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Prólogo a la segunda edición

Fernando Reati[1]

Al momento de escribir estas líneas, la pantalla de mi televisor muestra en vivo el funeral del Papa Francisco en Roma. El presidente argentino Javier Milei, que se autodenomina libertario y anarcocapitalista, llegó anoche muy tarde y no pudo asistir a la capilla ardiente en el Vaticano donde los dignatarios de todo el mundo prestaron sus respetos frente al féretro del primer pontífice argentino. ¿Mera casualidad, descoordinación protocolar o algo más? La prensa informa que antes de subir al avión Milei pasó todo el día en Buenos Aires dando visibilidad y entregando un premio a un economista español que comparte sus ideas radicales sobre la eliminación del Estado y la destrucción de las políticas dirigidas a los más pobres: tal vez por eso llegó tarde, escriben los reporteros. Los mismos reporteros recuerdan que no hace mucho Milei llamó al Papa Francisco “el representante del Maligno en la tierra” y lo calificó de comunista e idiota por creer en la justicia social.

Veo esa imagen y me viene a la mente otra: una foto que me envió hace unos meses Susanna Nanni, la autora de este libro, quien estuvo detrás de una visita de Estela Carlotto al Vaticano. En la foto, la infatigable presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo recuesta su cabeza en el hombro del Papa Francisco y lo toma afectuosamente del brazo. Él apenas puede disimular una amplia sonrisa de satisfacción al reencontrarse con su amiga de años, a quien admira por su labor en la búsqueda de nietos de los desaparecidos bajo la dictadura militar argentina de los años 70.

El contraste entre ambas escenas que involucran a tres argentinos ampliamente conocidos (el Papa Francisco, Carlotto y Milei) no podría ser más pronunciado. En la Argentina de Milei hoy se desmontan los sitios de memoria en los excentros clandestinos. La ESMA (Escuela Superior de Mecánica de la Armada), el sitio más icónico de todo el país donde desaparecieron cerca de cinco mil personas, tiene dificultades para abrir sus puertas a los visitantes porque hace meses no hay presupuesto y sus trabajadores no reciben sueldo. Las obras arqueológicas de recuperación de los calabozos subterráneos de Club Atlético, otro tristemente célebre excentro clandestino, están paralizadas desde que el gobierno despidiera a la mitad del personal especializado. La casona en la calle Virrey Ceballos donde funcionaba un centro de torturas de la Fuerza Aérea, que permaneció abierto al público durante las últimas dos décadas, ha debido cerrar porque despidieron a la totalidad de su personal. La CONADI (Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad), que colaboraba en la búsqueda de los niños apropiados por los militares se disolvió por orden de Milei. Y no hace mucho, varios congresistas pertenecientes al partido gobernante visitaron en la cárcel a represores presos (entre ellos Alfredo Astiz, el que se infiltró en Madres de Plaza de Mayo para secuestrar a sus dirigentes) para intentar negociar su libertad.

La lista de ejemplos es interminable. La administración de Milei desmonta gradualmente las políticas de derechos humanos de los gobiernos anteriores y ya no se trata solamente de negar los crímenes de la dictadura sino de reivindicarlos abiertamente. Todo aquello que hace dos años hubiera parecido un mal sueño hoy es una realidad que se despliega velozmente ante nuestros ojos sin darnos tiempo a reaccionar. Lo inimaginable se ha hecho imaginable, lo imposible posible. Todo lo que se daba por cierto y consolidado en materia de memoria y derechos humanos corre peligro de desvanecerse ante nuestros ojos.

Una pregunta persigue a quienes se dedican a preservar el recuerdo de las violaciones de derechos humanos: ¿cómo transmitir a los jóvenes el pasado traumático cuando ha transcurrido tanto tiempo y las nuevas generaciones se sienten ajenas a lo sucedido? ¿Es suficiente investigar y condenar o es necesario encontrar nuevas herramientas para educar? Porque en Argentina décadas después del terrorismo de Estado hay programas educativos, se lleva a los estudiantes a visitar los excentros clandestinos y cada 24 de marzo (aniversario del golpe militar) se ofrecen clases alusivas en las escuelas. Aun así, los más jóvenes desconocen hoy lo que sucedió o lo conocen de modo esquemático y simplificado. Por eso la sorpresa que generó en 2023 que tantos jóvenes votaran por el ultraderechista Javier Milei. ¿Fallaron las políticas de Estado o los encargados de transmitir la memoria no supieron hallar nuevos lenguajes?

El libro de Susanna Nanni reconoce ya desde el título ‒Memoria viva de la desaparición. Literatura y desafío pedagógico en Argentina y el Mediterráneo que el desafío consiste en que no basta relatar el horror para que se lo comprenda. Para ella, el desafío como transmisora de conocimiento fue relacionar dos realidades disímiles y aparentemente inconexas ‒los desaparecidos en Argentina en los 70 y los migrantes que hoy se ahogan en el Mediterráneo tratando de llegar a Europa para huir de la pobreza y la violencia‒ a fin de hallar puntos de contacto en el ámbito educativo. En ese sentido, la imagen de tapa es contundente: la conocida escultura en homenaje a Pablo Míguez (el joven adolescente arrojado vivo al Río de la Plata en uno de los vuelos de la muerte) flota sobre el agua junto al Parque de la Memoria en Buenos Aires y coexiste con una recreación del cuadro La balsa de la Medusa de Eugene Delacroix, donde unos migrantes en una patera se ahogan mientras un buque pasa de largo ignorándolos.

¿Se repite la indiferencia social ante la tragedia de los que son tragados por el mar? La imagen de tapa representa visualmente el arco que va de una catástrofe a otra: Argentina en los 70 y Europa en el presente. El prefacio y el epílogo también trazan un arco que destaca un entramado común. El prefacio pertenece a Enrico Calamai (el “Schindler de Argentina”), un diplomático italiano asignado en Buenos Aires que en los 70 ayudó a cientos de perseguidos a huir de la dictadura entregándoles pasaportes y pasajes de avión. Hoy Calamai se dedica a visibilizar la complicidad de las instituciones europeas en la muerte de miles de migrantes ahogados en el Mediterráneo. El epílogo es de Sandra Lorenzano, una escritora y educadora argentina que se exilió en México en los 70 y que participó a distancia en el experimento docente de Nanni que dio origen al libro. Las voces de Calamai y Lorenzano ofrecen una perspectiva conjunta sobre la defensa de los derechos humanos que atraviesa décadas de historia en dos continentes distintos.

La génesis del libro de Nanni es singular: un curso de maestría que impartió en la Universidad Roma Tre bajo el título “Archivos de la memoria: literaturas, historia y política en Hispanoamérica”. El objetivo del curso era ilustrar

cómo la pedagogía de la memoria relacionada con el pasado traumático argentino puede entrar en un aula universitaria italiana y ser interiorizada y elaborada por un grupo de estudiantes que viven en otra época y en otro contexto geográfico, político y social (p. 28).

Pero una circunstancia inesperada conspiró para que el proyecto mutara a su forma actual: en febrero de 2020, cuando Nanni comenzaba a enseñar, comenzó la pandemia de covid-19 y el mundo se transformó.

De un día para otro, Nanni se vio obligada a reinventar el curso y a reinventarse ella misma como educadora. El objetivo original era enfocarse en cómo Argentina reelaboró artísticamente el trauma colectivo causado por la dictadura militar, hablando de “la memoria y la posmemoria, el testimonio y el postestimonio, la transmisión de la memoria” (p. 32) y la pugna entre distintas versiones del pasado. A partir del caso argentino, los estudiantes italianos elaborarían una memoria “transnacional, desterritorializada y diacrónica” (p. 34) que les permitiría detectar “continuidades y discontinuidades con las violaciones de los derechos humanos en la actualidad y en varias partes del mundo” (p. 34). En otras palabras, Argentina serviría de punto de partida para observar otras realidades, centrándose en la muerte de miles de migrantes que intentan cruzar el Mediterráneo para hallar refugio en Europa. El mar como tumba (el Río de la Plata y el Mediterráneo) sería un puente entre el pasado y el presente, el aquí y el allá para que los estudiantes fueran no solo “destinatarios, sino activadores de nuevos significados y productores ellos mismos de memorias” (p. 43).

La pandemia obligó a reformular lo que hasta entonces era un marco teórico y una mera expresión de deseos. Al pasar Nanni a dictar el curso de modo virtual, el objetivo de relacionar el pasado argentino con la desaparición de migrantes en el Mediterráneo cobró una nueva dimensión. La obligación de recluirse en el hogar y comunicarse solo a través de la pantalla representó un desafío para la educadora y los educandos por igual: “¿Cómo se puede transformar una situación de encierro, de distanciamiento, de ensimismamiento en oportunidad para repensar la práctica docente, las nuevas formas de aprendizaje, la elaboración cultural y la transmisión de la memoria de manera colectiva y compartida?” (p. 29).

La proyección en clase (pocos días antes del comienzo de la pandemia) de La sirena, un breve cortometraje de Daniele Cini, fue el puntapié inicial de una profunda discusión que continuó virtualmente el resto del semestre. La sirena es un contundente alegato sobre la complicidad y la resistencia. De apenas cuatro minutos de duración, muestra la transformación en sirena de una mujer arrojada al mar en uno de los vuelos de la muerte. Décadas después, en un juicio conducido en Italia, el abogado defensor de los represores argentinos alega que no hay pruebas. Mientras tanto, la hija de la mujer (que de niña presenció el secuestro) ya adulta contempla el mar y recuerda lo que le contaba la madre sobre las sirenas. A través de un repaso de las dimensiones mitológicas de esos seres (la sirenita de Hans Christian Andersen, la de Disney, las de Ulises), Nanni planteó a la madre/sirena como “un valor simbólico polisémico: de catarsis, de renacimiento, de metamorfosis, de recuerdo…” (p. 50). A partir de allí, los estudiantes debían pensar en otros desaparecidos (los migrantes que se ahogan tratando de llegar a Europa) e incluso en los italianos que cien años atrás emigraron a Argentina en busca de una vida mejor.

Luego vino el covid y con él el encierro, la falta de socialización y el desafío pedagógico:

No estábamos preparados, ni dispuestos y, aún menos, éramos capacitados para enseñar en este contexto […] atendiendo a la consigna de seguir educando, de seguir conectados, de seguir produciendo, de no detenernos, para no generar retrasos, para llenar la sensación de vacío, impotencia y soledad producida por el confinamiento (p. 55).

El cambio de paradigma fue súbito. Pero donde otros vieron un impedimento, Nanni encontró la oportunidad de “involucrar la dimensión cognitiva, afectiva y volitiva de los estudiantes en el proceso de aprendizaje” (p. 59). En un capítulo, Nanni repasa ciertos debates teóricos alrededor de la educación virtual y describe cómo al adaptarse a nuevas condiciones de socialización descubrió que educar no es solo transmitir conocimientos sino facilitar herramientas para la comprensión crítica del mundo y la participación en la vida social. En busca de esas herramientas, por ejemplo, emprendió con los estudiantes la traducción colectiva al italiano de una novela argentina para adolescentes, Los sapos de la memoria de Graciela Bialet, sobre un hijo de desaparecidos. La traducción se presentó virtualmente un año después ante cientos de jóvenes de escuelas secundarias italianas, y los estudiantes de Nanni no solo usaron sus habilidades lingüísticas y culturales, sino que además contribuyeron a preservar la memoria histórica que estudiaban en clase: “Recurrieron a la traducción como voz y para devolver la voz a los desaparecidos, de ayer y de hoy” (p. 67).

Nanni reflexiona sobre la necesidad de trascender barreras físicas y mentales después de que el virus obligara al encierro colectivo en el hogar. Buscando que los estudiantes pensaran en la desaparición como un fenómeno “que nos concierne a todos”, pidió que escribieran textos breves en respuesta a los temas tratados. A la vez, desde México Sandra Lorenzano comentó los textos y dialogó con ellos. El libro incorpora algunos de esos textos elaborados en la clase virtual y nos permite oír las voces frescas y a la vez profundamente maduras de los jóvenes italianos en el proceso de reflexionar sobre los derechos humanos a un lado y otro del Atlántico. Una estudiante habla de la importancia de que “cualquiera de nosotros pueda ser un lugar de memoria para los que vendrán” (p. 91). Otra reflexiona sobre su condición privilegiada de ciudadana europea: “La misma agua donde nos bañamos de vacaciones, esas playas paradisíacas, están rozadas por la sangre de miles de desaparecidos” (p. 91). La presencia del mar en la vida de los italianos es una constante y una estudiante sueña con el día en que “el mar ya no constituya el sudario de los seres humanos, sino que vuelva a ser su cuna pacífica” (p. 107). Otra proviene de una ciudad pesquera y piensa en los ahogados:

Cuando éramos niños nos gustaba sumergirnos en el agua y competir para ver quién atrapaba las caracolas más bonitas. Pero si nos desplazamos un poco más al oeste, hacia el océano, o más al sur, hacia el centro del Mediterráneo, no se encuentran solo caracolas… (p. 111).

Una dice que los migrantes ahogados “no son números sino personas, asesinadas o dejadas morir por mano de otras personas, y a la vista de otras personas” (p. 119); otra habla de la maternidad en La sirena: “Dar y quitar la vida a alguien: estas son las dos grandes acciones que cada hombre puede realizar” (p. 124).

Un joven resumió el pensar de sus compañeros: “también el silencio determina una responsabilidad” (p. 110). Se trata de la empatía con el otro, un sentimiento que permite saltar distancias. Reflexionando sobre los textos de los estudiantes, Nanni apunta a una didáctica que una lo emocional con lo cognitivo, contraria a un modelo que tiende “en general y en la práctica, a minimizar o marginalizar los aspectos emocionales en el proceso de aprendizaje” (p. 135). Basándose en su propia experiencia, llama a reconceptualizar la manera en que impartimos el conocimiento yendo más allá de lo prescripto curricularmente y confiando en que el resultado sea “una interacción social constructiva y solidaria” (p. 137) entre los educandos y sus objetos de estudio.

En el capítulo final sobre migrantes y desaparecidos, Nanni habla de Riace, una población del sur italiano de la que muchos emigraron a Argentina hace más de cien años y algunos de cuyos descendientes fueron más tarde víctimas de la violencia estatal en los 70. Hoy Riace alberga un proyecto solidario que presta vivienda y trabajo a inmigrantes de otros países, les enseña viejos oficios ya perdidos y de paso repuebla una localidad que iba camino a desaparecer por el envejecimiento de sus habitantes. Nanni califica esa experiencia de “nueva epistemología de vivir” (p. 153) pues recurre “al vacío dejado por la emigración italiana del siglo XIX como oportunidad para recibir e integrar a miles de otros seres humanos exiliados” (p. 153). En tiempos de aislamiento y temor al otro magnificados por el miedo al contagio, Riace representa un camino distinto que permite que educadores y educandos piensen en otras opciones cognitivas, políticas y en última instancia éticas.

Este libro, además de ser necesario, nos interpela: ¿por qué no hay más textos como este? ¿Por qué se escribe tanto sobre las tragedias y tan poco sobre cómo transmitirlas en la escuela y en la universidad? Obligada por la pandemia, Nanni se sintió en la necesidad de prestar atención a sus estudiantes para entender el “perfil cultural y humano de estos jóvenes y de sus modos de hacer memoria” (p. 29). Comprendió que no basta con contarles lo sucedido (como quien vierte algo en un recipiente vacío), sino que debemos permitir que cada grupo y cada generación encuentre sus propios modos de producir y gestionar las memorias, “desafiando la seguridad de lo ya intentado y conocido para explorar nuevas formas de transmitir y enseñar” (pp. 165-166). Se trata de “empatizar con la experiencia de los otros y la otredad” (p. 167), de ir a “contramano respecto de los habituales contratos didácticos implícitos” (p. 167), de “volver a preguntarnos por el sentido de lo que enseñamos, y cómo lo enseñamos” (p. 169).

Es ni más ni menos que redefinir la tarea educativa echando mano a herramientas menos intelectuales y teóricas para reivindicar, en palabras de Sandra Lorenzano, “el valor de la afectividad, el valor de la empatía como motores de la escritura, del pensamiento, de la reflexión, de la creación” (p. 133). Una tarea no menor, pero imprescindible frente al coro creciente de voces negacionistas, bulos, fake news y ataques a la memoria y los derechos humanos.

   

 26 de abril de 2025


  1. Fernando Reati (Córdoba, Argentina) es Profesor emérito de Georgia State University (Atlanta), donde fue docente (1992-2020) de Contemporary Latin American narrative; Literature and politics in Latin America; monuments, memorials and the representation of trauma in Argentina. Fue exdirector del Centro de Derechos Humanos y Democracia de la misma Universidad. Ha contribuido con artículos a volúmenes especiales y revistas académicas de Argentina, Estados Unidos, México, Venezuela, España, Italia, Alemania y Hungría. Entre sus publicaciones, destacan: Nombrar lo innombrable: Violencia política y novela argentina (1975-1985) (1992), Postales del porvenir: La literatura de anticipación en la Argentina neoliberal (1985-1999) (2006), Cartas de amor de mis padres comunistas (2022), y Los perejiles, los miedos y la revolución (2025). En colaboración publicó, entre otros: con Mario Villani, Desaparecido. Memorias de un cautiverio (Club Atlético, el Banco, el Olimpo, Pozo de Quilmes y ESMA) (2011); y, con Miriam Pino, De centros y periferias en la literatura de Córdoba. Homenaje a María Luisa Cresta de Leguizamón (2001). Además, compiló con Adriana Bergero, Memoria colectiva y políticas de olvido: Argentina y Uruguay, 1970-1990 (1997). En coautoría con Paula Simón publicó Filosofía de la incomunicación. Las cartas clandestinas de la Unidad Penitenciaria 1 durante la dictadura (Córdoba, 1976-1979) (2021).


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