La voz de la conciencia
En una de las estraviadas calles de las orillas de la ciudad casi en las quintas, se veía al final de una cuadra cortada una pequeña casita de limpia aunque pobrísima apariencia, y á su puerta sentados bajo la sombra de la recien retoñada parra, un hombre y una mujer de aspecto vulgar, pero simpático.
Ambos son conocidos de nuestros lectores, el uno es Jacobo y la otra es Catalina, su mujer. Los ojos de la última estaban rojos, y Jacobo muy agitado, parecía próximo á llorar también.
—Yo te lo dije —decia la pobre mujer, con angustiada voz— ese niño á pesar de no haber conocido otros padres que nosotros, jamás nos tuvo cariño, era siempre orgulloso y nunca me trató de madre, solo me dijo Catalina.
—¿Y que quieres que le haga? —dijo Jacobo— ¿crees que yo no sufro, cuando entro vuelto del trabajo y no lo veo sobre mis rodillas? tengo impulsos de correr á casa de D. Augusto, y quieran ó no quieran, llore ó no llore el nene traérmelo.
—¿Y que te detiene Jacobo?, ¿crees tú que yo puedo vivir sin él? al fin somos padres, y nadie tiene mas derechos que nosotros.
Jacobo miró á su mujer.
—¿Y tendrías valor—dijo— para hacer sufrir á ese ánjel? si no nos quiere, si busca otros padres, si se aleja de nosotros casi con repugnancia, tal vez tiene razón, y piénsalo bien Catalina, ese niño, mejor que yó, bien lo sabes tú, y bajando la voz continuó, no es nuestro hijo, y si por una intuición natural el niño se aparta de nosotros comprende quizá cual fué el brazo infame que lo alejó del cariño maternal, y créeme, si Edgardo encontrara a á sus padres nos amaría mas de lo que nos ama ahora.
—¡Ah! —esclamó Catalina sollozando amargamente— ¿porque aquella noche tan feliz para mí en que en medio de la furiosa lluvia viniste con un envoltorio en los brazos y presentándome el niño entumecido por el frió, no me dijiste la verdad, ¿porqué me engañaste Jacobo? me hiciste creer que al cruzar una estraviada calle el lloro lastimero de un niño te detuvo, y que volviendo los pasos te encaminaste hacia donde se escuchaba el llanto, me dijiste que allí envuelto en la delicada ropita que aun conservo, llorando y chorreando agua encontrastes el pobrecito ánjel y envolviéndolo en tu capa te dijiste “éste será nuestro hijo”.
—¡Ah!, Jacobo —añadió la pobre mujer— ¿porque no me dijiste “lo he robado”, “lo he arrancado de los brazos á una madre desgraciada”?, yo entonces no habria amado tanto á ese que yo creia huérfano, no me habria esclavizado á su voluntad, y al menor de sus caprichos, no me habria hecho en fin la ilusión de creerme su verdadera madre y renunciando á sus infantiles caricias, ya que Dios no me concedió el encanto de la maternidad, sin un átomo de egoísmo, y solo pensando en el horrible dolor de esa madre infeliz, habríala buscado y le habria devuelto á su hijo.
Catalina calló, y Jacobo ocultando el rostro entre ambas manos, esclamó con voz angustiada:
—¡Miserable de mí! tuve miedo entonces y engañándote creí hacerte feliz, dándote en aquel niño una dicha inesperada, te engañé porque comprendí tu desprecio si te decia la verdad: pero mas tarde Catalina mia, cuando me despierto en la noche y fijo mis ojos en la impalpable oscuridad veo una sombra de mujer joven y hermosa que se me acerca y con voz llorosa y angustiada me demanda al hijo de sus entrañas, luego aquella sombra se inclina, y encorvando su pálida cabeza me muestra sobre su cráneo la cicatriz sangrienta del puño dé un hombre impresa allí, ésta es tu mano me dice y desaparece, entonces grito, horribles dolores ajitan mi conciencia, la voz del remordimiento llama á mi corazón, haciéndome llorar lágrimas de sangre.
Catalina suspensa escuchaba á Jacobo con admiración. Este calló y Catalina mirando á su esposo.
—Es preciso tomar una resolución —dijo— yo sabré enjugar mis lágrimas, haré callar la voz de mi corazón, hablaré francamente á Don Augusto y á la Señora Andrea, les diré quien es el niño, ó mejor dicho, lo que de él sabemos y les rogaré que indaguen el paradero, si es que existen sus padres: entonces dormirás tranquilo Jacobo y yo á pesar de faltarme la alegria de mi hijo, consolaré mis horas con el recuerdo de su felicidad y bienestar que nosotros no le podemos dar jamás.
Catalina calló y Jacobo echándole los brazos al cuello:
—Gracias Catalina —le dijo— gracias porque has sido tan buena conmigo.
En tanto Andrea y Augusto felices con su nuevo hijo, se entregaban por completo á aquella májica ilusión. Sentados ambos en un pequeño diván de uno de sus suntuosos salones, fijaban una mirada de infinita ternura en el niño Edgardo, que á corta distancia de ellos sobre la mullida alfombra, jugaba rodeado de una inmensa cantidad de valiosos juguetes.
De súbito se puso en pié, y acercándose á los dos esposos:
—¿No me quieres comprar un reló papá? —dijo con su vocecita de ánjel, subiéndose sobre las rodillas de D. Augusto.
—¿Porqué nó, hijo mio?, hoy mismo te lo compraré.
El niño reflexionó un momento.
—¿En qué piensas? —le preguntó Andrea.
—Pienso en mi reló —murmuró pensativo.
—¿En el que te vá á traer papá?
—Nó, en el mio, pero Catalina no me lo quiere dar.
—¡Cómo! ¿tú tienes reló?
—Sí, muy chiquitito; pero Catalina me decia que era de mi padre, que cuando fuera grande me lo daría.
Augusto miró á su esposa, y sentando al niño sobre sus rodillas le dijo.
—Y ese reló hijo mio, ¿tú nunca lo abriste?
—Nó, mamá Catalina no quería, y no quería tampoco que Jacobo supiera que ella lo tenia.
—¿Cómo, pues no dices que era de tu padre?
—Pero de Jacobo no, él es pobre no puede tener un relojito tan rico.
—¿Y tu tienes otro padre, hijo mio?
El intelijente niño bajó la cabeza y luego escondiéndola en el seno perfumado de Andrea comenzó á llorar amargamente.
Los esposos se miraron sorprendidos.
—¿Porqué lloras, niño mio? —dijo la dulce madre adoptiva.
—¿Porqué lloras mi vida? —agregó Augusto.
—¡Ay! —balbuceó el niño sin alzar la rubia cabecita y sin que cesara su llanto—yo lloro porqué no quiero ser hijo de Jacobo, yo quiero otra madre y si no me quieres tú, yo me voy á morir.
Una lágrima humedeció los ojos de los esposos y tomando Augusto el resentido niño hablóle con voz dulce; pero austera y llena de rectitud.
—Edgardo, tu tienes cuatro años, sabes que Jacobo y Catalina son tus padres, ámalos y respétalos como á tales. Andrea y yo somos tus segundos padres, tus protectores, eres nuestro hijo querido, no te apartarás nunca de nuestro lado, pero en cambio tienes que amar también á tus padres ¿no es verdad hijo querido?
El niño se sonrió.
—Si papa mio, si, voy amarlos á Jacobo y á Catalina.
Y luego acercando su boquita al oido de Andrea murmuró muy quedo con una espresion de indefinible travesura.
—Lo he engañado, mamá no creas que le he dicho la verdad, y tornó á reírse saltando de las rodillas de Andrea.
Esta, feliz con el amor purísimo de aquel ángel, era mas egoísta que Augusto y a pesar de reconocer el justo modo de pensar de este, se complacía en el genero de afecto que el niño les profesaba, asi es que dirijiéndose á su esposo mientras que Edgardo se puso á jugar distraido, le dijo.
—¿Porque te empeñas en torcer los sentimientos de su inocente corazón, Augusto mio?
—¡Ah! Andrea, no puedes figurarte de que manera me violento, pero ¿que es esto? ¡tu tan justa, tan noble me haces esa pregunta!
—Que quieres, me he vuelto egoísta, casi mezquina por el amor de ese niño.
—Yo también —dijo Augusto— pero es preciso no olvidar que tiene padres.
—Quien sabe Augusto, fíjate un momento en la belleza noble y altiva de Edgardo, mira sus azulados ojos tan puros y dulces, su piececito tan mono, todas sus delicadas formas y dime sí no es posible creer que esa cabeza encantadora, esté coronada por una sombra misteriosa, que, quizá nos sea dado romper á nosotros.
—Tienes razón —dijo Augusto pensativo ante la duda manifestada por su esposa— es preciso averiguarlo.
Los esposos enteramente ocupados de su hijo adoptivo siguieron hablando largo rato.
Al dia siguiente la mujer de Jacobo se presentó en casa de Medina. Catalina visiblemente conmovida hablaba muy bajo en presencia de Andrea.
—Voy á decir á V., señora Andrea, un secreto muy querido para mi —le dijo— no he hallado mejor depositaría que Vd. y vengo á confesárselo con toda franqueza.
—Has hecho bien hija mia —dijole Andrea sin alcanzar la idea de la mujer de Jacobo— has hecho bien porque yo sabré guardar tu secreto y protejerte si lo necesitas. Habla y no tengas recelo.
—Gracias señora, no en balde me he dirijido á V.: mi secreto es de aquellos, señora, que queman el corazón cuando se guardan mucho tiempo, y el mio que lo habia enmudecido la mano de la esquivez, hoy se desborda y me señala el buen camino diciéndome: vuélvele á ese ángel la felicidad que le robaste sin querer y vé corriendo á casa de los protectores de Edgardo á decirles la verdad.
—¿Como?, ¿se trata de vuestro hijo? —esclamó Andrea pálida y alentando apenas.
—Edgardo no es mi hijo señora —murmuró Catalina.
Aquella revelación casi imposible para ella y que le quemaba los labios, subió deshecha en llanto á los ojos.
—¡Oh! ¡Providencia divina! —dijo Andrea alzando los ojos al cielo mientras decia á la desolada jóven— ¿luego Jacobo tampoco es su padre?
—Nó, la mano del crimen, sin duda arrojó á ese niño casi moribundo á la puerta de mi humilde casa, yo le crié con esmero y el desamparo de su inocente vida me hizo amarlo como lo amaría su propia madre.
Catalina mentía en parte pero era preciso salvar á su marido sin titubear ante una mentira que casi se parecía á la verdad, pues que ella habia sido engañada lo mismo por Jacobo al entregarle el niño.
—Yo no tenia hijos —prosiguió la joven— Edgardo fué el hijo de mi corazón: aquella noche inolvidable, triste y solitaria como siempre durante gran parte de la noche, velaba esperando á Jacobo: llovia á cantaros y los relámpagos en grandes listas de fuego cruzaban el firmamento y hacíanme estremecer de terror con el estampido del trueno, yo rezaba en el momento en que mi alma concluyendo su oración mental, mi labio repetí a padre nuestro que estas en los cielos, ten clemencia para el desamparado, la puerta se abrió y Jacobo chorreando agua se precipitó en mi habitación dejando en mis brazos un envoltorio dentro del cual percibí la respiración casi estinguida de un niño. “¿Que es esto?” pregunté á Jacobo trémula de encontrados sentimientos, entonces me refirió el milagroso hallazgo que habia tenido. Llena de gozo, me figuré que sin duda el Todo-poderoso me enviaba aquella celestial criatura para consolar mi soledad. Comencé por calentarlo, quitándole las ricas ropítas en que estaba envuelto, heladas y llenas de agua, y luego como me fué posible lo cubrí con franelas calientes é introduje en su contraída boquita algunas cucharadas de vino caliente.
—¿Y no encontraste en su cuerpo alguna señal ú objeto por medio del cual pudiera ser reconocido mas tarde por sus padres? —preguntó Andrea profundamente interesada en el relato de la mujer de Jacobo.
—Si —dijo ésta— pero es una alhaja de valor que no tiene seña particular alguna.
—¿La conservas?
—¡Oh! si, está guardada con el mayor cuidado y esmero, asi como la ropita que entonces llevaba.
—Eso es bastante, tal vez ese objeto tenga algún resorte ó señal invisible. ¿No lo has visto nunca?
—No señora, no se me ha ocurrido, pero puede Vd. misma verlo.
Y Catalina sacando de su seno una pequeña cajita de cartón con un objeto envuelto en un papel de seda lo alargó á Andrea.
Esta lo tomó ansiosa y desdoblando el papel sacó una joya de gran valor, era una almendra de filigrana granate, la misma á que se referia el niño llamándole reloj— con una lluvia de brillantes rosa, por el lado superior, y por el otro una corona imperial formada con esmeraldas sobre un fondo de filigrana.
Lo dio vueltas en sus manos, buscó algo que le indicara el medio de abrirle, pero no lo consiguió, parecía de una pieza y sin resorte. Sin embargo Andrea no se creyó vencida, tiró con fuerza el cordón de la campanilla y un criado se presentó.
—Dile á Augusto —dijo— que pase aquí inmediatamente.
El criado salió y cinco minutos después, Augusto se presentaba en el salón. Andrea en breves palabras contó á su esposo los sucesos narrados por la joven Catalina y dándole la alhaja al asombrado Medina le dijo:
—Es preciso abrirlo, debe tener algún resorte oculto.
Augusto dio vuelta el relicario y advirtió que la capa de filigrana superior se movia. Hizo fuerza con la uña del pulgar y la tapa cedió. Bajo de esta apareció un pequeño botoncito que apretado por el centro dejó descubierto un retrato, preciosa miniatura de una mujer hechicera.
Andrea lanzó un grito.
—¡La hermana Providencia! —esclamó cayendo de rodillas.
—Su hijo —murmuró Augusto temblando de alegría.
Catalina petrificada por la sorpresa fijaba sus asombrados ojos en aquel patético cuadro.






