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Apropiación territorial de la migración peruana en Villa Celina, partido de La Matanza

Marina Laura Lapenda

Introducción

La migración peruana configura sus lugares a través de lógicas espaciales, estrategias y prácticas sociales, que la distinguen de otros colectivos. En su devenir imprime su identidad en el territorio y lo carga con nuevo contenido. Este integra un conjunto de lugares, y para estos migrantes, la construcción del lugar forma parte de una recuperación del sentido de la vida en el destino. Se trata de un espacio íntimo, familiar, estructurado desde los recuerdos, aspiraciones, relaciones interpersonales y prácticas cotidianas que conducen a conferirle el significado de “lo propio”.

En la localidad de Villa Celina (partido de La Matanza), este colectivo configura sus lugares desde comienzos de los años 2000, en un espacio de proximidad con la migración boliviana (Sassone, 2021). A partir de recorridos urbanos y entrevistas en profundidad, nos hemos propuesto comprender las características que adquirió la apropiación territorial de la migración peruana en la mencionada ciudad, como resultado de un conjunto de acciones colectivas.

En este sentido, definimos, en principio, cómo las lógicas espaciales, las estrategias y las prácticas sociales se fundan desde la memoria y la percepción del entorno en el presente y direccionan la construcción de un espacio significativo (territorio). Luego, se presentan las geografías de la cotidianeidad, que particularizan al barrio con migrantes estructurado por sus lugares residenciales y laborales, y visible por un paisaje específico. A continuación se tratan los lugares de identidad, así denominados por develar abiertamente los componentes culturales del origen, visibles en los emprendimientos orientados a la cocina (restaurantes) y los espacios de la religiosidad (como es el caso de la devoción al Señor de los Milagros). En el siguiente, se plantea cómo el colectivo peruano alimenta un campo migratorio transnacional y conforma, por su presencia y accionar en la web, territorios virtuales. Finalmente, las conclusiones.

Construcción territorial: lógicas espaciales, estrategias y prácticas sociales

Los actores migrantes peruanos acusan ciertas lógicas espaciales, estrategias y prácticas sociales que convergen en la configuración de sus lugares en barrios del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Se tratan de acciones que son producto de sus motivaciones, de los recursos disponibles, de sus imaginarios y hasta de las normas formales o informales que regulan u organizan el espacio.

Así, entendemos que las lógicas espaciales responden a acciones colectivas que definen la movilidad residencial de cierto grupo social, su concentración o dispersión. También revelan la circulación de bienes y comunicaciones, por lo cual se establecen relaciones entre “los componentes políticos, económicos, ideológicos y geográficos de un sistema que tiende a territorializarse” (Lorda, 2008, p. 94). A su vez, las trayectorias migratorias permiten conocer la secuencia de los cambios residenciales, por lo que pueden entenderse como cartografías de vida que visibilizan parte de la historia migratoria en el destino. Se trazan desde el encuentro con los otros e interpelan valores y afectos. Según García Almiral y Frizzera (2008):

La trayectoria residencial de un inmigrante es un flujo en el que interactúan el inmigrante (con su estrategia, su capital humano, su idioma, su religión) y el contexto urbano que lo acoge (con su estratificación, su mercado de vivienda y redes sociales con una percepción determinada del fenómeno migratorio). Al decir que es un flujo, pretendemos indicar que entendemos la trayectoria residencial de un inmigrante como un proceso que se re-alimenta y se autotransforma de manera constante, debido al propio dinamismo que caracteriza a la relación entre el fenómeno migratorio y la ciudad (p. 43).

Por tanto, en cada trayectoria se ponen de manifiesto los atributos del barrio elegido, atravesados por la temporalidad. En virtud de ello, las trayectorias suelen caracterizarse por localizaciones o relocalizaciones sucesivas hasta lograr el anclaje, entendido como espacio de pertenencia, construido desde las prácticas cotidianas y cargado de significados; es decir, es el lugar del cual “se parte” y al cual “se llega” o “un generador de movimientos hacia otros territorios” (Lazo y Calderón, 2014, p. 124).

En las estrategias, los imaginarios intervienen como “guías de acción” (Hiernaux, 2007, p. 20), dan cuenta de acciones directas sobre el territorio, o bien en términos discursivos (Lapenda, 2022), y se implementan según las ventajas que ofrece el espacio para llevar a cabo un objetivo. Pueden relacionarse con el acceso a la vivienda, con la inserción laboral, con la integración social o el fortalecimiento de una identidad. Como subtipo, las estrategias residenciales están supeditadas a los recursos económicos y espaciales disponibles, a las posibilidades de movilidad desde el barrio, a las relaciones sociales que colaboran con el asentamiento y, asimismo, a las normas públicas. En cierta forma, se desarrollan en un campo de fuerzas entre diversos actores.

Las prácticas sociales son reestructuradas a partir de las estrategias. Se las concibe como acciones cotidianas sustanciadas por las afectividades, la memoria, la experiencia, los vínculos sociales y los significados puestos en juego en el uso del espacio. Generan espacialidades diferentes que, de forma colectiva y repetitiva, influyen en la configuración de lugares (Di Meo, 1999). Entonces, “la ciudad se puede estudiar a partir del análisis de las prácticas del actor territorializado en sus múltiples puestas en escena” (Lindón, 2009, p. 12).

Por otra parte, con su existencia anclada, en parte, en el país de origen y otro tanto en el aquí y ahora, estos actores realimentan un campo migratorio transnacional, a partir de sus comunicaciones, remesas, movilidad de personas, etc. Es decir, este se caracteriza por “un conjunto de múltiples redes entrelazadas de relaciones sociales, a través de las cuales se intercambian de manera desigual, se organizan y se transforman las ideas, las prácticas y los recursos” (Levitt y Glick Schiller, 2004, p. 66).

Lo antedicho enlaza con la visibilidad de la migración peruana en ciertos barrios del AMBA, principalmente desde los años noventa. En Villa Celina, su presencia fue más tardía y refiere al arribo de los flujos de comienzos del siglo xxi.

La mencionada ciudad pertenece al partido de La Matanza y surge como tal en 2013 (Ley N.° 14536/2013 y Ordenanza N.° 23145/2013), luego de su separación de Villa Madero, diez años antes (Ordenanza N.° 13052). Su territorio quedó demarcado por la Autopista Pablo Ricchieri, la avenida Boulogne Sur Mer, la rectificación del río Matanza-Riachuelo y la Avenida General Paz.

En 2010, la población en Villa Madero (incluía Villa Celina) fue de 132.905 habitantes. Entre los extranjeros destacaban los/las bolivianos/as (15.199), con casi un tercio del total residente en el partido y los/las peruanos/as, que representaban cerca del 40 % (3134). Es decir, este último aporte inmigratorio se posicionaba como el segundo flujo en un área caracterizada por la configuración de geografías andinas.

Geografías migrantes de la cotidianeidad

Nos referimos, en este apartado, a las geografías migrantes en Villa Celina, entendidas como el espacio de configuración diaria (en un continuum) a partir de los lugares residenciales y laborales de la población extranjera, dinamizado por sus diálogos, movilidades, prácticas sociales e intercambios. A la vez, se trata de un área de escasa pendiente, expuesta al régimen y problemática ambiental de la cuenca Matanza-Riachuelo.

Las primeras familias bolivianas llegaron a Villa Celina durante los años 40 del siglo xx, cuando las políticas de erradicación de villas en la ciudad de Buenos Aires, más los sucesivos loteos en el partido de La Matanza, propiciaron la construcción de sus lugares residenciales. En su mayoría, eran oriundas de Cochabamba y Chuquisaca. En tanto, la migración peruana arribó en a partir de 2010, principalmente desde los departamentos de Lima, La Libertad y Áncash. Al igual que el colectivo boliviano, se asentó en los barrios 17 de Noviembre, Las Achiras, Juan Manuel de Rosas y Cooperativas, principalmente entre la avenida Boulogne Sur Mer y el Camino de la Ribera del río Matanza-Riachuelo (Tapiales) y la Autopista General Ricchieri y la Avenida General Paz.

Las trayectorias migratorias residenciales evidenciaron que más de la mitad de los/las peruanos/as entrevistados/as arribaron de la mano de familiares o connacionales. Tuvieron primeras localizaciones en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), preferentemente en los barrios de Flores, La Boca, Nueva Pompeya, Villa Lugano y Belgrano, mientras otros optaron por la localidad de La Tablada (que limita con Villa Madero y Tapiales), correspondiente al partido de La Matanza. Luego, se relocalizaron con permanencia en Villa Celina. Así lo refiere una de las entrevistadas:

Cuando llegué me asenté en el barrio de Belgrano. Creo que fui una de las primeras que vivíamos en el barrio de Belgrano, en Amenábar y Olazábal, había unos hoteles que existen hasta ahora, hoteles familiares; cuando llegabas ahí te quedabas. Ahí vine a vivir con mi prima y después me fui a vivir con mi hermano. En Belgrano estuve desde el 93 hasta el 2004 […] es que es una ciudad muy pesada en lo económico. De ahí me fui a Congreso, pero ahí me fui sola, dos años, en la calle México […]. Cuando tuve a mi hijo, mi hermano trabajaba en un supermercado chino en Del Barco y Centenera, y Riestra. Como el viaje se hacía muy largo hasta Belgrano, me dijo: vámonos para Flores, ya no me alcanza el tiempo para venir. Qué tal si nos vamos para allá, que nos cobran menos, en el Bajo Flores. Después de tres años vine a Celina, porque mi hermano, con quien sacamos la microempresa, tiene su negocio en La Salada. (Agustina, comunicación personal, 26 de noviembre de 2018).

Las lógicas espaciales revelan una concentración en el Barrio Cooperativas, donde los migrantes bolivianos y peruanos, guiados por sus imaginarios, “traducen las lógicas espacio-temporales de los contextos socioculturales del origen, que dan forma a las estructuras materiales” (Lapenda, 2022, p. 294). Prevalecen las casas bajas, algunas de poca altura, y generalmente sin revoques. El paisaje aparece como “matriz e impronta” de su cultura (Claval, 1999, p. 34) y por tanto ese sector de la ciudad deja de ser un espacio anónimo, o hasta peligroso, para convertirse en el espacio de las prácticas y la convivencia, construido desde la memoria. En el juego de reciprocidades con el entorno, los migrantes se expresan a sí mismos al modelar el espacio y, al mismo tiempo, son interpelados por sus estructuras y sus marcas (Lindón, 2009), que se tornan en referencia de pertenencia, de su historia y de sus afectividades. Todo ello anima el devenir cotidiano.

La estrategia residencial se basa en la cercanía con la Ciudad de Buenos Aires, debido a la diversidad de servicios. También, en la proximidad al lugar de trabajo, en el alquiler de una vivienda, más asequible, o en la posibilidad de convertirse en propietario. No obstante, la presencia de connacionales suele ser uno de los fundamentos principales que direccionan la elección del barrio, pues “si bien cada grupo migrante se compone de una serie de segmentos heterogéneos y muchas veces conflictivos unos con otros, estos se reagrupan simbólicamente por el sentido de comunidad étnica que adopta un carácter de pertenencia más allá de sus particularismos” (Sassone y Mera, 2007, p. 2).

Por otra parte, podría decirse que Villa Celina está favorecida por la cercanía con la Avenida General Paz, que tiene garantizada la movilidad hacia la ciudad central del AMBA y otras jurisdicciones del aglomerado, como también hacia uno de los centros de venta mayorista de esa metrópolis, como es el Mercado Central de Buenos Aires.

A la vez, la existencia de talleres textiles clandestinos en la mencionada jurisdicción, montados previamente por los/las migrantes bolivianos/as, suele ser una posibilidad de ocupación, aunque sea en condición de aprendiz. Ocurre que

Las localidades suburbanas suelen ser el ámbito de trabajo de la producción textil (pues es menor el costo inmobiliario para armar un taller en condiciones irregulares), y la ciudad de Buenos Aires, el de fabricación y comercialización de lo producido. El circuito origina un flujo de productos, desde los barrios más pobres, asentamientos o villas de emergencia –preferentemente, del oeste y sur del Área Metropolitana de Buenos Aires– a comercios de la ciudad capital (Lapenda, 2020, p. 134).

Las prendas confeccionadas en Villa Celina son comercializadas por empresas transnacionales, o bien por migrantes en la Feria La Salada (partido de Lomas de Zamora), un espacio de venta informal, inaugurado por familias bolivianas en 1991. Es por ello que Gago (2012) señala: “La Salada es migrante […] muchas mercancías arriban desde distintos lugares del planeta” (p. 64).

Entonces, el barrio alimenta un circuito de intercambios que conecta diferentes territorios a nivel multiescalar: las comunicaciones, los envíos de mercaderías y las remesas configuran el campo transnacional migratorio. La vida cotidiana se desarrolla desde el sentido colectivo de un espacio apropiado, marcado por los signos y referencias del país de origen (el “allá”) y el país de destino (el “aquí”), en un doble juego en el que las identidades se conjugan o mixturan, durante el desarrollo de las prácticas del presente. Todo ello es motor de su existencia y la carga de sentido. Entonces, la elección de esta ciudad para la residencia se asocia a la idea de “utilidad del lugar” (Brown y Moore, 1971).

Por otra parte, ocurre que en el sector habitado por los/las migrantes la ciudad muestra un trazado urbano irregular, con algunas calles sin asfaltar y escaso saneamiento. Asimismo, el área está afectada por inundaciones periódicas a causa de sudestadas (recién, en 2021, se ha presentado el proyecto “Desagües pluviales urbanos de Villa Celina”, basado en la Resolución OPDS N.° 492), a fin de lograr el mejoramiento del área. A ello se suma la existencia de basurales y la reproducción de roedores, además de elementos contaminantes en las riberas (cadmio, arsénico, cobre, cromo, plomo y tolueno). Con los efluentes industriales, la contaminación se acentúa por la carencia de cloacas (Jäger et al., 2021). Tal como afirman Castilla, Canevaro y López (2021) en su trabajo sobre migraciones en la cuenca del río Reconquista, “en los barrios pobres, marginales o vulnerables los riesgos no pueden pensarse por fuera de las constricciones cotidianas a las que se enfrentan las personas y a las estrategias que movilizan para contrarrestarlas” (p. 45).

Pese a todo, las migraciones boliviana y peruana territorializan en Villa Celina y dejan ver cómo en sus prácticas sociales cotidianas revelan la emergencia de su cultura. En los alrededores de las calles Olavarría y Franklin D. Roosevelt, el paisaje es coloreado por las insignias nacionales, la bandera wiphala (propia del pueblo aimara-qhishwa), los símbolos, topónimos y frases que evidencian la territorialización boliviana-peruana. Las calles ocupadas por comercios, puestos y ferias ambulantes traen los aromas de condimentos y alimentos del origen. También gurúes, curanderos o chamanes dan un servicio para la “buena fortuna”, la recomposición de relaciones sociales y la sanidad (Escobar Basavilbaso y Lapenda, 2018). Bajo el despliegue de aguayos, artesanías, objetos para rituales y tonadas, el barrio cobra la imagen de una ciudad andina. Entonces, el paisaje posibilita acceder a los significados que sus habitantes otorgan al espacio y se convierte en referencia identitaria. Por ello, “ni el lugar en el que estamos, ni el tiempo en el que ello acontece, resulta neutro para nuestras acciones y para nuestro ser en el mundo” (Lindón, 2011, p. 11).

En este sentido, en el espacio de la cotidianeidad destacan los que hemos denominado “lugares de la identidad”. Son aquellos que, visiblemente, exponen elementos culturales y donde las prácticas sociales remiten a un cierto colectivo. Tienen la particularidad de despertar las emociones, la memoria y la experiencia de establecer lazos con la patria de origen. A su vez, reproducen en cada práctica el sentimiento de unidad a un pueblo, otorgan protección y resignifican el hacer del presente. Al nutrirse del campo migratorio transnacional, no quedan aislados y actualizan, en forma colectiva, una identidad. En este capítulo, nos referimos a los restaurantes y a las prácticas devocionales.

Lugares de la identidad peruana

Las estrategias laborales de la migración peruana se valieron de los locales y puestos callejeros bolivianos en el área, que potencian la cultura andina y crean un espacio visible con productos (alimentos, bebidas) y marcas del origen, caracterizado por los topónimos e imágenes regionales, que configuran un paisaje identificable y familiar para estos extranjeros. A la vez, el desarrollo del espacio comercial en Villa Celina es favorecido por la proximidad con el Mercado Central de Buenos Aires y el denominado “mercado andino”, en el barrio de Liniers, entendidos de ese modo como nodos de una red que dinamiza un circuito de productos específicos. Al igual que en La Matanza, en este último “abundan colores y olores que reproducen […] la relación no solo cultural sino también religiosa con la tierra de origen. Los recursos culinarios son aquí estrategias culturales generadoras de cohesión que se traducen en prácticas socioespaciales” (Ciocoletto, 2019, p. 9).

Para los peruanos y peruanas, lo aprendido en su país suele ser valorado como un recurso económico y de inserción en la sociedad nativa. Entre las prácticas sociales destacan las que se fundan en el saber culinario, el cual es internalizado en el seno del hogar, sustanciado por las recetas familiares, las técnicas y los afectos. Así, la “venta por pedido” se torna en estrategia familiar para sostenerse en el destino, principalmente hasta lograr la residencia definitiva. En algunos casos, “cocinar ‘para afuera’ suele ser redituable para quienes no cuentan con un capital económico considerable que les posibilite abrir un local comercial” (Lapenda, 2022, p. 319); entonces, los avisos en las viviendas “llaman” a los clientes e invocan a la ciudad de origen: “Menú completo. Chimbote-Trujillo, ¡Qué viva Chiclayo!” (expresa un cartel en la pared de un domicilio particular).

La cocina peruana refiere a cada una de las regiones del país y a los aportes migratorios en diferentes etapas. Así, puede distinguirse la cocina de la costa (caracterizada por las carnes, pescados, aves), la de la sierra (caracterizada por maíz y variados tubérculos) y la de la selva (caracterizada por frutas, carne de cerdo, pescados de río). Entre los locales comerciales, en el área central del barrio (Figura 1) se distinguen los huariques, pequeños restaurantes que, fieles a las tradiciones peruanas, apuntan a satisfacer a los connacionales con menús tradicionales.

Figura 1. Villa Celina. Lugares peruanos

Fuente: elaboración propia sobre la base de Lapenda (2022).

Esos restaurantes especializados en las cocinas regionales y de ciertas ciudades del Perú (los arequipeños, los trujillanos) constituyen ámbitos de memoria y vitalización identitaria. Así lo expresa un propietario entrevistado:

Esto es un haurique, es algo que nadie conoce. En Perú hay muchos lugares de esos. Hay casas de señoras que cocinan en su casa y que están así, con una puertita por la que pasas y no sabes que venden comida. Eso es el huarique, viene de boca a boca. Tengo un haurique, un hueco, donde venden un rico ceviche. Tenemos clientes de Tigre, de Olivos, de La Pata, que vienen con su familia; de San Martín. Vienen por la decoración, por el tipo de platos que tenemos. La mayoría son familias peruanas, aunque también nos sigue una familia de argentinos, que trajo una familia peruana. Se fueron contentos, porque compramos los productos netamente peruanos. Usamos el ají amarillo, la leche de Gloria. (Vladimir, comunicación personal, 12 de abril de 2018).

Entendemos que en esos rinconcitos o espacios escondidos (así su definición) se evoca el pasado para continuar en el presente. Con platos abundantes y menús de estilo “casero”, la cocina convoca a las familias y se torna en relato, afecto, alegría y reunión. En tales emprendimientos, todo el núcleo familiar se compromete; el sentido es volver a las raíces y construir en un pequeño local la experiencia del hogar. En definitiva, “la estrategia comercial revierte en identitaria, al rescatar las tradiciones de las ciudades de origen –como Trujillo, Chimbote, Lima o Arequipa−, de donde proceden quienes gestionan estos comercios y también parte de su clientela” (Lapenda, 2022, p. 325). Entonces, la implantación de restaurantes muestra una cultura en reproducción, resignificada en las prácticas asociadas a la gastronomía.

Por otra parte, la migración encuentra en las prácticas religiosas parte de su fortaleza para permanecer en el destino, pues la acción colectiva les posibilita hacer frente a la añoranza y a la discriminación. En este sentido, expresa Ameigeiras (2022a) que los “procesos de exclusión social y de marginalidad urbana incrementan la relevancia de lo religioso en contextos de fragmentación y marcada vulnerabilidad social” (p. 10). Mediante acciones rituales, los devotos hacen consciente su vivencia como pueblo, pues a través de signos, imágenes, melodías, oraciones y el compartir los alimentos expresan su relación con la trascendencia y la unidad con sus connacionales.

La devoción al Señor de los Milagros es una de las más antiguas y significativas del Perú. Su inicio se remonta a los tres terremotos que sacudieron a las ciudades de Lima y el Callao entre 1655 y 1746, en los que la imagen de Cristo crucificado, pintada por un cofrade angoleño sobre una pared de adobe, no sufrió daño alguno. Desde los años 2000, el culto se extiende a más de 260 ciudades en el mundo, de la mano de los peruanos y peruanas. Ello origina un campo migratorio transnacional que se densifica y carga de sentido, “alimentado por las experiencias de los migrantes y las geografías de varias ciudades del globo; así, se genera un territorio multiescalar de identidades compartidas” (Lapenda, 2022, p. 355).

En la Argentina, la celebración al Cristo de los Temblores (otra de sus denominaciones) lleva más de treinta años y también representa una de las expresiones de la peruanidad más importantes. En el AMBA, la celebración central se realiza en la Basílica de la Piedad del Monte Calvario (barrio de San Nicolás, ciudad de Buenos Aires), y a medida que la migración se relocaliza hacia otras jurisdicciones, la lleva consigo. Así, el mes de octubre instala un tiempo preferencial en el espacio público, que configura un paisaje religioso con tonalidades moradas (tales son los atuendos de los integrantes de la hermandad respectiva).

La jornada principal se desarrolla alrededor del día 28, después de una novena. Inicia con una misa y, finalizada esta, los fieles salen en procesión por las calles de la ciudad, revestidas con imágenes y engalanadas con guirnaldas. La marcha cobra sentido con las oraciones y los cánticos que expresan súplicas y agradecimientos. El espacio se territorializa y pasa a ser anclaje, aun en un tiempo efímero.

En Villa Celina esta práctica se realiza en el barrio José Hernández, próximo a la Feria La Salada. La Capilla Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa es el centro de la celebración, desde la cual los migrantes iniciaron su primera procesión en 2016. Durante esos días, el Club Oasis (calle Enrique Larreta 1200) oficia como centro de reunión de los fieles; allí comparten alimentos y expresan su alegría con danzas típicas (marineras, huaynos), al finalizar la jornada.

Por tanto, el territorio evoca a un pueblo que camina, también en el presente; es aglutinante, establece lazos entre varios destinos y remite a una territorialidad consciente y planificada. Ocurre “un proceso de ‘sacralización’ […]. Un tiempo en el cual se produce una cierta ruptura de la cotidianeidad del espacio territorial para situar un acontecimiento que transforma el barrio, la cuadra o la plaza” (Ameigeiras, 2022b, p. 38). A la vez, el campo migratorio transnacional es nutrido por las comunicaciones, relatos, fotografías y videos de la fiesta. El territorio se muestra multiescalar y es expresión identitaria.

Territorios virtuales y transnacionalismo

Entre los diferentes procesos que construyen el campo migratorio transnacional, se revelan territorializaciones de distintos colectivos en la web, que podrían definirse como territorios virtuales. Entendemos que las redes sociales en las que participan los diferentes actores migrantes (sujetos, asociaciones, medios de comunicación) dejan ver una interacción creciente entre estos, que vivifica su identidad, la actualiza y reconfigura, como así también fortalece la permanencia e integración de los connacionales en los distintos países de destino.

Según Di Méo en Calderón Bony y Odgers Ortiz (2014), “el territorio abstracto, ideal, vivido y percibido más que visualmente localizado o circunscrito […] engloba lugares que se singularizan, en su diferencia, por su valor de uso” (p. 102). Entonces, ante la pregunta sobre la conformación de territorios virtuales, coincidimos con Haesbaert en que los geógrafos no adscriben únicamente a un territorio simbólico, sin materialidad; más bien convendría hablar de territorialidad, de “un campo de representaciones territoriales” (Haesbaert, 2013, p. 27). En este sentido, el uso del espacio de la internet revelaría la construcción de territorios que, junto con los territorios físicos, dan cuenta de la presencia migrante en el mundo. Estos actores, a través de sus lógicas, estrategias y prácticas muestran que la apropiación territorial es un proceso inacabado, nunca cerrado y a la vez dinámico. Es decir, tal como en el espacio material se construyen territorios, mediante el uso de las redes sociales el grupo migrante distingue un espacio propio, construido por las afectividades, significados y expresión de su cultura. Las lógicas espaciales de concentración se advierten en los nodos que sostienen la trama de flujos; las estrategias por las intencionalidades expresadas en el hecho de comunicar; las prácticas son develadas en la circulación de mensajes, imágenes, videos. En los relatos se describen tiempos, pasos por seguir, tradiciones, imaginarios; es decir, una apropiación específica fundada en la memoria, cargada de acciones y significados. Por tanto, el territorio

… es el resultado de la representación, construcción y apropiación que del mismo realizan dichos grupos, así como de las relaciones que lo impactan en una simbiosis dialéctica en la cual tanto el territorio como el grupo humano se transforman en el recorrido histórico (Sosa-Velásquez, 2012, p. 7).

Es precisamente en la trama de las redes donde puede “seguirse” parte de la historia de cierto colectivo, que se manifiesta por la enunciación de acontecimientos, por las palabras de júbilo o desagrado, por sus peticiones o reclamos, por sus narraciones, etcétera.

De este modo, Villa Celina queda integrada a otras ciudades con migrantes en el mundo y a los connacionales en el Perú. La presencia peruana deja de mostrarse atomizada, dispersa, para revelarse como un colectivo que se moviliza, da cuenta de un proceso y actúa en geografías variadas. Asimismo, muestra sus diferentes perfiles y las realidades sociales que lo atraviesan; entre ellas, publicitan sus restaurantes, venden sus producciones, celebran o ruegan a Dios.

Por tanto, el campo migratorio transnacional está sustanciado por los territorios virtuales, los cuales se nutren desde la multiescalaridad que proporciona una mayor cooperación entre lugares, la difusión de realidades, problemáticas y necesidades. Los/las migrantes conectados y activos a través de la red muestran que su presencia no es solo física, sino que se efectiviza, además, desde la virtualidad, lo cual les posibilita “estar aquí y allá participando de la comunidad de origen y de destino” (Melella, 2016, p. 153), al mismo tiempo.

Reflexiones finales

La migración peruana logra la apropiación territorial en Villa Celina a partir de las lógicas espaciales, estrategias y prácticas sociales, mediante las cuales reedita la cultura e historias regionales y consolida su presencia en el destino. En esa localidad, establece su anclaje más definitivo en proximidad con la migración boliviana, que se torna en fortaleza para la construcción de sus lugares y donde las marcas de lo andino se reproducen en ese espacio urbano, que oficia como reducto de territorialidades compartidas.

De este modo, su cotidianeidad en el barrio cobra sentido de pertenencia. En el devenir diario se produce el acople entre el origen y el destino, y el campo migratorio transnacional se expresa como producto de una dinámica de vínculos e intercambios que permiten visibilizar la configuración de territorios virtuales.

Ello posibilitaría un nuevo enfoque en el estudio de las migraciones, las cuales manifiestan su accionar a través de las redes, con mayor o menor intensidad, a la vez que potencian sus estrategias y prácticas cotidianas. Tales territorios constituyen un ámbito de apropiación, marcado por ideas e imágenes que van cubriendo el espacio en la web, y de esta manera se visibilizan configuraciones diferentes, identificadas por la cultura y grado de representación. Entonces, la apropiación territorial de los actores-migrantes peruanos, mediada por la construcción identitaria, permite reconocer que esta se vivencia desde la multiescalaridad. Sus lugares adquieren valor de arraigo: son significativos y expresan la emergencia de la migración peruana en Villa Celina. No obstante, entendemos que en esa ciudad su cotidianeidad se construye bajo tensión, desde un juego de poder entre diferentes actores, en contexto de vulnerabilidad y de sufrimiento ambiental (Auyero y Swistun, 2007).

Ese territorio peruano-boliviano revela una fragmentación urbana visibilizada en sus lugares residenciales, con escaso saneamiento y ligada a la discriminación de los colectivos de extranjeros en el área que, sin embargo, alzan su voz a través de sus prácticas.

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