Justo lo contrario del totalitarismo.
O el derecho a la esperanza
Sandra Lorenzano[1]
El “Mare Nostrum” se transformó en el “Mar de otros”. Ahora es el “Mar de ellos”, porque se nutre con los cuerpos y la vida de los migrantes.
de Luca, Entrevista, 2016[2]
Transmitir es uno de los actos mayores de la vida: significa mantener firme el sentimiento del futuro y al mismo tiempo guardar la memoria del pasado, pensar en los muertos y en los que están por nacer.
Perassi, La libertad no llega completamente nunca, 2017a
Empiezo con la emoción; no hay otro camino que me permita hablar de las páginas de este libro, de la calidez y la profundidad del proyecto que le dio origen: frente al miedo, al encierro, a la enfermedad y a la muerte que nos acompañaron durante 2020 y 2021, Susanna Nanni, con la maravillosa sensibilidad que le conocemos, fue capaz de crear un espacio amoroso en el que la solidaridad, el diálogo y el compromiso permitieron unir dos continentes, dos generaciones, dos rostros del horror y un modo compartido de mirar y sentir al otro, a la otra, a los múltiples otros que el mundo busca invisibilizar.
Susanna sabe que
… educar no es otra cosa que la voluntad por hacer un lugar al otro dentro de uno, aunque sea al precio de la deconstrucción del propio yo, pero aceptando que este lugar de acogimiento no está ni previsto ni programado. Es buscar y desear que surja la palabra en el otro, que el otro encuentre su propio modo de expresión, sin dictar la palabra que deba decir desde ningún a priori. Educar es, en fin, justo lo contrario del totalitarismo (Bárcena, 2001: 188).
Palabra de apertura y reconocimiento. Experiencia de donación y de recepción, de creación compartida. Allí está el único humanismo posible. El de Henek, en el relato de Primo Levi, que confía en que Hurbinek, el niño de Auschwitz, salga finalmente de la “tumba de su mutismo”.
El de La sirena de Daniele Cini que acaricia con la memoria las olas del Atlántico Sur.
El de Vito Fiorino, el heladero de Lampedusa, que rescató en su barca de pescador a 47 migrantes en 2013, en uno de los mayores desastres humanitarios de Italia, pero aún llora porque no pudo salvar a los otros 366.
El de Enrico Calamai que con su sabiduría y generosidad pudo salvarle la vida a casi medio millar de argentinos e italianos perseguidos por la dictadura cívico-militar del país del sur.
El de Erri de Luca, quien escribió en su desgarrador poema Mare nostro: “Te hemos sembrado de más ahogados / que cualquier otra edad de tempestades”.
El de Estela Carlotto y las maravillosas Abuelas de Plaza de Mayo que siguen buscando a sus nietos nacidos en cautiverio y celebrando la vida cada vez que uno de esos niños –hoy hombres y mujeres– recupera su verdadera historia.
El de Cristina Cattaneo quien, desde la medicina y la antropología forense, lucha por darle nombre, identidad y dignidad a los muertos del Mediterráneo.
Hablamos de un humanismo que parta ya no de la idea del ser humano colocado en el lugar supremo de la creación, sino de un humanismo roto, quebrado, fracturado, por la experiencia del mal absoluto; un humanismo de la libertad, consciente de que la libertad puede ser, como dijo Sartre, el “terror”; un humanismo que dé cuenta de los claroscuros que fundan la modernidad, de las crisis que la han marcado, que asuma el cuidado de los otros y de su entorno desde una propuesta sin centros; un humanismo descentrado, entonces, que sea a la vez búsqueda y resistencia; un humanismo discontinuo, crítico. El humanismo que funda los Derechos Humanos.
La paideia que proponían los griegos no puede hoy ignorar siglos de historia, no puede olvidar las brutales desigualdades que marcan el mundo actual; no puede ignorar la prepotencia y ostentación que van de la mano de la violencia, la discriminación y la intolerancia. La paideia hoy debe partir de nuestro ser lastimado, del desencanto y el dolor, pero al mismo tiempo de la fuerza de los márgenes, de una riqueza que no es sólo logos, sino también cuerpo, sino también afectividad, deseo. ¡Qué bien nos muestra esto el trabajo de Susanna Nanni con sus estudiantes! No hay educación basada en verdades absolutas sino en búsquedas compartidas, en ese acoger al otro para que encuentre su propia voz, su propia palabra, desde la dignidad y autonomía de los seres humanos, desde el riesgo que implica la libertad, desde la obligación –para muchos ya anacrónica– de pelear por un mundo más justo. La educación es, en este sentido, una ética (González Valenzuela, 1996: 24). Tiene como causa última, como pilar esencial, el cultivo, el cuidado de la eticidad constitutiva de lo humano en su sentido más profundo. El cuidado de esa morada, de ese refugio –éste era el significado de ethos en griego– donde regresamos ante los embates de un afuera dominado por la mercantilización, la violencia, la intolerancia, la opresión. ¿Dónde si no en esa morada de la humanitas permitiríamos que, como Hurbinek, nuestros estudiantes pronunciaran su propia palabra? ¿Dónde podríamos hacer de esa palabra, palabra en diálogo, palabra para los otros?
Este es el humanismo de cada una de las chicas y los chicos que se reunieron convocados en torno a la pregunta “¿Por qué sí me incumben estas historias?”
Los ausentes se hicieron así presentes a través de los abrazos cálidos de un grupo de jóvenes italianos dispuestos a llevar la mirada más allá de su propia realidad.
El aula se volvió entonces un hogar que les permitió descubrir a los estudiantes del curso “Archivos de la memoria: literaturas, historia y política en Hispanoamérica” que esa mirada que le reconoce rostro y memoria a los desaparecidos de uno y otro lado del Atlántico, es la raíz de nuestra propia humanidad.
Partiendo de ese lugar central que la empatía debe tener en la formación de una cultura de los derechos humanos, el curso se convirtió en un espacio de memoria que vinculó la pasada dictadura argentina y la actual desaparición de migrantes en el Mediterráneo. Tampoco fue menor, dentro del marco conceptual, la reflexión sobre la noción de archivo de la memoria en tanto herramienta didáctica, buscando sobre todo que fueran los propios estudiantes quienes se transformaran en “archivos de memoria”. Para ello Susanna eligió partir de la proyección y discusión en clase del conmovedor cortometraje de Daniele Cini y Francesca Zanni, La sirena. Allí, a partir del Artículo 6 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica”, y mezclando imágenes del presente en Italia –el alegato de un abogado ante el tribunal de justicia– y del pasado en Argentina –el testimonio (ficcional) en primera persona de Laura Estela Salviati, secuestrada en noviembre de 1976, en Mar del Plata, por las fuerzas armadas y, como tantos otros, arrojada viva al mar– se creó un fuerte vínculo real y simbólico entre ambas orillas. Ver el trabajo de Cini provocó un sacudimiento en los chicos, que comenzaron a sentir de otra manera las palabras finales del abogado: “¿Cómo podemos pedir justicia para una persona que no está en ningún lado, que no tiene un cuerpo, una persona que no existe? Ésta es una historia que no nos incumbe”.
La afirmación se volvió pregunta en el aula: ¿Es ésta una historia que verdaderamente no nos incumbe? ¿Qué sería, entonces, aquello que sí nos incumbe en tanto seres humanos? Las respuestas mostraron la enorme sensibilidad y empatía de las y los estudiantes. Todos, como en la famosa frase de Gramsci, sintieron el horror de permanecer indiferentes. Esta transformación afectiva implicó un despertar ético que reivindicó la hospitalidad, el principio de acoger, recibir, amparar, al otro, a la otra, como mandato supremo de una ética no basada en la individualidad sino en la alteridad. El otro es también mi responsabilidad y, por tanto, requiere mi cuidado.[3]
Estoy convencida de que ésta tiene que ser la mirada que prevalezca en nuestra sociedad. Una mirada que ponga a quien no soy yo en el centro de mi atención y preocupación.
El relato que Laura Estela Salviati le hacía a su hija de cinco años sobre las sirenas que vivían bajo las aguas en la ciudad de la Atlántida, enmarcó las emociones de los estudiantes y –valga decirlo– de quienes con ellos tuvimos el privilegio de poder conversar. Nuestras sirenas son hoy mujeres y hombres asesinados por la violencia, por la intolerancia, por la pobreza. “Entre 1976 y 1983 desaparecieron en Argentina 30 mil personas, muchas de ellas arrojadas al mar en los ‘vuelos de la muerte’. De 1988 a 2007, a lo largo de las fronteras europeas murieron 11mil migrantes, la mayor parte en el mar. A casi nadie se le ha hecho justicia. Sus cuerpos todavía están allá. Es una historia que nos concierne.”
Susanna logró al interior del aula construir este puente de empatía, de solidaridad, de dolor y de lucha que une a Argentina e Italia, y recuperar aquello que necesitan los migrantes, los hijos y nietos de desaparecidos, y también, sin duda, los jóvenes en tiempos tan convulsos como los actuales: el derecho a la esperanza.
- Poetisa, narradora, ensayista, editora, Sandra Lorenzano es autora de novelas, libros de poemas, ensayos críticos y académicos publicados en sedes editoriales nacionales e internacionales. Por Escrituras de sobrevivencia. Narrativa argentina y dictadura obtuvo la Mención Especial en el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas 1999. Ha coordinado también La literatura es una película. Revisiones sobre Manuel Puig (UNAM, 1997), Aproximaciones a Sor Juana (FCE, 2005), Lo escrito mañana. Narradores mexicanos nacidos en los 60 (Ed. Axial, 2010), y Pasiones y obsesiones. Secretos del oficio de escribir (FCE, 2012). Ha publicado libros de poesía: Vestigios (Pre-Textos, 2010) y Herencia (Vaso Roto, 2019), y novelas: Saudades (FCE, 2007), Fuga en mi menor (Tusquets, 2012), La estirpe del silencio (Seix Barral, 2015) y El día que no fue (Alfaguara, 2019). Investigadora de la UDIR (UNAM), entre los numerosos cargos institucionales que ha desempeñado, actualmente es directora de Cultura y Comunicación de la Coordinación para la Igualdad de Género de la UNAM y coordinadora del proyecto “Cultura y migración” (UNAM, UNESCO, Universidad Autónoma de Madrid).↵
- Todas las referencias bibliográficas figuran en la bibliografía final.↵
- Evidentemente estas ideas son de Emmanuel Lévinas y su ética de la alteridad.↵











