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CAPITULO XXI

El herido

Sigamos á Margarita.

La joven se dirijió al salón primero. Buscó ávidamente el lecho del herido indicado y no hallándole allí, se volvió á la joven novicia que con muestras del mayor respeto estaba aun de pié á corta distancia:

—¿Dónde está hija mia? —dijo.

—Está aparte, hermana, en el salón primero.

—¿Luego está muy grave?

—¡Oh!, sí, muy grave.

—Vamos, vamos allá.

Providencia cruzó los grandes salones, luego un patio espacioso, donde á porfía los enfermos convalecientes ya se disputaban los consoladores rayos del sol que llenaba con su benéfica luz el frio patio. Llegó á una última sala que era sin embargo la primera en su jénero, pues ella es solo destinada para hacer operaciones difíciles y casi siempre de muerte. La joven entró y acercándose al enfermo se inclinó:

—Infeliz —dijo— casi es un cadáver.

En el mismo instante un médico ya anciano, entró seguido de dos jóvenes practicante. Se acercó al herido, pusólo, y su cabeza y su labio hicieron un movimiento que bien podría traducirse por indiferencia ó descontento. Luego descubriendo el costado del enfermo reconoció la herida que era profunda y hecha sin duda con cuchillo de tres filos.

La hermana Providencia, en tanto, lavaba con una pequeña esponja empapada en vinagre una boca sangrienta hecha bajo la mandíbula izquierda y producida sin duda por la bala pequeña de un rewolver.

Cuando el médico hubo terminado la operación de desangrar la herida y vendarla, Providencia con esa espresion resignada y tranquila que también saben dar á su rostro esas criaturas especiales, preguntó muy quedo al anciano médico:

—¿Creéis que se muera, hermano?

—Quién sabe, es un caso casi perdido, la hoja de la daga damasquina semejante á una lanza de tres filos ha hecho sangrientas labores en el costado de este infeliz, y casi me atrevo á asegurar que está interesado el hígado.

—¿Vais á sondearlo?

—Lo mismo será mañana —dijo el médico con esa indiferencia criminal con que se mira generalmente á los desamparados enfermos del hospital.

—Pero… observó la hermana, este hombre se vá á morir, tal vez si lo atendéis Dios haga un milagro.

—Perded cuidado hermana: hacedle dar los auxilios de la relijiosa y encomendad su alma á Dios.

El médico salió y Providencia sola, cayó de rodillas á la cabecera del lecho: sus labios se movieron suavemente y su alma piadosa comenzó una plegaria que no debia concluirse. En tanto el enfermo ajitado por una horrible calentura hizo un esfuerzo y alzando las toscas sábanas sacó fuera dejándola caer pesadamente una blanca y delicada mano.

Providencia fijó sus ojos en aquella aristocrática mano y un grito inarticulado se escapó de sus trémulos labios, sus rodillas vacilantes apenas la sostuvieron para ponerse de pié, pálido el rostro y la boca entreabierta como si su alma fuera á exhalarse en una emoción infinita, se aproximó al lecho y tomando aquella mano comenzó á examinar una sortija que el herido llevaba puesta en el dedo meñique, y que era de gran precio. Margarita lívida de esperanza y de duda tomó la sortija con los dedos, pero al resbalarla con violencia, por la inquietud de su corazón, el moribundo hizo un movimiento y oprimiendo con su otra mano el anillo, murmuró débilmente con la voz desfallecida por la falta de sangre:

—Nó, de…jad…me…la…. Con ella… á la…tumba… nó, nó… por… Dios…

Providencia se detuvo.

—Esa voz… —dijo, yo la he oido, pero nó, no es la suya, esperaré, pero ¿y si se muere? ¡Oh! quien sabe que relación tiene este hombre con mi destino, quizá es una profanación, ¿pero qué hacer? después se llevarán el cadáver y…

La joven volvió á detenerse ante la lucha de su corazón y de su conciencia, luego haciendo una última resolución volvió á tomar con enerjía la mano del herido, y á pesar de la mucha resistencia de éste, sacó la sortija de sus crispados dedos y se lanzó á un rayo de luz que entraba por una claraboya inmediata; como si aquella sortija fuera un objeto conocido por ella, le dio vuelta en sus dedos con una destreza admirable, oprimio con la uña del índice un resorte casi invisible, y trémula, apoyando la frente cubierta de sudor y mortal palidez en la inmediata pared, descubrió lo que su corazón buscaba, esta era una pequeña cinta blanca con dos letras M y P grabadas con tinta punzó ó sangre y luego, mas abajo, con menuda letra de mujer, el letrero siguiente: amor eterno.

Margarita quedó un segundo como dormida, luego vuelta en sí, se lanzó frenética al lecho del moribundo, con sus manos apartó del rostro de aquel el cabello ensangrentado que lo cubria en parte, y aquella soberbia y noble frente, tan espaciosa como pálida le recordó á un solo hombre. Después con la pequeña esponja conque antes lavara la herida, volvió á enjugarlo con ansiosa solicitud y aquel rostro pálido y cadavérico volvió á ser hermoso, con la hermosura del sufrimiento y del dolor. Margarita lanzó un agudo grito.

—¡Plácido! —dijo, y cayó de rodillas, doblando sobre el cuello la cabeza.

Transcurrió un breve espacio, después se alzó precipitadamente, inclinóse sobre el cuerpo inanimado de Santillana

—Sí, si, es él, mi Plácido adorado, murmuró intensa y dolorosamente. Y oprimiendo contra su seno la pálida cabeza del herido, acercó su boca al oido de éste y comenzó á hablarle así:

—Plácido, Plácido mio, soy yo tu esposa, tu infeliz querida, ¿no me oyes amado mio, no conoces la voz de tu adorada Margarita?

El cuerpo de Santillana sufrió un lijero estremecimiento, y un gemido doloroso contestó al angustiado acento de su querida.

—No, no morirás —gritó la pobre amante, casi demente golpeando con su frente el borde del lecho, mientras que con sus lágrimas bañara el rostro del moribundo:

—No morirás, porque yo no quiero que mueras, porque seria horrible perderte para siempre, cuando la divina Providencia te trae á mis brazos, nó, no morirás Plácido mio, porque yo te daré la sangre de mis venas, el aliento de mi corazón para que vivas tú.

Y con el talle inclinado sobre el cuerpo ríjido de Santillana, oprimía la boca do éste con su boca, cual si en aquel beso supremo quisiera trasmitir todo el fuego vital de su alma, al corazón agonizante de su querido. Plácido ajeno á todo, solo respiraba por las anchas heridas de su cuerpo, su cerebro paralizado por la conjestion no tenía ni siquiera la acción de sentir sus propios dolores, y solo en aquella parálisis del cuerpo y del alma (si se me permite,) habia sentido que alguien le robaba el anillo y habia hecho un esfuerzo sobrehumano.

Luego sus fuerzas agotadas por completo lo habían postrado, produciéndole una especie de parasismo de muerte que llegó á aterrar á Margarita.

Cuando volvió en sí de la indecible emoción que la dominaba, pensó un solo instante en el peligro que corría su amado, la vida de éste se estinguia y ella insuficiente para retenerla se mesába los cabellos, é implorando la clemencia divina no acertaba en el extravio de su imajinacion á coordinar una idea salvadora.

Mas de pronto el recuerdo de Fernando como la sombra de un ánjel, hízola lanzar un grito de júbilo, si júbilo podia sentir aquella alma horriblemente dolorida y cubriendo de ardientes y desesperados besos la cabeza inanimada de Plácido, se lanzó hacia fuera, cruzó con increíble rapidez el gran patio y llegando á la portada principal salió á la calle, y mas rápida que una fatua exhalación se dirijió á casa de Teresa.

Teresa, la casta y bella esposa, ajena enteramente á los últimos acontecimientos que se producían en la vida de Margarita, arreglaba tranquilamente su tocado, de pié frente á un magnífico espejo de cuerpo entero colocado en su gabinete de vestir…

La inesperada presencia de Fernando la hizo arrojar un ¡ay! de sorpresa, y corriendo á su encuentro llena de gozo:

—No te esperaba —le dijo— presentándole su pura frente en la que el feliz esposo selló sus labios con su ósculo castísimo.

—Es verdad —dijo Fernando, atrayendo á su esposa hacía un sofá inmediato— no debia venir hasta la noche, pero una fuerza mayor me ha traído á tu lado cuando menos me esperabas.

—¿Y que es ello Fernando mio?

—Vas á saberlo, pero el caso es que no sé como decírtelo.

—¿Qué quieres decir? esplícate.

Y Teresa, fijando sus lindos ojos en el cambiado semblante de Fernando:

—Pero tú tienes algo estraño —dijo— algo nuevo pasa por tí, en nombre del cielo dime lo que tienes.

—Lo que tengo es una gran noticia que darte.

—¿El hijo de Margarita acaso? —articuló la joven temblando.

—No, Teresa mia, no es su hijo de quien se trata pero quizá es de su amante.

—¡Plácido, cielo santo!! —esclamó la joven alentando apenas pálida y profundamente conmovida.

—Si, Plácido —le dijo Fernando sacando de su paleto una hoja doble de un diario matinal en cuyas noticias se registraba el párrafo siguiente y que Fernando leyó á su esposa:

“El distinguido ciudadano Don Luis Saavedra respetable y digna persona á quien todos conocen, ha sido anoche víctima de un crimen horrible-ha sido asaltado y acribillado de balas, una de ellas ha penetrado en el corazón haciendo víctima á Saavedra de una muerte que no tardará en producirse pues el estado de este señor es gravísimo. El asesino principal se llama, según declaración de Saavedra, Plácido Santillana y criminal y premeditadamente parece que ha satisfecho en el asesinato perpetrado por él una venganza jurada á la víctima, de mucho tiempo atrás. Santillana, asi como sus cómplices han sido capturados por la autoridad, encontrándose el primero bastante mal herido…”

Fernando no concluyó. Teresa lanzó un grito y Margarita sin alientos, el rostro mortalmente desfigurado y sin hablar por el horrible cansancio de la carrera, se precipitó en el gabinete de Teresa y corriendo hacia Fernando asiólo de una mano, diciéndole balbuciente:

—Se muere, salvádmelo hermano mio, y cayó de rodillas lanzando un gemido inarticulado, una especie de grito supremo y doloroso.

Fernando todo lo comprendió.

—¿En el Hospital? —dijo.

Margarita movió la cabeza afirmativamente, y Fernando salió corriendo en dirección al Hospital General de Hombres.

Teresa en el transcurso de algún tiempo se había visto sujeta á tan amargas pruebas que su corazón sin perder la natural sensibilidad, habia adquirido un grado de energía tan superior que en aquel trance tan duro no sintió la menor pusilanimidad y rociando con agua fresca el rostro amoratado de su amiga, se puso de rodillas y sosteniendo con un brazo la cabeza desmayada de Margarita, desató suavemente la gorra de percal que cubría la cabeza de esta y Teresa quedó asombrada; las largas trenzas de la joven habian sido cortadas y un pelo corto finísimo y rizado casi al cuello prestaba doble belleza al triste y bello rostro de la hermana.

Margarita abrió los ojos y fijándolos vagamente en derredor dijo:

—¿Donde estoy? Teresa, ¿que es esto?

La joven la retenia sobre su corazón.

—Es un sueño —volvió á decir— Dios mío, yo he soñado, y restregándose los ojos miró á su hermana.

—No —dijo esta— no es sueño amiga querida, es a un mismo tiempo una dulce y amarga realidad.

—¡Ah! ¡ya me acuerdo! —grito la infeliz amante y luego, variando el tono de su voz y poniéndose de pié— ¿No es verdad que soy feliz? —le dijo besándola en la frente.

—¿Adonde vas? —le preguntó la joven deteniéndola cuando Margarita ya daba un paso.

—Al Hospital —contestó.

—Pero estás enferma….

—¿Que importa? no vés que quiero morir.

—¡Morir tú!

—¿Que te estraña esto?

—Si, ahora mas que antes, porque hoy la vida la necesitas, puesto que de tu ternura y cuidado quiza se sostiene el hilo que alienta aún la existencia de tu amado en este mundo.

—Tienes razón —dijo Margarita— á pié, tardaría, hazme traer un carruaje.

Teresa salia y una lágrima resbaló de sus ojos,-la incoherencia de las palabras de su amiga le asustaban..……………………………………

Volvamos cerca del lecho de Plácido. Margarita ó Providencia estaba á su lado, a corta distancia de ella un sacerdote la contemplaba atónito y Fernando también de pié fijaba en la joven una mirada de terror. Margarita alzó la cabeza, estaba despojada de la gorra y el cabello corto y rizoso daba á sus griegas facciones un tinte de energía varonil que Fernando y el sacerdote calificaron de demencia.

La joven alzó la cabeza y fijando en el último sus grandes y azulados ojos.

—No —le dijo— no quiero que le pongáis la santa unción; ésta alma noble, cristiana y pura como la de un ángel no necesita las farsas del mundo, idos, idos no le despertéis.

El fraile palideció, dio un paso y mirando á la hermana con rabiosa espresion.

—Profana —esclamó— en nombre de Dios dad paso á la religión.

La joven se sonrió.

—No le toquéis —dijo sin inmutarse— yo soy su esposa y nadie después de Dios en el cielo, tiene derecho acá en la tierra sobre ese helado cuerpo.

El sacerdote miró atónito á Fernando, este hízole una seña y el fraile, lanzando una mirada del mas profundo encono á Margarita salió de allí.

—Perdonadla padre —dijo Fernando una vez afuera— perdonadla su razón está estraviada.

—No lo creáis —repuso el fraile con furiosa entonación— es una profana, una judia, una hereje, os juro, añadió, que si aún existiera la santa Inquisición, hoy mismo esa falsa sacerdotisa de la benéfica caridad iría á la hoguera.

El fraile se despidió, y Fernando reflexionando en las últimas palabras de éste se dijo.

—Quizá Margarita tiene razón.

Luego volvió al lado del herido y á su cabecera de rodillas ante el crucificado, vio á Providencia orando con sublime fervor mientras que de sus ojos corrían abundantes lágrimas.



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