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Medio ambiente y transformación rural en la Argentina contemporánea

Incorporación de nuevas tecnologías y cambios en la agricultura argentina en los últimos 30 años. Consecuencias de trabajar con un paradigma inevitablemente incorrecto

Luis Gabriel Wall[1]

Estado de situación de la agricultura en la Argentina de comienzos del siglo xxi. Una visión

En el año en curso –2019–, la agricultura en la Argentina es un sector de gran pujanza económica que ha tenido uno de los mayores desarrollos en los últimos 30 años, convirtiendo una agricultura extensiva muy dependiente del clima y el paso del tiempo, que caracterizó la agricultura del siglo xx, en una agricultura de insumos y cada vez más mecanizada que busca obtener el mayor rendimiento de los cultivos en la misma superficie de terreno. Este desarrollo ha sido consecuencia de la incorporación de diversas tecnologías durante este período. Al menos un factor relevante de esta evolución y cambio se origina con la aparición de los asesores privados en la toma de decisiones. Estos nuevos actores, que venían a complementar los consejos que los productores agrícolas obtenían de los extensionistas del INTA, aparecieron en el ambiente con nuevas ideas que funcionaban en algunas experiencias de productores particulares. Estos conceptos, no del todo probados, no podían ser generalizados y promovidos por el INTA en tanto fuesen aún tema de experimentación. Sin embargo, a partir de la transferencia de ideas entre los asesores y grupos de productores o agricultores muy emprendedores, que en todo caso ponían su propio capital a riesgo, se realizaron pruebas locales de experiencias que se traían de otros países, entre ellas, la reducción de la labranza que conducirá al manejo en siembra directa, es decir, sembrar sobre los rastrojos del cultivo antecesor sin remover la tierra y diferentes estrategias de manejo del cultivo de la soja (mucho antes de la existencia de la soja transgénica) cuando la soja no era un cultivo central en la producción de granos a nivel mundial. Como estas experiencias locales fueron dando resultados muy positivos, sobre todo respecto del manejo del agua y mejorando el rendimiento de los cultivos, los resultados se diseminaron a través de redes donde se suele poner en común las experiencias entre integrantes de grupos de productores. En estas reuniones donde los productores comparten experiencias, suelen invitar a un especialista en el tema[2] que actúa de moderador y quien otorga fundamento académico o técnico a las observaciones compartidas. De esta manera, pareciera que en esos años ocurrió algo así como un desplazamiento del lugar de la iniciativa de las tecnologías agrícolas: antes era el INTA el que desarrollaba novedades tecnológicas y alentaba a los productores a que las incorporasen en sus procesos; luego, las tecnologías se fueron gestando entre los productores y el INTA quedó atrás, corroborando las observaciones para poder generalizar los conceptos, que por otra parte los productores ya tenían más que internalizados[3].

Para muchos de los actuales actores del sector agrícola y el general de la gente, la agricultura moderna en la Argentina es un sistema basado en la producción de la soja que depende de un gran consumo de agroquímicos. Esto no es necesariamente el único camino de hacer agricultura moderna y sustentable, como discutiremos a lo largo de este capítulo. La agricultura moderna de fines del siglo xx y comienzos del xxi se resume en una serie de conceptos que aparecen como sinónimos de la tecnología que se ha incorporado al campo en los últimos años: nuevos híbridos, variedades transgénicas, glifosato, fertilizantes, agroquímicos y la participación de grandes multinacionales. Una nueva identidad para el sector agropecuario, donde los destinos de la agricultura parecen hoy estar más dirigidos por los agronegocios que por la agricultura misma. Aparentemente no hubo, ni hay, políticas públicas concertadas que hayan acompañado estos cambios. Todo indica que el desarrollo del sector en estos últimos años va por delante de las políticas relativas al agro: ley de semillas, ley de bosques, ley de suelos, todos temas que se discuten una vez que el problema está por demás instalado y en la que claramente entran en juego importantes intereses económicos que parecen estar por encima de los intereses del bien común; claro ejemplo es lo que sucedió con la demorada ley de bosques y más aún demorada o amainada aplicación que no logró evitar la destrucción de enormes superficies de bosques nativos del norte de nuestro país. Esto no es privativo de la Argentina: la deforestación en grandes superficies de la selva amazónica es probablemente aún peor.

La soja divide pasiones como el fútbol: o es la gallina de los huevos de oro del país o es la peor calamidad y tragedia ambiental y paisajística que nos pueda haber sucedido. Personalmente, creo que no se trata ni de una cosa ni de la otra. También cabe la lectura de que quizás ambas apreciaciones sean ciertas y se ha generado un dilema.

El problema no es consecuencia de la introducción de la tecnología. El problema no es la soja, sino la gestión del cultivo de la soja que se ha realizado en el país en los últimos 25 años con conocimientos incompletos, inevitablemente incompletos, como describiremos en la sección que sigue. El problema parece agravarse cuando se hacen disponibles nuevos conocimientos que permiten manejar de mejor manera el sistema de producción agrícola pero no se los utiliza para generar nuevas políticas públicas o actualizar las existentes de modo que acompañen un mejor desarrollo de la agricultura, un desarrollo sostenible en el tiempo y amigable con el medio ambiente y la salud humana. Por ejemplo, la ley de suelos argentina 22428 fue sancionada en el año 1981, época en la que el conocimiento de la biología del suelo, de la microbiología del suelo en particular, era prácticamente inexistente. El conocimiento actual de los microbiomas del suelo que determinan el funcionamiento de los cultivos (ver más adelante en este mismo capítulo) es más que suficiente para que al menos se genere una modificación o actualización de esta. Nadie habla de ello a mediados de 2019, a pocos meses de una nueva elección presidencial.

El contexto epistemológico histórico

La agricultura del siglo xx se manejó sobre la base de un paradigma de bases fundamentalmente químicas desarrollado a partir del conocimiento de la fisiología vegetal de los años 40, donde el desarrollo de las plantas se podía resumir en un proceso de absorción de nutrientes minerales a partir de la solución del suelo, seguido de un proceso de asimilación de esos nutrientes en sustancias biológicas que determinan el desarrollo de la planta. En este paradigma, la planta se desarrolla a partir de agua y minerales que obtiene del suelo y obviamente de su propia fotosíntesis, que transforma el dióxido de carbono del aire en biomasa vegetal. En este esquema de funcionamiento del sistema, los minerales que la planta absorbe se restituyen en el suelo por posterior transformación y degradación de la materia orgánica por los microorganismos del suelo. Con la cosecha del cultivo, la biomasa vegetal desarrollada se lleva a otro lugar y estos nutrientes del suelo transformados en granos o fibras no vuelven al suelo. De esta manera, el sistema se convierte en un proceso extractivo donde el suelo se va empobreciendo con la sucesión de cultivos.

En este esquema de manejo de la agricultura, se utiliza la labranza del suelo para airear el suelo, hacerlo más suelto y permitir así el desarrollo de las raíces de las plantas que se cultivan para que estas logren un mejor aprovechamiento del agua y una mayor capacidad de búsqueda de nutrientes en el suelo. El agotamiento de los nutrientes del suelo se puede resolver de diferentes maneras. La más sencilla es cambiar de lugar de cultivo. La otra es reponer los nutrientes químicamente.

En el primer esquema de solución, una vez agotado un suelo, se busca otro mejor. Esto lleva a conflictos entre la conservación de los bosques nativos o las praderas prístinas y la expansión de la frontera agrícola. Cuando esto ocurre sin políticas públicas claras que contemplen el manejo integral del ambiente y el territorio del país e impulsado por los negocios, ocurren desastres ambientales y sociales en el sentido más amplio de la palabra[4].

En el segundo esquema de solución, se reponen al suelo los nutrientes en forma química. Los nutrientes más importantes y limitantes para el desarrollo de las plantas (denominados macronutrientes) son el nitrógeno y el fósforo. El problema del fósforo se resuelve con minerales que se extraen de rocas ricas en este elemento químico. El problema del nitrógeno es más complejo pues el nitrógeno como elemento químico en nuestro planeta se encuentra como gas nitrógeno, formando parte de la atmósfera, constituyendo el 78 % de esta. Esto solo fue posible a partir de mediados del siglo xx, luego de que Fritz Haber (premio nobel en química de 1918) y Carl Bosch (premio nobel en química de 1931) desarrollaran el proceso de transformación industrial del nitrógeno del aire, cuya fórmula es N2, en amoníaco, cuya fórmula es NH3. Este proceso industrial de la síntesis de Haber Bosch constituye un hito de la industria química y se caracteriza por tener una alta dependencia de combustibles fósiles, ergo, un alto costo.

A partir del amoníaco, se fabricaron detonantes de explosivos para las guerras y las mismas sustancias o parecidas como la urea que se fabrica industrialmente a partir de amoníaco funcionan como excelentes fertilizantes nitrogenados para las plantas.

En la década del 60, la crisis del petróleo produjo un enorme aumento en el costo de los fertilizantes nitrogenados de origen industrial y eso determinó que la ciencia, a nivel mundial, hiciese particular foco en el tema de la fijación biológica de nitrógeno y las leguminosas para generar conocimiento que pudiera reemplazar de un modo menos costoso la fertilización nitrogenada de base industrial. La solución vino de la mano de las leguminosas, que son plantas que, asociadas con unas bacterias, incorporan el nitrógeno del aire y no requieren fertilización nitrogenada.

La soja es una leguminosa, una planta que crece aprovechando el nitrógeno de la atmósfera[5] y convirtiéndolo en proteínas que se almacenan en sus porotos que luego se pueden transformar en proteína animal o humana. La soja es una fuente de alimentos muy noble.

La soja y las leguminosas en general entraron como elementos importantes en la agricultura por esta capacidad de fijar biológicamente el nitrógeno del aire, reduciendo al menos parcial y potencialmente las necesidades de fertilización nitrogenada a partir de la síntesis industrial dependiente del petróleo como fuente de energía.

Así descrita, la agricultura del siglo xx que llega hasta nuestros días se desarrolló sobre la base de los conocimientos de la fisiología vegetal y los avances de la industria química. Se puede hacer una analogía directa entre el paradigma de la agricultura y el de la medicina occidental que maneja la salud humana sobre la base del conocimiento de la fisiología del cuerpo humano y la química de los medicamentos o la farmacología. En ambos casos, se puede reconocer un modelo mecanicista basado en el desarrollo de la bioquímica luego de la Segunda Guerra Mundial. Estos paradigmas implican sistemas de salud y desarrollo que contemplan la nutrición del sistema vía la alimentación correspondiente y el manejo de sustancias químicas para suplir deficiencias o combatir daños y agentes causantes de enfermedades. Mientras que el paradigma de la salud humana busca extender las expectativas de vida y la calidad de vida de los seres humanos, el paradigma de la agricultura persigue una producción cada vez más eficiente en términos comerciales de alimentos, fibras, materiales de construcción y combustibles.

Estos paradigmas consideran al individuo, planta o ser humano en relación con el ambiente físico y químico que lo rodea. En el modelo epistemológico de ambos casos no entran como parte del sistema los microorganismos asociados al ser humano ni a las plantas, simplemente porque no se conocían. Podemos decir que es un modelo correcto, coherente, en el marco del conocimiento y la cultura occidental del siglo xx.

El siglo xxi se caracterizó desde sus comienzos por una revolución epistemológica en la ciencia de la microbiología, descubriendo lo que hasta este momento se había ignorado por no ser visto ni detectado: el 98 % de los microorganismos que viven en el planeta, en las plantas y en nosotros mismos. Este nuevo conocimiento que lleva a comprender, por ejemplo, el funcionamiento del suelo y de las plantas de otra manera, va a cambiar radicalmente la mirada sobre los sistemas y su funcionamiento, en los años venideros. Por eso antes hablaba de un inevitable desconocimiento en los desarrollos de la agricultura del siglo xx.

El desarrollo del sector agropecuario en la Argentina después de las grandes guerras mundiales tuvo un estímulo muy grande en la demanda de alimentos por parte del resto del mundo. Esta demanda nos convirtió como nación en una metáfora: la Argentina como el granero del mundo.

En épocas más recientes (década de los 90 del siglo xx), la agricultura extensiva introduce un primer invento derivado del conocimiento de la biología molecular que se desarrolló como disciplina luego de la descripción de la estructura del ADN por Watson y Crick en 1953. Luego, conocer cómo funcionaba el ADN y cómo se procesa la información genética llevó a la posibilidad de manipular el material genético de un organismo y así llegamos al invento revolucionario mencionado antes, que fue la creación de la variedad de soja transgénica resistente al herbicida glifosato[6], por parte de la empresa Monsanto. Luego de la aprobación de la soja transgénica para su cultivo en la Argentina, en la década de los 90, la soja RR se incorporó al sistema de producción agrícola y en poco tiempo se generaron grandes cambios en el sector agropecuario y en el paisaje agrícola argentino, por la enorme expansión que este cultivo tuvo en nuestro país.

Pero el ordenamiento histórico de los hechos más recientes, según los cuentan los protagonistas de la agricultura argentina de fines del siglo xx, muestra que todo ha sido consecuencia de una sucesión de eventos independientes e inconexos inicialmente, que fueron buscando soluciones a diferentes problemas, hasta que la combinación de factores económicos condujo a que la soja RR se convirtiese en algo así como una plaga “agricultural”. Pero vayamos en orden describiendo las incorporaciones de tecnologías y resolución de problemas en la agricultura argentina de fines del siglo xx para tratar de comprender mejor el presente y pensar potenciales acciones en el futuro.

La siembra directa

Vimos más arriba que el nutriente más importante para las plantas es el agua. El manejo del agua de las lluvias que se acumula en los suelos ha sido y es un arte de los ingenieros agrónomos. Con este primer objetivo, a fines de los años 80, la siembra directa comenzó a experimentarse en la Argentina por un grupo de agricultores pioneros, buscando lograr un mejor manejo del agua en sus barbechos. Con el paso del tiempo, estos pioneros descubrieron, en colaboración con investigadores del INTA que se sumaron a los ensayos, que una agricultura manejada sin labrar la tierra y acumulando rastrojos de los cultivos cosechados en la superficie del suelo permitía manejar mejor el recurso agua acumulada en el perfil del suelo, fundamental para cualquier cultivo. Los resultados de esos primeros ensayos permitieron observar también mejoras en la calidad química del suelo, en particular en el contenido de materia orgánica y estructura física del suelo, sobre todo cuando se lo comparaba con los manejos tradicionales basados en la labranza del suelo. La razón de la labranza del suelo fue y es fundamentalmente lograr un control de malezas que no compita por los nutrientes del suelo con el cultivo de interés y que no complique la cosecha. Adicionalmente, se pensaba que incorporar los rastrojos al suelo por el mezclado de la tierra con la labranza era beneficioso en el sentido de incorporar materia orgánica al suelo. Sin embargo, esto último no se verifica tal como se pensaba, y con el tiempo se comprendió que la labranza por arado del suelo aumentaba los procesos de degradación del rastrojo, transformándolo en dióxido de carbono (CO₂) que se libera a la atmósfera y que tiempo después lo encontramos responsable del efecto invernadero y de los problemas del calentamiento global y el cambio climático.

Estos primeros pasos de la siembra directa en la Argentina son contados en primera persona por uno de los pioneros de esa época, el Ing. Agr. Hugo Ghio, de Corral de Bustos (provincia de Córdoba), quien me compartió el libro de resúmenes y trabajos del primer congreso sobre siembra directa que se hizo en el país en el año 1977. En dicho libro se describieron y discutieron por primera vez todos estos conceptos, con significativa participación de investigadores del INTA-Marcos Juárez, atraídos por esos ensayos y los resultados que iban surgiendo. Como comenté al inicio, estos trabajos se originaron en nuestro país por iniciativa y curiosidad de un grupo de productores agrícolas e ingenieros agrónomos, siguiendo la información provista por asesores privados, tomando como referencia algunos ensayos realizados en los Estados Unidos en los años 1974-1975.

El nuevo problema emergente fue cómo resolver el control de las malezas mientras estas mejoras en la gestión del agua y la calidad del suelo se sucedían. Para ello, se buscó una solución mecánica desarrollando nueva maquinaria apropiada para desmalezar el lote, según cuenta otro pionero del desarrollo de la siembra directa en la Argentina, el Ing. Agr. Jorge Romagnoli, de Monte Buey (provincia de Córdoba). Para este productor que marca tendencia desde el sur de Córdoba, el problema más grande en el momento de la adopción de la siembra directa fue encontrar una tecnología para controlar las malezas sin hacer uso de los herbicidas conocidos por entonces, muy costosos y tóxicos para el ambiente y para el trabajador agropecuario. Los primeros desarrollos en este sentido fueron novedosas desmalezadoras. Mientras los “fierreros”[7] buscaban las soluciones a los problemas, en otros lugares se gestaban otras historias en busca de otro tipo de soluciones.

En el seno de la empresa Monsanto, en 1970, John E. Franz descubrió el glifosato. El glifosato es un herbicida biodegradable que venía a reemplazar a herbicidas muchísimo más agresivos y dañinos para el medio ambiente. El glifosato inhibe una vía metabólica esencial en muchas plantas para la síntesis de aminoácidos aromáticos. Sin el funcionamiento de esa ruta metabólica, las plantas se mueren. Este tipo de mecanismos de inhibición de rutas metabólicas esenciales en el organismo no deseado (patógeno, parásito o maleza) es una estrategia muy común en la búsqueda de remedios para diferentes tipos de enfermedades. Lo mismo ocurre con los antibióticos y medicamentos para controlar nuestras enfermedades y recuperar nuestra salud. El glifosato es un derivado del aminoácido glicina, una sustancia común en todos los organismos vivos, por lo cual existen muchos microorganismos capaces de degradar al glifosato, es decir, capaces de alimentarse a base de glifosato haciendo desaparecer al glifosato del medio ambiente. El glifosato aparece en el mercado en los años 80. Según Jorge Romagnoli, el glifosato per se se constituyó en una de las incorporaciones tecnológicas más importantes de los últimos años y fue el factor decisivo, como herramienta, que el productor estaba necesitando para resolver sus problemas de malezas y gestión de los cultivos y poder así adoptar el sistema de agricultura en siembra directa. Esta tecnología mejoraba la gestión agrícola con muchísimo menos impacto ambiental aunque requería de un conocimiento complejo para manejar correctamente el producto y los tiempos de aplicación. El problema era el precio del glifosato, que se hacía prohibitivo para la producción argentina, y su uso se restringía a situaciones de muy alta necesidad o donde todas las otras herramientas de manejo mecánico fracasaban. Es importante, en términos históricos, remarcar que este hito histórico de disponibilidad del glifosato es anterior al boom de la soja y es independiente del desarrollo de la soja en nuestro país.

La llegada de la biotecnología a la agricultura

1. La soja RR

Otra historia que se desarrollaba en forma paralela a los hechos anteriores y en forma totalmente independiente al descubrimiento del glifosato y a la adopción de la siembra directa en la Argentina tiene que ver con el avance del conocimiento en la biología molecular de las plantas. Durante la ferviente época de desarrollos de conocimientos bioquímicos y de biología molecular de los años 70, en el año 1974 el Dr. Marc van Montagu, un investigador belga, descubría que en la naturaleza existe la transferencia de genes entre organismos de diferentes reinos, organismos pertenecientes a diferentes categorías biológicas en el árbol de la vida. La transferencia genética dejaba de ser un acontecimiento privativo de la herencia de padres a hijos y se descubría la transferencia de genes de un organismo a otro de naturaleza muy diferente. En particular, este científico estudiaba el caso del pasaje de información genética de una bacteria a una planta. Van Montagu descubrió el mecanismo bioquímico que explica la formación de tumores en las bases del tallo de las plantas por la introducción, en el genoma de la planta, de genes de origen bacteriano que redireccionan el funcionamiento de la célula vegetal para alimentar a la bacteria. La bacteria que produce esta enfermedad de la planta se llama Agrobacterium tumefaciens. En la infección de la planta por Agrobacterium tumefaciens, la bacteria logra tomar el control del sistema hormonal de la planta, por transformación genética. De este modo, la planta atacada genera tumores que producen una sustancia extraña para la planta, llamada opina, que se produce en cantidad para alimentar a la bacteria Agrobacterium tumefaciens. Hasta ahí, se trata de la descripción de un mecanismo de interacción planta-bacteria muy fascinante por los resultados de la interacción y la naturaleza del mecanismo que explica el desarrollo de la enfermedad. Sin embargo, esto no quedó allí, y el Dr. van Montagú descubrió que se podía reemplazar, por técnicas de ingeniería genética[8], el gen que la bacteria introducía en la planta por cualquier otro gen. El descubrimiento de van Montagu mostró que solamente era necesario conservar los extremos del ADN que flanqueaban esa región genética que se quería introducir en el genoma de la planta. Esta posibilidad de manipular genes de un lugar a otro dio origen a lo que hoy se conoce como biotecnología, una tecnología que puede, entre otras cosas, expresar genes de un organismo en otro.

Una vez que este conocimiento se hizo público a través de artículos publicados en revistas científicas y su corroboración en diferentes laboratorios, algunos investigadores trabajaron sobre la aplicación de esta técnica. Para ello, buscaron en plantas que son resistentes al herbicida el gen que evita el efecto inhibitorio del glifosato. Una vez aislado dicho gen, se lo introdujo en el genoma de la soja aprovechando los conocimientos desarrollados por Montagu y se obtuvo la variedad resistente al glifosato. Este desarrollo tecnológico tuvo lugar en la empresa Monsanto. De este modo, Monsanto juntó varios conceptos en una nueva herramienta agrícola inventando el “kit de la agricultura fácil”: una semilla que puede ser sembrada en presencia del herbicida, de modo que la semilla germina y el cultivo crece libre de cualquier maleza competidora.

El glifosato ya estaba en el mercado desde hacía tiempo, pero era caro. En 1996, Monsanto presenta al mercado de semillas la soja transgénica resistente al glifosato, llamada “soja RR” por la resistencia al Roundup, que era el nombre comercial del glifosato producido por Monsanto (o como el marketing de Monsanto proclamaba, una soja “lista para el glifosato” –Ready for Roundup–). Para promover la adopción de la soja RR, aprobada en 81 días en nuestro país en el año 1996 (menos tiempo de lo que dura un cultivo de soja), Monsanto bajó significativamente los costos del Roundup en Sudamérica a valores que generaron protestas en los Estados Unidos. Si a esta combinación de bajos costos de insumos y sistema de sencillo manejo le sumamos una demanda creciente de soja por parte de los países asiáticos y un aumento de su valor en comodities a cifras récord, resulta sencillo comprender cómo todos esos factores llevaron a una adopción de la soja RR de forma casi inmediata en Sudamérica y Norteamérica, los continentes productores de granos para el mundo. En 2005, el 85 % de la soja comercializada en los Estados Unidos era soja RR y en la Argentina y el Brasil superaba por lejos el 90 %. Esos eventos transgénicos se aprobaron por los gobiernos de turno en los años 90 y los dividendos generados por la exportación de soja a grandes mercados como el chino hicieron el resto. Los productores y los gobiernos de los países con su agroindustria floreciente se llenaron de dinero e hicieron uso y abuso del sistema de la soja, a la que criticaban en los medios pero que aprovechaban en los dividendos que se generaban a costa de un ambiente que se degradaba. Pocos pensaron en la sostenibilidad del proceso a futuro y en el cuidado del suelo, recurso indispensable para la agricultura.

La soja, una leguminosa noble que participa del ciclo del nitrógeno y que puede no solo generar alimento como proteína vegetal sino también materia prima para el desarrollo de biocombustible con el tiempo se transformó en un factor más de división de opinión en los pueblos que la producen. El problema fue el abuso del sistema de la soja RR y el descontrol, por falta de políticas públicas concertadas entre los diferentes sectores, en el uso del suelo, que aún continua. El monocultivo de soja está arrasando con el continente americano. El abuso del sistema –y por consiguiente el abuso del glifosato– trajo nuevos problemas no previstos: la deforestación de selvas y bosques nativos que limitaron la capacidad pulmonar del planeta y alteraron los ecosistemas respectivas y la intoxicación de pobladores por incorrecta aplicación o exceso de agroquímicos en cercanías de zonas pobladas, generando una creciente y genuina preocupación en la opinión pública[9] que comienza a considerar a los agroquímicos como agrotóxicos.

2. Los biofertilizantes

Además de los cultivos transgénicos, que claramente son la imagen más potente de la biotecnología en la opinión pública, hay otros desarrollos tecnológicos que se incorporaron en los últimos años: los biofertilizantes. Los biofertilizantes, actualmente denominados bioinsumos, son productos fabricados a partir de cultivos de microorganismos aislados del suelo que actúan como probióticos o estimulantes del desarrollo para las plantas. Todo indica que muy probablemente el futuro de la agricultura se maneje más con bioinsumos que con agroquímicos. Es decir que los productos químicos irán siendo reemplazados por productos biológicos, de acciones más específicas, con menos efectos colaterales indeseados y más amigables con el medio ambiente.

El primer bioinsumo y o biofertilizante desarrollado también se emparenta con la soja, o mejor dicho, con las leguminosas, y fue el desarrollo de inoculantes para leguminosas a principios del siglo xx. La fijación biológica de nitrógeno, es decir, la transformación del gas nitrógeno del aire en nitrógeno orgánico y biomasa vegetal, fue descubierta a fines del siglo xix[10]. El descubrimiento resultó de la observación y el análisis de los nódulos que presentan las raíces de las leguminosas (arveja, poroto, soja, alfalfa y trébol, entre otros ejemplos) que resultan indispensables para la nutrición nitrogenada de las plantas y que las convierte en independientes del nutriente nitrogenado provisto por el suelo. En términos agrícolas, estos nódulos radiculares de las leguminosas las hacen independientes del uso de fertilizantes nitrogenados en los cultivos. Los nódulos radiculares constituyen un sistema simbiótico con bacterias genéricamente llamadas rizobios, que son las responsables de la transformación del gas nitrógeno en amoníaco que luego es asimilado por la planta. Los rizobios se pueden aislar a partir de estos nódulos radiculares y se pueden cultivar en el laboratorio y en fermentadores. Con estos cultivos se producen inoculantes que se utilizan para tratar las semillas de leguminosas antes de la siembra de modo de asegurarles una buena nodulación radicular eficiente en la fijación biológica del nitrógeno.

Si bien este conocimiento microbiológico y de fisiología vegetal se conocía desde fines del siglo xix, es recién en la década de los 60, con la crisis del petróleo de esos años, que se impulsa la investigación en la fijación biológica de nitrógeno como una alternativa más económica y ecológica para enfrentar los grandes costos que implicaban la síntesis industrial de amoníaco por el proceso de Haber-Bosch, totalmente dependiente de energía fósil. Como resultado de ese impulso en la investigación de la simbiosis entre rizobios y leguminosas, que se instaló como tema de interés científico internacional que llega hasta el presente, se generaron grandes colecciones de aislamientos de rizobios con los que se desarrollaron inoculantes para leguminosas. Esto generó nuevos negocios de bioinsumos en todo el mundo. En nuestro país, esta industria también floreció a fines del siglo xx y continúa haciéndolo.

El uso de la microbiología para mejorar el desarrollo de los cultivos se amplió también en la década de los 80 con el descubrimiento de bacterias promotoras del crecimiento vegetal denominadas mundialmente como PGPR, por su sigla en inglés (Plant Growth Promoting Rhizobacteria). Los mecanismos de acción de estas bacterias PGPR se pueden dividir en dos grandes grupos: 1) los de acción directa, que estimulan el desarrollo por la vía de acción de tipo hormonal o nutricional sobre las plantas y 2) los de acción indirecta por aliviar el estrés biótico (enfermedades) o abiótico (estrés salino o hídrico) que pueden sufrir las plantas en cultivo, estrés que condiciona su desarrollo.

La adopción de la tecnología de inoculantes de PGPR, que es de amplio espectro, pues no se restringe a las leguminosas, sino que se puede aplicar a todo tipo de planta, gramíneas u hortícolas e incluso leguminosas, no fue tan exitoso como el de los inoculantes de rizobios, pues su manejo es un poco más delicado. Algunos resultados negativos al campo, por mal manejo del inoculante, alejaron al productor respecto de la adopción de esta tecnología. Esta situación de poca adopción de estos bioinsumos se está revirtiendo en la actualidad, impulsada por otros factores de presión que describiremos a continuación.

Los nuevos problemas de la agricultura y el desarrollo de nuevas respuestas en el marco de viejos paradigmas

La agricultura en Europa no adoptó la siembra directa y tampoco adoptó el uso de cultivos transgénicos. En cambio, mantuvo una agricultura de labranza basada en un fuerte consumo de fertilizantes químicos y agroquímicos para el control de malezas y enfermedades, que generaron (en particular el abuso de los fertilizantes químicos) importantes problemas ambientales de contaminación de las napas de agua. Esto promovió el desarrollo de una agricultura orgánica donde los fertilizantes químicos se reemplazaron por fertilización orgánica como estiércol o efluentes de criaderos de aves o de tambos. Este cambio generó otros y nuevos problemas, como la promoción de las resistencias a antibióticos y la aparición de microorganismos eventualmente patógenos para el hombre en los alimentos generados en la agricultura orgánica.

Estos resultados dieron origen a grandes programas de investigación y desarrollo europeo alrededor del concepto de seguridad alimentaria en el siglo xxi. Como vemos, la producción de alimentos y la agricultura no son sistemas sencillos ni se encuentran resueltos por la humanidad cuando se pone en la ecuación el manejo integral incluyendo al ambiente y a la salud humana.

Una de las consecuencias de estos problemas aparecidos en Europa impulsó muy serias políticas de reducción gradual, hasta la prohibición total de uso de ciertos agroquímicos en la agricultura europea. Esta situación reglamentaria obliga al sistema a encontrar nuevas herramientas de manejo para reemplazar a las problemáticas. La política de restricción de uso de agroquímicos también genera estándares de calidad para los productos alimenticios que Europa importa de otros países, en lo que se refiere a los niveles aceptables de sustancias químicas presentes en los alimentos. El conjunto de estas políticas ha impulsado significativamente el trabajo y la investigación sobre el desarrollo de bioinsumos para el agro, tanto en Europa como en otros lugares del mundo, incluso en la Argentina.

Volviendo a nuestra región, la agricultura moderna basada en la adopción de tecnologías como la siembra directa y el uso de cultivos genéticamente modificados cambió los paradigmas de la agricultura en nuestro país y en la región. Este cambio, que dio un impulso muy grande al desarrollo de la agricultura y a las economías de la región (como sucedió en Europa con el uso de los fertilizantes químicos en la segunda mitad del siglo xx), con el tiempo dio lugar a la aparición de nuevos problemas que antes no existían.

El monocultuivo de soja desarrollado sobre la base de un uso continuo de glifosato describe un escenario con dos grandes factores de presión de selección biológica (en términos darwinianos del mecanismo de la evolución por selección natural): la planta de soja y el glifosato. La planta de soja cultivada en forma continua sobre un mismo suelo con el tiempo va a seleccionar y desarrollar en el ambiente un aumento en la densidad de las poblaciones de microoganismos que viven a expensas de la planta de soja. Algunos de estos microorganismos son hongos considerados patógenos porque se alimentan de la planta de soja, desarrollando enfermedades de la soja. Las pérdidas de productividad por estas enfermedades originadas en el suelo son muy grandes y generan la necesidad de nuevas herramientas de control. Estas nuevas herramientas de control surgieron de la industria química con el desarrollo de nuevas moléculas para combatir a estos agentes patógenos. Se amplía así la farmacopea agrícola en productos fungicidas y plaguicidas: más agroquímicos que se vuelcan al ambiente y que no solo destruyen al agente patógeno sino que pueden actuar sobre otros organismos del sistema biológico, que como veremos luego, son benéficos para el desarrollo del cultivo.

El glifosato, por su parte, que actúa como herbicida inhibidor del desarrollo de malezas, por su persistencia en concentraciones variables, va seleccionando en el ambiente especies de plantas que son resistentes al efecto del glifosato y que por lo tanto se desarrollan en presencia de este y se convierten en especies invasoras o malezas indeseadas en el lote destinado al cultivo, malezas que ahora la “herramienta glifosato” es incapaz de controlar. El nuevo problema se viene resolviendo con nuevos herbicidas y combinaciones de productos más potentes e incluso potencialmente tóxicos para el cultivo que se va a implantar en el lote tratado, con lo cual hay que manejar muy bien los tiempos de aplicación y de espera para la siembra. La agricultura ha dejado de ser tan sencilla.

Las enfermedades se combaten con antifúngicos destinados a matar a los hongos, entre ellos los hongos patógenos. Las malezas resistentes se combaten con combinaciones de diferentes herbicidas que juntos potencian su acción. En ambos casos, la solución proviene de la química industrial. El sistema de producción agrícola se hace así cada vez más dependiente de insumos químicos que deben ser agregados al suelo, semilla o cultivo. La residualidad de estas sustancias en el ambiente y su inespecificidad sobre el organismo problema, o dicho de otra manera, su amplio espectro de acción, conducen a un escenario cada vez más cargado de productos químicos y de desbalances biológicos por pérdida de elementos del sistema por acción inespecífica de estos agroquímicos.

De alguna manera, la agricultura sencilla y económicamente muy rendidora del “kit de soja RR-glifosato” de principios de siglo xxi se convirtió, en menos de 20 años, en un sistema muy dependiente de nuevas drogas químicas para controlar la situación.

En este punto, es importante llamar la atención sobre la evolución del manejo agrícola: el control no se va logrando por resolución de la causa, sino por alivio del síntoma.

El azar y la necesidad conducen al planteo de nuevos paradigmas

Los años de bonanza económica y crecimiento exponencial de la economía de la soja en nuestro país a comienzos del siglo xxi llevaron a los productores agrícolas más responsables e inquietos por el desarrollo de su sector a buscar en nuestro propio país mayor tecnología para incorporar a la agricultura. La situación inédita en términos de la historia del desarrollo de la ciencia en nuestro país generó una demanda genuina del sector productivo al sector científico. El sector productivo estaba dispuesto a financiar el desarrollo de la ciencia argentina. Esto se tradujo en reuniones de discusiones de temas varios, en las que confluían científicos líderes de grupo, ya reconocidos en el sistema científico del CONICET y SECyT, empresarios, productores agrícolas y en algunas oportunidades también funcionarios de la Secretaría de Ciencia y Tecnología. El producto de estas reuniones resultó en una convocatoria de la Secretaría de Ciencia y Tecnología de la Nación, en agosto del año 2006, a la presentación de Proyectos de Áreas Estratégicas (PAE), que por primera vez planteaba como condición de presentación a esta la conformación de un consorcio integrado por instituciones académicas y actores del sector productivo. Los montos que se concursaban como subsidios para los proyectos, aportados por el sector productivo y la SECyT de un 50 % cada uno, resultaban excepcionales en la historia del desarrollo de la ciencia argentina, con valores de hasta 3 millones de dólares para propuestas de cuatro años. La convocatoria ponía en concurso un total de 11 subsidios, pero la naturaleza de los temas era abierta y la selección se iba a establecer sobre los criterios de calidad y pertinencia que había que cumplir y que fueron sometidos a evaluación externa. En la convocatoria se aclaraba que iba a haber no más de un PAE por tema o área disciplinar y que, en caso de haber propuestas en temas similares de calidad similar, la SECyT podía plantear la fusión de las propuestas para generar un único PAE. La respuesta a la convocatoria fue muy buena y superó las expectativas, a tal punto que, finalmente, la SECyT decidió duplicar el número de subsidios aprobados bajando los montos asignados a la mitad. Lo interesante de esta historia fue que en el único caso en que resultaron seleccionados y financiados dos proyectos del mismo tema fue en biología de suelos, donde dos consorcios independientes hicieron propuestas de alguna manera complementarias para estudiar la biología del suelo en los manejos en siembra directa buscando aplicar las últimas tecnologías y los conceptos más modernos de la ciencia en este tema. Con estos proyectos se generó la posibilidad de estudiar en forma integrada, multidisciplinaria y en cooperación con los mismos productores agrícolas qué pasaba con nuestros suelos sometidos al sistema de monocultivo de soja en siembra directa. Uno de estos PAE se denominó BIOSPAS (Biología del Suelo y Producción Agrícola Sustentable)[11] y comparó una serie de indicadores biológicos, químicos y físicos para caracterizar lo que comenzaba en esos años a llamarse “buenas prácticas agrícolas”, que significaba hacer rotación de cultivos (trigo/soja-maíz-soja) en siembra directa, y comparar estos suelos con aquellos de monocultivo de soja (soja-soja-soja), también en siembra directa y con suelos prístinos de ambientes no agrícolas.

A partir de los estudios del proyecto BIOSPAS, se encontraron una serie de marcadores de salud de suelo que distinguen entre suelos bajo rotación de cultivo o monocultivo (Figuerola, E. L.M.; Guerrero, L. D., Rosa, S. M.; Simonetti, L., Duval, M. E.; Galantini, J. A.; Bedano J. C.; Wall, L. G.; Erijman, L., 2012). En particular, se pudo mostrar que el monocultivo homogeniza la diversidad bacteriana a nivel regional (Figuerola, E. L. M.; Guerrero, L. D.; Türkowsky, D.; Wall, L. G. y Erijman, L., 2015). Dicho de otra manera, el monocultivo hace a los suelos más parecidos entre sí y se pierden las poblaciones bacterianas características del lugar. Si hacemos una analogía a nivel del lenguaje, es como si se perdieran los dialectos del idioma español y las tonadas que tenemos en nuestro país y en Sudamérica, de modo que todos hablásemos español neutro.

Por esas curiosidades de las políticas científicas de nuestro país, los proyectos de áreas estratégicas llegaron a su fin, fueron evaluados externamente con excelentes resultados en muchos casos pero no hubo continuidad de apoyo por parte del estado. Sin embargo, el impacto de los resultados del nuevo conocimiento desarrollado sobre la biología de nuestros suelos agrícolas hizo que grupos de productores agrupados en la Regional Pergamino-Colón de Aapresid apoyaran en forma directa el desarrollo de nuevas investigaciones dirigidas a profundizar esos conocimientos y avanzar en el desarrollo de indicadores biológicos de salud del suelo que permitieran al productor tomar decisiones más tempranas sobre los manejos agronómicos que aplican en los suelos de sus establecimientos.

Estos trabajos dieron resultados originales y novedosos en línea con investigaciones que se realizan en el mundo, contribuyendo al desarrollo de una de las fronteras del conocimiento, la biología del suelo y su relación con la agricultura. Se pueden describir ahora los microbiomas del suelo que determinan el funcionamiento de este y vemos cómo estos microbiomas se pueden manejar a través de las rotaciones de cultivos y estrategias de manejo agrícola para una mayor productividad con menor necesidad de insumos químicos. El conjunto de estos resultados está planteando, a nivel mundial, la necesidad de un cambio de paradigma de base más biológica que reemplace el paradigma químico muy conocido y muy arraigado en la cultura agronómica local y mundial. El cambio de paradigma no es sencillo porque hay muchos intereses económicos en juego y el paradigma químico funciona bien, con costos ambientales que nunca se tuvieron en cuenta en la ecuación económica, pero funciona.

Lo que queda afuera de esta particular historia

Hablando de incorporación de tecnologías a la agricultura argentina en los últimos años, es necesario aclarar que han quedado fuera de esta particular discusión (por ignorancia del autor y por decisión de focalizarnos en las tecnologías más recientes y de mayor impacto en la opinión pública) las tecnologías desarrolladas en términos de maquinarias, sembradoras, cosechadoras y fumigadoras, área en la cual la Argentina se ha convertido en líder en los últimos años por desarrollos realizados en la búsqueda de soluciones a problemas.

También quedaron fuera de este análisis las tecnologías de semillas y el mejoramiento vegetal de cultivares e híbridos, que con tecnologías clásicas de cruzamiento han logrado seleccionar los fenotipos más apropiados no solo para tener mayor productividad en la misma superficie sembrada sino para enfrentar problemas agronómicos en los cultivos, como resistencias a enfermedades, resistencia a sequía, resistencia a inundaciones, adaptación a siembras de alta densidad, cultivares de ciclo corto o ciclo largo, etc., todas herramientas que permiten hacer más eficiente la agricultura moderna, es decir, generar mayor producción sin aumentar la superficie de cultivo.

Conclusiones

La agricultura se considera uno de los hitos que marca el desarrollo de la humanidad, donde el hombre aparece como el domesticador de las plantas y genera la posibilidad del manejo de cultivos. La incorporación de diferentes tecnologías a lo largo de la historia ha generado diferentes hitos o revoluciones agrícolas que mejoraron la eficacia en la producción de alimentos y fibras. Con una población mundial creciente, la agricultura busca expansión de superficie de acción, corriendo la frontera agrícola o aumento de su productividad y efectividad. La incorporación de tecnologías depende necesariamente de los conocimientos desarrollados por la ciencia, que se aplican a la mejora de los procesos agrícolas. El paradigma químico de la agricultura basado en un conocimiento de la fisiología vegetal que considera a las plantas como entes individuales que expresan su genética en función del ambiente y de una batería de herramientas químicas para mejorar la nutrición de las plantas y combatir las enfermedades o las malezas se enfrenta hoy con el advenimiento de un nuevo paradigma que surge del conocimiento de los microbiomas en nuestro planeta, en particular en el suelo y en las plantas, que cambian completamente nuestra manera de comprender el desarrollo y funcionamiento de las plantas en relación con el ambiente. Este conocimiento de los microbiomas y las redes de interacción entre los diferentes actores biológicos del suelo es nuevo. Esta novedad ofrece la posibilidad de incorporar la biología del suelo a la ecuación agronómica e ir abandonando, de a poco, el paradigma químico. De esta manera se puede garantizar aumento de la productividad agrícola en forma amigable con el ambiente, pudiendo incluso la agricultura ser una nueva herramienta para enfrentar el cambio climático. Los problemas generados por la agricultura se resuelven con una nueva agricultura.

Curiosamente, un historiador ha descrito recientemente a la agricultura como un proceso inverso, donde no fue el hombre quien domesticó al trigo, sino que fue el trigo quien domesticó al hombre (Harari, 2014). Cambiar la mirada antropocéntrica del proceso agrícola integrando la biología y microbiología del suelo quizás sea el comienzo de un cambio con mejores perspectivas.

Bibliografía

Figuerola, E. L. M.; Guerrero, L. D.; Rosa, S. M.; Simonetti, L.; Duval, M. E.; Galantini, J. A.; Bedano, J. C.; Wall, L. G.; Erijman, L. (2012). “Bacterial Indicator of Agricultural Management for Soil under No-Till Crop Production”. PLoS ONE, 7(11): e51075.

Figuerola, E. L. M.; Guerrero, L. D.; Türkowsky, D.; Wall, L. G. y Erijman, L. (2015). “Crop monoculture rather than agriculture reduces the spatial turnover of soil bacterial communities at a regional scale”. Environmental Microbiology, 17, 678-688.

Harari, Y. N., 2014. De animales a dioses: breve historia de la humanidad. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial. ISBN: 078-987-3752-13-1.

Massuh, G (2015). Demsonte. Adriana Hidalgo Editora.

Sandez, F. (2017). La Argentina fumigada. Editorial Planeta.


  1. Laboratorio de Biología de Suelos. Departamento de Ciencia y Tecnología, UNQ-CONICET.
  2. El ejemplo de estos grupos de trabajo son las redes de grupos CREA.
  3. Esta visión del origen de la transferencia de tecnología en los años 80 y subsiguiente es personal como autor de este capítulo y me surge de largas conversaciones y entrevistas con productores agrícolas referentes en la argentina, productores con una importante mirada de valoración ambiental y de cuidado del recurso suelo, en particular de conversaciones con el Ing. Agr. César Belloso, de Pergamino (Pcia. de Buenos Aires).
  4. La novela Desmonte de Gabriela Massuh (2015) describe con belleza literaria y certeza humana este problema. Adriana Hidalgo Editora S. A. ISBN 978-987-3793-14-1.
  5. La atmósfera que nos rodea tiene un 78 % de gas nitrógeno (N2) en su composición que para los animales y la mayoría de las plantas y microorganismos resulta ser un gas inerte, del que no nos podemos nutrir. Paradójicamente, el nitrógeno como elemento es un constituyente fundamental de la vida al formar parte de las proteínas y del ADN.
  6. Se denomina soja RR a la variedad de soja transgénica resistente al herbicida glifosato que en su versión comercial producido por la empresa Monsanto se denomina Randup. RR querría decir ‘resistente al Randup’.
  7. Así es como los mismos ingenieros agrónomos se autodenominan en su pasión por el diseño de máquinas agrícolas y la búsqueda de soluciones mecánicas a los problemas agrícolas.
  8. La ingeniería genética consiste en utilizar herramientas moleculares que cortan trozos de ADN y los pueden volver a pegar en otro orden, como si fuesen verdaderas tijeras y pegamentos con los que armar un collage de palabras a partir de diferentes textos.
  9. Ver La Argentina fumigada, de Fernanda Sandez (Editorial Planeta).
  10. El descubrimiento de la fijación biológica de nitrógeno se atribuye a los trabajos del francés Jean Batiste Boussingault y a los de los alemanes Hermann Hellriegel y Hermann Wilfarth, en 1886 (Nutman, P.S., 1987 Centenary Lecture, Phil Trans Real Society London, B 317, pp. 69-106).
  11. PAE 36976, 2008-2013. El informe de divulgación final se puede solicitar en forma gratuita al autor de este capítulo, wall.luisgabriel@gmail.com


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