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De la crisis ambiental
al desarrollo sostenible

El impacto de las ideas sobre el ambiente

Ayelén Dichdji[1]

Introducción

Dentro de la historia, las alusiones a las temáticas ambientales son recurrentes; no obstante, la historia ambiental se presenta como un campo cuyo abordaje multidisciplinar impulsa la relectura de los desequilibrios ambientales en clave histórica, atendiendo a las relaciones sociedad-naturaleza. Es inobjetable que ese vínculo es definido por los procesos políticos, sociales y económicos que protagonizan los hombres en su apropiación de los espacios y en la utilización de sus recursos (Zarrilli, 2014).

Así, el interés por el cuidado y la preservación –tanto del medio ambiente como de los recursos naturales– surgen en la década de 1960 a raíz de la crisis ambiental; este será el eje de análisis en el presente capítulo. Esta tendencia siguió con atención las preocupaciones tanto de grupos ambientalistas como, progresivamente, del mundo académico. Asimismo, se habilitó la intervención de nuevos y variados movimientos sociales. Estos contribuyeron a modificar la concepción predominante de una “naturaleza ilimitada” por una “noción que enfatizaba tanto la diversidad como la fragilidad de un mundo natural considerado muy valioso” (Pádua y Lean, 2013, p. 6). Esto implica el incremento de la conciencia social sobre la trascendencia de esta temática. De esta manera, se considera que estos nuevos actores fueron pioneros en denunciar, en primer lugar, el alcance de las relaciones entre sociedad-ambiente y, en segundo lugar, la magnitud de los conflictos ambientales que azotan dicho vínculo y lo ponen en jaque.

En este sentido, la relación entre los seres humanos y la naturaleza se torna compleja de abordar puesto que, como sostiene García (2011,) una civilización que cree que la naturaleza le pertenece para dominarla y que dispone de una tecnología poderosa “tiene la misma probabilidad de sobrevivir que una bola de nieve a mitad del infierno” (p. 293). En otras palabras, siguiendo a Worster ([1984] 2000), el aceleramiento del deterioro ambiental en el planeta se debe, en parte y desde la Segunda Guerra Mundial, al resultado de los emprendimientos científicos impulsados por las motivaciones de la humanidad.

Para este autor, la ciencia ha hecho posible la moderna devastación de la naturaleza. Por consiguiente, se requiere un enfoque que complemente tanto las ciencias naturales como las sociales, permita un abordaje holístico de la problemática y proponga posibles lecturas para resolver estas cuestiones, dado que “en la medida que se incrementa la incertidumbre […] los atributos de la ciencia tradicional, su certeza y su neutralidad valorativa resultan más cuestionables” (García, 2011, p. 293).

En este contexto de progresivo interés por parte de los académicos en abordar y complejizar las relaciones naturaleza-sociedad, cobra sentido la emergencia de la historia ambiental. Desde su fundación, se ubicó como encargada de aproximarse al origen y evolución de los fenómenos ambientales que emergen en el mundo. Pese a que el pensamiento occidental concentró sus esfuerzos y preocupaciones fraccionando las cuestiones vinculadas a la naturaleza de aquellas de índole social, estas temáticas se constituyeron en campos de conocimiento disímiles con propuestas teóricas, metodologías y esquemas de interpretación propias de cada caso. Rojas y Gallardo (2017) sostienen que, desde entonces, la historia ambiental ha incrementado el “número de investigaciones, expresándose como un campo altamente interdisciplinario y con el desarrollo de abordajes y metodologías que en ocasiones han fomentado el diálogo entre las ciencias naturales y las sociales” (p. 22).

De esta manera, la historia ambiental supera los parámetros metodológicos tradicionales del campo histórico, permitiendo la incorporación de los historiadores en la discusión por brindar un contexto histórico a los conflictos ambientales y una explicación sobre las transformaciones que ha sufrido el ambiente, así como las interacciones que se desarrollaron entre las dinámicas naturales y sociales.

Bajo estos lineamientos, en el presente capítulo, abordaremos cuál es el nivel de interferencia humana en los sistemas naturales, cómo hemos llegado hasta aquí y qué acciones se han llevado adelante para concientizar a la sociedad y frenar el avance del deterioro ambiental.

El lugar de las ciencias sociales en las investigaciones sobre cuestiones ambientales

Las preocupaciones sistemáticas sobre la problemática ambiental inician –de manera incipiente– a finales los años 40 y principios de los 50 del siglo xx. Precisamente, como consecuencia de las fundiciones de acero y zinc, en Estados Unidos (1948), una inversión térmica fue la causante del fallecimiento de 20 personas y más de seis mil enfermos. Mientras que, dos años después, en México los gases sulfúricos venteados de las chimeneas de una refinería de petróleo generaron una gran contaminación que trajo aparejada la internación de más de 300 personas y causó el deceso de una veintena de ciudadanos. Sin embargo, en 1952 sobrevino en Londres el primer desastre urbano de índole ambiental. En aquella oportunidad, las islas británicas se vieron afectadas por una densa niebla acompasada por un fenómeno climático denominado “inversión térmica”. Este evento genera una bruma particular repleta de polvo, hollín y diversos gases, llegando a producir serias alteraciones en las vías respiratorias de las personas más vulnerables de la sociedad.

Frente a este contexto, tanto los especialistas en geografía humana como los antropólogos se inclinaron por estudiar los vínculos entre el hombre y la naturaleza de la mano de la “ecología cultural de los ´50 y la antropología ecológica de los años 60” (CICS/UNESCO, 2015, p. 42). Asimismo, en la década siguiente surgieron “la economía ecológica, la sociología ambiental, la historia ambiental, la filosofía ambiental, la ecocrítica literaria y la ecolingüística” (CICS/UNESCO, 2015, p. 42), un amplio espectro de disciplinas que indican el lugar preponderante de las ciencias sociales en el estudio de los problemas ambientales en todo el mundo.

Cabe destacar que las cuestiones ambientales no atañen únicamente a las ciencias naturales; por el contrario, están íntimamente conectadas con los modos de producción y consumo junto a otras características propias de la forma de vida contemporánea (crecimiento demográfico acelerado, globalización económica y cultural, desigualdad, etc.). De acuerdo con esto, queda en evidencia que nos enfrentamos a problemas complejos y compartidos que demandan esfuerzos colectivos. Por consiguiente, resulta claro que las consecuencias del aceleramiento del deterioro ambiental afectan a todas las comunidades, y sus causas tienen su origen en múltiples dimensiones: ambiental, política, social, cultural, económica, psicológica. Por tanto, sostenemos que “el medio ambiente no es solo natural, también es cultural” (Santamarina Campos, 2006, p. 49).

En este sentido, ya desde los acuerdos de Bretton Woods[2] de 1944 se planteaba la necesidad de “no hipotecar [la vida de las generaciones futuras] con actividades irresponsables” (Fernández Reyes, 2013, p. 7). Frente a este panorama, las esferas sociales y naturales deben apostar a la integración para afrontar las investigaciones y debates sobre las cuestiones ambientales que, además, supongan la elaboración de nuevas vías de análisis desde diferentes perspectivas y faciliten posibles alternativas. Es decir que “la integración significa participar con colegas de otras disciplinas y materias en el encuadre conjunto y recíproco de problemas y cuestiones de la investigación y en el diseño, ejecución y aplicación de la investigación, sobre la base de la colaboración” (CICS/UNESCO, 2015, p. 43). Esta propuesta implica comprender la complejidad de los desafíos ambientales y la incapacidad de abordarlos de manera aislada.

En consecuencia, los acontecimientos que nos empujan a hablar de la crisis ecológica actual son múltiples, aunque al menos dos de ellos cobran fuerza en los análisis contemporáneos: los modos en que los seres humanos habitamos el planeta y la interferencia que se genera entre esa esfera y los sistemas naturales desde la era industrial hasta nuestros días (Riechmann, González Buey, Herrero y Madorrán, 2012). En otras palabras, la singularidad propia de la época obliga a pensar que estamos atravesando la “era geológica del Antropoceno”, es decir que

… las características específicas del cambio global han llevado a sugerir el término Antropoceno para referirse a la etapa actual del planeta Tierra. Es un término propuesto para designar una nueva era geológica en la que la humanidad ha emergido como una nueva fuerza capaz de controlar los procesos fundamentales de la biosfera (Riechmann, González Buey, Herrero y Madorrán, 2012, p. 7).

En definitiva, los seres humanos usufructuamos de manera acentuada (tal vez violenta) los recursos naturales a un ritmo acelerado, impidiendo su regeneración o bien colaborando a gestar modificaciones profundas (y negativas) en la biosfera. En este punto, Martínez Alier y Wagensberg (2017) aseguran que el cambio climático que presenciamos es más veloz que el cambio del capitalismo, e incluso sostienen que este último resulta “estable” en comparación con las alteraciones del medioambiente.

Una posible caracterización de la crisis ambiental

Como se mencionó en el apartado anterior, y siguiendo a Santamarina Campos (2006), la crisis ambiental es una crisis social, así como “la degradación medioambiental es una degradación social” (p. 36). Asimismo, pensar y definir el mundo caracterizándolo a partir de las crisis implica un doble planteo: uno de quiebre y otro de peligro o valoración negativa de las situaciones. En este aspecto, el medioambiente se proyecta como un fenómeno social y natural que deja en evidencia las tensiones existentes entre la cultura y la naturaleza: “El concepto de medioambiente se nos presenta como ambiguo e incómodo, al contener en el mismo dos categorías que la modernidad nos hizo pensar como distantes”, sentencia Santamarina Campos (2006, p. 48).

En otro orden de consideración, la institucionalización[3] de las demandas de acciones que mitiguen los riesgos y desastres ambientales se localizan entre la década de los sesenta y setenta. En esa época, como veremos más adelante, surgieron con vigor las preocupaciones por las cuestiones ambientales. Asimismo, se fueron incrementando los discursos frente a los peligros que suponía el creciente desarrollo y progreso del sistema político-económico del momento.

En consecuencia, y con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, se incrementó de manera significativa el nivel de vida y bienestar de los países desarrollados, en simultáneo con la modificación de los ciclos de la naturaleza. Como señalan Riechmann, González Reye, Herrero y Madorrán (2012), la combinación de los “costes del progreso”, el desarrollo de la tecnología, la implementación de químicos en los trabajos rurales y el incremento de basurales en zonas urbanas, entre otros, evidencian y multiplican los impactos socioambientales. No solo estamos atravesando la era del Antropoceno, sino también una época de crisis socioambiental que podemos considerar como la más grave de las últimas décadas, que crece y se manifiesta concretamente en el mundo natural: desertificación, deforestación, inundaciones, sequías, contaminación urbana y desequilibrios climáticos, entre otros síntomas (p. 9). En consecuencia, “el consumo mundial de materiales y energía –y por tanto la producción de residuos– ha aumentado constantemente en las últimas décadas” (p. 10). Si bien esta condición se recrudeció en este tiempo, la perspectiva de crisis ecológica se remonta a más de cuarenta años atrás. Aunque, al decir de Martínez Alier y Wagensberg (2017), “por primera vez en la historia de la humanidad, la actividad humana está influyendo peligrosamente en la salud del planeta” (p. 19).

En este sentido, el panorama de la crisis política e inestabilidad de la economía capitalista mundial –a mediados de los años 1960 y principios de 1970– se traduce incluso al problema ambiental, puesto que este es también resultado de entramados políticos y de vínculos de poder. En ello se debe enfatizar “si se quiere avanzar en soluciones compartidas, justas y aceptadas por toda la comunidad internacional” (Estonssoro Saavedra, 2009, p. 3). Al decir de Riechmann y Fernández Buey (1994), la potencialidad de los impactos posibilitó el ingreso a una “era de crisis ecológica global”. Más aún, para Lemkow y Buttel (1983), el desarrollo de los movimientos ambientalistas de la primera hora reside en la acentuación y emergencia de nuevas formas de contaminación “más insidiosas que sus predecesores y tal vez más destructivos y peligrosos” (p. 23).

Los primeros discursos ecologistas, alejados de la esfera científica o académica, procuraron acercar esta problemática a la opinión pública a través de obras que, en algunos casos, se transformaron en textos exitosos no solo por su contenido y denuncia sino por el lenguaje narrativo elegido. Es el caso de Rachel Carson, quien, con su obra pionera, Primavera silenciosa (1962), marcó un antes y un después en la concepción social que se tenía de la naturaleza y en la incipiente defensa del medioambiente. Esta bióloga marina fue una de las primeras en denunciar el peligro del uso intensivo de pesticidas químicos y lo hizo mediante relatos y ejemplos ilustrativos. Además, colaboró en la estimulación de la conciencia sobre lo que representaba proteger la naturaleza y el compromiso con las generaciones venideras. Carson desempeñó el papel preponderante de activista y “tuvo el mérito de ser el catalizador para la organización de las primeras asociaciones ecologistas estadounidenses y, por ende, mundiales” (Ros, 2010, p. 25). La propuesta de Carson incluye la necesidad manifiesta de comprender el mundo como un todo interconectado y dependiente de la relación hombre-medio.

En paralelo, Murray Bookchin también publicó Nuestro entorno sintético (1962), otro libro que en la actualidad se puede considerar, junto con el de Carson, fundacionales en lo que respecta a la consciencia ecológica. La obra de Bookchin alertaba sobre una crisis ecológica impulsada por múltiples factores: la comida repleta de químicos, el agotamiento de los suelos, la contaminación del aire y del agua y la radicación nuclear, temas que, en la actualidad, también se encuentran en la agenda de preocupaciones socioambientales.

Cabe destacar también las labores de otros pioneros como Barry Commoner[4], quien en 1963 edita Ciencia y supervivencia. En este caso, se trata de una fuerte crítica sobre los riesgos generados por la propia ciencia vinculada a los intereses político-militares y económicos. El autor navega entre los apagones eléctricos, las pruebas nucleares, la contaminación por lluvia radioactiva, insecticidas, detergentes sintéticos, etc. Es decir, Cammoner describe las consecuencias nefastas de la tecnología puesta al servicio del crecimiento acelerado y desmedido de la ciencia y la técnica.

Paul Ehrlich[5] fue otro destacado personaje dentro del coro de voces de alarma y precursor del argumento sobre los límites del crecimiento. Este autor considera el crecimiento demográfico como el causante del incremento de los problemas ambientales. En su libro The Population Bomb (1968), afirma que el crecimiento desmedido de la población es un factor determinante y una amenaza para la humanidad, retomando la tesis malthusiana sobre los límites del crecimiento demográfico.

Recapitulando, los años 60 permitieron sentar las bases de la discusión sobre los desastres ambientales no solo desde un plano biológico sino cultural; así, se presencian las primeras expresiones de una conciencia ecológica naciente que se consolidará en la década posterior.

El escenario planteado en el apartado anterior fue la antesala del primer Día de la Tierra, celebrado en Estados Unidos el 22 de abril de 1970. Denis Hayes, el coordinador del evento, expresó que

… fue la manifestación más grande, más pacífica y más limpia de la historia estadounidense. Pero no la consideraremos un triunfo. Pues los problemas que la motivaron siguen con nosotros: “polución, hiperpoblación, “supermatanza”, barrios miserables, racismo, dilapidación de recursos, obsolescencia planificada, una guerra en expansión (Grinberg, 1999, p. 11).

En este sentido, la cuestión ambiental emerge como un complejo proceso de concientización social. Si nos posicionamos desde la mirada del pensamiento ambiental latinoamericano, y seguimos en este planteo a Leff (1986), la crisis ambiental es entendida como un síntoma de la “crisis de civilización”. Además, está relacionada con el proceso de destrucción de la naturaleza, deforestación de los bosques, pérdida de fertilidad de los suelos, contaminación y opresión social. Para este autor, la crisis ambiental evidencia los fundamentos de la racionalidad económica moderna y el binarismo con el que se entiende y organiza el mundo. En este contexto, propone replantear la forma de racionalidad productiva que

… ha generado la destrucción de la base de recursos, la biodiversidad y la heterogeneidad cultural del planeta, así como de generar un saber interdisciplinario y de establecer una administración pública transectorial, para comprender y enfrentar los cambios globales de nuestro tiempo (Leff, 1986, p. 366).

Este raudo panorama nos permite dar cuenta de la complejidad que implica esta crisis, pero será recién a mediados del siglo xx, comienzos de la década de los setenta, que cobrará fuerza el interés por el cuidado y la preservación tanto del medio ambiente como de los recursos naturales. Esta tendencia siguió con atención las preocupaciones tanto de grupos ambientalistas como, progresivamente, del mundo académico. Desde los años 60, como se expresó anteriormente –y con mayor ímpetu a partir los Informes del Club de Roma de 1972, 1974, 1976 y la Cumbre de Estocolmo de 1972– se habilitó la intervención de nuevos y variados movimientos sociales. Los integrantes eran, en principio

… miembros de organizaciones conservacionistas y preservacionistas, al igual que expertos, técnicos y miembros de la clase media […] entre sus acciones se cuenta la resistencia a proyectos de desarrollo- la construcción de carreteras, torres petroleras e hidroeléctricas-, la lucha contra la contaminación urbana, la denuncia de la utilización de químicos en la producción agraria y así sucesivamente. Estas manifestaciones colectivas fueron acompañadas de protestas antinucleares y rechazo a las tendencias consumistas el capitalismo de la época del estado de bienestar (Palacio y Ulloa, 2002, p. 16).

En este sentido, la aparición de los movimientos ambientalistas –hacia fines de los años 60 y principios de los 70– tiene directa relación con diferentes sucesos internacionales de origen ambiental que permitieron instaurar la problemática como una preocupación a nivel global. Independientemente de sus logros concretos, estos movimientos supieron promover no solo la preocupación por la cuestión ambiental, sino también instalaron la temática en la agenda política y pública.

Por su parte, el Club de Roma se presentaba como un “núcleo de científicos, humanistas, educadores y hombres de empresa”, que en 1970 encomendó al Massachusetts Institute of Technology (MIT, por sus siglas en inglés) un estudio que contemplara variables como la población, la industrialización, la producción de alimentos, el consumo de recursos naturales y la contaminación a nivel global. Es evidente que el impacto sería disímil entre países del Norte y del Sur, dato no menor para contemplar los problemas y sus potenciales soluciones. Sin embargo, el resultado final de esa investigación proporcionó el informe denominado Los límites del crecimiento, presentado en la Cumbre de Naciones Unidas en Estocolmo en 1972. Allí los autores señalaban que “las necesidades y modos de vida de una población mundial siempre creciente, que utiliza a tasa acelerada los recursos naturales disponibles, causa daños con frecuencia irreparables al medio ambiente y pone en peligro la estabilidad económica global” (Grinberg, 1999, p. 12). El trabajo de este grupo de investigación sostenía que si los factores antes enumerados no variaban, el planeta no tendría futuro y alcanzaría los límites absolutos de crecimiento durante los próximos cien años: “El hombre ha llegado al punto en el que debe desarrollar una vía enteramente nueva para su evolución cultural. En estas condiciones, se enfrenta cada vez con mayor frecuencia a toda una gama de problemas que parecen intratables e inasibles” (Grinberg, 1999, p. 13).

Para Dobson (1997), este informe es un parteaguas dentro de la discusión sobre los orígenes del ambientalismo y lo sitúa como la piedra fundante del movimiento, dado que para él “las ideas y movimientos anteriores a 1970, que guardan afinidad con el ecologismo, estaban `verdes´, pero no eran verdes” (p. 59). La agenda del encuentro hizo hincapié en la utilización de los recursos naturales y los tiempos que tiene la naturaleza para producir aquellos renovables, los asentamientos humanos, la protección de áreas y parques nacionales, la contaminación, las cuencas hídricas, las armas nucleares, la pesca comercial, las políticas ambientales, la educación ambiental, la relación entre el ambiente y el desarrollo de los países.

Además, en 1970, en Estados Unidos también se creó la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés)[6], cuyo objetivo era “proteger y mejorar el entorno, regular la disposición de residuos sólidos y el uso de pesticidas, radiación y sustancias tóxicas” (Grinberg, 1999, p. 22). En este sentido, el desarrollo de programas ambientales, el surgimiento de proclamas, cumbres, informes, celebraciones y conferencias se vislumbran como los primeros atisbos para el reconocimiento global de la problemática y síntomas de un clima de época sensible frente a la crisis del medioambiente. Al decir de Grinberg (1999), la crisis que atraviesa la naturaleza es múltiple y simultánea: es climática, hídrica, urbana, agrícola y forestal. Los desastres ambientales en esta época fueron numerosos; sin embargo, por su magnitud y trascendencia se destacan el incendio del “Browns Ferry” de Alabama (Estados Unidos, 1975); la explosión de la fábrica de productos químicos ICMESA de Seveso (Italia, 1976); el encallamiento del barco petrolero Amoco Cádiz en Portsall (Bretaña, 1978); el accidente nuclear en la central atómica de Three Mile Island (Estados Unidos, 1979). Es claro que los movimientos ambientalistas de los años setenta se constituyeron como colectivos supranacionales con influencia en el desarrollo de la conciencia ambiental que, a su vez, han crecido notablemente y expandido tanto sus preocupaciones como formas de acción.

Por lo que refiere a la década de los 80, el Consejo de Administración del PNUMA sentó las bases del debate alrededor de algunos ítems, a saber: el cambio climático, la deforestación, el bióxido de carbono producido por la quema de combustibles (como el carbón, el petróleo y la madera), la higiene ambiental, las consecuencias de los procesos industriales, la minería, el control y equilibrio en la utilización de medios de transporte (como barcos, vehículos) cuyos mecanismos y combustibles alteran el medio ambiente. Hay que mencionar, además, la producción de Global 2000, un estudio publicado en 1980, elaborado por el Consejo sobre la Calidad Ambiental, el Departamento de Estado, trece departamentos de la Administración Federal de EE. UU. y diferentes consultores gubernamentales. Si bien no brindaba soluciones a los problemas ambientales, sí ofrecía un detallado diagnóstico de la situación. Habría que señalar también la elaboración de la Carta Mundial de la Naturaleza (1982) por parte de la Asamblea General de Naciones Unidas. Este documento resalta que el hombre es parte de la naturaleza y su vida depende también del correcto funcionamiento de los sistemas naturales. Al mismo tiempo, resalta la trascendencia que tiene la naturaleza en la cultura y que el hombre “por sus actos o las consecuencias de éstos, dispone de los medios para transformar a la naturaleza y conservar los recursos naturales” (ONU, 1982). Además, se afirma y proclama la conservación de la naturaleza juzgando las acciones negativas que el hombre ejecute afectándola.

Indiscutiblemente, esta década se encuentra marcada por acontecimientos ambientales puntuales: el accidente en la fábrica de pesticidas de la Union Cabide en Bhopal (India, 1984); la explosión en la central de energía nuclear de Chernobyl (Ucrania, 1986); el incendio en el depósito de químicos de Basilea (Suiza, 1986); contaminación por desechos radioactivos en Goiania (Brasil, 1987) y contaminación de los mares por parte de un buque petrolero de Exxon Valdes que encalló en el arrecife de Bling (Alaska, 1989).

Los años ochenta, entonces, se caracterizaron por los intentos provenientes desde el plano político e institucional de encontrar una solución –permanente o pasajera– para los problemas ambientales que se gestaban. En el ámbito latinoamericano, fundamentalmente, se abordó la situación considerando como insoslayable e inseparable los conflictos ambientales de los problemas de desarrollo que acontecían en la región.

De los movimientos sociales a los movimientos ambientalistas

Para poder sistematizar cómo se originarion los movimientos ambientalistas en la Argentina, se requiere comprender cuál es su raíz. Sin dudas, los movimientos sociales tienen un lugar preponderante en esta historia. Existen diversos enfoques teóricos que pretenden explicar o definir qué son los movimientos sociales. Por lo tanto, resulta necesario identificar algunas nociones que nos permitan comprender la diversidad que encierra este concepto, previo a detenernos puntualmente en el surgimiento del pensamiento ambiental en nuestro país.

La emergencia de los movimientos sociales (MS) se vincula con un cambio de paradigma, es decir que la existencia de un colectivo movilizado por un interés común se advierte como resultado de un cambio social y cultural. Para autores como Bobbio, Matteucci y Pasquino (1991), los movimientos sociales son intentos fundados en un conjunto de valores compartidos para redefinir las formas de acción social e influir en sus consecuencias. Mientras que Scribano (2005) precisa que los MS constituyen formas de acción colectiva que institucionalizan una acción entre metas, recursos e identidad, Cadena Roa (cit. en Wagner, 2010) plantea que los MS aparecen cuando un actor social independiente del Estado se propone luchar por medio de organizaciones que se han creado por la existencia de distintas demandas sociales[7].

En este sentido, se puede sostener que los movimientos sociales son expresiones que nacen dentro de la sociedad, que se encuentran atravesados por demandas sociales no institucionalizadas, que se desarrollan en contextos sociales donde se establecen luchas culturales y de poder. Por consiguiente, pese a no estar vinculados con un sector político particular, deben ser entendidos no solo como procesos sociales sino también como procesos políticos que incitan a un cambio de consciencia.

Compartimos la propuesta de Castells (2009), quien define a los movimientos sociales a partir de la existencia de actores sociales enfocados en realizar un cambio cultural, un cambio de valores por medio de actos de resistencia. Recapitulando, los movimienos sociales son colectivos autónomos, independientes del poder económico y político que promueven un desafío, una alternativa social y cultural tanto para la sociedad como para el sistema político, que se apropian del espacio público y materializan sus proyectos en luchas cotidianas.

En consecuencia, referirse a las problemáticas ambientalistas –desde los años 60, pero con más énfasis desde 1970 en adelante– conduce inevitablemente a mencionar a los protagonistas e impulsores de los procesos de concientización de la sociedad. Cabe destacar que dentro de los movimientos sociales se encuentran los movimientos ambientalistas, que surgen en la década de los setenta –como ya hemos mencionado– como actores de la sociedad civil, identificados con los llamados Nuevos Movimientos Sociales[8].

El surgimiento de los movimientos ambientalistas se enmarca dentro de un modelo teórico que propone destacar la importancia de los discursos como expresiones socioculturales vinculadas a factores culturales, políticos, sociales e ideológicos. Autores como Riechmann y Fernández Buey (1994) establecen que los nuevos movimientos sociales encierran una pluralidad de idearios y concepciones del mundo que son rasgos fundamentales que les permiten desarrollar las estrategias necesarias para realizar las transformaciones sociales que persiguen. No obstante, los autores consideran que, en rigor, los nuevos movimientos sociales son en realidad movimientos sociales antiguos en situaciones sociales, culturales y políticas nuevas.

La aparición de los movimientos ambientalistas hacia fines de la década de los sesenta y principios de los setenta tiene directa relación con diferentes sucesos internacionales de origen ambiental –como hemos visto– que permitieron instaurar la problemática como una preocupación a nivel global. Se caracterizan por ser reconocidos por toda la sociedad y por brindar opciones de cambio que tengan un alcance que involucre a todos. Aunque no se orientan a obtener o ingresar al poder del Estado, mucho menos suplirlo, sí cabe mencionar, como sostiene Gudynas (1992), que son profundamente políticos en un nuevo sentido. Para Hobsbawn (1971), en sus comienzos, los nuevos movimientos sociales evidenciaban conflictos soterrados que sufrían una transición, de un estado latente a uno de erupción (cit. en Cuenca y Picone, 2011). Así, no se puede soslayar la incursión de estos grupos en la vida pública y política, como también en las líneas de investigación sobre conflictos sociales que antes quedaban marginadas.

Estos nuevos movimientos sociales incluyen movimientos juveniles, feministas y ambientalistas, entre otros. Por su parte, Melucci (1999) sostiene que los nuevos movimientos sociales construyen una identidad colectiva a través de sus medidas y acciones conjuntas. Aunque, para de Sousa Santos (2001), “la novedad más grande de los nuevos movimientos sociales reside en que constituyen tanto una crítica de la regulación social capitalista, como una crítica de la emancipación social socialista tal como fue definida por el marxismo” (p. 178). En el caso particular de la cuestión ambiental, para Leff (1986), esta surge como un complejo proceso de concientización social.

En suma, los movimientos ambientalistas se han manifestado como producto de la germinación de problemáticas que afectan a la naturaleza a nivel global. Conciben, así, la necesidad de luchar, individual o colectivamente, con objetivos concretos que permitan concientizar a la sociedad respecto del daño causado por el hombre en el mundo natural. Buscan alternativas capaces de satisfacer sus demandas de cambio que permitan gestar entre el hombre y el medio ambiente un vínculo no destructivo ni de opresión. Para Gudynas (1992), los ambientalistas

Expresan una actitud que revela valores de contenido universal, de armonía del ser humano con la naturaleza. Se valoriza no sólo al hombre, sino también a la naturaleza, y a todas las formas de vida, y la búsqueda de la solidaridad con ella. De esta manera hay una preocupación ética por las plantas y animales, por la naturaleza toda. El movimiento se convierte así en una expresión de preocupación moral y de justicia (p. 105).

En este sentido, Leff (1986) plantea que los movimientos ambientales emergentes en Latinoamérica luchan por construir un nuevo orden social. Para otros autores, el ambientalismo se configura a partir de movimientos sociales que luchan por un ambiente y calidad de vida mejor para los seres humanos, pero este planteo se focaliza desde un punto de vista antropocéntrico (Folch, 1977). Por último, Mainwaring y Viola (1985) diferencian los movimientos ambientalistas del movimiento ecologista. Para estos autores, el ambientalismo se centra en las preocupaciones específicas relacionadas con la preservación y protección del ambiente, los efectos de la contaminación, la protección de los bosques y la conservación del suelo, mientras que los ecologistas participan de estas preocupaciones, pero a su vez proponen formas activas de organización social.

El ambientalismo latinoamericano se identifica, así, con las preocupaciones que vinculan problemas sociales con la degradación de la naturaleza. Además, se opone al modelo de desarrollo capitalista vigente ofreciendo una fuerte crítica al crecimiento económico “como motor del progreso social, que no sólo no ha aumentado la calidad de vida de los latinoamericanos, sino que la ha reducido, y a costa de un gran deterioro ambiental” (Gudynas, 1992, p. 106).

Como consecuencia, en la Argentina los movimientos ambientalistas surgen, también conforme a la perspectiva latinoamericana, producto de la interconexión de factores, ambientales, sociales, políticos y económicos. Por ello, la problemática ambientalista en nuestro país se encuentra asociada a los conflictos socioambientales. Como menciona Leff (1986), la cuestión ambiental es una problemática eminentemente social, generada por un conjunto de procesos económicos, políticos, jurídicos, sociales y culturales.

El ambientalismo en la Argentina: un movimiento contracultural

Nuestro país no fue ajeno a la vorágine verde que se estaba imponiendo en el mundo desde la década de los setenta en adelante. Fueron fundamentales las experiencias y la impronta que instalaron movimientos norteamericanos que, en principio, se enfrentaban al uso de energía nuclear –los primeros movimientos antinucleares de Estados Unidos surgieron durante los años 60–. Con mayor precisión, podemos agregar que en 1957 se crea el primer reactor nuclear, y que en 1958 se planifica construir la primera central nuclear de EE. UU. en una zona ambientalmente sensible como el norte de San Francisco –puesto que se ubicaba en las cercanías a la falla de San Andrés–; incluso el Sierra Club opuso resistencia. Es decir, una de las organizaciones ambientales más longevas y de mayor influencia de Estados Unidos.

El Sierra Club[9], junto a Audubon Society y la Wilderness Society, afirma Castells (2003), fueron las organizaciones que dieron origen al movimiento ecologista en EE. UU. En este sentido, su posición es la de una voz autorizada cuyo planteo involucra la conservación de la naturaleza. En sus propias palabras, Sierra Club entiende que

La cima que hay que alcanzar es la conservación de la vida natural, en sus formas diferentes, dentro de unos parámetros razonables de lo que puede lograrse en el sistema económico e institucional presente. Sus adversarios son el desarrollo incontrolado y las burocracias irresponsables, como la Oficina Federal de Reclamación, que no se preocupa de proteger nuestra reserva natural (Castells, 2003, p. 203).

Por otra parte, si bien las inquietudes científicas sobre los efectos de la energía nuclear en la salud se iniciaron a mediados de los cincuenta, durante 1961 se originó la primera manifestación en contra de la energía nuclear en Estados Unidos. Un año después, Linus Pauling (químico cuántico y activista) recibe el Premio Nobel de la Paz como reconocimiento a su labor en la lucha por detener las pruebas atmosféricas de armas nucleares. En 1963, se aprueba el Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares; esto frena las operaciones nucleares de prueba en tierra, obligando a realizarlas bajo tierra. En consecuencia, factores como los efectos en la salud y el ambiente condicionaron el desarrollo de la energía nuclear, colocándola como uno de los temas de mayor controversia.

En el caso de la Argentina, los primeros acercamientos a la materia se brindaron de la mano de la prensa gráfica contracultural, promovida por los protagonistas de la contracultura, movimientos hippies y de influencias orientalistas de nuestro país. Puntualmente, en las revistas Eco Contemporáneo (1960-1969), Expreso Imaginario (1976-1983) y Mutantia (1980-1987), de perspectiva eco-filosófica que fueron las precursoras de la conciencia ambiental. Entre sus páginas se rescata la presencia de menciones a temas como la radicación o energía atómica, desastres industriales, armas nucleares, contaminación de las aguas, deforestación de los bosques –que no solo deterioraran la salud humana, sino también degenera el medio ambiente– hasta las formas de alimentación y de cultivo, entre otras.

En parte, esto da cuenta de la correspondencia entre lo que Castells (2003) entiende como temas ecologistas y las dimensiones fundamentales sobre las que se efectúa la transformación estructural de nuestras sociedades: “Las luchas sobre el papel de la ciencia y la tecnología, sobre el control del espacio y el tiempo y sobre la construcción de nuevas identidades” (p. 200). En otras palabras, el surgimiento de este tipo de discusiones se enlaza con una preocupación mayor, que es la forma de comprender el nexo entre tres elementos que están en juego: economía, sociedad y naturaleza.

Por esta razón, tampoco resulta llamativo que los primeros acercamientos que se presentan en nuestro país –a través de las revistas mencionadas– sobre temas ecológicos se conecten con problemáticas que tienen entre sus filas al conservacionismo, puesto que la primera forma de preservar el entorno natural que surge se establece con el movimiento conservacionista. Esto, la conservación de la naturaleza, junto con la persecución por la calidad ambiental unido a un pensamiento ecológico, que, asegura Castells (2003), son conceptos decimonónicos concernientes a los grupos instruidos de los países dominantes. En este aspecto,

Con frecuencia fueron el dominio exclusivo de una alta burguesía abrumada por la industrialización, como es el caso de los orígenes de la Audubon Society en los Estados unidos. Otras veces, un componente comunal y utópico fue la cuna de los primeros ecologistas políticos, como el caso de Kropotkin, que enlazó para siempre el anarquismo y la ecología, en una tradición bien representada en nuestro tiempo por Murray Bookchin (Castells, 2003, p. 210).

De acuerdo con esto, si bien existieron pioneros en abordar estas preocupaciones –por ejemplo, Rachel Carson–, recién a finales de los años 60 se puede hablar de una institucionalización concreta de estas discusiones, que comenzaron en Estados Unidos y Europa pero que progresivamente se propagaron también en América Latina. Para comprender la transformación de los movimientos ambientalistas, cabe destacar los principales puntos del debate ecologista de esta primera etapa que recupera acertadamente Castells (2003).

En primer lugar, las ideas ecologistas en sus inicios mantuvieron una postura fluctuante contra la ciencia y la tecnología. Por un lado, se mostraron recelosos de los avances tecnológicos y su influencia en la naturaleza, mientras que, por otra parte, sacaban provecho de los datos científicos que difundían entre la ciudadanía y los políticos con el objeto de justificar sus argumentos relacionados con la interacción entre el hombre y el medio: “Las principales organizaciones ecologistas suelen tener científicos en sus plantillas y en la mayoría de los países existe una estrecha conexión entre los científicos, académicos y los activistas ecologistas” (Castells, 2003, p. 212).

Una segunda ambigüedad reside en criticar la ciencia, pero al mismo tiempo se valen de ella para evidenciar los daños que acarrea para la naturaleza los modos de producción industrial-capitalista. De esta forma, procuran establecer un conocimiento holístico, buscan “tener el control sobre los productos de la mente humana antes de que la ciencia y la tecnología tengan vida propia y las máquinas acaben imponiendo su voluntad sobre nosotros y la naturaleza” (p. 212).

Otro rasgo, el tercero, que caracteriza a estos movimientos es el desafío por establecer la defensa por mantener las condiciones de vida. Esto se vincula con una tradición mayor que involucra la participación ciudadana como mecanismo que se activa en resguardo del valor de la vida. El desarrollo de una conciencia ciudadana, ambiental y pública permite construir la identificación con el problema y las consecuentes acciones para desactivarlo. Es decir que “se crean las condiciones para la convergencia de los problemas de la vida diaria y los proyectos para una sociedad alternativa: así se hacen los movimientos sociales” (p. 213). En otro orden, el movimiento ecologista sostiene la relación entre sociedad y naturaleza en términos temporales como un continuum, donde el tiempo juega un rol preponderante a la hora de evaluar el impacto ambiental que tendrán las prácticas del hombre junto a las decisiones políticas y económicas determinadas. Un ejemplo de ello radica en la aspiración por delimitar el usufructo de los recursos naturales renovables y no renovables, dado que atenta contra uno de los pilares fundamentales del movimiento: la alteración del equilibrio natural y sus futuras consecuencias para la vida de las generaciones venideras. Un ejemplo de esto es el movimiento antinuclear, como supimos remarcar, que fue uno de los movimientos de mayor injerencia y supo basar “su crítica radical de la energía nuclear en los efectos a largo plazo de los desechos radiactivos, además de los problemas de seguridad inmediatos, con lo que se ocupa de la seguridad de generaciones de miles de años de nosotros” (p. 215).

Finalmente, otra característica que cabe resaltar es la capacidad de bregar por la construcción de lo que Arnold (2000) denominó “cultura ambiental”. Los movimientos ecologistas también debieron batallar por la constitución no solo de una consciencia verde en la ciudadanía, sino de una cultura verde que permita gestar una nueva identidad concreta, singular, específica y radical, una “identidad sociobiológica”, dirá Castells (2003). Sin embargo, esta empresa tiene sus reparos dado que “el asunto esencial en cuanto a la influencia de la nueva cultura ecológica es su capacidad para tejer los hilos de las culturas singulares en el hipertexto, compuesto por la diversidad histórica y la comunidad biológica” (p. 216). Hasta aquí hemos enumerado tanto las ambigüedades y características como los retos que presentó el surgimiento no solo del “pensamiento verde” sino, además, de su recorrido como movimiento social. Si bien las referencias a problemáticas ambientales para la década de 1960 en nuestro país eran escasas, estas hablan, a su vez, del momento de emergencia de un movimiento que en la Argentina estaba aún en plena gestación.

En consecuencia, en la década de los sesenta la concepción sobre la defensa del medioambiente estaba estrechamente unida a la conservación de la naturaleza; la idea representaba una cosmovisión idílica del entorno natural que debía permanecer inalterada. En palabras de Martinez Alier y Wagensberg (2017),

… la idea de naturaleza salvaje con muy pocos habitantes nativos es una realidad inventada por la colonización. En realidad, en épocas anteriores hubo una población nativa sedentaria que vivía en armonía con las condiciones naturales…todo eso se vino abajo en el siglo xvi (p.18).

Pero, hacia la década de los sesenta, el concepto de naturaleza está caracterizado por el retorno a las tradiciones, la recuperación de los espacios perdidos y una noción utópica sobre el devenir de ese mundo natural interrelacionado con los seres humanos. Como estrategia discursiva, implementada en esa época, se destaca el complejo de connotaciones adversas y acciones nocivas que se les atribuían a los seres humanos en su interacción con la naturaleza. Esas acciones depredatorias –del hombre sobre su entorno– suponen entender que los problemas ambientales fueron sucediéndose a lo largo de las décadas, y el impacto de la actividad humana (con el consecuente desarrollo tecnológico) era concreto, perceptible y prolongado. Esto apunta a interpretar que ese desarrollo no es más que un avance económico disfrazado de bienestar social.

De acuerdo con esto, entonces, la relación sociedad-naturaleza se entiende como un proceso de larga duración donde la transformación de la naturaleza es un tema predominante. Esto se debe a una progresiva toma de conciencia que implica valorar el ambiente como una dimensión irreductible de la estructura socioeconómica de las sociedades y un factor determinante para cada cultura. Además, y en paralelo a esto, se proyecta como un espacio cuyo deterioro atenta contra la calidad de vida de los seres humanos y, finalmente, donde su desgaste simboliza el deterioro estructural de la sociedad occidental contemporánea.

Discurrir en el concepto de naturaleza asociado al de recurso natural es una idea propia de un pensamiento de corte antropocénico[10], en cuya base se encuentra el núcleo de una concepción materialista y economicista de la naturaleza. En este aspecto, cabe preguntarse si este abordaje de la defensa del ambiente no encierra una paradoja, puesto que el resguardo de esa idea de naturaleza confronta con el sistema capitalista en el que se desenvuelve. En consecuencia, los costos ambientales de la articulación de las sociedades con su entorno no son sopesados por ese sistema excepto que estos puedan ser amortizados en términos económicos. Según Martinez Alier y Wagenberg (2017), “el cambio climático es más rápido que el cambio del capitalismo. El capitalismo parece un sistema muy estable comparado con los cambios ambientales” (p. 18). De modo que, quizás, la pugna más profunda deba girar en torno a establecer una mirada holística que no fracture las relaciones de los seres humanos de la historia de los demás seres vivos que habitan este planeta.

Una lectura en clave histórica de este problema nos permite entender que cada grupo social construyó una manera particular de interactuar con el medioambiente, de acuerdo a su cultura y tecnología. Como menciona Santamarina Campos (2006), el medio ambiente se comporta como un referente que abre las posibilidades de reflexionar sobre nuestro mundo. Al mismo tiempo, por su fisonomía polifacética, es capaz de encapsular y simbolizar un déficit en aspectos internos de nuestra práctica cultural (p. 14). En este sentido, como se explicitó con anterioridad, si el hombre –por medio de su accionar– condiciona negativamente al ambiente, genera un inminente desequilibrio en el mundo natural. Esto afecta no solo a las especies animales y vegetales, sino que, además, conduce a la muerte de la propia especie humana.

El debate se daba, entonces, sobre la base de lo que Castells (2003) denominará “ecologismo contracultural”. Es decir, una corriente dentro de las contraculturas cuya forma de expresarse es únicamente mediante “las leyes de la naturaleza, afirmando, de este modo, la prioridad del respeto a la naturaleza sobre cualquier otra institución humana” (p. 205). En este sentido, las influencias de las expresiones provenientes del exterior resultaron claves para poder, por un lado, adentrarse en la temática, y, por el otro, para aprender de las experiencias significativas que se estaban desarrollando en otras latitudes, y que luego serían la plataforma necesaria de la cual se nutrirían los movimientos que se establecieron en nuestro país en los años sucesivos.

Los años 80 para el ambiente en la Argentina

Durante la década de los ochenta, la Argentina se prestó como escenario para el I Encuentro Nacional de Organizaciones Ambientalistas. Los protagonistas del evento contaban con una “plataforma ecologista, antinuclear, pro energías renovables y pro agricultura orgánica” (Grinberg, 2002, p. 226). Es notable el intento –fallido– de las agrupaciones que participaron allí por rehabilitar la Secretaría de Medio Ambiente, creada en 1973 por Juan Domingo Perón y disuelta tres años después por la Junta Militar. Este evento se enmarca dentro de una incipiente tradición que comenzaba a gestarse en el país desde la década precedente gracias, entre otros motivos, a la creación de Fundación Bariloche (1963) y la Asociación Argentina de Ecología (1972).

El retorno de la democracia en nuestro país permitió el nacimiento de otras agrupaciones como la Red Verde Esperanza de los Huertos Infantiles Escolares (1985) y el Centro de Estudios sobre Tecnologías Apropiadas de la Argentina (1985). Ambas surgieron producto de los talleres realizados, durante el primer lustro de la década, por Miguel Grinberg y los colegas que conformaban la revista Mutantia y el movimiento Multidiversidad de Buenos Aires. También en 1985 aparecía el Centro de Cultivos Orgánicos (CENECOS), que un año más tarde se sumaría a la Fundación Nacional de Emergencias Ambientales. Esta última hacia fines de la década de los ochenta se transforma en la Red de Acción Ecologista (RENACE), cuyo alcance se extendía hacia el centro y el sur de nuestro país.

En el ámbito político, cabe destacar la creación del Consejo para la Consolidación de la Democracia, que tuvo un fuerte impacto en la reforma constitucional de 1994, donde se establecieron los derechos ambientales. Hacia 1987 se crea la Subsecretaría de Política Ambiental (SPA), que más tarde sería reemplazada por la Comisión Nacional de Política Ambiental (CNPA). Con esta actitud, el gobierno se propuso “avanzar en un esquema de gestión que dotara de mayores niveles de integración a la política ambiental y que iba en línea con las propuestas reformistas del Consejo para la Consolidación de la Democracia” (Abers, Guitiérrez, Isuani y von Büllow, 2013, p. 12).

Es para destacar que el debate por la cuestión nuclear en la Argentina estuvo, históricamente, signado por oscilaciones políticas, económicas, controversias éticas, socioambientales y culturales. Durante la década de los ochenta, con el retorno de la democracia, también tiene lugar el intento de instalar un repositorio de desechos radiactivos de alta actividad en Sierra del Medio, a 70 km de la ciudad de Gastre, provincia de Chubut, proyecto de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Esta decisión implicaba convertir a la Patagonia argentina en el basurero nuclear del mundo.

Esto revela que las transformaciones producidas a través del tiempo por la interacción del hombre con la naturaleza, en parte, se determinaron como consecuencia de los crecientes conflictos socioambientales vinculados a la explotación de los recursos naturales de la región.

Con todo, no puede negarse que paulatinamente se fue evidenciando la conformación, crecimiento y puesta en acción de las diferentes alternativas propuestas por el ambientalismo en nuestro país. Por momentos con mayores avances, en otros casos signados por las contramarchas, y a pesar de su heterogénea conformación, sí consiguieron establecer una perspectiva ambiental –o por lo menos una preocupación– donde primara el vínculo armonioso entre los seres humanos y la naturaleza.

Procesos políticos y ambientalismo en la Argentina de los noventa

Autores como Abers, Guitiérrez, Isuani y von Büllow (2013) sostienen que existen por lo menos dos diferencias sustanciales entre la década de los noventa y los ochenta. En primer lugar, una mayor jerarquización burocrática de la máxima organización ambiental nacional en la Argentina, y por el otro, la sanción de una profusa legislación propiamente ambiental, aunque también resaltan que las transformaciones institucionales de la época no siguieron un curso lineal (p. 13). Sin embargo, y a pesar de este panorama, no puede ocultarse que recién en este momento el tema ambiental comenzó a ocupar un lugar en la agenda pública y política con mayor intensidad.

El año previo a la Conferencia de Río de 1992, se crea en nuestro país la Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano (SRNAH). Lejos de constituirse como una apuesta política certera, la creación de esta Secretaría (con rango de Ministerio) responde a las demandas internacionales que le exigían a nuestro país amoldarse a las nuevas exigencias. Ese modelo, focalizado en la idea de desarrollo sostenible, “comenzó a tomar cuerpo con el Informe Bruntland de 1987 (World Commission on Environment and Development, 1987)[11] y quedó plasmado en los principios acordados en la Conferencia Río 92” (p. 13). Entre otros autores, Alimonda (2008) sostiene que esta perspectiva de política ambiental del menemismo se benefició por la asimilación de políticas económicas neoliberales. No obstante, cabe destacar que esa política responde también “a las expectativas de obtener préstamos multilaterales y fondos de cooperación internacional sujetos a la adopción del nuevo paradigma (Acuña, 1999; Hochstetler, 2003)” (Abers, Guitiérrez, Isuani y von Büllow, 2013, p. 13).

Posteriormente, con la reforma constitucional de 1994, fueron incluidos los derechos ambientales en nuestra Constitución Nacional. El artículo 41 establece así que

  • Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras, y tienen el deber de preservarlo. El daño ambiental generará prioritariamente la obligación de recomponer, según lo establezca la ley.
  • Las autoridades proveerán a la protección de este derecho, a la utilización racional de los recursos naturales, a la preservación del patrimonio natural y cultural y de la diversidad biológica, y a la información y educación ambientales.
  • Corresponde a la Nación dictar las normas que contengan los presupuestos mínimos de protección, y a las provincias, las necesarias para complementarlas, sin que aquéllas alteren las jurisdicciones locales.
  • Se prohíbe el ingreso al territorio nacional de residuos actual o potencialmente peligrosos, y de los radiactivos.

        El artículo 43 también se pronuncia sobre estos temas al dictaminar que

        • Toda persona puede interponer acción expedita y rápida de amparo, siempre que no exista otro medio judicial más idóneo, contra todo acto u omisión de autoridades públicas o de particulares, que en forma actual o inminente lesione, restrinja, altere o amenace, con arbitrariedad o ilegalidad manifiesta, derechos y garantías reconocidos por esta Constitución, un tratado o una ley. En el caso, el juez podrá declarar la inconstitucionalidad de la norma en que se funde el acto u omisión lesiva. Podrán interponer esta acción contra cualquier forma de discriminación y en lo relativo a los derechos que protegen al ambiente, a la competencia, al usuario y al consumidor, así como a los derechos de incidencia colectiva en general, el afectado, el defensor del pueblo y las asociaciones que propendan a esos fines, registradas conforme a la ley, la que determinará los requisitos y formas de su organización […].

        Además, los artículos 75 (inciso 18) sobre propiedad de la tierra y exploración de ríos, y el 124 sobre el dominio provincial sobre los recursos naturales complementan estas nuevas normativas en materia ambiental en nuestro país durante la década de los noventa. Pese a estas incursiones en política ambiental y teniendo los fondos necesarios para poder elaborar una legislación ambiental, durante los gobiernos de Menem no fueron tratados ninguno de los proyectos presentados ante el Congreso.

        En este punto, seguimos a Leff (1986), quien sugiere que la cuestión ambiental se manifiesta como un síntoma y un cuestionamiento acerca del modelo de civilización erigido por encima del conjunto de factores que constituyen a las sociedades modernas. Tanto el ambiente como los recursos naturales forman parte del desarrollo político-económico y cultural de las sociedades. En consecuencia, las condiciones propias de los modos de producción capitalista precisan también del equilibrio ecológico, del usufructo consciente de los recursos naturales renovables y no renovables, de su reproducción y reciclaje (p. 317). En este sentido, se afirma que la cuestión ambiental incumbe tanto a los órganos del Estado como a los aparatos ideológicos y a la sociedad civil, siendo la participación de esta última crucial en la configuración de nuevas relaciones de poder y estrategias.

        Nuestro país no resulta ajeno, como ya mencionamos, a la emergencia de una nueva conciencia social y ambiental. Los movimientos ambientalistas surgieron, de esta forma, como resultado de diferentes y complejos procesos de destrucción de la naturaleza, opresión social y transformaciones políticas (p. 367). Frente al contexto expuesto con anterioridad, podemos decir que el movimiento ambientalista en la Argentina también forjó su proyecto en el marco de un enredado proceso de reconstrucción y restauración de las fuerzas políticas y del orden económico (p. 368).

        En este aspecto, el ambientalismo junto al desarrollo sostenible se direccionan hacia “la reforma del Estado, la normatividad ecológica de la tecnología y la capitalización de la naturaleza” (p. 369). Hacemos mención a la sostenibilidad dado que es un concepto que implica, por un lado, hablar de todas las acciones que se llevan adelante para impedir que el entorno natural se degrade, mientras que, por otra parte, también conlleva la protección y conservación del ambiente. Como sostiene Boff (2013), estos recaudos o medidas “implican que el bioma esté en condiciones no solo de conservarse tal como es, sino que además pueda prosperar, fortalecerse y co-evolucionar” (p. 34). Pero teniendo en cuenta no solo el proceso de preservación, protección y conservación de los recursos naturales para el beneficio de las generaciones presentes y futuras, sino considerando estos aspectos junto a los procesos que permitan también conservar y desarrollar las necesidades económicas, políticas, culturales y sociales junto a las ambientales de cada sociedad, nutriendo, de esta forma, un ambiente próspero en todos los ámbitos, tanto para las generaciones actuales como futuras.

        La primera vez que se comenzó a hablar de desarrollo sostenible fue en la Conferencia de las Naciones Unidas en 1972, donde aparecen con mayor fuerza los límites del crecimiento, la alarma ecológica y las preocupaciones ambientales. Gracias a las consecutivas cumbres y asambleas realizadas por la ONU, se declararon criterios ético-políticos que instaban a los Estados a cooperar y responsabilizarse por la conservación, la protección, la integridad de los ecosistemas y el freno de la degradación ambiental. Sin embargo, esta propuesta no se canalizó dada la clara contradicción que existe entre las lógicas del desarrollo y las dinámicas del medioambiente (p. 38). Aunque cabe destacar que todos los esfuerzos no fueron en vano, puesto que estas conferencias otorgaron mayor visibilidad a los problemas ambientales globales y estimularon una creciente concientización sobre estos conflictos.

        A partir de ese momento, como resalta Boff (2013), el concepto de desarrollo sostenible[12] apareció en todos los documentos oficiales tanto de gobiernos, empresas, diplomáticos, discursos ambientalistas per se y medios de comunicación (p. 39), aun cuando eso solo responda a estrategias de marketing antes que a una transformación real.

        Reflexiones

        La transformación del mundo natural y las consecuencias que se desprenden de las formas de interactuar con la naturaleza se convirtieron en temas de permanente reflexión dentro de los estudios de/sobre historia ambiental. De esta manera, la evolución del vínculo entre sociedad-naturaleza supone pensar en las relaciones conflictivas presentes entre ambos actores, y, además, en el concepto de naturaleza al que nos referimos. En consecuencia, suele pensarse el mundo social en contraposición con el mundo natural. Sin embargo, la historia de la naturaleza también está imbricada en la historia de la humanidad. Las sociedades, de esta manera, mantienen una conexión inherente con la naturaleza; por lo tanto, conforme los seres humanos evolucionan, la relación con la naturaleza también varía junto a la representación social que tenemos de ella.

        Uno de los temas que se ha propuesto abordar la historia ambiental es, justamente, el surgimiento del pensamiento ambientalista. En nuestro caso particular, nos concentramos, desde una perspectiva latinoamericana, en estudiar su surgimiento en la Argentina. Para ello, se deben considerar la cronología de su desarrollo, los actores sociales que lo protagonizaron, las representaciones sobre la naturaleza que entraron en juego durante las diferentes etapas de su conformación, los precursores y su influencia en el pensamiento ambiental regional y local, los antecedentes directos de aquellos, el discurso generado en torno a las preocupaciones por el ambiente, las contradicciones presentes en el seno del movimiento, los conflictos a los que se enfrentaron, la construcción de redes y organizaciones no gubernamentales, la perspectiva a largo plazo que promovieron, la metodología de acción acorde al objetivo específico, la creación de una identidad de grupo, el reconocimiento del problema ambiental –causa/consecuencia– y las posibilidades concretas de resolución, el vínculo entre el contexto local e internacional de emergencia y su consolidación, el rol del Estado en el proceso, y el lugar que los medios de comunicación les brindaron a las demandas de estos movimientos ambientalistas a lo largo de cuatro décadas.

        En este sentido, cabe resaltar que los discursos ambientales se caracterizan por presentarse como fenómenos complejos, múltiples, con raíces ideológicas profundas e influenciados tanto por la experiencia individual como por la geografía, la historia y la cultura. Asimismo, se presentan como articulaciones argumentales que evidencian la interacción entre la esfera social y natural, que problematizan y otorgan sentido tanto a los riesgos ambientales a los que se enfrentan las sociedades como al deterioro de la naturaleza. De igual modo, se resalta como hecho significativo que en la Argentina este discurso en sus inicios captó la atención de espacios alternativos y, aunque se mantuvo vigente y posteriormente consiguió alcanzar un lugar en los medios nacionales, las intervenciones y el tratamiento ofrecido por estos continúa siendo –aún en la actualidad– escaso y aislado.

        La alarma por el uso de recursos naturales y su potencial escasez, el incremento de la contaminación urbana, la extinción de diversas especies animales y vegetales, entre otra decena de factores, fueron motivo de alarma y consideradas de suma importancia para algunos grupos sociales que supieron interpretar estas amenazas y riesgos contra la diversidad biológica y la vida humana. En muchos casos, este alarmismo contribuyó a gestar conciencia ambiental.

        En definitiva, en la década de los sesenta se procuró abrir el debate y se esbozaron los primeros lineamientos para discutir los parámetros con los cuales la sociedad se relaciona con su medio ambiente. Mientras que, la década siguiente, se caracteriza por el surgimiento de movimientos activos y se asientan las primeras demandas ambientalistas como producto de la emergencia de problemáticas que afectan a la naturaleza a nivel global. Estos nuevos movimientos conciben la necesidad de luchar para concientizar a la sociedad respecto del daño causado por la interacción entre los seres humanos y la naturaleza. En la década de los ochenta, esa confianza depositada en los organismos internacionales capaces de elaborar elocuentes discursos proclives a la ejecución de nuevos planes y políticas en beneficio del ambiente se diluyó. En su lugar, se generó un desafío renovado, los problemas ambientales continúan siendo los mismos que en las dos décadas anteriores. Por tanto, aún se requiere adoptar medidas efectivas por parte de los gobiernos. Finalmente, la década de los noventa permite reafirmar la deuda que tienen los seres humanos con el planeta. La sostenibilidad como salida para menguar el desequilibrio entre el “sistema-Tierra” y el “sistema-sociedad”, como plantea Boff (2013).

        La historia del movimiento ambientalista, en su génesis, conlleva la idealización de la naturaleza donde al principio se la concibe como un ente equilibrado, que se quiebra por la intervención del ser humano. Esta idea de naturaleza estática, en medio de sistemas dinámicos, sirvió en un comienzo para sentenciar diferentes actividades humanas siempre desde un supuesto ético y moral. Sin embargo, esta poética forma de entender el entorno natural contiene, por lo menos, dos fallas: en primer lugar, no toma en cuenta que el mundo natural siempre se encuentra en constante movimiento; segundo, ignora que la noción de una naturaleza prístina separada de la cultura hace imposible pensar en los vínculos que hay entre ellas, cuando en realidad los problemas ambientales se derivan de la interacción entre los seres humanos han desarrollado con la naturaleza en el pasado reciente. Una deuda que, en efecto, la historia ambiental pretende saldar. En atención a lo cual la preocupación ambiental se vincula, por un lado, con el deterioro de la naturaleza, y por otro, con el agotamiento de los recursos naturales; y, finalmente, con procesos y prácticas culturales.

        Sin duda, el pensamiento medioambiental desarrollado en la Argentina –gracias a la acción de los movimientos ambientalistas– se debe evaluar a la luz de las propuestas que fomentaron, las actividades que promovieron y las repercusiones que tuvieron sus precursores. En este punto, entonces, podemos asegurar que los valores sociales, culturales y ambientales que impulsaron se catalogan como el logro más elocuente y significativo. Esto no implica que nuestros problemas ambientales hayan desaparecido; por el contrario, permanecen y se acentúan con el decurso del tiempo porque su resolución no solo depende del abordaje que se les brinde. En consecuencia, exige reflejar las alteraciones y el deterioro del mundo natural, como también acompañar esas demandas retóricas con una modificación radical de los modos de producción y de consumo; esto implica transformar la organización social, cultural, económica y personal. Como se puede apreciar, por consiguiente, es la confluencia de procesos políticos, decisiones económicas y acciones colectivas la pauta necesaria para cargar de sentido ese discurso ambiental y enfrentar la crisis socio-ecológica actual.

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        ____ (2018). A living past. Environmental histories of Modern Latin America. New York-Oxford: Berghahn.

        Wagner, L. (2014). Conflictos socioambientales. La megaminería en Mendoza, 1884-2011. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

        Worster, D. ([1984] 2000). Transformaciones de la Tierra. Una antología mínima de Donald Worster. Panamá.

        Zarrilli, A. (2011). “Historia ambiental: nuevas miradas y perspectivas en la historiografía argentina”. En Blacha-Girbal, Noemí y Moreira, Beatriz, Producción de conocimiento y transferencia en las Ciencias Sociales. Buenos Aires: Imago Mundi Ediciones.

        ____ (2014). “Argentina, tierra de promisión. Una interpretación historiográfica de las relaciones entre la historia rural y la historia ambiental”. Revista de Historia Iberoamericana, abril.

        Zarrili, A. y Salomón, A. (comp.) (2012). Historia, política y gestión ambiental. Perspectivas y debates. Buenos Aires: Imago Mundis.


        1. CONICET/CEAR-UNQ.
        2. Hace referencia a las resoluciones de la conferencia monetaria y financiera de Naciones Unidas donde participaron 44 países. Entre las decisiones tomadas se encuentran la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, la sustitución del patrón oro por el patrón dólar y el acuerdo general de aranceles y comercio.
        3. “Cabe afirmar que el acontecimiento medioambiental surgió desde los discursos y prácticas marginales con una clara vocación de denuncia y transformación y que pronto, ante la seria amenaza desestabilizadora que implicaban, se produjo un movimiento de asimilación. A ese proceso es al que denominamos normalización e institucionalización medioambiental, y de él se deriva que, durante esos años, y los siguientes, asistamos a distintas disputas y conflictos en la lucha por (re)definir una nueva realidad marcada por la impronta ecológica” (Santamarina Campos, 2006, p. 62).
        4. Biólogo estadounidense, ecosocialista y activista político. Fue candidato a presidente de los Estados Unidos por el Partido de la Ciudadanía. Se lo considera el fundador del movimiento ambientalista en el mundo.
        5. Renombrado entomólogo estadounidense, especializado en lepidópteros (mariposas). Investigador y autor de libros sobre superpoblación humana.
        6. En 1974, la Argentina establece una Secretaría de Estado sobre Medio Ambiente, posicionándose como uno de los primeros países en contar con un organismo focalizado en la temática. Sin embargo, fue disuelta dos años más tarde por la Junta Militar, que desalojó del sector a las autoridades civiles. Tuvieron que pasar quince años para que la entidad cobrara vida nuevamente, previo a la Conferencia de Río de 1992.
        7. Se recomienda revisar la obra Conflictos socioambientales. La megaminería en Mendoza, 1884-2011, donde Lucrecia Wagner expone un estudio minucioso sobre movimientos sociales y, en particular, ambientalistas.
        8. El lector encontrará un análisis complementario en Mainwaring y Viola (1985).
        9. Fundado en San Francisco en 1891 por John Muir.
        10. El término Antropoceno fue propuesto por algunos científicos para sustituir al Holoceno, la actual época del período Cuaternario en la historia terrestre, debido al significativo impacto global que las actividades humanas han tenido sobre los ecosistemas terrestres (Martinez Alier y Wagensberg, 2017, p. 17).
        11. “En la mitad del siglo xx, vimos nuestro planeta desde el espacio por primera vez. Tarde o temprano los historiadores encontrarán que esta visión tuvo un impacto mayor sobre el pensamiento que la revolución de Copérnico del siglo XVI, la cual cambió por completo la imagen de nosotros mismos al revelar que la tierra no es el centro del universo. Desde el espacio, vimos una pequeña y frágil esfera dominada no por la actividad humana, sino por un patrón de nubes, océanos, áreas verdes y suelos. La incapacidad de la humanidad para encuadrar sus actividades dentro de este patrón está cambiando los sistemas planetarios en formas fundamentales. Muchos de estos cambios vienen acompañados de amenazas letales. Esta nueva realidad, de la cual no hay escapatoria, debe ser reconocida y gerenciada” (WorldCommission, 1987, p. 1).
        12. “Se define el desarrollo sostenible como la satisfacción de «las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades. El desarrollo sostenible ha emergido como el principio rector para el desarrollo mundial a largo plazo. Consta de tres pilares, el desarrollo sostenible trata de lograr, de manera equilibrada, el desarrollo económico, el desarrollo social y la protección del medio ambiente” (informe titulado Nuestro futuro común, de 1987, de la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo).


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