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2 La sirena y “la” mar
como lugar de memoria

Creyeron los griegos que la memoria es hermana del tiempo y de la mar, y no se equivocaron.

   

Galeano, Memorias y desmemorias, 1997

Al anochecer, cuando comienzan sus graznidos inquietantes, es como un llamado desde el fondo de las aguas.

  

Gusmán, En el corazón de junio, 1983

La sirena es un cortometraje de 4 minutos de duración que forma parte del proyecto cinematográfico “All Human Rights for All”, película colectiva realizada con motivo del 60º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que consta de 30 episodios dirigidos por 30 directores, cada uno de los cuales interpreta un artículo de la Declaración. La sirena se inspira en el artículo 6: “Toda persona tiene derecho, en cualquier lugar, al reconocimiento de su personalidad jurídica”, cuya cita aparece en los primeros fotogramas superpuestos a imágenes en blanco y negro del mar, tomadas desde arriba y acompañadas del inquietante rugido del motor de un avión, un estruendo que se amortigua en las posteriores tomas submarinas con el objetivo apuntado hacia la superficie del mar. Rompiendo el espejo de agua y el sonido atenuado del entorno submarino, se produce la súbita inmersión del cuerpo de una mujer desnuda que se hunde inconsciente en el abismo.

Cambio de escenario. En un aula de tribunal italiano, un abogado defiende a unos ciudadanos argentinos imputados por el secuestro, tortura y desaparición de una víctima de origen italiano. Su argumento –basado en la falta de pruebas, de peticiones de rescate, de testigos, de marcas tangibles en un cuerpo ausente– niega el terrorismo de Estado, la persecución política, la tortura, los vuelos de la muerte e incluso parece sugerir una sospecha de huida: la “presunta víctima” se convierte en culpable, al haber desaparecido en la nada y por haber “abandonado” a su hija, de tan solo cinco años.

El alegato del defensor, intercalado por rápidas secuencias que muestran a la mujer hundiéndose con las manos atadas y los ojos abiertos (y cuanto más se sumerge, más resucita a una nueva vida), arroja una sombra de duda sobre el fenómeno de la desaparición, y pretende convencer a los jueces (y también al espectador, al que mira fijamente apuntando al centro del objetivo de la cámara) de que no asuman la responsabilidad de condenar a hombres “de carne y hueso” por un supuesto crimen cometido 30 años antes contra un “fantasma”, una persona que “no tiene cuerpo, que no está”.

La tesis del abogado parece fruto de pura invención, pero no es difícil detectar en ella las palabras tristemente célebres del general Videla: “Frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento x, si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tiene un tratamiento z, pero mientras sea desaparecido no puede tener un tratamiento especial, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido, frente a eso no podemos hacer nada”.[1] La dimensión física, que se manifiesta en la dicotomía “hombres de carne y hueso”/“fantasmas”, constituye para el jurista la prueba circunstancial apta a corroborar la presunta inocencia de los acusados, a través de un argumento que encuentra apoyo y persuasión en la evidencia de que se trata de un hecho lejano en el tiempo y en el espacio: por tanto, concluye el defensor, es “una historia que no nos concierne”.

Es en estos términos que el discurso del abogado revela una política de la palabra (o la palabra de una política) basada en la retórica de la negación: una narración con tonos asépticos, implacables, cínicos, en la que los elementos del hecho histórico son refutados y despojados de la carga moral que surge de la condición de la dignidad humana. Una retórica arraigada en la negación de la memoria que se ajusta perfectamente a ciertas políticas de olvido (y de “reconciliación nacional”) implementadas en varias ocasiones por los gobiernos latinoamericanos durante las transiciones democráticas o en años más recientes.[2] Una retórica de la in-humanidad (Revelli, 2020), enraizada en la negación (de solidaridad y de rescate), en el cierre (de las fronteras y de los puertos) y en el rechazo (de seres humanos) que sustenta en nuestro presente las políticas soberanistas europeas, que se han convertido en cómplices de las violaciones de los derechos humanos fundamentales y responsables de las masacres en el Mediterráneo. Una retórica de la negación y del secreto que hace que las víctimas sean invisibles –físicamente y en los medios de comunicación– por lo tanto, inexistentes (Calamai, 2003), ayer como hoy. El riesgo concreto que subyace a este tipo de negación es crear una pesadilla social de reminiscencia orwelliana, en la que se reinterpreta la experiencia vivida, se tragan los acontecimientos y las personas implicadas, y se catapulta al individuo a una condición de “autómata”[3] (Masullo, 2019), desprovisto de emociones, insensible a la vida de otros seres humanos, incapaz de sentir dolor, actuar e indignarse frente a la injusticia.

Lo que supuestamente podría parecer una actitud superficial y descuidada es, en realidad, parte de una estrategia que oculta el crimen y absuelve a los responsables que lo han perpetrado. Por eso, negar, alienar, o permanecer indiferente ante la tragedia de la desaparición –tanto del pasado, como la vigente– no es solo una cuestión urgente de orden ético-moral y político-social, relevante en su dimensión histórica y transnacional, sino un verdadero crimen, en su acepción etimológica de “faltar” (al deber), que nos convierte en cuerpos anónimos y en autómatas, y permite la perpetuación del delito.

Cambio de escenario. La voz en off de una narradora autodiegética revela y restituye la identidad de la mujer arrojada al mar aún con vida: es Laura Estela Salviati, una joven madre, secuestrada el 26 de noviembre de 1976 en el paseo marítimo de Mar del Plata delante de su hija Tina, torturada y hecha desaparecer al mes siguiente en uno de los vuelos de la muerte. Su voz acompaña las imágenes, primero del secuestro, luego de su hija, que con el paso de los años sigue yendo allí, frente al mar, donde su madre la llevaba a menudo y le contaba una historia: “En el mar no hay solo peces, cangrejos y medusas: allí abajo, en los abismos marinos, está la ciudad de Atlántida donde viven seres que son mitad mujeres y mitad peces, a las que llaman sirenas. Los seres humanos les tienen miedo porque les recuerdan su pasado, cuando vivían bajo el agua y se alimentaban de los sueños que tenían por la noche”.

Tina, ya adulta, mira hacia el mar: inmersa en el recuerdo del cuento materno, quizás imagina que su madre, al hundirse en las profundidades, se reunió con una dimensión líquida primordial y se transformó en una sirena, recuperando la libertad que le había sido negada durante el secuestro. “Me torturaron”, concluye la voz, “y luego me arrojaron viva al océano desde un avión, en la Navidad de 1976. Y ahora, que yo también vivo allí abajo, he vuelto a ser sirena, tu sirena, hija mía”.

La sirena, criatura mitológica que ha sido revisada a lo largo de los siglos por una multitud de interpretaciones y representaciones, parece ser, en su versión original de cuento de hadas, la más parecida a nuestra sirena argentina: como ella –secuestrada y torturada por los militares, privada de su nombre, identidad y dignidad– la sirenita nacida en 1837 de la pluma de Hans Christian Andersen no tiene nombre, ni siquiera alma. Como consecuencia de su enamoramiento de un joven ser humano, acepta ser torturada por la bruja del mar, que le corta la lengua y le clava ocho ostras en la cola, privándola, por tanto, de ser dueña de su palabra, su cuerpo y su identidad. Pero mientras la protagonista de Cini, tras la tortura, es arrojada al mar para que desaparezca en sus profundidades, la sirena del autor danés, al negarse a matar al hombre que ama, será encarcelada –en un camino diametralmente opuesto– en el cielo, donde deberá permanecer 300 años antes de poder recibir un alma y volver a vivir.

Por otra parte, la correlación existente ya en la antigüedad entre las sirenas y el mundo de los muertos, atestiguada por la presencia recurrente de sus imágenes en los ajuares funerarios, lleva a algunos autores a suponer que las sirenas fueron originalmente aves, en las que las almas de los muertos encontraban un hogar. La función consoladora de las sirenas en su relación con el mundo del Hades está presente, entre otras, en Helena de Eurípides, cuando la protagonista invoca a las “vírgenes emplumadas” para que la consuelen con la música y el canto. En otros autores, las sirenas tocan una música cuyo hechizo tiene el poder de llevar el olvido de los recuerdos mortales a las almas, acercándolas al Cielo, mientras que los ecos de su música, en la Tierra, traen a los mortales a la memoria de su propio pasado,[4] y por eso –recuerda la sirena de Cini– asustan.

En el cortometraje del director italiano, la sirena adquiere un valor simbólico polisémico: de catarsis, de renacimiento, de metamorfosis, de recuerdo,[5] así como de esperanza para la recuperación de la identidad, la restitución de la dignidad y el reconocimiento de la personalidad jurídica de todos los que desaparecieron –y siguen desapareciendo– en las profundidades del abismo y en el silencio de las instituciones. Y el mar, lugar de muerte, sin fronteras, cementerio sin límites de cuerpos anónimos e insepultos, causa de pérdida absoluta para los familiares y los seres queridos por la negación del duelo, se convierte simbólicamente en un lugar de resistencia, de lucha, de redención, de memoria. Es una memoria fluida, viva, que se mueve y fluye con las corrientes marinas y, al mismo tiempo, es perdurable y resistente al olvido. El mar, “la mer” (en francés), “la mar” (en su uso prevalentemente poético) se convierte en género femenino: el mar como madre (Bachelard, 2003), que reconforta, envuelve y protege, que acoge, que aúna tierras, pueblos, civilizaciones e incluso épocas diferentes, un lugar de encuentro entre pasado y presente.

La referencia al mito de la Atlántida, tierra desaparecida, desde esta perspectiva comparativa, también cobra relevancia. Se cuenta que la mítica tierra de la Atlántida, descrita por primera vez por Platón, estuvo habitada por una civilización muy avanzada hasta que una catástrofe natural la azotó con tanta violencia que la desvaneció, borrando todo rastro de ella. Estaría en el fondo del océano Atlántico, en una especie de mundo intermedio entre Europa y América. Cabe imaginar que las aguas que la habrían sumergido son las mismas que, a través de sus imprevisibles corrientes, bañan las costas de los continentes americano y europeo, un mismo mar que alberga –y a veces devuelve imprevisiblemente– los cuerpos de los desaparecidos de ayer y de hoy, ambos perseguidos políticos y “muertos de esperanza” (Cattaneo, 2018)); un único mar, el mismo que cruzaron los emigrantes italianos en busca de una vida digna, en un pasado no muy lejano y sin embargo a menudo olvidado; el mismo mar surcado, en el presente, por otros migrantes que, como nuestros antepasados italianos, también buscan una vida más digna en otras tierras, en “la otra orilla”, pero –a diferencia de los primeros– huyendo de catástrofes de todo tipo en el intento, aunque sea, de seguir vivos.

¿Es realmente “una historia que no nos concierne”?


  1. “Clarín”, 14/12/1979. Palabras pronunciadas por el entonces presidente de facto, teniente general Jorge Rafael Videla, en diciembre de 1979, en una conferencia de prensa en la Casa Rosada, en respuesta a la pregunta del periodista José Ignacio López sobre lo que en aquellos años se llamaba “el problema de los desaparecidos”. Con este decir a medias, Videla hacía referencia al discurso oficial del régimen militar que, al mismo tiempo, visibilizaba y ocultaba, nombraba y denegaba, la existencia de los desaparecidos y, sobre todo, hacía público uno de los aspectos más siniestros de la política represiva de desaparición: la potestad de crear un espacio de absoluta excepción, entre la vida y la muerte.
  2. Incluso en la Argentina –que ha podido contar con políticas de memoria que en algunas ocasiones se han convertido en agenda estatal– se ha asistido a la implementación de políticas de olvido inclusive en tiempos de democracia y al perdurar del fenómeno de la desaparición: tristemente emblemáticos son los casos de Julio López y Santiago Maldonado, pero también los silenciados casos de “gatillo fácil”, por los cuales adolescentes y jóvenes de sectores vulnerables de la sociedad son asesinados, y en algunos casos desaparecidos, por la violencia policial. El organismo de Derechos Humanos correpi (Coordinadora contra la represión policial e institucional), ha registrado 92 personas asesinadas a manos de integrantes de las fuerzas estatales sólo en los primeros meses de confinamiento (de marzo a agosto de 2020), y un total de 8172 desde 1983, en tiempos de democracia (correpi 2021). Entre los organismos de derechos humanos que luchan por los desaparecidos en democracia, cabe mencionar también el Centro de Profesionales por los Derechos Humanos (ceprodh) que, definiéndose como “independiente del gobierno”, interviene como querellante en distintas causas contra el Estado nacional.
  3. La definición surge de un poema conmovedor e indignado escrito por el filósofo y político italiano Aldo Masullo a un niño migrante cuyo cuerpo fue encontrado en un barco, naufragado el 18 de abril de 2015, en el fondo del mar: “La portavi cucita sul petto / – medaglia al tuo valore / risorsa estrema per avere almeno / un poco di rispetto – l’orgogliosa pagella di scolaro / tu, solitario ragazzino perso / nell’immensa incertezza del migrare, scriccioletto in balia di forze infide. / Non t’è servita / a salvarti la vita / ma t’è rimasta stretta sopra il cuore / fedele come il cane di famiglia / a custodir del tuo abbandono l’onta / e finalmente sbatterne l’orrore / in faccia all’impunita indifferenza / della presente umanità d’automi” (Masullo, 2019).
  4. Plutarco, en sus Quaestiones convivenciales, pretendía armonizar la imagen homérica de las sirenas con las interpretaciones de Platón. Las sirenas, según Plutarco, no deben asustar porque tocan una música celestial que libera al alma de lo terrenal. Plutarco, Quaestiones convivales, ix, 14, 6 (Tarabochia Canavero, 2004: 137). Véase también Lao (2002) y Eco (2019).
  5. La dimensión del agua, en este caso, contrariamente a su interpretación tradicional, pierde su valor como elemento asociado a rituales iniciáticos o metamórficos (del líquido “amniótico” al río Lete) que producen una forma de olvido. Ivan Illich propone pensar en el agua como materia, vinculándola a su carácter histórico, construido y cultural; sin embargo, sostiene que el agua se convierte en una fuente primordial de memoria cuando ésta no fluye, sino que se convierte en un depósito de historias (Illich, 1989). Similarmente, el cineasta chileno Patricio Guzmán sostiene que el agua “tiene memoria”, con sus ausencias y presencias, flotantes o hundidas en las profundidades, que esperan ser descubiertas o que afloran brindando testimonio de lo que se quiso ocultar (El botón de nácar, 2015).


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