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5 El uso de los índices
y las tipologías en la construcción
de indicadores complejos

Gabriela Gómez Rojas y Marcela Grinszpun

1. Algunas reflexiones en torno a la operacionalización de variables

Como en diversas cuestiones metodológicas, existen diferentes posicionamientos frente a lo que definimos como “medir”. Tanto Canales (1986) como Cohen y Gómez Rojas (1996, 2011), sostienen que cada vez que trabajamos con una variable medimos, independientemente que apelemos a categorías cuantitativas o cualitativas. Se asume que el sistema de categorías propuestas son las empíricamente posibles y lo suficientemente exhaustivas para referirse al universo de contrastación.

A través del proceso de medición, sea este con enfoque cuantitativo o cualitativo, se transforman los observables en datos, basándose en el procedimiento de la operacionalización, recurso metodológico que permite que una variable pueda obtener registros de la realidad a partir de la construcción de indicadores. En la literatura metodológica se ha procedido a definir los indicadores de modo diverso, aglutinándose sus definiciones en torno al pasaje de lo latente a lo manifiesto. Así la unidad teoría-método a través del proceso de medición transforma la información, los observables, en datos.

Según Casas Aznar (1989: 47), “un indicador es un medio para la aprehensión de conocimiento sobre aspectos de la realidad no directamente perceptibles o medibles.” En tanto que Marradi (2007: 106) considera que “el indicador es algo manifiesto o registrable que da información sobre algo que no es manifiesto (o directamente registrable)”. De Sena (2012) señala que en la mayoría de la literatura, los indicadores han sido descriptos en su carácter de “intermediarios” o se los menciona como construcciones que permiten enlazar un aspecto de la teoría, con un aspecto de la realidad posible de observar.

Cabe resaltar que el indicador, en tanto variable, es una construcción teórica. Ha sido construido para obtener registros, señales, informarse sobre la “cosa oculta”, latente de la realidad, que no podía registrar la variable que le dio origen. Por lo tanto, desde esta definición no se acuerda con la existencia de variables empíricas. Aquello se vincula con la noción de la producción de datos y del objeto que se desprende de la teoría, siguiendo las reflexiones epistemológicas y metodológicas propuestas por Bourdieu (2008), entre otros investigadores. Según Denis Baranger (2003), Bourdieu plantea una noción de conocimiento científico opuesta a la sostenida por Lazarsfeld, desde la Universidad de Columbia, quien se centraba en el desarrollo metodológico limitado a un grupo de técnicas estadísticas. En tanto que los datos para él pertenecían a una base empírica independiente, no contaminada con la teoría, en orden a poder garantizar la puesta a prueba. En tanto que, desde la perspectiva del pensador francés, la construcción del objeto excede lo meramente metodológico

Un objeto de investigación, por parcial y parcelario que sea, no puede ser definido y construido sino en función de una problemática teórica que permita someter a un examen sistemático todos los aspectos de la realidad puestos en relación por los problemas que le son planteados. (Bourdieu 2008: 60).

Baranger (2003) enfatiza nociones de dato muy diferentes a las sostenidas por Bourdieu y por Lazarsfeld. En tanto que el primero no concibe la autonomía de los datos, ya que la teoría debe tener un control permanente sobre ellos: en ello radica la construcción de los datos y del objeto. El segundo, en cambio, aspiraba a que los datos se mantuviesen en una base empírica independiente, sin estar contaminada con la teoría de manera que se pudiese cumplir con la verificación. Ambas posturas, según Baranger, también cristalizaban en prácticas de investigación diferenciadas. Desde una ética positivista, la división de tareas entre analistas y los recolectores de datos también permitía garantizar determinados preceptos metodológicos. En tanto que el control permanente del dato desde la mirada teórica implica un proceso de investigación sin comportamientos estancos, sin la división de tareas subalternas y la llamada práctica teórica, sin ningún contacto con los hechos.

Entonces, retomando la postura de Bourdieu es necesario recordar que los indicadores son construcciones que devienen de la teoría. En tanto tales, representan un concepto y, como tienen un vínculo de probabilidad con el mismo, se constituyen en un supuesto para medir. Y esto es importante destacarlo pues, más allá de la postura empirista entronizada otrora por Lazarsfeld, hay quienes aún en el siglo XXI la sostienen, basta recurrir a ciertos manuales de metodología de la investigación de gran difusión, un ejemplo de ello es el del autor Sierra Bravo (2007), quien claramente concibe a los indicadores como variables empíricas.

Una cuestión, que contribuye a naturalizar esta idea de “las variables empíricas/concretas”, está vinculada con el uso de fuentes de datos secundarios y cierta visión indiscutible que se genera en torno a ellas. No porque sea pasible de crítica el uso de dichas fuentes, sino por el tipo de acercamiento que tenemos a las mismas. Algo así sucede con el Censo Nacional de Población y Viviendas que realiza nuestro organismo de estadísticas (INDEC) que además, como es un operativo que abarca a toda la población, ni siquiera ofrece el error muestral de los relevamientos por muestra. Todo ello, contribuye a naturalizar ciertas variables como si su modo de medirlas no deviniera de definiciones resultantes de enfoques conceptuales que orientaron dicha operacionalización. Así, en el Censo de 2010, se consideraba que una persona había trabajado (sin contar las tareas del hogar), si por lo menos lo hubiera hecho una hora la semana anterior al relevamiento. Estas definiciones no son azarosas, sino que devienen de acuerdos internacionales entre diferentes organismos que se dedican al registro de esta información. Ahora bien, que el Censo tenga esa definición no significa que otras u otros investigadoras/es no puedan considerar que el tiempo mínimo de trabajo sea muy escaso y que eso genere clasificar a más personas en dicha situación, mientras que si ampliásemos ese tiempo de referencia para medir el trabajo más personas quedarían clasificadas como no trabajando.

Entre las críticas a ese modo de medir se menciona que en realidades socioeconómicas como la de Argentina, ese tiempo mínimo podría responder a características laborales esporádicas más que estables y que dicho período de referencia puede ser más adecuado para describir situaciones de los países desarrollados, más que la de los países en vías de desarrollo o llamados, actualmente, emergentes. Si no estuviésemos de acuerdo con dicho tipo de definición, no podríamos incluir dicha información en una investigación propia. Ello hace muy necesario revisar los criterios con los cuales las posibles fuentes a utilizar en las investigaciones han definido y medido sus variables, y así poder evaluar si las mismas coinciden con nuestros marcos conceptuales. Asumir esta posición dista mucho de considerar dichas mediciones como “verdades reveladas” o a los datos como objetivos, insistimos en que no dejan de ser construcciones que obedecen a ciertos criterios y decisiones.

Otro ejemplo del campo proveniente de los análisis de las clases sociales está vinculado con el esquema de clases a utilizar para medirlas en realidades sociales concretas. Ahora bien, no son las mismas operacionalizaciones de las clases sociales si se parte de un enfoque teórico neomarxista que si se parte de un enfoque neoweberiano[1]. Ambos esquemas aplicados a la misma realidad darán como resultado mapas de clase diferentes. Ante dicha situación, lo más probable es que surja la tentación de preguntarse sobre ¿cuál es el verdadero? Y ante esta cuestión sugerimos recordar que las pretensiones del conocimiento científico no descansan en hallar verdades dogmáticas, sino que el conocimiento que se construye es refutable, reproducible y provisorio. Dependerá de qué perspectiva se adopte, se asumirá uno u otro, por supuesto habiendo juzgado su validez y confiabilidad. Punto este al que se hará referencia más adelante. Disyuntivas como estas convierten al proceso de medición en la ciencia en un gran desafío teórico-metodológico, uno de los más ricos, debatibles y, por qué no, apasionantes en el campo del conocimiento.

Ahora bien, es necesario que quede en claro cuándo estamos frente a un indicador y cuándo no, de modo tal de no cometer errores a la hora de llevar a cabo un proceso de operacionalización. Para ello recurriremos a un ejemplo.

Según Wright (1997), la autoridad en el trabajo —el mercado de trabajo asalariado— consiste “en el control efectivo sobre la planificación, coordinación e integración de la división del trabajo”. Conformada por tres dimensiones. La autoridad de sanción se refiere a la capacidad de imponer penalizaciones o recompensas en los subordinados. La autoridad en la toma de decisiones se refiere a la participación directa en las decisiones relativas a la política de la organización, y la autoridad formal remite a la posición dentro de la escala de jerarquía de los puestos de trabajo.

Como se puede observar, el autor desagrega el concepto de autoridad en el trabajo en tres dimensiones, una de ellas es la autoridad de sanción que refiere a la capacidad de imponer penalizaciones o recompensas en los subordinados. ¿Basta con plantear lo dicho para tener en claro cuáles son los aspectos manifiestos a considerar y operativizar la autoridad de sanción? La respuesta es no, puesto que aún no conocemos cuáles son esas penalizaciones o recompensas y a cargo de quién están. Hemos definido anteriormente que un indicador en tanto variable es una construcción preparada para el registro de la información. Erik Wright formula los indicadores con claridad. De ello se desprende cómo se debe consignar en una entrevista. Por ejemplo, si quien responde influye en modificar el sueldo de un subordinado y/o si influye en el ascenso a un subordinado y/o si influye en imponer una penalización o recompensa a un subordinado. De cómo responda el entrevistado —respuestas que se constituyen en categorías de los indicadores— será el que más influye, influye más que otro o no influye.

Un indicador debe expresar qué manifestaciones se tienen que registrar. Si sobre ello hay dudas o si nos encontrásemos en una tarea de campo y el entrevistador debiera estar traduciendo lo que se pretende relevar, ese indicador, o la correspondiente pregunta, no han quedado bien definidos. En este ejemplo se está haciendo referencia a la situación de entrevista, no porque sea equivalente un indicador a una pregunta —puesto que el cuestionario se confecciona en base a las diferentes operacionalizaciones construidas en el proceso de investigación—, sino para graficar problemas concretos que pueden acontecer en un proceso investigativo (sobre instrumento de registro ver capítulo 6 de este libro).

Cabe señalar que en el cuestionario las preguntas contienen a los indicadores definidos, pero ellas están preparadas para un diálogo con la/el otra/o y además un indicador puede que necesite ser abordado en más de una pregunta.

Otra cuestión a remarcar es que la presencia de dimensiones en el proceso de operacionalización deviene de la definición conceptual que se asuma. En muchas ocasiones, las dimensiones están vinculadas con la complejidad teórica de la variable original. En esos casos, son muy útiles para ordenar dicho proceso, permiten especificar la construcción de los indicadores respetando los diferentes involucramientos conceptuales de la variable y contribuyendo a maximizar la validez del proceso. Es importante no quedarse con una idea mecánica de este transcurso, al estilo de recetas que digan que para constituir definiciones operativas es necesario que estén presentes las dimensiones y luego a partir de ellas derivar indicadores, ello dependerá de lo manifestado con anterioridad. En otras palabras, una variable teóricamente simple puede ser operacionalizada sin recurrir al uso de dimensiones.

Un ejemplo tomado de otra disciplina, muestra cómo dependiendo del punto de partida no se derivan dimensiones. Es el caso del PBI, valor monetario de los bienes y servicios finales producidos por una economía en un período determinado. Se utiliza como indicador del crecimiento o decrecimiento de la producción de bienes y servicios de las empresas de cada país, únicamente dentro de su territorio. No se está aquí hablando de la bondad del indicador, ni de los aspectos que deja de lado, sino de su condición unidimensional.

Todo proceso de medición debe cumplir con ciertos requisitos, que se pueden clasificar en dos clases, aquellos inherentes a la operacionalización y aquellos externos a ella. Dentro de la primera clase se ubican la validez y la confiabilidad. Diblasi (2007) recuerda que la confiabilidad es la confianza que se puede conferir a los datos producidos. En tanto que la validez puede comprenderse como la concordancia entre lo medido y lo que se desea medir.

Una variable es confiable si cada vez que producimos datos. En tanto y en cuanto se respeten las mismas condiciones y se apliquen los mismos criterios en su proceso de construcción, en el relevamiento de información y en el procesamiento se obtendrá el mismo resultado. La confiabilidad expresa el nivel de seguridad de una variable, en otras palabras, señala cuán segura es en la medida que no es afectada, modificada, por factores externos espacio-temporales al momento de ser utilizada. El modo de cómo medir la fiabilidad de los datos es un tema que suscita diferentes controversias (para ello, véase Marradi, Archenti y Piovani 2010: cap. 7).

Una variable es válida si lo que pretende medir coincide con los referentes teóricos desde los cuales se inició el proceso de construcción. En este sentido, la validez expresa el nivel de coherencia y concordancia existente entre el corpus teórico desde el que se partió en su construcción y los datos que se producen a partir de su aplicación en el campo empírico. Este aspecto, tal como señalan Marradi, Archenti y Piovani (2010), no se puede medir de manera objetiva al estilo de lo sostenido por lo que los autores denominan metodólogos conductistas, puesto que requiere apelar a las definiciones teóricas que constituyeron el punto de partida. La literatura señala distintos tipos de validez[2]. Un modo de juzgar la validez, que se convierte en cierto desafío para la construcción de conocimiento porque implica recurrir a diversas hipótesis, es la denominada validación de constructo. En ella se evalúa la validez estableciendo la relación de dicha operacionalización/indicador con otras variables que desde la teoría se puede sostener que están asociadas. Si en el proceso de contrastación empírica se dan las relaciones según lo esperado, dicha medición se considera válida.

La segunda clase de requisitos, que se designó anteriormente como externos a la operacionalización, comprende: a) la relación entre el instrumento de registro y las variables y b) la adecuación de las tareas de campo al instrumento de registro y a la población de estudio. Con ellos, cabe resaltar que el proceso de medición en nuestros campos disciplinares no se escinden de otras etapas del proceso de investigación. Así es que las variables bien definidas y operacionalizadas deben quedar plasmadas en el instrumento de registro acorde con lo enunciado. Resultaría contradictorio, por ejemplo, un proceso de operacionalización muy correcto con un cuestionario con preguntas mal enunciadas. Asimismo, en relación al punto b, es importante no dejar de lado la necesidad de guardar coherencia con las tareas de campo y lo que ello implica. Si en un proceso de investigación no se ha podido garantizar que la selección de los casos muestrales ha seguido las instrucciones diseñadas en su origen, que el manejo del cuestionario no ha sido el adecuado, que no se efectuaron los controles (supervisión y edición) requeridos, es evidente que los resultados de la medición no serán los adecuados, aunque si no hemos realizado los controles oportunamente también podríamos ignorar la existencia de ellos, recordar la posibilidad de incurrir en los denominados errores no muestrales[3] implica un desafío importante en el proceso de producción de conocimiento.

2. Combinación de indicadores: los índices y las tipologías

Cabe preguntarse qué acontece en un trabajo de investigación una vez que se han derivado los indicadores, pues si quedan sin combinarse, no podremos efectuar el análisis de la variable original, sino que deberíamos examinar tantas variables de modo independiente como indicadores hayamos elegido. Pero ese no es el objetivo. En el camino de la operacionalización, se pretende realizar un trabajo de ida y vuelta, del concepto hacia los indicadores y de los indicadores hacia el concepto. Para lograrlo es menester asociarlos, vincularlos, mediante algún procedimiento.

Tanto las tipologías como los índices sumatorios son procedimientos (metodologías) que permiten construir variables complejas. En otras palabras, son diferentes modos de operacionalizar variables.

El uso de indicadores, y cómo combinarlos a la hora de medir con variables teóricamente complejas (con distintas dimensiones), tiene cierta tradición en el campo de la metodología. Casas Aznar (1989) realiza un gran racconto sobre los indicadores sociales, señalando los diferentes criterios para definirlos y los distintos tipos de clasificación de los mismos. Por otra parte, cabe señalar que el empleo de indicadores sociales y las referencias a las limitaciones en sus usos han sido sometidos a debate (Pena Trapero, 1977 y Rodríguez Jaume, 2000).

En el caso de investigación descrito más adelante en este capítulo —en el que se analiza la posesión de diversos bienes del hogar (TV, heladera o teléfono)—, se encuentra por lo menos una de las dificultades planteadas por dichos autores. La problemática de la replicabilidad, dado que se trata de un Censo Nacional. Podría conjurarse lo anterior si se utilizan datos de censos anteriores para contrastar la información. En última instancia está en juego la utilidad de la construcción de dicho índice complejo.

Según Mora y Araujo (1971), la solución más común a la hora de trabajar con varios indicadores es construir un índice sumatorio que los combine. Siguiendo a este autor, una de las razones para el empleo de índices se refiere a la complejidad o dimensionalidad de los conceptos que se quieren medir. Entonces, cómo se puede definir qué es un índice sumatorio. Es una metodología para construir variables mediante la sumatoria de puntajes asignados a cada uno de los indicadores. Los puntajes no son magnitudes, sino códigos que representan a las categorías para poder proceder a la sumatoria y obtener puntajes para cada unidad de análisis.

Los índices sumatorios se dividen en simples y ponderados. En el caso de los primeros, todos los indicadores tienen el mismo peso, asumen la misma magnitud y, para los segundos, el peso es diferencial según la relevancia que se le adjudique. Padua (1979) señala que la decisión de trabajar con un índice sumatorio simple está básicamente radicada en evitar maximizar la arbitrariedad con la que fueron asignados los puntajes. En tanto que, la determinación de elaborar un índice ponderado descansa en las razones teóricas por la cuales se desea que los indicadores tengan pesos (magnitudes) diferenciales.

Otro modo de trabajar con un conjunto de indicadores y lograr una combinación de los mismos es por medio de las tipologías (para mayor desarrollo, ver capítulo 4 de este libro). McKinney (1986) señala en su definición que la construcción de tipos, como enfoque metodológico, es una herramienta para reducir complejidades de los fenómenos, diseñado de manera pragmática, sobre cierta base empírica y teniendo en cuenta elementos que provienen de la teoría. En última instancia, también sirven para la construcción de conceptos. Ambos procedimientos mencionados, las tipologías y los índices, constituyen métodos de construcción de variables (Cohen y Gómez Rojas, 1996).

Barton (1984) hace referencia a las tipologías y a los índices desde el concepto de reducción de espacio de propiedades. Según dicho autor, la combinación de clases para obtener un número más pequeño de categorías se realiza con propósitos prácticos y también teóricos. A los índices los denomina procedimientos de reducción numérica. Asimismo, para el caso de las tipologías hace referencia al proceso de substracción, que es aquel que permite, partiendo de una tipología dada, reconstruir el espacio de propiedades que le dio origen.

La bibliografía especializada en las cuestiones metodológicas ha producido una gran variedad de conocimiento acerca de métodos y técnicas de medición en el campo de las ciencias sociales. Pretendemos concentrarnos en algunas reflexiones en torno a determinadas experiencias vinculadas al proceso de medición. Para ello hemos elegido las tipologías y los índices sumatorios como aquellos “casos metodológicos comparables” que contribuyen a discurrir respecto a una cuestión central en el debate metodológico, acerca de los caminos más eficaces para recorrer el pasaje del concepto al dato (Cohen y Gómez Rojas, 2001).

Respecto a las tipologías, no podemos obviar un libro clásico en estas cuestiones como el de McKinney (1968: 85), quien sostiene que “el tipo construido (a diferencia del tipo ideal en Weber) puede prestar el importante servicio de funcionar como puente entre la teoría sistemática sustantiva y los datos empíricos relativamente no estructurados”. McKinney considera la tipología como un modelo analítico de una teoría más amplia, en otras palabras, “los tipos ganan importancia teórica y empírica cuando se los coloca dentro de un esquema más general”. Nos resulta muy interesante esta reflexión, en la medida que aborda la tipología no como un recurso metodológico que alcanza la validez por sí mismo, en forma autónoma, como mera técnica, sino que se constituye como procedimiento apto para la construcción de variables a partir de la teoría, dependiente de ella. Sin embargo, si bien es esta una de sus fortalezas, es importante advertir que la cantidad de indicadores constitutivos de una tipología es muy limitado, tal como advierten Marradi et al. (2007: 189),

cada vez que se quiera combinar un indicador más, la complejidad semántica se acrecienta de forma exponencial, las decisiones involucradas en reducir la tipología son cada vez más cuestionables y el control intelectual sobre toda la operación y sus resultados disminuye.

McKinney ubica la tipología como un recurso que orienta la investigación hacia la producción de teoría, comparando lo que ocurre empíricamente con la construcción heurística.

Por su parte, los índices sumatorios, a diferencia de las tipologías, son recursos metodológicos que si bien involucran las instancias conceptual, metodológica y empírica, apelan a un procedimiento en sí mismo más autónomo. Por ejemplo, el sistema de categorías de un índice sumatorio no requiere, como la tipología, un exclusivo involucramiento teórico, sino que hace uso de cuestiones más técnicas que permiten que de la suma de valores asignados por el investigador a las categorías de los indicadores resulte un continuo o gradiente cuantitativo a partir del cual se determinarán las categorías finales del índice. Contrariamente, en las tipologías, las categorías finales resultan de ciertas —no necesariamente todas— combinaciones de las categorías de los indicadores, de acuerdo con criterios exclusivamente teóricos. Estos diferentes procedimientos condicionan la clase de variable que puede formar parte de cada proceso. En el caso de las tipologías, consecuencia de la combinación de las categorías de los indicadores, pueden utilizarse variables de diferentes niveles de medición. Sin embargo, en el caso de los índices sumatorios, la asignación de una escala numérica a las categorías para permitir el procedimiento aditivo requiere de variables de nivel ordinal e intervalar. Con una variable nominal resultaría imposible determinar el valor origen de la escala; una vez más un requisito técnico, abstracto, asume cierto protagonismo en este proceso.

Finalmente, los índices sumatorios posibilitan la ponderación de uno o más de los indicadores involucrados, si bien la decisión se fundamenta desde la conceptualización que de la variable se haya hecho. En la medida en que el investigador considere que los indicadores no son todos equivalentes, sino que alguno o algunos de ellos contribuyen en mayor medida al proceso de medición, solo mediante una operación aritmética será posible transformar en operativa dicha decisión.

Estos recursos inherentes tanto a las tipologías como a los índices sumatorios son diferentes en su constitución y en su tratamiento; sin embargo, lejos de considerarlos jerarquizados uno respecto al otro, abren caminos muy interesantes para seguir explorando en el abordaje de lo latente, abordaje que siempre ha sido el gran desafío o el gran obstáculo teórico y metodológico de toda producción de datos en las Ciencias Sociales.

3. Dos casos específicos de construcción de índice sumatorio y de tipología en una investigación con datos censales

Este apartado pretende mostrar los principales resultados de una investigación que ha discurrido en torno a la construcción de la variable “posesión de bienes del hogar”[4] y, en este sentido, se ha intentado aportar conocimiento respecto a las fortalezas y debilidades de la tipología y el índice sumatorio como recursos metodológicos para tal cometido. Si bien se trata de una problemática que viene siendo desarrollada desde hace tiempo, en el campo de las Ciencias Sociales en general y de la Sociología y la Economía en particular, no ha perdido actualidad en la medida que se continúa debatiendo en torno a la búsqueda de mejores mediciones.

El uso de indicadores de bienes para el estudio de la inequidad ha sido caracterizado por Minujín y Heebong (2002). Tal como señalan estos autores, el uso de dichos indicadores se ha puesto en práctica desde las ineficiencias que ha mostrado el empleo de la variable ingreso como descriptora de la inequidad. Diversas metodologías han sido discutidas, muchas de ellas basadas en el uso de distintos modelos de análisis multivariados, diseñados a partir del análisis factorial y del método de los componentes principales, para la obtención final de un índice de bienes.

El problema de investigación también se vinculó con visiones sociológicas acerca del consumo que, aunque no son centrales para estas reflexiones, están en estrecha vinculación con lo estudiado. De acuerdo a lo enunciado por Wainerman (2005), una de las premisas subyacentes en La distinción (Bourdieu, 1984), es que las colectividades se forman primariamente en el terreno del consumo, de ahí la importancia que Bourdieu le otorga a los estilos de vida. La sensibilidad estética, para este autor, orienta las elecciones diarias de los actores en cuestiones de alimentación, vestimenta, deportes, música, entre otros aspectos, y sirve de medio a través del cual se simbolizan las similitudes y las diferencias sociales entre unos y otros. A través del consumo diario, las personas se clasifican a sí mismas y a los otros. Esta función simbólica del consumo abre al camino para el análisis de las luchas de clasificación en la que ve una dimensión olvidada de la lucha de clases.

Es interesante también el análisis del consumo que realiza Bourdieu de las diferentes fracciones de clase. Por otra parte, Bauman (2007) —en su caracterización de la sociedad actual— establece la comparación entre la antigua sociedad de productores y la actual sociedad de consumidores, en la que prima un estilo de vida consumista, con una constante insatisfacción que genera la desvalorización de lo que se consume y que fomenta la perpetua búsqueda del consumo de lo más actual, independientemente de otras necesidades genuinas.

Un amplio conjunto de preguntas orientaron nuestra investigación y fueron disparadoras de varias reflexiones. ¿Es siempre el empleo de un índice la mejor alternativa para obtener una adecuada combinación de indicadores de bienes de consumo? ¿En el caso de construir un índice sumatorio simple o ponderado, sobre qué supuestos teóricos descansamos para adjudicar a los indicadores puntajes similares o diferenciales? ¿Qué aportaría la construcción de una tipología sobre este fenómeno? ¿Qué mapa de dichos bienes podemos construir eligiendo una u otra metodología, considerando los indicadores utilizados en el Censo Nacional de Población y Viviendas de 2001? ¿Podemos evaluar rendimientos empíricos diferenciales?

Nuestra metodología de trabajo se centró en el tratamiento de una fuente de datos secundarios como es el Censo Nacional de Población y Viviendas de 2001. El área geográfica utilizada ha sido el total del país. Este censo incorporó en su cédula variables descriptivas del equipamiento del hogar, que están estrechamente vinculadas a ciertos aspectos del consumo. Los indicadores contemplados son un total de once, y refieren en términos generales a la posesión de heladeras, lavarropas, videocasetera, telefonía celular, teléfono fijo, TV por cable, microondas y computadora. Las técnicas utilizadas se centran en la elaboración de un índice sumatorio —ponderado o simple, según se discuten en el proceso de investigación— y la construcción de una tipología de bienes. No puede sostenerse la aplicación de otro tipo de índice, con la ejecución de análisis factorial u otra estrategia multivariada, pues la base censal no lo permite. Previamente se procesó y analizó el comportamiento de todas las variables mencionadas, realizando los tabulados estadísticos necesarios.

En este parágrafo se presentan los datos obtenidos en la construcción del índice y de la tipología, pretendiendo realizar algunas comparaciones entre ambas metodologías de construcción de variables.

3.1. Retomando la noción de la intercambiabilidad de los indicadores propuesta por Paul Lazarsfeld

Según Lazarsfeld (1984), un problema que puede emerger en el proceso de construcción de variables complejas es que, partiendo de un universo amplio de indicadores, algunos de ellos midan la misma propiedad o característica del referente empírico en cuestión a pesar de tratarse de diferentes indicadores. A esta situación problemática, dicho autor denominó “intercambiabilidad de los indicadores”.

En el caso concreto de nuestra investigación, hubo una duda respecto de la inclusión de un indicador que, a la hora de describir la posesión de bienes de consumo del hogar, ya había quedado obsoleto como manifestación de los bienes recreativos: es el caso de “la tenencia de videocasetera”. Recuérdese que el relevamiento analizado corresponde al año 2001. Por tanto, recuperando la idea de que cuando trabajamos con un universo amplio de indicadores los mismos pudieran ser intercambiables, se buscó analizar cuán asociadas podrían estar la tenencia de videocasetera y la posesión de TV por cable, puesto que al cruzar ambas con una tercera variable, como es el nivel de instrucción del jefe/a de hogar, presentaban resultados muy similares.

Para tratar de probar si apuntaban a medir el mismo fenómeno, se decidió efectuar un cruce entre ambas variables, lo que arrojó los siguientes resultados:

Cuadro 1. Tenencia de videocasetera según posesión de TV por cable: total de hogares. Año 2001 (en %)

cuadro 1 cap 5

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

Tal como se suponía, puede observarse que ambos indicadores están muy asociados —y por tanto, resultaban intercambiables a la hora de medir la posesión de un bien de carácter recreativo del hogar—, presentando una diferencia porcentual de aproximadamente 50%. En otras palabras, hay una alta correspondencia entre poseer TV por cable y tenencia de videocasetera en el hogar (76%), y la no posesión de ambos bienes (75%). Los resultados mostraron que se estaba en condiciones de elegir un solo indicador, pero entonces hubo que optar por un criterio. Se sostuvo entonces que era menester mantener el indicador que representara un bien aún en uso, como es la posesión de TV por cable, ya que la posesión de videocasetera ha sido superada por la posesión de reproductores de DVD/BLU RAY.

Este aspecto de la vigencia de ciertos indicadores referidos a bienes que se ven afectados por las variaciones tecnológicas es uno de los problemas que surgen al trabajar con esta categoría de consumos (Minujín, 2002).

3.2. La construcción de un índice de bienes

Tal como se mencionó, uno de los objetivos de esta investigación fue construir un índice y una tipología con los mismos indicadores para poder dar cuenta de las fortalezas y debilidades de cada uno de los procesos.

Comenzamos por la construcción del índice. La definición operacional del índice es la que se presenta a continuación con sus respectivos puntajes. Metodológicamente, una decisión a tener en cuenta fue si el índice sumatorio sería simple o ponderado. En rigor de verdad, argumentar un peso diferencial entre los indicadores implica cierto conocimiento teórico de cada uno de ellos y advertir que el asignar puntajes diferentes podría distorsionar la idea de una medición de conjunto como la que se plantea en un índice.

No obstante, los indicadores se concentraron en tres dimensiones temáticas, basándonos en lo elaborado por Epstein (2009) para el abordaje de indicadores de bienes con datos del Censo Nacional de Población y Viviendas de 2001. Siguiendo a la autora, se agruparon los indicadores en tres dimensiones: comunicación e información, que integra a la tenencia de teléfono y PC e Internet; bienes recreativos con la posesión de TV por cable; y posesión de bienes domésticos constituida por la tenencia de lavarropas, heladera /freezer y disposición de microondas.

Los valores en términos de puntajes otorgados al índice variaron entre 0 y 100 puntos, siendo a su vez los valores mínimos y máximos respectivamente. Obsérvese que, en este caso, al tener las dimensiones distinto número de indicadores, la contribución de cada una de ellas al índice total fue diferente. Tal como se ve en el esquema presentado, la dimensión “comunicación e información” obtiene 33 puntos, la dimensión referida a “bienes recreativos” 16 puntos y la de “bienes domésticos” asciende a 51 puntos. Es así que el índice resultó con una mayor valoración de la dimensión de los bienes domésticos; en segundo lugar le sigue la dimensión referida a la comunicación e información y, por último, el aspecto de los bienes recreativos.

Índice de equipamiento bienes de consumo durables (0-100 puntos)

DIMENSIÓN COMUNICACIÓN E INFORMACIÓN (33 puntos)

Tenencia de teléfono

Teléfono Fijo y celular: 16 puntos

Solo celular + solo tel. fijo: 8 puntos

No tiene teléfono: 0 puntos

PC e Internet

PC con Internet: 17 puntos

PC sin Internet: 8 puntos

No tiene PC: 0 puntos

DIMENSIÓN BIENES RECREATIVOS (16 puntos)

Tenencia de TV por cable: 16 puntos

No posee TV por cable: 0 puntos

DIMENSIÓN BIENES DOMÉSTICOS (51 puntos)

Tenencia lavarropas

Lavarropas automático: 17 puntos

Lavarropas común: 8 puntos

No tiene Lavarropas: 0 puntos

Tenencia de heladera y freezer

Heladera con freezer + freezer solo: 17 puntos

Heladera sin freezer: 8 puntos

No tiene heladera ni freezer: 0 puntos

Tenencia de microondas:

Sí: 17 puntos

No: 0 puntos

Las categorías finales del índice resultantes de la comparación entre las frecuencias obtenidas y las ideadas previamente derivaron en las siguientes:

Muy bueno 76-100 puntos

Bueno 51-75 puntos

Regular 26-50 puntos

Muy malo 0-25 puntos

Del análisis de la distribución de las categorías del índice en los casos bajo estudio, se observa que un tercio (33%) de los hogares presenta un índice de equipamiento muy malo (entre 0-25 puntos); poco más de dicha proporción (35 %) muestra una disponibilidad de bienes regular (26-50 puntos); y el tercio restante se reparte del siguiente modo: un 20 % alcanza los niveles buenos y solo el 11% asciende a puntajes muy buenos (76-100 puntos). Ello permitía valorar si las categorías finales construidas permitían dar cuenta de situaciones diferenciales sobre la posesión de bienes de consumo, no hubiera resultado satisfactoria la construcción de un sistema de categorías finales en la que dos categorías concentraran el 80 % de los casos.

Posteriormente, se efectuaron los cruces con las variables nivel de instrucción del jefe/a de hogar, tipo de área (urbana o rural) y tamaño del hogar. Estas variables mostraron en la primera etapa de la investigación estar asociadas con el consumo de los bienes que estamos analizando. Y constituye un camino para acercarnos a evaluar el rendimiento empírico[5] del índice, de modo que si se hipotetiza que a categorías más altas de nivel de instrucción del jefe/a se espera grados más altos de consumo de bienes, lo que se busca es contrastar dicha relación.

Cuadro 2. Índice de equipamiento de bienes de consumo
según nivel de instrucción del jefe/a de hogar. Año 2001 (en %)

Bienes de consumo

Máximo nivel de instrucción alcanzado
Hasta Primario incompleto Primario completo y
Secundario incompleto
Secundario completo y más Total
Muy malo 45,9% 28,2% 13,3% 33,1%
Regular 37,8% 39,0% 28,1% 34,9%
Bueno 13,5% 23,9% 30,6% 20,4%
Muy bueno 2,8% 8,9% 28,1% 11,6%
Total 100%
(5.442.250)
100%
(1.466.652)
100%
(3.166.912)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

Respecto de la relación entre el índice de equipamiento de bienes de consumo y el nivel de instrucción del jefe/a, se observa que la misma es más consistente en las categorías extremas. Así, casi la mitad de los hogares con cabezas de familia de muy baja instrucción poseen un equipamiento malo. Por otro lado, tomando en cuenta el otro extremo educativo “los de secundario completo y más”, vemos que se concentran en niveles muy buenos, resultando sensiblemente mejores en el consumo de estos bienes a los que poseen jefes/as con nivel primario completo/ secundario incompleto.

En tanto que la adquisición de bienes “regular” corresponde a las familias con niveles educativos bajos e intermedios. Por otro lado, el consumo “bueno” se da en los hogares con jefes/as de instrucción intermedia y alta.

En cuanto al comportamiento del equipamiento según el tamaño del hogar, se espera que determinada inversión en equipamiento implique una buena ecuación costo-beneficio en las familias tipo compuestas por padre, madre y dos hijos, no en el resto.

Obviamente, la constitución de familias de estas características corresponde a pautas más propias de las clases medias; por lo tanto, subyace la presencia de dicha variable por detrás de esta relación. Lamentablemente, dicha relación no se podrá poner a prueba en el contexto de esta investigación, pues el armado de categorías de clase a partir de datos del Censo de Población es una investigación en sí misma.

Cuadro 3. Índice de equipamiento de bienes de consumo
según tamaño hogar. Año 2001 (en %)
Bienes de consumo

Tamaño del hogar

1 persona

2 personas 3-4 personas 5 y + Total
Muy malo

47,9%

30,4% 26,6% 35,8% 33,1%
Regular

33,6%

36,8% 34,1% 35,5% 34,9%
Bueno

13,7%

22,2% 23,5% 18,3% 20,4%
Muy bueno

4,8%

10,6% 15,8% 10,4% 11,6%
Total

100%
(1.499.940)

100%
(2.046.549)
100%
(3.740.666)
100%
(2.788.659)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

Tal como se esperaba, se dan ciertas regularidades que se corresponden con las expectativas previas. En el año 2001, los hogares unipersonales presentaban los niveles de equipamiento más bajos en términos relativos, mientras que el equipamiento bueno/muy bueno tiene más presencia en los hogares de 2 a 4 personas. Es decir, cuando la vida en pareja (2 personas) se hace presente y de allí en más con la presencia de uno y dos hijos, se torna “más conveniente” la inversión en, por ejemplo, lavarropas, heladera con freezer, entre otros bienes. En tanto que en los hogares con 5 personas y más dicha pauta tiende a disminuir, pues se conoce desde otras fuentes que el modelo familiar con tres hijos y más es más propio de las clases obreras que de las clases medias, con lo cual el acceso a determinados bienes se torna más costoso.

Por último, otra de las variables escogidas para poner a prueba la validez del índice es el lugar de residencia del hogar, y evaluar así el equipamiento del hogar distinguiendo áreas urbanas y rurales. Cabe señalar respecto de este punto que se utiliza aquí la noción de las categorías rural y urbano aplicadas por el Censo: población residente en localidades con menos y con más de 2.000 habitantes, respectivamente, que difiere de las nuevas concepciones acerca de áreas urbanas. El abordaje de la comparación entre el “campo” y la “ciudad” impone ciertos desafíos para quien no es especialista. Pues, tal como indica Giarraca (2003), las viejas categorías analíticas dicotómicas resultan poco apropiadas a la hora de analizar los complejos fenómenos actuales. Ya no es tan sencillo sostener divisiones tan tajantes entre lo rural y lo urbano, o entre el agro y la industria, a la luz de del surgimiento de las agroindustrias, por ejemplo. En este sentido, dicha autora sostiene la existencia de los espacios rur-urbanos, en los cuales territorialmente no tiene lugar la condición excluyente de ser rural o ser urbano.

Ahora bien, como era de esperarse, el índice muestra comportamientos bien diferentes entre áreas urbanas y rurales de la Argentina. Nótese que las áreas rurales se concentran en los niveles de bienes de consumo muy malo y regular (90%), mientras que dicha situación en las áreas urbanas llega a valores altos no tan extremos (66%). A su vez, las zonas urbanas reflejan en términos relativos una concentración mayor de consumos calificados mediante este índice como buenos/ muy buenos (35%) en comparación con las zonas rurales (10%).

Esta relación está más condicionada por la definición de ruralidad asumida desde el Censo Nacional de Población y Viviendas, en la cual muchos de los indicadores relevados están vinculados con los servicios de infraestructura más básica como son la disponibilidad de electricidad y red de telefonía. La información detallada se encuentra en los cuadros siguientes.

Cuadro 4. Índice de equipamiento de bienes de consumo
según área urbana-rural. Año 2001 (en %)
Bienes de consumo Área
Urbana Rural Total
Muy malo 30% 66% 33%
Regular 36% 24% 35%
Bueno 22% 8% 20%
Muy bueno 13% 2% 12%
Total 100%
(9.101.258)
100%
(974.556)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

3.3. La construcción de la tipología

La construcción de la tipología implicó un desafío distinto. Metodológicamente, ello condujo a elaborar un modo de reducir espacios de propiedades, en términos de Barton (1984), generados de la combinación de todos los indicadores. La combinación de todos los indicadores produjo la construcción de un espacio de propiedades de 29 celdas diferentes, con lo cual fue necesario idear algún procedimiento para comprimirlas. Un recurso a mano resultó en construir un índice tipológico (Marradi, 2007) para cada de una de las dimensiones de análisis para, luego de la combinación de dichas dimensiones, construir la tipología final. Recuérdese que uno de los objetivos principales de esta investigación ha sido comparar las ventajas y desventajas de estos métodos para la construcción de variables como son las tipologías y los índices.

Por ello, antes de presentar la tipología final, se desarrollan los pasos seguidos para la elaboración del índice tipológico de las dimensiones que la componen. La concepción de esta etapa previa se presenta a continuación. Tal como se observa, se adjuntan dos versiones de la tipología elaborada, pues en su proceso de construcción se detectó que la primera versión construida mostraba ciertos problemas que se vieron reflejados en su bajo poder de discriminación de diferentes situaciones de consumo.

Paso 1. Construcción de índice de cada dimensión para la primera versión de la tipología.

DIMESIÓN COMUNICACIÓN E INFORMACIÓN

Tenencia de teléfono

Teléfono Fijo y celular: 16 puntos

Solo celular + solo t. fijo: 8 puntos

No tiene teléfono: 0 puntos

PC e Internet

PC con Internet: 7 puntos

PC sin Internet: 8 puntos

No tiene PC: 0 puntos

Puntaje final de la dimensión

0: Mala

1-8: Regular

9-17: Buena

18-33: Muy buena

DIMENSIÓN BIENES RECREATIVOS

Tenencia de TV por cable

Sí: 16 puntos

No: 0 puntos

Categoría final de la dimensión

Sí: Bueno

No: Malo

DIMENSIÓN BIENES DOMÉSTICOS

Tenencia lavarropas

Lavarropas automático: 17 puntos

Lavarropas común: 8 puntos

No tiene Lavarropas: 0 puntos

Tenencia de heladera y freezer

Heladera con freezer+ freezer solo: 17 puntos

Heladera sin freezer: 8 puntos

No tiene heladera ni freezer: 0 puntos

Tenencia de microondas

Sí: 17 puntos

No: 0 puntos

Puntaje final de la dimensión

0-8: Mala

9-17: Regular

18-34: Buena

35-51: Muy buena

Paso 2: Combinación de dimensiones para la construcción de tipología de situación de consumo de bienes durables.

En el diagrama que sigue, las celdas internas establecen los diferentes tipos.

Diagrama A

diagrama a cap 5

Tal como se efectuó con el índice, se intentó evaluar la validez de la tipología construida a partir del cruce de la misma con las variables disponibles en la fuente censal, que pudiesen dar cuenta de una asociación entre las mismas y en el sentido teórico esperado. Así en primer lugar se muestran los resultados según el nivel de instrucción del jefe/a de hogar.

Cuadro 5. Tipología de situación de equipamiento de bienes de consumo
según nivel de instrucción del jefe/a de hogar. Año 2001 (en %)
Tipología Máximo nivel educativo alcanzado
Hasta Primario incompleto Primario completo
y Secundario incompleto
Secundario completo y más Total
Insatisfactoria 36% 20% 7% 25%
Poco satisfactoria 31% 30% 20% 27%
Satisfactoria 26% 34% 34% 30%
Muy satisfactoria 6% 16% 39% 18%
Total 100%
(5.442.250)
100%
(1.466.652)
100%
(3.166.912)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

La relación entre la tipología de situación de consumo de bienes durables y el nivel de instrucción del jefe/a es un poco más fuerte en las categorías extremas. Así, casi cuatro de cada diez hogares con cabezas de familia de muy baja instrucción poseen una situación insatisfactoria; y tomando en cuenta el otro extremo educativo los de secundario completo y más, vemos que se concentran en niveles muy satisfactorios, resultando sensiblemente mejores en el consumo de estos bienes a los que poseen jefes/as con nivel primario completo/ secundario incompleto.

En tanto que el consumo de bienes durables “poco satisfactorio” corresponde tanto a las familias con niveles educativos bajos como intermedios. Otro aspecto tenido en cuenta fue el tamaño del hogar.

Cuadro 6. Tipología de situación de equipamiento de bienes de consumo
según tamaño del hogar. Año 2001(en %)
Tipología Tamaño del hogar
1 2 3-4 5 y + Total
Insatis­factoria 34% 21% 20% 29% 25%
Poco satisfactoria 32% 28% 25% 28% 27%
Satisfactoria 25% 33% 32% 27% 30%
Muy satisfactoria 9% 18% 24% 16% 18%
Total 100%
(1.499.940)
100%
(2.046.549)
100%
(3.740.666)
100%
(2.788.659)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

La situación de consumo de bienes según el tamaño del hogar, muestra la tendencia mencionada con los resultados del índice. Así, los hogares unipersonales adquieren los niveles de equipamiento más bajos en términos relativos, mientras que el equipamiento bueno/muy bueno tiene más presencia en los hogares de 2 a 4 personas. Decíamos anteriormente que, a partir de la vida en pareja (2 personas), se torna más necesaria la inversión en, por ejemplo, lavarropas y heladera con freezer, entre otros bienes. En tanto que la pauta observada en hogares con 5 personas y más tiende a ser similar a lo mencionado con anterioridad (ver en más detalle del apartado referido al índice). En otras palabras, la situación de equipamiento en ese tipo de hogar es menos satisfactoria.

Tal como se mencionó en el otro párrafo, la constitución de las familias y las pautas de consumo que ellas asuman están afectadas por las clases sociales, pero también sostuvimos oportunamente que, en el contexto de esta investigación, no hemos podido dar cuenta de dicha relación.

Cuadro 7. Tipología de situación de equipamiento de bienes de consumo
según área urbana-rural. Año 2001 (en %)
Tipología Área
Urbana Rural Total
Insatisfactoria 21% 56% 25%
Poco Satisfactoria 28% 25% 27%
Satisfactoria 31% 14% 30%
Muy Satisfactoria 20% 4% 18%
Total 100%
(9.101.258)
100%
(974.556)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

Por último, otra de las variables analizadas como una aproximación a juzgar la validez de la tipología, es el lugar de residencia del hogar y, en relación a ello, su localización en áreas urbanas o rurales. Se utiliza la definición de rural y urbano aplicada por el Censo, que es el de población residente en localidades con menos o más de 2.000 habitantes respectivamente. (Acotaciones más precisas acerca de las nuevas concepciones pueden consultarse en el punto referido a la descripción del índice).

Ahora bien, también como en el análisis del índice, las áreas rural y urbana muestran comportamientos bien diferentes. No obstante, cabe resaltar que el número de hogares rurales con el criterio censal es relativamente bajo. La situación de consumo insatisfactoria y poco satisfactoria asciende al 80% de los hogares. Si bien podemos resultar reiterativos, es apropiado recordar que esta relación está condicionada por la definición de ruralidad asumida desde el Censo Nacional de Población y Viviendas, puesto que muchos de los indicadores que integran nuestra medición están vinculados con los servicios de infraestructura más básica como son la disponibilidad de electricidad y red de telefonía.

3.4. Otra mirada adicional acerca de la tipología construida

Una pregunta que orientó esta investigación fue: ¿qué pueden ofrecer de manera diferencial la construcción de un índice sumatorio y una tipología? Hasta el momento, la tipología elaborada guarda semejanzas con lo que McKinney (1968) denomina la construcción de tipos en la búsqueda de la gradación. Pero, en el análisis sociológico, el recurrir al uso de los tipos también estuvo orientado a la caracterización de situaciones, que no necesariamente pueden asumirse como continuas. Más aún, el autor enfatiza que “el tipo construido es una selección intencional y planeada, en la cual se acentúan intencionadamente un conjunto de criterios con referentes empíricos” McKinney (1968: 27). Y tal vez allí radique una de las riquezas analíticas de las tipologías: nos permiten distinguir variaciones de la variable a medir sin necesidad de que deban ser continuas.

Bajo esta perspectiva, hemos retornado a la variable tipológica, observando las siguientes consideraciones. De los treinta y dos espacios de propiedad resultantes de la combinación de las dimensiones, hay varias (ocho) que no contienen casos y seis que solo alcanzan 1% cada una. Este hecho nos permitiría reagrupar las categorías, pues lo que se observa es que no hay hogares, por ejemplo, con mala situación de consumo de bienes domésticos y buena o muy buena posición en la dimensión comunicacional.

Por lo tanto, se agruparon las categorías de las dimensiones obteniéndose la distribución de casos que se explicitan a continuación. Cabe señalar también que con este nuevo sistema de categorías se pretende profundizar cuáles son las combinaciones que tienen lugar y el predominio de qué aspectos están presentes en cada tipo, puesto que éste, consideramos, es uno de los beneficios de la tipología, más allá de que no necesariamente se tenga como objetivo el armado de un sistema clasificatorio ordinal.

Cuadro 8. Distribución porcentual de los tipos de situación de posesión de bienes domésticos (% sobre el total de tabla)
y diagrama conceptual correspondiente

cuadr8cap5

Diagrama que muestra las categorías finales de la tipología
en su segunda versión

diagrcap5

De las modificaciones enunciadas surge la siguiente distribución del total de casos.

Cuadro 9. Distribución de hogares según combinación
de dimensiones de la tipología (en % sobre el total de casos)

cuadro1cap5

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001.

A partir de los datos del cuadro 9, se establecieron cinco perfiles de hogares con más preeminencia en el universo de estudio —centrándose en el peso porcentual de cada segmento—. Tal como se observa en el cuadro de doble entrada, quedan otros tres tipos con baja incidencia que cuentan con poca capacidad interpretativa.

Asumiendo que no siempre una tipología debe construirse con una lógica gradacional y que, como se vio en el punto tres, no quedaba claro cuál era el aporte diferencial de construir una tipología en relación a un índice, se decidió encarar su construcción desde otra mirada: la búsqueda de perfiles de hogares. Orientándose con preguntas al estilo de: ¿Los hogares tienen la misma pauta de equipamiento en todas las dimensiones consideradas? ¿Hay hogares que tienen un mejor equipamiento en un aspecto de los estudiados que en otros? ¿Qué implicancias puede tener ello?

Como consecuencia de dicha decisión para la construcción e interpretación de la medición definida, se establecieron los siguientes tipos:

  1. Hogares con posesión escasa de bienes de consumo en general (28%)
    Son hogares que no tienen bienes recreativos, con regular o nulo equipamiento doméstico y con acceso a la comunicación de mala o regular calidad.
  2. Hogares con buena/muy buena posesión de bienes de consumo en general (20%)
    Son hogares que se ubican en el otro extremo positivo, alcanzan muy buenas clasificaciones en las tres dimensiones.
  3. Hogares solo débiles en el acceso a la comunicación (19%)
    Se encuentran bien posicionados en cuanto a la posesión de bienes recreativos y con buen despliegue de bienes domésticos, pero con escaso acceso a la comunicación e información.
  4. Hogares solo con buena situación en bienes recreativos (15%)
    Se posicionan débilmente en la posesión de bienes comunicacionales y en el equipamiento hogareño de uso cotidiano, solo disponen de un buen acceso a bienes recreativos (posesión de TV por cable).
  5. Hogares solo con predominio de buen equipamiento doméstico (12%)
    Solo se destacan en este aspecto (tenencia de lavarropas, heladera y/o microondas), no así en las otras dimensiones.
  6. Otro tipo: categoría residual no considerada en las anteriores (6%)

El siguiente interrogante fue dilucidar si existe alguna covariación entre esta tipología y las variables que hemos ideado como relevantes a la hora de juzgar su rendimiento empírico. En la búsqueda de dicha respuesta, elaboramos las dos tablas que se presentan a continuación.

Cuadro 10. Tipología de situación de equipamiento de bienes de consumo
según tamaño del hogar. Año 2001 (en %)
Tipología nominal

Tamaño del hogar

Hasta 2

3 y más

Total

Hogares con posesión escasa de bienes de consumo en general 32,2% 24,2% 27,0%
Hogares con buena/muy buena posesión de bienes de consumo en general 13,4% 22,1% 19,1%
Hogares solo débiles en el acceso a la comunicación 18,2% 18,7% 18,5%
Hogares solo con buena situación en bienes recreativos 17,7% 12,4% 14,3%
Hogares solo con predominio de buen equipamiento doméstico 11,0% 14,3% 13,1%
Otros 7,5% 8,2% 8,0%
Total 100%
(3.546.489)
100%
(6.529.325)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001

Cuadro 11. Tipología de situación de equipamiento de bienes de consumo
según tamaño del hogar. Año 2001 (en %)
Tipología nominal

Máximo nivel educativo alcanzado

Hasta Secundario incompleto

Secundario completo y más

Total

Hogares con posesión escasa de bienes de consumo en general

34,6%

10,6%

27,0%

Hogares con buena/muy buena posesión bienes de consumo en general 9,6% 39,7% 19,1%
Hogares débiles en el acceso a la comunicación 18,8% 17,8% 18,5%
Hogares solo con buena situación en bienes recreativos 17,1% 8,1% 14,3%
Hogares solo con predominio de buen equipamiento doméstico 14,7% 9,8% 13,1%
Otros 5,2% 14,0% 8,0%
Total 100%
(6.908.902)
100%
(3.166.912)
100%
(10.075.814)

Fuente: elaboración propia en base a datos del Censo Nacional de Población y Viviendas 2001

Al confrontar las categorías de la nueva tipología con las dos variables elegidas para evaluar el comportamiento de la primera, emerge cierta correspondencia entre las variaciones de una y otra. En otras palabras, hallamos que la tipología discrimina diferentes situaciones de consumo que están vinculadas con los niveles diferentes en cuanto a la instrucción del jefe de hogar y al tamaño del hogar. Si bien estas variables fueron utilizadas para juzgar el logro del índice, por ejemplo, aquí se decidió otra categorización de las variables para no establecer relaciones que buscasen gradaciones, ya que ellas no se correspondían con las caracterizaciones indagadas a partir de la tipología.

De esta manera, los tipos de equipamientos se manifiestan vinculados a los niveles de instrucción del jefe de hogar; tal es así que los hogares “con buena/muy buena posesión de bienes de consumo” están más asociados a la presencia de un jefe de hogar con el máximo nivel de instrucción, mientras que el resto no. Asimismo, considerando la variable tamaño del hogar, se observan relaciones coherentes con los hallazgos enunciados anteriormente. Hogares con tres y más personas tienden a poseer un mejor equipamiento de bienes en general o se focalizan en lograr un buen equipamiento de bienes domésticos —siempre en términos relativos—, puesto que queda claro que se invierte en determinadas posesiones cuando hay un tamaño familiar que lo requiere (un hogar de tres personas o más no puede manejarse con cierta fluidez de manera cotidiana si no cuenta con ciertos bienes domésticos, por ejemplo). En tanto que los hogares con hasta dos personas propenden a consumir bienes durables de manera más escasa, o enfatizan en bienes vinculados con la recreación.

Los hogares con débil acceso a la comunicación (posesión de teléfono y/o PC e Internet) no muestran comportamientos diferenciales según las variables elegidas.

Reflexiones finales

En el trabajo de investigación, a la hora de decidir qué camino elegir como método de construcción de variables complejas cuyas opciones se ubiquen entre los índices sumatorios y las tipologías, cabe recordar cuestiones particulares de unos y otras. Así es recomendable tener en cuenta que:

  • Estos procedimientos condicionan la clase de variables que pueden formar parte de cada proceso.
  • En tipologías donde se combinan las categorías de los indicadores pueden utilizarse diferentes niveles de medición.
  • En índices sumatorios, la asignación de una escala a las categorías para permitir el procedimiento aditivo requiere de variables de nivel de medición ordinal o intervalar.
  • Los índices sumatorios permiten la ponderación de indicadores a través de los puntajes. En la tipología construida, se pueden acentuar un conjunto de criterios.
  • Las tipologías permiten realizar la reconstrucción de los tipos a partir del proceso de substracción.
  • Estos recursos son diferentes en su constitución y en su tratamiento, abren caminos para explorar el abordaje de “lo latente”, representan un gran desafío teórico-metodológico para la producción de datos en Ciencias Sociales.

Por otro lado, en el capítulo se expuso un ejercicio de construir con los mismos indicadores variables complejas a través de los procedimientos que han sido tratados aquí: el índice sumatorio y la tipología.

Como habitualmente se conoce, en los contextos de investigación difícilmente con las mismas variables apliquemos una y otra técnica, pero allí radicaron las características específicas de esta investigación, asumió una postura metodológica. Asimismo, se hizo cargo de otro desafío: el trabajar con datos censales con una gran magnitud de casos. Lo que muchas veces impuso ritmos de trabajo más lentos.

Al momento del cierre de este ejercicio de investigación, es útil recordar uno de los interrogantes que le dio inicio: ¿qué aporta uno u otro dispositivo de medición? El empleo de la tipología permitió poner el énfasis en el análisis de qué “tipos de bienes” y “cómo se combinan” esos bienes, de manera tal que configuran un perfil distintivo de hogares. En tanto que el índice sumatorio puso el énfasis en el “cuánto” poseen dichos hogares. Si bien, a la hora de tener que poner en marcha lo que dimos en llamar los dos métodos de construcción de variables ─índices y tipologías─, tuvimos que desentrañar de qué modo aproximarnos para no caer en una simple rutinización mecánica y darle lugar a la capacidad interpretativa que puede brindar el segundo de los métodos empleados.

Se constató que el procedimiento de construcción de tipologías fue más costoso que el índice sumatorio, probablemente porque en el armado de combinación de variables el peso del aspecto teórico es muy importante. Y además porque en este caso no estamos hablando de los tipos ideales, con fines heurísticos, sino de tipos que buscan dar cuenta del fenómeno empírico.

Asimismo, hemos dado soporte a las hipótesis planteadas en el origen de la investigación. Es la tipología como instrumento la que nos permitió detectar ciertos matices de las categorías de la variable y sus combinaciones. Y la opción por una u otra técnica está asociada al nivel de medición de la variable que se decida construir. Para los índices, debe contarse con elementos que permitan garantizar la ordinalidad de las variables en tanto que para las tipologías alcanza con obtener variables de nivel nominal. Cuando quisimos elaborar la tipología, con la búsqueda de construcción de una variable ordinal (y de tipos continuos, según la terminología de McKinney), aquella perdió riqueza analítica. La recuperó cuando se asumió que el nivel de medición pretendido era el nominal, cuestión que surgió de analizar la combinación de variables, pues se mencionó a lo largo del informe la ausencia de casos en ese supuesto continuo ordinal que se buscó diseñar. Y nuevamente, en ese proceso de reducción y sustracción de categorías, se definieron ocho tipos se hogares según su situación de consumos durables, cinco de los cuales adquieren perfiles diferentes. El comportamiento era más nítido en las situaciones extremas, lo que nos remitió a la idea de los tipos polares, tan trabajados en sociología y tan claramente citado por el autor mencionado anteriormente.

Siguiendo a McKinney (1968), encontramos que en la segunda mirada de la tipología se logró construir una variable que permitiese mostrar una serie de diversidades abordadas desde las diferentes dimensiones, que ha resultado empíricamente relevante y que ha permitido identificar con más claridad que con la primer versión situaciones diferenciales de hogar según los bienes poseídos. Sin perder de vista que desde el investigador se hace una selección intencional y con cierta acentuación en determinados criterios y en no otros, a fin de lograr una mejor identificación de caracterizaciones relevantes, y no perdiendo de vista que el objetivo primordial fue construir una herramienta que permitiese ordenar la interpretación del fenómeno de estudio.

Por último, también se ha citado el gran debate en torno a los indicadores, y en última instancia a los procesos de medición. Este aspecto excede el objetivo que se persiguió, pero sabemos que estos indicadores de bienes de consumo del hogar podrían verse modificados por los cambios en las pautas de consumo asumidas en los hogares, dado el continuo cambio en el mercado de estos productos y los constantes avances tecnológicos.


  1. Para la discusión acerca de los diferentes esquemas de medición de las clases puede consultarse Crompton (1994) entre otros.
  2. Bibliografía al respecto puede consultarse en Cronbach y Meehl, 1955; Carmines y Zeller, 1979, entre otros.
  3. Para más detalle, consultar Mauro, M., Silvia Lago y otros (2003): “Los errores no muestrales en la técnica de encuesta en En torno a las metodologías: abordajes cualitativos y cuantitativos, (comps.) Gabriela Gómez Rojas y Silvia Lago Martínez, Bs. As.: Ed. Proa XXI.
  4. Y se basa en los resultados de la investigación “La construcción de indicadores complejos sobre la posesión de bienes de consumo: una mirada metodológica”, dirigida por Gabriela Gómez Rojas y realizada con el apoyo de la Universidad de Ciencias Sociales y Empresariales-UCES.
  5. Según Concha, Barriga y Henríquez, este modo de abordar el rendimiento empírico sería un caso de validez aparente dentro de la validez de constructo, pero esta discusión excede el alcance del artículo. Véase: Concha, Barriga y Henríquez (2011). “Los conceptos de validez en la investigación social y su abordaje pedagógico”, en Relmecs; Vol 1, Nº 2.


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