El aporte que este volumen pretende brindar a la cuantiosa bibliografía sobre los géneros no miméticos entre los siglos xix y xx en América Latina es, en un principio, teórico y formal. A raíz de la larga reflexión sobre el surgimiento de una política del cuerpo en el continente y su intersección con las prácticas coloniales, ahora se busca entrelazar las gramáticas propias de estos géneros –los “invariantes de construcción”, diría Juan José Saer (1999: 25)– con los retos, las apuestas y los miedos del debate cultural de entresiglos, enfocados en la consolidación de una hegemonía política liberal. La decisión de limitar el corpus a las primeras décadas del siglo pasado depende de los cambios que vive la literatura hispanoamericana en general a esa altura. Desde la década de los años cuarenta, la apropiación de herramientas literarias procedentes de autores angloamericanos, la inclusión de la forma del pensamiento cultural de las tradiciones indígenas, y el ingreso escalonado en las experimentaciones del boom –además del cambio significativo en las ciencias sociales– hicieron que la tarea mayoritaria de la generación posterior a las vanguardias fuera la de (re)descubrir y (re)inventar un continente. En el renovado contexto de las luchas sociales, los géneros especulativos se dedicaron a denunciar las injusticias sociales –nacionales e imperiales– que agotaban las energías vitales de la región. No se quiere afirmar aquí que existe una firme relación entre texto y contexto, pero sí que las exigencias de organización discursivas en un determinado período y para un grupo social específico pueden encontrar en los géneros masivos elementos formales útiles a la organización eficaz de un mensaje.
Más allá de los procesos de apropiación de modelos ficcionales foráneos, de interpretaciones culturales o formales de los géneros especulativos o de su relación con la cultura de masas, el enfoque, al mismo tiempo formal y de contenido, se centra en una lectura paranoica de estos textos, cuyo objetivo es generalizar el presagio funesto en los sectores letrados de la sociedad. Acorde con el estudio de Cano (2017), se consideran ya no géneros populares, sino masivos. La repetición del esquema sintáctico, la aparente inmoralidad de las historias u otras razones que han relegado estos géneros a un peldaño inferior del prestigio literario se ven aquí desde la circulación masiva de las publicaciones. Por su carácter contribuyen, desde la perspectiva de la burguesía liberal en ascenso, en la definición de los múltiples elementos que constituyen la disciplina social, entre ellas las prácticas biopolíticas de gobierno de los cuerpos. Siendo así, para sistematizar el contexto cultural y social en el que surgieron las diferentes derivaciones del fantástico y del policial en América Latina, el análisis empieza en una panorámica del debate público de la segunda mitad del siglo xix.
2.1. Positivismo y nación
El título de este apartado es un arrebato de la antología al cuidado del argentino Oscar Terán, reconocido hito en los estudios sobre la recepción en América Latina del pensamiento positivista, en particular comtiano, spenceriano y de la psicología social de Le Bon. En ella, se ofrecen dos claves interpretativas para ir seccionando las heterodoxias que circulan por el pensamiento moderno latinoamericano. En primer lugar, la cuestión de la heterogeneidad, la fractura colonial propuesta por Antonio Cornejo Polar (1993), génesis del laberintico y conflictual tejido cultural del continente. A tal respecto, Terán escribe:
[M]ientras en los países de poblamiento aluvional como los rioplatenses es notoria la aplicación del dispositivo conceptual positivista como cuadrícula clasificadora destinada a ordenar los datos de una sociedad visualizada como excesivamente heteróclita, en aquellas otras naciones con un fondo indígena sumamente denso –como México, Bolivia o Perú– la mirada positivista se detendrá sobre todo en la detección de los fenómenos raciales que “explicarían” el retraso o las frustraciones de dichos países (1983: 8-9).
Nada nuevo, ya que se llegó aquí después del análisis sobre la lectura de Edmundo Paz Soldán de la obra de Alcides Arguedas, atravesada por el miedo a la degeneración y regida por una constante moraleja social, acusadora de las costumbres públicas y privadas. El pánico degeneracionista, unidad fundamental del pensamiento arguediano, catalizador de la propuesta inmunitaria, define, desde el enfoque de Paz Soldán, política y corporalmente la organización de una sociedad. Se trata de una noción de procedencia europea que ha sabido responder al desconcierto boliviano por la supuesta inferioridad detonada tras la guerra del Pacífico.
A pesar de las circunstancias específicas del contexto histórico boliviano, el degeneracionismo pulula en la mayoría de las formulaciones literarias de entresiglos. Procede de algunas concepciones psiquiátricas, en particular del húngaro naturalizado francés Max Nordau, y del repertorio íntegro de las fantasías antropológicas y criminológicas de la época. Desde el atavismo lombrosiano –la concepción de la presencia de un déficit genético en el uomo delinquente–, hasta el darwinismo social spenceriano, el miedo a la regresión penetra en todas las tradiciones literarias. Tras la reciente anexión al reino de los Saboya del mezzogiorno, también en la Italia del siglo xix se mira al sur de la península como a un desierto por civilizar: la literatura degeneracionista sirve para conceptualizar una otredad racializada. De ahí que Italo Svevo metaforice con el paso invertido de la gamba lo inhumano de la retrocesión (Acocella, 2012: 61). Se aprecia, en el libro de Silvia Acocella, la proliferación en la literatura italiana de obras socialmente atormentadas que experimentan, para restituir estéticamente tal desasosiego, afortunadas elecciones estéticas. De alguna forma, el “cataclisma delle fisionomie”, la catástrofe de los semblantes que cita Acocella (82), surge de una fobia racista y solicita cierta exigencia vanguardista. Los esperpentos italianos, entonces, pueden ser tanto unas críticas contundentes a las groserías de la clase dirigente, como un instrumento para repensar la otredad en la invención del monstruo social degenerante. Al mismo tiempo, la ruptura de las formas naturalistas de representación de la sociedad se da también con los géneros especulativos y, en cierta medida, con el clasicismo del policial, como se demostrará en este capítulo.
En América Latina el problema es, quizá, aún mayor. En el ensayo “La raza” del venezolano José Gil Fortoul, que integra la antología de Terán, se traen a colación unos cuantos estudios europeos que determinan la consistencia científica de la posibilidad degeneracionista. Siguiendo a Walter Bagehot y sus estudios sobre fisionomía y psique, Fortoul explica que la “herencia orgánica y la herencia mental trasmiten a través de las generaciones las fuerzas y los ideales, los sentimientos y las aspiraciones […] y el poder colectivo de conformar el medio con las necesidades sociales” (1983: 107). Al reflexionar sobre las razas, entonces, Fortoul valora la posibilidad de que la degeneración racial que inviste a los indígenas sea un dato irreversible, definitivo en su camino y peyorativo en sus abismos futuros. El alegato de Alcides Arguedas, al igual que la caracterización del personaje popular en el Martín Fierro, corrobora la imposibilidad para el indígena de alcanzar la comprensión de las “veleidades” (en Terán, 1983: 186) científicas.
Por lo que atañe a los países de poblamiento aluvional, considerar cierta diferencia entre Argentina y Uruguay, o hasta Chile, y los demás países latinoamericanos puede tener alguna validez histórica y cultural. En Pioneros culturales de Argentina (2011), Paula Bruno afirma que, desde el pensamiento decimonónico rioplatense, “comparativamente con el resto de las naciones hispanoamericanas, la Argentina era un ejemplo del camino correcto hacia el progreso” (132). Entre los intelectuales del período, Paul Groussac, uno de los fautores de la latinización de Argentina y del desprecio hacia el mercantilismo yankee, “vio en el resto de la América ex colonial el peso aplastante del pasado retrógrado encarnado sobre todo en un espectro: la presencia de las poblaciones indígenas originarias del territorio americano” (ibid.).
Sin embargo, los obstáculos contra el camino del progreso no proceden sencillamente de una supuesta tara racial. Con o sin indígena o africano, y todavía sin migrante, como es posible apreciar claramente en el ensayo de Fortoul, la degeneración tiene que ver con la población, y el gran reto es gobernarla.
Enfocándose otra vez en el caso de Argentina, Jorge Salessi publica, a finales del siglo xx, Médicos, maleantes y maricas, ensayo sobre las expresiones literarias y culturales que proceden del pensamiento higienista y criminólogo en el país. Para evitar excesivas reiteraciones, en el capítulo anterior se dejaron de lado muchos nombres de escritores biopolíticos, y otros asomarán en estas páginas cuando más convenga. Pero, aquí y ahora, vale la pena mencionar un dato esencial ofrecido por Salessi, según el cual el vacío legislativo dejado por el pionerismo de higienistas y criminólogos que no encontraban un respaldo suficiente en la política[1] hizo que “con pocas excepciones [fueran] escritores prolíficos, además de editores y traductores de gran cantidad de textos, publicaciones y revistas” (1995: 44-45).
Esta irrupción de la historia de la literatura en esta historia de los discursos y los dispositivos de la policía y la medicina articulados en la burocracia estatal ilustra cómo se desarrollaron y crecieron esos entrecruzamientos, por ejemplo en cenáculos literarios e intelectuales fomentados por Ramos Mejía en su oficina de la Presidencia del Departamento de Higiene y en su oficina de la Dirección del Instituto Frenopático (134).
La multidisciplinariedad es entonces un quehacer necesario más que un eclecticismo; una tarea acorde con el objetivo de construir, desde el lenguaje literario, una racionalidad social. La presunta peculiaridad de las formulaciones argentinas no es un fenómeno aislado en América Latina. Ya se ha visto el ejemplo de Raza chilena de Nicolás Palacios, donde se contesta la amplia divulgación científica higienista y criminológica para confutar el retraso criminal del roto. La literatura, el novelón, las historias de viajes y los cuadros de costumbre, en sus pactos de sentidos con las otras disciplinas, pretenden implementar la observación de las naciones modernas. La indagación científica sobre los conceptos de “raza” y “degeneración” y la posibilidad de armar un relato criminal en donde la evidencia de la identidad del culpable se relacione con la doxa de la otredad asocial habitan la literatura policial desde su mero comienzo. Piensen en Los crímenes de la Calle Morgue (1841), de Edgar Allan Poe, relato que al mismo tiempo fortalece y desmiente una lectura xenófoba, planteando primero un culpable extranjero y luego dictaminando un asesino no humano, un orangután.
No asombra que la pertenencia a gremios modernos desvinculados del oficio de las letras de los escritores que aquí se analizan (son médicos, abogados, jueces, etc.) refuerce dos tesis a la vez. La primera, sobra el escaso valor literario de las obras, alegado por el refrán de la relación entre literatura y consumo. En estas páginas no interesa la opinión de una corrupción del arte por su vínculo con el sistema de circulación de las mercancías en el capital. Lo que aquí se analiza coincide con el objetivo social que el texto literario, al ser publicado en un medio masivo por una persona influente, persigue. Como consecuencia, la segunda hipótesis tiene que ver con la imposición de una hegemonía de clases a través del medio literario.
La misma relación intensa entre literatura y propalación de las visiones higienistas se da en el caso centroamericano. Iván Molina Jiménez y Steven Palmer, en trabajos conjuntos o por separado, se dedican a estudiar la construcción de un pensamiento racista respaldado por la ostentación de conocimientos científicos y vehiculado a través de la narración literaria. El caso centroamericano echa luz sobre la magnitud del debate entre visiones diferentes de la eugenesia.
A diferencia de la política de blanqueamiento argentina a través de la importación, luego infructuosa, de inmigrantes, según Steven Palmer (1996), en los años de la presidencia de Justo Rufino Barrios (hasta 1885) se vigorizó el proyecto de una mezcla racial vivificadora, precursora de las propuestas vasconcelianas. Palmer se apoya en los trabajos de Nancy Leys Stepan para sustentar la difusión de una preferencia por una patria mestiza, “destacando que la originalidad de una de las corrientes más fuertes dentro del movimiento eugenésico latinoamericano residía en el ‘mestizaje constructivo’, la cual en sus variedades latinoamericanas habría sido, y fue, anatema para los higienistas europeos” (Palmer, 1996: 106). Lo que importa enfatizar es el papel activo de la literatura en divulgar y fortalecer un principio científico. El novelón decimonónico guatemalteco “termina en conflictos irreconciliables entre facciones sociales antagonistas, con la muerte del protagonista mestizo y con algún desastre que impide la reproducción social” (108); ficciones que buscan (re)fundar la patria a partir de ese mecanismo de inclusión del mestizaje que coincide con el rastreo de una respuesta al ardor de supremacía nacionalista. Adelantando las observaciones del volumen, se puede decir que esta opinión sobre el mestizaje no les pertenece a los géneros especulativos. En términos numéricos, el miedo a la degeneración por una “infección mestiza” es prácticamente el único problema de esta literatura. Pero presentar todas las piezas del problema para el caso centroamericano sirve para describir la tipología de ciudad letrada en la que circulan estas obras.
Iván Molina Jiménez, en sus estudios sobre la conformación histórica de una intelectualidad nacional en que caben también los primeros autores de ficciones especulativas, perfila la característica fundamental de los letrados decimonónicos. En las bibliotecas privadas, “los textos religiosos […] constituían, en términos temáticos, la categoría individual prevaleciente; no obstante, quedaba un amplio espacio para volúmenes profanos, como poemarios, novelas, dramas, ensayos sobre comercio, filosofía y moral, política, leyes, medicina […]” (Molina Jiménez, 2004: 27). En añadidura, si es cierto que las bibliotecas privadas más importantes se encuentran en Guatemala, Costa Rica es el Estado que más invierte en la publicación de textos de orden diferente. Otra vez Molina Jiménez enfatiza la amplia difusión de patrocinios públicos, en función nacionalista y en contra de los vecinos Nicaragua y El Salvador. La financiación del Estado propicia la divulgación del incipiente saber científico, también a través de revistas ilustradas y periódicos de interés masivo:
[L]os textos publicados no consistían únicamente en obras especializadas, sino que incluían cuartillas, cuyo fin era difundir entre el conjunto de la población los valores del patriotismo, la ciencia, la disciplina, el aseo y otros asociados con la ideología del progreso (2004: 118-119).
El conocimiento de los argumentos científicos y de carácter literario es generalizado en la América Latina del positivismo. A pesar de las diferencias prácticas entre países y también entre áreas urbanas y el interior de cada país, hay que considerar el ahínco con el que se mira a la necesidad de relacionar la literatura con otras disciplinas para difundir estas últimas, implementar los presagios positivistas de una armoniosa sociedad futura y detectar los obstáculos monstruosos a esta realización.
De ahí que también las revistas tengan un papel relevante en forjar una experiencia intelectual compartida. Quizá el ejemplo más relevante sea otra vez rioplatense, Caras y Caretas. En todos los países del subcontinente, los periódicos son los medios de implementación de una curiosidad científica, de especulaciones sobre los mundos posibles que se vislumbran desde la investigación y el progreso; el lado entretenido es la divulgación de las traducciones de cuentos norteamericanos y europeos y la publicación de formas breves o novelas por entrega de autores locales antes de que, eventualmente, salgan en volumen. Dicho así, la relación entre ciencia y literatura, donde la primera puede significar o bien un radioso futuro, un crimen casi perfecto (como en el cuento de Roberto Arlt que así se titula) o finalmente un fenómeno aterrador evitable a través de la intervención de un científico, articula la forma del pensamiento sobre el progreso e instituye un gremio de doctos héroes que tienen las facultades y los conocimientos adecuados para lidiar contra los peligros que agreden la modernidad.
Volviendo al discurso sobre la construcción de un imaginario hegemónico burgués, el número 267 (2019) de la Revista Iberoamericana al cuidado de Maria Chiara D’Argenio es un valioso estudio sobre la propagación, escrita y visual, de las ideologías de la modernidad en América Latina y sobre la difusión de una modalidad de la expresión tipificada por la profunda fascinación hacia el progreso: el Mercurio en Chile, El comercio en Perú o, en Costa Rica, Páginas ilustradas y luego Repertorio Americano, publicación fundada en 1919 por grandes intelectuales socialistas latinoamericanos, entre ellos Carmen Lyra y el teósofo y vitalista Joaquín García Monge (Casaús Arzú, 2011: 93). Para fijarse en un ejemplo procedente de un país periférico, Repertorio Americano es el medio para la construcción de una red latinoamericana de intelectuales heterodoxos –destacan entre ellos Gabriela Mistral y José Vasconcelos– y escritores de literatura especulativa como Leopoldo Lugones.
El soporte visual de las revistas es relevante ya que el sublime moderno tiene una estrecha vinculación con la figuración de lo insólito. Los cuentos góticos y de ciencia ficción que ahí aparecen van acompañados de ilustraciones que permiten ver el mundo fascinante, fronterizo, aventurado y arriesgado de la investigación científica, incrementan la fascinación hacia lo extraño que incluye en el mismo ámbito lo científico y lo oculto y sobrenatural y, finalmente, identifican, a través del color, la línea de demarcación de la civilización.
De tal premisa se entiende que una imprescindible integración al análisis sobre literatura, intelectualidad y positivismo procede de un factor, quizá no característico, pero sí muy evidente, de la versión latinoamericana de la modernidad que tiene que ver con las ciencias heterodoxas (o pseudociencias) del espiritismo, el mesmerismo, etc. Para referir los términos del problema y de cómo estos afectan o influencian la literatura que constituye el corpus de esta investigación, se empieza por donde se acaba de terminar, o sea, por el caso centroamericano.
En América Central, como en los demás países del subcontinente, los viajes de los más conocidos representantes de las doctrinas teosóficas y espiritistas (Helena Blavatsky –entre los/as fundadores/as de la Sociedad Teosófica en 1875–, Ernest Flammarion, escritor de ciencia ficción, y Gabriel Delanne, espiritista) avispan el debate cultural desde el contraste entre positivismo y filosofías orientales u ocultas. En los países del istmo como en Perú, en Argentina o en toda América Latina, la posibilidad de conyugar el “frío” pensamiento científico con entelequias espiritistas le permite a la ciencia ficción y a los demás géneros “populares” una articulación singular que oscila siempre entre dos términos, científico y fantástico. Una de las primeras características de los géneros no miméticos en América Latina es, entonces, su exacerbada originalidad en el constante cruce de géneros que difumina el confín entre una y otra gramática ficcional. Un caso bien conocido desde este punto de vista se toma de la obra de Rubén Darío y de su reconocida actividad de divulgación de las disciplinas orientales.
Siguiendo a Marta Elena Casaús Arzú (2010a), se reitera cómo la teosofía y el espiritismo permiten también la creación de redes internacionales de interés hacia estas prácticas que, al fin y al cabo, satisfacen la ansiedad finisecular de explicar el meollo, el quid del capitalismo y del progreso. Frente a la contradicción entre progreso y libertad individual, o sea, frente al utilitarismo implícito en el gobierno de los cuerpos, la teosofía y las otras prácticas alternativas permiten despertar la fuerza de las subjetividades y la maravilla de la aventura.
Al lado del cuestionamiento del áspero imperativo productivo del capitalismo, las ciencias orientales introducen otro factor de interés para los géneros masivos, el delirio eugenésico y el fortalecimiento del genoma humano a través de una (bio)política reproductiva. Otra vez Marta Elena Casaús Arzú ha dedicado una intensa vida académica al estudio del linaje y del racismo en Guatemala (2018) y de las redes teosóficas en América Central (Casaús Arzú, 2001, 2010a; Casaús Arzú y Giráldez, 2005). Estas investigaciones confirman la hipótesis de que, en los siglos xix y xx, la opinión más practicada (en términos masivos) era el papel –positivo o negativo– del mestizaje:
[L]o que los autores se planteaban era un modelo de nación en el que emergían los indígenas, las mujeres, los mestizos y otros grupos subalternos como problema o como solución para una “nacionalidad positiva” […] o una “regeneración de la nación” (2005: 72).
Este concepto continúa también con la generación que vive la primera mitad del siglo, entre ellos Carlos Wyld Ospina.
Por otro lado, desde los comienzos del mismo siglo, las redes intelectuales introducen la necesidad de un higienismo social cuyo horizonte conceptual y práctico se reduce a la elusión del problema del degeneracionismo. Para acortar el tema, la autoproclamada “generación del 20”, integrada por, entre otros, Epaminondas Quintana, Federico Mora y, en un principio, Miguel Ángel Asturias, establece las constantes tropológicas de una sociedad asediada por la otredad. De hecho, si el trabajo del premio nobel puede adscribirse al pensamiento general del grupo solo hasta la publicación de su tesis Sociología guatemalteca. El problema nacional del indio (1924), los demás intelectuales son en su mayoría fautores del darwinismo social spenceriano y terminan ocupando cargos importantes en la administración pública de la nación, como en el caso de Federico Mora, que fue ministro de Educación y luego rector de la Universidad de San Carlos. Pero, además, las investigaciones de Casaús Arzú nos permiten definir la magnitud de las redes intelectuales vinculadas con la teosofía, el mesmerismo, etc., que caracterizan una parte del fervor orientalista del modernismo.
La mayoría de los/as investigadores/as sobre el tema coinciden en otorgarle importancia a la faceta mística/eugenésica de los primeros autores (casi todos masculinos) del género. En uno de los primeros estudios surgidos del renovado interés hacia los géneros no miméticos, The Emergence of Latin American Science Fiction (2011), Rachel Haywood Ferreira refiere esta cualidad en las elaboraciones “periféricas” de géneros “marginales” en la literatura decimonónica. Reflexionando desde los conceptos de “darwinismo social” y de “degeneración”, la autora afirma que estas ideas
would also prove to be particularly attractive to adherents of Spiritism, Theosophy, or other alternative belief systems –including a number of prominent Spanish American modernists– who sought to extend the scope of evolution beyond the earthly or physical plane. Writers of early Latin American science fiction explored evolutionary themes using settings that ranged from the distant past to the far future, envisioning Latin America as the locus for realities that varied from Edenic utopia to apocalypse (80).
La hipótesis de relacionar entre sí los avances entre conocimiento científico y exploración de posibles fundamentos en el mundo espiritual motiva un dúplice interés de carácter literario y científico. Para reflexionar sobre este último, hay que volver a las consecuencias más trágicas que la biopolítica ya incluye en sí misma: el campo de exterminio. La cultura nazi, como se sabe, no está exenta de cierta fascinación hacia las filosofías orientales que, a su vez, pueblan el espiritismo y el espiritualismo.
No sé por qué, no conozco la historia, ni me atrevo a juzgar moralmente lo que voy a escribir, pero el fundador, en la segunda mitad del siglo xx, de la cátedra de Filosofías de la India y de Sánscrito en mi Universidad fue Pio Filippani Ronconi, un “irreducible” fascista. Si buscan en la red de informaciones sobre su historia, podrán toparse con una foto de él “luciendo” una divisa de la Waffen-SS. Sin considerar en lo más mínimo la opinión de quien escribe, la presencia de este sujeto en un cargo público delata por lo menos la ambigüedad de la política italiana en su relación histórica con el fascismo, pero, en la economía teórica de este estudio, evidencia otro aspecto. La concepción de una trascendencia mística de la modernidad que no abandonara sus raíces más profundas activa unos cuantos corolarios interesantes, como el don metafísico del conocimiento y del avance científico, su naturaleza mística y arcaica, la magnitud del orden simbólico que se le otorga artificialmente y unos cuantos ingredientes accesorios: el sacrificio, el miedo a lo oculto que penetra en el imperio de la razón –Ronconi participa en los trabajos del “Gruppo di UR”, una camaradería exotérica fundada en 1927–, la necesidad de defenderse de fuerzas ignotas a través de un método científico, la conjunción entre Edenic utopia y apocalipsis, presente en el viaje retrospectivo al origen de la especie y en el miedo darwinista al detenimiento de la marcha del ser humano hacia el progreso y un largo etcétera. La persistencia de factores mágicos, de la leyenda o del tema bíblico conecta la ciencia con un orden ancestral y confirma las teorizaciones de Agamben y de Derrida alrededor del estado de excepción. El pharmakos y el Homo Sacer son expresiones de una organización social clásica que, si es cierto que fundamenta la cultura occidental colonial, también acarrea una posible discusión política, cultural y literaria: dentro de la gran retórica de la protección de la vida, la persistencia de un sujeto suprimible crea una contradicción evidente que, sin embargo, es funcional (mejor, basilar) a la perpetración del poder soberano. Las raíces profundas de esta versión de un poder que adquiere, en la elaboración moderna de la política de la vida, su bagaje semántico de la metáfora de cuerpo social esfuman los contornos de la ciencia para insuflarles cierto misticismo orgánico a los conceptos de “apocalipsis”, “holocausto”, “sacrificio”, “ritualidad”, etc. El lenguaje regula la racionalidad científica, atribuyéndole al conocimiento positivista los mismos rasgos míticos de los poderes y de las formas primitivas de organización social (Douglas, 1993: 63).
Desde un punto de vista menos espeluznante, esta curiosidad hacia los posibles ámbitos de inclusividad del pensamiento científico, cierta ingenuidad naif en los alcances de la ciencia, influye en las experimentaciones latinoamericanas con los géneros no miméticos. En el primer volumen de la Historia de la ciencia ficción latinoamericana a cargo de Teresa López-Pellisa y Silvia Kurlat Ares (2020), los capítulos dedicados al origen del género hacen hincapié en dicha peculiaridad en el surgimiento de la ciencia ficción. También Luis C. Cano confirma la conexión entre saber científico y fantasía sublime: “[E]l Espiritualismo se funda en un entramado de tendencias teóricas integradas bajo el supuesto de que los individuos en el mundo real son un complejo de relaciones constituidas por una dimensión material y otra espiritual” (2017: 16), implicando la existencia científica del p. ej. fantasma, ya que la dimensión espiritual “en marcado contraste con los planteamientos materialistas, mantiene una existencia empírica después de la muerte” (ibid.). Esta firme lógica silogística propicia la investigación de lo extracorpóreo con los mismos instrumentos de la investigación científica, ya que “la dimensión espiritual es susceptible de experimentación […] después de la muerte” (ibid.). Hay más, las disciplinas procedentes de la cultura oriental revelan ser un “conjunto de prácticas que permiten establecer una conexión entre el mundo material y el mundo espiritual” (ibid.). Otra vez, la fría materialidad de las ciencias y las posibilidades gnoseológicas importadas del pensamiento oriental estimulan el cruce de géneros entre ciencia ficción y fantástico. La conmistión entre saberes diferentes en los albores de la apropiación de unos géneros literarios específicos y la creación de dispositivos narrativos ahincados en el debate inacabado sobre la degeneración y la eugenesia permite elaboraciones bien diferentes entre ellas. Abundan las historias de científicos frente al horror de la degeneración o de médicos o detectives lidiando con monstruos sociales, en la denodada lucha por la supresión del elemento patológico y siniestro insertado en las entrañas del orden ciudadano. Algunas cuestionan la ciencia oficial, otras instilan el miedo a la diferencia, pero de todas es posible detectar las peculiaridades que fundamentan la incorporación de la excentricidad en el conjunto de las ocurrencias que justifican las diferentes modalidades del castigo.
Frente a la heterodoxia de las experimentaciones con el género en la literatura fin de siècle y a la luz de un cambio de perspectiva crítica, Quereilhac (2015) demuestra que las prístinas formulaciones de la ciencia ficción en Argentina ya no obedecen al esquema racional del progreso, sino que responden a una visión del sentido de la ciencia ficción que se ajusta a las demandas de una época. En otras palabras, no serían ingenuas o invalidadas por una falta de rigor. Al revés, su objetivo es el de definir el papel de la avalancha positivista en el imaginario social:
… la fantasía científica funcionó en estrecha sintonía con la percepción secular-maravillada de los avances del conocimiento moderno y, por lo tanto, en lugar de insinuar la presencia del fantasma, la corroboraba, la presentaba como empíricamente existente. Si el fantástico del siglo xx avanzado atacó las certezas situándose en la ambigüedad y la no significación, la fantasía científica de entresiglos, conjuró la inestabilidad del campo científico con sus inventadas certezas (2015: 177)[2].
En otra publicación, Quereilhac reitera la peculiaridad “[de]l imaginario cientificista decimonónico, marcado por la mixtura entre saberes expertos y la especulación de los legos” (en López-Pellisa y Kurlat Ares, 2020: 57). Los confines de los géneros resultan sistemáticamente suprimidos por la necesidad de entremezclar conocimientos dispersos de orden diferente.
A pesar de la abundancia de estudios que clasifican cada género de la modernidad desde un manejo propio de las normas de construcción del relato, para observar esta literatura desde la mezcla y en una constante formación heterogeneidad, se necesita encontrar un elemento común, a nivel formal y de contenido, que permita conjeturar el enlace entre prácticas escriturales diferentes. ¿Según cuáles dinámicas la ciencia ficción, el fantástico y el policial pueden convivir en la misma expresión textual?
Desde un punto de vista un poco simplista, si la confusión entre géneros caracteriza la apropiación latinoamericana de estas escrituras, no habría que esforzarse en buscar una interpretación de la diferencia: se podría traer a colación el discurso, también evolucionista, de la optimización de los conocimientos básicos de organización del relato en las tradiciones literarias europeas y norteamericanas. Se aseveraría así la vieja y embustera historia de la subalternidad de la cultura a un centro irradiador, como si la diferencia latinoamericana dependiera de una incapacidad (¿biológica, genética?) de articular rigurosamente un saber moderno: de la misma forma en que les es imposible asumir rápidamente las solicitudes de la modernidad, tampoco pueden articular desde los patrones formales de composición del género. Una posición colonial que se rechaza no sin argumentar.
El positivismo, la modernidad y el progreso ingresan a América Latina con un inventario de preocupaciones de orden social y cultural. Frente a la gran obligación de “ser modernos”, las élites americanas, las mismas interesadas en la literatura especulativa, tropiezan con el gran escollo estructural erguido sobre una irregular composición étnica y social. El miedo a la alteración del orden es una constante en la literatura de las independencias latinoamericanas y hace que cualquier planteamiento riguroso incluya la misma perplejidad. En virtud de ello, el conocimiento científico siempre se ve a sí mismo acechado por la sombra impalpable de la otredad, tanto en la ciudad como en el territorio de la patria. Con La vorágine ya se ha demostrado que la validez redentora de una ficción patria termina donde la patria se disipa, en los dilatados espacios y en las difusas fronteras en donde rige lo radicalmente diferente al paradigma urbano. Si bien es cierto que toda sociedad moderna inventa su disciplina en la que se enumeran también los elementos de disturbio, los géneros no miméticos participan, con sus patrones lingüísticos, en la eliminación de la diferencia por inclusión o por eliminación. Los topoi literarios de estos géneros –el criminal, el monstruo, el fantasma– ocupan estas ficciones para contar la gran historia de la frontera inestable que se necesita defender. El miedo a la invasión propio de la ciencia ficción y del gótico, el temor al elemento dañino que, a través del crimen, destituye el orden burgués son los desafíos fundacionales de los actantes de estos géneros. Pero el tópico fundamental en estas construcciones es la figuración de la anomalía en los términos de una fuerza oscura y perversa capaz de irrumpir sorpresivamente en el contexto del orden. De ahí que el fantasma, el monstruo o el criminal son sinécdoques de un miedo mayor a la disolución del proyecto liberal. Presentir el fracaso, individuar los culpables del sabotaje y del complot contra el progreso, terminar con la anomalía que puede ser también una mujer son algunos de los objetivos de las fantasías científicas del gótico y de la detection novel. El héroe de estos relatos también fundacionales procede de una clasificación del saber social que se ahínca en el fervor científico moderno y tipifica un sector en ascenso. La acción contra los elementos de disturbio se escribe desde el debate entre ciencias oficiales y ocultas, bosquejando el sujeto liberal llamado a liderar la contienda y reforzando la idea de un contubernio oculto que pone en peligro la estabilidad de la nación. El cruce de géneros no es eventual, entonces, sino fundamental en los problemas por encarar: el criminal es a menudo un monstruo, el detective echa luz sobre un fenómeno inexplicable; el fantasma de la otredad se encara con los conocimientos antropológicos; la mujer poseedora de un conocimiento científico es también un vampiro, etc. Los enemigos de la patria son seres tan radicalmente diferentes de la norma, que su acción procede de una irracionalidad absoluta y el castigo que se les suministra es ejemplar.
A partir de la consideración sobre la centralidad del asedio, del diagnóstico de una enfermedad sigilosa que habita el cuerpo social, se considera que los géneros masivos de entresiglos explotan un dispositivo narrativo fundamental en las mismas formulaciones ficcionales: la paranoia, elemento formal y de contenido que viabiliza los enunciados que articulan el acecho y la amenaza, fortalece la imaginación del complot y de la maldad y clama por el rígido cumplimento de la norma.
2.2. Ficciones paranoicas
La profusión de estudios sobre la literatura policial, especialmente en los último treinta años, autoriza el descuido hacia la ya insípida polémica acerca del estatuto literario del género. Enfocarse sobre el elemento básico de su construcción formal —misterio-investigación-develación—, permite también rehuir la maniática clasificación de las múltiples variantes del género, además porque hasta la década de los años 20 del siglo pasado solo había una forma (dicha) clásica (Lafforgue, Rivera, 1995).
La búsqueda de la función paranoica en la literatura policial depende esencialmente de su relación constituyente con el concepto de “lectura”, desde todo punto de vista semiótico. Primero, de signos no intencionales que, desparramados por la escena del crimen, permiten la resolución de un enigma. Otras veces, estos signos son intencionales –el asesino deja huellas para desafiar al detective o para despistar la investigación–. De cualquier manera, el talento del sabueso estriba justamente en descifrar el mensaje oculto que se esconde detrás de la mera denotación, reduciendo una semiótica potencialmente infinita a una única posibilidad hermenéutica. La ficción policial, particularmente el cuento, es la historia de la reconstrucción de un relato ausente a través de un acto de lectura (de signos). Un proceso constante de interpretación que, en los ejemplos más clásicos del género, siempre termina en el mejor de los mundos, o sea, con la solución del crimen y la devolución del orden. Este es un asunto capital que hay que especificar desde ya: en sus orígenes el policial es un género rotundamente afirmativo que siempre valida la interpretación del detective, por ejemplo, porque el asesino, derrotado, confiesa. No se da una eventualidad en la interpretación del género y el conocimiento heterodoxo pero eficaz del detective es definitivo, el saber se vincula firmemente con la verdad. En las versiones más sociales del género, donde el detective se involucra en un crimen “realista”, las aseveraciones ideológicas que acompañan la solución del caso son ellas también verdades rotundamente lingüísticas, y el relato de la investigación se vuelve populista.
Esta construcción determina dos factores sociales a la vez: uno, el método del acceso al conocimiento, de carácter lógico-inductivo, tipológicamente moderno y masculino, y dos, la naturaleza cerrada de la verdad. Si cada historia del género termina con la página que decreta su fin, también el posible debate sobre la verdad se interrumpe abruptamente con la confesión del culpable. Jorge Luis Borges, desde su irreverente práctica de los géneros modernos, explicita la finitud del género y, por supuesto, juega con ella. Si volvemos a los prístinos pasos de Borges como autor de prosa, encontramos también sus primeros textos teóricos sobre el policial (que son también ficciones, en esa contaminación tan borgeana). Son unas reseñas aparecidas en la revista femenina El Hogar. Intervenciones sobre obras diferentes entre las cuales destacan Edgar Allan Poe, Ellery Queen y, sobre todo, Gilbert K. Chesterton. En la reseña a Excellent intentions de Richard Hull, aparece la primera señal de un tortuoso texto policiaco que Borges antes intuye y luego siembra subrepticiamente en “Examen de la obra de Herbert Quain” (en Ficciones¸1945).
Uno de los proyectos que me acompañan […] es el de una novela policial un poco heterodoxa. (Lo último es importante, porque entiendo que el género policial, como todos los géneros, vive de la continua y delicada infracción de sus leyes). […]. He aquí un plan: urdir una novela del tipo corriente […]. Luego, casi en el último renglón, agregar una frase ambigua –por ejemplo: “y todos creyeron que el encuentro de ese hombre y esa mujer había sido casual”– que indicara o dejara suponer que la solución era falsa. El lector inquieto, revisaría los capítulos pertinentes y daría con otra solución, con la verdadera. El lector de ese libro imaginario sería más perspicaz que el “detective” (1986: 359).
En el cuento de Ficciones, ya no serán un hombre y una mujer, sino dos jugadores de ajedrez. Cabal esta cita de Borges porque establece la relación entre mensaje literario e interpretación del lector. Las coordinadas racionales propias del género se transfieren entonces al lector que emplea las mismas categorías analíticas para dar con una solución. El género policial inventa una escritura y una metodología del conocimiento y garantiza, a través del ingenio, la conquista de una verdad.
Por más señas, la terminante verdad del detective (o del lector) no significa necesariamente la detención del culpable. El detective no depende de un ordenamiento jurídico, sino esencialmente de la interpretación de los códigos que conforman lo real y que incluye también una noción otra vez populista de “justicia”. La gnoseología del investigador es independiente de la escritura del Estado, pero remite continuamente a él, por la legislación en la que se inscribe la pesquisa y por el pacto social que regulariza el manejo de la fuerza. La conducta interpretativa y ética del detective responde únicamente a racionalidades rotundamente modernas, fraguadas en la experiencia vivencial que coincide con su pericia de lector. De ahí que sus lecturas sean –en la elección de los argumentos y en el enfoque sobre estos– terminantemente propias. Construyen otro orden de la interpretación a partir de una tecnología de la significación forjada en las prácticas científicas modernas y en los paseos del flâneur, explorador de la selva de signos de la ciudad moderna con que Edgar Allan Poe inaugura el género. Auguste Dupin, primer detective de la historia, entre en escena en una librería donde el héroe y su narrador se encuentran por azar, ambos en busca de un libro “raro y notable”. Un libro sobre el que convergen una tipología de personaje y su voz (o sea, una tipología de narrador), y los caracteriza desde un saber heterodoxo que los demás no comprenderían. El libro, escribe Ricardo Piglia en El último lector,
“Sirvió para aproximarnos”, se dice. El género policial nace en ese encuentro. Dupin se perfila de inmediato como un hombre de letras, un bibliófilo. “Me quedé asombrado”, confiesa el narrador, “por la extraordinaria amplitud de sus lecturas” (at the vast extent of his reading) (2005a: 77).
La vasta extensión de las lecturas de Dupin incluye también los medios de comunicación masiva, los periódicos, que le permiten descifrar el misterio de la Calle Morgue. Todo en la literatura policial gravita alrededor de la lectura y metaforiza el papel del detective que descifra el mensaje oculto del asesino. La experiencia lectora es cabal en la formulación de una relación con la literatura y desde tal andanza es posible también contar la historia del crimen, enseñar la modalidad moderna de construcción de un relato en que la racionalidad científica une los elementos de la narración y les otorga coherencia (Piglia, 2019: 148[3]).
Esta característica del género se reproduce hasta en las versiones más callejeras y duras, donde el detective ya no es un aficionado, sino un profesional que vende su discernimiento a cambio de dinero. En una escena de The Long Good-Bye (1953), Marlowe está con Linda Loring (hija del personaje más poderoso de la novela) en su coche. En un momento, el chofer negro pide hablar a solas con Marlowe y los dos comentan, de forma paródica, un poema de T. S. Eliot. En El último lector, Piglia vuelve sobre la secuencia:
La escena restituye la relación con la literatura y la cultura alta que está implícita en los orígenes del género, pero de modo desplazado, irónico y fuera de lugar (como debe ser en el arte de leer). A partir de ella, todo se va a invertir y a disolver. Por un lado, claro, se invierten los estereotipos. El chofer negro (estamos en 1952) es un experto de poesía inglesa y cita de memoria a Eliot. […]. Y el detective es quien reconoce el poema y lo comenta, como una suerte de crítico literario del bajo fondo (2005a: 89).
Sin lugar a duda, seduce la sorpresa del dilatado conocimiento del detective, pero lo que normalmente se deja por sentado es que estos sean saberes reales. Marlowe y el chofer no saben necesariamente nada que no sea una organización del mundo previa imaginada por un autor. ¿Un concepto baladí? Sí, en la medida en que se considera la ficción como artificio; no, si lo que se busca es la relación con la noción de “verdad” que la serie negra necesariamente activa. El narrador del cuento “Emma Zunz” de Borges (El Aleph, 1949), hechizado por la valentía de Emma (y tal vez por su neurosis), apoya el intricado designio de la protagonista: “Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios” (2003: 76). La verdad metafísica de los hechos cede frente a la magnitud de la acción humana que Emma cumple. Ya no importan las razones de la victimaria, solo importa su habilidad en construir una historia: “… la historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta” (ibid.). Diseccionado en este y otros cuentos de Borges, la función de creación de una realidad en el policial se vuelve central más allá de todo debate sobre sus matices o su pureza como obra de arte. El asunto es tratar de entender cómo el artificio policial se propaga a la realidad.
Borges, siempre él, escribe que “el policial es el único género moderno claramente definido como implacablemente clásico en su forma” (1983: 75), lo cual termina con el provincialismo de una crítica preocupada por la repetición de las reglas combinatorias. El meollo del policial es la organización de un relato capaz de inventar un mundo coherente y verosímil, creíble, cimentado en las reglas del juego. Si la serie negra pretende ser verdadera, tal y como el mundo de Emma que se impone a todos, la organización de los elementos de la historia acciona su realidad; el mecanismo cuaja los patrones de interpretación de lo plausible, conforma lo real sobre unos elementos indiciarios que determinan una historia concreta y, finalmente, certifica su estatuto de verdad. Al final del cuento o de la novela, todos/as se asombran por la perspicacia del detective –con ellos, los/as lectores/as– y el criminal, vencido, confiesa. La necesidad de llamar en causa una verdad fehaciente y corroborada puede leerse desde múltiples puntos de vista, pero interesa más pensar en el género en términos de una maqueta de la epistemología de lo real, una reproducción de la racionalización de lo real a partir de los mecanismos con los que se desarrolla la historia. Así que, paso seguido, hay que individuar el eslabón entre espacio de la ficción y construcción (o afirmación) de un territorio de lo real.
El proceso que conjuga la organización clásica del relato con la epistemología de la modernidad es la lectura. Una simetría formal une la experiencia lectora que urde el detective en el relato con la del lector real. En una conferencia sobre el género recogida en Borges oral, el argentino transfiere la cualidad del detective directamente al lector (real), convirtiéndolo en un ser “sospechoso de las palabras” (1983: 81). Si toda narración es el relato de un descubrimiento, en el género policial, el problema del saber se convierte en un evento dramático porque de ese conocimiento depende la vida de los personajes. El concepto de “lectura salvífica”, la necesidad (y el ejercicio) de la interpretación se expande fuera del texto por medio del lector: adquiere el conocimiento de las formas literarias y las traslada a la interpretación de la realidad; transforma el género en una forma esencial de interpretación de los hechos.
Tales opiniones de Borges se dilatan en el trabajo de Piglia y, a través de él, influyen hoy en la entera armazón conceptual del policial. La primera parte de un seminario dictado por este último en 1991 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires se conoce hoy por la versión publicada en el mismo año en el diario Clarín y titulada “La ficción paranoica”. Unas pocas líneas a medio olvidar en una publicación periódica instituyen una mirada totalmente diferente de las funciones literarias de la serie negra[4]. Antes que nada, hay que reconocer que la subjetividad exacerbada de Dupin o de Marlowe no solo construye un personaje fascinante, sino que le permite cuestionar “la omnipotencia del narrador, y que desde el punto de vista de la historia de la narración, acompaña el momento de transformación de la figura del narrador y la aparición del punto de vista” (1991: 4). Una secuela de esta valoración de la subjetividad es la hermenéutica infinita de la que se hablaba antes, único instrumento de lectura de lo real. Paradójicamente, volvemos a reflexionar sobre la función definitoria del punto de vista del detective: al fracasar la tiranía del narrador omnisciente, este se vuelve, al fin y al cabo, absoluto.
Desde la certificación de verdad absoluta que la confesión del criminal le otorga al detective, es cierto que el policial dictamina una subjetividad en la mirada como es cierto que esa subjetividad termina imponiéndose, lo cual no es irrelevante porque contempla un modo holístico de la interpretación que, de momento, se lee desde el principio de la neurosis o sea como un acto hermenéutico que, sin embargo, condiciona la relación con la realidad.
Los contenidos sociales del género, entonces, pasan centralmente por esta constitución de la subjetividad. Una subjetividad amenazada. […] Estos elementos sociales y formales, que están presentes en el género desde su origen, se exasperan hoy y dan lugar a esto que yo, de un modo totalmente hipotético, he llamado la ficción paranoica. (1991: 5)
A partir de estas premisas –hipotéticas en 1991, pero desarrolladas a lo largo de toda una trayectoria literaria y cultural–, Piglia desarrolla el concepto, fundamental en este trabajo, de “ficción paranoica”.
Estos elementos de amenaza se han desarrollado, podría decirse, en el imaginario contemporáneo. La literatura se ha hecho cargo cada vez más del desarrollo del imaginario de la amenaza de la vida cotidiana puesta en peligro. En principio, vamos a manejar dos elementos […] para definir el concepto de ficción paranoica. Uno es la idea de amenaza, el enemigo, los enemigos, el que persigue, los que persiguen, el complot, la conspiración, todo lo que podamos tejer alrededor de uno de los lados de esta conciencia paranoica, la expansión que supone esta idea de la amenaza como un dato de esa conciencia. El otro elemento importante en la definición de esta conciencia paranoica es el delirio interpretativo, es decir, la interpretación que trata de borrar el azar, considerar que no existe el azar, que todo obedece a una causa que puede estar oculta, que hay una suerte de mensaje cifrado que “me está dirigido”. La mirada de Sherlock Holmes, de Dupin, que mira el conjunto social como una red de signos que le están dirigidos a él para poder descifrar ese secreto a través de una suerte de mensaje que es necesario interpretar. Por eso la novela policial está ligada al psicoanálisis y el psicoanálisis –como dice Octave Mannoni– no se sabe si es un saber sobre el delirio o es el delirio de un saber. Esto no es un chiste porque, en un sentido, se aprende del delirio. El delirio interpretativo es también un punto de relación con la verdad (5).
El policial entonces puede verse desde múltiples puntos de vista, pero también desde esta constitución literaria de una experiencia vivencial: las investigaciones del detective forjan una modalidad de relación con la experiencia que convierte la vida en aventura gnoseológica, en una batalla por la interpretación.
La necesidad de atar cabos, entonces, despliega un sinnúmero de posibilidades, políticas, sociales, antropológicas, periodísticas (baste pensar en Operación masacre de Rodolfo Walsh y en la trayectoria literaria que inaugura). Por otro lado, asigna al policial la posibilidad de enseñar la grieta sutil del peligro cotidiano.
Ahora, si, desde la serie negra norteamericana, esa hendidura son las injusticias de clases y del capital, denuncia que asumió el género en los años terribles de la violencia política en América Latina, en sus orígenes una de las atribuciones del policial fue la de idealizar una sociedad amenazada por fuerzas ocultas e insospechables que trataban, manejando una violencia subrepticia, de alterar el orden. Las investigaciones de Román Setton (2015) o Néstor Ponce (2013) sobre el policial argentino de entresiglos revelan un papel pedagógico de la serie negra que aquí se lee desde los paradigmas disciplinario y biopolítico, evidentes en Eduardo L. Holmberg o en Raúl Waleis. Aunque menos abundante que las obras de corte fantástico o de ciencia ficción, también el policial, muchas veces en el cruce de géneros con el gótico, corrobora una lectura de la paranoia literaria en función de la construcción de un paradigma diferente de determinación y liquidación de lo indeseable.
La misma herramienta teórica sustenta la lectura del fantástico particularmente en su vertiente gótica. El tema de la frontera, entre un mundo reconocible y otro ignoto, entre la experiencia de lo empírico y la irrupción de lo irracional, el sublime, el ir más allá del limes en territorios desconocidos, son los datos formales que constituyen el género. Desde las primeras formulaciones de Todorov (1977), el factor que medir no tiene que ver con la “cantidad de miedo”, sino con las modalidades de producción de la inquietud, con los dispositivos de ficcionalización de un más allá que incluye una topología de la diferencia de orden lingüístico, biológico, estructural.
Surgido –de la misma forma que las nuevas prácticas políticas y del saber que reconoce Foucault– entre finales del siglo xviii y afirmado en el xix, el gótico propone el problema central de la subjetividad romántica. De la misma forma que con la literatura policial, la función paranoica del gótico se entiende si se considera la centralidad del punto de vista. El enfoque centrado en un personaje afecta la pretendida “dimensión objetiva y ‘externa’” (Roas, 2016: 168[5]). Consecuentemente, el género explora otra dimensión de la realidad cognitiva:
[C]omo afirma Freud, […] saca a luz de la conciencia realidades, hechos y deseos que no pueden manifestarse directamente porque representan algo prohibido que la mente ha reprimido o porque no encajan en los esquemas mentales en uso y, por tanto, no son factibles de ser racionalizados (297).
La representación literaria de una dimensión alternativa pide buscar en los recursos de la escritura del mito, “encarnando en figuras ambiguas todo aquello que en cada época o período histórico se considera imposible (monstruoso)” (303). En la introducción a la Antología de terror insólito escrita por mujeres, Inés Ordiz y Sandra M. Casanova Vizcaíno reconocen que el terror se “genera precisamente en la indeterminación entre lo factible y lo imposible, en el lugar incierto que mantiene nuestras convicciones en una eterna balanza entre la explicación racional y la sobrenatural” (2021: 12). Lo que en el policial consiste en el objetivo imperativo de descifrar un mensaje oculto, en el gótico atañe a la posible (y probable) invasión de otra realidad, capaz de alterar la percepción tranquilizadora del mundo corriente.
Rosalba Campra reconoce en la alteración de las leyes empíricas de la experiencia uno de los recursos básicos para que haya literatura fantástica.
[E]l extrañamiento de lo fantástico es el resultado de una grieta en la realidad, un vacío inesperado que se manifiesta en la falta de cohesión del relato en el plano de casualidad. […]. Mientras en lo absurdo la carencia de casualidad y de finalidad es una condición intrínseca de lo real, en lo fantástico deriva de una rotura imprevista de las leyes que gobiernan la realidad (1991: 56).
El elemento central de la cita tiene que ver con la referencia a “las leyes que gobiernan la realidad”. Más allá de la mera elección lingüística, la propuesta de Campra se vuelve llamativa porque permite plantear una hipótesis. Si la realidad está dirigida por normas que definen también la conducta o que instilan un orden, ¿qué tipo de alteraciones y qué medidas alternativas de gobierno de la realidad introduce, en cambio, el fantástico? En otras palabras, si el ordenamiento de la realidad se desmorona frente a la intromisión de una otredad (des)regulada, hay que preguntarse cómo el fantástico y, en particular, el horror verbalizan lingüísticamente esta alteración y cómo lidian con ella para buscar una solución a la anomalía. Para el primer interrogante, es fácil deducir que los elementos formales del fantasma, del monstruo, del no muerto cumplen el papel de dispositivos del desgobierno. Su armazón conceptual consiste justamente en la alteración de lo parecido: el fantasma tuvo esencia corpórea en vida, el monstruo desafía el orden conceptual de las formas naturales, el no muerto vuelve inoperante la frontera entre la vida y su negación. Según Mabel Moraña,
[e]l monstruo sirve como contradiscurso identitario y como paradigma de alteridades amenazadas y recónditas. Su imagen misma, el desafío visual y epistémico que se deriva de su apariencia insólita, viola las leyes de la naturaleza y existe como excrecencia de la cultura, traicionando a la vez ambos dominios. […]. En efecto, el monstruo incorpora una inquietud epistémica perturbadora y productiva: afecta el sentido común, desfamiliariza la experiencia cotidiana y desestabiliza los saberes y creencias que rigen el funcionamiento social (2017: 31-32).
Visto así, la conjetura fundamental es que el relato fantástico ahonda en un problema relacionado con el gobierno. Si los elementos que penetran el umbral de la experiencia empírica de lo real, o que los personajes buscan en landas desconocidas, alteran las leyes vigentes, la pregunta tiene que ver con la interacción entre ley y gobierno, entre observación del fenómeno y atribución de unas dinámicas internas. Luego, puede tener que ver también con la lucha, con el aniquilamiento de un mundo irreconciliable con otro, con las prácticas de reconocimiento y liquidación de la anomalía, de lo patológico. El fantástico y el gótico dictaminan las características de lo que no se admite en el mundo normado y, a veces, también ofrecen las autorizaciones jerárquicas, legales y culturales para impedir su proliferación.
La afinidad de la literatura gótica con la literatura fantástica está justamente en el privilegio de la subjetividad frente a la objetividad –o al aparato de normas– que pretende gobernar la vida de las personas. Los procesos de recepción de lo real del gótico son los mismos que el fantástico, ya que la “ficción gótica […] va a ser sustentada por un resquebrajamiento en certidumbres epistemológicas conectadas con el comienzo de la ruptura de la unidad de la conciencia” (Amícola, 2003: 49). Desde la publicación de El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, y de las demás ficciones que inauguran el “modo gótico”, según la expresión de Amícola (43), se vuelven centrales en la literatura el tema de la conciencia del sujeto en la experiencia empírica y la forma con la que se gobiernan las individualidades. Amícola individúa la relación entre reivindicación del pasado y algunas medidas de la modernidad, en Inglaterra, como el control de la natalidad y la racionalización de la vida privada “en el macro-sistema […] de interés general” (37). La que hoy “sería llamad[a] biopolítica” (ibid.) se acompaña al miedo del regreso del poder soberano. Frente a los avances de la política pública, el acecho del poder, que “se resumía en el derecho de poder disponer de la vida de los súbditos” (39), generaba angustia. Lo gótico es la expresión de lo insumiso, de un poder arcaico que se resiste a la nueva disciplina, y lo hace a través de la monstruosidad de su anacronismo, incrementada por el exceso de las formas propias del género, el estilo que parece “carente de proporciones humanas” (16).
La novela El vampiro (1910), del escritor hondureño Froylán Turcios (firme discípulo de Poe y autor de una novela perdida que se titularía Annabel Lee), resume y ejemplifica esta conceptualización del gótico. Dos jóvenes primos, un chico y una chica huérfana, y la madre del muchacho (internada en su juventud por problemas psiquiátricos) viven en un caserón en Antigua Guatemala. Rogelio, el muchacho, reconstruye la historia y presenta su abolengo, que se remonta a capitanes y aventureros coloniales. A lo largo de toda la narración, la mansión no deja de ser desmedida y tétrica.
Era una cómoda vivienda de la última época de la colonia que mi padre, don Luis de Mendoza, heredó de un abuelo aventurero. Exornaban su exterior imponente[s] gárgolas góticas extravagantes sobre la bordadura rústica de la cornisa; y el ancho zaguán era, en verdad, suntuoso, con sus gruesas pilastras de granito gris, coronadas de símbolos quiméricos, de sombrías imágenes eclesiásticas y de viejos escudos cubiertos de coronas y puñales (2005: 5).
En el caserón hay una habitación en la que murió el ilustre y violento abuelo y a la cual la madre pide no entrar después de la medianoche. La historia increíble del antepasado es que había muerto una primera vez en la India luchando contra un león, pero pudo volver como vampiro a la Antigua para robarle la esposa a un notable y morir otra vez en duelo. Toda la vivienda gravita alrededor del “adorno de una residencia de preclara estirpe [que] era de una singular magnificencia, pero de una época muerta” (6).
Rogelio y su prima viven una relación que, desde la inocencia de la infancia, se convierte en un deseo sexual que Doris Sommer no dudaría en definir “escandalosamente exhibicionista”. Al acercarse el día de las bodas, el frenesí de la unión se vuelve insostenible, pero también aumenta la atmósfera de amenaza y peligro, que acompaña a la pareja de primos desde el comienzo de la historia. El vampiro es una novela que encaja en la pareja conceptual de José Amícola, o sea, novela gótica y novela de formación. En este caso se trata de una educación al horror, un viaje hacia el conocimiento del horror por parte de dos jóvenes que se crían en la espera de que algo oscuro y mortífero caiga sobre ellos. Acompañados por el “supersticioso y sincero” jardinero Genaro, que cuenta historias de terror que ponen “los pelos de punta” (7), los dos primos viven el crecimiento del deseo sexual al lado del presagio nefasto de un poder dispuesto a intervenir en la relación.
Su gran problema es con el linaje, pero también con el clero. Al comienzo, el fraile Félix Aguilar, que tiene mucha ascendencia sobre la población de esa jurisdicción, busca impedir el amor entre primos y lo hace de manera violenta. Rogerio lo echa de la casa enseñándole un crucifijo y un látigo. Aparte de que el padre Félix huye volando de la ventana, en el altercado Rogerio parece otra persona: “… y no fue sino muchos años después cuando supe que la voz ronca y extraña con las que pronuncié las palabras vengadoras era la de mi padre” (18). La irrupción de la barbarie se instaura en la novela alrededor de la oposición entre dos fuerzas arcaicas, una virilmente heroica de lejana estirpe, la otra tenebrosa y vetusta.
Leída desde la ideología liberal de su autor –Turcios es un conocido representante de las élites burguesas del subcontinente en el periodo de entresiglos (Casaús Arzú, 2010b: 5)–, El vampiro es un Bildungsroman anticlerical que cuenta la formación de una pareja de jóvenes en el linde entre dos culturas: Rogerio y Luz son dueños de muchas tierras, saben de negocios, de autoridad; son lectores de Edgar Allan Poe, de ensayos científicos y de ciencias ocultas; escriben poesías, viven en un tiempo constantemente improductivo y aprecian de Antigua su lejanía del mundo veloz de la valorización del capital: “[E]s este, en verdad, un nemoroso sitio de sueño, en el que sólo deberían habitar artistas millonarios y mujeres inteligentes […], que respetaran las ruinas” (55). La repulsa contra la modernidad es también de orden moral. Rogerio desaprueba las locas seducciones de los salones donde todos ven “amabilidad en lo que es un vicio y un pasatiempo inocente en lo que constituye la más asquerosa abyección de la Naturaleza” (87-88).
El vampiro utiliza el inventario de los tópicos del terror desde el lugar aislado y la confusión de planes, el pasado y el presente, la vida y la muerte, el amor y la abyección. Es además muy útil para entender de qué forma estas fuerzas contrapuestas luchan por imponer su hegemonía, de qué manera se enseña la arqueología del saber de una clase social en ascenso y el conservadurismo de otra. Froylán Turcios mezcla constantemente las certezas de la novela. Rogerio queda herido de un tiro accidental de una escopeta y se sana después de largos días de seria postración en la que está “en los fríos umbrales de la muerte” (49); “Puede decirse que usted ha resucitado” (ibid.), afirma el doctor Sáenz. Luz es un ser enclenque de mirada lánguida que parece siempre, como Ligeia, al borde de la muerte (o muerta).
Como se ha visto con Amícola, el gótico propone un peligro real en la medida en que busca representar fuerzas contrapuestas, y, en la novela de Turcios, es difícil entender quién es cabalmente el vampiro: la estirpe de la familia, Rogelio mismo, el fraile, o tal vez lo son todos. Hasta el final de la novela, la paranoia es representada por una fuerza oscura al acecho: la modernidad y el asco de la abyección, el incesto, el clero y su espíritu de cruel venganza, el abuelo vampiro y la estirpe colonial que representa. El vampiro construye su motor narrativo sobre la formación al terror, al miedo de que algo pueda pasar, de una fuerza de otro mundo que cese con el progreso o que impida una unión sexual. En el momento en que una clase social se afirma a expensas de otra más tradicional, el miedo a la sustitución atraviesa la obra y despierta una paranoia hermenéutica: ¿quién es el vampiro y qué va a pasar cuando se manifieste?
El gótico es expresión de un poder ancestral y desmedido de unas atribuciones diferentes del control sobre los cuerpos. Pero el gótico puede jugar también con la culpa que la arbitrariedad del poder despierta y emplear los elementos formales del género para elaborar el regreso de la víctima del poder –o la representación de un poder potencial y arrebatador–.
Siguiendo con el diálogo con las expresiones más contemporáneas del gótico, estas apreciaciones de las opciones formales vuelven en las elaboraciones del género de escritoras actuales hispanoamericanas. El poder fálico, la hombría, la patria potestas; pero también el crimen, el desorden, la anarquía, etc. Si una parte del gótico mira a una mística del poder y al temor de que se vuelva a presentar de manera descomunal, la otra parte también se interpreta desde el miedo al regreso del expulsado o del sacrificado. El Homo Sacer y el pharmakon son culpables porque representan una sociedad culpable (cf. Herlinghaus en la introducción), y la medida de la culpa hace que un hipotético “retorno est[é] acompañado por un signo de indisciplina; en ocasiones de revancha” (Zangradi, 2019: 7). La digresión hacia la actualidad sirve para sustentar la interpretación paranoica del retorno en el gótico, el miedo a la posible invasión de un orden diferente o previo a la organización colectiva: unas fuerzas antiguas o unas amenazas contemporáneas.
En su reconocido ensayo sobre el género (1996 [1980]), David Punter argumenta tres factores que caracterizan la relación entre novela de terror y sociedad. En su opinión, los elementos gnoseológicos que el gótico activa con respecto al plan de lo real tienen que ver con la paranoia, la barbarie y el tabú. En primer lugar, según Punter, el horror es una
“paranoiac fiction”, fiction in which the “implicated” reader is placed in a situation of ambiguity with regard to fears within the text, and in which the attribution of persecution remains uncertain and the reader is invited to share in the doubts and paranoiac structure which marks many of the better Gothic off from mere tame supernaturalism: they continually throw the supernatural into doubt, and in doing so they also serve the important function of removing the illusory halo of certainty from the so-called “natural” world (1996: 183[6]).
Más allá de las obvias implicaciones de orden moral (desvelar, enseñar al lector las contradicciones de la sociedad), el primer elemento formal a considerar es la construcción de una conciencia paranoica que teme la posibilidad de la manifestación de los elementos de otro orden simbólico: “[L]o fantástico conlleva siempre una proyección hacia el mundo extratextual, pues exige una cooperación y, al mismo tiempo, un envolvimiento del receptor en el universo narrativo” (Roas, 2016: 301). El estudio de Roas permite, tal y como lo hizo el concepto de “ficción paranoica” de Piglia, transferir una modalidad de lectura de la ficción literaria a una tipología de interpretación de la realidad, una gramática de la relación fenomenológica con la realidad. La inquietud, por ejemplo, incluye una amenaza que se va a materializar; el lector del gótico lee en los signos de lo real la posibilidad de tener que enfrentarse con lo monstruoso aterrador. Literatura y régimen de la sospecha enmarcan los géneros de la modernidad.
La paranoia supone la posibilidad de impulsar elementos no visibles ipso facto en lo cotidiano, el recelo hacia una alternativa hipotética frente a la versión chata de lo real. Si en el policial la sospecha se produce al divisar otras posibles interpretaciones de un código, en el terror esa neurosis depende de la yuxtaposición de órdenes simbólicos divergentes (Unheimlich). Pero ambas proceden de un artilugio moderno que genera incertidumbres: el Estado. También Punter trae a colación la ambigua manifestación del poder del Estado, que en Occidente puede ser visto “alternately as totalitarian and failing” (1996: 184), estableciendo que el miedo procede del estado de excepción o del posible regreso del expulsado.
Al lado del miedo al poder, el miedo a la diferencia. Seres dis(con)formes que merodean furtivos en la civilización y son portadores de barbarie. Desde el degeneracionismo, la función retroactiva y anacrónica de lo inservible para un concepto, el progreso, que se convierte en “esencial para la construcción de las naciones y las sociedades” latinoamericanas (Casaús Arzú, 2010b: 158), el aviso hacia las instituciones positivistas son los pharmakon indígenas, negros o hasta los mestizos y mulatos. Este miedo a la degeneración o al viaje retrospectivo organiza, para Punter, el tópico formal de la barbarie en el género, leída como
the fear of the past, […], as the fear of the aristocracy […], as the fear of racial degeneracy […], and more recently as a fear of the barbaric not only from the past but also in the present and even the future (1996: 183).
El gótico imagina entonces la alteración de lo moderno por parte de un elemento de vetustez: un arcaísmo desvinculado de su historicidad. Al mismo tiempo ese regreso atávico puede llegar de la degeneración, del atavismo criminal o de la inferioridad racial del indígena. Reiterativamente, el dispositivo que conforma simbólica y lingüísticamente la barbarie en el gótico es, otra vez, el fantasma, el monstruo, etc. La paranoia depende tanto de la posibilidad de su aparición, como de la implicación de un poder mucho más grande que el mero actante.
En la ciencia ficción que ocupa la periodización del volumen, la paranoia puede darse por sentada por el cruce primordial con el fantástico o el gótico que caracteriza las primeras elaboraciones latinoamericanas del género, registradas por Quereilhac como “fantasías científicas”. Sin embargo, el mero trait d’union no explicaría el siguiente desarrollo de la dimensión paranoica de la ciencia ficción y la persistencia de una dimensión neurótica –más narrativa que clínica– en el género.
Las teorías de Darko Suvin permiten elaborar otra hipótesis, colindante con la de Roas sobre el fantástico. Ambos teóricos niegan la diferencia entre géneros miméticos y especulativos a partir de una concepción no cartesiana del concepto de “realidad”; ambos prefieren pensar en la figuración simbólica de un orden alternativo (siniestro, inquietante, extraño o weird) o posible solo teóricamente como una de las múltiples representaciones de la realidad. Suvin matiza la ciencia ficción como un extenso oxímoron, una irrealidad realística, un humano que ya no lo es y otros mundos que ya son reflejo del nuestro, etc. (1985: 5). Sería entonces un largo extrañamiento de las percepciones cognitivas. La ciencia ficción, nos dice Suvin, es un género donde tienen que darse las condiciones de extrañamiento y cognición, donde el marco imaginario es un ambiente empírico diferente del nuestro (23).
La conquista de América es una larga ratificación del oxímoron, donde lo idéntico se diluye en lo distinto. Todo, desde la geografía hacia la fauna, ha permitido la activación de unas fabulaciones fantásticas sobre mundos posibles, elaboradas desde una preconcepción mítico-religiosa. Baste con pensar en el papel del indígena, situado por el europeo en una frontera constante entre lo humano y su negación. Desde la perspectiva teológica o supersticiosa del conquistador, el concepto más cercano al indígena es el monstruo, el caníbal, la amazona, etc. La conquista de América es un largo entramado de bestiarios y apariciones aberrantes (Jáuregui, 2005; Braham, 2015; Gordillo y Spadaccini, 2014) que, en la fantasía de los viajes planetarios de fantaciencia, se representa a través de los alienígenas, un ser que parece disponer de una esencia humana, pero que trasciende constantemente su constitución. Más que el novum y la hipótesis de una originalidad ficcional validada por la lógica cognitiva, interesa individuar los elementos que unen la forma de un conocimiento académico –por ejemplo, la fisiología del cerebro y su relación con la corriente eléctrica– y la elaboración ficcional de este: en qué términos y según cuáles principios de significación el conocimiento científico se vuelve saber masivo, qué fascinación y qué inquietud despierta la divulgación en la cultura de masas de hipótesis verosímiles pero exageradas sobre una teoría científica.
Para tratar de definir mejor una característica paranoica de la ciencia ficción sin traer a colación las elaboraciones de la segunda mitad del siglo xx –obras protagonizadas por el gran pavor a la invasión imperialista, desde el chileno Hugo Correa hasta el argentino Héctor G. Oesterheld–, el miedo del género guarda muchos parecidos con el del gótico ya que puede definirse por la invasión de lo biológico por lo artificial y su empleo en un escenario violento o criminal.
Suvin dictamina, desde su teoría de la ciencia ficción, que el sci-fi es inconciliable con el gótico, por la “mayor lejanía” del espacio cognitivo del horror con respecto a lo que él considera caracterizar la ciencia ficción. Continuando con el acercamiento al corpus de autores latinoamericanos, se presentan tres ejemplos, “Horacio Kalibang o los autómatas” (1879), de Eduardo Ladislao Holmberg, “El hombre artificial”, que Horacio Quiroga, bajo el pseudónimo de Fragoso Lima, publica por entregas entre enero y febrero de 1910 en Caras y Caretas, y “El aparato del doctor Tolimán”, que el mexicano Alejandro Cuevas publica en 1911 en la colección Cuentos macabros. Los relatos que aquí se discuten brevemente son todos paranoicos, pero cada uno con una dosis diferente de gótico.
En Alemania, el señor Bauer envía el autómata Horacio Kalibang a casa del Burgomaestre, el alcalde de la ciudad, para demoler las certezas positivistas y racionalistas del primer ciudadano: la irrupción del autómata y el vasto complot que se descubre después –el señor Bauer es dueño de una fábrica de autómatas que son copias de los seres humanos, y es imposible, al final del relato, entender quién es humano y quién no– impulsan un evidente miedo a la sustitución. En víspera de las bodas de las hijas, el Burgomaestre, futuro abuelo, le aconseja sabiamente a su retoño:
[C]uando tenga un nieto, que será mi gloria y encanto, yo sabré decirle, y si muero, díceselo tú: “Hijo mío, antes de esparcir los aromas que broten de tu corazón, examina con cuidado si no es un autómata la copa que los recibe” (1879: 16).
Son múltiples las interpretaciones del cuento desde la perspectiva de la relación entre paranoia y potencia extranjera, o desde un enfoque centrado en la relación entre autómatas y avalancha migratoria (Salto, 1997) en los países a poblamiento aluvional. Desde este punto de vista, Holmberg identificaría en el nuevo espacio cognitivo del positivismo de matriz europea la puerta hacia la penetración de la subalternidad biológica del migrante. “Horacio Kalibang…” lleva una dedicatoria a José María Ramos Mejía y a su tesis sobre, nada menos, inteligencia artificial. La pretensión del ilustre médico argentino, fautor de los primeros rudimentos de evaluación científica de las desviaciones sociales y de la criminología, implica también cierta crítica hacia la importación de las medidas científicas.
La invasión del ser monstruoso forjado por el científico se conecta entonces directamente con la alternativa cognitiva propuesta por la ciencia ficción, enseñando la necesidad de fijar no solo los límites de la ciencia, sino también las consecuencias del manejo de un saber por parte de una categoría dañina de sujeto social. Al lado de la discusión sobre los límites morales o cognitivos de la acción humana, la identidad de quien maneja el conocimiento es imprescindible en la ciencia ficción y determina, en la sociedad de entresiglos, la autorización a la pertenencia a un gremio: el loco, la mujer, el ser antisocial no pueden ser médicos, so pena de nefastas consecuencias. En este caso, en la ciencia ficción de Holmberg, la mezcla de géneros es atenuada y nos permite divisar el “puro delirio” interpretativo de la ciencia ficción, donde la gran necesidad es la de interpretar los límites de lo humano frente al gran avance de la ciencia. A continuación se pueden apreciar dos ejemplos más de vida artificial donde la tecnología se convierte en una maquinaria aterradora.
En el cuento de Alejandro Cuevas, el doctor Tolimán es, en el presente de la narración, un loco internado en un psiquiátrico por una única manía aterradora: no puede mirarse en el espejo. El narrador, en busca de una explicación sobre esta psicosis, encuentra el diario del doctor y se entera, a través de una analepsis narrativa, de una verdad estremecedora. Tolimán es hijo ilegítimo de padres desconocidos que depende de un tutor, don Cástulo, avaro y falto de todo respeto hacia el apadrinado. De todas formas, Tolimán logra terminar sus estudios y hasta inventa un aparato que le permite al corazón volver a latir artificialmente después de la muerte. En la medida en que avanzan sus estudios, también aumenta el rencor hacia las vilezas de su tutor –que le impide casarse con la mujer de la que se había enamorado– hasta la muerte de Cástulo. El odio desmedido hacia el anciano lo instiga a intentar sobre su cuerpo el fatídico experimento con el aparato de su invención (en muchos sentidos parece una reescritura del cuento de Poe “El corazón delator”).
El triunfo del científico coincide aquí con la desesperación del ser humano: Cástulo, de vuelta de la muerte, sufre el horror de la superación de los confines de la vida. La relación entre usurpación de la naturaleza y de la moral que se da en estas experiencias de destitución científica de la muerte significa, en todos los cuentos que se analizarán, el desmedido terror de la víctima de la experimentación. En el caso de Alejandro Cuevas, la índole pérfida de Cástulo se mantiene también después de la muerte. Para vengarse del horrible sufrimiento, decide confesarle al protagonista que él es su padre y que violó la alcoba matrimonial de su madre, con lo que arruinó su familia y provocó que la madre desapareciera por la deshonra. Al pasmo por la mera superación de la frontera de lo moral y científicamente lícito, se le añade el aterrador descubrimiento de que la persona que el doctor más abomina es en realidad su padre, que vivió del odio hacia sí mismo y hacia el hijo durante toda la vida que pasaron juntos. La pretensión de crear la vida artificial, como se ve también en este cuento de ciencia ficción, comporta la producción del horror por la invasión de algo parecido a un fantasma en el espacio cognitivo cotidiano. Revelador de verdades ocultas, el fantasma lleva consigo la culpa de la sociedad que lo ha expulsado. Muchas veces, el fantasma es un pharmakos que esparce el desasosiego en una sociedad culpable.
Tercer ejemplo: en un laboratorio atestado de artilugios científicos, tres hombres buscan devolver a la vida, a través de la electrocución, a unos seres vivientes, al principio una rata, luego una persona. Un primer aspecto llamativo del cuento es el origen de los tres científicos “que acaban de ‘hacer’ un ser vivo” (1998: 345): el único argentino es Ricardo Ortiz, mientras que Nicolás Donissoff es ruso, y Luigi Marco Sivel, italiano. En “El hombre artificial” de Horacio Quiroga, la multiplicidad de experiencias que constituye el crisol social rioplatense se enfoca aquí desde la disconformidad científica. Tanto Donissoff como Sivel son médicos, parcialmente autodidactas o ajenos a los dogmas institucionales universitarios. Donissoff es un anarquista revolucionario que huye de la Rusia después de terminar en Siberia, y Sivel es un pobre campesino de origen calabrés que pudo, por su mismo genio y más allá de la separación de clases, entrar en la facultad de medicina. Los dos migrantes entonces no pertenecen al saber instituido en sus países, mientras que Ortiz ha renunciado a la cuantiosa herencia del padre; no tienen patria, dios ni familia (tampoco tienen pareja, los amoríos juveniles de los dos extranjeros han terminado mal). Son anarquistas con una tremenda inclinación hacia la ciencia, desvinculada de los patrones sociales que regularían los límites de la experimentación: “[E]stos tres hombres de carácter habían unido sus energías asociándolas para prestarse su mutua fuerza y en esta circunstancia realizaron la más alta obra de genio que cabe en la humanidad: hacer un ser organizado” (354).
El objetivo de resucitar a un muerto es por cierto una rescritura de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818) de Mary Shelley y repite el intento de registrar los límites de la vida y los confines de la ética del saber. Como en la novela inglesa, el problema no es crear un ser artificial, volver a dotar de plasticidad la carne muerta, sino crear un ser humano, dotado de libre albedrío, de autoconciencia y de la capacidad de reconocer las emociones. Sin entrar en la crítica del antropocentrismo, el cuento vuelve otra vez sobre la condición poshumana, porque, si es sencillo fantasear con la creación de un ser vivo, otra cosa es imaginar la vida después de la muerte. Siguiendo a Rosi Braidotti (2014), la superación de la frontera de lo humano puede ser bastante sencilla, pero otra cosa es idear el ultraje de los límites del humanismo. El gran problema de los límites conceptuales de la humanidad, pensada desde la cultura humanista europea, es el límite epistémico de la vida, lo cual se traduce en “El hombre artificial” en el ingreso al mundo del horror. Para otorgarle una forma de pensamiento a Biógeno, implantándole una conciencia extraída de un cerebro ajeno pero no muerto, los científicos secuestran a un pordiosero que vive en la calle; después de este acto de violencia, pueden transferir al hombre artificial solo el pánico. Una emoción tan intensa que termina consumiendo todas las energías y las funciones de Biógeno, lo cual mata también a Donissoff.
Es cierto que “El hombre artificial” y “El aparato del doctor Tolimán” exploran la sublime frontera entre la vida y la muerte y lo hacen desde un estatuto erróneo y abusivo (también el doctor Tolimán es, literalmente, ilegítimo), y es cierto que el progreso desmedido, en la proliferación de autómatas indistinguibles de los seres humanos de “Horacio Kalibang…”, afecta el núcleo mismo de la vida, pero lo que más interesa en este capítulo es que los relatos examinados demuestran la relación entre ciencia ficción, fantástico o gótico. El poder sobre la naturaleza se convierte en el cuento de Quiroga en el acceso más rápido al infierno. Los confines de la vida, usurpados por el poder soberano de la ciencia, se vuelven aquí en contra de los mismos protagonistas. Señal funesta, presagio del porvenir, el cuento del uruguayo instila la misma paranoia del sublime presente en “Horacio Kalibang o los autómatas” de Holmberg, donde la intromisión de la ciencia en la naturaleza humana se convierte en el recelo hacia la difusión descontrolada de una alteración. Pero, si Quiroga y Cuevas instilan el horror en la víctima de la experimentación y en el científico que la ejecuta, Holmberg activa el miedo a la sustitución por falsificación.
Concluyendo, cada versión de la ficción paranoica instituye una hermenéutica caracterizada por el régimen de la sospecha. El delirio interpretativo supera la versión anodina e insustancial de la realidad: en el policial la investigación pretende desvelar un enigma mortífero, en el gótico esta paranoia se da por el regreso de un sistema arcaico e insidioso, mientras que, en la ciencia ficción, la suspicacia tiene que ver con los límites del conocimiento y de la experimentación, con la ética del saber y, también, con la identidad de quien posee ese conocimiento.
En general, y aún más desde América Latina, esa orilla linda siempre con el concepto de “barbarie”, de una incivilidad difusa que recorre una frontera movediza difícil de fijar entre los múltiples matices de la clase, de la línea del color, del género. Frente a la amenaza de la usurpación de las epistemologías del poder, frente a la sensación de asedio con la que nace la ideología liberal en América Latina, estas ficciones ponen en escena una sociedad sitiada y claman por una autoridad que se invista de poder soberano.
En la primera parte del siguiente capítulo, se reflexionará sobre la organización discursiva de una legitimidad de clases, individuando la tipología de sujeto social que puede manejar el poder sobre la vida. Al mismo tiempo, las primeras ficciones que se traen a colación buscan acotar los límites éticos del conocimiento frente a las infinitas posibilidades de dominio que otorga la ciencia.
- Salessi se refiere al caso de José María Ramos Mejía, pero la misma relación entre ciencia y literatura se encuentra en la semblanza de Eduardo Wilde por Joaquín V. González (1920): “La política no fue para él [Eduardo Wilde] más de lo que tenía que ser para un espíritu científico: un tema de experimentación más o menos vasto en relación con los enfermos del hospital o los casos de su clínica y, si se quiere, hasta de esa otra clínica más amable de la literatura, por la cual pasaron tantos y tantos tipos y modalidades de un medio inmediato” (en Bruno, 2011: 63).↵
- El número se refiere a la posición del e-book.↵
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- Piglia vuelve repetidas veces sobre el concepto. Cf. “Teoría del complot” de Piglia, aparecido en el n. 245 de Casa de las Américas, donde se lee: “[E]n la novela como género, el complot ha sustituido la noción trágica de destino: ciertas fuerzas ocultas definen el mundo social y el sujeto es un instrumento de esas fuerzas que no comprende” (2005b: 33). Desde el punto de vista de la ficción, Prisión perpetua (1988), La ciudad ausente (1992) y El camino de Ida (2013) son obras eminentemente paranoicas, sin considerar también Nombre falso (1975) y Respiración artificial (1980).↵
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