Presentimientos del alma
Plácido convaleciente ya, estaba estaba sentado en el lecho. A su lado se veía á Teresa y Fernando. El desgraciado ignoraba la existencia de aquella que lloraba muerta, sus ojos fijos en el espacio, tenían una espresion pensativa y estraña. Volvióse á los esposos que lo contemplaban mudos y complacidos y tomando entre las suyas lás manos de ambos:
—¡Ah! —dijo con lágrimas en los ojos —¡vosotros no sabéis cuanto la amaba!
—Si —dijo Fernando— si sabemos cuanto la habéis amado, pero me atrevo á aseguraros que ahora vais á amarla mas.
Plácido miró con estrañeza á su amiga, luego á Teresa. Este se sonrió.
—¡¡Mas!! ¡imposible! —murmuró Plácido tembloroso, sin alcanzar el sentido de aquellas palabras estremas— no puede el corazón humano sentir un grado de ternura mayor que el que alienta y sostiene mi corazón.
—Sin embargo yo creo que vais á amarla mas.
—¡Esplicaos en nombre del cielo!
—¿Y si Margarita no hubiese muerto?
—¡Ah! vosotros queréis hacerme vivir por medio de esa ilusión.
—No, no es ilusión amigo mio, es una realidad que si sentís con suficientes fuerzas pod…
Fernando no concluyó.
La cortina de la puerta del centro de la alcoba se alzó y Margarita pálida y trasparente como un espíritu, con los ojos húmedos de emoción, la boca entreabierta de ansiedad adelantó sosteniéndose vacilante hasta el lecho.
Plácido no resistió, fijó un instante sus ojos en el rostro de su querida y doblándose su cuello dejó caer la cabeza sobre el pecho. Margarita abrió los brazos y con ellos rodeando su cuerpo lo retuvo suavemente cubriendo de besos aquella frente y murmurando en sus oidos mil frases apasionadas.
El final de esta escena no es posible describirla; hay cuadros muy patéticos y de tan fuerte colorido que necesitan el pincel inspirado de un gran pintor y huyen de la pálida descripción del novelista. El íntelijente lector concluirá á su antojo lo que nosotros no nos atrevemos á concluir por temor ó desconfianza en las fuerzas de nuestra pobre pluma…
Quince dias después, Plácido se habia levantado envuelto en un abrigado rob-de-cbambre, y sentado en un sillón á la Crimea frente al mismo balcón y en el mismo lugar en que vimos á Margarita convaleciente.
Tenia la cabeza descubierta, é iluminada por un rayo de sol, parecía transfigurada por la inmensa felicidad que inundaba su alma y que revelábala de una manera inequívoca su pálido pero risueño rostro. Sus ojos habían perdido su natural dureza y enérgica espresion y ahora húmedos de ternura se fijaban sin dar entero crédito, en su amada. Sus blancas y enflaquecidas manos enlazaban las de ésta y sonriente de felicidad le decia:
—Todo me parece un sueño, me creo á mucha distancia de la tierra, en una región infinita, donde te he hallado á ti, ángel mío, donde te he encontrado al fin; otras veces creo haber nacido de nuevo, que toda nuestra negra historia de separación y llanto la he soñado y que luego despertando, me he hallado siempre feliz contigo. ¡Como has transformado mi existencia de insoportable que era, en adorable ahora!
Yo que odiaba todo lo creado, y pensaba con fastidio en la vida, hoy por tu amor vuelvo á amar todo, deseo vivir y bendigo hasta mi pasado martirio, te tengo á ti alma mía y vivir, sentir tu voz, tu aliento, tus labios, es el cielo para mí. Aún me pareces mas bella, Margarita, es tan triste, tan apasionado el rayo de esos ojos que creo han adquirido mayor dulzura, tu sonrisa melancólica y dulcísima, todo, hasta la diáfana transparencia de tus mejillas me parecen mas bellas, a veces al contemplarte tan aérea y vaporosa, creo que tu alma se ha escapado del cielo y ha descendido á la tierra en forma de muger, para consolar á tu huérfano querido. ¡Oh! no me mires asi, y fuertemente impresionado rodeó con su débil brazo el cuello de Margarita. Esta descendió suavemente, y poniéndose de rodillas, murmuró, fijando sus ojos húmedos en los ojos de su amado:
—Yo también odiaba la vida, habiá perdido á mi primero y último amor en la tierra, luego al hijo de ese santo amor, no tenia mas afección que me ligara al mundo, que la amistad de mis dos hermanos. Muerta para todos, hasta para Don Luis que creyó mi falsa partida de defunción, borrado mi nombre del libro de los vivos, era un ser escepcional en el mundo, tendí una mirada al porvenir y solo divisé un abismo de densa oscuridad donde á fuerza de fijar mis cansados ojos, descubrí un rayo de luz consoladora, aquella era la única luz que podia guiar mi dolorida planta, y aquella luz difundiéndose en torno mio, me mostró envuelta en blancos cendales la sombra de la Santa Caridad. Y entonces amado mio, prosiguió la joven con la frente levantada y la voz inspirada por la fé, no fui tan desgraciada, los hombres me arrebataron á mi amante y á mi hijo y Dios compadecido de mi horfandad, me dijo desde lo alto: “Sed madre de la humanidad entera”, y yo oyendo de rodillas aquella voz sagrada, juré por tu recuerdo santo ser Hermana de Caridad y profesar dos años después de mi noviciado. Dios no ha querido que mi sacrificio se consumara y antes de nuestra separación eterna te ha traído á mis brazos. Bendita sea mil veces, esa justicia divina, y que así como te ha devuelto á mi amor me devuelva al hijo de mis entrañas.
La jóven calló y Plácido cubriéndose el rostro con ambas manos lloró largo rato: la pobre madre también lloraba.
—Hijo mio, hijo de mi alma —murmuró Plácido y tornó á ocultar su rostro.
Margarita se puso de pié.
—Basta —dijo, apartando con sus manos las de su amante— basta, no llores mas, ahora no soy sola, recíprocamente ayudados buscaremos á nuestro hijo, y si vive, cree Plácido mio que lo hallaremos y si ha muerto, siquiera encontraremos su tumba para llorar sobre ella el fruto dorado de nuestro primer amor,¡quién sabe! los arcanos del porvenir son inmensos, mira, no sé que eco estraño y misterioso me dice con una voz que creo haberla oido no sé dónde ni en qué época, tu hijo vive, confia y espera.
—¡Oh! yo también, dijo Plácido alzando la cabeza y fijando en su querida una mirada de asombro —yo también siento dentro de mi corazón una voz misteriosa que se le parece á la tuya, que me dice á todas horas: Tu hijo vive y es hermoso como su madre, espera y confía. Margarita palideció.
—¿Y cuando sientes esa voz, dijo, no ves una sombra de una mujer joven todavía que jira en torno tuyo y que tendiéndote los brazos, murmura sollozando palabras entrecortadas?
—No —dijo Plácido— alarmado ante la extraña exaltación de la joven.
—Yo sí —repuso ésta— anoche he visto despierta esa visión y luego al separarse me ha dicho: Confía y espera, tu hijo vive, y dejando un ósculo en mi frente se ha desvanecido diciéndome, adiós hija mía, adiós.
—Eres soñadora como una alemana —dijo Plácido sonriéndose, y atrayendo á ésta sobre sus rodillas, añadió casi feliz— visionaria, tú has soñado porque yo anoche acaricié tu frente dormida.
La joven se sonrió y replicó pensativa:
—Luego tú no crees en esos fenómenos por medio de la atracción magnética que tan bien nos esplica Julio Verne, y nos lo demuestra en su obra maestra “Los hijos del Capitán Grant” ¿No recuerdas tú, Plácido mio, agregó la joven creciendo en superstición, cuando solos y llorosos velan sobre el alcázar de popa, los huérfanos de Grant, el grito unísono y espontáneo que ellos lanzan diciendo: ¡Mi padre!, ¡la voz de mi padre! y que ambos por una revelación misteriosa de sus inocentes almas, señalan á la vez el centro de las olas y piden con voz suplicante un bote para salvar á su padre, cuyo acento juran haber oido en el silencio de la noche? ¿no lo recuerdas amado mío?
—¡Oh! sí, es una escena sublime —contestó Plácido— recuerdo mas, que una vez satisfecho el deseo de los niños es hallado el Capitán Grant en la margen de una isla desierta, y que desesperando éste de ser visto, había gritado varias veces sin esperanzas de ser oído por la inmensa distancia que le separaba del buque, aquella voz es inverosímil que haya sido escuchada por sus hijos y solo un fenómeno de proximidad magnética ha podido hacer repercutir en sus corazones el acento paternal.
—Luego —dijo la joven— ¿porqué me dices visionaria?, ¿no crees que esa voz que ambos escuchamos y esa sombra que yo veo, tenga relación con mi destino?
—¡Porque no, ángel mio! esa es una ilusión ó una esperanza muy bella que yo jamás marchitaría y que alimentaremos mutuamente hasta que se realice ó se desvanezca.






