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Prefacio

Enrico Calamai[1]

El 24 de marzo de 1976, en Argentina, los militares tomaron el poder con un golpe de Estado que se propuso la eliminación física de todos aquellos cuya cultura, actividad o sensibilidad política habría representado un posible obstáculo a la imposición del mismo régimen neoliberal que había sido aplicado por primera vez en Chile, tres años antes, por el general Pinochet. Las víctimas fueron intelectuales, artistas, sindicalistas, monjas, curas y políticos progresistas, abogados comprometidos con la defensa de los derechos humanos pero, sobre todo, jóvenes, considerados en sí mismos peligrosos desde el punto de vista de los asesinos en el poder, en cuanto representantes de una generación que se convertiría en la clase dirigente en los años venideros.

La estrategia eliminacionista establecida se basó en la desaparición, que convierte a las víctimas en fantasmas, dejando a los familiares sin explicación alguna pero con la desgarradora esperanza de encontrar a sus seres queridos desaparecidos y, a pesar del inevitable paso del tiempo, hace que la opinión pública, tanto argentina como internacional, sea incapaz de comprender la gravedad de lo cometido por los criminales argentinos. Es un crimen que aún hoy se vuelve evanescente por su propia irrepresentabilidad y dificultad para situarlo en la memoria colectiva.

De hecho, la memoria colectiva no es igual al efecto que provoca abrir la ventana en una habitación para dejar entrar al sol. Más bien, se asemeja a un reflector que ilumina aquello a lo que apunta ingeniosamente, a menudo para favorecer mecanismos de negación y eliminación. La memoria colectiva tiene una maleabilidad que posibilita la creación de un cono de sombra sobre lo que la clase en el poder prefiere ocultar, muchas veces con el apoyo de una opinión pública reacia a lidiar con su propia aquiescencia. Basta recordar el “Armario de la Vergüenza”, en lo que concierne directamente a la opinión pública italiana después de la Segunda Guerra Mundial. Y, sabemos, la memoria colectiva nunca es definitiva, se encuentra sujeta a continuos revisionismos y negacionismos, en función de las fuerzas políticas que intentan maniobrar con ella. Como es el resultado de terrenos de debate desenvueltos en contextos históricos muy diversos, las memorias de las víctimas –como el caso argentino pone en evidencia– también pueden prevalecer y situarse en el centro de la escena.

Memoria viva de la desaparición es un libro destinado a arrojar luz sobre los trágicos acontecimientos de los cuales se ocupa, sus representaciones literarias y sus repercusiones en ámbito pedagógico. Un verdadero avance polifónico y laborioso hacia esa forma tan especial de hacer memoria compartida, una conciencia capaz de extenderse entre los jóvenes y sus familias, como núcleos expansivos en la opinión pública de nuestros días y del porvenir.

Es un texto en proceso permanente, por tanto, en el que las reflexiones, los recuerdos, las fantasías y las imágenes de los alumnos que participan en él se alteran, casi musicalmente, para dar paso a la escritura de Susanna Nanni que las preludia, elabora y profundiza, entrelazándose a su vez con la voz de la escritora de origen argentino Sandra Lorenzano.

Más aún, el texto es en sí mismo un ejemplo de hacer memoria, al animar a un grupo de estudiantes a reconstruir mentalmente las formas en que se llevó a cabo la cacería humana; a intentar al menos figurarse empáticamente lo que vivieron y sufrieron las víctimas y sus familiares; a arrojar luz sobre las facultades que tiene el poder para mutilar y silenciar a la sociedad en la que está arraigado.

Es un hacer memoria que no se queda en un fin en sí mismo, sino que se hace instrumental para entender el presente en el que vivimos inmersos los ciudadanos del Occidente neocolonialista globalizado. Es la dialéctica actual entre el saber y el no saber la que se vuelve a proponer, similarmente a lo que ocurrió en los albores del neoliberalismo en Argentina y, antes, en la Europa nazi-fascista mientras se llevaba a cabo la persecución de los judíos: una herramienta para descifrar los enigmas del mundo en el que vivimos, y base sangrienta y dolorosa desde la que extrapolar los mecanismos del hoy en día.

Por ello, es preciso e importante que el análisis de Susanna Nanni abarque el Mediterráneo incorporando el estudio de las masacres de emigrantes que huyen hacia Europa y que caracterizan la época de la posguerra fría: el flujo bíblico de los condenados de la tierra, consecuencia estructural de guerras, dictaduras, apropiación de los recursos, explotación de la mano de obra, catástrofes medioambientales, en una palabra, de las crisis que nosotros mismos hemos provocado con demasiada frecuencia, pero de las que no queremos en absoluto cargar con los costes humanos y ni siquiera con la visibilidad. Y una vez más será el mar el que esconda los cadáveres, el Mediterráneo, reducido a un depósito de vidas desechadas.


  1. Enrico Calamai ha sido funcionario (vicecónsul y cónsul) de la Embajada Italiana en Chile (1974) y Argentina (1972 y 1974-1977). Se le ha apodado “capitán intrépido”, “héroe discreto”, “héroe incómodo”, “el Schindler de Argentina”, “el Perlasca de los desaparecidos” por haber logrado rescatar a centenares de perseguidos por los regímenes militares. En Buenos Aires, pese a la oposición de su propia Embajada, refugió, entregó pasaportes y pasajes de avión a cientos de personas para que huyeran del país. Sobre su experiencia diplomática en los dos países, recomiendo la lectura de su autobiografía (Calamai, 2003). Enrico Calamai sigue luchando en primera línea por la defensa de los derechos humanos en la actualidad como portavoz del Comité “Verità e Giustizia per i Nuovi Desaparecidos”, cuyo objetivo principal es la identificación y condena de los responsables institucionales de la muerte y desaparición de miles de migrantes a lo largo de las rutas migratorias mediterráneas hacia Europa.


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