Toda pedagogía digna de tal nombre constituye un ejercicio de ingenio, una disciplina del corazón, precisamente en un momento en que el ingenio y el corazón se hallan en un estado de extrema vulnerabilidad.
Steiner y Ladjali, Elogio de la transmisión, 2005
No cabe duda de que la pandemia ha convulsionado intensamente y acrecentado desigualdades en el universo de la educación y el ámbito universitario no ha permanecido ajeno a este fenómeno. Este libro se ha originado y está enfocado en la extra-ordinaria labor llevada a cabo por un grupo de estudiantes: la constitución, durante y después del curso de maestría, de un archivo colectivo y compartido en la plataforma digital que ha sido nuestra aula virtual y sigue siendo nuestro lugar de encuentro; la redacción de textos y su lectura grupal; la traducción coral de Los sapos de la memoria al italiano. Lejos de pretender brindar soluciones para enfrentar un proceso tan arduo e inestable como es la didáctica en tiempos de Covid, esta publicación solo procura compartir con la comunidad académica nacional e internacional un caso de estudio para pensar en un proceso en permanente construcción, reconfiguración y reinvención que seguimos transitando. Para observar cómo a partir de la incertidumbre y de situaciones límites se pueden generar desafíos que motivan y hacen realidad un proyecto de construcción colectiva.
Esto es: para reflexionar sobre cómo y en qué medida un contexto de crisis puede tener el potencial de transformarse en oportunidad, a partir de un replanteamiento de las metodologías de la profesión docente y desafiando la seguridad de lo ya intentado y conocido para explorar nuevas formas de transmitir y enseñar; para preservar y valorar las experiencias educativas que hemos experimentado, repensado y forjado en este contexto de emergencia, junto con nuestros estudiantes. En términos más generales, y reiterando algunos interrogantes planteados por Rita Segato:
¿cómo garantizar que esa experiencia quede registrada en los discursos del tiempo pos-pandemia y permanezca audible para, de esa forma, evitar que sea rehecha la fantasía de normalidad y de inalterabilidad que nos capturaba? ¿Cómo retener la experiencia de un deseo que, al menos durante este intervalo, se encaminó libremente hacia otras formas de satisfacción y realización? Habrá fuerzas habilidosas, muy bien instruidas, estudiando el tema para clausurar esa memoria, desterrarla, dejarla bien vedada, para de esa forma garantizar la continuidad de una “normalidad” que la pandemia había interrumpido. ¿Cómo estar preparadas para que el olvido no suceda? (Segato, 2020).
En el momento excepcional que estamos atravesando y que también nos atraviesa e interpela, es importante ser conscientes de que cada experiencia educativa adquiere inusitadas singularidades en cada contexto geopolítico, sociocultural, nivel educativo y grupo de estudiantes. Sin embargo, algunas atenciones y predisposiciones de parte de los docentes pueden representar, en términos muy generales, premisas válidas para sanar parte del daño producido por las condiciones profundamente alteradas de esta época. Premisas válidas y eficaces por su poder movilizante y movilizador, en cuanto capaces de estimular el deseo de conocimiento y producción cultural, y en cuanto funcionales a motivar, a sacar de la sensación de impotencia, vacío y soledad. Entre otras: elegir e instaurar junto con nuestros estudiantes nuevos ritos de interacción; privilegiar el diálogo, la escucha y la circulación de la palabra; favorecer el trabajo colectivo, compartido, participativo, incluyente y solidario; generar efecto humano en el rigor científico; conciliar el compromiso, la dedicación y la seriedad profesional con la humildad, la sensibilidad, la pasión y la alegría; empatizar con la experiencia de los otros y la otredad, dentro y fuera del aula (sea ella física o virtual); crear una red de relaciones y vínculos en torno al proceso formativo; no escindir los contenidos de la experiencia y la afectividad; atender a las demandas y a las necesidades emergentes; conceder los tiempos necesarios –en estos tiempos de inmediatez e imprevisibilidad– a lo largo del proceso de aprendizaje. Después de todo, es lo que ya procurábamos impulsar en nuestra práctica docente antes del confinamiento, pero ahora se han vuelto fulcros determinantes de ella.
La crisis torna imperioso pensar el presente. Como docentes e investigadores debemos asumir la responsabilidad de interrogarnos, de problematizar hábitos y supuestos extendidos considerados inamovibles, de ir contramano respecto de los habituales contratos didácticos implícitos que tipifican los roles diferenciados entre alumnos y docentes, de revisar marcos teóricos y encuadres conceptuales, de producir nuevos aportes desde el campo de la didáctica para favorecer la orientación de prácticas que contemplen las configuraciones mentales emergentes, los diferentes modos de acceder al conocimiento y las nuevas formas de interactuar. Tenemos que avanzar en el estudio y abocar a una profunda reflexión sobre qué es lo que queremos que continúe más allá de una solución pragmática frente a una coyuntura inédita, y qué es lo que deseamos transformar, reformular, recomponer. Esto no significa volver a un tiempo pasado “mejor”, regresar a una supuesta “normalidad”:
sería maravilloso que la educación que heredamos de esta pandemia, la educación post pandémica, emerja renovada y no retome su antiguo cauce. Que sí tribute culto a la libertad, a la libertad de aprender y la libertad de enseñar. El deseo de aprender y de enseñar. A la construcción de buenos vínculos en la comunidad educativa, vínculos más pacíficos, justos, saludables y productivos. Que haga un culto a la enorme responsabilidad social que le cabe a cada uno de los aprendientes y a cada uno de los enseñantes en este tramo histórico. Si esto sucede en algún grado, el malestar que vivimos por estos días de aislamiento no habrá sido en vano (Maldonado, 2020).
Deberíamos, pues, reinventar y reinventarnos para el ejercicio de una docencia renovada y para encontrar nuevas inteligibilidades, o “zonas de sentidos” (González Rey, 2009), que permitan comprender los procesos de enseñanza y las instancias de aprendizaje en estos nuevos escenarios tan complejos.
Sucede que pensar la complejidad requiere comprender, precisamente, la dinámica compleja –es decir singular, incierta, contradictoria, múltiple– de este aquí y ahora nuestro, del presente vivir de nuestras formas de vida, y de las sentidas y esperanzadoras maneras en las que maestros y profesores buscan, anhelan o logran establecer lazo y generar posibilidad (Baquero, 2020: 238).
Es nuestro deber imaginar múltiples estrategias y formas de reinventarnos y recrear la educación, de tensionarla y repensarla en su dimensión ontológica, epistemológica, metodológica, ética y política, de habitar el intermedio que queda entre la pandemia y el desafío de seguir enseñando.
Toda escritura anterior, remota o lejana, secreta, íntima o pública, debería someterse al ejercicio de la reescritura; todo fragmento leído asequible o imposible, al de la relectura; todo pensamiento cristalizado será devuelto a su cristal y a resquebrajarse una y mil veces; toda certeza, una particular forma de agravio; toda duda: saber que aún estamos vivos (Skliar, 2020).
Combinar las aspiraciones disciplinares “habituales” con la exigencia de armonizar los límites ahora más lábiles entre la virtualidad y la presencialidad para alcanzar una sólida convergencia entre el universo físico y el digital, ha revelado límites y faltas de todo tipo, pero, a la vez, también inesperadas potencialidades. Por ejemplo, posibilita que nuestros estudiantes interactúen con docentes y estudiosos de otras latitudes, invitados a intervenir en nuestros cursos; permite asistir o participar en clases y conferencias virtuales, sin renunciar a un espacio de diálogo crítico y creador; facilita conformar auditorios internacionales y grupos de estudio extendidos que ahora pueden reunirse y cooperar en un espacio nuevo y más amplio; estimula el potencial de una construcción autónoma y genuina de los estudiantes. En una realidad dual, como la que estamos viviendo, en la que lo presencial y lo digital se superponen e interactúan, pensar dicotómicamente lo “virtual” como opuesto a lo “real” nos hace renunciar a entender la relevancia y el potencial de las acciones educativas que realizamos, junto con nuestros estudiantes, a través de los medios digitales: estrategias virtuales que buscan aprendizajes reales, consistentes, significativos, situados.
La centralidad de la cuestión quizás resida, no tanto en preguntarse a qué plataformas y medios digitales recurrir, sino en interrogarse sobre cómo aprovecharlos y sobre los sentidos que les atribuimos. Si en un primer momento tuvimos que aprender a utilizar materialmente los medios digitales al mismo tiempo que planificábamos la didáctica, ahora tenemos que pensar seriamente en la inclusión de estos recursos “planteando un objetivo general que persiga un propósito de enseñanza particular: nos referimos a identificar una intencionalidad ligada al contenido y no solamente al recurso (Tobarez y Valero, 2020)”. Es necesario volver a preguntarnos por el sentido de lo que enseñamos, y cómo lo enseñamos, hoy, en este contexto de pandemia: ¿temas, contenidos y metodologías de estudio, o experiencias liberadoras y emancipadoras?
La distancia física permite iluminar otras distancias. En tiempos de aislamiento, de restricciones, de privaciones, de incertidumbre, de violencia, de crisis, repensar y renovar el proceso de docencia y aprendizaje en la forma y en el fondo puede ayudar a comprender las desigualdades étnico-raciales que anteceden y se acrecientan en la pandemia, a entender la larga dimensión histórica de la violencia de género, a reconocer el desastre ambiental que se está haciendo irreversible, a restablecer los vínculos sociales de lo cotidiano, a darse cuenta de que el dolor individual es también un dolor colectivo y que los caminos se tienen que ir construyendo juntos y para el otro. Y puede ayudar a hacer de la memoria colectiva una cura compartida.











