Un capitulo que puede servir de Epilogo
La primavera fresca, templada y risueña, siempre en la bellísima infancia de su vida, se me figura una niña inmortal que huye aérea y seductora cuando con mayor vehemencia la llamamos, dejándonos el tibio y perfumado ambiente de su rápido reinado…
Estamos en Octubre y en la época mas hermosa del año, los rayos del padre del dia, diáfanos como el cambiante precioso de un topacio, brillaban con toda la fuerza de nuestro hermoso sol; los pajarillos gorjeaban alborozados y con sus tiernas modulaciones, saludaban gozosos el naciente verdor de los prados y á la espléndida vejetacion que cubríase á porfía de todas las galas que concedió el divino arquitecto á la naturaleza.
¡Que bella es la naturaleza en el campo! ¡Oh! yo estasiada en su esplendente hermosura, mil veces la he admirado, aislada del ruido mundanal, fastidioso, cuando mi alma susceptible y apasionada de lo bello y poético, se predispone á la grandiosa contemplación de lo infinito, ¡de lo sublime! Mirad sino, el ardiente estío con su sol de fuego que abraza durante el dia con sus rayos mas encendidos que el sol de los trópicos; ved mas tarde ese mismo sol, replegarse, lanzar moribundo sus últimos reflejos ya pálidos, vacilantes por intervalos; y luego sin fuerza finalizando su espléndida carrera, hundirse lentamente entre azulados velos iluminando al horizonte de fuerte sonrosado ó amarillento subido, ved luego como llega la tarde, fresca, deliciosa, precediendo al crepúsculo vespertino, esa hora sublime de misterio y fantástica ilusión, en que el alma adormecida en el perfume de sus aspiraciones melancólicas, sueña, delira con lo desconocido, con lo incomprensible; después la noche, la noche, reina de la creación, con su azulado techo tachonado de lívidos soles con su hermoso fanal, mas blanco y puro que un cristal, con su silencio, su poesía, sus sombras y sus secretos siempre bellos y tiernos.
¡Oh! ¡noche, bendita seas! Tu eres grande, como la mas grande y perfecta de las obras del creador, la menor de tus pálidas estrellas, vale mas que el mas hermoso de los reflejos del astro del dia. Recuerda siempre que á tu sombra oscura el hombre-dios apareció en Belén. Dice Romea y tiene razón: la noche es sin rival.
Nos hemos desviado involuntariamente de nuestro propósito haciendo reflexiones sujeridas quizá por los dulces recuerdos del pasado, pero sin trabajo nos desviaremos de las divagaciones del pensamiento, y sin apartarnos de la primavera de aquel dia esplendente, llegaremos á un terreno feraz y bellísimo, poblado de vastas plantaciones productivas, de amenos prados y sobre todo, de una hermosísima casa ó palacete de campo, una especie de chalet suizo de forma nueva y bellísima, sin duda una quinta, un retiro de grandes y opulentos señores. Vamos á saberlo. Penetremos, y á fuer de novelistas, recorremos todo, lo veremos todo de un modo invisible á guisa de hechiceros.
Una calle recta y de frondosos ligustros da forma la entrada, adornada á cortos trechos de pequeños bancos de mimbre y silletas de la misma clase. Aquella calle en sus estremidades se torcía artísticamente en opuestas direcciones, ambas sin embargo, conducian al gran jardin, pequeño paraíso, encantado edén, de aquellos alrededores. Figuraos largas avenidas de limoneros, cubiertos ya de perfumados azahares, entremezclados con olorosos cedros, con rosados laureles y piramidales casuarinas.
Luego, prados cubiertos de vistosas y aromáticas flores, de montañas, de cascadas, de grutas artísticamente figuradas, con piedras y enredaderas, de estatuas, torreones, lagos, glorietas, laberintos y cuanto la imajinacion pudiera concebir de bello y alegre, sombrío y á la par dulcemente melancólico.
Las golondrinas, esas aves tan pequeñas y tan lindas, con su azulado manto y su blanco escapulario de finísima pluma, gorjeaban alborozadas después de su rezo matinal, ajitando sus lustrosas alas, casi al nivel de los blancos caminos. Las torcaces, enamoradas siempre, con sus endechas quejumbrosas, jemian detenidas en las ramas cenicientas de las lánguidas glaucas, ora entre el oscuro ramaje de los mirtos, ora en las lacias guedejas del aromo. Las abejas zumbadoras, revoleteaban sobre el copo verdoso de los nísperos y libando la rica ambrosía de sus amarillentas florecillas, aéreas se remontaban, perdiéndose entre el ramaje en busca quizá de su elaborado panal.
¿Pero que es aquello que hay allí? Es un grupo de camelias en flor, todas son blancas, forman un recinto bellísimo de aterciopelado verdor y de nivea blancura, es la entrada de un pórtico ó peristilo de mármol que conduce á una torrecilla rodeada de columnatas y que sin duda es un oratorio. Un pequeño altar se ve á la entrada del frente y sobre él, rodeada de grandes jarrones de frescas flores y solo alumbrada por la luz del claro sol, la imájen santa del crucificado redentor.
De rodillas, con la frente alta y los hermosos ojos arrasados de llanto, están Margarita y Plácido. La joven lleva un riquísimo traje de terciopelo negro, brilla sujetando la negra gasa que desciende de su cabeza hasta la orla de un réjio vestido, una piocha[1] cuajada de riquísimos brillantes, y en su seno cae después de cruzarse una vez alrededor de su alba garganta, un magnífico collar de diamantes con una gruesa cruz de azabache. Una blonda[2] blanquísima en forma de gola[3] adorna su cuello y sus puños. Está hermosísima.
De pié á su derecha se vé á Andrea, y á la izquierda de Plácido, también vestido de rigurosa moda, está Medina. Teresa y Fernando, están á espaldas de los desposados y tienen de la mano al hijo de éstos.
El niño mira azorado á sus padres y á sus abuelos, incomprendiendo la ceremonia.
Sin embargo allí no hay sacerdote. Medina alza el brazo, pone sus manos sobre la cabeza de entrambos jóvenes y con acento solemne y acentuado:
—En nombre de Dios —les dice— por Él y ante Él, Plácido Santillana, te doy por esposa lejítima, por eterna compañera de tus dias á mi hija Andrea.
Las manos de los contrayentes se enlazaron.
—Jura —volvió á decir Augusto— jura amarla, respetarla y ser su fiel amigo, su leal esposo, júralo ante ésta imájen santa.
—Padre —dijo Plácido y doblando una rodilla con la voz firme y resuelta— ante Él juro á nombre de caballero, amarla, respetarla, serle fiel y leal toda la vida, lo juro en nombre de tu sagrada voluntad, de tu sagrada palabra y en nombre de Dios.
—Andrea, hija mia —dijo el feliz padre visiblemente conmovido— recibe por esposo al amado de tu corazón, al padre de tu hijo, al padre de mi nieto, y alzando su mano sobre la frente de su hija:
—Benditos seáis —les dijo.
Andrea dio un paso.
—Que Dios bendiga esta unión —balbuceó ahogada por el llanto— como la bendice vuestra madre —y alzó á los esposos, oprimiendo contra su corazón, dos hijos en lugar de uno.
Margarita y Plácido sucesivamente se arrojaron después en los brazos de su padre, y luego en los de Teresa y Fernando.
Después ambos enlazando al niño con sus brazos formaron un solo grupo largo rato.
Todos eran felices. La infeliz amante, la desgraciada madre, era tan venturosa, tan inmensamente feliz, que ni siquiera recordaba su horrible pasado. Una alegría sin límites, indescriptible alumbraba sus acciones, y hacíala mas hermosa que nunca: sus riquezas no le importaban, no la preocupaban, ni siquiera sabia si sus padres eran ricos, si lo era su esposo, ¿para qué?, ella seria tan dichosa allí en el suntuoso palacio como en la miserable choza del pescador, lo mismo en la opulencia que en la mas lamentable miseria. Tenía á su hijo, á Plácido, á sus nobles y tiernos padres y á sus hermanos. Era demasiado para ella, tan sola, tan desgraciada antes, huérfana, sin afecciones íntimas, llagados por el llanto sus ojos, desangrando horriblemente mutilado su corazón, desamparada, sin el hijo de su amor, sin el amado de su alma.
Margarita pues, como su amante, sabian valorar su felicidad inesperada, y eran avaros de ella, como de un tesoro, cuyo alcance ha costado el sacrificio y el martirio mayor que puede concebir en el corazón humano.
Margarita y Plácido ya esposos, salieron de la capilla seguidos de sus padres y de sus dos amigos.
Santillana llevaba en un brazo á su hijo, y con el otro enlazaba el de la joven y hermosa esposa. Un himno de amor parecia levantarse entre las hojas y entre las flores y los árboles, los inocentes moradores de los prados, gorjeaban dulcemente, y al pasar los felices cónyuges parecían saludarlos con una armonía tiernísima, una endecha[4] de amor interminable.
Las flores mas ricas y fragantes enviábanles sus perfumes, y todo á su paso parecia renacer con una exuberancia de vida asombrosa y nueva.
Cruzaron el gran parque, y una nueva é inesperada visita sorprendióles no poco á su llegada á la casa. Alli bajo una deliciosa bóveda de verdes “glicinas” de amarillentas campanillas, y retoñadas parras, estaba de pié, con el caballo de la rienda, un sacerdote, á quien nuestros lectores conocen yá, miraba al jardín, y su rostro se iluminó dulcemente cuando vio llegar hacia él, el grupo feliz de la familia de Medina.
—¡Padre Miguel! —esclamó Margarita, tendiendo su diestra al sacerdote, y luego todos estrecharon su mano satisfechos.
—¿Que feliz casualidad os trae hoy? —preguntó Augusto.
—Señor Medina —dijo el padre Miguel— no es feliz casualidad, lo que me trae á esta dichosa casa, es un deber sagrado, un mandato postrero, pero imprescindible que un dia en su última hora, hizo un arrepentido criminal.
—¿Cómo? —articuló Andrea sin concluir su pensamiento.
—¿Es acaso de Don Luis? —agregó Plácido.
—Sí, es Don Luis —murmuró el sacerdote— el infeliz me rogó que os entregara ésto, á vos, señora, —dijo alargando á Andrea un rollo de poco volumen y que debian ser papeles— me encargó os dijera que después de leer esas pajinas le perdonarais de veras, alejándolo del padecimiento á que sin vuestra indulgencia estaba condenado.
—¡Oh! padre —esclamó Andrea, yo le perdoné de veras, con todo mi corazón, desde el instante que me devolvió á mi hija; después, si alguna vez he evocado su recuerdo no ha sido jamás con rencor, por el contrario, he orado á Dios por él, implorando clemencia para ese desdichado.
—Dios os premiará señora —dijo el sacerdote, Dios os hará á vos, piadosa y noble, tan feliz, como desgraciada fuisteis antes.
Después se volvió hacia Margarita y el atavio de la joven le causó una estrañeza, que se manifestó en sus bellos ojos.
Plácido le comprendió.
—Hoy ha sido mi esposa —dijo— acababa de terminar la ceremonia.
—Que Dios os bendiga, noble criatura —murmuró el sacerdote, inclinando su cabeza descubierta ante la bella esposa, radiante de júbilo, y luego buscando alrededor:
—Pero yo no veo al sacerdote —dijo— ¿quién ha podido uniros?
—Nosotros —dijeron á una voz los padres de Margarita— un sacerdote estaba demás en esta unión, sus almas están bien templadas en el infortunio, y su amor lleno de fé y sublime abnegación, está probado hasta el martirio, hasta lo infinito.
El padre Miguel nada contestó. Aquel era un caso especial y casi le pareció bien la unión solemne de dos corazones como aquellos, por medio de la bendición paternal.
Luego abriendo sus hábitos, sacó un cartapacio con sobre y lo alargó á Margarita.
—Este encargo también tenía para vos —le dijo— es un testamento, en él creo os instituye por su única y universal heredera.
La joven tomó el sobre y rompiendo el sello, abrió el testamento, alli era en efecto, instituida única heredera de la fortuna de Saavedra.
La joven hizo un jesto de visible repugnancia, y luego reponiéndose, añadió:
—Con este dinero yo haré el bien en beneficio suyo —y dobló el pliego.
El padre Miguel, se retiró un rato después y se alejó bendiciendo á los desposados.
Diremos algo de algunos personajes que figuran en esta historia, los que sin embargo de su baja alcurnia, tienen que tener un fin, como todo cristiano y aunque ello, á la verdad, no me place mucho, me hallo en el caso de dar al César lo que es del César.
Empezaremos por Jacobo, quien á pesar de ser un grandísimo bribón, tenía sus rasgos nobles, á los cuales, debió Margarita su felicidad, pues si en otras manos hubiera caído el niño, de seguro que la infeliz madre no hubiera sido jamás dichosa. Jacobo, pues, vivió muchos años en compañía de su Catalina á quien amaba de veras, y quien fué favorecida por Margarita, donándole en nombre de su hijo, una buena parte de la fortuna que le dejara Don Luis.
Inés, apartada del vicio y el fango en que vivía, desde el instante en que oyera la noble promesa de Plácido, fue así mismo protejida por éste y por su esposa, legando al niño Adolfo, un tanto igual á lo que diera á Catalina.
A Octavio también le tocó una fuerte suma de dinero, con la que se casó, emprendiendo espléndidos negocios, enseñando á sus hijos y á su muger á bendecir amando el nombre de Providencia, á quien no pudo jamás decir de otro modo.
En tanto, la joven feliz recordaba con veneración su año de noviciado y guardaba encerrado en un cincelado marco de oro, sus largas y brillantes trenzas cortadas el dia que cubrió su linda cabeza con la gorra de Hermana de la Caridad. Aquellas trenzas tan amadas de su corazón, habian sido cortadas sin que ella las echara de menos, con la mas fría indiferencia, desilusionada de los goces de la vida, sin derramar una lágrima y ahora ¡cosa estraña! solo al fijar sus ojos en ellas, siempre á la cabecera de su lecho, una lágrima humedece su pupila, recordándole el pasado martirio.
Fernando y Teresa, siempre dichosos, no conocieron jamás la desgracia, sino por la que antes persiguiera á su amiga. No tuvieron hijos y fueron suyos los hijos de Plácido y Margarita.
Figueroa á quien todo aquel cambio habia complacido, murió transcurrido algún tiempo, bendiciendo á sus hijos………
Ocho meses después del enlace de Plácido con Margarita y en una fria noche de Junio, se veia sentado al frente de una pequeña mesa de luz, á Medina, que con espresion indefinible de asombro y contrariedad fijaba sus ojos en las amarillentas hojas de un cuaderno manuscrito, que no era otro que el mismo que enviara Don Luis á Andrea y el que Medina robara á su esposa, proponiéndose privarla de un mal rato quizá…
Medina leía y nosotros leeremos también y conoceremos á Luis Rizzio en todas sus faces.
Historia de Don Luis
Mi padre era florentino y mi madre genovesa, ambos eran prestamistas y residían en Nápoles.
Mi cuna es naturalmente humilde y solo en fuerza de los muchos millones que aquellos acumularon para mí, su único heredero, he podido llegar á adquirir todas las consideraciones sociales y rango de que hoy gozo.
A los veintiséis años quedé sin padres y dueño de una considerable fortuna. Era joven, rico, con una instrucción mas que regular, me propuse viajar, compré un lijero y gallardo brik[5] de elegante construcción, macizo y de gran resistencia, y luego de proveerlo de un excelente cuerpo de tripulación, me hice á la vela y zarpé del bello puerto de Nápoles el 22 de Setiembre de 18………………………………
Habíale dicho al Capitán, quiero viajar, quiero conocer hasta donde se puede navegar, no me preguntéis dónde quiero ir, á qué punto debéis encaminaros, porque no os contestaré otra cosa que, llevadme donde os plazca querido Capitán, porque á todas partes donde vayáis estaré bien.
Sentado sobre la hermosa y limpia cubierta del “San Luis” pasé la primer noche de navegación, gozando de una manera dulcísima en la contemplación de todo lo que me rodeaba: allí en medio de mi dulce aislamiento veía la elevación suave y brillante del blanco fanal de la noche, que rizando dulcemente las aguas del golfo, iluminaba con su resplandor vago y fantástico el puerto de la gran ciudad, que ofrecia al viajero observador que se aleja de la costa napolitana, un espectáculo de encantadora apariencia. Yo iba á realizar mi dorado sueño, conocer el mundo, esto era soberbio, ver América, sobre todo aquella virgen y hermosa América del Sud, que tantas veces exaltó mi imajinacion de niño, ante las brillantes descripciones de sus ríos de túrjido cristal, de sus floridas barrancas de sus perfumados buques y de sus hermosas mugeres, en fin, ¡oh! yo deliraba iba á visitar á la vieja Europa, iba á pensar sobre las ruinas de sus soberbios monumentos, iba á admirar la grandiosidad de sus monumentos modernos, de sus grandes descubrimientos; iba á aburrirme quizá en sus inquietas ciudades con su gran ruido y constante movimiento, pero luego iba á América, al suave, al dulce clima de la joven América, allí iba á gozar, á encantar mi alma con imájenes frescas y llenas de poesía.
Muchos ratos durante mi viaje, bajaba á mi linda cámara de estudio, y allí con algunos excelentes libros ó en su defecto el juego de ajedrez ó dominó, matábamos los ratos de fastidio inherentes á una larga navegación larga y monótona como se hace siempre en alta mar. El segundo era mi compañero de ajedrez y por cierto que recuerdo con placer los tremendos jaque-mate que le solía dar, por lo que el buen inglés se desesperaba sin poder tomar jamás la revancha.
Desde nuestra salida del puerto de Nápoles, los dias tranquilos y serena la mar no nos ofrecía ningún inconveniente, pero el quinto dia una atmósfera pesada y el color plomizo del cielo nos hizo temer una tempestad que no se hizo esperar.
Por la tarde un vientecillo seco y ardiente puso en movimiento
la tripulación del San Luis, el cielo comenzó á cubrirse de pardos y rojos nubarrones, el huracán semejante al aliento de un coloso, sopló con inaudita rapidez y pocos instantes después, rompióse el gallardete y los mástiles crujían de una manera poderosa.
El Capitán permanecía sereno y de pié, imponente, sobre el alcázar de popa, mandaba con voz sonora y tranquila la difícil maniobra, los valientes tripulantes encaramados, los unos en el palo mayor, asegurando el faro de color punzó que avisa á los navegantes la proximidad de un buque, los otros, listos y avisados en todas direcciones, ejecutaban la orden breve y acabada del Capitán, en tanto que, solo, aislado del movimiento el timonel, de pié en su puesto, impasible y sereno, interrogaba con la profunda mirada, ya al cielo cubierto de negros nubarrones, ora la aguja de marear, cuya esfera al aire llevaba en la mano.
Yo era feliz, gozaba y la tempestad me parecía hermosa; mi naturaleza impresionable estaba ávida de espectáculos grandiosos, y aquello me complacía como un cuadro bello de la obra de Dios.
El viento cada vez mas recio no permitía oir las voces de los marineros que trasmitían la palabra de uno á otro; las grandes oleadas de agua rodaban en la superficie como una gran mole de blanca cristalización y rugiendo poderosas y tremendas, venían á estrellarse sobre el acerado casco del San Luis llenando de agua la cubierta y empapando nuestros pies; la luz azufrada é imponente del relámpago hacia mas fuerte el espectáculo, presentándonos á cada ráfaga rodeados de grandes crestas de blanquísima espuma que á mí se me figuraban monstruosos Ice-Berges[6] de los mares boreales.
De súbito la voz del avisador se dejó oir á penas y como de una gran distancia.
—Un buque á babor, piden auxilio —dijo.
Y en efecto una detonación que podia confundirse con el trueno, pero que era imposible por la luz que producía el fogonazo, llegó á nuestros oidos y á la luz de una tremenda ráfaga seguida de un segundo cañonazo, distinguimos tanto el capitán como yo un buque deshecho, sin arboladura, sumerjiéndose en dirección á nosotros y casi al habla. Un tercer cañonazo del San Luis cruzó con su enérjico estampido la distancia y fué á contestar á la voz de auxilio de la goleta perdida; nuestra tripulación noble y jenerosa maniobraba luchando heroicamente contra el empuje furioso ele las olas.
El timonel práctico y audaz hizo virar trabajosamente y airoso, triunfante burlando á los elementos se puso el brik á la par de los náufragos.
Un grito unísono y conmovedor dominó por completo el fragor de la tempestad, el ruido de las cadenas, el izar y recojer de las velas, el grito de ¡Botavara! á estribor, á babor, mezclado de llanto de socorro, de plegarias y de elementos, era un conjunto de sin igual descripción.
En aquel momento habia yo dejado de gozar y mi alma estaba toda suspendida de la vida de los infelices náufragos, tenía el cuerpo inclinado sobre la borda á babor y sostenía un cable donde aferraban los marineros un bote de salvación.
Hubo un momento en que casi no tuve resistencia, perdí el pié y una terrible, oleada vino á conmoverme y hacerme luchar basta vencer, pero medio ahogado. Dos marineros vinieron en mi ayuda y entonces lanzándome hacia el bote me arrojé en él a pesar de la oposición del
capitán que me gritaba.
—Rizzio, Rizzio, va V. á perecer.
—Sí— recuerdo que le contesté— lo mismo le sucedería á V. si no fuera necesario ahí, déjeme voy á hacer mi deber —y en dos minutos me hallé á merced de las encrespadas aguas, ora sumerjidos entre montañas flotantes, ora en la cumbre de aquellas: llegamos al buque que se hundía, yo trepé por un cable á bordo, recorrí el buque en un segundo buscando niños ó mujeres que salvar, nada hallé, el temor de perder la embarcación si no tornaba pronto al embarque me hizo temer por un momento y dando vuelta di un grito de ¡Allá voy!
Mi voz la sofocó la tempestad, no llegó á la tripulación que habiendo salvado á todos los náufragos se alejaba de la goleta, mi voz no fué oida por aquellos, pero en cambio fué escuchada por alguien, sin duda, porque un jemido llegó á mi oido y una voz angustiada que pedia socorro. Escuché un instante y la voz volvió á repetirse mas cerca, me lancé hacia donde venia el eco y á pocos pasos encontré de rodillas con el cabello suelto y casi exánime á una joven sola, abandonada quizá por el egoísmo, en un oscuro camarote, tomé en mis brazos á aquella mujer y subí sobre cubierta; el agua me impedia caminar y temia caer á cada paso por estar el buque sumerjido: un pensamiento espantoso heló de pronto la sangre en mis venas, y si nos hubieran abandonado, oh! que horrible seria, pensé, no por mi, por esta infeliz que quizá se cree salvada. Hice un esfuerzo supremo y con todo el vigor de mis pulmones ¡á mí, socorro! grité.
Todavía no se habia estinguido la voz cuando sonó á mi espalda la del capitán que decia:
—Aquí está, pronto, no hay tiempo que perder os buscábamos, la goleta se hunde, á la lancha.
Un cuarto de hora después estábamos á bordo del San Luis con todos los pasajeros de la goleta perdida así como la tripulación de aquella. La tempestad habia pasado y solo quedaba de ella los estragos de su corto reinado. Los náufragos ocupados con el horrible recuerdo de esa noche, y cada cual repuesto un tanto se habian acomodado donde mejor habian podido, sus ropas habian sido secadas y sus fuerzas restablecidas en parte con algunos tragos de riquísimo Jamaica.
Yo ni siquiera habia hasta entonces tenido tiempo de observar detenidamente á nuestros huéspedes; rendido el cuerpo y aún el espíritu por la lucha moral de tan amargo momento, cuando hube llegado a bordo del San Luis deposité la joven naufraga en un camarote de mi salón de estudio y recomendando su asistencia al Capitán pensé solo en descansar, y volviéndome á mi cámara, me tendí en el lecho y traté de conciliar el sueño; pero era imposible, un algo estraño y misterioso embargaba mis sentidos, la frente me ardía pesadamente y un calor sofocante abrasaba mi cuerpo. Recuerdo haber despertado á la mañana siguiente como de un letargo, encontrándome en el caso de tener que oir narrar el suceso de la noche anterior para coordinar mis embrolladas ideas.
Subí sobre cubierta y después de saludar cordialmente á los náufragos, todavía ateridos del frio, con el rostro pálido y azorado aún, llamó mi atención un anciano de distinguida presencia y respetable aspecto que sentado cerca de la escotilla de proa ocultaba el rostro entre ambas manos y gruesas lágrimas corrían por su mal unidos dedos, me dirijí hacia él y tocando su hombro:
—¿Porque lloráis? —le dije, acaso no os consideráis feliz con haberos salvado de una muerte segura?
Alzó la cabeza y dejando correr libremente su llanto:
—¡Oh! gracias, —balbuceó con voz entrecortada, pero de timbre varonil y simpático—- Habéis salvado muchas vidas pero mi desgraciada hija ha perecido; ¡pluguiera al cíelo que yo hubiera podido morir con ella también!
—¿Cómo?, ¿teníais una hija en la goleta perdida?
—Si, y todo mi anhelo por hallarla ha sido ¡mi ominoso, la he llamado á grandes voces, he recorrido el buque; pero sin duda la infeliz niña, temiendo el encierro de la escolilla se ha arrojado al agua!
Y el desesperado anciano tornó á llorar desconsoladamente.
—No os aflijáis, yo he salvado una mujer de la goleta náufraga, tal vez sea vuestra hija.
—¡Oh!, por Dios caballero —gritó poniéndose de pié— vos que habéis sido tan generoso con los demás no seáis cruel con este desgraciado padre, no me hagáis concebir una esperanza que será doblemente dolorosa sino se realiza.
—No tenéis razón —le dije— para tratarme asi: el dolor os estravia, yo no os digo que es la hija que lloráis, os prevengo solo que he salvado una joven que puede ser vuestra hija, venid.
Y tomándola mano del anciano lo arrastré hasta el camarote en que la noche anterior depositara á la náufraga. La luz pálida y ténuemente verdosa de una claraboya, iluminaba el rostro hermosísimo de la joven, y el anciano descubriéndola dio un agudo grito, cayó trémulo de rodillas y tomando la mano de ésta cubrióla de apasionados y anhelantes besos.
—¡Mi hija!, ¡mi hija de mi alma! —repitió estrechando con su brazo la rubia y encantadora cabeza de su hija.
Luego corrió á mi y enlazándome con sus brazos el cuello:
—Es ella —me dijo— ¡vive y vos sois su salvador! ¡Ah!, ¡que deuda de eterna é impagable gratitud tengo con vos, caballero!
Yó no le oia, estaba absorto; jamás habia contemplado tanta belleza, juventud y gracia.
El anciano me atrajo y enseñándome su hija:
—Mirad —me dijo— si no tenia razón de llorarla.
Yo me incliné, no podia hablar, tenía la lengua pegada al paladar y los ojos fijos en aquella muger ó arcángel singular.
Ella por su parte fijaba en mi sus tristes y dulcísimos ojos azules, su boca purísima me sonreía y yo loco, fascinado y sin acción la contemplaba de una manera ansiosa y apasionada. Parecía estar ajena á su estraña situación, porque su mirada con espresion dudosa, posábase sobre su padre, que enteramente feliz me colmaba de bendiciones y luego tornándola hacia mi parecía interrogarme ó suplicarme aclarara su entorpecimiento.
De pronto lanzó un grito, tendió los blancos brazos y estrechándolo con desesperada efusión:
—Padre, padre —balbuceó— ¿quien te ha salvado, quien ha salvado á tu hija?
—He ahí nuestra providencia —dijo el viejo señalándome con la mano—él te ha salvado de una muerte segura y te ha devuelto á mis brazos, cuando te creía perdida, él te ha arrancado de la tumba, devolviéndome con tu vida, mi propia vida.
La joven me tendió una mano mórbida, blanquísima, pequeña.
—Os debo mucho —dijo con una voz que jamás he olvidado, que hoy mismo, después del transcurso de treinta años con sus horribles recuerdos me parece escucharla como lo oí en ese instante imborrable— sois mi salvador, gracias: puede ser que un dia os pueda recompensar en parte el bien que me habéis hecho, conservándome una vida preciosa, porque de ella pende la existencia de este anciano— y designó á su padre.
Este, habíase puesto de rodillas á pocos pasos y, vuelto el rostro á la pared, oraba.
La mano de la joven estaba entre mis manos y yo la oprimía apasionadamente sin que ella opusiera resistencia.
—¿Como es vuestro nombre? —le dije por fin, pudiendo hablar.
—Leonor Celline —me contestó, envolviéndome en una mirada lánguida, tiernísima, casi estinguida en sus azules y entornados ojos.
Luego se incorporó, miróme al rostro fijamente y apoyando la cabeza en su almohada, murmuró débilmente:
—Sí, es él —y cerró los ojos, atrayéndome hacia si con una fuerza nerviosa é irresistible.
—¡Ah!, ¿tú me conoces? —esclamé— ¿tú me conoces Leonor?
—Sí, sí, te conozco —respondió volviéndome á mirar arrobada— Si, te he visto muchas veces en un sueño y desde niña, tu imájen la he llevado en mi corazón.
Caí de rodillas y ambos con los ojos fijos en los ojos del otro, en una mirada infinita, suprema, permanecimos mudos, hasta que poniéndome de pié, apreté contra mí pecho su mano y me alejé en silencio.
Los dias siguientes de nuestro encuentro a bordo del San Luis, fueron para mi un soplo de felicidad que se desvaneció mas tarde, como se desvanecía la blanca estela de plata que dejaba en su marcha nuestro Brik. El dominó, el ajedrez y hasta el segundo, fueron olvidados por mi y apenas tenía un instante lejos de Leonor.
Muchas veces después de un dia de perfumado de amor y de dicha celestial, para mi alma, tan noble y leal entonces, después que ella me daba su última mirada y su última caricia, todavía ávido de su proximidad, me sentaba sobre cubierta, á la puerta de su cámara, que antes yo ocupara y allí me sorprendía el lucero, feliz porque podia percibir su dulce respiración, ó el roce de su cuerpo en el lecho.
Una noche, que jamás he podido borrar de mis recuerdos á pesar de haberlo deseado mucho, porque su recuerdo me hace daño, una noche pues, hermosísima y tranquila, nos habíamos dado las buenas noches y como de costumbre, luego que ella cerró la ventanilla del camarote, me senté á su puerta y me creí dichoso. Media hora después, un ruido imperceptible llegó á mi oído y una mano blanca y fresca como una azucena, se posó sobre mi hombro, era ella. Descorrió suavemente la escotilla y subiendo la escalera se puso de hinojos á mis pies.
—Luis —me dijo— Luis, te he sentido y vengo á hacerte compañía.
—¡Oh!, gracias —esclamé— besando frenético su mano —gracias ángel mio, y levantándola , estendí sobre el tablado mi pañuelo y la hice sentar allí.
—¿Es la primera vez que me sientes? —le dije.
—No, pero no me ha atrevido antes por temor de ser sentida por mi padre.
—¿Y eso que importaría —le repliqué— mi respeto es; igual á mi amor, y por otro lado, ¿crees que nuestra ternura sea un secreto para él?
—De ningún modo, pero no quisiera dar margen por una imprudencia, quizá á que me apartara algo de tu lado.
—No lo creas, tu buen padre se cree obligado conmigo y á más sabe que soy un caballero y no haria eso jamás.
Yo callé y ella mas bella por el reflejo de la luna, alzó sus hermosos ojos azules con una espresion de indescriptible felicidad y gracia, luego los volvió á mi y me fascinó por completo.
—¿Mé amas mucho? —me dijo con encantadora coquetería.
—¿Y me lo preguntas tú? —le contesté, ¿no sabes el cambio que tu sola presencia ha operado en mi vida?, figúrate que mi sueño era viajar, recorrer toda la Europa y luego visitar la hermosa América, te he encontrado á ti y se ha cambiado la faz de mi destino. Hoy arribaré á la primer capital que se halle al paso y allí serás mi esposa y luego nos instalaremos donde á ti te plazca, porque pienso ser tu esclavo y satisfacer todos tus caprichos, como órdenes.
Leonor me envolvía en una mirada enloquecedora, é inclinando su rubia cabeza sobre mi pecho, puso su frente, al alcance de mi boca, por vez primera besé su cabeza, temblando de emoción mientras ella me decia:
—Cuando sea tuya, iremos á América, yo también deseo conocer ese hermoso pais, nos instalaremos en Buenos Aires, ¿que te parece?, dime, ¿estás contento con la residencia que he elejido?
Ella soñaba con América y yo soñaba con su amor. Incliné la cabeza en señal de asentimiento en tanto que la apretaba suavemente contra mi corazón. Leonor prosiguió sin cuidarse de mis caricias y como si hablara de un pensamiento ya saboreado de tiempo atrás.
—Alli —decia— a la orilla del rio, rodeada de árboles y de flores, me comprarás una poética morada llena de poesía y de encanto, doble porque mi vida será embellecida con tu amor y tus caricias ¿no es verdad Luis?, ¡eh! contéstame, añadió alzando mi cabeza con sus dos manos
—¿En que piensas?
—En nada, mi vida —le dije— pero si te he de decirla verdad, soy un niño, pero, ¿que quieres? tengo celos de todo lo que tu quieres con entusiasmo, y me hace daño tu interés por otra cosa que no emane de mí.
Leonor hizo un ligero gesto de contrariedad, pero luego dulce y cariñosa, no pensó mas en América y se despidio de mi prometiéndome un cielo color de rosa.
Quince dias después, Leonor, con el consentimiento de su padre, era mi esposa y toda mi felicidad.
Los transportes de aquel amor inmenso, se producían soberbios y admirables en aquel espíritu de fuego, en aquel temperamento singular, para una mujer tan joven y de aspecto candido y angelical. Muchas veces me hacían pensar profundamente, sus estrañas ideas, sus pensamientos oscuros, indescifrables para mi, por la colosal tendencia que en ellos demostraba á todo lo romántico y sobrenatural. Era afecta á la lectura y gustaba con preferencia del género de las fantásticas creaciones de Hoffman[7] y de Goethe[8]. Tenía toda Ja superstición fantástica de una alemana, todo el ardiente arrebato de una italiana, toda su sagacidad y atrevimiento, toda la hipocresía, toda la finura y coquetería de una francesa.
Leonor era veneciana y pertenecía á la nobleza italiana, era hija natural de la condesa de Salviari y su padre, con quien ella viajaba, era noble también y gozaba de un título.
El anciano me reveló que habia decaído notablemente su fortuna á causa de algunos malos negocios, y la salud de Leonor, sufriendo de un estraño malestar, le habían decidido á viajar por mejorar á su hija y distraer al mismo tiempo su espíritu abatido. El buen viejo vivia en nuestra compañía y yo era inmensamente feliz. ¡Que dicha mayor podia ambicionar!, tenía el corazón satisfecho, con la compañera, noble, hermosa y enamorada, que el cielo habia sin duda puesto en mi camino de un modo tan estraño y singular.
Yo era joven, amaba como un demente y era inmensamente rico para colmar las aspiraciones de Leonor. Nos habíamos detenido en un bonito puerto de Austria. Y allí, una vez unidos, manifestó deseos de volver á Venecia.
Algún tiempo después estábamos en la hermosa Sirena de Italia. Yo no conocía Venecia, su aspecto nuevo y encantador me sorprendió agradablemente: aquellos mil palacios de formas bellísimas y caprichosas, semejantes á una bandada de blanquísimas palomas á flor de agua dormidas, luego la multitud de vistosas góndolas que recorren en todas direcciones las calles de la ciudad, el ruido de los remos y el canto lánguido y dulce de los gondoleros, forman un contraste nuevo y lleno de poético encanto para el viajero.
Leonor elijió un magnífico palacio, cuyos dueños viajaban por placer y allí rodeados de todo el lujo y molicie de que era susceptible su naturaleza, pasamos algunos meses.
El padre de Leonor, Felónico, que asi era su nombre, comenzó á sentirse débil y decaer notablemente su salud. Al principio no creíamos de cuidado su malestar, pero mas tarde se agravó, y después de una prolija asistencia de dos meses, murió, encargando á su hija la fidelidad y constancia en el matrimonio y mucho amor hacia el esposo que tanto la amaba. Yo lloré á aquel anciano como si hubiera sido mi padre; mi esposa por el contrario, no demostraba su dolor, y siéndole enojoso el tiempo de duelo en Venecia, por el encierro natural, me indicó su deseo de visitar á América: yo siempre dispuesto á complacerla accedí y algunos días después, nos pusimos en viaje.
¡Cuantas veces después he maldecido aquel viaje!, ¡cuantas veces he llorado mi condescendencia. ¡Oh! América ¡oh! hermosa Buenos Aires, ¡cuanto lloro!, ¡cuanto gemido!, ¡cuanta hiél me diste!, ¡como recompensaste en mi alma, el santo entusiasmo, que me inspiró tu gala y tu frescura…! Yo pisé tus playas feliz, como el mas feliz de los hijos de tu suelo, yo adoré las aguas del gran Plata, desde el instante que mi Leonor reflejó en sus ondas el rostro, ¡pobre insensato! ¡pobre loco!…ya no me resta sino sufrir lejos de los hombres y vengar en todos el agravio de uno ………………………………………………………………
Llegamos á Buenos Aires el 21 de Setiembre de 18… y nos alojamos en un cómodo hotel. Alli pasamos algunos dias, hasta que habiendo hallado una linda casa de recreo, distante por pedido de Leonor, algunas cuadras dé la plaza de la Victoria y á orillas del rio, nos trasladamos á ella, y seguimos siendo dichosos algún tiempo mas.
Un año se habia cumplido de nuestro matrimonio y Leonor me hizo padre al cabo de dos meses de residencia en Buenos Aires. Tuve el complemento de la felicidad.
Recien entonces, pensé en el porvenir, pues á pesar de ser bastante rico, no era posible que aquella fortuna pudiera ser eterna, si no le agregaba las utilidades de su propio beneficio. Empecé pues á trabajar dedicándome al comercio y haciendo viajes al estranjero con mucha frecuencia, porque asi convenia á mi especulación.
Las primeras separaciones de Leonor, sufria mucho pero luego la costumbre y por otro lado que ella misma me daba fuerza con su entereza que yo entonces ciego todavia, calificaba de sacrificio, me daba valor, digo, y demostraba con esa habilidad y astucia que solo poseen las mujeres, la necesidad de acumular oro para nuestro hijo.
¿Que importa, me decia una tarde de primavera, en que yo recien llegaba á mi casa y de la que tenia forzosa necesidad de salir al amanecer, que importa que te separes de mi, ahora, por muy poco tiempo quizá, si luego vuelves y después de unos dias de cruel separación, te espero con ansia? Soy tu amante, no tu esposa hasta mis caricias son mas vehementes, porque he deseado mucho estar á tu lado y tu falta, me ha hecho insoportable el tiempo trascurrido, luego te recibo con un nuevo entusiasmo.
Yo oía á aquella muger, como oian los encantados héroes mitolójicos, la voz traidora de la Sirena. Yo sentía las caricias de aquel demonio y no comprendía que eran falsas, me fascinaba, me subyugaba de una manera inverosímil é irresistible, ¡era tan bella! y entonces mas porque la encontraba con nuevos encantos, me parecía doblemente hermosa. Asi de este modo pasaron dos años, al terminar éstos, empieza la trajedia espantosa de mi vida, uno de esos dramas sin nombre que no se escriben porque horrorizan. Mi hijo Fernando tenía dos años y mi segunda hija seis meses, yo acariciaba á ambos y de ambos me costaba pesar separarme en mis ya perezosos viajes.
Leonor fria é indiferente me demostraba un tedio insoportable, vivia triste, aislado de ella, amándola mas que nunca y sin otra recompensa, que su duro y estraño tratamiento. Yo debia apurar la copa de amargura, hasta las heces y la apuré.
Una noche, noche tremenda, por el furioso Pampero, que soplaba, noche oscura y tormentosa como todas á cuya sombra se produce un crimen, yo estaba a bordo, habia salido aquella tarde al caer el sol, del puerto de Buenos Aires en dirección á Montevideo, cuando por la amenaza de un temporal varió el programa el prudente Storp, capitán del San Luis, habilitado por mí, y volviendo á balizas interiores, se puso al abrigo.
Mi casa no distaba mucho del muelle, así que teniendo un bote, esa noche podia pasarla en compañía de mis hijos y mi esposa. En efecto, así lo hice y una hora después, yo entraba de puntillas á sus habitaciones, satisfecho, como un niño, de la sorpresa agradable que produciría mi presencia allí.
Crucé mi gabinete, luego el cuarto de los niños, y me detuve asombrado en el cuarto de vestir, ante una voz de hombre que parecía salir de la alcoba de mi mujer, aquella voz decia:
—Eso no es lástima.
—¿Y entonces —esclamó Leonor con voz angustiada— entonces, ¿como llamáis á ese sentimiento?
—Cobardía —replicó aquel hombre.
No sentí mas por el momento, me zumbaron los oidos, apoyé las manos en la pared y un vértigo espantoso nubló mis ojos.
—¡Dios mio! —murmuré muy quedo— ¿que es esto?
Y un momento indeciso, no supe que hacer, si huir, arrojarme al rio ó vengarme.
Sin duda algún pequeño roce ó ruido llegó á ellos, porque él dijo:
—Parece que alguien anduviera aquí, ¿estás segura de que se embarcó?
—Cómo de que estás tú aquí querido mio —dijo Leonor.
Di un paso y pudiendo ver sin ser visto, quise conocer al amante de mi muger, al bárbaro que habiendo tantas mujeres libres, cometió la infamia de robarme la que formaba el encanto de mi vida. Leonor estaba sentada en un sofá pequeño, tenía un lijero traje de confianza, estaba hermosísima así, con tan encantador descuido. El era un hombre también hermoso, alto y esbelto su talle, llevaba traje militar y tenía la cabeza descubierta: sentado al lado de Leonor, acariciaba la frente de esta con una mano y con la otra, sujetaba un habano encendido.
El diálogo que ambos sostenían, vive aún en mi memoria como marca de fuego, voy á sufrir mucho, pero voy á recordarlo todo.
—¿Con que dices —dijo Leonor, dulcificando su acento de una manera desgarradora para mi —con que dices que soy cobarde?
—Sí, eres cobarde y no me amas suficiente.
—¿Entonces todo mi sacrificio, no te prueba ese amor que constituye mi vida?
—Hasta cierto punto, sí; pero tu resistencia me estraña doble, por la misma razón de haberme sacrificado todo, no queriendo ahora abandonar al hombre que detestas, por el hombre que adoras. ¿Que te detiene?, dime.
—Mis hijos, sobre todo. Fernando que es su hijo y á quien no podría arrastrar conmigo, por un resto de compasión hacia Luis.
—Ah! si, tú le amas, todo es una farsa.
—¡Amarle! jamás Gabriel, jamás le he amado, ni siquiera en los primeros dias de nuestro matrimonio. Una deuda de gratitud exaltó mi imajinacion inclinada á todo lo romántico, y haciéndome confundir la verdadera pasión, con un sentimiento pasajero de muy frágil duración. Cuando desperté en los brazos de aquel hombre me encontré ligada á él con cadenas inquebrantables, pero su ternura era tanta, sus cuidados y solicitud tan grande, que muchas veces, sin saber definir lo que Luis me inspiraba, seguia sus transportes de ternura y el infeliz me creyó realmente enamorada. El sueño de mi vida ha durado hasta que he venido á América, hasta que te he hallado á ti, mí vida, realización de todas mis ilusiones.
El amante de la infame, de la falsa esposa, oprimio contra su pérfido pecho, el de la adúltera.
—Sí —le dijo enajenado— sí, sé que me amas, sé que llegarás á abandonar al odiado Luis, para vivir enteramente á mi lado.
Leonor titubeó un segundo y luego esclamó con firmeza.
—Sí, sí, lo abandonaré, á él y á su hijo, sí huiré contigo y con nuestra hija.
Una nube de sangre oscureció mis ojos, llevé la mano al cabo de mi rewólver y di un paso. ¿Que me restaba en la vida? ¡Mi hijo, pobre hijo mio!, ¿que iba á ser de él? Quise despreciar á aquella infame, pero mi odio tan grande, como fué mí amor, se desbordó tremendo y me lancé sobre ellos. Dos balas de mi rewólver se enterraron en el pecho del seductor y las cuatro restantes, las descargué frenético en el corazón de la adúltera, luego loco, ebrio de venganza, concluí con el fruto de aquel amor criminal y tomando á mí hijo en los brazos, huí de mi casa a la inmediata ribera, donde me embarqué en el “San Luis” variando su rumbo para Chile.
Durante quince dias, estuve entre la vida y la muerte. Storp, leal y generoso velaba, solícito á mi lado y no permitía la entrada á nadie cerca de mí, por temor, según me dijo después, á las tremendas revelaciones que yo hacía en medio del delirio. Él todas las escuchó de mi propia boca, llorando horrorizado, no de mi crimen, sino de la maldad de aquella muger tan amada por mí y que tan mal recompensó mi ternura.
El drama sangriento que enrojeció mi vida, fué el tormento, el infierno de mi porvenir en todas partes, por grande, por enorme que haya sido la distancia que me separara de Buenos Aires, veia á Leonor ora bella y amante como la vi tantas veces en el trascurso de mis dos años de dicha, ora ya adúltera, espirando agonizante sin exalar un ¡ay! con el blanquísimo seno acribillado por las balas de mi rewolver, ora de rodillas con las manos juntas implorando perdón, con voz leve y tristísima, demandarme á su hija, á la hija de su amante, yo vivia loco.
Fernando mi hijo creció á mi lado, algunos años después le puse en un colejio y entonces yo sacudiendo aquel mundo de pensamientos y fantasmas envenené mi sangre con la mas refinada maldad á fuerza de sufrir me hice un demonio, sin creencias, sin fé. Y me propuse buscar un solo vastago que perteneciera al verdugo de mi felicidad, para vengar en él, el crimen de éste.
Satanás sin duda ayudó mis planes. Me trasladé á Buenos Aires desfiguré mi rostro y cambié mi apellido de Zorati por el de Rizzio, no fui conocido y en poco tiempo siendo rico comencé á hacerme espectable[9]. Unos me llamaban griego, otros judio y todos se equivocaban mientras yo buscaba de todos modos realizar mi venganza.
Una tarde entré en un café, se jugaba y hablaba de todo; me senté en una mesa desocupada, inmediata á dos jóvenes que allí departían amigablemente y escuché sin pensar lo que estos hablaban. Decia un joven de fisonomía viva y atrevida, de lente, y rizada melena, con su aire afrancesado y charlatán, á otro de aspecto simpático para quien no profesara el odio que yo abrigaba á los hombres en general.
—¿Conque te suicidas Augusto? ó lo que es lo mismo, te casas con una hermosa perla arjentina y nada me habías dicho, ¡que egoísmo! mira, cuando yo llegue á cometer semejante locura, desde el muelle hasta el once de Setiembre haré pegar carteles para que nadie ignore mi enlace, ¿que te parece? es una buena idea eh!
El otro joven se rio del chiste y luego repuso:
—Es verdad, me caso ó me suicido, como tu quieras pero no habia creído necesario proceder con tanta anticipación, pero ahora que tu has descubierto el incógnito, me es grato participarte mi próxima unión con la señorita Andrea de Bremont.
—Lo sabia, amigo, y te doy la enhorabuena por ello, dijo el joven Alberto oprimiendo con efusión la diestra del novio.
El apellido pronunciado por el joven hizo en mi una impresión difícil de esplicar. “Bremont, Bremont”, repetí, ese era su apellido, si, estoy seguro, y luego segui escuchando.
Alberto decia:
—Y tu futuro suegro, ¿como sigue?
—Hombre, su estado es delicado y generalmente sufre dolores atroces.
—Dicen que en una aventura amorosa, recibió dos balazos en el costado derecho, balazos, según he oido á persona caracterizada, descargados por el ofendido esposo que huyó enviando al otro mundo á la adúltera y dejando casi cadáver á Bremont; también cuentan, añadió el joven con
asombrosa charlatanería, que el asesino trató de destruir, estrangulándolo, al fruto de aquellos amores, pero no logró su intento y la niña que hoy vá á ser tu esposa, quedó solo ahogada y enferma por mucho tiempo.
El amigo de Alberto, quien supe después que se llamaba Augusto Medina escuchaba azorado á éste. Alberto prosiguió:
—Dicen que el esposo ofendido huyó sin que la policía pudiera darle alcance hasta ahora, llevándose un hijo que creia lejítimo, ¡oh!
—agregó— es una trajedia orijinal con todos sus detalles.
—Sabes que es curioso todo lo que me cuentas —dijo Medina— te juro que ignoraba, semejante historia y he de tratar de averiguar la verdad del hecho.
—¿Y que dudas?
—No dudo de tí, pero si de quien te haya contado tan patético dramon —dijo Medina en son de burla, levantándose en seguida.
Alberto añadió: adiós, hasta otra vista.
—Felicidad querido Augusto —contestó el del lente.
Medina salió.
Algunos momentos después yo estaba al lado del amigo de Medina.
—Señor Rizzio —me dijo, poniéndose de pié con galantería— tengo el honor de saludaros.
—A vuestras órdenes caballero —le dije— ¿pero quien os ha podido decir mi nombre?
—¡Vuestro nombre! pues señor, si todo Buenos Aires lo repite.
—¡Cómo!, ¡que decis! —esclamé como asombrado.
—Lo que ois señor Rizzio, y esto nada tiene de estraño puesto que sois rico y viajáis de una manera misteriosa.
Traté de sonreirme, pero no pude; estaba profundamente preocupado con la inesperada revelación que aquel joven atolondrado, acababa de hacerme sin saberlo él mismo.
—Ya veo que me conocéis —le dije— pero yo no tengo el gusto de saber con quien hablo.
—Con Alberto Orellanos, caballero, para serviros.
—Gracias —repliqué— á vuestra disposición también.
Me ofreció un asiento y sentándonos entablamos conversación
—¿Sois el amigo de este joven que acaba de salir? —le pregunté.
—Sí, ¿porqué me lo preguntáis? —respondió.
—Os diré. Me han dicho que pronto se une con la hija de Gabriel Bremont.
—Es verdad y es á fé mia una hermosisima criatura, perla de nuestros mejores salones, pero ¿vos le conocéis señor Rizzio?
—No á él personalmente, pero conocí una estraña historieta, en la que el tal Bremont era uno de sus principales protagonistas.
—¡Oh! recordáis, si, si—esclamó el joven riendo.
Y comenzó á relatar mi propia historia, con mas ó menos variación.
Mucho sufrí durante aquel relato, pero mucho gocé saboreando una venganza, tan cumplida como la que pensaba ejecutar. Acabamos por hacernos amigos y nos despedimos, prometiéndome él, presentarme en la casa de Bremont en fuerza de la mucha curiosidad y simpatía que me inspiraba aquella desgraciada niña. . .
Transcurrió algún tiempo después de mi conocimiento con Alberto Orellanos y ya me sentía impaciente por visitar la casa del amante de mi muger, cuando un dia se presento en mi bufete, mi joven amigo diciéndome.
—Vengo á invitaros para que asistáis al enlace de mi querido Medina con la hija de Bremont.
Disimulé la alegría y respondí.
—Os aseguro que tendré un verdadero placer en presenciar el acto.
—Lo creo, lo creo y por eso os invito, me dijo, á las nueve os vendré á buscar, si gustáis.
—Perfectamente, no os haré esperar.
Alberto estrechó mi mano y se retiró diciendo que tenia un mundo de quehacer aquel dia.
Quedé solo pues pensando en mi venganza ya cercana, creando y deshaciendo planes para el porvenir. Aquel á quien yo habría jurado haber muerto por mi propia mano, á aquella niña que en su infancia acaricié como mia y a la que estrangulé mas tarde, como el fruto de un crimen nefasto y á quien crei dejar cadáver, aquellos dos seres á quienes odiaba muertos, se presentaban vivos ante mí y se ofrecían sin saberlo á mi insaciable venganza. Todo se presentaba espléndidamente infernal, llamo infernal, porque supongo que la providencia no podia ayudar mis sangrientos planes y solo un genio maléfico con su deseo constante de víctimas, secundaba todas mis ideas.
Llegó la noche y á las ocho y media ya estaba en traje de etiqueta, me fastidié media hora, hasta que se presentó Orellanos. Subimos en mi carruaje y algunos momentos después entrábamos en los grandes recibos de Bremont, y nos deteníamos en presencia de este.
Un estremecimiento, frió como la hoja de un puñal, recorrió mi corazón.
—El Señor Rizzio —dijo Orellanos presentándome á Bremont.
Este se inclinó, tendiéndome una mano, yo, temblé al estrechársela.
—¿Que tenéis? —esclamó Alberto, alarmado— ¿estáis enfermo?
—¿Acaso os habéis descompuesto? —agregó Bremont.
—No —dije— no es nada, no os alarméis, las luces, el perfume de las flores, tal vez habrán desvanecido mi cabeza.
—¿Queréis una copa de un tónico? —dijo solícito mi enemigo.
—Mil gracias caballero, respondí reponiéndome por completo.
Pasó el incidente y entramos al salón principal. Lo mas distinguido y bello de la sociedad porteña se habia dado cita allí, no se respiraba mas que perfumes, no se veia mas que luces y mugeres bellísimas, pero yo no veia mas que á Bremont, al mismo hombre que conocí y creí matar quince años atrás, no aspiraba otra cosa que conocer á su hija, á la hija de Leonor. Todo el mundo me miraba con respeto y curiosidad, algunos decían al pasar cerca de mi lado. Es el griego,el judio Luis Rizzio.
—Si —agregaba otro— el Monte Cristo moderno.
Y yo me sonreía de la candidez de todos y volvía á abismarme en mis ideas.
De súbito un movimiento unísono llenó el salón, la concurrencia se puso en pié y oí murmurar “¡los novios! ¡que linda viene ella! y él ¡que simpático!, ¡que elegante!”. Me alzé yo también y apretando con ambas manos el pecho, pude sofocar un grito de asombro próximo á exalarse ya. Era ella, Andrea, el propio retrato de su madre, solo cambiaba en el cabello y el color de los ojos, luego su misma boca y todas sus facciones. Sin embargo era mas bella, tenía su inocente rostro mas espresion de pureza, de inocencia que tuvo el rostro de mi infame esposa. Yo le miraba absorto y sentía despertarse en mi alma un sentimiento apasionado con su tendencia de natural malignidad.
La ceremonia concluyó cuando yo recien creí que iba á empezarse y vi á Bremont oprimir á los desposados en sus brazos y luego enjugar sus ojos huyendo del salón.
—Mucho la quieres —dije para mi— ¡Oh! yo te haré sufrir tanto que te mataré á fuerza de tormentos, esa niña será el instrumento de mi venganza, así como fué el fruto de tu crimen.
Y salí en su busca.
Recorrí los distintos salones y logré encontrarlo en el salón de juego, al lado en un sofá casi oculto en la cenefa de una colgadura.
—¡Oh!, mí querido señor Bremont —esclamé— ¿que estáis haciendo ahí?, ¿acaso no sois muy feliz con el enlace de vuestra linda hija?
Se volvió sorprendido y luego me contestó enjugando sus ojos.
—Y qué, ¿vos no sabéis que la felicidad tiene también su bautismo de lágrimas?
—Si, lo sé —respondí— pero en este caso, perdonad que os diga, alguien podría interpretar mal ese llanto en un momento tan solemne.
—Tenéis razón, soy un niño debo vencerme —dijo poniéndose de pié y luego lanzando un suspiro— ¿que queréis?, vienen tantos recuerdos que es imposible ser de piedra.
—¿Acaso la madre de esa niña es vuestra esposa? —dije afectando una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.
—Mi esposa, sí su, madre —murmuró de un modo estraño y como si aquel recuerdo le hiciera daño.
Después enlazándome de un brazo, se apoyó en mi como pudiera hacerlo con un amigo:
—Vamos —me dijo.
Una nube de sangre pasó ante mi vista, era la sombra de la venganza envolviéndome por un instante entre sus rojos pliegues. Un minuto luché, pero mis planes estaban ya maduramente coordinados y tuve que hacer un esfuerzo violento, inconcebible, sobre humano para acallar la voz del esterminio que resonaba en mi corazón haciéndome estremecer de odio.
Entramos en el salón y me presentó á su hija. La joven me miró de arriba á bajo y un gesto nubló su semblante; me tendió la mano con frialdad y no obstante conocer su repulsión la invité á pasear, aceptó y la tomé del brazo.
—Gracias —le dije— me habéis hecho feliz concediéndome estar á vuestro lado, ¡sois tan bella!
Me miró como asustada y trató desasirse pero yo la retuve.
—No —le dije— todavía no, tengo que hablaros dos palabras, yo creo no es negareis, ¿ verdad?
—Hablad caballero —murmuró sonrojada, bajando sus ojos— hablad pronto porque deseo sentarme.
—Bien, voy á deciros algo que ignoráis y que quizá os sorprenderá no poco, pero ha llegado el momento oportuno: escucha, primero que hace catorce años te odio muerta y ahora que la providencia te trae viva y feliz ante mi, te odio doble, voy á decirte, porque: tu eres hija de mi mujer, de la única mujer que yo he amado, esa mujer tuvo un amante, ese amante es tu padre y el fruto de ese crimen eres tú, ya ves si tengo razón para odiarte, y al decirle esto, la arrastraba violentamente hacia el fondo de una galería solitaria que daba al jardín.
La hija de Bremont, fijaba en mi sus espantados ojos y mas blanca que la cera, temblaba como la hoja de un árbol.
—Pero, ¡Dios mio! —articuló trémula— ¿que queréis de mí?, yo no os he hecho ningún mal.
—¿Que quiero de tí? ¡Vengarme!
—¡Pero si yo no os he ofendido!
—¿No me has ofendido?, si, tienes razón, tú no me has ofendido, es verdad; pero a pesar de ser inocente del crimen de ellos, vas á sufrir siendo el instrumento de mi venganza, te haré mia y después deshonrada te arrojaré á sus pies. ¡Serás mia! ¿lo oyes? ¿Cuando? no sé, ahora nó. Después, cuando menos pienses: quiero prolongar el martirio y envenenar tu alma, con toda la hiél de que rebosa la mia. Quiero vengarme de tu padre y para eso necesito algún tiempo, voy á retirarme ya, pero antes quiero prevenirte una cosa y es, que no digas á nadie lo que te ha pasado conmigo, guarda el secreto porque de lo contrario, revelaré á Medina tu origen despreciable y criminal, sabrá quien eres y quien es Gabriel Bremont, tu padre. Adiós —agregué— calla y olvida, que cuando menos me recuerdes, estaré á tu lado.
Salí después de apretarla entre mis brazos, mientras ella doblaba el talle desmayada.
Augusto suspendió un instante la lectura enjugando su ancha frente cubierta de sudor y mortal palidez.
—¡Infame! —murmuró, apretando los puños—¡infame!, ¡como abusaste de aquella niña indefensa!, ¿de que médios te valiste miserable asesino, para sellar su inocente labio?, ¡Oh! Si Andrea me hubiera revelado aquella escena, si tu no la hubieras hecho enmudecer haciéndola creer que con tu vil revelación, yo habíala de perder el aprecio, de seguro malvado, que te hubiera aplastado con mi brazo, como á un insecto ponzoñoso, tú asi lo comprendiste y por eso la aterraste con la amenaza.
Y Medina tomando de nuevo el cuaderno:
—Vamos á ver hasta donde llevas tú crimen —dijo y comenzó á leer.
Pasaron algunos dias y al cabo de ellos supe que Andrea una vez casada, habíase trasladado á una hermosa quinta, propiedad de su esposo, donde vivia en compañía de su padre. Yo recordaba á aquella niña y su recuerdo era dulce, casi puedo decir apasionado, ¡se parecía tanto á Leonor! Un sentimiento indefinible hacia latir mi corazón, cuando pensaba en ella y si Andrea me hubiera amado, en cambio de aquel amor celestial, hubiera olvidado mi venganza, quizá hubiera vuelto á ser bueno y generoso; pero mi destino estaba escrito y se cumplió.
Un día me levanté agitado, nervioso, con el rostro pálido y los ojos hundidos, habia llorado y la noche la habia pasado en vela, pensando en ella. Me puse á escribir y escribí este billete:
“Andrea: deseo verte, la vida de tu padre está en mis manos, tu puedes salvarla con una palabra. Esta noche en la puerta falsa del jardin te esperará á las diez mas ó menos.
Luis.”
A las doce estaba yo allí. Andrea no se hizo esperar. Un hombre la acompañaba. Aquél hombre se detuvo y ella se adelantó sola. Habia una luna hermosísima y todo vacia en el mas poético silencio, al sentir á la joven, me estremecí.
Se acercó y deteniéndose frente á mi.
—Me habéis llamado —dijo— ¿que queréis?
—Quiero que decidáis mi suerte.
—Yo nada tengo que ver con vuestra suerte, me habláis en el billete de la vida de mi querido padre y por…
— Si, si —le interrumpí— por eso habeis venido, bien pues, como os decia en ese billete, la vida de vuestro padre está en mis manos y vos la podéis salvar.
—¿En vuestras manos?
—Si, ahora mismo si quisiera. . . . .
—¿Es decir que vais á asesinar á mi padre?
—Voy á vengarme de él.
—¿Y venis á decírselo á su hija?
—Precisamente, porque creo que su hija no dejará morir al autor de sus dias.
Una sonrisa incrédula rizó su labio y volviéndomela espalda:
—Sois un farsante —esclamó— un loco, qué se yo.
—No, no soy ni lo uno ni lo otro —le dije, cerrándole el paso— os equivocáis.
—Dejadme ir, sino llamaré —me respondió.
—Aguardad, os suplico, aguardad un instante y escuchadme, después podeis iros libremente, no creáis que yo quiero cometer ninguna violencia con vos.
Mis palabras parecieron tranquilizarla porque se volvió y sentándose en un banco.
—Os escucho —me dijo.
—Te he dicho Andrea, repuse tuteándola mientras daba á mi voz una inflexión dulce y cariñosa,-que tu podias decidir mi suerte y no he mentido, en otra ocasión te dije que odiaba á Bremont y el motivo de ese odio, consiste en que tu madre fué el amor de mi vida, á ella le entregué puro y lleno de fé un corazón que solo supo latir para el bien y la lealtad, ella me traicionó, desgarró ese corazón y hecho jirones, siéndo la burla y el escarnio de sus sacrilegos ultrajes, lanzó un grito furibundo, un grito potente de esterminio y venganza, un grito tan doloroso y tan cruelmente amargo, que acalló en mi conciencia la voz pura del deber y de la piedad. Me hice malo, maté, y una vez asesino juré por mis propias manos despedazar los vastagos que hallara de Bremont; ahora te hallo á tí y me falta valor para cumplir mi juramento, eres un ángel, Andrea, y tu puedes alzarme del cieno, volver á mi alma la luz que le falta y hacerme vivir para todo lo noble y generoso.
Y al llegar aqui me puse á sus pies y tomando una de sus manos,
—Se caritativa, tenme compasión —añadí.
La hija de Bremont se puso de pié.
—¿Y que queréis de mi? —dijo con acento breve y seco.
—¿Que quiero?, ¿y que acaso no me has comprendido?
—No.
—Quiero tu amor.
Andrea me envolvió en una mirada estraña, incomprensible
—Apartaos —me dijo, con una altivez, con un desprecio tan insultante, con tanta repugnancia hacia mi, que involuntariamente me alzé.
—¿Y porque quieres que me aparte? —le pregunté— ¿porque me rechazas?
Ella sin contestar á mi interpelación:
—Madre, madre infeliz—esclamó— tu fuisteis sin duda una mártir.
—Fué una infame —grité— una criminal una adúltera, una…
—Callad, ¡silencio! —me impuso— porque hay un estraño cerca, callad Don Luis y no insultéis á mi desgraciada madre.
—¿Y me amarás?
—¿Amaros yo? ¡Que horror! Don Luis, ¡no volváis á repetir esas palabras!
—Si me amas, renuncio á todo por tu amor; pero si me rechazas me vengaré no solo de él sino de tí, pero me vengaréde una manera diabólica, tu puedes regenerarme, tornarme al bien, salvar á tu padre y ti misma….
—Véngaos —dijo volviéndose— véngaos, vil asesino de mi indefensa madre, véngaos de mi noble padre, pero Dios os maldecirá y llegará un día en que sufráis toda la amargura, que hiciste apurar á aquellos.
—Sea, tu lo quieres, pues bien, lucharemos, yo soy mas fuerte y llevo la mejor, parte; me odias ¿es verdad?
—Con toda mi alma.
—Y yo te amo con todo mi infernal empeño y así como iba vengarme de tí, juro ahora que serás tarde ó temprano mia.
Lancé una carcajada medio satánica y di un paso, ella esperó sin duda que yo avanzara, porque llevó un pitito de plata ú oro, á los labios y dio un silvido. Una sombra avanzó, al ruido de sus pasos yo hui repitiendo:
—Serás mia, serás mia.
………………………………………………………..
Aquella noche no pude conciliar el sueño, un pensamiento germinaba en mi cabeza y loco, frenético, despechado, con un placer salvaje, deliraba despierto y la idea de la consumación de mi horrible plan me alhagaba.
—Vengado, vengado —repetía casi demente de odio— vengado de él, después de ella….
Amaneció, salté del lecho y me vestí. Salí á la calle y me encaminé al rio: todo aquel dia lo pasé sentado bajo los grandes sauces que embellecen la margen del Plata, frente á la barranca de la Recoleta.
Muchos ratos tendido boca abajo en el verde de los berros y gramillas, soñaba sin dormir y las sombras de Leonor y Bremont, veíalas cruzar ante mí, sonriéndose con desprecio ó maldiciéndome, entonces mi corazón rebosando odio, subia hasta mis ojos deshecho en sangre, poníanse rojas mis pupilas, temblábanme las manos, crispadas por la rabia y cual si aquellas sombras fueran palpables y reales, me arrojaba sobre ellas puñal en mano, clavándolo frenético en la blanca corteza de los árboles, ó ya sin objeto en el vacío que me rodeaba.
El toque lúgubre y quejumbroso dé la fúnebre campana de la Recoleta llamó á la oración. El espacio parecióme que se poblaba de visiones que bullían en torno mio, en rápidos jiros. Aquellas sombras vagas, é impalpables, se acercaban tocaban mis vestidos y lanzando jemidos dolorosos huian en tropel produciendo con su marcha un ruido semejante al choque de las alas de un pájaro monstruoso ó el ruido que produce la hojarasca al remolinarla el viento de Otoño.
La alada tropa, se alejaba y volvía á mí. Leonor estaba entre ellas y era la mayor de los fantasmas, danzaba como las otras y en una de sus vagorosas vueltas acercóse hasta helarme con su contacto. Abrió sobre su pecho la aérea túnica que ondulaba en el vacio y me enseñó dos bocas rojas que sangrando aún manchaban sus carnes impalpables.
—Mira, mira —me dijo con voz doliente— mira tu mano. Y luego lanzando huecas carcajadas se alejó llevando en su jiro todo el coro, de espíritus alados.
Cerré los ojos, mi cuerpo febriciente[10] y enervado por la calentura se desplomó y perdido el sentido, me tendí cual largo era.
………………………………………………………
Cuando abrí los ojos, seguía el fúnebre tañido de aquella campana; pero no era la oración, yo habia pasado en mi desmayo dos horas sin duda, porque aquella campana tocaba ánimas.
Eran las ocho, mi cabeza se habia despejado y casi sereno me puse de pié. Llevé la mano á la cintura; allí estaba mi puñal y mi rewolver, acaricié á ambos y me alejé.
Subí la barranca por la quinta de Pueyrredon y en poco tiempo llegué á la de Medina. Resuelto y con paso firme entré por la puerta falsa, cruzé el jardín y agachado bajo la sombra de un viejo pino pasé tres horas observando.
A las once, todo yacia en el mas profundo silencio. Salí de mi escondite y avancé al interior, salvé la puerta de hierro que cerraba el primero, del segundo patio y me acerqué á una ventana baja de un cuarto independiente que yo creí ser el de Bremont.
Habia luz y los postigos así como la ventana estaban entornados, no tenia reja y bastaba empujarla para entrar. Me detuve y miré: un hombre leia un periódico, estaba en el lecho y no era otro que mi enemigo. La luz de la lámpara daba de lleno sobre su rostro y yo podia contemplarlo á mi sabor.
Augusto al llegar aquí temblaba horrorizado recordando la muerte misteriosa de su suegro… y entre dientes murmuró.
—El, siempre él.
Luego continuó:
Poco rato después, Bremont quedó dormido, la lámpara estaba á media luz y yo penetré en la estancia. Mi pié, tropezó con el periódico que él leyera y al ruido del papel, Bremont abrió los ojos, me quedé parado, en tanto, que él en silencio me miraba. Por fin saltó del lecho buscando sin duda una arma.
—¿Quien sois? —esclamó.
—¿Quien soy? ¿y que no me conocéis? —dije.
Entonces, restregóse los ojos, me miró dudando y luego articuló:
—¡Es estraño, vos en mi habitación Rizzio!
—¿Rizzio?, no, no es Rizzio —esclamé gozando en su turbación que iba en aumento —¿tenéis mala memoria ú os hacéis el olvidadizo?
—Juraría que erais Luis Rizzio.
—¿Luego vos no sabéis que el nombre también se cambia?
—Acabemos, ¿quien sois?
—¿Y no te arrepentirás de saber mi verdadero nombre? —dije cambiando el tratamiento.
El también comenzó á tutearme diciéndome.
—Dime quien eres —y amartillaba un rewolver que sacó de bajo de la almohada —dime quien eres ó te mato.
Lanzé una carcajada, y con voz sarcástica y burlesca.
—Soy el hombre que mas te odia en la tierra —esclamé— soy el burlado, el traicionado esposo de tu amante, de Leonor.
Un grito inarticulado arrojó su pecho, después pálido y convulso tomó la lámpara y acercó la luz á mi rostro, me examinó un segundo.
—Si, te reconozco, eres su verdugo, eres…
—Y tu eres Gabriel Bremont, el ladrón de mi honra, el asesino de mi felicidad, quiero tu vida y vengo á matarte…
—Yo también quiero la tuya —dijo— yo también te odio y vas á morir.
Y me hizo fuego.
La bala rozó mi sien izquierda y cruzó sílvando para estrellarse en la pared.
—Es inútil —le dije— no me matarás, Satanás me ayuda y tienes que sucumbir.
—Y á mi me ayuda Dios, mi causa es santa y morirás á mis manos, como muere un perro…
—Baja el arma y escúchame un momento —le dije, sin responder á su insulto.
Hízolo así y yo proseguí:
—Bremont, tu nunca has medido el daño que me hiciste, nunca pensaste en la espantosa amargura de que cubristes con tu infamia, los días de mi vida, antes tan bella y apacible; tu has mirado aquella fea y despreciable acción á través del mas refinado egoísmo, en mi adúltera esposa, encontraste la víctima ven su ofendido esposo el verdugo, y sin embargo Bremont, la verdadera víctima es él, él es el verdadero mártir…
—Calla, calla bárbaro, tú la asesinaste de un modo horrible, ¿porque no me mataste á mi?
—Quise matar á ambos, pero á ti, solo te pude herir, ¿recuerdas?
Gabriel se cubrió el rostro con las manos.
—¡Tu sabes —proseguí— todo lo feliz que era Luis, antes que tú le arrebataras la felicidad, ¡tu sabes cuanto amaba yo á aquella hermosa muger! Mira era tanto mi amor, mi fanatismo por ella que hasta te hubiera amado á ti, si ella me lo hubiera ordenado, pero te hallé en mi casa, en mi ausencia como entra un ladrón á saquear el tesoro ageno, te encontré en sus brazos, gozando tu mi única felicidad, te encontré ya su amante con un impúdico fruto de ese criminal amor, ¡ah! Bremont, Bremont —grité demente de dolor al evocar tan amargos y dulces recuerdos— tu me quitaste la vida, mas que la vida, con quitarme á Leonor. Aquella noche de sangrienta trajedia yo estaba ajeno á mi deshonra, amaba en mi esposa, á la muger pura y virtuosa, jamás penseque ella, la náufraga abandonada y moribunda que yo salvé con riesgo de mi propia vida, la virgen de rostro candido y adorable que yo tanto amé, me vendiera, ultrajara y escarneciera mi fé, mi nombre, mi santa adoración, traicionara mi fidelidad haciéndome el vil juguete de su falta. Yo tenia dos hijos —proseguí— con un timbre tan profundamente doloroso que á mi mismo hacíame daño: dos hijos que formaban el encanto de mi vida, que alegraban mis tristezas y eran un bálsamo bienhechor á mis contrariedades, aquellos dos niños yo los amaba de la misma manera, me decían padre y esa santa palabra, colmaba todas mis aspiraciones. ¡Ay! Dios mio, uno de aquellos niños no era mi hija, era la hija adulterina, defamante de mi muger y sin embargo y o la había acariciado siempre, viendo en ella, un tierno retoño de mi ternura; habíala creído mi hija y la pérfida Leonor, le daba mi nombre al fruto de su falta, de su criminal frajilidad.
—¡Pobre Luis!—murmuró de pronto Bremont, fijando en mi sus ojos húmedos y empañados por las lágrimas
—¡Cuanto la amabas!
—Si, si —agregó siempre interrumpiendo mis palabras-tienes razón, —tu has sido la víctima y yo el verdugo, si, si, tienes razón, toda mi sangre no basta para lavar la afrenta, yo no era tu amigo, es verdad, pero de todos modos cometí un crimen que me quitaría el sueño y llenaría de fantasmas y remordimientos mis últimos días, si pudiera vivir en adelante. Estas vengado Luis —díjome, mientras que escribía con un lápiz que tomara de sobre la mesa de luz, en una hoja de papel algunas líneas— estás vengado, nadie sabrá, vivo enfermo y todos, como mi desgraciada Andrea, creerán que fastidiado de mis propios dolores me han quitado la vida.
Y doblando el papel le puso el sobre con letra grande pero desigual: su pulso temblaba y todo su cuerpo estaba trémulo. Dio un paso, tomó su ropa, se vistió apresuradamente y después amartillando el rewolver, con que antes me hiciera fuego, lo alargó diciéndome:
—Véngate, toma, mátame y después perdona mi culpa.
La grandeza de aquel hombre me anonadó. La idea de la venganza me había conducido allí; pero ante su actitud decidida y generosa no solo olvidé mi odio, sino que me sentí fuertemente conmovido. Bremont comprendió mi vacilación.
—Toma —me díjo— ¿que haces?
Alargué el brazo, tómele el arma y él presentándome el pecho.
—Tira —agregó, firme y resuelto.
Saqué la baqueta y apunté, después me volví y arrojando lejos de mi el rewolver:
—Adiós —le dije— vine á vengarme, pero tú nobleza me asombra, renuncio á mi venganza y sino te perdono por lo menos te olvido.
Salí, pero aún no habia dado dos pasos, cuando la detonación de una arma llegó á mi, haciéndome esclamar:
—Infeliz, ¡se ha muerto!
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En efecto, Bremont habia muerto y gracias á aquella carta que en mi presencia escribiera á su hija todos creyeron que se hubiese suicidado cansado ya de sus propias dolencias.
Yo en tanto pensaba en Andrea y una ansia infinita devoraba mi corazón, la joven no me amaría jamas, esto bien lo sabia yó, pero su amor me volvía loco y su desprecio me enconaba. El orgullo y la altivez mas repulsiva fué la única contestación que obtuve á mis amorosas pretensiones.
Pasó lo menos un año, al cabo del cual me propuse de grado ó fuerza vencer su orgullo y humillarla á mi amor. Andrea sin duda ya me habría olvidado, quizá ni siquiera recordaba mi nombre, pero á mi no me sucedía lo mismo, su recuerdo habia llegado á quitarme el sueño y triste, consumido por un oculto pesar, pasaba los dias siempre con la imajen de Andrea ante mis ojos ¡se parecía tanto á Leonor!, era tan bella, ¡¡tan pura!!
—Andrea, Andrea, ¡tu amor tu funesto amor me ha conducido á todo!, si no me hubieras inspirado esa ternura insensata, no hubiera cometido los crímenes que ennegrecen mi vida
Una tarde monté á caballo, tenia un plan y pensaba ponerlo en práctica.
Los esposos Medina todas las tardes daban un corto paseo, esperé la hora en que tenian costumbre de salir ambos y cuando los hube visto alejarse, piqué mi brioso caballo y al pasar frente á la puerta de la quinta le clavé con todas mis fuerzas las espuelas de aguja en los hijares y dando un feroz bote[11], me arrojó furioso sobre un montón de escombros, fracturándome un brazo y ensangrentando mi cara con porción de pequeñas heridas, que no obstante ser de poca gravedad, presentaban un aspecto lamentable.
Di algunos gemidos y fingiendo un desmayo, quedé inmóvil, á pesar de serme casi insoportable el dolor del brazo, los criados de Andrea que eran dos, corrieron solícitos, como yo esperaba y entre ambos me alzaron llevándome en brazos hasta la quinta, donde, me tendieron en un cómodo lecho, lavando la joven mis heridas con agua y vinagre.
Comenzé á delirar y la calentura natural producida por la recalcadura[12] me vino á pedir de boca.
Cuando Medina entró se horrorizó de mi aspecto y su alma noble y generosa, como antes la mía, compadeció mi estado y ejerció conmigo toda la caridad de que son suceptibles los corazones buenos, todavia tiemblo al recordar la malignidad con qué recompensé sus cuidados, la infamia con que pagué sus afanes y el título de amigo que con tanta buena fé me daba.
Voy á estractar aquí, algunas páginas de un diario de Andrea, que logré sustraer después de robarle á su hija, y en las que ella narra con precisión las escenas que entre ambos tuvieron lugar, durante mi permanencia en su propia casa.
Don Luis copia en seguida las páginas que nuestros lectores ya conocen y luego prosigue:
“Andrea huyó de mi lado, dejándome casi cadáver, volví en mi y me puse de pié. La cabeza se me desvanecía y creía que iba á caer, dí algunos pasos intentando llegar á la puerta, pero no pude conseguirlo, hice un esfuerzo supremo y reflecsionando sobre mi verdadera situación me lancé afuera arrastrándome: poco á poco se fué serenando mi cabeza y cobré fuerza, vendé mi frente, empapada en sangre, con el pañuelo y tomé el camino de la ciudad. A cada momento creía encontrarme con Augusto; pero Dios quiso que no lo hallara. Estaba casi exánime y me sentía desfallecer. Llegué á mi casa como un beodo[13] y poniéndome en cama, curé con bálsamo la herida que aún conservo cicatrizada y me dormí después de jurar doble venganza y esterminio á la orgullosa Andrea.
No sé que tiempo dormí, solo recuerdo haber despertado sobresaltado, al ruido de un tremendo campanillazo. Un criado entró en mi cuarto.
—Os busca un caballero, señor —me dijo— y quiere veros á pesar de haberle dicho que no recibíais.
—Pues vuelve y dile que se retire, sea quien sea, estoy enfermo y no recibo á nadie.
Me di vuelta á la pared, sobresaltado, sin saber la causa, en tanto que el criado salió. A poco sentí de nuevo pasos y la voz de mi criado que decía:
—Pero Señor, no puedo dejaros entrar, os he dicho que no entrareis.
Oí un golpe y un cuerpo que rodaba y al propio tiempo una voz que creía conocer, que decía:
—Miserable, toma, déjame el paso libre.
Se abrió la puerta de mi alcoba y Medina, pálido por el coraje, é impasible y ríjido, adelantó hasta mi, abarcándome con su brillante y profunda mirada.
Di un grito y me desmayé.
En otra época yo no habría tenido miedo á ningún hombre, pero entonces, envuelta mi alma en la mezquindad del crimen, como vivia, y sobre todo ante la severa mirada de aquel hombre que no me habia hecho sino bien y á quien yo había tratado de robarle el honor, no solo tuve miedo, sino pánico, atroz, tremendo, como no lo habia sentido jamás.
Desmayado me amordazaron y cargaron conmigo.
Cuando desperté me hallé á bordo, navegando hacia Chile sin duda, pues á pesar de mis embarulladas ideas, creia percibir la pesada atmósfera del cabo de Hornos. Sin duda yo habría pasado muchos dias con calentura, porque á la altura en que nos hallábamos no se llega en cuatro ni ocho dias.
Algo estraño y pesado embargaba mi cabeza, me sentía con fuerza pero no podía comprender mi estraña situación. Cerré los ojos y traté de recordar la escena que tuvo lugar en mi casa, quedé aletargado y creí soñar que alguien me oprimía los pies y aún las manos al mismo tiempo, voces de hombres que discutían y otras voces que se reían fuerte. Abrí los ojos y comprendí que no soñaba, algunos marineros rodeaban mi cama, uno de ellos tomó un gran saco y poniéndomelo por los pies comenzó á embolsarme: quise hacer un movimiento y mis manos y mis pies, sujetos á una barra de hierro, quedaron inertes y sin acción, quise hablar, comprendiendo mi destino, y la lengua, fría y entorpecida también se negó á obedecerme. Aquellos, hombres cargaron con mi cuerpo y suspendiéndome sobre la borda del buque, me sentí balancear en el aire y luego arrojarme al mar. El golpe me aturdió; yo sabia nadar, pero estaba débil y sobre todo embolsado hasta el cuello, mi muerte era segura y mi tumba el fondo del mar ó el vientre monstruoso de algún tiburón ó ballena.
El peso que ya antes sintiera en mis pies, me parecía se desprendía y que mi cuerpo libre de aquella ancla subia á la superficie; en efecto, hice un esfuerzo inaudito y á pesar de la bolsa que me cubría, logré ver la luz de una hermosa y tranquila noche de Noviembre.
Mi cabeza cada vez mas débil, comenzó á perder sus pocas fuerzas y la idea horrenda, de mi muerte segura é inmediata, acabó de trastornarme, perdí completamente el equilibrio y sólo recuerdo haber lanzado un grito y luego el agua que me ahogaba. Sin duda principió mi agonía, porque una desesperación indefinible se apoderó de mí
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Pobre, ¡mi fiel y leal Storp!, ¡tú eres mi salvador! Sin ti, ¿que habría sido de mí? ¡Oh! tiemblo aún al recordarlo.
El San Luis hacia viajes a distintos puntos y en uno de ellos, recorriendo el Pacífico, salvaron un hombre que luchaba, medio ahogado con las olas, no quizá por salvarse sino jadeante por las ansias postreras de un agonía espantosa. Aquel hombre era yo y el capitán del San Luis se propuso salvarme y me salvó.
Luchó brazo á brazo con la muerte y triunfante me arrebató á su horrible guadaña, volví á vivir y alenté solo pensando en mi venganza.
Entonces odiaba á Medina y dilatábanse mis fauces, creyendo percibir el olor de su sangre.
Pasó un año, al cabo del cual, teñí mis cabellos de negros que eran en rubio colorado, afeíteme el bigote y mi larga barba negra, teñí mi cútis moreno en blanco mate y completamente desconocido volví á Buenos Ayres. Me llamaba Guillermo Preen y como poseía con perfección el inglés, me creyeron yankee.
Algunos dias después de mi arribo á Buenos Ayres, me hice presentar en casa de Medina y con el pretesto de arreglar ciertos asuntos de frutos del pais, hablé á Augusto sin que me reconociera, propúsele, como á corredor que él era, la esportacion directa, hecha por mi en mis buques á los mercados de Londres, donde obtienen esos productos precios fabulosos.
Medina no se entusiasmó; pero en cambio, aceptó el negocio y traté de grangearme su confianza. En pocos dias, franco y leal, como él era, me abrió las puertas de su casa, me invitó á sentarme en su mesa, cosas todas que yo rehusé, porque siendo las mugeres, mil veces mas perspicaces en general que los hombres, podíale hacer á Andrea, descubrir en mí á su enemigo encubierto. Me limité á entrar solo á su despacho y allí permanecía horas enteras con Medina, hablando siempre de grandes negocios, de honor, de puntualidad comercial y de otras cosas que yo ni conocía, hice bien mi papel ¡y el infeliz me creyó!”
Un estremecimiento espantoso, recorrió el cuerpo de Medina al leer esto.
—Si, si miserable —murmuró— yo no te perdonaré jamás aunque tu alma vague en los profundos infiernos, por toda una eternidad.
Y volvió á leer enjugando el sudor que inundaba su ancha frente.
“La pequeña Andrea, era muy linda, me amaba y yo la odiaba. Muchas veces saltando sobre mis rodillas, acariciábala con un placer salvaje, saboreando ya una venganza que no tardaría y cuyo instrumento, iba á ser aquella niña.
Habian pasado dos meses y me pareció oportuno dar el golpe, estaba impaciente y me decidí,fui aquella tarde á casa de Medina: al llegar á su puerta la casualidad, ayudó mis siniestros planes. La niña corriendo y jugando salía á la vereda, iba sola y parecía huir.
La llamé, vino hacia mi y tomándola en mis brazos eché á correr con ella, subí en un carruaje que hube dejado á la vuelta de la opuesta acera y escape, huí en dirección al puerto. Antes de llevarme la niña, dejé en el buzón una carta que decía lo siguiente:
Y Rizzio copia la que nuestros lectores conocen, adjunta al manuscrito de Andrea.
“Llegué al puerto y me embarqué en el San Luis que me esperaba en balizas interiores. La niña lloraba desesperadamente y se negaba á comer llamando ora á su madre, ora á su padre.
—¡Pobre hija de mi alma! —murmuró Medina enjugando con el dorso de su mano una lágrima y luego con los puños crispados, murmuró: “monstruo, si le levantaras de tu inmunda tumba, te volvería á matar”, después prosiguió.
Hubo momentos en que me mortificó tanto el lloro incesante de aquella criatura, que pensé en matarla; pero reflexionando que de su conservación pendía el complemento de mi plan sufrí hasta que comenzó á consolarse comprendiendo quizá que no tenía otro remedio.
Llegamos á la Habana y allí me instalé en un ingenio de azúcar, donde en calidad de mayordomo, dirijia el trabajo de los esclavos. Mi objeto al sacrificarme de semejante manera, cuando por un puñado de oro, del que estaban bien repletas mis arcas podia comprar el ingenio, era solo el deseo de que Margarita se familiarizara con las crueldades que allí inventaba yo y las que la hacia presenciar á ella, á pesar de sus súplicas, cuando era mayor.
Yo quería endurecer á fuerza de aquellos sangrientos espectáculos aquel tierno corazón; pero á pesar de todos mis esfuerzos, jamás conseguí que Margarita, que éste era el nombre con que yo la habia bautizado, castigara á un negro á pesar de ordenárselo yo y de jurarle que ella iba á ser castigada á su vez sino obedecía[14].
Recuerdo un día en que le ordené diera veinte azotes á una joven negra de su misma edad. Margarita me miró, se sonrió con desprecio y poniéndose de pié me dijo resuelta:
—No la castigo.
La amenazé.
Entonces, tirándome por el rostro el látigo:
—Toma —me dijo— castígame si quieres, no te tengo miedo.
Entonces tenía ocho años y no tuve valor para castigarla, reconocí su altivez hereditaria y me convencí de que eran inútiles todos mis esfuerzos para cambiar sus sentimientos. Comenzé á emplear con ella la dulzura, á ser afable, casi tierno y me llamó padre.
Margarita cumplió los diez años y bajo el nombre de Luis Saavedra, con la barba crecida, cana ya, anteojos verdes y consumido por mi propia maldad, volví á Buenos Aires, donde desconocido de todos, coloqué á mi supuesta hija en el colegio de huérfanas de la Merced. Mi hijo Fernando terminó sus estudios en Chile y se reunió á mi, tratando á Margarita como á su hermana natural; así se lo hice creer y como tal pasó.
Aquí habia algunas hojas truncas, parecían arrancadas con violencia, porque pegados aún á la encuadernación del manuscrito veíanse algunos pequeños fragmentos de papel.
Augusto volvió las hojas precedentes y convencido por la numeración de que estaba truncas las memorias, hizo un gesto de contrariedad y siguió leyendo. La letra era desigual casi inteligible, la forma de las memorias también variaba, porque mas bien se parecia á un diario.
……………………………………………………………
Sólo, solo con mi ódio y mi venganza, solo siempre como el judio errante, como el condenado tonelero. Fernando, mi hijo, era el único amor de mi vida, la única afección que me ligaba á un ser viviente, ahora estoy solo, ha muerto, me lo han muerto mejor dicho, ¿que haré?, sufrir y odiar, para después vengarme, hasta de aquellos que nada me han hecho …………………………….………………………………
¿Estoy loco?, no lo sé, pero estraño lo que me pasa. Margarita con mas hermosura y gentileza que la madre y la abuela, me inspira el mismo sentimiento que aquellos me inspiraron.
¡Dios mio! estoy maldito estoy condenado!, amo á Margarita, como amé á Andrea …………………..……………………………………
Es tan difícil mi situación que á la verdad no hallo medio de salir bien de ella… Margarita, mi hija adoptiva, está enamorada, y enamorada del asesino de mi hijo, á quien ella creyó su hermano siempre. Lucha, pero es peligroso y casi posible de que su corazón se incline á perdonar y olvide todo ante su amor.
Yo amo á Margarita, ella me cree su padre, y el dia menos pensado, vendrá de rodillas á pedirme perdón para su amante y yo odio á su amante Plácido Santillana porque mató á mi hijo y porque me roba á Margarita…Le odio y le quitaré de en medio
…………….……………………………………………………
Aquí seguían algunas páginas en las que Don Luis, narraba los últimos crímenes y sucesos de que él fué principal protagonista y los que el lector conoce en el trascurso de esta historia.
Augusto concluyó y tomando el manuscrito por una punta, lo acercó á la luz y comenzó á quemarlo; pero en aquel instante, yo penetré en la estancia y arrebatándoselo:
—No lo queméis —le dije.
Medina suspendió el auto dele que iba á poner en práctica y volviéndose
—¿Quien sois? — me dijo asustado, creyéndome sin duda, la sombra de Don Luis.
—Eso no os importa —le respondí— soy una muger de carne y hueso, no penséis que soy sombra, miradme á la luz y después cededme ese manuscrito que debe ser interesante…
—¡Oh! sí, es muy interesante —esclamó ya tranquilo, fijando en mi sus grandes y hermosos ojos turquí— es muy interesante, pero no comprendo el objeto que…
—¿Mi objeto? voy á decíroslo en dos palabras, es hacer de esas memorias una historieta[15], sino interesante, por lo menos verídica.
—¿Luego sois escritora?
—Aficionada, Señor Medina, nada mas que aficionada.
Entonces alargó el cuaderno, yo respiré.
—Tomad —me dijo— componedlo á vuestro antojo, pero variad los nombres.
Me incliné llevando en mi mano el manuscrito do Rizzio y salí de allí, sin que hasta ahora, haya podido yo saber, como efectué mi entrada y mi salida……………… sin duda iba sonámbula.
FIN
- Piocha: (Del it. pioggia). f. Joya de varias figuras que usaban las mujeres para adorno de la cabeza. (DRAE).↵
- Blonda: (Del fr. blonde). f. Encaje de seda de que se hacen y guarnecen vestidos de mujer y otras ropas. (DRAE).↵
- Gola: Adorno del cuello hecho de lienzo plegado y alechugado, o de tul y encajes. (DRAE).↵
- Endecha: (Del lat. indicta, anunciada). Canción triste o de lamento. (DRAE).↵
- Suponemos que se trata de una deformación de la palabra inglesa “brig”, tipo de barco con dos mástiles. ↵
- Por “icebergs”.↵
- E.T.A. Hoffmann (Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, o Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann (1776, Königsberg, Prussia—1822, Berlin, Alemania), fue un escritor, compositor y pintor alemán conocido por sus historias en las que personajes sobrenaturales y siniestros circulan por las vidas de los hombres comunes, revelando así el costado grotesco y trágico de la naturaleza humana. Nacido en el seno de una familia quebrada, Hoffmann fue criado por un tío. Estudio Leyes, fue director teatral y musical. En 1813 cambió su segundo nombre (Wilhelm) por el de Amadeus en homenaje al famoso compositor Wolfgang Amadeus Mozart. […]. Escribió dos novelas: Die Elixiere des Teufels, (1815–16; El elixir del diablo, publicada en dos volúmenes), y Lebens-Ansichten des Katers Murr nebst fragmentarischer Biographie des Kapellmeisters Johannes Kreisler, (1820–22; La vida y las opiniones de Kater Murr, con una Biografía Fragmentada del Conductor Johannes Kreisler, también en dos volúmenes). Escribiómás de cincuenta cuentos. Sus últimas colecciones de relatos, Nachtstücke, escrita en dos partes (1817; Los cuentos extraños), y Die Serapionsbrüder, 4 volúmenes (1819–21; Serapion Brethren), fueron muy leídas en Inglaterra, Estados Unidos y Francia. Murió de una parálisis progresiva. (Encyclopedia Britannica en línea).↵
- Johann Wolfgang von Goethe (1749, Frankfurt am Main, Alemania-1832, Weimar, Saxe-Weimar), poeta, dramaturgo, novelista, director de teatro, científico y estadista alemán, Goethe es considerado la gran figura literaria alemana de la Era Moderna. […]. Desde el siglo XVIII, es considerado un autor clásico de las literaturas germanas. Desde una perspectiva europea, es el representante del Movimiento Romántico, entendido en sentido amplio. es, para la Era Moderna (desde el Renacimiento hasta hoy), de una importancia análoga a la de Shakespeare para la cultura del Renacimiento y Dante para la Alta Edad Media. Su obra Faust es considerada el gran poema europeo desde el Paradise Lost, de John Milton. Quizás la más conocida de sus obras, Die Leiden des jungen Werthers (1774), [Las penas del joven Werther], da cuenta de la subjetividad y de los conflictos internos del protagonista de un modo que deviene clave para la estética del Romanticismo. (Encyclopedia Britannica en línea).↵
- Probablemente un anglicismo por “expectable”: alguien de quien se esperan cosas buenas, similar a “respetable”.↵
- Por “febril”.↵
- En una de las acepciones de “bote”, poco frecuente hoy en día, que da el DRAE, se lee: “Cada salto que da el caballo cuando desahoga su alegría o su impaciencia, o cuando quiere tirar a su jinete” (DRAE).↵
- Recalcadura: acción y efecto de recalcar (DRAE).↵
- Beodo, da: (De beudo). adj. Embriagado o borracho. (DRAE). ↵
- Probablemente, Pelliza estaba al tanto de las crueldades perpetradas por los blancos hacia los negros en las plantaciones cubanas gracias a la novela Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde (1867), que tuvo considerable circulación por América Latina en el siglo XIX. En dicha novela, el escritor cubano dedica varios capítulos a denunciar las condiciones inhumanas en que vivían los esclavos en los ingenios de la isla. La novela fue una pieza clave en la lucha por la abolición de la esclavitud. Entre los análisis más serios de la novela y del autor cubanos, cabe mencionar: “Pechos de leche, oro y sangre: Las circulaciones del objeto y el sujeto en Cecilia Valdés”, de Christina Civantos (Revista Iberoamericana 71.211, 2005, pp. 505-19); “Antiesclavismo e independentismo en Cecilia Valdés” de Carlos Andrés Gil (Siglo Diecinueve 2, 1996,pp. 101-16); “Cecilia Valdés, espejo de la esclavitud” de César Leante (Casa de las Américas 15.89, 1975, p. 19-27; “Cecilia Valdés: La mulatería como símbolo de identidad nacional en la sociedad colonial cubana”, de Humberto López Cruz, (Hispanófila 125, 1999, pp 51-61).↵
- Debe tomarse aquí como sinónimo de “novela” o, para la época, una suerte de historia sin importancia.↵






