy tan feliz cuando me repites tú amor que me hago fastidioso tal vez.
Teresa nada contestó; atrajo sobre su seno la cabeza perfumada de Fernando y la oprimio dulcemente contra su pecho: luego la apartó con sus propias manos y con un movimiento de pasión inmensa lo atrajo otra vez y lo besó en la frente. Fernando se sintió desfallecer de gozo. Aquel transporte de ternura inesperada fué un rayo de fuego que inoculó en sus venas una chispa de electrización dulcísima: rodeó con sus brazos el talle flexible de la joven é irguiendo la cabeza la contempló un momento estasiado y con inmensa ternura y pasión la atrajo sobre su noble pecho y la retuvo en sus brazos dulcemente. Teresa ajena á aquel transporte quiso desasirse, pero una fuerza estraña para ella, nueva é incomprensible, la hizo languidecer dulcemente é inclinándose sometida sobre el hombro de su amado, murmuró suavemente en su oído las palabras de Michelet[3]:
—Soy tuya, soy tu esclava…
Algunos dias después del enlace de Teresa, Margarita vestida de sarga negra, con su grande y blanquísima gorra de Hermana de Caridad se despedía tranquila, en apariencia, de aquella familia que también era la suya.
Don Víctor feliz como no lo habia sido nunca ante la felicidad inmensa de su amada hija, sintió un pesar real al efectuarse la separación de la huérfana á quién miraba poco menos que á su propia hija. Sus ojos al abrazar á la desdichada joven se llenaron de lágrimas y reteniéndola en sus brazos sollozaron ambos amargamente.
—Todavía es tiempo —murmuró en el oido de Margarita, no nos abandones hija mia.
—Imposible —contestó esta con firmeza— cuando tengo fuerzas para dejaros á vos mi noble bienhechor y á mis queridos hermanos es porque una voluntad firme inquebrantable me guia en este propósito, no me hagáis flaquear en él, por Dios, es el único lenitivo á mis inmensos dolores.
Margarita se desprendió de los brazos de su padre adoptivo y se arrojó sucesivamente en los de Teresa y Fernando: aquello fué una escena demasiado patética para hacer su descripción sin robarle su mas tierno colorido.
Margarita salió al fin, trasladándose al Corazón de Jesús, donde pasó cuatro meses en calidad de novicia, pasando después al Hospital como enfermera y á pedido de ella.
Algún tiempo después Margarita, ó mejor dicho, la hermana Providencia, bella doblemente con su vestido negro su toca ó gorra de percal blanquísima como la nieve y con la espresion evangélica de Caridad y santa resignación que la hacían superior, inspiraba á los enfermos y aún á sus mismas compañeras un respeto que rayaba en veneración.
La volvemos á hallar ejerciendo casi feliz la santa misión de su destino. Margarita, ya hermana de caridad, se veia sentada á la cabezera del miserable lecho de un pobre joven, amarillento y demacrado por el dolor de dos grandes úlceras que se veian en su brazo izquierdo y que la hermana Providencia curaba en aquel momento con una delicadeza pasmosa.
Una joven de tímido aspecto, vestida con el hábito de las hermanas del huerto se le acercó con marcado respeto.
—El enfermo de la cama nº 6 que vos cuidáis os llama hermana Providencia —dijo la joven novicia.
—¿Qué?, ¿se ha empeorado, hija mia?
La relijiosa bajó los ojos ante aquella mirada de suprema dulzura.
—No —murmuró después de un breve tiempo —desea veros para pediros un favor.
—¿Y no sabéis vos lo que ello es?
—Ya sabéis hermana que solo á vos habla.
—Está bien hija mia, dile que allá voy en concluyendo esta curación.
La joven se alejó. La hermana Providencia se sonrió, el enfermo también se sonrió.
—¿Veis hermana —dijo débilmente— veis como esa joven se ha turbado ante vuestra mirada?
—Nó hijo mio, es muy tímida.
—No lo creáis hermana, yo soy hombre, he sido soldado y nunca las balas del enemigo me han hecho temblar y ante vuestra mirada no solo he temblado sino que me he hallado confuso.
—Bueno —dijo Margarita con su sonrisa de ángel— me alegro que os inspire tanto respeto puesto que asi no haréis ningún desarreglo y os restableceréis muy pronto.
El enfermo tornó á sonreírse pero con una sonrisa amarga tristísima.
—Gracias hermana mía —murmuró enjugando una lágrima, porqué aún que esto sea una esperanza engañadora, dicha por vos creo que puede hacer el milagro de Cristo levantando á Lázaro de la tumba.
—Vaya —dijo Margarita profundamente conmovida, tened juicio y esperad en Dios que él es justo para todos los buenos como vos— y alargándole la mano que llevó á sus labios con vehemencia se dirigió en dirección al segundo salón, se aproximó al número 6 y entreabrió las cortinas del lecho.
—Buen dia hermano —dijo tendiéndole la mano al enfermo que yacía postrado y tuberculoso.
—¡Ah! nuestro ángel —esclamó éste cubriendo de besos la diminuta mano— nuestra Providencia, Dios os bendiga hermana.
—¿Como habéis pasado la noche?
—Bien, muy mejor, por eso os he hecho llamar.
—¿Que deseáis?
—Que me hagáis un favor.
—Todos los que queráis amigo mio, á mis enfermos solo deseo complacerlos.
—Si es asi tomad.
Y el enfermo, á quien llamaremos Octavio, entregó á Margarita una hoja de papel en la que leyó lo siguiente: “Calle de San Juan número 36 112. Octavio Gutiérrez desea ver á la Señora Andrea Bremot ó á su esposo Don Augusto Medina en el Hospital de hombres salón segundo cama número 6.”
—En el momento, amigo mio —dijo la hermana, y salió á cumplir el deseo de su enfermo.
Octavio así que se alejó la joven contempló siguiendo con su vista hasta la última ondulación del tosco vestido de Providencia y cuando sus ojos cansados por efecto de la debilidad y calentura la perdieron de vista cruzó las manos sobre el pecho y murmuró muy quedo:
—¡Oh! cuando mi pobre señora la vea ó mi querido amo; ¡que sorpresa tan agradable! es tan parecida… ¿si fuera ella? pero no, imposible, y sin embargo hay momentos en que la veo inclinada preparando un remedio cualquiera y todo hasta el mas mínimo de sus movimientos son de mi noble y desgraciada señorita, y basta su edad veinte y dos años, esa misma edad tendría nuestra Andreita.
Octavio al concluir estas palabras lanzó un suspiro engolfándose en una serie de reflexiones que suprimimos por creerlas sin interés para el lector.
- Menaje. (Del fr. ménage).m. Muebles y accesorios de una casa. (DRAE).↵
- Ambigú. m. (Del fr. ambigu): Bufé. (DRAE). ↵
- Probable referencia al escritor e historiador francés Jules Michelet (París, 1798- Hyères, 1874), autor de una prolífica obra narrativa, entre la cual se cuentan los títulos La femme (1858), L´amour (1859), La mer (1861). Como historiador nacionalista, su principal trabajo ha sido la monumental Histoire de France (1833-67). Se considera que su obra tiene gran poder dramático y capacidad de síntesis histórica. (Extraído de la Enciclopedia Britannica en línea, s/p.). ↵






