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1 Literatura y biopolítica

En los últimos treinta años, los trabajos críticos sobre las letras de entresiglos han ido enfocándose en la relación entre literatura y construcción política de una nación homogénea. Las hipótesis principales de estas investigaciones consideran la posibilidad de detectar el incipiente (y aún sin denominación) molde teórico del gobierno moderno de los cuerpos en las estructuras formales de las letras latinoamericanas, a la par de los ensayos sobre sociología, criminología y prácticas médicas publicados en el mismo período (Salessi, 1995; Bruno, 2011, 2014; Nouzeilles, 2000).

Recién empezado el capítulo, vuelve de repente e imprevisiblemente la sombra de Andrés Bello. La silva “A la agricultura de la zona tórrida” ya es un ejemplo de esa literatura disciplinante que organiza el espacio americano según un guion administrativo fijo y reproducible. El ordenamiento de la división (pre)científica del trabajo y del acceso a las jerarquías vuelve repetidas veces en las obras del siglo xix y de comienzos del xx. No es, cabe repetirlo, la aplicación de un concepto dado, el empleo práctico de un trabajo teórico, sino la mera instancia de las atribuciones sociales desde el poderío de la retórica de la evidencia científica y los principios modernos de normalización de la sociedad. La biopolítica existe desde los postulados de la lógica de las funciones gerentes de las élites liberales, incluso antes de que se afirmaran como clase hegemónica. Frente al lenguaje científico, la racionalidad del gobierno supone una serie de medidas de constreñimiento de la población; al lado, y solo vislumbradas, de la fe en el progreso, se oculta la supresión de la vida.

En este capítulo, se reflexionará sobre el “estado del arte” de los trabajos críticos que privilegian un enfoque teórico biopolítico. De esta forma, no solo se introducirá la dimensión de un imaginario gubernamental en la literatura de entresiglos y de las primeras décadas del siglo xx, sino que se pretenderá brindar el elemento básico del debate sobre la normatividad de los cuerpos. Por un lado, se verán obras que cuentan –desde el peligro, el acecho y la amenaza– la necesidad de la jerarquización de la sociedad criolla, del subalterno –el gaucho, el indígena, el negro y la mujer– y del enfermo; por otro, se incursionará en la primera variedad de contraenunciación biopolítica, estrictamente vinculada a la incipiente lucha de clases en el subcontinente. A través de unos ejemplos desde las novelas regionalistas contestatarias del orden de las élites burguesas, se establecerá que el primer elemento de protesta biopolítica no tiene que ver tanto con la sociedad disciplinaria, sino con la reivindicación del acceso al cuidado biomédico de los cuerpos. Finalmente, en el último párrafo, volverá el enfoque sobre la literatura regionalista para dedicar un espacio privilegiado a La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera.

1.1. Biopolitical fictions

Las investigaciones de Edmundo Paz Soldán sobre Alcides Arguedas se centran en una lectura inmunitaria de la obra del boliviano. Consternado por la derrota de Bolivia en la guerra del Pacífico (1879-1884), cuando esta, aliada con Perú contra el ejército chileno, pierde su acceso al océano Pacífico, Arguedas destina su labor literaria a la comprensión de tal agravio nacionalista. Desde la perspectiva del vigor masculino del cuerpo social –metáfora sobre metáfora–, el fracaso exaspera el dilema de una posible patología nacional. Los representantes de la élite boliviana buscan en los cuerpos extraños que integran la nación la causa de la flaqueza biológica nacional. El indígena, que constituye la mayoría de la población del país, a causa de su biología, agudizada por siglos de explotación colonial, inocula en el cuerpo social el germen horrible de la degeneración. Arguedas “critica tanto la actitud romántica ante el indio y modernista que lo idealizaba sin el beneficio de la observación directa; como la actitud liberal decimonónica, que propiciaba el despojo de las comunidades indígenas de sus tierras ancestrales” (Naciff, 2008: 36).

Después de las rebeliones de 1880, particularmente la de Mohoza de 1899 liderada por Zárate Willka, el problema de la patologización nacional por causa del “antropófago aymara” protagoniza el debate letrado del país. Desde estos dos problemas –la refundación de una oligarquía forjada en el bienestar físico y mental y la prohibición del contacto con el indígena–, surgen numerosas biopolitical fictions que buscan determinar los patrones adecuados de conducta social. Cornejo Polar, en la introducción a la edición Ayacucho de Aves sin nido (1889), de la peruana Clorinda Matto de Turner, observa que el uso “privilegiado de la novela”, o sea, de un género procedente de la modernidad europea, “es uno de los signos más claros de su paradójica constitución como una literatura instalada en el cruce de dos sociedades y dos culturas fuertemente diferenciadas: la europeizada y la indígena” (1994: xvi). Desde su pretendida objetividad, el género novela sirve esencialmente para definir el planteamiento ideológico de una sociedad guiada por una clase social en busca de hegemonía, la burguesía (limeña, en este caso). En contra del legado moral y político colonial, Clorinda Matto de Turner y Alcides Arguedas se valen del “doble manejo de la función novelesca, por igual referida al ser que al deber social” (Cornejo Polar, en Matto de Turner, 1994: xiii), para calificar los males de la sociedad contemporánea y programar el futuro político y moral de las naciones andinas. Frente al dominio de la voz narradora, proyección de una tipología del pensamiento, “el propio referente no es más que la figuración de lo indio creada por la observación de un testigo piadoso y compadecido pero inocultablemente ajeno” (xvi). Si en Aves sin nido reconocemos esta piedad en la construcción de una unión familiar, pero sin contacto biológico (el matrimonio Marín adopta las hijas huérfanas de una familia indígena), en Alcides Arguedas la oligarquía nacional es culpable del pecado nefando del mestizaje. El melodrama puede presentar versiones diferentes de una racionalidad biopolítica, delatando también la falta de moral sexual (romántica) en las mujeres de la sociedad criolla:

Para Arguedas el melodrama era atractivo porque permitía simplificar la confusión social en una maniquea lucha entre la virtud y el vicio, ante la cual era fácil adoptar una postura moral. Su uso del discurso de la degeneración complicó este panorama, pues en sus novelas incluso la virtud resultaba, de un modo u otro, degenerada. El melodrama arguediano es la visión de un pueblo en el que todos están enfermos, en el que lo único que cambia es la gradación de la enfermedad (Paz Soldán, 2003: 17).

El punto de vista de Paz Soldán es interesante porque supone la construcción de una sociedad en la que toda conducta es un síntoma del mal. La mujer, enviciada por las costumbres modernas, no cuida de su honor; el indígena salvaje, depravado por siglos de brutal envilecimiento colonial, desafía el orden de la separación; el oligarca, dueño de la tierra y de los trabajadores, no reconoce prudencia en la satisfacción del deseo. Este último es el eje argumental de la novela Wuata Wuara (1904)[1] y de su reescritura Raza de bronce (1919-1942). El agravio común en estas obras depende de la superación, por parte del dueño de la hacienda, de los confines biológicos de las razas. La violación de Wuata Wuara, trabajadora de su hacienda y prometida de Agiali, otro peón, motiva la rebelión de la comunidad indígena que destruye la propiedad. El desenfreno erótico hacia la otredad es la causa del derrumbe.

La moraleja de la novela no tiene tanto que ver con el respeto debido al trabajador en cualidad de ser humano, cuanto con las perniciosas consecuencias de la abundancia del deseo y del contacto con la raza. En Wuata Wuara y en Raza de bronce, la violación de la mujer es un problema de orden moral en la medida en que justifica la rebelión violenta de la comunidad. El objetivo de Arguedas, según Paz Soldán, es “explicar el fracaso histórico de Bolivia como nación moderna a partir de la existencia de una mayoritaria población indígena y del sujeto mestizo, fruto del encuentro sexual entre blancos e indios en una relación asimétrica de poder” (2003: 45).

Perseguido de cerca por el espectro de la rebelión de Mohoza y de los actos antropofágicos que ahí se documentaron (Paz Soldán, 2003: 49), la violencia del poder contra la mujer indígena despierta el miedo al caníbal de origen colonial:

En el imaginario criollo, la escena del canibalismo se convierte en la expresión visceral del miedo a la venganza indígena justificada: el pago a la culpa criolla por los siglos de abusos y opresión. Arguedas, trabajando con el “síntoma de la nación”, utilizará la escena del canibalismo para el escabroso desenlace de Wuata-Wuara (2003: 52).

A pesar del atractivo estereotipado de Wuata Wuara, la educación criolla impone evitar el peligro del contagio. La diferencia fundamental en Raza de bronce es que la violación de la mujer no se da por voluntad de la oligarquía, sino de unos terratenientes mestizos: “no se trata ya, como el esquema binario de Wuata Wuara, contra los hombres blancos pertenecientes al universo sociocultural dominante, sino contra los mestizos que ‘pasan’ por blancos y son en realidad usurpadores del poder de éstos” (139).

La acumulación de errores biopolíticos convierte la nación criolla en un conjunto degenerado de seres que averían la sangre y echan a perder el proyecto de edificación de una nación. La obsesión criolla, entonces, se cifra en la identidad establecida desde la pureza de sangre y en contra de los plagios mestizos de la blancura que, en el ejemplo que se verá a continuación, son representados por el migrante.

David M. Solodkow dedica sus investigaciones a la lectura biopolítica de las obras hispanoamericanas. Junto al estudio, con Carlos Jáuregui, de la modalidad lascasiana de disciplina humanitaria, sus publicaciones se dedican a una progresiva organización de la historia de las ficciones biopolíticas en América Latina, entendida como gran taller de clasificación y jerarquización de los cuerpos biológicos. En este párrafo se traen a colación sendos trabajos del colombiano sobre el Martín Fierro (1872-1879) de José Hernández y En la sangre (1887) de Eugenio Cambaceres.

El caso de esta última obra es bien sencillo de proponer. En la sangre cuenta las perversas peripecias de Genaro, evidentemente un migrante de origen napolitano, que busca, a través del engaño y de la falsificación, ascender la escalera social hasta ocupar un lugar en la élite nacional. Además de la copia de un examen que la inferioridad del raquítico Genaro, a pesar de sus esfuerzos, no le permitiría superar sino a través del embuste, el gran problema inmunitario de la novela se da tras el casamiento del migrante con una criolla de familia acomodada. Por supuesto, los males mayores son la cópula y el engendro. Nacido en un conventillo perjudicial e infecto, la apariencia de Genaro denuncia lombrosianamente una lacra. La cabeza grande, las facciones chatas y las demás deformidades no solo repelen por feas, sino que también descubren sus reales intenciones: “… una rapacidad de buitre se acusaba” (1887: 5). El íncipit presenta el personaje y determina la mutua relación con el ambiente.

Al lograr salir de su condición, el adefesio propaga su monstruosidad literalmente en las entrañas del espacio biológico criollo, las “grietas más peligrosas, como el vientre violado de Máxima: una metáfora total de esa penetración cultural” (Solodkow, 2011: 97). El gran problema del escurrimiento de los dispositivos de control de la sociedad es, aún con Solodkow, la propagación de una enfermedad social que es también clínica. Genaro disemina el contexto de la suciedad y la patología en que se crio.

Es posible leer aquí la configuración del cuadro naturalista que define al monstruo por la determinación del medio, una configuración teratológica doble: nacerá anémico y famélico (enfermedad como causa), su padre será avaro (el medio educativo y la herencia genética), y se convertirá en ladrón, simulador y violador (efecto moral de la enfermedad, determinismo biológico) […]. Son estos inmigrantes tan “poco humanos” que carecen del gesto más íntimo y primitivo de la especie: el dolor, la angustia y el pesar, frente a la muerte de un ser querido (97-98).

En la sangre es, en la definición de Ana Pizarro, un “discurso de la sospecha” (en Schmidt-Welle, 2003: 146)[2]: proyecta el miedo de la clase hegemónica sobre la falsificación, el plagio y la copia, avisa sobre la imposibilidad de reconocer el idéntico del diferente y, por lo tanto, la amenaza del alienígena que corrompe la pureza racial.

Un napolitano aparece también en el poema épico nacional Martín Fierro, un “gringo tan bozal” incompresible, del que se duda sea civilizado (“tal vez no juera cristiano”) por tartamudo (etimológicamente bárbaro): lo único que dice es “pa-po-litano” (1992: 141). Pero el migrante es el último de los problemas del gaucho Martín Fierro. La envergadura del discurso estatal que se construye en el poema nacional argentino es superior. El factor trascendental es el de presentar una patria legítima, en la que se superan los obstáculos que inevitablemente separan el conservadurismo heredado del obsoleto poder colonial y el nuevo proyecto liberal. Siempre con Solodkow, el Martín Fierro interpreta la proyección de un orden preceptivo sobre el interior del país. A pesar de la diferencia con la poesía neoclásica o también con el proyecto literario romántico que traducía la realidad local al lenguaje culto de las rimas europeas, la gauchesca inventa desde la ciudad letrada una narración artificial, lingüísticamente vernácula de la otredad (Ludmer, 2000; Solodkow, 2015). La construcción del lenguaje literario sirve en un primer momento para poner en escena la lucha entre federales y unitarios, entre la mazorca y los liberales, para luego fijar el papel del ganadero en el proyecto nacional. La literatura anula el referente convirtiendo su lenguaje en una maquinaria de confirmación de las doctrinas políticas occidentales: todo el saber del gaucho termina siendo “fallido e inoperante” y, añade Solodkow, lleva tanto a la “construcción de un ideal étnico que paradojalmente debe ser corregido”, como al rechazo de un “saber popular imaginario, deficitario y supersticioso” (2015: 39).

Todo el modelo del gaucho Martín Fierro valora la disciplina de la ciudad, particularmente el cautiverio de dos años entre los indígenas, que empieza al terminar la primera parte (“La ida”, 1872) e inaugura la segunda (“La vuelta”, 1879). El gaucho, allí, hasta la muerte del sargento Cruz por causa de una enfermedad, inventaría la guardarropía conceptual de la barbarie. Martín Fierro, también por razones históricas relacionadas con la participación de su autor en la vida política nacional, es un poema sobre la democratización del espacio rural, pero particularmente sobre la delimitación de una frontera infranqueable. El gaucho, desde el Facundo (1848) de Sarmiento, opera como arquetipo a lo largo de la línea entre regla y subjetividad de la que cobran su sentido las tecnologías modernas de control social. Es el protagonista de ficciones en las que se enseña la posibilidad de volverse zoé, de rechazar las normas del gobierno de los cuerpos desde el exceso de vida (agreste) y de ahí convertirse en sujetos sacrificables.

Si bien el tema de la patología es central en la literatura argentina del periodo liberal (Spicer-Escalante, 2006), el estudio de Solodkow introduce el primer y fundamental elemento de construcción de unas ficciones biopolíticas. El tema cenital en estos trabajos es tanto construir una imagen de la economía del deseo y circunscribir los límites culturales del apetito sexual, como reconocer las diferencias y situar al indeseable en el lugar jerárquico adecuado (cf. Oliart, 1995; Bourguignon Rougier, 2012). Finalmente, tiene que ver con la ordenación del papel individual en la maquinaria social y la construcción de un horizonte de las aspiraciones: nadie puede sustraerse de la organización racional de la sociedad, ni el gaucho/peón/llanero ni el habitante de la zona tórrida idealizado por el futuro rector de la Universidad de Chile.

Un lugar adecuado para reflexionar sobre esta frontera, tanto desde el punto de vista de la organización del Estado, como desde las reivindicaciones de los que viven en el límite, es la tradición literaria de obras que se escriben desde o sobre los centros de la producción agropecuaria, lejanos de la ciudad pero no apartados del confín nacional del control. El área centroamericana nos ofrece unos ejemplos de las políticas sobre la vida y de las tensiones que se producen en los confines políticos de la patria, donde el capital domina el paisaje sin, en un comienzo, acompañarse del cuidado moderno sobre los cuerpos (otra cosa son los desiertos).

1.2. Biopolíticas del trabajo

En la primera mitad del siglo xx, la recepción en América Latina de las formas europeas de organización de la clase obrera –anarquista primero y marxistas-leninistas después– retumba en la literatura. La novela y su narrador omnisciente son otra vez las opciones literarias preferibles para representar las contradicciones de la explotación laboral agrícola, ganadera y extractivista. La ficción se abre al mundo de los trabajadores olvidados en los campos ardientes del trópico, en las minas incógnitas de los Andes o en otros lugares de trabajo dispersos en la geografía de la patria que el melodrama oculta. Si los problemas eugenésicos de la clase acomodada gravitan sobre la reproducción de la población y sobre la blancura, fundamentando así la propiedad y el consumo como hechos dados, al contrario, el mundo de la producción material de bienes, articulado en territorios ajenos a la escritura –tal vez referentes de ella, pero sin voz propia, como en Andrés Bello–, no entra en las preocupaciones gubernamentales de la patria. Entre otras cosas, la falta de modernización, el salvajismo y la barbarie se deben a la persistencia de una organización laboral totalmente volcada al provecho y al abuso. Los cuerpos de los trabajadores y de las trabajadoras (también sexuales) son desechos humanos, como los lumpen urbanos de Cambaceres: “… mujeres desastrosas, hombres desconsolados, niños enfermizos” (Quintana, 1980: 30). Desde los cuentos, probablemente pioneros desde este punto de vista, del chileno Baldomero Lillo o del uruguayo Horacio Quiroga, el mundo infernal de los trabajadores empieza a poblar la literatura. El primero publica, entre otras obras, las colecciones de cuentos Sub-terra (1904) y Sub-sole (1907) sobre el trabajo minero y el trabajo campesino, respectivamente. En la primera colección de cuentos, el sobrenatural aparece en “Juan Fariña” y “funciona como símbolo de las injusticias de un sistema social corrompido por el poder” (Diamantino, 2022: 23). En más obras del mismo autor chileno, el monstruo biopolítico es el retornado que evoca el miedo de las oligarquías al espectro del trabajador insurgente.

En los mismos años de comienzos de siglo, el uruguayo Horacio Quiroga da a conocer sus magistrales relatos que oscilan entre el fantástico, el gótico y el policial; al mismo tiempo, expresa su fascinación por la brutalidad de las condiciones de trabajo de los mensú y de la peonada. Su maestría construye una épica harapienta de los últimos, entre ellos Juan Darién del cuento homónimo o João Pedro de “Tacuara-Mansión” (cf. Quiroga, 2004).

Luego llega el gran período de la producción literaria sobre la explotación del trabajo campesino, con la publicación de, entre otras, El tungsteno de César Vallejo y Huasipungo de Jorge Icaza, ambas de 1934, El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría o Cacau (1934) de Jorge Amado y, a contraluz, también Los sangurimas (1934) del ecuatoriano José de la Cuadra. La literatura se vuelve testimonio de las devastadoras condiciones de trabajo que consumen los cuerpos hasta despojarlos de la vida o, en Los sangurimas, relata la abominable violencia de un patrón frente a la pérdida y a la requisición de su hacienda.

De la misma forma en que José Carlos Mariátegui denuncia, en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), la persistencia de la estructura colonial del poder en la institución del gamonalismo, herencia nefasta de un sistema premoderno que impide el progreso (hacia el socialismo en su caso) de la nación, la literatura realista social de estos primeros cuarenta años del siglo pasado introduce, al lado de las contradicciones del capitalismo, la acuciante verdad de la falta total de inclusión de los cuerpos en el sistema biopolítico de protección de la vida. En otras palabras, se pone en escena la continuación de un gobierno arcaico de la fuerza de trabajo, la disciplina sin garantía de salud y de cuidado, la construcción del homo æconomicus (Foucault, 2005) sin el paradigma de eficiencia de su conducta.

Para explicar las reivindicaciones sociales y su representación en el mundo de las letras, se toman en consideración tres ejemplos centroamericanos relacionados con los trabajadores de las bananeras. Bananos (1942), del nicaragüense Emilio Quintana, fragua una versión dantesca del cuerpo marginal excluido de cualquier forma de política de preservación; Mamita Yunay (1941), conocida obra del costarricense Carlos Luis Fallas, ofrece una visión política de los pedidos de participación a la vida pública y al derecho a la salud; Pedro Arnáez (1942), del costarricense José Marín Cañas, injerta una reflexión sobre el revés de la biopolítica, su contradicción fundamental: la lucha entre los dispositivos disciplinantes y la resistencia de las subjetividades. El análisis de las novelas no responde a un orden cronológico, sino a una lógica de representación y análisis del proceso de expansión del dominio geográfico del Estado.

En su extenso volumen de no ficción, crónica literaria sobre la United Fruit Company, Roberto Herrscher junta a las entrevistas con los viejos trabajadores de las bananeras un sinnúmero de documentos, consideraciones, fuentes bibliográficas, etc., para reconstruir la historia de la empresa que ha podido, en particular en la primera mitad del siglo xx, manejar la vida política de por lo menos cinco repúblicas centroamericanas (sin considerar Panamá, que nace de la injerencia estadounidense en la soberanía colombiana). La bananera, la mamita yunay, tal vez es la primera de las empresas multi y transnacionales que ha puesto al lado de la clásica explotación del campesinado pobre también la velocidad de la logística desde la producción hasta el transporte de las mercancías. De esta forma, los afortunados consumidores estadounidenses pueden tener fruta tropical fresca en su mesa cuando más se les antoje. Un milagro de la organización de la producción que, por supuesto, implica unas cuantas consecuencias: el control del poder político, la disminución de los obstáculos burocráticos y administrativos, la explotación de la mano de obra. “Desde el principio”, escribe Herrscher, se enfrentan dos visiones diferentes de la “Yunay”,

la de la empresa civilizadora luchando contra la desidia –o la ignorancia– de las poblaciones locales, y contra la selva, los animales feroces, los insectos, las plagas en las plantaciones, la lluvia constante, el calor que ahoga de a poco y aletarga los huesos, los músculos y la voluntad,

y la de la sabandija devoradora que reprime la “lucha de los trabajadores, los indígenas y las poblaciones campesinas contra un monstruo llamado el Pulpo” (2021: 188). Con respecto a la larga introducción de estas páginas, no existe contradicción: si la United Fruit es soberana en los territorios centroamericanos, si puede condicionar el poder del Estado, entonces es las dos cosas a la vez: por un lado, implementa las condiciones del progreso para impulsar la reproducción del capital; por otro, dictamina sobre los trabajadores y, por esto, decide de sus cuerpos hasta introducir (o haciendo que el Estado introduzca) medidas de cuidado y de bienestar cuyo objetivo es, al fin y al cabo, la implementación de la eficiencia de la mano de obra.

Para ofrecer una visión del proceso de concientización biopolítica de la peonada pobre, se trabajarán en conjunto las novelas Bananos de Emilio Quintana y Mamita Yunay de Carlos Luis Fallas, eslabones de un mismo recorrido que va de la explotación salvaje a la inclusión en los programas de contención de los ciudadanos.

Ambas obras organizan el material literario desde la opción subjetiva de un trabajador que cumple el papel de testimonio real. Brevemente, la manera centroamericana de contar desde el realismo ve a menudo la presencia de un narrador en primera persona e intradiegético que escribe a raíz de su mera vivencia. Desde las narraciones sobre el levantamiento antiimperialista de Augusto César Sandino, con las obras de José Román y de Manolo Cuadra, la vivencia del protagonista, el sobrevivir al infierno, el ser un salvado entre los hundidos le otorgan unos rasgos peculiares a la recepción centroamericana que procede, por así decir, de cierta transculturalización en la organización del relato. El punto de vista del narrador retoma la manera indígena de posicionarse con respecto a la historia y lo entrelaza con el manejo moderno del punto de vista en el relato europeo (Mackenbach, 2012: 238). La mirada del narrador es particular, pero busca ser cierta, objetiva. La instancia individual se vuelve representativa de una condición, y de esa aspiración saca su razón de ser, su rectitud moral, su compromiso social.

Manolo Cuadra es también autor del prólogo a Bananos y, correctamente, encarrila la lectura desde este mismo punto de vista. Valora que “consecuentemente con el paisaje […] el tipo de estas páginas acusadoras y desafiantes tiene que guardar relación con la verdad” (1980: 11) para, en el marco del compromiso literario, descubrir que en Costa Rica los “miles de trabajadores que creyeron en un mínimum de democracia, solo encontraron un máximum de explotación” (12).

Las afinidades entre Bananos y Mamita Yunay dependen también del despliegue narrativo de cuerpos despojados de derechos y de las reivindicaciones de los trabajadores a favor de unas mejoras sanitarias en el trabajo del campo. Bananos de Emilio Quintana se estructura desde la perspectiva de un narrador cautivado por cierto atractivo macabro y premoderno de la vida agreste:

[c]reo que además de la propaganda que se le hacía a la zona bananera, en cuanto a la posibilidad de devengar un buen salario, el interés de evadirme de ese ambiente de dócil sometimiento a los jefes [del ferrocarril donde trabajaba el narrador], fue lo que me impulsó a marcharme del país hacia los rudos trabajos de la jungla (15).

Una fascinación hacia el mundo premoderno, o la barbarie, que atraviesa la literatura hispanoamericana –como en la obra de William Hudson, en “La ida” del Martín Fierro o, en cierta medida, en Una excursión a los indios Ranqueles (1870) de Lucio V. Mansilla–. Pero la vida salvaje contaminada por el capital pierde el sabor a épica para convertirse en una epopeya de la devastación física del trabajo y de las enfermedades. La falta de disciplina a la que se refiere el narrador es tanto política como literaria: al liberarse de las convenciones de la novela burguesa y lejos del territorio de expresión del progreso –representado a nivel simbólico por la ferrovía–, el protagonista descubre la realidad necropolítica de la explotación del trabajo.

Allí, sobre las tablas de pino que les sirven de dormitorio, aquellos hombres desolados, incapaces de todo movimiento, se ensucian, apestando el campamento. Todas las tardes, al regresar del trabajo, uno anda de un lado a otro, huyendo del hedor insoportable. Cuando los campamentos quedan cerca de la línea férrea, hay peones compasivos que pierden su día de trabajo para sacar a más de un moribundo hacia el lugar por donde pasa el tren. Allí los embarcan con rumbo al hospital más próximo. Nunca se sabe más de ellos (33).

Ostensible, en esta cita, la dislocación en el espacio de la protección de los cuerpos. El peón que pierde parte de su sueldo para embarcar al moribundo en un viaje en tren que termina en otro lugar de la patria proyecta la imagen de un principio de cuidado que, en resumidas cuentas, es inoperante en el lugar de enunciación por ajeno al cronotopo literario. No se vuelve a saber nada del peón embarcado en el tren, su vida es meramente hipotética fuera de la plantación.

Cuántos se quedaron ahí, dentro de los camarotes, sobre su propio excremento, soñando con la caricia de los hijos, en la sonrisa de la mujer querida. Al regreso del trabajo los encontrábamos boquiabiertos y trágicos, para sepultarlos enseguida en un claro de la selva. […]. Es el debido cobro de las amebas después que el infeliz […] ha bebido el agua sucia de los criques (34-35).

Una concepción del ejército de reserva, de las masas de peones que pueden sacrificarse a la plusvalía, que pronto va a corregirse a través de dos medidas, patentes en Mamita Yunay, probablemente entrelazadas entre ellas: la comprensible lucha de los trabajadores –movilizados y organizados desde la penetración de las ideologías marxistas–, y la racionalización de la eficiencia productiva y del acceso al consumo.

La novela de Quintana termina con el compromiso del narrador hacia sus compañeros de escribir el libro que estamos leyendo. En la borrosa frontera entre realidad y ficción que la literatura centroamericana maneja con, como escribiría Borges en “El escritor argentino y la tradición”, una irreverencia que tiene consecuencias afortunadas, Bananos no solo propone una legitimación de su estatuto documental, sino que se conecta con Mamita Yunay que, idealmente, realiza el propósito.

El narrador de la novela de Fallas es un sindicalista que se dedica a la organización de las luchas de trabajadores y trabajadoras después de haber vivido en carne propia la experiencia de las plantaciones. Su testimonio vivo otorga, como en el caso de Bananos, autoridad a la voz y al punto de vista que, en este caso, coincide con la experiencia biográfica del autor. Mientras que Quintana es un periodista nicaragüense que ha escrito, desde su reportaje, una novela sobre el maltrato, Carlos Luis Fallas integra los intelectuales fundadores del Partido Comunista Costarricense tras haber participado en la vida sindical del distrito de Alajuela, siempre en Costa Rica. Desde la viva voz del sindicalista que fue peón a los 16 años, vivimos las luchas que surgen por las malas condiciones de los campamentos y la certificación del trato inhumano al que están destinados los trabajadores mestizos. Las descripciones de las plagas del campo no son tan desconcertantes como las de Bananos, pero habitan la geografía del patria. El primer capítulo de la novela transcurre en el tren a las plantaciones, una odisea atestada de leprosos, tísicos y demás enfermos que acompañan al protagonista y al lector por el mapa de la aniquilación de la vida: la enfermedad metafóricamente atraviesa la patria en el viaje que conduce al narrador hacia el más allá, el monstruo infeccioso del capital.

Las condiciones de trabajo se definen, en una evocación mariateguiana, en continuidad con la ruina colonial: “… había que trabajar bajo el sol de fuego y bañarse en sudor. Ni el más feroz de los inquisidores imaginó nunca un suplicio más cruel” (2015: 150). El elemento narrativo más interesante de la novela es el pedido de democratización de los dispositivos biopolíticos, de los medicamentos. En opinión de Herrscher, en estas circunstancias, el narrador cuenta “[c]asi saliéndose de la novela y subiéndose al púlpito de su partido”, donde “Fallas se conmueve” (2021: 160).

Para los peones la primera de las reivindicaciones concierne la posibilidad de tener acceso de manera gratuita a la quinina, un medicamento que impide el desarrollo del paludismo y de otras dolencias tropicales. La cuarta parte de la novela, un documento sobre la huelga obrera de 1934, conecta a través de una estrategia mucho más directa, la ficción con la realidad, aclarando el papel de cada uno de los personajes.

En [Mamita Yunay] simulo la existencia de un Dispensario en Andrómeda, porque me interesaba exhibir el Dispensario y el “doctor” que posteriormente conocí en la hacienda de Pejibaye, propiedad entonces de la misma empresa imperialista, en la provincia de Cartago. Pero en las inmensas bananeras del Atlántico, en aquel tiempo, no existía un solo Dispensario ni se conocían servicios médicos de ninguna clase, exceptuando el Hospital de Limón; mas en las lejanas bananeras el trabajador tenía que comprar de su propia bolsa hasta las ínfimas pastillas de quinina que necesitaba (2015: 206).

Si la democratización de la salud es una instancia básica de reivindicación social, la paradoja propia de su incremento estriba en que también estos derechos entran en los proyectos liberales e imperialistas de Estados Unidos. Argumentando la necesidad de ayudar a las poblaciones marginales, y reluciendo su magnanimidad y su aliento hacia el progreso global, los norteamericanos encuentran otro ámbito de penetración neocolonial en Latinoamérica. Es el caso de la Rockefeller Foundation, que impulsó el desarrollo del cuidado invirtiendo ingentes cantidades de dinero en el avance de la investigación médica en América Latina (Birn, en Armus, 2003). En un cuento de nunca acabar, las mejoras democráticas coinciden con una mayor normativización de la salud, estableciendo la firme relación entre progreso y control.

Hasta aquí, una historia del progreso técnico que deja entrever el avance en las tecnologías de control y disciplina. La denuncia social de las terribles condiciones de trabajo es la misma que propone Karl Marx en El capital al describir la vida cotidiana del proletariado inglés. Leída desde una necesidad de progreso y de democratización de la vida nacional, Mamita Yunay plantea un pedido necesario que, sin embargo, abre a la incógnita de la norma, de la clasificación y de la imposición. La medicalización de la otredad silvestre se conecta al sistema de prácticas de la gubernamentalidad, entrando en abierto contraste con el exceso de vida que habita las tierras remotas de la geografía de la patria. Esta incongruencia es central en la novela Pedro Arnáez, en la que se reflexiona sobre las disarmonías de la gloriosa timetable de la modernidad.

En la novela de José Marín Cañas, el narrador, un médico de Costa Rica, cuenta sus memorias en una larga analepsis que empieza en los días de su primera misión en una retirada región del oriente del país. Ahí conoce al protagonista, Pedro Arnáez, un sujeto emblemático de las fuerzas que impiden el desarrollo del proyecto moderno: su actitud es de resistencia contra el dominio del Estado, que, desde finales del siglo xix, trabaja en la conquista médica de “los desiertos”. En la introducción al volumen Patologías de la patria, Gilberto Hochman, Steven Palmer y María Silvia Di Liscia escriben que

se observa la importancia de conocer los sujetos del interior a través de sucesivas “capturas” que los redefinen una y otra vez: de inadaptados a los beneficios de la civilización pasan lentamente a ser parte del entramado social, como trabajadores, madres de familia y soldados (2012: 23)[3].

La biografía de Pedro Arnáez abarca la totalidad del dilatado espacio centroamericano. Su vida empieza en el Caribe costarricense y termina en los días de la represión del dictador salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez en enero de 1932. Más allá de las extensiones nacionales, la novela se preocupa por enseñar al lector también los diferentes lugares económicos, en particular la frontera que existe entre campo y ciudad, o sea, entre una concepción de barbarie y otra de civilización; al mismo tiempo, la historia empieza después del retorno del narrador de una temporada de estudios en Europa (cuando en el continente estalla la Primera Guerra Mundial) y termina en el acto de escritura de sus memorias, en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial. Si el tiempo de la historia de la amistad del narrador con Arnáez (en cuatro encuentros) es de aproximadamente doce años, los nueve años que transcurren entre la muerte de Arnáez y la escritura de las memorias (que se da en octubre de 1941) sirven para organizar intelectualmente la experiencia. El narrador intradiegético incluye también las modalidades de construcción del relato, las omisiones y los elementos de incertidumbre, duda o confusión. El médico se muda al Caribe costarricense con un aparato ideológico que tratará de perseguir hasta el final y que, fatalmente, cederá a cada paso que el letrado da por la barbarie. Las opiniones del narrador van modificándose o evolucionándose en la medida en que avanza la narración, en particular en cada encuentro con Pedro Arnáez, que funciona como una epifanía.

El comienzo de la novela reproduce el catálogo fundamental de la épica del regionalismo: un letrado supera la frontera de lo urbano para (tratar de) educar lo inculto. La misión del médico no es la de establecer la propiedad privada (elemento fundamental en la economía capitalista), ni puntualizar el papel y las tareas de las fuerzas productivas o aclarar el lugar cultural de la peonada en el desarrollo capitalista de la nación: el encargo del médico es, gracias a una financiación estatal, sanar el paludismo y fortalecer el trabajo de los moradores de regiones periféricas con problemas de salud. Es evidente que la historia de Pedro Arnáez se desencadena desde el concepto fundamental de “cuidado sobre el cuerpo” y la voluntad de preservar la salud de la mano de obra, del homo æconomicus, para remarcar que no puede haber una institución burguesa y capitalista sin biopolítica.

Arnáez es un campesino del que no es posible rubricar la identidad: sus orígenes se pierden en lugares remotos del norte del país; no tiene familia, se cuenta que su padre murió por la ferocidad de un tiburón contra el que Pedro luego luchó; no tiene genealogía, es un sujeto que sufre la brutalidad del entorno (a la par que todos los peones de su territorio) contra el que lucha denodada y constantemente. Lo que hace de Arnáez un personaje notable en el panorama regionalista es que, a pesar de no tener linaje, sí tiene una institución. Don Goyo, el cacique para el que trabaja, es dueño también de una biblioteca de la que Pedro forja su visión del mundo: “el cerebro de Arnáez era como los juegos pirotécnicos: cohetes y luces, silencios y retumbos. […]. Creo que todo intento de encontrar en su pensamiento una doctrina fija o una escuela filosófica determinada, constituye una pérdida de tiempo” (Marín Cañas, 1992: 8). Dentro de la praxis literaria en la que se incluye la obra, Arnáez representaría el antagonista al palimpsesto de la ciudad letrada. A pesar de no ser analfabeto, el narrador interpreta su aculturación aún más dañina que la falta total de educación:

¿Fue acaso Don Goyo, cuya figura apenas se me esbozó en la mente al conjuro de su nombre? ¿Fue en el barro de los bananales, en el campamento de los linieros, o en las cantinas de mujeres sifilíticas y de dados vírgenes? ¿Fue en la biblioteca de un politiquillo localista, en donde había libros de espanto y filosofía? (10).

La biografía íntima de Arnáez es un mito, pero su pensamiento una alarma. Para el narrador, el conocimiento de Arnáez ocupa el lugar no solo de lo horrífico, sino de lo corrompido, infectado. El problema de la construcción deforme del pensamiento se relaciona directamente con la enfermedad venérea, elemento esencial y oculto de la contaminación de la patria, del que depende la exclusión del sujeto de la sociedad. Desde La República de Platón, el tema de la eugenésica representa un anhelo de salud pública e individual y, al mismo tiempo, un factor de exclusión social. Es decir que los sujetos incapaces de garantizar la prosecución de una vida biológicamente santa tienen que excluirse (o ser excluidos) del proyecto social, alejarse de la esfera de los derechos jurídicos y, finalmente, privarse del goce. En todas las concepciones históricas de la salud pública, el contagiado no puede amenazar con el peligro de crear una progenie enferma; en la novela de Marín Cañas, esta función se relaciona directamente con un pensamiento aterrador capaz de intimidar el contexto. Arnáez, por el solo hecho de hablar (desde otro lugar de la cultura), es un “germen” en el cuerpo social. Así, los preceptos civilizadores del médico chocan contra argumentaciones opuestas. Dice Arnáez, en la primera plática con el narrador:

Como vivimos en contacto con la Naturaleza [sic], tenemos una religión pagana, porque todos los convencionalismos y todas las creencias tontas las hemos eliminado por los riñones.
–Ustedes viven al margen del cristianismo –dije– pero la cultura los va conquistando. La misión médica que ahora realizamos es un paso más de liquidación de este viejo problema [el paludismo] (1992: 51-52).

Y más adelante:

¡La cultura! Para ellos, que vienen del campo, de la montaña y del río, ni conocen la palabra ni saben que existen los principios. La razón de vivir es mucho más poderosa que la reglamentación de vivir. […]. La lucha nuestra es contra la mala tierra, contra el tamaño exagerado del mar […]. A nadie se le ocurriría vencer a la montaña con una sentencia, ni escapar a la presencia continua de la muerte con un principio.
–¡Eso es negar la civilización! –dije con voz fuerte (1992: 54, énfasis mío).

De estas citas surge una crítica a la europeización de las formas de administración en la que retumban ecos de Nuestra América (1891) de José Martí:

… con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien (2007: 498).

Para Martí, el gobernar bien supone el conocimiento de la Naturaleza (el mismo Martí la escribe en mayúscula), lo cual quiere decir gobernar lo americano.

A pesar de los antecedentes ilustres, el médico no considera Arnáez como un sujeto social, no representa un cuerpo dedicado a un proyecto colectivo ni supone deberes compartidos, a no ser por el trabajo bruto y no reglamentado. En los estudios sobre biopolítica desarrollados por Roberto Esposito, Pedro Arnáez representaría un sujeto por remover inmunitariamente de la sociedad, por su falta total de compromiso con la communitas y con sus obligaciones (2004: 8).

La discusión que se acaba de analizar es el único encuentro que el médico tiene con Arnáez en su primer lugar de trabajo. Los demás se dan en la ciudad, donde el protagonista se muda posteriormente, en el capítulo siguiente al citado. A pesar de su insumisión, Arnáez introyecta pronto y con placer la dimensión de la civilización:

… gustaba de oír los ruidos de la vida minúscula de la pensión, en la que se reflejaba todo el mundo […]. Gustaba de este lento placer porque le daba la impresión de que estaba aplicando el oído a un cuerpo vivo (73, énfasis mío).

Un cambio tan repentino y radical –“[S]i hubiera vivido mucho tiempo allí [en la ciudad] es posible que habría terminado por encontrar también aquel mundo digno de ser llevado con cierta paciencia” (67)– puede depender de muchos factores, entre ellos el mero desacierto en la construcción del relato. Es importante notar cómo la dimensión biopolítica tiene vigencia solo en el locos æconomicus de producción. En el marco de la ciudad, cobran sentido la imposición de un orden sanitario y de un paradigma inmunitario y hasta la mismísima metáfora del cuerpo social[4]. Para el sujeto foráneo, radicado más allá de la frontera del cuidado, para el pharmakos sacado de la civitas y abandonado a la intemperie, en cambio, la noción biopolítica es un despropósito. La envergadura total de la gubernamentalidad se aprecia solo entre las calles de la producción urbana de sentido para menguar en los confines internos de la patria: es una construcción lingüística con fronteras que varían también en los confines urbanos. La racionalidad de las prácticas de gobierno dependen, una vez más, del proyecto y de la mirada de una clase hegemónica.

En la ciudad, Arnáez encuentra a Cristina, una mujer de la que se enamora y con la que tiene un hijo. La fuerza del amor termina de suavizar la inclinación de Arnáez al desastre y, más aún, incluye al protagonista en el sistema de normas de la vida comunitaria. Tener una familia, y en particular con una mujer que no comparte su biografía ni sus lecturas previas, supone compartir el sistema de valores, reglas y nociones de la vida social.

Desafortunadamente, la mujer muere al dar a luz al hijo sin que el médico-narrador, que acude en socorro de Cristina, pueda evitar el deceso. El papel del médico se reduce frente a la ineluctabilidad de la muerte. La supremacía de la naturaleza sobre la reglamentación de vivir (el debate entre el médico y Arnáez al comienzo de la novela) se vuelve contundente, y los conocimientos del narrador no impiden que la tragedia se desate frente a los personajes de la novela: “Allí estaban la realidad, el orgullo, la ciencia inútil” (152). La dimensión trágica del fracaso del médico tiene que ver con la fe y con una teórica ratificación de la visión no comunitaria (inmune) de Arnáez. Y esto no solo por una supuesta victoria de la barbarie sobre la civilización, sino porque Arnáez, al perder a Cristina, abandona también a su hijo. En este sentido, la ciencia no logra preservar la precaria ubicación de Pedro en el cuerpo social y repite, en cambio, el absurdo del abandono y la falta de vínculos sociales.

Los caminos de los tres hombres (padre, hijo y médico) se cruzan otra vez en El Salvador, en los días del levantamiento popular de 1932. En esta circunstancia, la formación de Arnáez, el instinto primigenio de destrucción algo mesiánica, la potencia de la subjetividad contra el régimen biopolítico se encauzan en otra dimensión ideológica. La vida en términos de potencia supone una dimensión de communitas y, más en general, una visión de progreso y justicia, una noción urbana de “cuerpo social”, de vivir en una colectividad: “[E]staba acostumbrado […] a los indios sentados de [sic] cuclillas, como si todas sus posiciones, trabajo y reposo, tuvieran como único fin empequeñecerse, hacerse más bajos de lo que en realidad eran” (185). De ahí que, en palabra de Arnáez, “vivir no es un ejercicio aislado, sino un movimiento en función de los demás. Debí aprender esto siendo joven […]. Jesús debió decir: ‘Ayudaos los unos a los otros’, y lo habríamos entendido mejor” (235).

Las consecuencias de la organización de los campesinos y el levantamiento de 1932 son historia (cf. Lindo Fuentes et al., 2010): la masacre de más de 30.000 trabajadores rurales, indígenas y mestizos, ordenada por el –dato no irrelevante dictador teósofo Maximiliano Hernández Martínez, representa la eclosión del poder soberano frente al biopoder de las masas organizadas en busca de una dignidad política y social. La multitud, si bien convertida en pueblo organizado e identificado en una ideología de clases (Lara Martínez, 2007), no deja de ser víctima de la necropolítica colonial.

Frente al fracaso de toda posibilidad de exención del vínculo con el poder soberano, Pedro busca consuelo en la fe católica (Bellini, 1983); por su parte, el narrador a menudo convierte la narración en una filípica contra la modernidad científica: “Y es que los hombres de esta época –¡por fin puedo decirlo!– carecen de fe. Han convertido la fe, que fue luz de todas las agonías, en una lamparilla, y a esa candileja le llaman ‘mística política’” (5).

El paradigma inmunitario de Esposito sirve para un primer acercamiento a la contradicción esencial de la gubernamentalidad patente en la novela. En el momento en que el protagonista deja la (dicha) barbarie de su vida en el campo para incorporarse a la civilización de la ciudad, o sea, desde el momento en que se suma a la comunidad, también se divisa otra racionalidad en la relación con la muerte. Ya no es la muerte mítica del padre en la lucha con la naturaleza, sino la muerte de Cristina, que niega la ciencia al mismo tiempo que enfatiza su importancia, y más aún la masacre que se realiza al final de la novela, en el último encuentro entre el narrador y Arnáez en la entrevista que el primero tiene en la cárcel con el segundo. La contradicción propia de la modernidad no reside, en la obra, en la institución primigenia, la religión, ni en su antítesis, la barbarie, sino en la modernidad misma. Los lectores del regionalismo se orientarían hacia el clásico esquema épico en el que dos grandes ideologías o sistemas luchan frente a un escenario majestuoso, donde el “villano” se sitúa en una posición incluida en la modernidad y al mismo tiempo excluida de ella: interna porque al legislar sobre la totalidad del territorio de la nación, la modernidad necesariamente incluye al adversario; exterior porque la modernidad misma rechaza el salvajismo del bárbaro.

En Pedro Arnáez, en cambio, el narrador es expresión y refutación de los preceptos biopolíticos. Por un lado, el Estado mismo es el ente que fomenta su misión civilizadora enviándolo a sanar el paludismo. En tal contexto, Arnáez representaría el obstáculo a la salud pública, creado a raíz de una educación letrada errónea. Vuelve así la puesta en escena, fulcro de la novela, de la racionalidad del gobierno que ejerce, a través de sus mejores representantes (los científicos), el poder de cuidar los cuerpos y luchar contra las fuerzas que se oponen a la misión civilizadora. Si no fuera que el Estado es, fatalmente, el culpable de la violencia contra los campesinos indígenas, y que las muertes masivas dependen de las instituciones burguesas. No solo la historia termina con la masacre indígena, sino que el narrador vuelve de su misión europea al estallar la Primera Guerra Mundial y escribe sus memorias –la novela– ya empezada la Segunda Guerra, volviendo ostensible la brutalidad del poder.

Otro elemento que enfatizar es la dimensión americana de la representación del poder. Las largas escenas de las masacres de campesinos remiten al planteamiento de Hay que defender… donde el poder soberano se convierte en biopoder por la sustitución de la retórica político-militar con una racista-biológica. Esta herramienta teórica es insuficiente, ya que en la novela el discurso es étnico, pero también político-militar (de represión interna): las fuerzas armadas terminan con la vida de miles de personas, en su mayoría indígenas, para preservar el orden preestablecido del cuerpo social. En una clave de interpretación más latinoamericana, hay que ensanchar el enfoque incluyendo Necropolítica de Mbembe: “La característica más original de esta formación de terror es la concatenación del biopoder, del estado de excepción y del estado de sitio. La raza es, de nuevo, determinante en este encadenamiento” (2011: 35).

Conectar las tres novelas bananeras entre ellas permite pensar la trascendencia de la biopolítica en la organización del espacio público y su importancia en la ficción literaria. Arrancan con la brutal representación de la nuda vita de los linieros en Bananos, su incipiente organización política en Mamita Yunay, que termina con la organización de los trabajadores alrededor de otras praxis de disciplinamiento enmarcadas en el ámbito del progreso. El desarrollo de la sociedad no impide el recrudecerse de los designios necropolíticos ya que el poder se caracteriza por disponer de los cuerpos en la medida en que necesita afirmar su esencia. Hasta este punto, la biopolítica entra en la ficción a nivel de significado, elementos relacionados con la hermenéutica del texto. Después de un paréntesis necesario sobre un cuento poco estudiado de Rafael Arévalo Martínez, se volverá a pensar en la racionalidad de las prácticas de gobierno en términos de “máquinas de producir ficciones”. En otras palabras, antes de entrar en el análisis de los géneros especulativos, se necesita entender si los conceptos propios de la biopolítica pueden volverse factores de la organización del relato. Se apunta a demostrar que el triunfo de la idea de “progreso” y la diafanidad ideológica del cuidado de cuerpo, en contraste con la sombría incumbencia de la excepción necropolítica, logran constituir un modo de la ficción.

1.3. Biopolíticas cuir del trabajo

El cuento de Rafael Arévalo Martínez “Por cuatrocientos dólares. (Un guatemalteco en Alaska)” aparece en la séptima edición (1951) de El hombre que parecía un caballo y otros cuentos (1915). Si bien los límites cronológicos de esta investigación tendrían que extenderse hasta los años cuarenta, es indudable que “Por cuatrocientos dólares…” guarda cierta continuidad formal y temática con la primera edición de la colección de cuentos. Además de la ambientación del relato en las primeras décadas del siglo xx, el lenguaje peculiar y cierto barroquismo sintáctico, todas las ediciones de El hombre que parecía… presentan una continuidad temática y formal también en el manejo de los géneros masivos. Por ejemplo, la mayoría de la crítica considera “El hombre que parecía un caballo” un cuento de ciencia ficción, encasillamiento que nunca termina de convencer. El dato que interesa más es el de la relación conflictual –muy modernista– con el positivismo, con la retórica de las élites y con la definición del homo æconomicus foucaultiano, que lleva consigo también el concepto de “hombría productiva”, patrones fundamentales del cuento en cuestión. La divergencia con el realismo capitalista no se da, como en la literatura social del siglo xx, desde una dialéctica de clases y un horizonte revolucionario, sino desde el punto de vista particular e insólito de un vástago criollo que abandona su vida acomodada. Desde esta tipología ficcional, podemos insertar el cuento en el conjunto de las reescrituras de las ficciones (contra)fundacionales del pensamiento de la ciudad escritural.

“Por cuatrocientos dólares” empieza tras los terremotos que asolaron Guatemala entre 1917 y 1918. Un joven, narrador de la historia, termina siendo administrador de una finca familiar llamada El Retiro –“de la civilización”, añade él (1997: 140)–. El locus æconomicus es un idilio de masculinidad donde el dueño de la producción económica puede amansar la desbordante naturaleza americana y satisfacer un empuje agreste de dominio. El entorno indócil –“[esa] [p]arte de montaña en que aún vivía la gran alimaña feroz, tan escasa ya en mi patria” (ibid.)– insta un ideal de potencia y la repetición del ego conquiro colonial (Dussel, 2012). Función narrativa a la par que psicológica, la voluntad de conquista convierte el narrador en el soberano de un “diminuto reino europeo” (1997: 46), mirador además de la evolución humana desde su paleontología, donde se pueden ver “interesantes especies de cuadrumanos [que] descendían de árboles” (ibid.). El narrador protagonista, puesto en el peldaño más alto de la jerarquía, observa la naturaleza hacerse propiedad. Fruición del dominio que instiga la potencia de la vida, el joven usa los cuerpos a su antojo: cuerpos de indígenas con las que satisfacer sus apetitos y cuerpos de animales con los que complacer su hombría indómita.

La madre, alarmada por tanta vida agreste, por tanta subjetividad soberana, resuelve enviarlo a San Francisco, donde vive su hermano Daniel y donde se dedica otra vez a expresar la energía de su cuerpo en fiestas dionisiacas. Después de la autoridad de la madre, en Frisco el narrador experimenta otra forma de control: “… más de una vez los policemen me recogieron noqueado en callejas desviadas, en los muelles o en los cabarets baratos” (141).

En un momento, gracias a un amigo a quien el joven “amaba más que a su hermana” (ibid.) (a la hermana del amigo, con la que tenía relaciones sexuales), el narrador resuelve aventurarse a Alaska para participar en la pesquería de salmones y en la consiguiente producción industrial de latas.

Desde este momento, el relato, que siempre había insinuado su disposición al carnaval y a la potencia de la vida, se convierte en una fantasía/pesadilla que podemos insertar en el concepto de queer o cuir (Bizzarri, 2020; Falconí, 2011). En palabras de Gabriele Bizzarri, “entendemos lo queer, en sentido amplio, como un dispositivo universal de contestación de las verdades aparentes mediante la teatralización de los actos institucionales del habla que inventan la realidad social y las posiciones fijas de los sujetos que de ella participan” (2020: 126).

La apoteosis de esa carnavalización escueta de la potencia de la vida se da en los dos viajes –ida y vuelta– de Frisco a Alaska: antes de emplearse en la reproducción del capital, los trabajadores viven una fiesta desmedida en la que juegan el truco, consumen alcohol y drogas y frecuentan travestis, como la Carlota, que hace de lavandera, o “un pelotón de extraños seres, compuesto por nueve o diez miembros”: “… confieso que los creí mujeres, aunque pronto hube de saber que eran ‘maricones’; […] una −acéptese el femenino, aunque en rigor debiera emplearse el masculino− muy depravada, guapa, con el pelo hasta aquí” (144). En esa intencional enfatización de la confusión lingüística, se esconde la fascinación por lo raro que el narrador no escatima al narratario. Todo en el barco es al mismo tiempo cotidiano e inusual: la suciedad, el hurto y la trampa, la confusión de géneros y los excesos de vida.

En la edición Archivo a cargo de Dante Liano (1997), se aprecian unos capítulos críticos que abordan la obra de Arévalo, en particular “El hombre que parecía un caballo”, desde la diferencia (y la disidencia) sexual (Arturo Arias y Daniel Balderston, entre otros). Escribir desde o sobre lo raro supone armar una serie de recursos para escamotear el anhelo a salirse de lo normado, privilegiando las formas hermenéuticas del lenguaje como la ostranenie, la alegoría, etc. Si el cuento “El hombre que parecía un caballo” es cuir en la medida en que alude a una sexualidad disidente (o por la mera razón de instituir en el deseo el elemento fundamental de la organización ficcional), “Por cuatrocientos dólares…” es un cuento marcadamente performativo. El exceso constituye la médula de la vida:

¿No se dijo que en el hondo corazón de la vida late la embriaguez dionisíaca, aquella que mezcla el horror, el fervor y el amor en dosis apropiadas para sembrar en el oscuro pecho del hombre el amor a la vida, a la dulce vida dura? (146, énfasis mío).

El contrapunto no es, en el cuento, de orden moral, sino de orden disciplinar. La vida que confunde sus patrones para extenderse hasta sus límites continúa también en Alaska, pero, en las frías regiones del norte, los excesos de vida sirven únicamente para la reproducción del capital. Organismos exprimidos en los mecanismos fordistas de producción industrial: todo es coherencia y valorización monetaria del tiempo y del trabajo, solo el cuerpo puede consumirse hasta la rendición. La producción de salmones prevé la clasificación de los trabajadores “por grupos que se movían vertiginosamente” (149). Cada uno tiene su tarea para disipar las figuras de los peces y convertirlas en mercancía:

[…] los cortacabezas […] guillotinaban automáticamente, […] los cortacolas ejecutaban también a máquina una operación semejante, sólo que éstos ojo avizor [sic], para ver si entre los millones de pescados aparecía la pequeña placa de metal, colocada el año anterior […] a los salmones más pequeños, con una inscripción especial; el que encontraba una de estas placas podía contar con cien dólares extra, pagados por la compañía como cebo para que se fijaran cuidadosamente dónde terminaban las colas y no cortasen ni un centímetro más […]. Luego, otro grupo de trabajadores les quitaban las entrañas […] y otros los metían en los botes de hojalata, con la capacidad exacta de una libra (149).

El torbellino de la producción, en el que se miden rigurosamente tiempo y acción, implica la trampa del valor producido, ilude sobre un posible enriquecimiento y consume los cuerpos hasta el agotamiento. La estricta racionalidad de la organización económica (en este caso industrial) oculta, como se verá en La vorágine, la lógica de la destrucción y, aún más, la del aniquilamiento: “… circulaba un muchacho de la compañía ofreciendo cigarros de marihuana a 25 centavos […]. La marihuana proporcionaba un artificioso sostén a la energía humana: pero después los más débiles de la excursión enloquecieron” (150). Lo que en el barco era carnaval y éxtasis barroco, ahora es sobriedad artificial, mera inyección de vida bruta para el trabajo.

Desde el paradigma biopolítico, la diferencia entre una y otra performatividad depende de la relación con una ley: en el barco, el exceso de vida supera las fronteras del cuerpo reglamentado (Giorgi y Rodríguez, 2007); en la producción de bienes industriales (que se podría leer en clave ecocrítica), el cuerpo normado es, en fin, instrumento para la reproducción de capital: la sustancia es un mero factor de plusvalía.

Interesa destacar que la humanidad y la vida chocan con la relación de dominio del “elemento natural” que incluye también la mujer indígena. La exhibición de los cuerpos que se hace en los viajes supone los mismos excesos, el mismo uso desmedido del cuerpo (también del pescado) que se hace en la producción económica, pero desde un paradigma totalmente diferente. Al yuxtaponer carnaval y capital en el mismo vértigo, Rafael Arévalo Martínez pone en escena la violencia biopolítica del capitalismo.

1.4. Otra cosa son los desiertos

La construcción de una nación homogénea pasa primariamente por el inventario de quien no pertenece a pleno título a la ciudadanía y, en segundo lugar, por el bosquejo, lo más correcto posible, de los fundamentos biológicos de la blancura, de la virilidad, de las jerarquías del hogar, etc. El novelón decimonónico, pensado desde el melodrama más clásico, ofrece también huellas reveladoras de la ideología eugenésica que subyace a la imaginación romántica. Estas ficciones, centrales en la gran literatura nacional de entresiglos (“nacional” en el sentido de alcance literario y de proyecto escritural), adquieren un perfil trascendental gracias a un hito de la crítica, Fundational Fictions de Doris Sommer (se usa aquí la traducción española de 2004). La norteamericana apunta hacia una argumentación que se sitúe crítica y teóricamente en la encrucijada entre Historia de la sexualidad de Michel Foucault y Comunidades imaginadas de Benedict Anderson. En opinión de Sommer, es posible encontrar una “significación recíproca” entre los dos enfoques que supere la mera sincronía histórica de los fenómenos que cada uno estudia (segunda mitad del xviii, primera mitad del xix). El problema de la disidencia sexual, de lo que las autoridades tornan patológico, “causa y efecto del poder jurídico” (Sommer, 2004: 51), es central en la armazón del francés, pero, añade Sommer, se olvida de la necesidad de crear un imaginario nacional de lo normado, la representación de un deseo compartido que sea al mismo tiempo metonimia de la nación por venir:

Foucault parece indiferente ante el despliegue más obvio de la sexualidad burguesa, la legítima opción sexual sin la cual no podría haber perversión alguna, y su indiferencia se hace extensiva al género literario más vendido del discurso burgués: las novelas que tanto hicieron por la construcción de la hegemonía heterosexual en el contexto de la cultura burguesa (51).

Sommer apunta a la edificación de un horizonte del deseo y de la unión sexual que plantee un proyecto nacional tanto en términos de clases como desde el punto de vista de la eugenesia y del higienismo social. El melodrama vehicula el relato hacia la superación de los obstáculos urdidos para impedir alcanzar la alcoba y la patria. El amor heterosexual –en algunos casos se exhibe una cópula mestiza apta a “aniquilar la diferencia” (52) y borrar al indígena por sustitución– es el desenlace imprescindible del relato hasta convertirse en “escandalosamente exhibicionista” (51).

Antes de entrar en el ritual criollo de la seducción, hay que tomar la alusión sommeriana al mestizaje para presentar un caso emblemático, el de Raza chilena (1900) de Nicolás Palacios, que permite aquí una reflexión sobre el falso axioma “mestizaje=democratización”. Este, visto desde las racionalidades biopolíticas, conlleva los mismos problemas de exacerbación del poder que se ven en el caso de la manía a la blancura.

Normalmente, al pensar en el mestizaje activo en términos de regeneración programada de una raza “superior”, la obra cardinal sería La raza cósmica (1925), del mexicano José Vasconcelos. Por cierto, desde su posición letrada y desde sus cargos políticos, el ensayo de Vasconcelos influencia una parte del archivo latinoamericano sobre “la raza”, entre ellos El mínimum vital (1929), del salvadoreño Alberto Masferrer. Dejando de un lado la confusión entre anarquismo vitalista, espiritualismo y un zafio mito del origen ancestral (precolombina), interesa Raza chilena porque ejemplifica la función protonazi de estos retoños eugenésicos. El ensayo propugna la construcción de una única raza mestiza chilena, cuya actual vivencia fluye por las venas del “roto”, el campesino de las regiones al sur de la capital. Su peculiaridad mestiza radica en el feliz encuentro, en opinión de Palacios, entre dos razas superiores. Por un lado, el araucano, cuya primacía procede exclusivamente de una heterodoxa fuente historiográfica de tenor épico narrativo, La araucana de Alonso de Ercilla, publicada en su versión completa en 1597. Por otro, el godo, descendiente de la presumida (hasta el hartazgo) altivez germánica que, radicada en la sangre de los españoles del norte (vascos, asturianos, etc.), habría llevado a las tierras americanas lo mejor de la herencia biológica europea.

El objetivo de Palacios es, por lo tanto, sacar el roto de su cliché peyorativo, atrapado en la burda criminología, para otorgarle el papel de regenerador de la chilenidad: “Hacen pues muy bien los gobernantes en su tarea de suprimir esta casta estúpida, inepta y criminal armando a otra parte de ella para que fusile o arroje de sus tierras a la otra parte” (1918: 274). El tono panfletario de la invectiva (bio)política avisa acerca de una amenaza concreta: la invasión migratoria de campesinos pobres del sur de Europa que todo son menos la vanguardia de la civilización argumentada por los legisladores decimonónicos, Sarmiento in primis. Discutir desde la falacia de la criminología es el primer paso para armar la fábula de la superioridad. No es arriesgado atribuirle –en la creación especulativa de una estela distópica de Foucault, Agamben o Mbembe– una herramienta teórica tan rotundamente biopolítica como la que se propone desmentir, y tan radicalmente inmunitaria como el nazismo. No lo es, porque su herencia cultural termina directamente en el pensamiento de su compatriota Miguel Serrano, que, a modo de continuación de Raza chilena, publica en 1982 El ciclo racial chileno y, entre 1978 y 1991, una trilogía sobre Adolf Hitler.

Si bien es bastante obvio que las rudimentarias inversiones no significan necesariamente una mejora en las jerarquías del pensamiento, lo que se considera en este paréntesis es la posible perversión de las diligencias eugenésicas, la praxis excluyente implícita en la invención de una norma, hasta si esta última es, en su momento, adversa al pensamiento más común.

Volviendo a Doris Sommer, nos fijamos en la formulación de una literatura biopolítica a través de la fruición de la reglamentación del deseo que la “gran literatura nacional” –“cuya lectura es exigida en las escuelas secundarias oficiales como fuente de la historia local y orgullo literario” (Sommer, 2004: 20)– hilvana.

El erotismo en estas novelas es emblemático tanto en la necesidad de alcanzar la intimidad, como en la creación de una tipología de villano que se interpone al objetivo primario. La biopolítica se confirma una vez más como un instrumento de organización del espacio productivo y del cronotopo literario. La revelación del deseo organiza el espacio y define el tiempo de la acción.

Quizá la monstruosidad mayor se da, a nivel del arquetipo, en la figura de doña Bárbara, protagonista de la homónima novela de Rómulo Gallegos de 1929. Opositor del régimen de Juan Vicente Gómez en los años veinte, paisajista del interior venezolano, particularmente del llano y de los habitantes de esas landas, Gallegos es presidente de la República Venezolana desde comienzos de 1948 hasta el golpe que lo destituye en noviembre del mismo año.

La protagonista de Doña Bárbara, “devoradora de hombres” y dueña de un ingente capital en ganado, es la antítesis del modelo de mujer instituido en la gran novela nacional. Mestiza, víctima y responsable de la violencia, su dominio se debe al dolo y a la intimidación con la que maneja una riqueza no normada. Causa y consecuencia de su insensatez, es también una esposa nefasta –deja a su pareja en la desidia alcohólica, tras haberle quitado el ganado– y una madre infeliz –abandona a su hija a su pareja en la más rotunda ignorancia–.

Otro actante central, Santos Luzardo, oriundo del llano pero educado en la capital, cumple la tarea del héroe civilizador, venciendo la “devoradora de hombres”, desbaratando al yankee (Mr. Danger, otro dueño del territorio) y educando a Marisela. Santos Luzardo vuelve a disponer los elementos centrales en la producción del capital (propiedad, derecho y familia) en su senda correcta. Desde la reglamentación del deseo que la literatura nacional se propone, el “erotismo irresponsable de Doña Bárbara no es solo inmoral, sino tan antipatriótico como lo fue la lujuria de los villanos de los primeros romances” (Sommer, 2004: 40). A contraluz con respeto a novelas como María (1867), del colombiano Jorge Isaacs, u otras, doña Bárbara y su prolongación masculina, Mr. Danger, sucumben frente al regreso del “padre” Santos Luzardo, quien destierra “todo arreglo de poder compartido que resulta ser ahora antipatriótico o económicamente irracional” (ibid.). Pese a los peligros lidiados por el protagonista, la desaparición de doña Bárbara y la conversión de Marisela, su hija, en una sumisa criada/amante/subalterna de Luzardo devuelven a la patria su tan anhelado sosiego. No importa, en fin, que como lectores imaginemos una cópula entre Santos y Marisela, tampoco importa su progenie. Tanto Doña Bárbara como las demás novelas nacionales complacen un cosquilleo kitsch:

Las novelas comparten un espacio íntimo. Leídas en conjunto revelan importantes puntos de contacto tanto en la trama como en el lenguaje; producen un palimpsesto que no puede derivarse de las diferencias históricas o políticas a las que se refieren. La coherencia nace de su proyecto común de construir un futuro mediante las reconciliaciones y amalgamas de distintos estratos nacionales imaginados como amantes destinados a desearse mutuamente. […]. Con un final feliz, o sin él, los romances invariablemente revelan el deseo de jóvenes y castos héroes por heroínas igualmente jóvenes y castas: las esperanzas de las naciones en las uniones productivas (41).

Doris Sommer resume el carácter normativo y productivo de los cuerpos representados en esta novela que transcurre ya no en una sociedad organizada, sino en el mero desierto, lejos –por lo menos hasta la llegada de la ficción– de la articulación letrada de la patria. Santos Luzardo permite el acceso del narrador al llano y con él la generación del logos sobre la organización del territorio. Doña Bárbara, legitimada por la lejanía del control sobre su cuerpo, existe solo sin una novela que la discipline. En este sentido, el melodrama regionalista o indigenista instituye una visión biopolítica en la categorización de los papeles sociales: donde llega, llega también la norma, la ficcionalización de un holístico poder soberano. Se ve entonces la diferencia entre la novela del desierto y la del trabajo: en el desierto no existe organización; en el lugar de la explotación del trabajo, se elude la reglamentación, reivindicada luego por los trabajadores.

A pesar de compartir el espacio de acción de las novelas, ya que ambas trascurren en lugares agrestes de la patria, a pesar de la estructura formal, por lo menos en su arranque, Doña Bárbara y La vorágine (1924) difieren rotundamente entre ellas por la ambigüedad del mensaje que la segunda presenta. En la novela de Rómulo Gallegos, la extensión del dominio de la ley se da tras una épica contienda contra las fuerzas de la naturaleza y de la seducción; en José Eustasio Rivera, la lucha termina con la desaparición del narrador y con el fin del testimonio de un letrado capitalino sobre la explotación salvaje del caucho. En la imposibilidad de recuperar la propiedad sentimental (la pareja) y de dominar en lo económico, en lo vano de los patrones narrativos de la patria cuando esta se desvanece en el salvajismo fiero, en la imposibilidad de sostener la retórica desarrollista, disciplinante y teleológica de la élite nacional, están los cadáveres de La vorágine. Los/as muertos/as de la novela de José Eustasio Rivera ponen en escena los límites de la representación del gobierno; son ecos de una renovada soberanía del poder que volverán –en la figura general del no muerto– en los géneros no miméticos.

Arturo Cova, narrador intradiegético de la obra, cuenta su huida de Bogotá con su amante, Alicia, supuestamente por un lío de faldas. Cínico y despiadado, Cova aparenta no tener interés en las mujeres más que por los deleites que de ellas puede sacar, hasta que, llegados a Casanare, Alicia y Griselda (una llanera independiente y altiva) huyen con Barrera, un empresario del caucho, a la Amazonia. Cova, junto a otras personas, decide perseguir a Barrera para rescatar su “propiedad” (Alicia) y empieza un periplo por la selva –que constituye la segunda y tercera parte de la novela– al que se le sumarán dos personajes fundamentales: Helí Mesa y Clemente Silva. Conocedores de los más secretos rincones de la selva, Mesa y Silva tomarán la palabra, convirtiéndose en narradores intradiegéticos, testimonios de la realidad espantosa de la violencia amazónica. En particular, Clemente Silva conoce el ambiente porque durante años se ha dedicado a buscar a su hijo, huido del hogar para ir a trabajar en los seringales donde luego encontró la muerte. Silva, tras una larga búsqueda, viaja ahora con los huesos de su hijo a cuestas, tratando de salir del infierno. “Clemente Silva es una fantasía necesaria, muy parecida a las ficciones redentoras de las comunidades imaginadas” (Sommer, 2004: 339). Si Sommer ve en Silva la devolución de la patria lingüística, el regreso a una comunidad, es también posible leer su presencia en la novela desde el mero testimonio de la violencia sin posibilidad de redención.

El empleo de este tipo de narrador activa un elemento formal sobre el que ya se ha reflexionado, el de narrador-testigo, dispositivo de atenuación intencional de la frontera entre realidad y ficción. El (pseudo)testimonio intercalado en el relato no es el único elemento de exhibición del cruce posible entre ficción y realidad. En primer lugar, en general “la vorágine” es un pseudo testimonio ya que en el prólogo el mismo José Eustasio Rivera denuncia haber encontrado los cuadernos del desaparecido Cova (se lo tragó la selva) y los envía, como un documento oficial, al cónsul colombiano en Manaos y de ahí al ministro de Hacienda. No solo el relato sale de su ámbito ficcional, sino que se convierte en documento. Además, Cova escribe sus memorias en los cuadernos de contabilidad de los capataces de los trabajadores del caucho, lo cual es significativo porque metafóricamente alude a un valor material: escribe en el mismo soporte en el que se contabiliza el valor de la producción. Pero insinúa una ficción del valor de la producción ya que 1) la realidad de la producción en un lugar descontrolado como la selva supone el hurto, la trampa y el chantaje y 2) en general, desde la teoría marxista la plusvalía es en sí misma una ficción de la riqueza y de la producción. La literatura realista, vinculada a la racionalidad moderna, y el valor monetario del capitalismo también moderno pretenden cercar los límites de lo real pero esta es una fantasía o una estafa: producen ficciones, alteran desde su mismo estatuto la realidad de las cosas[5].

Finalmente, Margarita Serge reflexiona desde la antropología sobre la indexicalidad de la obra para construir ese efecto de realidad. Los recursos literarios (y también intersemióticos) de La vorágine “crean […] una coherencia, en la forma en que esta lectura constituye una relación de indexicalidad, es decir, de referencia al contexto para producir significado; no solo lo evoca, sino que, de hecho, lo genera. Se produce así un contexto para el encuentro y la interacción” (2005: 48). Entre los recursos más llamativos, en la primera edición de La vorágine, aparece una foto de un supuesto Cova en la selva que, en cambio, es el mismísimo Rivera. No se trata aquí de reflexionar sobre los recursos formales que permiten generar una confusión entre realidad y ficción, sino de hacer hincapié en la exhibición de la relación ambigua entre realidad y ficción en la que cada una vive en la otra. La ficción de lo real y la realidad de la ficción interactúan en la obra para despistar sobre –se podría decir, usando un leitmotiv posmoderno– las narraciones centradas y definitivas.

Si la nación se construye también a partir de una conceptualización del poder patriarcal y populista y de una definición del papel de la mujer, o sea, si Santos Luzardo es el arquetipo del sujeto letrado que viaja a la sabana para domesticar lo insumiso y definir la propiedad, también es cierto que “[l]a aventura romántica necesita nación, y las frustraciones eróticas son desafíos al desarrollo nacional” (Sommer, 2004: 68). La huida amorosa de Cova y Alicia a Casanare parece plantear la posibilidad de desplazar los confines de la nación más allá de los linderos de la capital. Infelizmente, Cova encontrará en Casanare el fin de la aventura amorosa, la disolución de la patria y la disgregación de toda noción de hombría que su cinismo ostentaba. El viaje alucinante que sigue sirve para “buscar una masculinidad ilusoria y una patria igualmente ilusoria” (336):

[E]s posible, sin embargo, que no esté sugiriendo lo suficiente, porque esta novela indócil persiste en socavar las ficciones programáticas. Continuamente transgrede las normas del género, deconstruye las nociones de heroísmo y de propiedad; y desorganiza la línea recta tradicional de la narración hasta que nos sentimos tan perdidos como el protagonista (347).

La construcción de la patria sobre el deseo de la producción y de la propiedad se abruma en la obra para dejar dudas ahí donde el novelón decimonónico había sembrado certezas.

A través de un enfoque materialista dialéctico, Ericka Beckman reflexiona, en su libro Capital Fictions (2012), sobre la relación entre proyecto económico y ficcionalización de una ideología globalmente productiva para las naciones latinoamericanas. La Export Age que enmarca históricamente el ensayo empieza con la conquista de un liderazgo político por parte de las élites liberales y llega hasta los estragos, en 1929, del modelo agroexportador. En esa fase histórica, el acceso a los mercados mundiales produce (más allá de la dependencia económica) una clase pudiente titular de la retórica de la relación entre cuerpo y economía. Anclada en la idea de “hombría”, dicha retórica conceptualiza tanto la (gestión de la) mano de obra, como la reproducción del capital y de la población. El cuerpo masculino criollo se designa a sí mismo para alcanzar los objetivos de producción de bienes y de incremento demográfico.

La desviación de la norma, en cambio, emerge del dandismo típico de los poetas modernistas, sensuales y amanerados que ansían el lujo porque en su disponibilidad abundan los provechos de las exportaciones: el cuerpo virilmente productivo termina patológicamente en una sensualidad improductiva. En la novela moralista El hombre de hierro (1907), del venezolano Rufino Blanco Fombona –parecida a Madame Bovary de Gustave Flaubert en cuanto a la descripción de la maldad de la mujer y al desenlace trágico–, el dandy insufrible, causante de las tragedias de la novela, es un infortunio reprochable.

Brummel, el sexto o séptimo retoño de su familia, seguía la tradición, afinándola, de sus hermanos mayores. Trabajar, nunca. Convertir el más mínimo esfuerzo personal en dinero, ni por imaginación. El padre los vestía y les daba mesa y casa, más una pequeña pitanza para el bolsillo, suma que no alcanzaba jamás, ¡qué iba a alcanzar!, para gastos de representación (1907: 95-96).

Entre paréntesis: en general, la caprichosa ostentación de bienes raros está acompañada también por el interés hacia las filosofías orientales e influencia el debate cultural de entresiglos, combinando el enfoque positivista con teorías como el mesmerismo, la teosofía y el espiritismo (Casaús y García, 2005). En el capítulo siguiente, volverá la propensión latinoamericana hacia cierta heterodoxia científica ya que ocupa un lugar importante en el análisis de las primeras producciones del fantástico hispanoamericano (Quereilhac, 2015; Cano, 2017). La importación de saberes excéntricos influencia las fantasías científicas, arma un imaginario sobre los confines de la vida y propicia también la exhibición de las prácticas de gobierno de los cuerpos en los géneros no miméticos y en parte también en el policial.

En un artículo de 2009 sobre la novela del colombiano José Asunción Silva De sobremesa (terminada cuando el poeta se suicida en 1896, pero publicada luego en 1925), Beckman reflexiona sobre el nexo que en la novela se articula entre lujo, bancarrota y masculinidad. El despilfarro improductivo y la afectación afeminada, de alguna forma, caracterizan al artista modernista. De hecho, los invitados a la cena en la que José Fernández, el protagonista, cuenta su grand tour europeo y el proyecto de una empresa económica, murmuran sobre una “enfermedad nerviosa” del artista (1996: 19-20) que tiene que ver con el lujo y con la ineptitud en la acumulación de capitales. El ultraje de las normas biopolíticas del cuerpo productivo vuelve en el recuento del affaire que Fernández vivió en París y que terminó con un pleito bastante grave entre enamorados, por lo que el “macho” hubiera tenido que bañar la ofensa en sangre. Sin embargo, Beckman enfatiza la incapacidad por parte del sujeto prostrado por su afeminamiento de cumplir con los imperativos de la masculinidad:

… en vez de blandir un arma de verdad para recuperar su honor, saca de su solapa una pequeña daga toledana adornada de hoyas. La progresión esperada de la escena se corta de forma cómica, ya que el lujo ha anulado la posibilidad de restablecer el poder fálico (2009: 768).

Existe una lectura biopolítica de estas obras, una retórica de la enfermedad moral y física interpolada en la narración de una normalidad. La magnitud del daño de estos personajes de ficción inviste tanto la hombría como la eugenesia. Si, en el caso de la novela de Asunción Silva, la improductividad sexual acompaña la inconsciencia económica, en la mentada novela El hombre de hierro de Blanco Fombona, el dandismo es causa de la inmoralidad primero y de la plaga genética después. En la novela, María es la melancólica mujer del torpe Crispín. La historia de la pareja pisa las huellas de Madame Bovary de Flaubert, donde él es ingenuo y ella busca una vida diferente. Así, María tiene una relación con el dandy Brummel, de quien queda embarazada. Sin que Crispín, por “cándido”, se entere de ello, María da a luz al hijo de la desviación, que es así:

Los pies y las manos enormes para tan diminuto ser, se agitan en el aire, la boca hace una mueca dolorosa, y vuelta a caer en quietismo cadavérico. Cuando lo atetan, mama, chupa glotonamente, y luego echa un vómito blanco manchando al barbero, la camisita, los cobertores. De sus ojos fluye un pus amarillento, como si el pobrecito mirase por dos úlceras. La boca la tiene choreta, y enorme la cabeza, como una calabaza (1907: 227).

La monstruosidad epidémica se propala por la nación por causa de la afectación del dandy, de la inmoralidad de la mujer y de la simpleza de Crispín, que no vigila y no satisface el cuerpo productivo de la mujer.

La excentricidad de Fernández permite leer a contraluz la retórica del cuerpo productivo también en La vorágine. Al parecer, Cova huye de Bogotá por el vigor de su hombría descarada y desafiante de toda convención: si Fernández es un sujeto incompatible por su afeminamiento importador, Cova aparenta serlo por su desaforada “potencia sexual”, lo que lo convierte en un sujeto ambiguo que, sin embargo, desde su posición elitaria, puede definirse a sí mismo en línea con los dictámenes de la producción y, desde el poder fálico, hasta puede escribir poesía sin correr el riesgo de encarar un pleito con una daga toledana. Pero esta es la narración de la patria, el sistema de signos que construye un modelo social hegemónico que, como también en Arnáez, es cierto en el mero sistema de enunciados que lo justifica. Al salirse de la ciudad letrada, la narración se derrumba: la obra “descubre el vacío de la construcción romántica que había sustentado las novelas fundacionales anteriores” (Sommer, 2004: 334).

La vorágine es una novela que “no logra atar cabos” (ibid.); en la medida en que plantea un ideal, afirma su contrario: el sueño liberal se convierte en salvajismo económico, y la patria, en un infierno de explotación y abusos; el ser viril, en un débil; la mujer alcanza una inusitada independencia económica y sexual, etc. Según Doris Sommer, “el enemigo del poco admirable Cova resulta ser a menudo él mismo” (232), y la imagen que tenemos de Alicia y Griselda es todo menos estereotipada. La independencia de las dos mujeres subvierte constantemente la narración masculina de manera tan contundente que Cova tiene que disimular (mal) su fracaso:

Cova no imagina que Alicia y Griselda pueden ser dueñas de su propio destino y asume que Barrera las llevó a la selva por la fuerza como mercancía sexual […]. Entonces descubrimos que Alicia es quien le cortó la cara a Barrera y Griselda la que mató a su violador (344).

También Beckman refiere el desmoronamiento, en Cova, de la retórica del sujeto masculino que no puede convertirse en referencia económica en un país que ya no existe (Colombia en la Amazonia). A partir de una armazón crítica vinculada a la economía política, La vorágine agota (o despilfarra) los medios narrativos de la corriente regionalista en la que se incluye. Al llegar a Casanare, donde luego conocen a Griselda y Barrera y donde empieza la odisea de Cova en busca de su propiedad y de su némesis (Alicia), el lío de falda del comienzo se abruma y deja entrever otro problema. Recién entrados en la región, dos personas los confunden con unos acuñadores de monedas:

—Yo creí —balbuceó— que eran sus mercedes los acuñadores de monedas. De la ramada estuvieron mandando razón al pueblo para que la autoridad los apañara, pero mi padrino estaba en su hacienda, pues sólo abre la Alcaldía los días de mercado. Recibió también varios telegramas, y como ahora soy comisario único… Sin dar tiempo a más aclaraciones, le ordené que acercara el caballo de la señora. Alicia, para ocultar la palidez, velóse el rostro con la gasa del sombrero (2011: 12-13)[6].

Cova y Alicia son falsarios en la medida en que participan en la falsificación producida por el dinero, la fábula de la plusvalía. Llegados a la producción agropecuarias, y más aún en los territorios del caucho, la materialidad de la producción delata la magia (negra) del dinero. Desde su posición en la ciudad, las ganancias de la venta de los productos agropecuarios son todas plusvalías, todas invenciones sin materia. Al llegar a las áreas productivas, la fabulación del capital se derrumba frente a la realidad de la producción económica.

A la constatación de la doble vertiente de la articulación literaria –construcción de una realidad nacional a través de una invención de lo real– vigente en la ficción del dinero, se suma la contradicción biopolítica. El poeta Cova ya no puede simular su hombría, la propiedad material y sexual se le desvanece de entre las manos. El concepto de “patria” sustenta una ficción de esta, pero donde la patria ya es opaca, la ficción se atenúa y la realidad se vuelve más acuciante:

Ni siquiera había sido leal con él cuando pretendí disfrazarle mi condición en La Maporita: decirle que era hombre rico, cuando la penuria me denunciaba como un herrete; decirle que era casado, cuando Alicia revelaba en sus actitudes la indecisión de la concubina. ¡Y celarla como a una virgen después de haberla encanallado y pervertido! ¡Y desgañitarme porque otro se la llevaba, cuando yo, al raptarla, la había iniciado en la perfidia! ¡Y seguirla buscando por el desierto, cuando en las ciudades vivían aburridas de su virtud solícitas mujeres de índole dócil y de hermosa estampa! (Rivera, 2011: 215-216).

Con Sommer y Beckman, interesa demostrar que el discurso público, también literario, construye una imagen de la sociedad que incluye las prácticas de dominio, sus dinámicas de sujeción de los cuerpos y, particularmente, la construcción de una narrativa que encubra las contradicciones de las normas. El espacio a medio domesticar de Casanare antes y aún más la Amazonia después representan el lugar donde toda hegemonía pierde el sistema de enunciados que la respalda, donde toda ficción de la nación se manifiesta exactamente por lo que es: una ilusión. La materialidad que encontramos detrás de los instrumentos de seducción de la oligarquía o de la clase media capitalina revela la naturaleza aniquiladora del proyecto biopolítico; si la gubernamentalidad supone el disciplinamiento teleológico del cuerpo, al salir del alcance de la enunciación (los confines pueden ser geográficos, sociales, de género, etc.), la ficción pasa a exhibir la racionalidad de gobierno visto desde la reproducción constante del estado de excepción.

Un ejemplo contundente, que reconoce también Beckman, tiene que ver con el mercado del lujo que atraviesa esta obra, tal y como se cruza en la poética nacional colombiana (sí, por Asunción Silva, inventor de la poesía y de la deuda extranjera, dice Fernando Vallejo). Esto porque, aparte del imperio económico que constituyó el caucho en su momento –fautor de la descomunal empresa de construir un teatro de ópera en la capital brasileña de la selva, Manaos, ficcionalizada en la película Fitzcarraldo (1982), de Werner Herzog–, la Export Age construye un mito de acceso al lujo y su seducción también deslumbra la ficción nacional. Saliendo de la patria narrada, lo que queda de los líos amorosos son las contraposiciones reales de una pareja, y la producción económica se convierte en explotación y esclavitud. Sommer define a Clemente Silva como el personaje que permite devolver la patria a la narración, por definirse claramente colombiano, “el rastreador es también padre y patriota modelo que lo arriesga todo para repatriar los huesos de su hijo que se suicida por culpa de Zoraida, la mujer araña de los bosques inexplorados” (337). Visto al revés, Silva es también la persona que deja que el hijo se vaya a la selva, que no activa el control sobre la progenie para impedirle salir del ámbito del cuidado, y es la persona que franquea el conocimiento de la realidad detrás del lujo, el infierno del caucho. Una escena que Beckman incluye en su análisis sobre las ficciones del capital, ve a Arturo Cova a las orillas de una ciénaga poblada de un “mundo babélico” (Rivera, 2011: 172), donde la delicadeza del poeta se activa para ornamentar la narración:

[E]ncima de ese alado tumulto volvía a girar la corona eucarística de garzas, se despetalaba sobre la ciénaga, y mi espíritu sentíase deslumbrado, como en los días de su candor, al evocar las hostias divinas, los coros angelicales, los cirios inmaculados (2011: 173).

A pesar de la armonía, lo poético es el tupido velo que oculta una necesidad productiva: sacar de un nido en el medio de la ciénaga las plumas de algunas aves raras que se venderán luego en la ciudad. El nido solo se puede alcanzar cruzando un estanco lleno de pirañas y caimanes. La realidad del lujo, de la mercancía en la que se genera más capital, es el consumo del cuerpo.

Bogando en balsitas inverosímiles, nos distribuimos aquí y allí para recoger el caro tesoro. Los indios invadían a trechos las espesuras, hurgando en las tinieblas con las palancas, por miedo a güíos y caimanes, hasta completar su manojo blanco, que a veces cuesta la vida de muchos hombres, antes de ser llevado a las lejanas ciudades a exaltar la belleza de mujeres desconocidas (2011: 174).

He aquí simbólicamente la realidad material de las ficciones del lujo. La vorágine permite desplegar la materialidad oculta detrás de las narraciones oficiales, entre ellas las dinámicas de producción, las jerarquías de las retóricas sobre la hombría y sobre los papeles del género y, finalmente, sobre la política de los cuerpos. Lo que en la novela de José Eustasio Rivera es evidente, en otras novelas se vislumbra, se intuye y se confirma desde la constitución de un archivo de la disciplina social de los cuerpos. La vorágine pone en escena los confines de una ficción fundacional. Si la hipótesis de producción y de reglamentación de la sociedad es eficaz desde los intereses materiales de la ciudad, esta se desmorona en el desierto, y, para activarla, se necesita de un personaje populista como Santos Luzardo. El poeta y falsario Cova, en cambio, en la medida en que trata de reproducir torpemente unas ficciones, revela los fundamentos de estas. Al instalarse en una frontera, las ilusiones de un sistema holístico de organización se despedazan para dejar espacio a su inviabilidad y su parcialidad. La ostentación biopolítica del cuidado en el capital revela también su otra cara: el consumo de los cuerpos en la producción económica, la falta de protección y la necropolítica que constituyen el fundamento material de la patria, su materialidad estructural.

De la misma forma, los géneros masivos permiten detectar la construcción y la exhibición de las contradicciones en las racionalidades de las prácticas de protección de los cuerpos. Se busca en los géneros no miméticos la misma doble función de acción/repulsión de la biopolítica que protege los cuerpos dóciles, al mismo tiempo que prevé la aniquilación de todo sujeto patológico, pero con una variación fundamental. Si una obra como La vorágine surge de la posibilidad por parte del lenguaje de revelar sus mismas convenciones simbólicas, deconstruyendo las narraciones que en su momento han edificado una realidad nacional, el policial, la ciencia ficción y el gótico refieren sus historias desde la mera frontera entre planes distintos de lo real, entre un lenguaje ininteligible (el crimen) y su develación, entre lo familiar y un mundo ominoso extraño a la experiencia cotidiana. Los géneros masivos producen actos lingüísticos que dejan entrever constantemente su envés; en el momento en que dictaminan una versión de lo real, exhiben su contrario; articulan unas reflexiones sobre la vida que interpolan también la supresión –científica o mágica– de esta.

En el próximo capítulo, se analizan las invariantes del policial, el gótico y la ciencia ficción para determinar, a través del análisis de los atributos narrativos de cada uno, la reproducción de un dispositivo narrativo reconocible, la paranoia, instrumento formal que activa el miedo a la contracara, en nuestro caso, de la biopolítica.


  1. Según Cornejo Polar (1987: 543), la grafía del título de la novela y del nombre de la protagonista varía. El peruano usa la fórmula Wuata Wuara, sin guion porque procede de la edición de 1904. Lo mismo se hace aquí, pero respetando eventuales diferencias en las citas.
  2. En la economía de este libro, el concepto teorizado por Ana Pizarro tiene una doble ventaja. Si, por un lado, determina los miedos sociales de las clases pudientes al verse acosadas por fuerzas extrañas y dañinas, por otro lado, fomenta la confutación de las normas de clasificación social: “[E]n el caso de Machado de Assis se incorporan relatos sobre la esclavitud pero, más aún, hay una reflexión y un cuestionamiento sobre la normatividad social. Pienso en uno de sus textos más conocidos como O alienista […]. Allí encontramos a un Foucault avant la lettre: ¿Qué es la normalidad? ¿Quién la establece? ¿Cómo se autoriza la voz de la autoridad?” (Pizarro, en Schmidt-Welle, 2003: 147).
  3. Sobre los proyectos de medicalización del territorio del Estado y los proyectos sanitarios actuados por empresas transnacionales extranjeras, cf. también Cueto y Palmer (2015), particularmente los capítulos dos y tres.
  4. Una colección de cuentos sobre enfermedad y biopolítica del sujeto urbano es Antonio ha sido una hipérbole (1932), del ecuatoriano Jorge Fernández, donde se habla de enfermedades, neurastenias, vicios, patologías sociales, todos desde la mirada de la infección y del contagio del cuerpo social, por ejemplo: “Soy algo infectante, nocivo. Pero tengo también mis triunfos; soy una dignidad en la sombra, cuando todos ocultándose me buscan en la noche y se disputan, y para aturdirse más, me proclaman” (66).
  5. Esta intuición de Erika Beckman (2012) depende del rigor teórico de su lectura crítica. La idea de un nexo posible entre dinero, falsificación y ficción literaria es evidente también en Piglia (1973, 1974) y central en el volumen de Alejandra Laera (2020).
  6. Y un poco antes: “Esa misma tarde me advirtió Alicia que pasábamos por huéspedes sospechosos. La dueña de la casa le había preguntado si éramos hermanos, esposos legítimos o meros amigos, y la instó con zalemas a que le mostrara algunas de la monedas que hacíamos, ‘en lo que no había nada malo, dada la tirantez de la situación’. Al siguiente día partimos antes del amanecer” (2011: 9). Después de otras páginas: “… sentándose en el chinchorro al lado de Alicia, preguntábale si los diamantes de sus zarcillos eran ‘legales’ y si traía otros para vender. —Señora, si le gustan… —Se los cambio por esa máquina. —Siempre avispada para el negocio —galanteó don Rafo” (2011: 33).


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