La memoria como posibilidades o exigencia de un existir hoy nos vuelve responsables a cada uno y colectivamente de esa memoria. La memoria se juega en lo que hacemos hoy. La memoria se juega en la existencia concreta de las sociedades, de los grupos y de las personas. No necesariamente como instrumento para algo, sino como lugar de vivencia para algo.
Schmucler, La inquietante relación
entre lugares y memorias, 2006
La pandemia irrumpió y disparó el impulso a levantar fronteras, ya que cualquier persona puede representar una “amenaza”, desmantelando toda distinción convencional entre lo propio y lo ajeno. Y así nos autorizó a fortalecer viejas fronteras (nacionales y continentales) y a edificar nuevas (individuales) favoreciendo el cierre y
la separación por encima de la apertura y la integración. Y frente a ese “virus soberano” (Di Cesare, 2020) que traspasa muros patrióticos y trasciende confines soberanistas, nos aislamos, nos protegimos y nos encerramos en casa, defendiendo cada uno su propio espacio, dentro de nuestra frontera individual, un círculo –según nos recomendaron las normas de distanciamiento social y la imposición de medidas de seguridad extremas– con un radio de un metro a nuestro alrededor.
No es fácil observar y analizar los procesos en el momento en que se producen y se viven, especialmente desde el momento en que cada uno de nosotros puede convertirse potencialmente en trágico protagonista. Sin embargo, en la drástica restricción de las fronteras espaciales y temporales (de lo nacional y continental a lo individual, y de la planificación de proyectos futuros a largo plazo, a la oximórica espera de decisiones inmediatas), entre lúcidos análisis del fenómeno y delirantes teorías conspirativas alimentadas por el sentimiento de limitación de las libertades individuales, una advertencia surgió claramente sobre todas: no permitir que el virus del individualismo, de la exclusión y la indiferencia, entrara en los confines personales, porque la cifra éticamente más elevada de la tan anhelada libertad fue, y sigue siendo, la solidaridad. El grupo de jóvenes que acompañé en este viaje –tan arduo, inesperado y, al mismo tiempo, tan estimulante y enriquecedor– no lo permitió.
Persiguiendo una concepción dinámica de la memoria y reivindicando una perspectiva incluyente y actualizada de los derechos humanos, los estudiantes hicieron que los “Archivos de memoria” (que conferían el título al curso) vivieran y se ampliaran, a partir de la bibliografía primaria que integraba el programa de estudio,[1] así como la bibliografía crítica[2] que, en unas pocas semanas, alcanzó más de 50 títulos –entre artículos académicos, notas periodísticas, videos, documentales, películas o series televisivas–, consultados, leídos, vistos y comentados colectivamente durante y más allá del horario de clase. No hizo falta recurrir a las recomendaciones de los pedagogos contemporáneos sobre la misión docente: acompañar a nuestros estudiantes en la consolidación de la propia capacidad de dar sentido a la información disponible (Harari, 2018: 318), vale decir, enseñar a buscar recursos y materiales fiables, transitando por la maraña de información que se genera a diario en las redes, con solvencia y espíritu crítico (Marín, 2020). El tema del curso y las circunstancias en que nos encontramos fomentaron su voluntad y favorecieron el proceso de buscar, seleccionar, compartir, organizar y presentar diferentes recursos para nuestras clases con criterios que pueden considerarse un contenido en sí mismo, ya que la reunión de materiales diversos, a veces, es más significativa que lo que pueden expresar éstos por separado. De hecho, la investigación y la didáctica se superpusieron y se alimentaron, igual que los procesos de enseñanza y de aprendizaje, en un espacio de mayor cercanía y horizontalidad, acogida y proximidad (Jaramillo Ocampo, Jaramillo Echeverri, Murcia Peña, 2018)[3] en la relación entre docente y alumnos.[4] Jorge Binaghi, profesor de literatura en el Colegio Nacional de Buenos Aires en los años inmediatamente previos a la última dictadura cívico-militar, comentó a propósito de sus estudiantes: “Aquellos alumnos preguntones, siempre dispuestos a discutir, rebatir, protestar y criticar, fueron el más poderoso estímulo intelectual que nadie pueda imaginar” (Binaghi, 2002: 17). Desde luego, los jóvenes que participaron en el curso, con sus constantes preguntas, reflexiones críticas, interpretaciones personales, sugerencias de títulos para compartir, dudas y certezas, en una interacción recíproca para la construcción conjunta del conocimiento, representaron para mí también el más poderoso estímulo intelectual que podía imaginar, especialmente en ese momento de profundo aislamiento e incertidumbre.
Gracias a los aportes constantes de los estudiantes, a su participación consciente como sujetos activos en el proceso de enseñanza y aprendizaje, y a su capacidad de diseñar dispositivos y recursos de intercambio, el curso se fue construyendo “por sí mismo”, de manera natural y espontánea. Esta aportación permanente hizo que los mismos jóvenes se convirtieran en productores de memorias vivas y constantemente reactualizadas, para que la solidaridad –hacia el “otro”, el “extranjero”, el “vecino” o el “lejano” en el tiempo o en el espacio– pudiera acompañarlos en el camino hacia la tan anhelada libertad. Hicieron que el “Nunca Más” no fuera una consigna esperanzadora en términos teóricos y abstractos; comprobaron que la memoria no es una categoría que se refiere al pasado para consultar e interrogar, sino que se vive permanentemente en cada presente, para (re)interpretar ese pasado en función de las dinámicas socio-políticas actuales en un proceso activo que la resignifica constantemente; demostraron que las representaciones de la traumática historia reciente argentina en la literatura, el teatro o el arte, no era para ellos un mero “contenido curricular”, y que el “objeto de estudio” se había convertido en un compromiso de vida; consideraron que la desaparición no solo no es un fenómeno que pertenece únicamente a contextos lejanos cronológica y/o geográficamente, sino que nos concierne a todos; y debatieron apasionadamente –cada uno desde su propio punto de vista y sensibilidad– sobre el porqué nos concierne a todos, sea como hecho pasado, sea como presente, tanto lejano como cercano.
Así nació la voluntad de dejar huellas de sus reflexiones en este libro: a partir de la visión del cortometraje La sirena y el primer intercambio de opiniones en el aula, abruptamente interrumpido por el lockdown, les pedí escribirlas en textos de unas pocas páginas –que aquí se reproducen integralmente o por fragmentos– como si se tratara de una lluvia de ideas, emociones, consideraciones personales, sin que sus escritos tuvieran necesariamente las características formales y filológicas de los trabajos que habitualmente los docentes les pedimos redactar como parte del examen de fin de curso. Más bien, en esas circunstancias excepcionales de confinamiento por la emergencia pandémica, me interesaba descubrir sus opiniones, sensibilidad y conocimientos previos sobre los temas del curso y enterarme de su concientización a través del proceso de escritura. En tal sentido, me importaba valorar los saberes de su experiencia vivida (Freire, 2005) y su empatía frente al objeto de estudio.
Puesto que las memorias individuales requieren siempre un marco de referencia socialmente compartido (Halbwachs, 2004), la lectura colectiva de los textos de los alumnos impulsó la puesta en circulación de nuevas significaciones sobre el pasado reciente argentino que permitió considerar lo vivido en aquel período como parte de una situación traumática que persiste en el presente, si bien en un contexto geopolítico diferente. Dicha lectura se realizó durante dos encuentros[5] con la generosa participación de la escritora “argen-mex” Sandra Lorenzano, quien –desde Ciudad de México, donde vive desde 1976 cuando su familia se exilió de la Argentina– aceptó entusiasta la invitación a escuchar y comentar los textos de los estudiantes, en una suerte de “inversión de roles”.[6] En otras palabras, encontramos una manera, quizá tal vez novedosa y creativa, para que los alumnos no fueran meros “espectadores” de una conferencia “monológica” dictada por una “especialista” (y el calificativo, en el caso de Sandra Lorenzano, abarca tanto la dimensión profesional como su condición de testigo de la época de terror); sino protagonistas, como individuos y también como grupo, del encuentro. Cumplimos con la voluntad de que no fueran meros “oyentes” sino autores y lectores con voz propia de sus propias “obras” frente a la escritora invitada; y esto posibilitó que los estudiantes fueran, no solo sujetos activos del proceso de aprendizaje, sino también productores ellos mismos de memorias. “No todo encuentro sucede, aunque estemos todos juntos”, afirmó Paula Bombara durante una conversación sobre “Los Derechos en el aula” organizada por Abuelas de Plaza de Mayo:
A los encuentros se llega permitiendo que se instale la duda, la vulnerabilidad, la sensación de que se está en penumbra y la confianza en que algo de luz va a salir […]. El encuentro tiene que ver con que haya un ambiente de escucha real, tiene que haber una disposición tanto de la parte docente, como de la parte invitada, como de los estudiantes (Bombara, 2020).
En las dos ocasiones en que los alumnos le leyeron sus escritos a Sandra Lorenzano, la empatía y la escucha –en sentido derridiano: como tensión, disposición hacia el otro, apertura afectiva, percepción de los detalles y curiosidad analítica– fueron elementos esenciales y detonantes para que los encuentros se hicieran lugares de memoria, fugaces e inmateriales, pero firmemente asentados en todos y cada uno de nosotros. Precisamente, reanudando y siguiendo el razonamiento de Paula Bombara planteado en Memoria y Derechos Humanos (Nanni, 2020: 123-135), en el que encaja perfectamente una hipótesis interpretativa de estas experiencias colectivas, los encuentros que realizamos pueden considerarse “lugares de memoria”, acorde con la definición de Pierre Nora (1984), en sus tres dimensiones: material, si bien, el espacio donde se difundió y manifestó la objetivación de la memoria, en nuestro caso, fue intangible, sin duda alguna “virtual”; funcional, puesto que los alumnos garantizaron la transmisión de la memoria a través, primero, de sus propios textos y luego con su traducción al italiano de Los sapos de la memoria de Graciela Bialet, posibilitando que la memoria encuentre un vehículo social que la reactualice en tiempos futuros y generaciones venideras; y simbólica, que radica tanto en la literatura producida por los estudiantes, como en la situación atípica deliberadamente creada con Sandra Lorenzano –al repartir los roles “al revés”–, lo que ha otorgado un “aura simbólica” al intercambio ahí generado y al lugar “virtual” compartido donde se produjo el encuentro.
En ese espacio que no es físico sino técnicamente “virtual”, y que Sandra Lorenzano definió como un “espacio de afectividades”, en este lugar de memoria y de escucha real, cada estudiante eligió desde su propia perspectiva y sensibilidad el tema sobre el cual quería centrarse, juntando la racionalidad con la afectividad: “cada uno armó una suerte de calidoscopio genial –comentó Sandra Lorenzano– donde la memoria y la empatía nos traen a reflexiones del presente: son varios fragmentos de colores de este caleidoscopio que finalmente abre o arma una figura maravillosa” (Lorenzano, 2020).[7]
Organizamos la lectura de los textos –de forma integral o en fragmentos, tal como se presenta a continuación– agrupándolos en unidades temáticas, si bien todos germinaron a partir de una interpretación personal de La sirena, para seguir cada uno con su propio desenlace, según una isotopía semántica personal: 1) la sirena y Atlántida; 2) inquietudes y preguntas sobre la transmisión de la memoria; 3) complicidades políticas y responsabilidades: enemigos de ayer y de hoy; 4) sobre lo que queda y el Mediterráneo.
Los encuentros con las y los estudiantes fueron intensos, sensibles e inmensamente conmovedores. Cada una de las participaciones me cimbró profundamente, mucho más de lo que alcanzan a mostrar los fragmentos de mis participaciones elegidos por Susanna y por los chicos. Los mantuve tal cual porque dan muestra así de un diálogo vivo, un intercambio de experiencias y de emotividades íntimas. Por lo mismo dejé las marcas de oralidad y un cierto fluir de la lengua que escapa a las rígidas convenciones académicas. Sirvan estas líneas como agradecimiento por lo que estos chicos, nacidos al otro lado del océano, y que prácticamente nunca habían oído hablar de la dictadura argentina, me enseñaron sobre la memoria, la responsabilidad y el respeto a los seres humanos (Lorenzano).
4.1. La sirena y Atlántida
La escucha de los textos del primer bloque revela un fil rouge: la tensión entre memoria y olvido, entre deseo y castigo:
Hay una relación entre la sirena desaparecida de Cini y la sirena de Andersen y la versión Disney: el castigo por querer amar en los dos últimos casos, por el deseo de un mundo mejor, menos desigual, menos injusto. El poder castiga el deseo de transformación en todas ellas, y premia la ausencia de deseo: estar conformes, permanecer inmóviles en su propia realidad (Lorenzano, 2020).
La sirena, en estos primeros textos, se revela como expresión y síntesis de la memoria, de la maternidad (asociada con el/la mar) y de lo femenino: lo femenino torturado, acallado, desaparecido, hundido, igual que el supuesto continente (Atlántida).
Lo que está desaparecido y acallado es otra vez ese deseo de un mundo igualitario, de un mundo donde las mujeres no sean asesinadas por el simple hecho de ser mujeres, donde las reivindicaciones por un mundo mejor no dejen de lado lo femenino. No son solo los desaparecidos, sino en concreto una mujer desaparecida, que representa en su cuerpo la máxima violencia: la violencia sexual, la violación, la tortura sexual, que marcan la apropiación que hacen los asesinos, antes de cometer su crimen. Reivindicar a la sirena que elige perder su cola para ser dueña de su propio cuerpo es fundamental (Lorenzano, 2020).
Lo femenino que también tiene la fuerza para volver a vivir, bajo otras formas, y a hablar en el vívido recuerdo de sus cuentos y en la transmisión de la memoria a las generaciones futuras.
Los desaparecidos vuelven a la escena como seres mitológicos que habitan los abismos marinos, esperando que los seres humanos los conviertan en memoria: “Están ahí en el fondo del mar, y nosotros somos los encargados de transformarlos en memoria, en relato, en obra, en clases, en textos” (Lorenzano, 2020).
Irrumpe, entonces –como en todas generaciones jóvenes– la fuerza de la esperanza: partir del horror (vuelos de la muerte, barcazas de la muerte, fronteras de la muerte), para heredar el dolor y convertirlo en lucha, para vivir la memoria y entregar a las generaciones venideras una sociedad global distinta, más solidaria, incluyente, comprometida, empática:
Nuestro privilegio es poder escuchar a las voces de los desaparecidos y al mismo tiempo es nuestra más urgente responsabilidad. Y depende de cada uno, qué hace con esta responsabilidad, qué hace con aquello que el momento actual le demanda, cómo se enfrenta a la urgencia de empatía y de eticidad.
Los jóvenes nos están mostrando distintas formas de mirar la realidad, de las cuales debemos aprender. La transmisión de la memoria también es esto: sentirnos orgullosas de que las nuevas generaciones van a ser capaces de transformar estas luchas, de darles una vuelta. Ahora nos corresponde escucharlos y aprender (Lorenzano, 2020).
Federica Comegna, La sirena: de Andersen a Cini, pasando por Walt Disney
La sirena: criatura legendaria que se ha manifestado en nuestra imaginación de muchas maneras, a veces presentada como feroz y peligrosa, a veces como fascinante e irresistible. Personalmente, cuando pienso en una sirena, lo primero que se me ocurre es Ariel, con su pelo rojo y su suntuoso palacio de agua. Conoce al hombre perfecto y deja su vida, su cola, a cambio de dos hermosas piernas –mientras que tiene que renunciar a su voz– y a un futuro que parece maravilloso. En resumen: el amado final feliz. Solo me llevó unos minutos, un martes, la primera clase a las 10 de la mañana para hacerme volver con los pies en el suelo y entender que la vida no es un cuento de hadas, y no siempre tiene un final feliz.
Hace mucho tiempo, en un reino lejano… no, en La sirena de Daniele Cini no ha pasado mucho tiempo, y el reino del que habla existe realmente, y no está tan lejos: es Argentina. La protagonista del cortometraje no es una princesa, sino una joven madre, que es arrancada del amor de su familia frente a su hija. La niña, con un helado que acaba de comprar y la mirada inocente en su rostro, probablemente no se da cuenta de que esa será la última imagen que le va a quedar de su madre. […]
El año 2020 nos está dando de alguna manera una muestra, en un contexto totalmente diferente, del dolor que puede sentirse al perder un afecto de repente, sin tener posibilidad alguna para evitarlo, sin tener posibilidad alguna de decirle un último adiós.
Tras la visión del cortometraje, decidí ir a buscar la versión original del famoso cuento de hadas que inspiró La sirenita de Disney. Para mi sorpresa, me di cuenta de que probablemente, la historia nacida de la pluma del escritor danés Hans Christian Andersen, y luego revisitada, es mucho más parecida a la de la sirena argentina. La sirenita de Andersen es la protagonista de una historia terrible. Si las comparamos, podemos encontrar muchos elementos en común: la sirena de Cini es secuestrada, por sus ideales, y luego torturada por los militares. En el centro clandestino de detención, pierde su nombre y se convierte en número. La sirenita de Andersen también no tiene nombre, y ni siquiera tiene alma, y como consecuencia de su pasión por el mundo de los humanos, será torturada por ocho ostras que se le clavan en la cola. Al final, la sirena de Cini es arrojada al mar. La sirena de Andersen, por otro lado, debe matar al hombre que ama para evitar su propia muerte. Al no realizar ese cruento acto, la sirenita es encarcelada en el cielo durante 300 años, antes de que pueda conseguir un alma y volver a su vida. Como los restos de los desaparecidos que quizás un día regresen del mar y vuelvan a tener un nombre, su identidad.
Serena Galosi, Sirenas consoladoras
En su cortometraje La sirena, Daniele Cini condensa en unos pocos minutos imágenes y palabras muy impactantes y conmovedoras sobre una joven madre argentina que fue secuestrada, encarcelada, torturada y arrojada al mar desde un avión aún viva, durante la última dictadura cívico-militar argentina. La mujer vuelve a establecer un vínculo con su hija, recordando la mítica historia de Atlántida y de la figura de la sirena, que los hombres siempre han temido porque creían que estos seres con cuerpos mitad pez y mitad mujer se alimentaban de los sueños. En Homero, la sirena ha representado la invitación al conocimiento omnisciente; en Eurípides, tiene una función consoladora a través de la música; en general, en la Antigüedad, se consideraba que el canto de las sirenas tenía esta función de consuelo durante los cultos funerarios […].
En mi opinión, no por casualidad Cini propone la sirena como símbolo de estas mujeres, torturadas, masacradas, desaparecidas, privadas de la maternidad, abandonadas a su destino en las olas del mar: lejos de un final feliz, el cortometraje transmite, sin embargo, una idea consoladora: en las profundidades marinas, la sirena logra liberarse de las ataduras, comienza a nadar en un ambiente marino pacífico y tranquilizador, con la confianza de que sus historias seguirán vivas, y sus ideales no desaparezcan con sus cuerpos. […] Es una figura que une el pasado al presente, elemento a través del cual se solicita el reclamo a que no se olviden tampoco a los miles de hombres y mujeres migrantes que en nuestro presente y en nuestras aguas desaparecen, miles de seres humanos que huyen de guerras y dictaduras, de hambre y catástrofes naturales, con la esperanza de vivir una vida mejor en un mundo más justo. Desaparecidos. Sin identidad. Los últimos.
Donatella De Vivo, Volver a los orígenes
[…] La sirena de Cini tocó las cuerdas más profundas de mi alma. Con la esperanza de no resultar inapropiada, he intentado sacar una perspectiva aliviadora: me reanima pensar que estas mujeres, abandonadas en las aguas del océano, alejadas de sus hogares y sus afectos, han recuperado la libertad que les arrebataron cuando fueron secuestradas y torturadas, y que se han reunido con su dimensión originaria, el agua, lugar de paz y armonía. La imagen de la mujer que nada –tan natural como si fuera una sirena– en las profundidades marinas, sugiere que este lugar la ha recibido como su nueva habitante. Al igual que no hay lugar más acogedor para una nueva vida que el vientre materno, donde flota y crece protegida en una dimensión líquida, estas mujeres, sacadas brutalmente de su vida anterior, han alcanzado un lugar que les devuelve a sus propios orígenes.
Michela Lanna, La sirena: memoria del pasado, del presente y del futuro
[…] La historia de Laura Estela Salviati, protagonista del cortometraje de Daniele Cini, sigue viviendo en el presente gracias a la inclusión de la figura de la sirena en la segunda parte del vídeo. Además de crear una atmósfera poética, que atenúa el dolor provocado por el testimonio de la mujer, el cuento tiene un significado metafórico profundo, y sobre todo un mensaje de concienciación: el proceso de conversión de los cuerpos moribundos en criaturas mitológicas y eternas simboliza el renacimiento de todos los desaparecidos en la memoria colectiva y en el presente, que se perpetúa de generación en generación, así como las palabras de la narradora se repiten en la mente de su hija, Tina. Estas criaturas siguen viviendo en el mar, y de vez en cuando vuelven a ofrecernos señales de su presencia dejando huellas en las costas […].
La nota final añade otro elemento muy importante para reforzar la intención del autor, es decir, el paralelismo entre la tragedia argentina y la de los migrantes en el Mediterráneo. El enlace, inmediato y explícito gracias a la presencia del mar, no deja espacio para dudas o interpretaciones: estas tragedias nos conciernen a todos, en el pasado, en el presente y en el futuro. Daniele Cini nos está gritando a través de las imágenes que es imprescindible mantener viva la memoria del pasado, para entender el presente y pensar en un futuro más justo; que Atlántida no es un “imperio perdido”, sino un imperio de almas, de voces, de historias de sufrimientos, de dolor y coraje, que abraza todo el planeta y todos los seres humanos; que es necesario sentir el dolor de los actuales migrantes en nuestras conciencias y amplificar sus voces en el presente; que tenemos que luchar y levantar nuestras voces para no caer en el olvido y rendir justicia a todos los que no la tuvieron; que, al final, la memoria es el instrumento más eficaz y fuerte que tenemos para no volvernos ni culpables, ni esclavos de un mundo dominado por jerarquías (in)humanas, en el que algunos tienen el privilegio de establecer quien merece vivir y quien debe morir.
Sara Marchegiani, Un futuro de esperanza aún por escribir
Argentina, años 70. Una mujer es secuestrada mientras pasea con su hija por una calle de Mar del Plata. Poco después, su cuerpo desaparece en el océano.
Italia, años 2000. Con un salto temporal de 30 años, un abogado italiano defiende a los militares argentinos acusados en Italia por el caso de tortura y desaparición de esa mujer. Italia: un país que, desde el inicio de la “guerra sucia” (así la definieron los militares argentinos para justificar el exterminio de los “terroristas”), ha tenido fuertes vínculos con la junta militar argentina, en el silencio de las instituciones cultivado por intereses políticos y económicos.
[…] Es difícil solo imaginar las atrocidades cometidas contra el pueblo argentino (y centenares de ítalo-argentinos) durante la última dictadura cívico-militar, perpetradas por un sistema criminal institucionalizado que garantizaba un tipo de represión meticulosamente planificada e ilimitada, en el espacio y en el tiempo. Una represión, cuya última etapa estaba constituida por los “vuelos de la muerte”, práctica de exterminio a través de la cual miles de seres humanos fueron arrojados al mar aún vivos. Y es desde uno de estos aviones que la protagonista del corto de Cini, sedada y atada de pies y manos, ha sido arrojada para terminar en las profundidades del océano. Ahí abajo, no está sola: miles de personas, como ella, han sido arrancadas de sus vidas y obligadas a habitar un mundo lejano, suspendido y mortífero. Sus cuerpos parecen estar destinados, como peces sin voz, a gritar su verdad sin ser escuchados.
Sin embargo, en el fondo de las oscuridades y en el colmo de la desesperación, no todo está perdido, algo sigue viviendo y no se rinde. La mujer, dirigiéndose idealmente a su hija, le dice que se ha transformado en una sirena, en ese ser mitológico, habitante de una ciudad sumergida, de la cual le solía hablar cuando paseaban juntas por las orillas del océano. A primera vista, el espectador podría preguntarse por qué el autor se refiere al mito de Atlántida, lugar legendario, desaparecido, negado a la vista, pero que espera, quizás un día, ser devuelto a la luz, revelado. Entonces, la conexión se hace más clara y evidente: Atlántida es un mundo que desvaneció en las profundidades del océano –según algunas hipótesis– por una catástrofe natural, una fuerza capaz, en su inconmensurable violencia, de sembrar muerte y de destruir no solo una civilización entera (en sentido más abstracto), sino seres humanos, individuos, con sus afectos y vínculos, sus esperanzas, sus ideales y valores. En este sentido, Atlántida puede hacernos pensar en la tragedia argentina: un país, un pueblo, miles de seres humanos atormentados por una catástrofe provocada por la violencia humana, con una fuerza no menos destructiva y devastadora que la de una catástrofe natural; un país y un pueblo cuyas heridas siguen abiertas en el fondo de ese océano y solo esperan ser reconocidas y finalmente curadas.
Un día, esa Atlántida volverá a la superficie, poco a poco, lenta e inexorablemente, y reaparecerá tan fuerte como la verdad, gracias al activismo y a la militancia de la memoria, esa memoria capaz de hacer revivir cada día a los numerosos desaparecidos y de sacudir las conciencias. Cultivar este tipo de memoria nos ayuda a crear una esperanza para el futuro de la humanidad, para que nunca más se repitan tales atrocidades, en ningún lugar de la tierra. De hecho, con una imagen llena de esperanza me dejó la visión de La sirena, significativo cortometraje sobre una de las páginas más dramáticas de la historia del siglo pasado, aún más significativo y conmovedor por haberlo visto hoy, 24 de marzo de 2020, en el 44º aniversario del golpe de Estado: esa mujer en el fondo del mar no se rinde ante la muerte y el olvido y, tras transformarse en una sirena, se libera de toda atadura y se aleja nadando por las aguas del océano hacia un futuro mejor aún por escribir.
Gloria Tronti, Ella, o él, era como yo
Me llaman el desaparecido
Que cuando llega ya se ha ido
Volando vengo, volando voy
Deprisa, deprisa a rumbo perdido
Cuando me buscan nunca estoy
Cuando me encuentran yo no soy
El que está enfrente porque ya
Me fui corriendo más allá.
Manu Chao, “Desaparecido”
Hasta el mes de marzo de 2020 yo nunca había asistido a clases sobre la historia argentina reciente. En la escuela secundaria tuve una profesora que nos presentó tangencialmente algunos acontecimientos relativos a la Revolución Cubana y al Chile de Pinochet, pero nada sobre Argentina. Lo que me llegó de mis padres o de los “responsables” de mi educación sobre la cultura y la historia de Argentina en los años de la dictadura, fue solo una canción y un uso indebido del término desaparecido, para referirse a cualquier amigo del que no se sabe nada durante mucho tiempo.
Conocer lo que ocurrió entre 1976 (o, más precisamente, 1974) y 1983 fue, a primer impacto, muy desconcertante y me dejó con una profunda sensación de inquietud, vulnerabilidad y al mismo tiempo de ira. Es un proceso curioso el que tiene lugar cuando uno se da cuenta de ignorar acontecimientos históricos tan horribles. La parte intelectiva de mí los recibió con mucho interés y atención; la parte más racional, como ciudadana del mundo, políticamente comprometida, experimentó la ira que uno siente cuando se enfrenta a los horrores de la humanidad, alimentada por el deseo de participar en algo que pueda de alguna manera sanear las heridas de las personas que han sufrido; la parte más emotiva, en cambio, estaba atónita, afligida y debilitada por la conciencia de que una vez más la raza humana ha sido capaz de cometer, y todavía sigue cometiendo, algo tan cruel y feroz. Se me pone la piel de gallina con solo pensarlo.
Ocurre que los episodios más trágicos de la historia de la humanidad son vistos y estudiados como si hubieran sido cometidos por seres no humanos, y lejanos en el tiempo. Como si los verdugos fueran hijos de otra época, movidos por un espíritu de adaptación y supervivencia a las condiciones políticas y económicas de una entidad inimaginable en nuestra sociedad. Y como si las víctimas, hombres y mujeres que lucharon por su libertad e ideales, lo hicieran por una razón ajena a nuestra época, diría “exagerada” en el contexto en que vivimos. Los estudiantes se alejan de esas historias principalmente por la distancia temporal o geográfica. Uno tiende a olvidarlo poco después de leerlo en los manuales de historia, demasiado ocupado en pequeñas batallas diarias para comprometerse en asuntos que “no nos conciernen”.
Se me dio la oportunidad de conocer la historia de los desaparecidos en Argentina, y de manera diferente de lo “normal”. Lo que separa el conocimiento de estas historias (a partir de la lectura de una novela o la visión de un cortometraje), de la Historia en sí (estudiada en los manuales de historia), es precisamente la carga emocional que logran transmitir: las figuras inalcanzables, que en nuestra imaginación no lograban emerger de unas páginas de un manual, se hacen reales, adquieren definición, toman un nombre, una identidad. Son personas que tenían familias, que tenían sueños, ambiciones, hábitos y características físicas que también podemos encontrar en nosotros mismos. Y nos sorprendemos pensando en esas personas: “ella, o él, era como yo”. Y no solo me doy cuenta de esto, sino que también tomo conciencia que lo que les pasó a ellos todavía revolotea sobre nosotros, ayer como hoy.
Cuando desvío la mirada de los acontecimientos argentinos, con la mente llena de preguntas que no logran tener respuesta, no puedo dejar de dirigirla hacia otros hechos que parecen hacer eco inexorablemente al grito de resistencia y dolor de los desaparecidos y sus familias. La verdad es que no importa lo distantes y ajenas que parezcan: no lo son. Con distinta intensidad, con otros idiomas, con otros protagonistas y con otras voces, los horrores siguen repitiéndose a la orden del día. No es necesario mirar demasiado lejos, en el espacio y en el tiempo: es posible encontrar similitudes con lo que ocurrió en Argentina incluso en una realidad mucho más cercana y actual para nosotros.
Solo para dar un ejemplo de lo que pasa cotidianamente, pienso en la reacción justificadora que la opinión pública tiene sobre algunos eventos dramáticos y violentos: el “algo habrán hecho”. He escuchado con mis propios oídos a un colorido número de personas pronunciar palabras similares a las que gran parte de la sociedad argentina utilizó durante la dictadura para referirse a los secuestrados: por algo será, algo habrá hecho, se lo merecía, si estaba allí no era realmente un santo… Y aún hoy, se declaran con respecto a noticias en las cuales la violación a los derechos humanos es patente. Creo que estas personas se esconden detrás de una ideología (racista, homófoba, discriminatoria) y buscan, a través de sus palabras, un “desapego” para protegerse emocionalmente. Y allí están siempre, vuelven, inexorablemente, en cualquier ocasión: violencia doméstica, violaciones, agresiones a personas indefensas, a drogadictos, a encarceladas, o a personas de otras nacionalidades, culturas u orientaciones sexuales.
Nos concierne. Este es el mensaje lanzado indiscutiblemente por Daniele Cini en su cortometraje La sirena que, además de haber dejado una huella indeleble en mi corazón, ha evocado en mi mente muchas imágenes y reflexiones que confirman una vez más mi pensamiento: no somos tan diferentes y lo que pasó en Argentina nos concierne.
Crecí con los dibujos animados de Walt Disney y, pensando en una sirena, la imagino inmediatamente con el pelo rojo, las caracolas sobre el pecho, una criatura mitad mujer y mitad pez que, para defender su derecho al amor, tuvo que renunciar a lo que más quería: su voz. Es tristemente irónico pensar que incluso “nuestra sirena”, Laura Estela Salviati, ha sido privada de su preciosa voz por el amor de algo: sus ideas. Y es inaceptable e indignante pensar que, como ella, hoy miles de personas realmente van a poblar las profundidades del mar, arrancados de sus vidas por defender algo: que sea un sueño, un ideal, un proyecto de una vida mejor.
Lo que inicialmente despertó en mí un interés particular fue una evocación. Las palabras del abogado, que escuché por primera vez, me sonaban familiares, como si ya las hubiera escuchado, pero en un contexto diferente. Luego, lo entendí. Pensé en un hombre italiano: se llamaba Peppino Impastato, y fue una de las miles de víctimas de la mafia italiana por haber luchado en contra de ella con toda su fuerza: decir la verdad. Dice Claudio Fava, autor del libro Mar de Plata y guionista de la película I Cento Passi: “Hay afinidades dramáticas entre los desaparecidos y las víctimas de la mafia y la matriz común es la defensa hasta la muerte de la propia dignidad. Los generales argentinos o los tiranos de cualquier Estado, así como la mafia, abusan con violencia, con la negación de toda regla, con la mentira, y quien está del lado de la justicia a esta fuerza maligna le opone la de la verdad, se defiende viviendo con la espalda recta” (Castellani, 2015).
Mi generación tiene una gran y subestimada fortuna: la red, lo que –además de ofrecer archivos ilimitados para los que tienen sed de cultura– permite acceder a la verdad a través de una amplia e instantánea circulación de información; permite denunciar, participar en actos, en iniciativas solidarias y en la lucha de comunidades, independientemente de su distancia geográfica; nos permite ser testigos de las historias de hombres y mujeres que no están físicamente cerca de nosotros, pero con los cuales compartimos ideales y esperanzas: ella, o él, como yo.
Historia magistra vitae. Que así sea. Y de la dramática historia argentina también hemos podido aprender el valor de la memoria como herencia y la importancia de ser testigos, hoy, con nuestras vidas, de lo que creemos y defendemos, para que cualquiera de nosotros pueda ser un lugar de memoria para los que vendrán.
Giada Benedetto, La misma agua
Atlántida: se supone que éste fue un continente enorme, que en el centro había un monte llamado Atlante, y que esta tierra se hundió en el Océano. Más allá de la imposibilidad “científica” de comprobar la existencia del mítico continente, me fascina la idea que la misma agua del Océano Atlántico (cuyo nombre proviene del mito) bañe tanto Europa, como Argentina. Y esto nos acerca. La misma agua donde nos bañamos de vacaciones, esas playas paradisíacas, están rozadas por la sangre de miles de desaparecidos. Si nos fijamos en esto, ¿de verdad podemos decir que es algo que no nos concierne? “La mer” le dicen en francés, en femenino. El mar como madre: amigable, acogedor, reluciente unificador de tierras y pueblos. ¿Cómo puede entonces hoy en día ser asociado con la muerte y la violencia? ¿Cómo podemos nosotros, humanidad entera, permitir que ensucien el nombre de nuestra madre y destruyan las vidas de miles de nuestros hermanos? Es un problema que nos concierne. Ayer, hoy, mañana: siempre.
Pasó en Argentina durante la última dictadura militar, desaparecieron 30.000 personas, por la mayoría jóvenes, arrojados al mar, aún vivos. Sobre los “vuelos de la muerte”, escuché y quiero compartir la canción del grupo argentino Bersuit Vergarabat, que se titula Vuelos:
Vos me estás mirando
Y yo voy a caer
Colgado en tu sien
Vos me estás mirando y yo voy a caer
No me ves, pero ahí voy
A buscar tu prisión
De llaves que solo cierran
No me ves, pero ahí voy a encontrar tu prisión.
En esta primera estrofa, escrita en primera persona desde el punto de vista del desaparecido en el acto de ser arrojado al mar, encontramos el tema de la prisión, de la condena, vinculada con el agua. Prisión, moral o física. Prisión para los cuerpos, destinados a quedar a la merced de las olas. En estas letras se hace referencia a la memoria de los cuerpos, que muy probablemente no van a ser recuperados e identificados. No hay justicia, para las familias afectadas y, por extensión, para el mundo entero. Por eso es importante seguir adelante en caminos de lucha, de concientización, de denuncias, de visibilización del horror.
Pasó –y sigue pasando– en el Mediterráneo, en el Mar Rojo, en el Océano índico y a lo largo de las fronteras terrestres: en América central, en los desiertos africanos, en Europa del este. Los datos encontrados en el sitio web del comité “Verità e Giustizia per i Nuovi Desaparecidos”[8] son extremadamente dramáticos: solo el año pasado (2019) murieron 2.453 migrantes en el intento de llegar a Europa, en busca de un futuro mejor para sí mismos y sus familias. “No es algo que nos concierne” vuelve a resonar. Se trata de personas provenientes de regiones del mundo consideradas “periféricas”, con otras culturas, otros idiomas, otras religiones, difíciles de integrar en la “civilizada” Europa. El problema humanitario se convierte en un problema económico y político y los gobiernos deciden dividir a los migrantes entre de primera y de segunda clase. Cuando la economía manda, los derechos humanos se callan, como en la Argentina de la dictadura.
Estas dinámicas son las que permiten que se siga perpetuando el exterminio, que el pasado vuelva a repetirse, que sigan desapareciendo seres humanos. Ignorar nos puede convertir a nosotros mismos en cuerpos anónimos, cuerpos fantasmas. ¿Es éste el mundo en el que queremos vivir?
Investigando sobre el tema, he descubierto el trabajo de unas organizaciones no gubernamentales que luchan en contra de la indiferencia y de las políticas europeas. Me gustaría compartir la acción de un proyecto catalán, “Casa Nostra, Casa vostra”,[9] que ayuda a migrantes en todo el mundo, tanto en el contexto europeo, como extra-europeo. Realizan unos programas de inclusión con las familias de migrantes y en el sitio web publican sus testimonios que, de otra forma, se quedarían en el anonimato. Esta es la presentación sobre sí mismos:
Casa Nostra, casa Vostra, no es nadie en concreto y es todo el mundo a la vez. Somos un grupo de personas independientes y un conjunto de entidades del país. Somos cultura y somos sociedad civil. Somos arquitectos, periodistas, obreros, abogados, autónomos, personas en el paro, intelectuales y estudiantes. Y compartimos una profunda preocupación por la situación que viven miles de personas migrantes y desplazadas a la fuerza, dentro y fuera de la Unión Europea. Queremos acoger personas que huyen de las guerras, del hambre, de la persecución política, por motivos de orientación sexual o por sus creencias. Pero también queremos acoger aquellas personas que ya son aquí y siguen teniendo dificultades para desarrollar una vida digna. A todas estas personas los queremos decir: Casa Nostra és Casa Vostra.[10]
Es un proyecto de concienciación social sobre los hechos que están ocurriendo en el Mediterráneo y la crisis actual de los refugiados en Europa. Con este intento, el 18 de febrero de 2017 se realizó la primera campaña, que pronto se convirtió en una manifestación masiva por los derechos humanos de los refugiados. Más de medio millón de personas se reunieron en las calles de Barcelona con el eslogan “Prou excuses, acollim ara” (“¡Basta excusas, acogemos ya!”) y marcharon hasta la plaza Urquianona para desembocar en el paseo marítimo frente al mar Mediterráneo. En la manifestación participó también el cantautor catalán Joan Manuel Serrat que, en 1971, había compuesto la canción “Mediterráneo” y, para la ocasión, se juntó con otros artistas y con el apoyo de la cca(r) (Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat) realizaron un nuevo videoclip[11] que difundieron en las redes a través del hashtag #VolemAcollir #QueremosAcoger.
Como parte del proyecto, quiero señalar también la realización de una serie de diez episodios titulada Vides aturades[12] (Vidas paradas), nacida a partir del homónimo libro de la escritora catalana Bel Olid tras un viaje al campamento de refugiados de Eko en Grecia. Se centra en la vida de cinco refugiados sirios para profundizar en temas como la identidad, la espera, la privación. En las palabras de la autora: “La crisi dels refugiats en primera persona. Les persones protagonistes duna de les crisis humanitàries més importants de la història tenen vides molt semblants a les nostres. Perquè els refugiats no són xifres, són milers de vides amb nom i cognoms i amb històries personals que mereixen ser escoltades.” Los videos, cada uno dedicado a una persona, logran presentar, aunque sea en pocos minutos, a los seres humanos por detrás de los números y de los estereotipos.
La segunda asociación en la que me gustaría fijarme es italiana, de mi ciudad, Turín: se llama “Carovane migranti”[13] y trabaja, en particular, para la libre circulación de los individuos en el mundo, como derecho inalienable de todo ser humano:
Es en esta dimensión que tiene lugar la práctica del viaje que, además de compartir historias que inevitablemente estarían destinadas al olvido, permite consolidar relaciones de colaboración y solidaridad respecto a las buenas prácticas que crecen inesperadamente en decenas de realidades en resistencia. En Italia y más allá del océano. La Caravana es también un “vehículo” para las peticiones de madres y padres que buscan a familiares desaparecidos tras su llegada a Italia y a los que aún no se ha dado respuesta. A lo largo del año organizamos seminarios, actividades de autoformación y actos para consolidar los intercambios y las experiencias entre las comunidades de Turín y las grandes campañas nacionales e internacionales sobre los migrantes.[14]
En América Latina, se juntaron con el Movimiento Migrante Mesoamericano,[15] para “recalcar que lo que les pasa en ee. uu. y en el resto del mundo, a nuestros compatriotas y familiares es algo que nos concierne”. Por esto es importante “dar la lucha conjuntamente, sin fronteras, […] regional y universalmente, como un solo pueblo, como una familia, como una sola clase social”: la clase de los sin papeles, la de los sin trabajo, sin oportunidades, sin educación, sin salud, sin derechos sociales, “víctimas todos y todas del sistema neoliberal explotador vigente, que estamos obligados a transformar en donde sea que nos encontremos.” En 2017, pusieron en marcha una Caravana de Madres de Migrantes Desaparecidos. Llegadas a la frontera entre México y Guatemala, etapa final del viaje, gritaron: “Sus muros desaparecen a nuestros hijos”, “¡muros no, puentes sí!”.
En Italia, los medios de información se ocuparon del trabajo de la asociación solo cuando, a través de ésta, algunas familias tunicinas pidieron al presidente de la República Italiana noticias sobre sus hijos desaparecidos en 2011, cuya llegada en Italia había sido registrada: su pedido –“Diteci dove sono!”– sigue sin respuesta.
La historia es un taller de vidas. El genocidio argentino pasó y muchos lo ignoraron, o pretendieron ignorarlo. Algunos afirmaron que “por algo será”, como para encontrar una justificación, otros ocultaron lo que estaba pasando, y otros aún lo percibieron como algo ajeno, algo que no llegaba a afectarles en concreto, algo que pasaba en el “sur” del mundo. Y esos “otros aún” éramos nosotros. Pasó y muchos lo aceptaron olvidándose de que nos bañamos todos en la misma agua.
4.2. Inquietudes y preguntas sobre la transmisión de la memoria
Este segundo grupo de intervenciones reúne algunas suposiciones, inquietudes y perplejidades de los estudiantes sobre la transmisión de la memoria y sus posibilidades, peripecias, desafíos y abordajes: el arte visual, la palabra poética, la literatura infantojuvenil; medios cargados de poder simbólico, perturbador, expresivo y provocador, que brindan un espacio creador, configurador de otros mundos, para (re)significar lo que está oculto y reprimido por el trauma, e invitar a la reflexión sobre temas sensibles y violentos desde un lugar distinto (Cury Abril, 2007). Para entrar en los pliegues emocionales que nos permiten reaccionar como seres humanos.
Suponiendo una idea de generación, no en sentido biológico, sino flexible, que se refiere a “colectivos” que participan de la transmisión de legados y herencias, las preguntas clave que vinieron sumándose a lo largo del curso se centraron en su “derecho” a asumir el papel de transmisores de memoria: ¿podemos, como grupo de estudiantes italianos que profundizan las representaciones de la historia reciente argentina, considerarnos un lugar de memoria? Reconociendo la heredad como una tarea (Terán), ¿podemos sentirnos en derecho de transmitir la tragedia argentina a las generaciones italianas futuras? ¿Qué opinarían los argentinos sobre el hecho de que nosotros, que no hemos sufrido directamente la tragedia y que vivimos en el otro lado del océano, asumimos ser herederos y transmisores de su propia memoria como clave de interpretación de nuestro presente?
Ilaria Piccolo, La transmisión de la memoria a través del fragmento artístico
[…] Considero la memoria “como tarea y no como algo dado, como construcción y no como hecho, como acto y no como cosa” (García, 2011: 89). Las obras de arte que quieren representar y transmitir este tipo de memoria “parten de la destrucción, de la diseminación de fragmentos, pero interpelando al presente para trazar un sentido posible a partir de esos restos” (ibid.). El arte de las nuevas generaciones recupera su poder para involucrar a los no afectados en las prácticas de memoria crítica destinadas a producir “comprensión” (Bystrom, 2009: 320), es decir, intenta hablar a las nuevas generaciones a través de obras dirigidas hacia una memoria activa, una memoria que “no es una narración estable del pasado, sino un concepto en continuo cuestionamiento de su propio significado y su propia práctica” (ibid.: 318). Esta memoria se cuestiona constantemente sobre la identidad y lo hace empezando su discurso desde el cuerpo físico. La mayoría de estas obras, que nacen como intento de transmisión de la memoria a través del arte, ponen al centro el cuerpo, el cual se conforma como archè del discurso sobre la memoria. Corporizar la memoria como estrategia artística para hablar de manera aún más explícita y directa. Daniele Cini, con su cortometraje La sirena, hace precisamente esto. Con la representación de la sirena, Cini pone al centro de su obra el cuerpo, punto de partida para cuestionarse sobre cómo hablar y cómo hacer memoria. La sirena es el cuerpo de cada desaparecido, es el cuerpo de cada madre de Plaza de Mayo que ronda todos los jueves, es el cuerpo de todos nosotros. El cuerpo es memoria, es testigo de lo que está y de lo que ya no está, es lugar de violencia y lugar de memoria al mismo tiempo, es, citando a Barbara Kruger, un “campo de batalla”. Con su sirena, Cini nos transmite todo esto intentando reclamar la presencia y la existencia que le fue quitada a todos esos cuerpos. De hecho, […] el arte, antes de ser vehículo de memoria, es una forma de resistencia y denuncia del poder hegemónico, sea éste de cualquier ideología y facción política, en dictadura tanto como en democracia.
[…] Las obras de arte tienen el poder de conmover y perturbar “porque develan un territorio escondido en los pliegues de la experiencia colectiva a partir de mecanismos estéticos que suponen siempre la generación de formas, espacios e interrogantes abiertos” (Fortuny, 2014: 137). El arte se convierte en narrativa del dolor y del trauma, hace el horror visible superando el concepto mismo de “irrepresentabilidad”. Gracias a su carácter estético evocativo, tiene el poder de penetrar en lo más profundo del alma humana, produciendo emoción y empatía, “potenciamiento instrumental del recuerdo” (Assmann, 2002: 279), herramientas para que todos se acerquen a la comprensión de eventos trágicos, ya que “no hay fotos de los vuelos de la muerte. No hay fotos del acto de tortura […] no existe una fotografía que resuma, o pueda representar, la atrocidad masiva del terrorismo de Estado” (Da Silva Catela, 2009: 341) así que interviene el arte con su índole evocativa y emocional, con sus fragmentos, o –citando a Lorenzano– “balbuceos” o “historias mínimas” […].
Valentina Silvi
Aurora Maruccia
Valerio Rossi
Sandra Lorenzano
Por qué el balbuceo… De alguna manera el arte cuando no es una expresión artística fisurada, quebrada, que se pone a sí misma en duda, que se cuestiona de manera permanente, que cuestiona la realidad, que más que certezas nos deja sembradas preguntas, se vuelve un discurso autoritario, aunque ideológicamente busque lo contrario. El arte que va a mostrar los quiebres de la realidad, a través de los cuales surge el horror (violencia de género, migraciones, desaparecidos, miseria…), tiene que dar lugar a creaciones empáticas con esta realidad. Y esta realidad es quebrada, fisurada, sin certezas. Esta es la esencia de lo poético (en sentido amplio de creación artística), y esa esencia de lo poético es lo que permite ser empático con las víctimas y a la vez entablar un diálogo empático con quienes reciben la fuerza de la palabra poética. Porque es a partir de nuestras fragilidades, vulnerabilidades y dudas que generamos relaciones, no desde las certezas (la única certeza es el lugar de mi lucha).
Paul Celan, poeta rumano de origen judío y habla alemana, víctima del nazismo, afirmó que en medio del horror solo una cosa sobrevivió: la lengua. Pero la lengua que sobrevivió fue una lengua lastimada, en duelo. El escritor y poeta argentino Juan Gelman retomó esta idea: la lengua de los poetas que hemos pasado por el horror, decía, es una lengua en duelo, una lengua calcinada. La lengua de las víctimas (en oposición a la lengua de los verdugos) está quebrada y, es a través de este quiebre, que se logra transmitir el dolor.
Por otra parte, si buscamos transmitir la memoria del pasado a las nuevas generaciones, tal vez debemos vincularla con lo que está sucediendo en el presente. Hacer conciencia sobre los horrores del presente nos permite generar sensibilidad hacia los horrores del pasado. Quizás sea más fácil para los jóvenes sentir empatía por los jóvenes argentinos víctimas de dictadura si lo vinculan con su propio presente. El tema de la memoria es un tema del presente, no del pasado. La memoria es memoria valiosa, que le hace honor a lo sucedido y a la lucha de los desaparecidos, si se vuelve una memoria del presente, si me permite pensar también en el mundo de hoy. La memoria es lo que nos permite pensar, sentir e intentar entender el presente y preguntarnos sobre aquello que buscamos, deseamos y construimos.
Quizás la palabra poética sea la única manera en que es posible transmitir la memoria a las nuevas generaciones, sobre todo a un público infantil y juvenil. ¿Cómo hacemos para que la transmisión del pasado deje huellas en el alma y en el cuerpo? La posibilidad de transmisión del arte es única, porque es un golpe a la emotividad y esto es lo que se queda más grabado. Lo que queda en el recuerdo (por ejemplo, cuando fallece una persona querida), no son tanto las palabras o algunas escenas exactas, sino las sensaciones, las emociones, alguna imagen. Y es esto lo que el arte transmite: la afectividad, la emotividad. Las ideas y las reflexiones nacen a partir de eso. Lo que logran la poesía, o una película, una novela, una obra teatral, una pintura, una instalación, es apelar a la afectividad y solo a partir de allí puede surgir la empatía.
El sentido de responsabilidad nace desde la ética y la empatía que tenemos quienes nos sentimos hermanados por la lucha por los derechos humanos. Ustedes forman parte de un grupo que ni siquiera vive en la misma ciudad o en el mismo país: pero hay una lucha que nos une, una lucha que sentimos heredada por la responsabilidad frente a los horrores del pasado y del presente.
4.3. Complicidades políticas y responsabilidades: enemigos de ayer y de hoy
Cuando los que emigraban eran los occidentales, la aspiración hacia un futuro mejor se reconocía como derecho universal. Hoy en día, mientras que desde los espacios hegemónicos del poder nuestros políticos proclaman un avance de la civilización, un “nuevo humanismo” y un “estilo de vida europeo” fundado en la dignidad humana, la libertad, igualdad y solidaridad, la “Fortaleza Europa” levanta vallas y muros, externaliza las fronteras empujándolas cada vez más hacia el sur, fronteras tanto físicas como legales, para protegerse –a costa de miles de muertos– de una presumida “invasión de la barbarie”: los que huyen de condiciones de vida trágicas aspirando a una perspectiva de vida acorde con los derechos humanos y civiles más básicos. Se declara el avance de la civilización, se enarbola una idea de migración como contribución al crecimiento, al progreso y al dinamismo de la sociedad, mientras se perpetúan las más desconcertantes violaciones del derecho internacional humanitario (Ippolito, 2020). En el infinito mapa de muertos sin nombre, que desaparecen en el desierto o en el mar, o que reaparecen en las redes de algunos pescadores como restos macabros de un pasado que nos asedia, se pueden reconocer las formas más brutales y oscuras de dominación y, al mismo tiempo, la obstinación de estas víctimas –de violencia, indiferencia, desigualdades y complicidad internacional– que, como espectros, reclaman justicia.
En este tercer conjunto de reflexiones, los estudiantes interrogan y desarman la noción de civilización, penetran el quiebre que marca la discrepancia entre su pretendido avance (en los discursos declaratorios) y su degradación (en lo concreto); iluminan la vigencia de la retórica de la negación, del silencio, de la indiferencia, y rastrean responsabilidades de los gobiernos supuestamente democráticos en la sistemática violación de los derechos humanos.
Francesco Merra, Civilización hundida
–Esas lágrimas salobres
¿de dónde vienen, madre?
–Lloro, señor, el agua
de los mares.
–Corazón, y esta amargura
seria, ¿de dónde nace?
–¡Amarga mucho el agua
de los mares!
García Lorca, “La balada del agua del mar”
El mar, una infinita manta de agua que envuelve nuestro planeta, delimitando las fronteras terrestres sobre las cuales nacieron las civilizaciones. Preciosa idea la de civilización: “la manera peculiar por la cual se manifiesta la vida material, social y espiritual de un pueblo; […] suele ser sinónimo de progreso, en oposición a la barbarie, para describir todo lo que en la evolución de una sociedad puede mejorar”.[16] Crueldad y tiranía formaron parte del desarrollo de la humanidad, constituyendo la historia de todos aquellos pueblos que lograron levantarse y defenderse contra la barbarie. Pero, a pesar de todo, es inquietante reconocer la decadencia total de la noción de civilización en ciertos momentos históricos no muy lejanos. Para rememorar solo unos ecos de humanidad perdida en el siglo xx: los fascismos, los horrores del Holocausto y dos Guerras Mundiales, los crímenes de guerra soviéticos, las dictaduras en América Latina y en otras regiones del mundo. Entre todas las atrocidades del hombre, se trata, sin duda, de tragedias mucho más palpables debido a la dimensión temporal que las caracteriza y que las proyecta en nuestro presente, o sea, en un período tremendamente sensible a aquellos eventos, donde todavía permanecen signos de regresión social (e intelectual), nunca extinguidos por completo, que amenazan la vuelta a la hora más obscura del mundo.
La representación del tema en La sirena (2008) de Daniele Cini es paradigmática: el concepto de civilización navega en un mar internacional, si bien la referencia directa es hacia las miles de víctimas argentinas (y no solo) ahogadas en el dolor y tragadas por el mar, entre 1976 y 1983. El tema es el de un país que pide justicia para los desaparecidos; un país que busca respuestas en las aguas del Atlántico, deseando que la verdad aflore a la luz para mitigar un dolor demasiado profundo, que ni siquiera un océano de mentiras y silencios podría hundir. Un mar en el que siguen cayendo víctimas procedentes de orillas lejanas: por citar un ejemplo, la masacre de los prófugos africanos y del Oriente Medio. Una tragedia que se ha convertido en algo peligrosamente habitual para nuestros oídos, puesto que solo entre 2014 y 2021 se señalan casi veintitrés mil migrantes muertos entre las olas del Mediterráneo. Veintitrés mil.
Esta hecatombe que Cini pone de relieve no se limita solo a un tiempo y a un lugar preciso. Es un asunto que, como el mar, nos abraza a todos. Nos atañe. Si por un lado hay una dictadura que recurrió a la persecución y a la muerte para silenciar a los disidentes enemigos del régimen, por otro lado, existe un país, más aún, una civilización, en su sentido más amplio, que no logra extender su brazo para salvar a sus hermanas y hermanos. Y se queda allí, a mirar indiferente, en silencio. Aquel silencio que millones de latinoamericanos han querido desgarrar gritando al mundo los nombres de sus propios desaparecidos. Aquella misma indiferencia que hiere y mata cuando los gobiernos propugnan políticas de cierre de las fronteras. Vuelve a la memoria la Declaración Universal de Derechos Humanos (1948) cuando afirma, en el art.3, que “todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona”. Cada vez que se presentan contextos ominosos como los de Argentina y Europa, se asiste a la involución del concepto de civilización: cuando derechos conquistados y garantizados después de luchas seculares se violan, esta idea, tan valiosa y necesaria, se empobrece. Y muere poco a poco.
En esto reside, entonces, la verdadera razón por la cual la sirena de Cini asusta a la gente: le recuerda su pasado. No es otra cosa si no la representación del ultraje compartido por todos los pueblos oprimidos, testigos de la degradación de la civilización, ahogados en el impiadoso desinterés. Y el mar, lúgubre escenario, los une y los hunde bajo su cortina. Ignatius Donnelly, en la novela Atlantis, narra la historia de la mítica población sumergida de Atlántida: “[…] es la región en la que, por primera vez, la humanidad se levantó de la barbarie a la civilización” (Eco, 2019). Es curioso observar cómo la civilización, según Donnelly, emprende su camino evolutivo bajo el mar, lejos de la tierra sobre la cual no logró desarrollarse por completo. Bonita historia, pero la verdad es que la evolución de la sociedad humana tiene que ser trazada con fuerza, ahora y aquí, en la tierra que todos pisamos y sobre la cual vivimos, izando la bandera universal de los derechos humanos y luchando en contra de un sistema ciego que, por alguna razón, tiene miedo de enfrentarse con sus esqueletos en el mar. Es necesario devolver la voz a estas víctimas, porque existen, tanto en el fondo marino como en el presente, y necesitan ayuda para salvarse del olvido. Las civilizaciones no se desarrollan bajo el océano: tienen que emerger con su pasado entre las podridas olas del negacionismo, apoyadas por el compromiso político y social de todos. Tal vez eso permitirá que el mar ya no constituya el sudario de los seres humanos, sino que vuelva a ser su cuna pacífica.
Antonio Bei Medina, La retórica de la negación
[…] El régimen dictatorial argentino establece una narrativa sobre la realidad, en la que las dudas y las sospechas surgen continuamente y se alimentan de cada acontecimiento. Todo lo que ocurre alrededor del individuo se vuelve incierto y sospechoso. La familia, los amigos y todas las relaciones sociales se convierten en el mismo veneno (sintetizado en “por algo será”, o “algo habrán hecho”) que destruye la dimensión social y el alma de una nación. La intención es, por tanto, convencer a todos los hombres y mujeres del país de que están solos, sin nadie en quien confiar y sin poder escapar de esa realidad terrorífica y opresiva. A través de las palabras del personaje del abogado, en el cortometraje de Cini se proyecta la sombra de la duda sobre los desaparecidos, se niega la posibilidad del secuestro político y se insinúa la sospecha de fuga de los desaparecidos. Se oculta la desaparición de argentinos y argentinas durante el régimen dictatorial, se ignora la persecución política perpetrada y se niega la tortura que sufrió una generación argentina entera en las cárceles ilegales de todo el país.
El cortometraje muestra los síntomas de un fenómeno político aún vigente: la política de la palabra, que puede definirse como retórica de la negación. Una visión peligrosa de la realidad, carente de un punto de vista crítico sobre el fenómeno histórico, caracterizado por las sombras y sospechas de una política internacional connivente que, como se ha descubierto a lo largo de los años, estaba aliada con el régimen de Videla. Este tipo de narrativa propone una visión en la que los elementos de la realidad histórica se proyectan dentro de una narrativa de manipulación y tonos asépticos. Todos los elementos del hecho histórico están totalmente desprovistos de la carga moral y humana que se deriva de la condición de dignidad humana, se excluye el reconocimiento de la dimensión humana que todo individuo debería necesariamente recibir.
El verdadero riesgo que este tipo de negación de la dignidad humana plantea es el de crear una nueva pesadilla social con tintes orwellianos, en la que lo vivido se transforma en otra cosa. El individuo se ve catapultado a una condición de autómata sin emociones, incapaz de oponerse a la injusticia. Una narración que quisiera configurar una actitud capaz de devorar los acontecimientos y las personas para convertirlos en meras fechas y personajes al borde de la caricatura y la paradoja. […]
La lucha se hace imperativa. Luchar antes de que se borre la historia, antes de que nadie sea capaz de recordar cómo era la vida antes del acontecimiento. Porque lo que está en juego no es solo la supervivencia del individuo, sino la vida de la sociedad entera.
¿Pero es realmente una historia que no nos concierne?
Sara Lanternari, La responsabilidad del torturador
En una novela que terminé de leer hace algunos días, cuya historia nada tiene que ver con los temas de nuestro curso, leí una frase que por fin me dio el empujón que necesitaba para escribir estas reflexiones. “Quién sabe por qué tengo la impresión de que fijar los nombres de los torturadores tiene sentido, ¿y sabe por qué?, porque la tortura es una responsabilidad individual, la obediencia a una orden superior no es tolerable, demasiada gente se ha escondido detrás de esta miserable justificación haciendo de ella una protección legal” (Tabucchi, 1997: 176).
La correlación entre esta frase y las cuestiones relativas a la última dictadura argentina y a la justicia en tiempos de democracia fue inmediata. Frente a las violaciones de los derechos humanos en los años de la dictadura, parece inadmisible aceptar –en defensa de los torturadores– que la obediencia a las órdenes de los superiores no implique responsabilidad alguna. En realidad, es intolerable en cualquier contexto democrático […].
El fracaso de la justicia en tiempos de democracia se representa con otros matices en el cortometraje de Daniele Cini La sirena. En él se niegan el secuestro, la tortura y el asesinato de la mujer desaparecida afirmando el sinsentido de la acusación por falta de evidencias tangibles y por la ausencia del cuerpo de la mujer. La ausencia del cuerpo de la mayoría de los desaparecidos se convierte entonces en una ulterior justificación: lo que no se puede probar, simplemente no ocurrió. Se llaman así, desaparecidos, porque desaparecieron y nadie pudo saber algo de ellos. Por eso, la única manera de hacerlos reaparecer es luchar contra el olvido. No olvidar a los desaparecidos significa no olvidar la responsabilidad de los torturadores. Si el sistema represivo funcionó, no fue solo por la voluntad de quienes estaban al mando, porque un sistema de ese tipo se sustenta en el funcionamiento de cada una de las piezas que constituyen el engranaje. […]
La analogía final entre los desaparecidos arrojados al mar con los vuelos de la muerte y los migrantes muertos en el Mediterráneo remite a una reflexión sobre el por qué estas personas arriesgan su propia vida intentando llegar a Europa. La respuesta se encuentra frente a nuestros ojos: huyen de países en los que las condiciones de vida son tan brutales que la huida (con todos los riesgos y los peligros que implica) constituye su única y última esperanza de vivir. En este ámbito se reproduce una enorme falta de justicia por parte de los “civilizados” países del “primer mundo” que, dando la espalda a quienes necesitan ayuda, se convierten en cómplices de las violaciones de derechos humanos que se producen en África y en Oriente Medio. Las instituciones dirigen la mirada de la opinión pública hacia quien logra sobrevivir al viaje y llega a Europa, y ocultan lo que ocurre al otro lado del Mediterráneo. Recuerdan los horrores de la Segunda Guerra Mundial en actos públicos e ignoran las torturas sufridas por los migrantes en los centros de detención en Libia, de la misma manera que ocultaron lo que estaba sucediendo durante la dictadura argentina, por alianzas e intereses políticos y económicos. En definitiva, perpetúan el crimen mirando hacia otro lado, sin tener en cuenta que también el silencio determina una responsabilidad.
Si torturar implica una responsabilidad y presupone la conciencia del individuo en la realización del crimen, también el olvido, el ocultamiento, la negación, o la indiferencia, suponen una responsabilidad: la responsabilidad de permitir que en el mundo se sigan violando los derechos humanos básicos y no hacer nada para contrarrestarlo.
Denise Paliotta, ¿Historia magistra vitae?
[…] La visión de este video ha generado en mí una mezcla de sentimientos muy fuertes. Últimamente he visto documentales, películas, y he leído libros sobre la traumática historia reciente argentina; y en pasado también se me dio la ocasión de ver material y profundizar en otros eventos traumáticos de la historia de la humanidad. Conquistas, exterminios, guerras mundiales, genocidios, matanzas, torturas, exilios, desapariciones. Un pensamiento sigue acompañándome: estoy cierta de que por mucho que profundice en estos temas, nunca me voy a “acostumbrar” al impacto y la indignación que me producen la visión y la lectura de la violencia brutal de seres humanos en contra de otros seres humanos. Crímenes de lesa humanidad: ¿cuál es el rasgo de nuestra “humanidad” que nos define y diferencia de los animales y de las máquinas? La historia tendría que construir un fundamento sobre el que edificar nuestras existencias, progresivamente más y más humanas. Y me interrogo sobre el sentido profundo de la antigua locución latina “Historia magistra vitae”.
Aurora Siraco, Caracolas y huesos
¡Cuántas cosas se pueden encontrar en el fondo del mar! Lo conozco bien, vivo en Anzio, una ciudad famosa por la pesca. Cuando éramos niños nos gustaba sumergirnos en el agua y competir para ver quién atrapaba las caracolas más bonitas. Pero si nos desplazamos un poco más al oeste, hacia el océano, o más al sur, hacia el centro del Mediterráneo, no se encuentran solo caracolas…
[…] Enrico Calamai, a propósito de su experiencia como cónsul italiano en Buenos Aires en los años más feroces de la dictadura, escribe que ésta lo “puso en contacto con la violencia del Estado en una sociedad que se define, en todos sentidos, occidental y cristiana” (Calamai, 2003: 29). Cuando lo leí por primera vez, se me ocurrieron varias cosas, entre las cuales: el exterminio de los indígenas de parte de los conquistadores, en nombre de la fe cristiana; y los discursos de políticos italianos de derecha que ostentan su participación en el family day y, a la vez, promueven el cierre de los puertos frente a la “invasión” de “clandestinos”, dejando que se ahoguen niños, mujeres y hombres –families– que huyen del terror.
Era el 5 de enero de 1997, cuando el diario italiano “il manifesto” publicó una nota titulada I fantasmi del Mediterraneo, que informaba del naufragio de una barcaza, con 283 hombres, mujeres y niños a bordo, que se desvanecen en el mar. Durante años, esta catástrofe fue silenciada por los pescadores que, en la zona del naufragio, seguían encontrando en sus redes de pesca cráneos y huesos humanos. Hasta que, en 2001, un pescador se animó a informar a un periodista sobre estos macabros hallazgos. Gracias, por distintas razones, a los dos, conocemos hoy la historia del naufragio fondativo de una crónica que no quisiéramos leer (por razones ligadas a la tragedia humana) y que nos ocultan (por razones ligadas a la responsabilidad de estas muertes).
Los responsables de los huesos que se encuentran en el fondo del mar, o del océano, hoy como ayer siguen callando sobre los crímenes perpetrados; alianzas sobre base de provechos económicos y políticos entre gobiernos que intentan mostrarse “democráticos” y otros que ni lo intentan, siguen estrechándose; seres humanos siguen desapareciendo; el duelo de los familiares sigue negándose y su dolor sigue creciendo; y los organismos de derechos humanos, comandantes –como Carola Rackete– de barcos de rescate de migrantes, y alcaldes que –como Mimmo Lucano– reciben a los más afortunados en nuestros pueblos del profundo sur de Italia, siguen siendo criminalizados.
Sandra Lorenzano
Nos cuesta como sociedades tener presente la parte más injusta de nuestra historia. Por esto nos cuesta mucho la transmisión de la memoria del horror. Nos sentimos responsables de este horror.
¿En qué medida estamos siendo cómplices hoy de los horrores que el mundo está padeciendo, de los horrores de los migrantes en el Mediterráneo y en América Latina? Pero también: de la pobreza y de las injusticias en nuestros países. El silencio es complicidad. Hay un silencio del miedo, pero hay también un silencio de complicidad social. Quienes callan son testigos del horror.
Aurora, hablando de la violencia del Estado, tocó un tema clave: la violencia del Estado para la construcción de la identidad. Históricamente los Estados nacionales se han construido fortaleciendo un “nosotros” que se enfrenta a unos “otros” (los bárbaros, los indígenas, los migrantes…). Hay como un temor del Estado, como aparato. El Estado liberal, el que conocemos actualmente, el que se consolida –para poner una fecha– a partir de la Revolución francesa y nos hizo creer que igualdad, libertad, fraternidad eran principios inviolables… ese Estado se construye sobre sí mismo, considerando que estos principios son “para los míos”, mientras que “los otros” son excluidos de este espacio “protector”, y por lo tanto de mi cultura y de mis derechos. Se fortalece la propia identidad rechazando las otras identidades. La conciencia de estas exclusiones fundacionales dio lugar, en Latinoamérica, al pensamiento poscolonial o decolonial: ¿cómo puede ser pensada nuestra modernidad, desigual, injusta, mezcla de múltiples tiempos y culturas, si no consideramos que en nuestra historia la herida de la conquista no acaba de sanar?
Por ejemplo, un tema casi totalmente ausente de la creación artística y cultural en la Argentina hoy, es el de las migraciones pobres; la migración de bolivianos, peruanos, paraguayos, chilenos que llegan al país en busca de mejores condiciones de vida. El tema de la migración siempre se vincula con la historia de los “abuelos”; y el de la injusticia, con las dictaduras. Pero necesitamos pensar en esto en función de las injusticias que nuestro Estado sigue cometiendo (en Latinoamérica, en el Mediterráneo), reconociendo un eje de exclusión, de exterminio, de no reconocimiento de la otredad que sigue funcionando en todos lados.
Hay que interrogar permanentemente nuestra relación, como individuos y como sociedades, con la alteridad, con la otredad: quién es ese otro, y qué lugar le hago dentro de mí mismo. El filósofo francés de origen judío Emmanuel Lévinas habla de la responsabilidad que los seres humanos tenemos ante el otro, ante el rostro del otro, rostro como expresión de lo que el otro es, de lo que el otro trae consigo, su cultura, su lengua, su religión, su manera de ver el mundo… todo lo que nos hace diversos y que podemos englobar en la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. ¿Cómo hacemos para que los “derechos para todos” no minen las diferencias, no sean una mirada homogenizadora, que desconoce las desigualdades, sino que se construyan en el respeto a esas diferencias y heterogeneidades?
4.4. Sobre lo que queda y el Mediterráneo
La falta del cuerpo del difunto y de los ritos relacionados con su sepultura impide –en oposición al significado etimológico del término, defungi, que remite al acto de “cumplir”, “acabar”– la posibilidad de poner un punto final a su historia y, con ello, de elaborar la pérdida y procesar el duelo. La vida, como toda historia, debe tener su fin, no puede quedar pendiente: el entierro, las ceremonias y los rituales fúnebres –donde se establece y se celebra la distancia entre los vivos y los muertos– representan su conclusión, terminan un recorrido, cierran una historia (Kraus, 2020).
La desaparición altera radicalmente la dinámica normal que existe entre la vida y la muerte. Cuando las personas desaparecen sin dejar rastro, se anula también la posibilidad de poner este punto final, al igual que la separación entre la vida y la muerte. Si los rituales fúnebres contribuyen para que los familiares se enfrenten con la pérdida e inicien el proceso de duelo, la ausencia de rituales de despedida dificulta la aceptación de esa pérdida y el trauma permanece en el tiempo.
Cuando el responsable de la desaparición o de la muerte abrupta es un virus invisible que obliga al confinamiento total, a la “soledad de los moribundos” (Elias, 1987), un virus que anula el soporte social y la manifestación pública del pesar para los que quedan, hay que buscar otros caminos, nuevas representaciones y estrategias para celebrar los rituales propios de cada cultura, o extra-ordinarios.[17]
En esta última parte, se recopilan reflexiones que evidencian la perspectiva vigente en el período en que la pandemia golpeó más duramente a los italianos arrastrando cientos de muertos al día e impidiendo los rituales fúnebres: los estudiantes tejieron en una única trama el fenómeno de la desaparición, la negación del duelo, y la elocuencia y el valor de los objetos que quedan de los difuntos, tanto en la Argentina como en el Mediterráneo: “objetos-testigos”, según la definición acuñada por Emilia Perassi para otorgarles “calidad de vida propia, de energía afectiva, narr-activa” (Perassi, 2020: 263), que “son relato, tejido, texto, aunque a menudo sin palabras, consignados al desciframiento, a las ciencias de los signos, a la hermenéutica de los afectos lectores” (ibid.: 262).[18] A partir de un lugar de enunciación representado por un círculo de protección que se delimita por el “distanciamiento social”, los jóvenes buscaron estrategias culturales de resistencia y denuncia: hicieron de las trágicas circunstancias que estábamos viviendo en esos días, una ocasión para reflexionar sobre el reconocimiento de sí mismos en el otro. Asumiendo el papel de testigos de la tragedia actual, reivindicaron la urgencia de romper el aislamiento dejándose contagiar por otros tipos de virus.
Nicole Di Bartolomeo, El boletín escolar y un número
Buscando historias de emigrantes, un artículo del diario “Corriere della Sera”, en particular, atrajo mi atención. Aquí el periodista describía el hallazgo del cuerpo de un joven maliense dentro de una barcaza hundida en las aguas del mar Mediterráneo, atrapado en ese ataúd en el fondo del mar junto con otros centenares de náufragos. El chico había cosido su boletín escolar en el bolsillo de su chaqueta, con mucho cuidado. Bien escondido, el boletín guardaba excelentes notas en todas las asignaturas y estaba traducido al árabe y francés. Lo único que queda de él: un documento que atestigua sus esperanzadas expectativas y buenas intenciones. Lo único que sabemos de él: un chico de no más de catorce años, muerto en el Mediterráneo en busca de un futuro digno, sin familiar alguno que sepa de su trágico destino. Una médico legal –Cristina Cattaneo– encontró aquel boletín examinando con mucho cuidado los restos de su ropa. Hallar objetos en los restos, para devolver dignidad e identidad a los seres humanos: esto es lo que médicos y expertos empezaron a hacer analizando escrupulosamente los cuerpos de las víctimas de naufragios.
Los migrantes cosen las cosas más importantes en sus ropas para que no las pierdan o que los traficantes de seres humanos no se las roben. Durante estos últimos años, se encontraron documentos, dinero, bolsitas de tierra (de la propia tierra natal), tarjetas de la biblioteca o de donantes de sangre. Y aquel boletín escolar. Esa hoja de papel, que representa el sueño de un chico de poder seguir yendo a la escuela. Sueño que desde Malí viajó cuatro mil kilómetros hasta Libia, subió a una barcaza demasiado abarrotada y descansó casi un año en el fondo del mar, pegado al cuerpo de un chico que muy probablemente pensaba que la cultura y una buena instrucción le habrían ofrecido un futuro mejor en un país acogedor. Lo encontraron en la barcaza que naufragó el 18 de abril de 2015. Hubo alrededor de mil muertos. Solo 528 de ellos fueron recuperados. […]
Siempre nos han dicho que estudiamos la historia para que los errores del pasado no se repitan “nunca más”. En Lampedusa existe un “cementerio sin nombres”. Aquí los difuntos son “identificados” a través de un número o la fecha de su muerte. Ningún nombre, ninguna identidad, ninguna persona. Solo un número. No se celebran funerales, en estos casos. Todo lo que sabemos de ellos es que eran migrantes que estaban intentando llegar a otro país con la esperanza de salvarse de guerras, dictaduras y pobreza. De ellos, nos quedan números.
Nos han mentido: la historia se repite, con otros protagonistas, otros nombres, en otros contextos geopolíticos. Pero se repite.
Lavinia Ridolfi, Muera el mundo, siempre y cuando no muera yo
“Lo único que nos importa realmente, hoy en día, en este mundo desconsiderado en el que vivimos, es que lo que ocurre afuera de nuestro pequeño círculo de un metro de diámetro no altere nuestra posibilidad de estar bien, nuestra paz y nuestro relativo equilibrio”. Desde un estudio televisivo vacío, el escritor Stefano Massini nos comparte, con su habitual franqueza, su opinión sobre la psicosis de entrar en contacto con algo o alguien que pueda quebrantar nuestro equilibrio. “Muera el mundo, siempre y cuando no muera yo”, es el título de su monólogo, y es lo que nos está mostrando el coronavirus. Nos está mostrando que cada uno se siente protegido solo en su propio pequeño círculo: no nos interesa nada que no represente una amenaza directa para nosotros. No nos interesa nada, no nos afecta nada, salvo lo que entra en nuestro pequeño círculo de protección.
Al ver el monólogo de Massini, resuenan las palabras del abogado de La sirena (Cini): “Esta es una historia que no nos concierne”. El ser humano es, por su naturaleza, un animal social en la medida en que siente la necesidad de relacionarse con otras personas y organizarse en colectividades. La condición esencial para que se produzca la socialización es que haya empatía entre los participantes, vale decir, la capacidad de un ser humano de reconocer, comprender y compartir las emociones ajenas. Sin empatía, el hombre no lograría entender el punto de vista del Otro y la socialización fracasaría.
Ahora bien, la mayoría de los seres humanos creen poseer la capacidad y la aptitud humana de relacionarse con los demás. Pero ¿estamos realmente convencidos de que somos empáticos? Si la definición de empatía es correcta, ¿no deberíamos ser todos empáticos? ¿Cómo explicar, entonces, la indiferencia, el olvido, la desconsideración hacia millones de víctimas de exterminios y genocidios que se cumplieron y siguen cumpliéndose solo en el último siglo? Perseguidos, torturados, quemados vivos, forzados al exilio, lanzados al mar desde un avión o dejados naufragar… 17 millones de muertos, 30 mil desaparecidos… 20 mil migrantes muertos en las aguas del Mediterráneo en los últimos cinco años. Estas cifras no son números sino personas, asesinadas o dejadas morir por mano de otras personas, y a la vista de otras personas.
¿Cómo explicar el silencio, la indiferencia, la falta de empatía de quienes no quieren ver, o pretenden no ver? Quizás, el monólogo de Massini puede contribuir, de alguna manera, a comprender: la vida de cada ser humano puede ser representada a través de un círculo. El objetivo de cada uno es hacer que este círculo de protección nos mantenga en nuestro propio relativo equilibrio…
Por cierto, todos tienen el derecho a ser felices. Pero ¿en qué momento termina mi círculo y empieza el del otro? O más bien, ¿quién es el otro? Si somos todos iguales, tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones, sentimos las mismas emociones, ¿cómo puede existir un otro?
En estos días más que nunca, la vida nos está recordando no solo nuestra fragilidad sino y, sobre todo, nuestra igualdad. Lo que hasta solo unos meses atrás era un problema del otro, ahora es mi problema, tu problema, el problema de todos. La pandemia nos está obligando a abrir los ojos. Lamentablemente, o más bien diría finalmente, no tenemos la posibilidad de liquidar el asunto con un “esta es una historia que no nos concierne”. Esta historia nos concierne a todos. Y esta historia nos concierne a todos precisamente porque, en su dado momento, no supimos apropiarnos del dolor del otro y ahora ese dolor es el de todos. Hagamos de esta desgracia una enseñanza.
Cristina Teti, El mar y pensar
“Cuando mis pensamientos se hacen angustiosos, inquietos y malos, me voy a la orilla del mar, y el mar los aleja con sus intensos y amplios sonidos, me purifica con su fragor e impone un ritmo sobre lo que está desorientado y confundido en mí”.
En estas palabras del escritor y poeta bohemio Rainer Maria Rilke reconozco la esencia de mi relación con el mar: la reflexión, el recuerdo, la vida. Representa el vínculo con mi infancia, mi familia, mi existencia entera. Sin embargo, la historia me ha enseñado que, para muchos, significa muerte, silencio, olvido. Siempre me ha atraído esta duplicidad, esta capacidad que les permite a las cosas ser algo y su contrario a la vez: Laura Estela fue arrojada al océano con el fin de ser borrada, eliminada y, en cambio, el mar permite que se mantenga viva en la memoria de su hija, a quien solía contar de las sirenas que, según el mito, poblarían sus abismos.
Hoy en día el mar constituye la única esperanza para miles de migrantes que tendrían el derecho, como todo ser humano, de querer construirse un futuro de esperanza; pero, también, la oscuridad que podría envolverlos y hacer que no quede ni rastro de ellos. Con respecto a esto, el documental de Fabrizio Gatti Un único destino (2018) me ha conmovido profundamente y evidencia de manera perfecta dicha ambivalencia: cuenta el viaje de centenares de sirios que intentaron escapar de la guerra centrándose, en particular, en las historias de tres hombres que asistieron a la muerte de sus mujeres e hijos en el Mediterráneo a causa de una incomprensible falta de ayuda de parte de la guardia costera italiana y maltesa. La confesión de uno de ellos, que se ha quedado a vivir en Malta, da escalofríos: “Aquí es imposible no mirar el mar y, para mí, el mar es el lugar donde se halla mi familia”. Una vez más, el mar origina la muerte y, a la vez, los recuerdos que permiten soportarla.
El estudio de la tragedia argentina me dio la posibilidad de reconocer que hay un punto de contacto entre la desaparición de ayer y la desaparición de hoy: la capacidad del mar de guardar los secretos. Tanto para los desaparecidos argentinos, como para los migrantes desaparecidos en el Mediterráneo vale el mismo principio: “es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni vivo, ni muerto” (Videla): a falta de cuerpos, el crimen no existe. El discurso del abogado defensor en el cortometraje La sirena parece recalcar las palabras del dictador argentino. Se trata de “fantasmas”, “incógnitas”, “cuerpos que no están”. Por lo tanto, no se pueden castigar a los responsables de torturas y homicidios hasta que no se descubran cadáveres con marcas evidentes de tales atrocidades, como si la ausencia de una prueba tangible anulara el dolor de quien todavía no tiene una tumba donde llevar una flor y llorar a sus hijos.
La historia se está repitiendo y miles de cuerpos yacen en el fondo del mar, sin nombre, sin identidad, sin justicia. Entonces, me pregunto… ¿Cuál es el valor de la historia? ¿Recordar y reprobar la maldad del hombre evita que los abusos vuelvan a permitirse o, simplemente, nos sirve para que tengamos la conciencia limpia?
Hemos aprendido poco: la vida de muchos sigue dependiendo de la voluntad de pocos, en acepción negativa (“No te vas a morir cuando vos quieras, nosotros decidimos cuando se muere, acá somos Dios”, le dice el torturador a su víctima en Garage Olimpo), o positiva (la mano de un socorrista sacando del agua a hombres, mujeres y niños mientras están ahogándose).
Y hemos aprendido poco porque no construimos nuestro presente sobre la base de los errores y horrores de la humanidad. Es más, a menudo no los consideramos tales y, encima, los añoramos. “Descanse en paz mi General, que voy a hacer lo posible para que lo que no le dejaron terminar se complete”; “Videla nos salvó, verdad porque no sigan diciendo que fuiste un asesino de inocentes”; “Se necesita a alguien como vos que ponga la Argentina en orden”; “Cuanta falta haría un hombre así hoy, que limpie toda la mierda de nuestro país”; “En un país donde se dice ‘treinta mil desaparecidos’, y fueron siete u ocho mil, se necesita a alguien con los huevos puestos como el General”. A medida que leía esos vergonzosos comentarios en las redes investigando sobre cómo Videla explicó públicamente el “problema” de los desaparecidos, no dejaba de pensar en un fenómeno italiano muy parecido: hay quienes extrañan a Mussolini, reivindicando el “bien” que hizo: anuló el desempleo, introdujo las pensiones, saneó los terrenos… Por ley, y por la Constitución italiana, no pueden confesar otras razones: apología del fascismo es un reato condenable con reclusión de 6 meses a 2 años.
¿Dónde estamos fallando? ¿No sabemos enseñar la historia de manera crítica o no comprendemos la importancia de la memoria? ¿Nos comprometemos realmente con vistas a que el pasado no caiga en el olvido y nos inspire en un camino de redención? ¿Por qué continúan repitiéndose los mismos errores?
La dictadura argentina exterminó a una “generación pensante” entera; hoy en día, en Italia, las reformas políticas y los medios de información están intentando quitar lo “pensante” a la nueva generación, sin desaparecer a los jóvenes, sin violencia física, pero con el intento de plasmar al pueblo para que sea ignorante, incompetente e incapaz de reflexionar críticamente sobre lo que ocurre a su alrededor. “Pensar es un hecho revolucionario, porque quien razona y se da cuenta de que el mundo necesita cambios, nunca más será indiferente, ni permitirá que ciertas cosas vuelvan a ocurrir” (Vera Vigevani): esta es la lección que yo he aprendido: varían los lugares y los contextos, las épocas y los intérpretes, pero, hasta que no cambien los valores que guían el ánimo humano, nuestra historia jamás contará algo nuevo, diferente, mejor.
Federica De Luca, Sobre la (im)posibilidad de hacer el duelo
[…] Acabo de leer Naufraghi senza volto. Dare un nome alle vittime del Mediterraneo, de Cristina Cattaneo, médica forense que desde 2013 se ocupa de la identificación de los cuerpos de los naufragios del 3 de octubre de 2013 y del 18 de abril de 2015. En un fragmento de su libro, se lee: “si supieras que tu hija probablemente se encuentra en un avión que se ha hundido en un lago, ¿querrías que su cuerpo fuera recuperado e identificado o sería suficiente echar una corona de flores allí en un lugar indefinido?”. Se me ocurrió la imprescindibilidad del trabajo de los antropólogos forenses argentinos, su gran compromiso para devolver un nombre, identidad y dignidad a los desaparecidos, y permitir que los familiares puedan empezar a hacer el duelo […].
Camiones militares que se llevan cadáveres envueltos en sacos negros apilados no se sabe bien donde. No son imágenes del pasado: en las dramáticas circunstancias que estamos viviendo hoy en día, se me ocurre también la imposibilidad de hacer el duelo, en nuestro presente, en nuestro país, para todos los familiares de las víctimas del Covid-19, a los cuales se les está negando –por razones muy distintas, ligadas a proteger su propia salud– despedir a sus seres queridos. Es una historia que nos concierne.
Giulia Saputo, Dar y quitar la vida
Dar y quitar la vida a alguien: estas son las dos grandes acciones que cada hombre puede realizar. Por lo general, cuando pensamos en “dar la vida” nuestras mentes se alumbran con la imagen de una madre que da a luz a su hijo; en cambio, por “quitar la vida” baste pensar en alguien que se hace cargo de la eliminación física de otra persona a través, por ejemplo, de un asesinato.
Sin embargo, existen muchísimas otras maneras, invisibles y silenciosas, para cumplir estas dos acciones. Si pienso en la acción de dar la vida, mi mente se rellena de imágenes simples como: abrir los ojos y mirarse alrededor, pensar en el futuro, preocuparse por lo que les pasa a los demás, aunque eso no nos impacte directamente, ayudar concretamente a alguien que se encuentra en una situación difícil. Eso es dar la vida. Al pensar en el quitar la vida, lo que me llama mayormente la atención es el vacío, el silencio, la indiferencia, el no hacer nada. Cuando callamos, aceptamos pasivamente una situación, cuando intentamos no mirar a nuestro alrededor encerrados en nuestro pequeño círculo protector, cuando pretendemos no recordar que lo que está pasando al “otro” podría pasar también a nosotros, podemos matarlo sin saberlo y de la misma forma que si tuviéramos un arma o un cuchillo entre las manos. Esta, creo, es la mayor herencia, si así podemos llamarla, que nos ofrece la memoria, desafiarnos a entender que la historia sigue repitiéndose, con sus logros y sus catástrofes. Conocer, analizar, intentar entender y al final reconocerse en los demás: este es el concepto de memoria que ha fraguado en mí la trágica historia de los desaparecidos argentinos.
Sandra Lorenzano
El mar como tumba. Los inmigrantes europeos hacia las Américas. Algo que apareció en la memoria afectiva de muchos de nosotros y que tiene que ver con la gente que se exilió en Europa: tenía la sensación de estar recorriendo en sentido inverso el mismo camino que habían recorrido sus abuelos o bisabuelos. Y ese mar que había sido una imagen forjada por el deseo de un mundo mejor en la llegada de los abuelos a América, se había convertido para los argentinos de las siguientes generaciones en un mapa del dolor, de muerte. Un mar que cargaba también con el dolor del exilio.
El médico y escritor mexicano Arnoldo Kraus dio una charla sobre lo que sucede hoy con la pandemia ante la imposibilidad del duelo. Los ancianos muriendo solos… los cadáveres apilados en bolsas negras… Aunque estemos tratando de hacer nuestra vida “normal”, estamos en contacto permanente con la muerte y esto nos está marcando y está abriendo de una manera muy brutal nuestros canales de sensibilidad. Tenemos que ser capaces de gestionar eso, y de ayudar a que las personas que tenemos cerca encuentren también canales para gestionarlo. ¿Quién es el otro? ¿Qué hacemos con la fragilidad del otro que de alguna manera es nuestra propia fragilidad? Por eso es tan importante vincular nuestra sensibilidad de hoy con los que han vivido otros horrores y con los que siguen viviéndolos (violencia feminicida, campos de refugiados, desaparecidos en los desiertos o en el mar…).
Hay trabajos muy interesantes que se están haciendo con los objetos de los migrantes encontrados en el desierto de Arizona, objetos que han quedado de los migrantes muertos o desaparecidos. Vale la pena en este sentido ver las fotografías de la mexicana Lourdes Almeida. Así como el trabajo llevado adelante por la médica forense Cristina Cattaneo, de la Universidad de Milán, que trata de restituir un nombre (el nombre es memoria), una identidad, a los restos de los cuerpos de los migrantes encontrados en el fondo del mar, “náufragos sin rostro”. La historia del chico maliense recuerda la historia de Victor Frankl: psicólogo de origen judío, fue llevado a un campo de concentración y tenía su obra El sentido de la vida cosida en el forro del abrigo.
También se me ocurre pensar en los poemas que Borges[19] y Rilke le dedican al mar. O en el conmovedor monumento a Pablo Míguez sobre el Río de la Plata.
“Deberían iluminar el Río de la Plata, ése es el verdadero símbolo de los desaparecidos” respondió el artista alemán Horst Hoheisel,[20] especialista en la relación entre arte y memoria, cuando le preguntaron qué obra construiría como recordatorio de los desaparecidos. “Solo un reflector que ilumine el Río de la Plata; es el propio río el mejor memorial para que nadie se olvide de los desaparecidos argentinos”.
Cómo se vinculan el dar y el quitar la vida ante el horror: la apuesta de futuro que implica dar vida, tanto en sentido real como simbólico, frente al horror y el aniquilamiento del futuro que significa quitar la vida. ¿En qué medida estamos siendo cómplices al no hablar? ¿Cómo aprobamos con nuestro silencio el quitar la vida?
Sabrina Pizziconi, La sirena, mi sirena
Ver La sirena de Daniele Cini fue, para mí, como ser despertada de una tranquila siesta de la tarde al amparo del calor del tórrido sol de agosto con un cubo de agua helada en la cara. Despertar y darse cuenta de que algo que solo se conocía en la superficie escondía un abismo infinito e inexplorado. Me refiero al período de la dictadura militar en Argentina y todo lo que conllevó. Vi el cortometraje una segunda y luego una tercera vez. Vi las películas que más representan las atrocidades de los abusos militares de la dictadura argentina, como La noche de los lápices y Garage Olimpo. Me alegré con la abuela Estela por haber encontrado a su nieto Guido y participé virtualmente en la marcha de las madres en Plaza de Mayo. Vi los videos de los juicios, leí libros y documentos, escuché los testimonios, traté de sumergirme en lo más profundo de la historia de este país cuya tragedia había ignorado o más bien subestimado por mucho tiempo. Mientras miraba La sirena, mi atención fue atraída por el personaje de la niña, la hija de la joven secuestrada y desaparecida de la faz de la tierra. Traté de imaginar su punto de vista, su visión de la historia, el cambio que en ella habría causado lo que le había sucedido. Intenté imaginarla durante toda su vida como un baluarte de la memoria y continuando las batallas de su joven madre arrebatada de la libertad y de la existencia. Siendo una amante del teatro, de la música y del arte en general y considerando la ficción literaria un poderoso medio de comunicación, expresión y transmisión, traté de poner mis pensamientos y consideraciones en la boca de esa niña que luego se convirtió en mujer. Humildemente traté de apropiarme de lo que solo remotamente podría asumir que serían sus pensamientos. Lo que emerge es un monólogo, quizás un poco arriesgado y atrevido, de la pluma de alguien que hasta hace poco ignoraba estos acontecimientos. Esta es mi manera de pintar, con mi paleta personal de colores, una historia que nos concierne a todos, de cerca.
Me llamo Dina Salviati, tengo 35 años y soy hija de desaparecidos.
Se llevaron a mi madre en un día soleado, era noviembre y estábamos paseando cerca de la playa, en Mar del Plata, la ciudad donde crecí, en Argentina.
Solíamos hacerlo a menudo; dar paseos frente al mar. Especialmente al atardecer, cuando el azul del cielo deja espacio lentamente a la luz rojiza que anuncia la llegada del anochecer, regalándonos tonos de colores milagrosos. Tal vez eso es lo que más extraño de Argentina: esos momentos despreocupados junto al mar al lado de mi madre, cuando todo era perfecto.
Tenía 5 años cuando se la llevaron el 26 de noviembre de 1976.
Se acercaron tres hombres, vestidos de negro de pies a cabeza, estaban armados. En ese momento tal vez no lo noté, pero me di cuenta de lo que pasó en una de las innumerables veces que reviví esa escena visualizando cada detalle. Se acercaron por detrás de nosotras, corriendo como locos. Agarraron a mi madre por la garganta y la metieron en un coche que esperaba un poco más adelante, no prestaron atención a sus gritos, no me prestaron atención a mí. No tuve tiempo de llorar, no tuve tiempo de gritar. Miré a los ojos de mi madre por última vez, nunca habían sido tan azules.
Desde ese momento, desde ese maldito 26 de noviembre del 76, lo primero que veo cuando me despierto y lo último que veo cuando me acuesto son los ojos azules de mi madre, llenos de llanto y de fuerza.
A mi madre, Laura, le encantaba el mar. Solía decirme que cuando estaba cerca del mar sentía una sensación de calma, como si nada le pudiera pasar, como si nada pudiera dañarla. Ella realmente lo creía, no tenía miedo.
“¡Señora, deje de mirar al pasado, debe mirar hacia adelante, al futuro!”.
Estas eran las palabras que mi abuela solía oír cada vez que preguntaba por su hija Laura con la desesperación en sus ojos. Fue a todas partes. Fue a iglesias, comisarías, embajadas… Loca la llamaron, a ella y a las otras madres de la Plaza de Mayo. Después de todo, si sus hijos estaban desaparecidos “¡por algo será!”, “¡algo habrán hecho!”. Y locas lo estaban de verdad, porque les habían quitado lo que más querían en el mundo: sus hijos, sus maridos, sus seres queridos. Se los llevaron por considerarlos “peligrosos”. Eran subversivos, subversivos porque eran seres pensantes. Una generación entera eliminada sin dejar rastro de sus cuerpos solo por tener una educación y por lo tanto representaba una amenaza, porque se sabe que es más fácil gobernar a un pueblo ignorante.
“No podemos mirar al futuro, Comisario, porque no hay futuro. Solo podemos mirar hacia atrás, pero la verdad es que nos han lanzado a un limbo sin fin y no podemos avanzar ni retroceder”.
Lo más terrible que le quitaron a mi abuela y a las otras madres fue el derecho a hacer el duelo. Le quitaron la posibilidad de llorar sobre el cuerpo de su hija y a llevarme de la mano a su tumba explicándome que mi madre estaba en un lugar mejor y que rezaba por mí. Cuando nos enteramos de que mi mamá fue torturada y luego arrojada al mar aún viva a través de un infame “vuelo de la muerte” lo primero que me pregunté fue qué quedaba de su humanidad en aquel momento. ¿Hasta qué punto le habían quitado la percepción de la existencia? ¿Se dio cuenta de que todavía estaba viva?
Recuerdo un maravilloso testimonio de Primo Levi sobre el Holocausto en el que informa que los judíos fueron definidos por sus torturadores en los campos de concentración como “Stück”, que en alemán significa cosa (objeto). De hecho, la primera forma de tortura que se ejerce es psicológica: los presos son cosificados, se les considera objetos, sin identidad, sin alma. Supongo que es así como se sentía mi madre y todos aquellos con los que compartía el mismo destino. Un sobreviviente que conoció a mi madre nos dijo que antes de subir a los vuelos de la muerte, los prisioneros eran drogados y luego desnudados. Lo que quedaba de ellos era un cuerpo sin dignidad. Un cuerpo del que se perdería todo rastro, cuyo paso por la tierra sería eliminado para siempre. Lo que no lograron eliminar es la memoria, que quedará para siempre en el testimonio de los supervivientes y en el coraje de los que siguieron y siguen luchando.
Cuando años después visité el centro de detención clandestino donde mi madre estuvo encerrada, la imaginé allí, entre esas paredes. No puedo decir cuánto tiempo estuvo allí antes de ser lanzada de ese avión. ¿Se dio cuenta del tiempo que pasaba, inexorable? ¿Y de la vida que fluía fuera de ese palacio de la muerte, como si ahí dentro, ellos nunca hubieran existido? Me pregunto si la mantuvieron allí el tiempo suficiente para percibir los fuegos artificiales de Nochevieja, si sus oídos llenos de dolor le permitieron oírlos, o si sus ojos aún podían imaginar las luces detrás de las vendas, que los habían cubierto durante tanto tiempo.
Mi madre amaba tanto el mar, ese mar que por culpa de sus torturadores se la había tragado y borrado su existencia. Ese mar que había pasado de ser un vehículo de paz a ser un espectador de la muerte y el olvido.
Me llamo Dina Salviati, tengo 35 años, y hoy vivo en Italia, en Lampedusa. Nunca me he alejado del mar para tener la ilusión de estar más cerca de mi madre. Trabajo en un centro de recepción de inmigrantes y lucho para que el mar no sea jamás un lugar de desapariciones.
Lucho porque después de treinta años en cada historia de cada joven migrante que huye de su país desafiando el mar, desafiando el miedo a la muerte y el miedo a perder a sus seres queridos para tratar de alcanzar una vida mejor, veo a mi madre y a todos los jóvenes como ella que desafiaron el miedo y la muerte de frente para hacer de su país un lugar mejor, incluso para mí. A menudo escucho las voces de personas que piensan que los migrantes han buscado su propio destino y, por lo tanto, no son en absoluto comparables a los que fueron secuestrados, torturados y hechos desaparecer contra su voluntad. Las voces “¡por algo será!”, “¡algo habrán hecho!” resuenan en mi cabeza. La historia se repite y al final siempre es más fácil mirar hacia el otro lado. Siempre es más fácil perder a los últimos, a los fantasmas, a los “inútiles”.
Me llamo Dina Salviati, tengo 35 años y he decidido continuar la batalla de mi madre y de todos aquellos que lucharon para un mundo mejor.
Nunca miraré hacia el otro lado.
Sandra Lorenzano
Celebro escucharles, y darme cuenta de su sensibilidad y su capacidad de empatía. La pregunta que les hago a partir de esto es: ¿cómo hacemos para transmitir, a otras y otros jóvenes, esta sensibilidad y esta capacidad de empatía y de compasión que tienen ustedes? ¿Cómo se genera esa capacidad en una sociedad tan indiferente como las nuestras? ¿Cómo nos toca el corazón y la piel, la posibilidad de leer, de ver obras que tienen que ver con estos temas? ¿Cómo se involucra nuestra propia memoria con la memoria de los testigos? ¿Cómo nuestra propia historia personal se puede involucrar, vincular, trenzar, con la historia de otros que han sufrido?
Para hablar de estos temas tenemos que reivindicar la ruptura de fronteras entre lo racional y lo afectivo, lo racional y lo emotivo, incluso en la academia (¡o sobre todo en la academia!). Nunca están separados, pero muchas veces nos obligan a separarlos.
Ustedes están cumpliendo, con creces, la esencia de la educación. Tenemos una responsabilidad y los estudiantes son portadores, transmisores de esta responsabilidad: que es, justamente, reivindicar el valor de la afectividad, el valor de la empatía como motores de la escritura, del pensamiento, de la reflexión, de la creación. Ustedes son el eslabón fundamental para que se reconozca la historia reciente de América Latina en la sociedad italiana que parece hoy tan temerosa y violenta ante las migraciones. Pienso en la importancia que tiene esta búsqueda por conectar el afuera, el mundo exterior, con el mundo de la universidad. Trascender el espacio del aula a través de la escritura… Es como una forma de encontrarle un sentido –más allá de la sensibilidad y de cumplir con un trabajo de curso– a sus propias preocupaciones y sensibilidad. Porque una de las cosas más frustrantes que puede haber es esa sensación de que uno quiere hacer algo más y no encuentra los canales.
Ustedes están mostrando que el espacio educativo (de cualquier nivel y ámbito) tiene el deber ético y la posibilidad de crear empatía y favorecer la sensibilidad hacia las y los demás.
Me siento profundamente conmovida por haberles escuchado y agradecida por las enseñanzas que dejan en mí.
- Bialet (2010), Arias (2016), Quieto (1999-2001), Germano (2006), Angelucci (2019), Calamai (2003), Caporale (2014).↵
- Todorov (2000), Ricoeur (2003), Hirsch (2012), Jelin (2017), Crenzel (2016), Vaisman (2018), Longoni y Verzero (2012), Blejmar, Mandolessi y Perez (2018), Perassi (2017b).↵
- Basándose, en particular, en las categorías de acogida y proximidad, centrales en el pensamiento filosófico de Emmanuel Lévinas, algunas investigaciones recientes han puesto en cuestión las pedagogías verticales de la enseñanza como adecuación de un conocimiento que asimila al otro a partir de una relación pensar-ser: “La Educación es, sin duda, más que una actividad mecánica y reproductiva de transmisión de conocimiento e información, un escenario de relación y encuentro con el Otro y con los Otros; […] es un instante de encuentro, un momento de proximidad (y projimidad) que implica recibimiento, acogida y hospitalidad”. La importancia de agrietar el alejamiento y favorecer la cercanía entre los varios sujetos que participan en el acto educativo no tiene la finalidad de “modelar, diseñar o satisfacer, sino para sentir que nunca será suficiente, que ante la presencia del estudiante jamás se está cumplida la tarea formativa” (Jaramillo Ocampo, Jaramillo Echeverri, Murcia Peña, 2018).↵
- Mediante el uso de las dos cursivas, pretendo destacar que, en este caso, la elección del término “alumno” (del latín alere: alimentar), en lugar de cualquier sinónimo, resulta eficaz para retomar el significado etimológico de “ser alimentado” y ampliarlo hasta abarcar su contrario: “el que alimenta”. Como se desprende de la lectura de estas páginas, la “alimentación”, de hecho, fue mutua no solo entre los estudiantes sino también entre ellos y yo misma.↵
- Los encuentros tuvieron lugar, a través de una plataforma virtual, en los días 7 y 22 de mayo de 2020.↵
- En cuanto a la escucha, la atención y los comentarios de Sandra Lorenzano tras la lectura de los textos de los estudiantes, me parece interesante recordar un estudio de Leonor Arfuch sobre la subjetividad, la memoria y las narrativas en el campo de la educación, cuando afirma que “la tensión de escucha y de respuesta hacia el otro, como real inspirador del enunciado, coloca a este no como simple receptor sino en una posición activa, productiva”. A tal propósito, la estudiosa argentina recuerda la raíz común de respuesta y responsabilidad “tanto en el sentido de dar respuesta como de hacerse cargo de la propia palabra y del otro, en el sentido fuerte de decir “respondo por ti”. De esta manera, respuesta y responsabilidad “se anudan en un plano ético: el destinatario está primero en el proceso de la comunicación, mi palabra es para y por un otro: estoy aquí para y por ustedes, no al revés” (Arfuch, 2016b: 237).↵
- Las referencias a “Lorenzano, 2020” remiten a citas extraídas de sus comentarios a los textos de los estudiantes durante los dos encuentros.↵
- En http://nuovidesaparecidos.net/?p=3180. ↵
- En https://casanostracasavostra.com/regularizacionya/. ↵
- En http://www.ccar.cat/4967-2/. ↵
- En https://youtu.be/HMM0PCYWobw. ↵
- En https://www.ccma.cat/tv3/vides-aturades/. ↵
- En https://carovanemigranti.org. ↵
- La traducción es mía.↵
- En https://movimientomigrantemesoamericano.org. ↵
- En http://www.treccani.it/vocabolario/civilta/. La traducción es mía.↵
- Pienso en algunas formas de procesar y compartir el duelo muy inusuales y conmovedoras surgidas en estos tiempos de pandemia y confinamiento como, por ejemplo, el proyecto sonoro “Cartas sonoras para cuerpos celestes”, creado en el marco de la Cátedra extraordinaria Ingmar Bergman en cine y teatro, con la colaboración de Radio unam y la Fonoteca Nacional de México. Los actores y directores Isabel Toledo y Aristeo Mora, creadores del proyecto, nos iluminan sobre la idea y los destinatarios de las cartas: “En medio de la pandemia, frente al dolor y el silencio, nos atraviesa la imposibilidad de realizar un ritual colectivo tras la muerte de quienes nos dejan. ¿Cómo hacer de cada ausencia individual una experiencia compartida cuando no podemos encontrarnos en el mismo espacio? ¿Tocarnos, llorar en compañía? Este proyecto une nuestras voces en un relato de duelo colectivo. El espacio sideral será el destinatario de un conjunto de cartas que familiares de personas fallecidas en los últimos meses depositaron en un buzón telefónico. Radiodifusoras a lo largo del país transmitirán los adioses y, con la ayuda de embajadoras y embajadores que desde sus azoteas dirigirán las ondas a las estrellas, las cartas irán en busca de sus destinatarios”. Agradezco a Sandra Lorenzano la difusión de este proyecto a través de su nota en sinembargo.mx (Lorenzano, 23 de mayo de 2021).↵
- Sobre la elocuencia de los objetos y de los restos de las víctimas de la violencia estatal en América Latina, sobre su valor como testigos más que como testimonios, véase el dossier monográfico de la revista “Kamchatka” coordinado por Emilia Perassi y Fernando Reati (2020). En particular, en su artículo Perassi subraya la función significante –nunca ancilar, instrumental, o filológica– que estos objetos conllevan, operando “como localizadores de subjetividades descompuestas, como enigmáticas partituras biográficas o chips hipertextuales en cuya materia y evidencia se almacenan datos, rasgos, gestos especialmente inmateriales: contacto de una piel, huellas de una figura, supuraciones de heridas y de llagas, roces de manos laboriosas, deseos, pavores, infinitas gamas del amor, entregados a la impasible, y a la vez elocuente, mudez de sus formas” (Perassi, 2020: 262). Asimismo, sobre este tema –en el contexto específico de las masacres en el Mediterráneo– recomiendo la lectura de Cristina Cattaneo (2018), médico forense, comprometida desde hace varios años con la devolución de la identidad y dignidad de los náufragos desaparecidos, a través de la identificación de los restos de sus cuerpos. En un capítulo significativamente titulado Il Barcone: i morti sono più eloquenti dei vivi, define estos cuerpos –encontrados en estado de descomposición– como “más elocuentes que cualquier relato de los sobrevivientes. […] La verdadera angustia y el horror del viaje solo pueden ser contados por los muertos. Y lo que tenía ante mis ojos ahora, en la bodega del barco, era el relato más sencillo y eficaz” (Cattaneo, 2018: 166-167).↵
- En https://www.youtube.com/watch?v=3nfIGpQpYQk.↵
- Artista polaco residente en Alemania. Trabaja en lo que él mismo concibe como proceso de “antimonumentalización”, “una nueva conceptualización ética y estética de entender los memoriales, una propuesta que, lejos de las grandes moles de piedra y bronce, intenta apelar a los sentidos más primitivos, para que, a pesar del paso del tiempo, la memoria continúe resonando, cada vez, como la primera”. Hoheisel define sus producciones como denkezeichen, concepto que, en contraposición al de denkmal (monumento en alemán) intenta aglutinar dos conceptos: el de “marca de memoria” y el de “espacio de reflexión”. “Para el artista, estas operaciones funcionan como dispositivos, como disparadores para que el recuerdo de los crímenes, a fuerza de mantenerlos frescos, los haga irrepetibles. Para que el dolor se renueve en cada uno, cada vez, para que se creen lazos de memoria viva que viajen de generación en generación, si no ¿qué pasará cuando la última de las víctimas haya muerto?” (González Cortiñas, 2006). Sobre el Río de la Plata como “lecho mortuorio” de desaparecidos, particularmente en el ámbito literario de la posdictadura, recomiendo la lectura de Bonato (2020). [N.d.A.]↵











