Dudas y Esperanzas
El lujoso carruaje de Medina se detuvo frente á la puerta de entrada principal del Hospital General de Hombres. Los esposos bajaron de él, ambos entraron presentando al portero una tarjeta que este paso al Ecónomo, los esposos esperaban, el portero volvió.
—Todavía no es la hora —dijo— pero si tenéis prisa podéis pasar.
—Está bien —contestó Augusto, penetrando en la primera sala seguido de Andrea.
¿Habéis entrado una vez siquiera en el Hospital? Si conocéis esa triste mansión del dolor y la miseria, si habéis cruzado sus largas salas, sus silenciosas y tétricas galerías, sus húmedos patios, comprendereis el dolor que se esperimenta al pisar, solo al pisar sus umbrales. Yo recuerdo aún con profunda amargura, mis visitas al Hospital, sufro á su recuerdo, porque ellas dejaron en mi corazón un surco imborrable de profunda compasión y abatimiento.
¡Pobre Juan! ¡Pobre negro!, fiel y noble, mártir sublime de un afecto sin retribución. Tú eras un paria en la vida, nadie te amaba, á nadie estabas ligado, has muerto ignorado y ni siquiera han comprendido tu generoso sacrificio.
¡Pobre Juan! yo me interesé por ti, yo cuidé tus dolores y hasta satisfice tus caprichos de enfermo ¿porque no?, eras negro, pero eras un hombre con alma y corazón, yo te tuve lástima; fuiste tan leal, tan bueno; querías y cuidaste tanto á mis hijas.
Aún creo en medio de la noche escuchar la tos seca v tenaz que desgarraba tus pulmones. Me parece aún oiría voz que grita fatigosa con una entonación indefinible de profunda y suprema gratitud; “¡Señora, señora!”, dos veces me llamaste casi agonizante, y dos veces vacilante y luego enérgica corrí á tu lado. ¡Pobre Juan!. Después fui al hospital, mi corazón temblaba al pisar el dintel del salón 1º. Retrocedí y avancé sin poder entrar.
—Haz un esfuerzo digno de ti —me dijo mi esposo.
Él también sufría, ambos te estimábamos é íbamos á consolarte. La voz de mi compañero me dio fuerza, entré seguida de él. La tos, los gemidos, la fatiga y hasta el estertor del agonizante llegó á mis oídos. Crucé aquellas inmensas salas cubiertas de dobles hileras de camas de enfermos lívidos, vacilantes, casi espectros, muchos ciegos, tísicos, ulcerados, todos tristes y espantados fijando en mi sus hundidos y amarillos ojos. ¡Oh! ¡¡Dios mio cuanto sufrir!! Me detuve junto al lecho de mi pobre negro, y me acerqué temblando, ¡Juan! le dije suavemente, abrió los ojos espantado, los cerró, volviólos á abrir y alzando apenas una mano monstruosa de hinchazón, me reconociste y murmuraste como asombrado:
—¡¡Señora!!
Luego cerraste los ojos y dos gruesas lágrimas humedecieron tu africana piel; yo no se si lloré, pero desde ese dia algunas hebras de nieve matizaron mi cabello.
¡Pobre Juan! Perdona á tu verdugo y á mi aliéntame siempre para no desmayar jamás en la santa tarea de ejercer la caridad, pero de ignorada caridad que tanto complace mi alma y satisface mi conciencia.
Andrea siguió á Medina y ambos llegando ante el lecho de Octavio se detuvieron. El enfermo corrió las cortinas.
—¡Mi Señor, mi noble Señora! —dijo estrechando la mano de uno y otro.
—¡Que es esto, amigo mio!—esclamó Medina.
—¡Tú aquí! —agregó Andrea en tono de amarga reconvención.
—No debéis culparme, mis queridos protectores —murmuró Octavio— he sido trasladado al hospital, tal vez desde la calle porque ni siquiera recuerdo que pasó por mi, un ataque al corazón, quizá algo que no puedo esplicarme, por que hace apenas dos dias que mi cerebro se ha despejado del estraño entorpecimiento que lo embargaba; después no he creído aflijiros y creyendo convalecer en algunos dias mas preferí guardar silencio.
Los esposos hicieron con tierno interés algunas preguntas mas.
—Y bien —dijo después Andrea —¿que deseas ahora, porque nos has hecho llamar?
—Os he hecho llamar por que creo que la divina providencia me ha conducido aquí.
—¿Cómo?, ¿por qué? —preguntaron á un mismo tiempo ambos esposos.
—¿Porqué? Voy á decíroslo. Es solo una duda, pero es tal la influencia que ha ejercido sobre mi corazón, que he llegado á bendecir la hora en que la desgracia me condujo á este recinto.
—Esplícate por Dios —esclamó Augusto— dinos si esa duda tiene relación con nuestro destino.
—Tal vez —dijo Octavio— si esa duda pudiera realizarse, ambos dejaríais de sufrir, llegando á ser felices.
—Habla, habla —articuló Augusto temblando.
—¡Por Dios! —esclamó Andrea —por Dios esplícate— nuestra hija..acá…
—Sí, de ella se trata —dijo Octavio sin dejar concluir á la conmovida madre— de ella se trata y de una joven Hermana de Caridad, bella igual á vos, en sus facciones, en su andar, casi gemelas si no fuera la diferencia en edades.
—¿Y su edad? ¿Sabéis su edad?
—Sí, veintidós años.
—¿Y dices que se le parece á Andrea?
—Como una gota de agua á otra gota, ni mas ni menos que como lo fué mi desgraciada señora á esa edad.
Medina profundamente dominado:
—Veintidós años —repitió— veinte y dos años… esa seria la edad de nuestra perdida hija, pero tú deliras amigo mio, nuestra hija no puede vivir, llorarla es lo único que nos resta.
—¡Quien sabe!, señor, vuestros ojos misinos juzgarán del estraño parecido ele la hermana Providencia á vuestra esposa, y entonces quizá una esperanza os alimentará á ambos.
—¿Se llama Providencia? —dijo Andrea.
—Así es como la llamamos todos.
—¿Es buena?
—¡Oh! es un ángel, figuraos que vela incesantemente y sin embargo jamás se ven sus ojos lánguidos por el sueño y cuando con su dulce voz viene á preguntarme como he pasado la noche, me estremezco sin comprender la causa, es tanta la dulzura, el brillo mágico y suavísimo de sus ojos que fascinan, y no creáis señora que esto solo á mí me pasa, no, es á todos los enfermos y hasta los médicos y practicantes se detienen ante ella subyugados por tanta juventud y hermosura. Mas de uno —prosiguió Octavio— ha intentado decirla alguna chanza ó requiebro como acostumbran con las otras hermanas, pero un respeto indefinible que inspira esa muger ó ángel, los ha hecho enmudecer, esclamando en mi presencia:
—Esta criatura no pertenece á la tierra, es demasiado pura y hermosa, tiene la tranquilidad de los ángeles é inspira un respeto sobrehumano. Octavio calló fatigado.
Andrea y Augusto, suspensos y abismados en una dulce esperanza, quedaron inclinados pareciéndoles que aún resonaba el acento de Octavio en sus oidos y en sus corazones. Después, Medina alzó la frente:
—Imposible —dijo— es una ilusión que no debe concebirse, ella debió morir.
Y como si una especie de enagenacion turbara su cabeza, esclamó oprimiendo con fuerza la pequeña mano de Andrea:
—¿No te acuerdas que aquel monstruo la llevó, para siempre? —y anonadado se dejó caer en una silla.
Andrea llevó el pañuelo á los ojos.
—Mi hija, mi hija —murmuró sollozando.
Augusto también lloró, sus grandes ojos se enrojecieron y su mirada dulce, casi melancólica, se tornó dilatada, feroz con el brillo fosforescente de la venganza.
Octavio inclinado, también sufria con el dolor de sus protectores, tan nobles como desdichados. La hermana Providencia, como siempre bella y triste adelantó hacia el lecho de Octavio.
—¿Cómo os halláis hermano? —dijo á éste, mientras sus grandes ojos se fijaban asombrados en los esposos Medina.
—¿Como me hallo? —repitió el enfermo sonriendo —¡Oh! estoy enteramente bueno.
Augusto se habia puesto de pié y miraba á la joven como un idiota. Andrea también de pié, se acercó pálida como la muerte y examinando el rostro de la hermana, confusa y emocionada ante el examen de que era objeto:
—¿Como os llamáis? —dijo con una entonación indefinible.
—Providencia me llaman los enfermos —contestó dulcemente la joven.
—¿Y vuestros amigos os llaman de otro modo?
—¡Amigos! —repitió— sí, es verdad, ellos me llaman Margarita.
—¿Y vuestro apellido?
La frente pálida de la hermana se tiñó de vergüenza, el recuerdo odiado de Don Luis pasó por su imajinacion y con la voz conmovida y llena de pesar:
—Yo no tengo apellido, Señora —murmuró— me llamo Margarita á secas.
—¿Y nunca lo habéis tenido?, ¿no lo habéis olvidado por una promesa?
—Os juro Señora que no lo he tenido jamás, mas os diré supuesto que tanto os interesáis, ni siquiera se quien soy.
—¿Luego, no tenéis padres?
Providencia se estremeció.
—No —contestó.
—¿Los habéis perdido?
—No los he conocido nunca é ignoro quienes fueron.
Andrea y Augusto profundamente interesados se miraron.
—¿Y quien os crió? —dijo Medina— ¿alguna persona habréis conocido por madre ó padre?
—Oh! si señor, conocí hasta cierta edad á un hombre á quién llamé padre; ese hombre fué mi verdugo y se complació en desgarrar mi corazón arrancándome mis mas dulces afecciones.
—¿Y ese hombre vive? —dijo Andrea.
—No lo sé, pero si ha muerto que Dios le perdone como lo perdono yo.
Los ojos de Margarita brillaron con una lágrima de desesperación, luego los alzó y su mirada de dulcísima espresion cayó sobre Medina. Augusto confuso, miró aquellos hermosos ojos turquí, aquella boca purísima, aquella frente, aquella delicada nariz y todo en fin, aquel conjunto perfecto parecióle el retrato vivo ó mejor dicho el original perfecto aunque mas hermoso de su virgen esposa al recibirla en sus brazos después de la ceremonia nupcial.
Un destello de esperanza, el primero que iluminó su alma durante veinte años, hizo latir su corazón con una fuerza desconocida.
—¡Oh!, ¡si fuera nuestra hija!, pensó, y luego agitado por este presentimiento que ya creía ver realizado:
—¿Que edad tenéis? —dijo á Providencia.
Esta, sorprendida ante aquel estraño interrogatorio, se encontró algo contrariada, pero siempre bondadosa y poseída de un respeto y simpatía indefinible hacia Medina y Andrea:
—Veinte y dos años —dijo fijando sus ojos de uno á otro, asombrándose de la rara semejanza que notaba entre ella y los esposos Medina.
Margarita examinando en silencio, pensó con profunda amargura.
—¡Que feliz seria yo si tuviera padres como éstos!
Conmovida por aquel recuerdo:
—Adiós Señores —dijo estendiendo su blanca mano á los esposos.
—Ah! ¿porque os vais? —esclamó Andrea dolorosamente sorprendida —no podéis imaginaros el bien que hace vuestra presencia al alma nuestra siempre triste.
—Si tanto lo deseáis me quedo, pero desearía haceros una pregunta.
—Hacedla hija mia, hacedla sin reserva.
—Es solo ¿porque me hallo asombrada ante el afecto ó simpatía que sin conocerme queréis dispensarme, porque no comprendo el interés que puedo despertar en vuestras almas, yo, pobre desamparada huérfana, cuya vida, cuyo pasado, ni siquiera conocéis, ni sabéis si es digno de vuestra admiración ó reprobación?; eso es lo que deseo preguntaros señora, ¿porqué os intereso?
—Nos interesáis —dijo Andrea con voz conmovida— nos interesáis por muchas razones: la juventud, la belleza, la espresion de inconcebible y profunda tristeza que hay esparcida en vuestro rostro, el traje que lleváis, el desamparo y horfandad de que estáis rodeada, serian suficientes títulos para que inspiraseis simpatía á cualquiera que os contemple una vez, pero para nosotros no teneis solo esos títulos, nuestro interés, es producido por la estraña analojía que reunís en vuestra persona, y el recuerdo imborrable de una hija querida, cuya pérdida hemos llorado veinte años y lloraremos todo el resto de nuestra existencia.
Andrea calló. Providencia enjugando una lágrima que arrancara el recuerdo evocado por Andrea:
—Ah! Señora —murmuró— vos lloráis a una hija y yó lloro á un hijo, un hijo de mi amor, un ánjel pequeño que formaba el encanto de mi triste vida.
—¿Cómo, Providencia? —esclamó la de Medina— asombrada ante la confesión de la hermana, ¿teníais un hijo?
—Sí, un hijo, un hijo que adoraba, que endulzaba las horas de mi existir, mis dolores, pero era demasiada felicidad, y yo no debia gozarla, el monstruo, el miserable asesino me lo robó, me lo arrancó de los brazos.
—¿Quién? —preguntaron ambos.
—Don Luis.
—¡Don Luis Rizzio! —gritaron Medina y Andrea, pálidos y sin aliento.
—No, Luis Saavedra, el verdugo de que antes os hablé, el infame á quien llamé padre muchos años.
—¿Y de vuestro hijo no supiste nunca?
—Jamás, me enloquecí, viví demente tres años. Dos ánjeles, dos seres á quienes llamo hermanos, me cuidaron, me restituyeron á fuerza de abnegación y cuidados, la perdida razón, y aquí me tenéis, soy Hermana de Caridad, porque no puedo ser ya esposa, ni madre, soy feliz á mi modo, el consuelo que presto al desamparado, al enfermo, sin familia, sin afectos, templa en parte mi propio desamparo, hace llevadero mi cruel infortunio, y casi me siento dichosa practicando el bien y la caridad.
—Y decidme Margarita —dijo la de Medina— ¿no dejareis nunca ese traje?, ¿seréis siempre hermana de caridad?
—¡Siempre!, ¿quién lo sabe señora? —contestó Margarita alzando sus divinos ojos al cielo, cual si en aquella mirada fuera envuelto el postrer rayo de esperanza que alumbraba su alma; —quien lo sabe señora, mi destino es tan vario, tan incierto y mi corazón aunque cruelmente desgarrado, por la sombría mano de la fatalidad, abriga al calor de sus mas recónditos pliegues, alguna ilusión, no de felicidad completa, pero sí de un algo indefinible de nuevo y milagroso, que yo misma no acierto á comprender.
—Hermana —dijo una joven interrumpiendo á Margarita —en el salón numero uno hay un enfermo grave que requiere vuestra asistencia.
—Ya lo veis —dijo Margarita volviéndose hacia los esposos— no puedo permanecer con vosotros, no puedo detenerme. Adiós señora —agregó alargando su mano á Andrea.
Esta abrió sus brazos, atrajo á Providencia sobre su corazón y la retuvo blandamente.
—Yo seré tu hermana, tu madre, la dijo en el oido, júrame que en otra ocasión me contarás tu historia.
—Gracias —balbuceó Margarita, profundamente conmovida— gracias señora, sí, os contaré mi triste historia, adiós caballero —dijo dirijiéndose á Medina, mientras que fijaba tenazmente sus ojos en el rostro triste y lindo de Andrea, como si quisiera retener en su memoria y en su corazón, aquellas facciones, que sin comprender el oríjen de su afecto, la impelía hacía ambos interesándola vivamente. Margarita se alejó en compañía de la joven novicia.
Los esposos se miraron.
—¿Si fuera nuestra hija? —murmuró Andrea.
—¿Cómo se te parece? —dijo Augusto— es tu retrato, yo no sé, no sé que loca esperanza me ha hecho concebir esa desgraciada niña.
—Ah! yo también siento en mi corazón, siempre marchito y desconsolado, algo que lo hace revivir y que lo produce la estraña semejanza que hay entre esa niña y yó y aun contigo Augusto mio, su mirada intensa y apasionada, es la viva espresion de tus ojos, luego su frente, el eco de su voz es el timbre de tu acento.
—Todo lo he notado, y encuentro un parecido que solo siendo nuestra hija se esplica.
—Octavio tenia razón, pero no sé si soy mas desgraciada, sin embargo, de cualquier modo, bendigo á la Providencia y la hora en que ella sin duda puso en nuestro camino á Edgardo, el nene como lo llama Jacobo y
á esta santa criatura Margarita.
—Es necesario retirarnos —dijo Medina— llega la hora de cerrar el establecimiento.
—Adiós amigo mio —dijeron ambos, poniéndose de pié, mientras que estrechaban la enflaquecida mano del enfermo.
—Dios oiga mis súplicas —dijo este, y con los ojos oscurecidos por el llanto vio alejarse á sus nobles protectores






