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6 Migrantes (y) desaparecidos
de ayer y de hoy

Qui, in pochi, nuotammo alle vostre spiagge.

Che razza di uomini è questa?

O quale patria così barbara permette simile usanza?

Ci negano il rifugio della sabbia;

dichiarano guerra e ci vietano di fermarci

sulla terra più vicina.

Se disprezzate il genere umano

e le armi degli uomini,

temete almeno gli Dei,

memori del bene e del male.

   

Virgilio, Eneide, Libro i, vv. 538-540

“Chi sei, straniero naufrago?”, “Leontichos qui morto
mi ha trovato sulla spiaggia e mi ha seppellito in questa tomba,
piangendo la sua stessa fragile vita”.

   

Callim. ap 7.277 = 50 gp = Ep. 58 Pf.

En el documental El cielo sobre Riace (2020),[1] el guionista y director Damián Olivito –primo de Domenico “Mimmo” Lucano[2]– vuelve a la patria de sus antepasados en busca de sus propios orígenes y encuentra un extraordinario modelo italiano de integración de migrantes africanos y de Oriente Medio.

Mientras que Daniele Cini recupera el tema de la desaparición en el pasado reciente argentino para tejer relaciones con el actual fenómeno de la desaparición en el Mediterráneo, el director argentino, descendiente de emigrantes de Riace en Buenos Aires,[3] toma un camino diametralmente opuesto, articulando su obra cinematográfica sobre el tema de los migrantes actuales y su recepción en un pueblo del (profundo) sur de Italia, nuevos habitantes de casas vacías, en años pasados abandonadas y ahora ofrecidas por quienes habían emigrado décadas atrás en busca de una vida más digna al otro lado del océano.

La sirena de Daniele Cini y El cielo sobre Riace de Damián Olivito parecen dialogar –ya a partir de los títulos– trazando rutas opuestas, pero queriendo llegar al mismo puerto. La sirena, por un lado, y el cielo, por el otro: el mar y el aire, ambos caracterizados por la ausencia de fronteras, espacios comunes a todos los seres vivos. Asimismo, las partes finales de las dos obras recorren caminos solo aparentemente opuestos: los dos directores, si a lo largo de sus obras apuntan las lentes de las cámaras hacia el otro lado del océano (respectivamente, según la procedencia de cada uno), al final vuelven a la tragedia que ocurrió o está ocurriendo en la propia orilla: si Daniele Cini, en sobreimpresión a los últimos fotogramas, señala una urgente advertencia sobre la tragedia de la desaparición que se está produciendo en el Mediterráneo,[4] asimismo, Damián Olivito, en las últimas secuencias del documental regresa a su propia orilla para recordar la tragedia de los desaparecidos argentinos.

Hacia el final de El cielo sobre Riace, el entramado de relaciones entre las historias de diferentes países y épocas se completa en la evocación del drama argentino (que cuenta también descendientes de emigrantes de Riace entre sus desaparecidos) a través de las imágenes de un mural pintado sobre un muro que no divide, sino que une; un mural que se asoma a la plaza principal del pueblo para rendir homenaje a la lucha universal de las Madres de Plaza de Mayo, para mantener viva la memoria de sus, nuestros, 30.000 desaparecidos. Y el “¿Dónde están?” de las madres argentinas parece resonar en el “¿Dónde están?”, aún colectivo y desgarrador, de otras madres, las tunecinas, en años más recientes. Es un mural realizado por los propios migrantes, los nuevos habitantes de Riace, que nos muestran –a través de su existencia– no tanto la clandestinidad y la ilegalidad, términos alimentados por el lenguaje del odio (Palma, 2020), sino el deber de actuar en la realización concreta del “Nunca Más” y de un “nuevo orden mundial mestizo basado en la igual dignidad de todas las diferencias” (Ferrajoli, 2020), en una tierra en la que todos somos “extranjeros residentes” (Di Cesare, 2017), según una ética que mira a la justicia global en la que vivir y migrar no se oponen; según una idea diferente de estar en el mundo y de concebir la residencia como “hábitat en movimiento” (Chambers, 1995); según una perspectiva auténticamente migratoria que mira el movimiento “no como un intervalo entre puntos fijos de partida y llegada, sino como una forma de estar en el mundo” (Carter, 1992: 101).

La acogida ha sido un viento que ha traspasado barreras, generando una evolución antropológica del concepto de comunidad, haciendo permeables las fronteras, incluyendo a los migrantes no como refugiados o prófugos, sino como auténticos y valiosos ciudadanos (Lucano, 2020: 180).

La obra del director argentino nos muestra la “aldea global” –tal como ha sido autodefinida y concebida por Mimmo Lucano– basada en el cumplimiento de un proyecto visionario de nueva habitabilidad del mundo, edificada sobre la aplicación concreta de una idea de convivencia, solidaridad, recepción e integración de los migrantes en la vida del pueblo. Una integración no unidireccional, en una perspectiva asimilacionista o pluralista,[5] sino multifuncional y efectiva en la dimensión identitaria, social, política, cultural y económica de los recién llegados (Catarci, 2014: 72).

Una integración no como “problema”, sino como regeneración y beneficio mutuo entre los varios actores del proceso. Esto se ha conseguido, concretamente, gracias a la creación de talleres y tiendas de artesanía,[6] donde los nuevos habitantes aprenden de los pocos “nativos” que quedan aquellos oficios que, en gran medida, están desapareciendo. De tal manera, una esperanza de renacimiento para todos se ha hecho realidad.[7] La recuperación de las tradiciones, el turismo solidario y la economía sostenible, también como respuesta a la estandarización del mercado global, complementan y apoyan el proyecto de integración, “que ve a las mujeres de Riace junto a las kurdas, afganas y africanas, cada una con su propio arte y conjunto de tradiciones. La artesanía, por tanto, se ha convertido también en un trabajo etnográfico, proyectado hacia dentro y hacia fuera, así como en un recurso y fuente de ganancias” (Lucano, 2020: 87). La acogida de los nuevos migrantes, la integración del otro, extranjero y ajeno, se ha hecho motivo de reinvención y enriquecimiento mutuo, en una “conversación en la que las diferentes identidades se reconocen, se intercambian y se mezclan, pero no se desvanecen” (Chambers, 1995: 37). Un impulso y un despertar recíproco, que abarca la reivindicación de la lucha política del otro:

Para mí, compartir su cuestión política fue un estímulo más: también despertó mi compromiso político, si se me permite decirlo. En ese momento, fue como si me hubiera convertido en un activista del movimiento de liberación del pueblo kurdo, que encontró en Riace no sólo un lugar donde desembarcar, sino también para dar a conocer su situación política al mundo. Fue como si las dos instancias, ese sentido de rescate humano y social y de reivindicación política, se unieran para imaginar un futuro posible: para nosotros, los últimos habitantes de Riace, soñar con un futuro posible en nuestra tierra; y para ellos, tener ese reconocimiento humano y político. Y así comenzó la historia de la acogida en Riace (Olivito, 2020: 35:17).

Es un nuevo modelo, una nueva epistemología de vivir y entender la humanidad que, deconstruyendo y reconfigurando el propio concepto de identidad, ha recurrido al vacío dejado por la emigración italiana del siglo xix como oportunidad para recibir e integrar a miles de otros seres humanos exiliados de sus propias tierras y, al mismo tiempo, para dar nueva vida –identitaria, social, cultural– a un pequeño pueblo de la Locride[8] en proceso de despoblamiento irrefrenable: “Nuestros emigrantes se han ido –reflexiona Mimmo Lucano– pero han llegado otros seres humanos. Con la misma cara, los mismos ojos, la misma humanidad” (Olivito, 2020). A través de entrevistas y vínculos entre dos sures, Italia y Argentina, Olivito teje una línea de continuidad entre la emigración italiana del siglo pasado y las migraciones actuales: el emigrante de ayer y el inmigrante de hoy “están separados en el tiempo, pero unidos en la misma historia” (Chambers, 1995). El viaje parece recomponerse en una errancia cíclica: en el pasado, los emigrantes de Riace participaron en el proceso de definición de la identidad argentina aportando su propia identidad y, en el presente, han ofrecido a los nuevos migrantes sus casas vacías, espacios deshabitados que vuelven a la vida con una nueva identidad. Como si el viaje se cerrara y volviera a empezar, encontrando un único denominador: el ontológico respeto a los valores de los derechos humanos fundamentales. Es desde el sur, dos sures del mundo –un pequeño pueblo calabrés y el barrio porteño de Mataderos, donde viven los emigrantes de Riace– que llega una lección de solidaridad, empatía, concientización y cultura.

También en esta obra, como en La sirena de Cini, el mar adquiere un valor simbólico multiforme que se declina en una multiplicidad de sugestiones: territorio de memoria compartida, puente entre el Atlántico y el Mediterráneo, lugar de esperanza, de muerte, pero también de unión e intersección de rutas, de destinos, de vidas humanas:

Yo pasaba en mi auto de camino al trabajo, por la autopista jónica. Y de repente vi a mucha gente viniendo de la playa, subiendo. Era un día de verano, hace muchos años. El primer pensamiento que tuve fue el recuerdo de una imagen que, de alguna manera, con un amigo mío, habíamos previsto. Imaginamos que un día alguien volvería del mar, ese mar que también había sido tan invitante para las personas que vivían en Riace y que habían imaginado irse al extranjero para dar sentido a sus vidas, porque aquí había muchos problemas. Y dije: pero esto es increíble, esta escena, yo, es como si la hubiera vivido ya. Una escena hermosa, con el mar de fondo, y un barco de vela. Y esas personas, con muchos niños, esas mujeres que los sostenían en sus brazos. Y parecía que las olas habían acompañado de alguna manera el viaje, el destino de estas personas que llegaban a Riace, tierra de emigración. Fue una señal del destino. Fue el viento el que llevó a ese barco a Riace con 250 prófugos del Kurdistán iraquí y de Turquía a bordo (Olivito, 2020: 33, 25).[9]

En una narración cinematográfica de carácter fuertemente testimonial que hace de la evocación poética y ética la cifra de las palabras y las imágenes, y que convierte la autenticidad del discurso en expresión esencial de la humanidad, lo que surge no es la historia de los migrantes, sino las microhistorias[10] de hombres, mujeres y niños de Nigeria, Ghana, Kurdistán, Eritrea, Afganistán e Irak, hechas de emociones, miedos, dolor, coraje, esperanza y renacimiento. Son seres humanos individuales y únicos para los cuales la huida se impone como única posibilidad de salvación, como condición necesaria para su sobrevivencia: son individuos –cada uno con su propia historia personal– que huyen de guerras y dictaduras, masacres y esclavitud, catástrofes, hambrunas y crisis, provocadas en gran medida por las políticas de Occidente, por la Europa no solo del nuevo milenio, sino también de siglos de colonización.

Se trata de microrrelatos que por su singularidad y pluralidad deconstruyen lugares comunes, “invasiones imaginarias” (Ambrosini, 2020), al rastrear las causas reales y recónditas –invisibilizadas por la retórica de la negación– de los procesos migratorios actuales. Microrrelatos que se cuentan a través de la mirada de los protagonistas, con la cámara apuntando literal y fijamente a sus ojos:

En una época en la que las cosas materiales parecen más importantes que las personas, vale la pena mirar la expresión de los ojos de un ser humano […] y buscar en ella un valor inestimable que ninguna obra de arte puede alcanzar (Lucano, 2020: 65).

Microrrelatos que revelan nombres y apellidos para contrarrestar la privación de la subjetividad, y la urgencia de una perspectiva nueva que acerque empáticamente al espectador (y a todo ser humano) al Otro, hasta incluirlo en una historia de migración e identidad que se vuelve universal.

El número de la masacre se ensaña en la borradura de los nombres, en hacer de cada uno cualquiera en lugar de alguien, en alimentar esa condición de “vida precaria”, como la llama Judith Butler (2007), que nos involucra a todos, en cualquier lugar del planeta, haciéndonos víctimas posibles de cualquier violencia, local o global (Arfuch, 2016b: 229).

La gente de Riace, como muchos pueblos de emigrantes, vive el sueño de reunificación con sus conciudadanos que se fueron a vivir en el extranjero, deseo que, como se documenta en las secuencias finales de la película, se concreta con el viaje de Mimmo Lucano a Argentina (en 2017) para reencontrarse con lugares y personas: son los emigrantes de Riace que, incluso en otras épocas y al otro lado del océano, siempre han abierto sus humildes casas y han hecho de la hospitalidad y la solidaridad los rasgos distintivos de su estar en el mundo, no tanto como acto político, sino como “gesto espontáneo” (Lucano, 2020: 26). Un “gesto espontáneo” heredado –explica Lucano– “de la tradición sagrada de la devoción a los santos Cosme y Damián”: médicos de Cilicia, que “viajaban a lo largo y a lo ancho del Mediterráneo sin pedir nada a cambio de su atención médica, ofrecida a cualquier persona necesitada, independientemente de la fe o el color de la piel” (Lucano, 2020: 26). Un “gesto espontáneo” que recupera, entonces, “una identidad de acogida ligada a la historia de la Magna Grecia” (Lucano, 2020: 50), y que demuestra la profunda comprensión del fenómeno migratorio por parte de quienes lo han vivido y que han descubierto en éste la conciencia de la despedida eterna.

Esta conciencia de una despedida eterna, creo, fortalece la conciencia humana, hace que toda una generación de migrantes crezca con un pie en Buenos Aires y otro en Riace, pero en la Riace de su infancia. Es una dimensión suspendida en la nostalgia, a medida que se desvanece la posibilidad de un retorno, a medida que toma cuerpo la conciencia de que esas casas permanecerán desiertas. Al final, para cada emigrante sólo hay una reivindicación: lo que nos obligó a viajar, nos fue impuesto, dejar nuestra tierra no fue una libre elección. Exactamente lo mismo que para las personas que huyen de las guerras, en circunstancias aún más dramáticas (ivi: 55).

La obra cinematográfica de Olivito, desde una perspectiva identitaria del fenómeno de la migración, se puede percibir como una “reescritura” del proceso migratorio que subvierte relaciones, reconfigura identidades, y pone en juego significados ya asumidos: desde el margen, desde la “periferia”, desde unos sures del mundo, viene la lección de la hospitalidad, de la inclusión, del ver al extranjero como a sí mismo (Todorov, 1998), o en sí mismo (Kristeva, 1988), o ver a sí mismo como extranjero de alguien (Ben Jelloun, 1988), o ver a sí mismo en el extranjero (Jabès, 1991; y Todorov, 1998): “los otros también son yos: sujetos como yo, que sólo mi punto de vista, para el cual todos están allí, y sólo yo estoy aquí, separa y distingue verdaderamente de mí” (Todorov, 1998: 13). Ver al extranjero –según un “punto de vista”– puede declinarse de diferentes maneras: verlo desde lejos, verlo de cerca, verlo como conciudadano, verse a uno mismo, o verlo en sí mismo, vale decir, el extranjero que “nos habita” (Kristeva, 1988),[11] lo que puede conducir a una dimensión –de juicio– inesperada: el extranjero como reconocimiento y reconocerse a sí mismo. Y permite evitar el riesgo de absolutizar la propia identidad de forma exclusiva y excluyente, siendo ésta, tanto a nivel personal como comunitario, ni estática ni monolítica, sino un devenir plural, un proceso en constante construcción y evolución a través del encuentro y la relación con los otros, diferentes y extranjeros, un tejido policromado compuesto por la trama de muchos hilos.

Por lo demás, el concepto de hospitalidad está estrechamente vinculado con el concepto de existencia en tránsito: solamente si reconocemos a nuestro “otro” en el extranjero en camino, la hospitalidad puede ser gratificada. El rescate primero, la acogida luego y, al final, la integración de los migrantes en el pueblo de Riace reconfiguran entonces una nueva identidad, no solo suya y en sentido institucional (en algunos casos, al obtener la ciudadanía italiana), sino nuestra, en una dimensión social, colectiva y cambiante, a través del pleno reconocimiento de nosotros mismos en los migrantes y la efectiva aceptación de la igual dignidad universal. Asumir esta perspectiva siendo conscientes de que –en palabras de Gherardo Colombo[12]– los pueblos migrantes y los europeos “nos encontramos todos en el mismo barco” (fundamento conceptual en el que se origina la solidaridad), puede garantizarnos un futuro más humano. Acostumbrados a pensar en los temas de la migración, el racismo y la diversidad como problemas de otros, como asuntos que no nos conciernen, ahora estamos llamados a pensar en ellos como productos de nuestra propia historia, cultura e identidad (Chambers, 1995). Es una reflexión que se renueva constantemente: por ejemplo, en las palabras de Carola Rackete[13] cuando afirma que “si, para nosotros, los necesitados son los otros y apartamos la mirada en lugar de ayudar, nuestra civilización pierde sus fundamentos. […] No podemos mirar hacia otro lado solo porque la que se ve afectada es una categoría a la que no sentimos pertenecer. Esto debilita los derechos humanos que nos pertenecen a todos” (Rackete, 2019: 67). “Cada vez que he mirado el mar con los pies en el agua”, recuerda Mimmo Lucano, “tuve una certeza: quien llama a nuestra puerta, ya sea un desgraciado, un refugiado o un viajero, representa la única salvación para el mundo entero, la única esperanza contra la violencia de la historia” (Lucano, 2020: 11).

Se trata, pues, de una historia que nos concierne y nos pertenece, sobre todo hoy, cuando el peligro de contagio epidémico parece haber activado a la enésima potencia el impulso a levantar las fronteras: individuales y sociales, familiares y colectivas, nacionales y continentales, internas y externas, netas y porosas, físicas e inmateriales, políticas e identitarias. “Hemos sido relegados dentro de nuestras fronteras más próximas. Sin una comunidad a nuestro alrededor, somos extraños a nosotros mismos” (ivi: 9).

Asociación delictiva, abuso de poder, fraude, extorsión, malversación de fondos, falsedad ideológica, favorecimiento de la inmigración ilegal, presuntos delitos en la gestión de un sistema de acogida que con los años se había convertido en “modelo de integración” de alcance mundial: estas fueron las acusaciones principales presentadas en 2017 por la Fiscalía de Locri contra Mimmo Lucano, sobre las cuales se ha basado la investigación judicial –justamente definida– “Xenía”.[14] A pesar de que años de investigaciones y varios juicios no pudieron respaldarlas con evidencias fiables, la Fiscalía de Locri avanzó con la petición de que Lucano fuera condenado a 7 años y 11 meses de prisión. En octubre de 2021 la sentencia transformó la preocupación y el desconcierto que había generado esa petición, en indignación y en el convencimiento de que legalidad y justicia no siempre coinciden: la condena de Mimmo Lucano a 13 años y dos meses de reclusión (el doble de lo solicitado por la fiscalía) refleja la magnitud de la escisión entre los dos conceptos, y revela el verdadero crimen del imputado: el haber mostrado y demostrado que otra sociedad es –sería– posible, “habitando la diversidad, permitiendo que la historia inaugure un tiempo nuevo en el que el futuro siga siendo un sueño para todos, trazando las coordenadas reales de otro mundo posible” (Lucano 2020: 161).

Y de haberlo mostrado y demostrado, como ponen de manifiesto las palabras de Lucano en las entrevistas que sustentan el desarrollo de la narración, con una cristalina simplicidad y autenticidad, con espontaneidad y sinceridad, con la naturaleza y la radicalidad de quien toma en serio el fundamento ético y jurídico de nuestra Constitución:[15] “una Constitución –nos recuerda Lucano– que nace de la Resistencia y en el respeto de la dignidad de los seres humanos, de todos, independientemente del color de la piel, o de la nacionalidad. Porque todos somos seres humanos de la misma manera” (Olivito, 2020: 1, 16, 40).

La sentencia –golpe fatal a la idea de civilización, condena por crímenes, no contra la humanidad, sino en favor de la humanidad– ilumina la verdadera cara del sistema en el que vivimos: un sistema que castiga políticamente a quienes reconocen en el otro y en la otredad una prioridad para la edificación de una sociedad fundada en la igualdad, en la empatía y en la solidaridad; un sistema que condena a quienes intentan contrastar la narración imperante y romper el estatu quo actual, hecho de racismo, xenofobia y miedo a los seres humanos que vienen del sur del mundo; un sistema que fomenta la lucha entre los pobres, entre las minorías, entre los últimos, mientras se escuda en términos vaciados como justicia, acogida y hospitalidad.

Nos corresponde justamente a nosotros, profesores e investigadores, maestros y educadores, y a los estudiantes, contrarrestar este sistema que reprime toda oposición y diferencia, para romper, desde su interior –ahí donde se forman y se ensayan el intelecto, la cultura, la desmitificación, la emancipación, el compromiso y la responsabilidad de los ciudadanos– la lógica de la indiferencia, para volcar la narración dominante que anestesia las conciencias y para derrotar a los virus que siguen atacando los derechos humanos fundamentales.


  1. Hasta la fecha, el documental ha participado en el Festival del Cine de los Derechos Humanos en Nápoles (2020), en el Taormina Film Fest (2020) y en el Festival del Cine Íbero-Latinoamericano (2021).
  2. Alcalde de Riace de 2004 a 2009, ha sido reelegido para los dos mandatos siguientes y mantuvo el cargo hasta el 2018, cuando se presentaron contra él acusaciones, entre otras, de favorecimiento a la inmigración ilegal y abuso de poder. En 2010 la fundación City Mayors le otorgó el tercer lugar en el ranking de los mejores alcaldes del mundo. En ese mismo año Wim Wenders le dedicó al “modelo Riace” el cortometraje El vuelo. En 2016 la revista “Fortune” lo incluyó entre los cincuenta líderes mundiales más influyentes (para colmo, el único italiano). En 2019 fue candidato al Premio Nobel de la Paz.
  3. La comunidad de emigrantes de Riace, se ha instalado, prevalentemente, en el barrio de Mataderos.
  4. En sobreimpresión a las últimas imágenes, que muestran a la sirena nadando finalmente libre de cualquier atadura, se lee: “De 1976 a 1983, 30.000 personas desaparecieron en Argentina. La mayoría de ellas arrojadas al mar por aviones militares. Entre 1988 y 2007, más de 11.000 inmigrantes murieron en las fronteras europeas, casi todos en el mar. La mayoría aún no ha recibido justicia. Sus cuerpos siguen ahí. Es una historia que nos concierne”.
  5. Según los modelos clásicos de integración en los países europeos, se puede distinguir una actitud asimilacionista, por la que se obliga a los “extranjeros” a adaptarse al modelo cultural dominante, y una actitud pluralista, por la que se aceptan los aspectos culturales de los inmigrantes, para que queden confinados en su vida privada (pluralismo cultural) o para que sean reconocidos públicamente (multiculturalismo) (Catarci, 2014: 78).
  6. Entre los talleres creados, instalados en viejas bodegas abandonadas en el centro histórico de Riace, “casi como para formar un camino de etnoantropología urbana” (Lucano, 2020: 90) hay: el taller de cerámica “El jarrón de Kabul”, el taller de bordado “La bordadora de Herat”, el taller de tejido “Tramas globales”, el taller de artesanía étnica “Las cometas de Islamabad”, el taller de chocolate, el de vidrio y el de madera.
  7. Lo que, para los migrantes, no significa necesariamente quedarse a vivir en Italia. Issa, por ejemplo, que participa en el taller de cerámica, sueña con volver algún día a su país natal, Etiopía, y fundar una escuela de cerámica. Una de sus artesanías fue regalada a Damián Olivito y, con ella, el título de la película: es un pequeño cuadro azul con niños sosteniendo una cometa, y la escrita “Il cielo sopra Riace”.
  8. Definida por Mimmo Lucano como “tierra de frontera, contrastes, sombras y a veces también de luz” (Lucano, 2020: 53), la Locride es un área geográfica calabresa ubicada en la parte jónica de la región sureña italiana. Además de sitios culturales y de productos culinarios conocidos en todo el mundo, esta zona es tristemente famosa por el fenómeno mafioso de la ‘ndrangheta. El proyecto de inclusión de los nuevos migrantes tiene, precisamente, también el propósito de contrarrestar la criminalidad organizada. “Los reconocimientos internacionales obtenidos –escribe Mimmo Lucano– me alegraron mucho porque me brindaron la sensación que el mensaje de humanidad que estábamos transmitiendo en un lugar plagado por la precariedad económica y social, y afectado por la criminalidad organizada, podía salir de nuestros confines” (Lucano, 2020:123).
  9. Se refiere al primer desembarco de refugiados en Riace, ocurrido el 1 de julio de 1998.
  10. La importancia atribuida a las microhistorias individuales se refleja también en los proyectos, ya mencionados anteriormente, de activismo, solidaridad y sensibilización en favor de los refugiados: “Personas, no números” es el lema del proyecto “Missing at the borders”, compuesto por miembros de varias asociaciones: Milano senza Frontiere, Palermo senza Frontiere, Como senza Frontiere, Carovane Migranti, Association des Travailleurs Maghrébins de France, Alarm Phone y Watch The Med. También el Archivio italiano delle memorie migranti destaca la relevancia otorgada a la experiencia individual de cada migrante: en su portal web definen a su archivo como “espacio real y virtual de relatos, autonarraciones y diálogos entre quienes han vivido la experiencia de la migración y quieren compartirla, y quienes están interesados en conocer sus experiencias y reflexiones”. Asimismo, Casa Nostra Casa Vostra, asociación catalana creada en 2017 y compuesta por “nadie en concreto y todo el mundo a la vez”, tiene como propósito principal la difusión de microhistorias personales de cada migrante, en forma de testimonios directos. Frente al menosprecio de los fenómenos sociales y de las migraciones, comúnmente reducidos a números fríos, la asociación Carovane Migranti reivindica –en la página de inicio de su sitio web– las historias individuales de mujeres y hombres en su unicidad y singularidad: “los testigos son el núcleo del relato y es su voz la que queremos compartir con las realidades sociales con las que nos relacionamos”.
  11. En 1988 Kristeva publicaba el ensayo Étrangers à nous-mêmes, planteando una idea para pensar al extranjero desde un interrogante: ¿Cómo aceptar al otro, al diferente, al migrante si no nos reconocemos primeramente como extranjeros a nosotros mismos? Si se logra asumir la propia alteridad, la extranjería propia, lo disonante de uno mismo, el extranjero cesa de ser una amenaza: “Si soy extranjera, no hay extranjeros”. Lo extranjero no es ni una raza ni una nación y, sin embargo, determina en qué medida somos capaces de relacionarnos con ese otro que habita en nuestro interior, reconocerle y convivir con él y también cómo nos relacionamos dentro de nuestra sociedad de pertenencia, y con otras culturas. En este sentido, el modo particular de elaborar este encuentro entre nosotros mismos y el otro depende de la capacidad del sujeto de admitir su propia alteridad y aceptar que será siempre, desde el concepto de lo inconsciente freudiano, un extranjero para sí mismo.
  12. Gherardo Colombo es un exmagistrado, jurista y escritor italiano, especialista en política y casos de corrupción. En Italia, es muy conocido por haber coordinado relevantes investigaciones, como el descubrimiento de la Loggia P2, y de “Mani pulite”, entre otros. Desde su jubilación, está muy comprometido con la transmisión y la consolidación de los derechos humanos en las nuevas generaciones, dedicándose a encuentros con estudiantes de todo nivel escolar y universitario. Entre las publicaciones que persiguen este mismo propósito pedagógico, destacan: Sulle regole (2008); Sei Stato tu? La Costituzione attraverso le domande dei bambini (2009); Che cos’è la legalità? (2010); Le regole raccontate ai bambini (2010); Educare alla legalità. Suggerimenti pratici e non per genitori e insegnanti (2011); Imparare la libertà. Il potere dei genitori come leva di democrazia (2013); La bambina tutta verde (2019); y Anche per giocare servono le regole. Come diventare cittadini (2020). En 2020 ha fundado la ong Resq People Saving People, con un pequeño grupo de amigos y profesionales de diversos ámbitos que, “cansados de ver morir a miles de migrantes en el intento desesperado de cruzar el mar Mediterráneo en busca de un mañana mejor para ellos y sus hijos, han decidido derribar el muro de la indiferencia y tratar de implicarse, con un único objetivo: seguir siendo humanos.”. La ong opera por mar y por tierra, en ambos casos en primera línea: salvando a centenares de migrantes con el barco de rescate ResQ People; y promoviendo “una cultura de respeto de los derechos humanos y de protección de la dignidad de todos, organizando encuentros, debates y actividades de sensibilización sobre los temas de salvamento marítimo y solidaridad”.
  13. Carola Rackete es una joven capitana de navío alemana y activista que ha salvado a centenares de migrantes a través de rescates marítimos por la ong Sea Watch. En una entrevista ha afirmado: “Mi vida ha sido fácil, he podido cursar tres universidades, me gradué con 23 años. Soy blanca, alemana, nacida en un país rico y con el pasaporte correcto. Cuando me di cuenta, sentí la obligación moral de ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades que yo” (Buj, 2019). Fue detenida en junio de 2019, por haber atracado el barco “Sea Watch 3” sin permiso en el puerto de Lampedusa (acceso denegado por el entonces ministro italiano del Interior, Matteo Salvini), tras haber esperado el permiso de atraco por dos semanas. En esa operación de rescate, había salvado a unos 50 migrantes que se encontraban a la deriva en alta mar frente a Libia. Rackete fue puesta en libertad el 2 de julio por la juez Alessandra Vala, según la cual la activista alemana estaba cumpliendo el deber de socorro que no termina en el mero embarque a bordo de náufragos, sino en su conducción a un puerto seguro (sobre el tema, se pueden leer, en español, las notas periodísticas de Daniel Verdú, 2019).
  14. La definición de la investigación judicial resulta ser particularmente apropiada: el término de derivación griega xenía sintetiza el concepto de hospitalidad a los viajeros y la relación entre el invitado y el anfitrión en el antiguo mundo helénico, del que era un aspecto tan importante que se consideraba un deber o, mejor dicho, una obligación religiosa. El mismo dios del Olimpo Zeus, a veces, se denominaba con el epíteto “Xenios” para indicar, entre otros atributos, el de protector de los viajeros y garante de la “xenia”. En cambio, en el mundo romano antiguo el origen común de hospes (el “huésped”: quien ofrece y quien recibe hospitalidad) y hostis (el “extranjero”, o el “enemigo”) demuestra la inestabilidad como característica implícita de cualquier acto de hospitalidad: “Ambas derivarían del verbo hostire, ‘tratar de igual a igual,’ y ‘compesar’; dicho verbo habría generado las familias lexicales tanto de la hospitalidad como de la hostilidad, puesto que en el antiguo derecho romano al hostis, o sea al ciudadano de un estado soberano extranjero, se le tenía que acoger bajo la protección de un hospes patronus, quien estaba obligado a ‘tratarlo como igual’ para así ‘compensar’ su extranjería. […] La derivación de palabras como otage, en francés, ostaggio en italiano, […] delata una condición de peligro, un riesgo para ambos hospites. Desde sus orígenes etimológicos, la hospitalidad es, entonces, una noción ambigua, compensatoria, ritual, sublimadora de una violencia latente; su transgresión parece inevitable, pues inevitable es el miedo al Otro, sea éste el huésped anfitrión o el hospedado” (Salvioni, 2016: 25-26).
  15. En una reflexión concreta sobre las cuestiones jurídicas relacionadas con la migración en el Mediterráneo, el faro que debería guiarnos es, justamente, la Constitución italiana, cuya disposición sobre el derecho de asilo tiene un alcance muy amplio y es el pilar del sistema integrado (entre los distintos niveles internacionales y nacionales) de protección de los derechos humanos. Es la tesis de Cecilia Siccardi, que en un libro reciente pone de manifiesto una de las paradojas más evidentes del derecho constitucional actual: la afirmación del derecho de asilo en la Constitución italiana (artículo 10, apartado 3) no tiene en su aplicación concreta ningún instrumento destinado a permitir que las personas que se encuentran impedidas en el ejercicio de las libertades democráticas consagradas en la misma Constitución lleguen a nuestro país de forma regular y segura para buscar protección. Por lo tanto, y a falta de canales seguros de entrada, las personas se ven obligadas a realizar largos y penosos viajes de forma irregular, con la esperanza de llegar a la frontera italiana para pedir asilo (Siccardi, 2021).


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