La participación comunitaria de distintas generaciones de mujeres migrantes
en el Área Reconquista de San Martín
Natalia Gavazzo y Débora Gerbaudo Suárez
Introducción
Basándonos en una investigación de acción participativa realizada entre 2019 y 2022, en este capítulo proponemos analizar desde una perspectiva interseccional los modos de habitar barrios populares y segregados de la ciudad por parte de mujeres migrantes de distintas generaciones (incluidas las jóvenes que migraron a temprana edad y las que nacieron en el Gran Buenos Aires). El objetivo será comprender cómo la creación de este espacio urbano –definido como construcción compleja de representaciones, relaciones y lugares– se conjuga con otras dimensiones como el origen étnico, la clase, la edad y el género, configurando desiguales modos de acceder a la ciudad y de construir un hábitat a través de la participación en organizaciones comunitarias, específicamente mediante el trabajo de cuidados que realizan las mujeres.
Partimos de que, a pesar de la diversidad cultural del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), en los relatos sobre su origen y el imaginario urbano predominan los aportes de colectividades europeas. Algo similar a lo que ocurre con las villas, que figuran poco y nada en la historia “oficial” construida en los archivos que recuperan la historia de la ciudad (Mantiñan, 2018). Así, “migrantes” (tanto internos de las provincias como de la región latinoamericana) y “villas” fueron asociados con la “marginalidad” en un territorio que fue “conurbanizado”, ya que durante décadas se reprodujeron y sedimentaron ciertas imágenes, sentidos, paisajes y geografías que asociaban el Gran Buenos Aires (GBA) con el delito, la contaminación, la pobreza y el clientelismo, entre otros (Segura, 2015), en contraposición con la Capital Federal (actualmente Ciudad Autónoma de Buenos Aires o CABA) como el espacio urbano “blanco”, “europeo” y “civilizado” que merecía la pena mostrar al mundo. En este escenario, aunque la migración latinoamericana ha cobrado poca visibilidad en el relato identitario de la ciudad, estos flujos migratorios, además de contribuir a los procesos de urbanización y creación de barrios populares propios de las dinámicas del conurbano bonaerense, son la base de la organización comunitaria que extiende las redes migrantes a otras poblaciones de bajos recursos que habitan territorios periféricos como el que aquí analizaremos.
Cabe destacar que la cuenca del río Reconquista, que abarca numerosos municipios del noroeste y norte del Gran Buenos Aires, ha sido poblada a lo largo de las últimas siete décadas por distintas corrientes migratorias. En el municipio de San Martín, el territorio denominado Área Reconquista (AR) abarca unos trece barrios en los que se ubica un entramado de organizaciones en el que las mujeres ocupan un lugar destacado como líderes y cuidadoras de sus familias, comunidades e incluso del ambiente, función central en un territorio en el cual la salud se ve afectada por la contaminación del río y el basural a cielo abierto de la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado(CEAMSE) y por la falta de acceso a derechos básicos. La mayoría de sus habitantes –más de 100.000 personas– llegaron a la zona y participaron de ocupaciones de tierras o compraron el lote a vecinxs o familiares. Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares (2.° trimestre de 2018), en el Área Reconquista vive el 23,6 % de la población total del Partido de General San Martin, que era de 414.196 habitantes para el año 2010 (Censo Nacional de Población). A partir del relleno y la elevación del suelo, construyeron sus viviendas y urbanizaron de manera informal el territorio, que combinaron con prácticas que implican diversas movilidades dentro y fuera del espacio barrial para mitigar la exclusión (Segura, 2006).
Una encuesta que realizamos en un sector del área (EAR, 2020) arrojó que el 61 % de sus residentes son migrantes internacionales, en su mayoría provenientes del Paraguay, con una mayor presencia de mujeres en este colectivo, y también de otros países limítrofes como Bolivia y el Perú. Entre los motivos para migrar, se destacan aquellos asociados a problemas ambientales en el lugar de origen, tales como calor extremo, sequías, escasez de agua o inundaciones. La encuesta también señaló que allí viven migrantes del litoral y el norte argentino (principalmente de Chaco, Formosa y Misiones), quienes llegaron sobre todo en los años 80 debido a una serie de inundaciones. Dichas migraciones son mayormente de origen rural, y coinciden con un período de agotamiento de los recursos del campo, con un cambio en el modelo agroproductivo que se ve afectado por variaciones en las lógicas de mercado, así como también por cuestiones climáticas que llevan a grandes pérdidas económicas y a un empobrecimiento del sector.
Retomando un conjunto de testimonios recopilados en entrevistas en profundidad y observaciones participantes, reconstruiremos primero la historia de urbanización de los barrios en el Área Reconquista abordando los modos generacionales de habitar de las familias migrantes en función de su acceso a la tierra y la vivienda. Luego, retomaremos la experiencia de madres e hijas desde las desigualdades de género y generacionales que las atraviesan en el habitar, pero también en torno a las alianzas que tejen a través del activismo para enfrentarlas. Finalmente, esbozaremos algunas conclusiones sobre el rol de la migración en la creación del conurbano bonaerense y sobre la necesidad de un análisis interseccional que contemple la complejidad de las desigualdades que atraviesan a las mujeres en su acceso a la ciudad para comprender la magnitud de su aporte como cuidadoras.
Acceder y habitar el Área Reconquista: las migraciones a través de las generaciones
Tal como analizamos en estudios previos (Gavazzo et al., 2020), la urbanización del AR fue posible gracias al trabajo de familias migrantes que llegaron a través de redes de parientes y conocidos que ya se habían asentado en el lugar y que les facilitaron vivienda, trabajo e información esencial para su integración a la vida en el conurbano bonaerense. Así se fueron conformando los distintos barrios que integran esta región, adquiriendo características de los lugares de orígenes de las poblaciones que los habitan (como “el barrio de los paraguayos” o “la feria de los bolivianos”, entre otros).
Los barrios más antiguos se formaron entre los años 1950 y 1960 en el marco del modelo de industrialización por sustitución de importaciones donde muchas industrias se trasladaron de la capital al conurbano buscando espacios más amplios para producir. San Martín, al igual que otros partidos, tenía una ubicación privilegiada para la instalación de fábricas por su cercanía al centro, su acceso a redes de transporte y comunicación (Raspall Galli et al., 2013), mientras que la zona se completaba con terrenos bajos e inundables inhabitados por las crecidas del río. Los barrios fueron planificados y ocupados por trabajadorxs del ferrocarril (líneas Mitre y Belgrano) o de las múltiples fábricas textiles y metalúrgicas del municipio, provenientes tanto de la Argentina como de Italia y España, que accedían a la vivienda a través del loteo a precios económicos.
En los años 1970 y 1980, con la crisis del modelo económico sobrevino un proceso de desindustrialización que afectó fuertemente al municipio. Ello derivó en el desempleo y la pauperización de los antiguos barrios obreros, a los que se sumó la instalación de villas y asentamientos que crecieron de manera constante en sus márgenes (Grinberg, 2009; Mantiñan, 2018). Esto se dio en paralelo a una serie de transformaciones urbanas que modificaron las características ambientales de la zona y su patrón de ocupación. En 1972, la construcción de la presa Ingeniero Roggero aguas arriba reguló el caudal del río Reconquista controlando la disminución de grandes inundaciones. Además, diversas políticas urbanas de la última dictadura (1976-1983) –como la construcción de autopistas (en nuestro caso el Camino del Buen Ayre), la creación del CEAMSE y el proceso de erradicación de villas en la CABA– reestructuraron la ciudad, alentando la ocupación del AR, con rellenos sanitarios y luego con villas y asentamientos informales (Silvestri y Williams, 2016, p. 17).
Finalmente, entre los años 1990 y 2000, con la profundización del neoliberalismo y la crisis económica, los terrenos vacantes de la costa del río fueron poblados por las poblaciones migrantes latinoamericanas e internas con las que hicimos el trabajo de campo. Sus barrios se construyeron sobre suelos de basura que, con el tiempo y a medida que aumentaba la población, sirvieron para el relleno y la edificación. Así, fueron ganando espacio a la laguna y los arroyos aledaños del río. Tal como recordaba Margarita, antigua vecina del AR, nacida en la provincia de Córdoba y fundadora de la asociación de mujeres La Colmena del barrio de Villa Hidalgo, “acá no solo creció el relleno sanitario sino también nuestros barrios”.
Esta reconstrucción de la historia urbana del AR se conjuga con las diversas experiencias de las poblaciones migrantes que la habitan y que pueden ser comprendidas a partir de diversos sentidos del concepto de generación, por ejemplo, en términos genealógicos, etarios y sociopolíticos (Gavazzo, 2012). Al respecto del primer sentido, observamos que en esta zona conviven ya entre dos y cuatro generaciones de habitantes, desde lo que se denomina “primera generación” (abuelxs, madres, padres) y sus distintos descendientes (hijxs, nietxs, biznietxs). En el segundo sentido, hay distintas generaciones etarias dentro de las cuales nos centramos en las mujeres migrantes que lideran organizaciones, que tienen 40-50 años de edad y que migraron a la zona hace ya más de veinte años para emplearse en el trabajo doméstico y enviar remesas. Dentro de esa misma franja etaria, algunas vivieron previamente en otras provincias argentinas o localidades del conurbano y luego se instalaron en el AR, por lo que también podemos pensar en generaciones como unas tres o cuatro oleadas migratorias que coinciden con distintos momentos de llegada a los barrios. Asimismo, algunxs hijxs de esas mujeres que nacieron en el AR forman parte de una misma generación etaria con otrxs jóvenes, de entre 20-30 años, que migraron de niñxs o llegaron directamente a estos barrios para reunificarse con sus madres, quienes ya se encontraban trabajando en el país y consiguieron afianzar un hogar (en general, en las tomas de tierras) para traerlxs (formando entonces parte de una generación migratoria junto con personas de distintas edades).
Entonces, es posible entender una experiencia generacional del habitar en esta zona desde una dimensión sociopolítica que atiende al contexto específico en que un grupo de personas se desplaza y asienta en un mismo lugar. Como señalamos en otro estudio (Gavazzo et al., 2020), existen desigualdades entre las mujeres migrantes en función de los distintos momentos de llegada a los barrios, ya que algunas familias prosperaron gracias a la transmisión de saberes entre distintas generaciones migratorias y de llegada al barrio independientemente de las redes del lugar de origen en el destino. Por ejemplo, Juana, argentina de 53 años e hija de migrantes de Bolivia, recuerda que italianxs o españolxs asentados en barrios más antiguos le enseñaron a su familia a vivir del cultivo y la cría de gallinas para ahorrar dinero y acelerar la construcción de su casa. Ello les permitió comprar el terreno y formar parte de la clase trabajadora reconocida hoy “del otro lado de la frontera” urbana y simbólica que –dentro del AR– separa el “barrio” de la “villa”. En contraste, otras familias fueron las últimas en llegar al barrio y se asentaron a través de la toma de tierras, con el afán de limpiar el terreno para edificar en un área mucho más urbanizada de lo que era décadas atrás donde ya no se cultiva, sino que se recicla. Al ser uno de los flujos que más crecieron en épocas recientes en el AR, mujeres y hombres de estas familias se insertaron en el empleo doméstico y en la construcción respectivamente, siguiendo el destino común de los nichos laborales de estos migrantes en Buenos Aires (Bruno, 2011; Del Águila, 2014).
De esta manera, las diferencias entre “lxs recién llegadxs” o “lxs más antiguxs” en el barrio ubican a las personas en posiciones desiguales para construirse un camino de ascenso y pertenencia simbólica a la clase en este contexto. Siguiendo el modelo de relaciones de poder de Elías, podríamos decir que hay una generación de establecidos y otra de outsiders entre quienes habitan los barrios del AR. Aunque se trata de familias de la misma clase en términos socioeconómicos y de una zona que es considerada “marginal”, en la trama urbana de la ciudad (barrios populares del GBA) existen diferencias sociales y simbólicas que se visibilizan al conceptualizar la clase desde las categorías nativas en el territorio. Los procesos históricos de ocupación y la segregación espacial en esta zona del conurbano determinan desigualdades entre habitantes de diversas generaciones migratorias, entre quienes encuentran facilidades o dificultades en sus perspectivas de movilidad social de acuerdo a la situación general de los barrios del AR en el momento de su llegada y los capitales disponibles para la mejora en las condiciones de vida que van acumulando con el paso de los años.
Más allá de las diferencias, todas las generaciones comparten las desigualdades socioambientales que caracterizan a los barrios en el presente, de modos que muchxs migrantes corren la misma suerte que poblaciones nativas empobrecidas. Sin embargo, debido al estigma del “bolita” o del “paragua” (Gavazzo, 2012), también tienen otras desventajas para acceder a la ciudad, por ejemplo, a una vivienda, tales como carecer de una garantía propietaria o ingresos demostrables, estar en una situación documentaria irregular e incluso portar un acento extranjero que los vuelve motivo de sospecha y rechazo entre lxs arrendatarios (Gallinati y Gavazzo, 2011).
A pesar de esta exclusión de la ciudad, los y las migrantes participan activamente de los procesos de urbanización o de producción social del hábitat entendida como “todos aquellos procesos generadores de espacios habitables, componentes urbanos y viviendas que se realizan bajo el control de autoproductores y otros agentes sociales que operan sin fines de lucro” (Ortiz Flores, 2012, p. 73). Estos procesos se producen al margen de los mecanismos de mercado controlados por el sector privado y del Estado, tanto el ámbito rural como en el urbano, e incluyen desde la autoproducción individual espontánea de vivienda hasta la colectiva, con altos niveles de organización de lxs participantes.
En esta línea, estudios clásicos mostraron que gran parte de las ciudades en América Latina fueron autoconstruidas “a pulmón” con base en el trabajo comunitario de los sectores sociales de más escasos recursos, en general integrados por mujeres y por poblaciones de origen migrante del campo a la ciudad, dando forma a un hábitat popular urbano fragmentado y globalizado (Massolo, 1999). En la Argentina, las dinámicas de producción del hábitat no son particulares del AMBA sino que se asemejan a formas de acceso a la vivienda de migrantes observadas en las periferias de las principales ciudades del país, como Rosario (Granero, 2017), Córdoba (Magliano y Perissinotti, 2020), Mendoza (Insa, 2016) y Bariloche (Matossian, 2015), entre otros destinos.
En una reunión del grupo de mujeres, Gertrudis, migrante paraguaya y una de las vecinas más antiguas de Costa Esperanza, recordaba que su barrio “se creó de la mañana a la noche” cuando “llegaron como unas 200 personas que ocuparon y se hicieron la casa”. Esa fundación aparentemente espontánea fue sin embargo posible gracias a lógicas superpuestas de diversos actores en el espacio. Al respecto, el padre Adolfo, que es quien desde la parroquia del barrio organiza fiestas patronales de los lugares de origen de las migrantes, contaba que “esto lo fue haciendo la gente con un okey de los políticos, si no es imposible”. La aparición de actores que viven fuera del barrio pero que dieron el “visto bueno” para su ocupación refleja diversos intereses que configuraron el “hacer territorio” en el AR. Si, por un lado, la toma de tierras habla de un Estado ausente en la urbanización, este a la vez se hace presente con “políticos” que incentivan procesos de toma y ocupación de tierras por parte de viejos y nuevos habitantes.
En ese contexto, las familias que fueron llegando debieron no solo lidiar con la pobreza extrema, la falta de acceso a la vivienda y la inseguridad, sino también con las desigualdades ambientales propias de ese entorno, que en algunos casos utilizaron en su favor. Por ejemplo, María es una joven que llegó del Paraguay junto a su pareja y construyó su casa en Costa del Lago. Una tarde en su casa, nos mostraba las distintas etapas de construcción de su vivienda, que se reflejaban en el uso de los materiales (madera, chapa, cemento), y que edificó sobre una elevación del suelo ya que “acá no había casas, era una laguna con basural, entonces cuando vinimos había un señor que tenía que cargar, él rellena todo y vende. Vos tenés que pagar y te rellena todo el zanjón”. Así, construir y habitar el barrio siempre fue una tarea de impacto colectivo, en zonas donde la edificación en principio fue posible a través del relleno del suelo de modo autogestionado entre sus habitantes.
De tal modo, tramaron redes con sus connacionales, no solo con la construcción de sus casas sino también con otras tareas centrales para sostener la vida en ese hábitat urbano específico. Luego de la construcción había que generar una red de protección y cuidado de las viviendas por su irregularidad. Tomemos el caso de la familia González, proveniente del Paraguay, que llegó al Área Reconquista con la toma y ocupación de tierras en Costa Esperanza. Estela, la madre, recuerda que en ese entonces “la gente se unía y se quedaban todos para patrullar que no nos sacaran la casa”. Por su parte, está la familia Monges, encabezada por María, migrante paraguaya referente de un comedor y dos cooperativas, conocida en el barrio por su activismo. Zulma, una de sus hijas, nos contaba que “cortes de ruta, tuvimos mucho en la (autopista) Buen Ayre y en (la avenida) Márquez por la cuestión de servicios y del barrio”. Las protestas a las que aludía, como otras acciones de organización colectiva, fueron clave para garantizar el acceso a insumos básicos como el agua potable o el tendido eléctrico en esos lugares.
En este sentido, mediante el trabajo de campo, comprobamos lo que afirmó Harvey (2008): las poblaciones migrantes, junto a pobres, afroamericanos y mujeres, conforman la masa de trabajadores desposeídos de la ciudad neoliberal, donde la urbanización siempre ha permitido la expansión del capitalismo y el control del espacio para unos pocos privilegiados. En contraste, el derecho a la ciudad sería un derecho común antes que individual, que garantice no solo el acceso a los recursos urbanos sino “el ejercicio mismo de un poder colectivo para remodelar los procesos de urbanización” (Harvey, 2008, p. 23).
Con relación a estas poblaciones migrantes, el relleno del suelo, la construcción de casas y la demanda de servicios son actividades que implican el ejercicio del derecho a la ciudad. A través de la organización colectiva, las familias migrantes no solo construyeron sus viviendas y el barrio sino también su “lugar” como habitantes legítimos de una ciudad que las expulsa por su condición de pobreza y extranjeridad. En coincidencia con estudios sobre migrantes de origen sudamericano en las periferias urbanas de Córdoba, dichas familias se involucran activamente en la producción social del hábitat realizando acciones colectivas que transforman terrenos baldíos en barrios habitables y desarrollan en el proceso un trabajo político para garantizar su derecho a la ciudad (Magliano y Perissinotti, 2020).
A través de redes comunitarias, las familias migrantes no solo contribuyen con la urbanización del Área Reconquista, sino que son además la base de las organizaciones que reúnen a migrantes y a mujeres, convirtiéndolas en actores centrales en el desarrollo territorial, como veremos a continuación.
Crear la ciudad cuidadora: mujeres migrantes e hijas en la acción comunitaria
Como dijimos al inicio, el AR es una zona altamente organizada en diferentes iniciativas colectivas que muestran un entramado de redes comunitarias realmente diverso y extenso: desde cooperativas textiles y de reciclado, jardines y radios comunitarias hasta ferias de productos artesanales y recuperados/restaurados, bibliotecas y bachilleratos populares y asociaciones de migrantes de distintos orígenes. Gran parte de estas organizaciones territoriales está liderada por mujeres, muchas de ellas migrantes internas o de países vecinos. Por eso, es central atender a la variable de género como una primera forma de comprender los modos en que las mujeres de distintas generaciones enfrentan los desafíos de liderar sus comunidades para el acceso a derechos básicos propios de la ciudad.
Como veíamos en trabajos anteriores (Gavazzo, 2021; Gerbaudo Suárez, 2021), si bien las estrategias familiares de producción social del hábitat están atravesadas por la clase y el origen migratorio, también aparecen otras experiencias condicionadas por el género que derivan en modos particulares de habitar el barrio para las mujeres y sus hijas. Como veremos, las desigualdades de género hacen “menos habitable” el espacio barrial, lo cual se evidencia en casos de violencia doméstica o feminicidios, pero también en micromachismos en forma de comentarios y prejuicios sobre “mujeres solas” o “madres solteras”, la estigmatización de la sexualidad femenina asociada únicamente al rol reproductivo y la invisibilización del trabajo femenino en la construcción de viviendas e infraestructura urbana (espacios verdes, conexión eléctrica, saneamiento, entre otras tareas generalmente asociadas con “lo masculino”). De este modo, a las desigualdades ambientales y económicas de habitar estos barrios se les suman otras morales y simbólicas asociadas al género. Esta vulnerabilidad extra de las mujeres y niñas fue reflejada en numerosos estudios migratorios que, si bien fueron importantes como forma de denuncia de las desigualdades de género, terminaron victimizándolas. Como respuesta, otro discurso comenzó a surgir en este campo de estudios mostrando el activismo y la participación social y política de las mujeres migrantes dentro de sus comunidades y en los territorios que habitan. En esta línea, podemos mencionar trabajos que han mostrado cómo a través de los cuidados comunitarios muchas mujeres migrantes desarrollan estrategias creativas que les permiten construir liderazgos con los cuales negocian sus condiciones de desigualdad tanto en la Argentina (Magliano, 2018; Rosas, 2018) como en Chile (Guizardi, González y Stefoni, 2018).
En ese sentido, nuestra investigación de acción participativa ha puesto en evidencia el rol central de las mujeres migrantes de distintas generaciones en las estrategias socioambientales de adaptación colectiva para garantizar la supervivencia de lxs habitantes de barrios segregados en el AR. En otro trabajo (Gavazzo, 2021), retomamos algunos aportes de los estudios migratorios, feministas y generacionales para analizar las estrategias –individuales y comunitarias– que despliegan las mujeres migrantes y sus hijas para lidiar con las desigualdades interseccionales en este caso específico, mediante la comprensión de las heterogéneas formas de organización comunitaria y apropiación de capitales. Allí, retomamos historias de vida de mujeres de dos familias migrantes de distintas generaciones (madres/hijas, jóvenes/adultas) para problematizar la intersección de desigualdades que experimentan a partir de sus testimonios y trayectorias. Allí también comentábamos que tanto nuestras entrevistadas como diversos estudios evidencian que las mujeres que migran hacia Buenos Aires trabajan en la informalidad sobre todo en los usuales nichos laborales disponibles como el cuidado de niños y ancianos o el empleo doméstico remunerado.
Pero, además, una característica del AR es que también complementan sus ingresos con otras actividades económicas dentro de la economía social, generando diversas estrategias de sostenibilidad de la vida en el marco de redes colectivas como el reciclado de basura y la limpieza del barrio (Gago, 2014; Gavazzo y Nejamkis, 2019). Es, en todo caso, una inserción laboral en empleos precarios e informales, situación que comparten tanto nativos como migrantes, hombres como mujeres, pero que se agrava en caso de personas que no cuentan con la documentación que les permita acceder a un empleo formal. Aún más: debemos considerar las desigualdades de género que se intersectan con las de clase ya que, en la división de los roles de género en familias compuestas por mujeres y varones, estos en ocasiones ejercen un control sobre aquellas quienes tienen “prohibiciones” u obstáculos para trabajar o estudiar mayores. Tal como relata Zulma en relación con su madre, María:
Como era madre soltera y todo, siempre había alguna desconfianza de infidelidad, porque no tenía marido y siempre estaba sola […] y nosotras siempre les tuvimos que hacer frente a todos esos conflictos, especialmente con los hombres paraguayos que son… muy complicados […] ¡porque son machistas y violentos! Siempre que ves a una mujer… Esto también es una cuestión cultural no solo de la Argentina sino de todos los países migrantes: ven a una mujer y dicen “¡¿Cómo está sola?! ¡¿Cómo puede hacer sola?!”. Mi mamá tuvo hombres, ¡tuvo propuestas de un montón! […] ¡Y mi mama no quería! Si siempre le gustó estar soltera, siempre le gustó [su libertad]. Y ningún hombre la condicionó. ¡La casa la construyó ella, con nosotras ahí dando una mano, pero ella se puso al lomo todo! Pero lamentablemente en esta sociedad, y más en una sociedad donde hay migrantes, ella tuvo que imponerse un montón de veces.
Estas desigualdades en los roles de clase y de género a veces se reproducen de una generación a la otra, como comenta María (h): “Yo siempre trabajé, pero el problema mío con mi pareja era que él no quería que yo trabaje […]. Me metí a la cooperativa, trabajé todo, así y… después ahí de un buen tiempo me separé de él”. Esta situación que comparten muchas mujeres migrantes con otras nativas de los mismos barrios se agudiza con la reproducción de estereotipos de una sociedad paraguaya que naturaliza las desigualdades de género, también presentes en la sociedad argentina. Distinto es en Bolivia, como en el caso de Rosa y su marido Rómulo, que tienen un hogar en donde los cuidados de las hijas y el trabajo remunerado está distribuido de una manera más equitativa que en la familia de “las Monges” (Gavazzo, 2021).
En todo caso, a pesar de estas experiencias compartidas y de la centralidad de las migraciones en la urbanización de estos barrios, existe una marcación étnica del origen migrante que discrimina, especialmente a extranjeros y sus descendientes, la cual se ve en comentarios informales en el espacio público de los barrios y, más aún, en los contextos escolares a los que asisten sus hijos e hijas. A este respecto, escribimos numerosos trabajos que analizan la experiencia escolar de los y las descendientes de estxs migrantes en los que fueron objeto de distintos tipos de violencias y que, por ende, impactan en las biografías y memorias de las nuevas generaciones (Gavazzo, 2012).
Frente a esta alterización y estigmatización de las migrantes latinoamericanas, es interesante explorar las relaciones de cooperación entre mujeres de distintas generaciones en relación con el activismo migrante porque también se da una transmisión de capital político de madres a hijas, de mayores a jóvenes (Gavazzo y Gerbaudo, 2020). Hitos como la crisis de 2001, en la que las mujeres se encontraban al frente de piquetes, ollas y cortes de ruta, muestran diferencias en las trayectorias entre aquellas que vivieron y protagonizaron eventos políticos importantes para la zona y se formaron como lideresas y referentes territoriales. Como cuenta Zulma, su familia fue de las primeras en organizar a la comunidad para sobrevivir a la crisis; ese fue el inicio del comedor comunitario que poseen hoy. Años más tarde, María y sus hijas se incorporaron a la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP, ahora UTEP), una organización gremial que las colocó al frente de cooperativas como la de limpieza de arroyos, así como también de comedores y centros comunitarios, organizaciones fundamentales para garantizar la sostenibilidad de la vida en los barrios populares del AR.
En ese sentido, “el protagonismo de cuidados de las mujeres en la reproducción social de las familias derivó en su protagonismo en los cuidados de la comunidad” desarrollando, en algunos casos, un liderazgo migrante (Guizardi et al., 2018, p. 47), tal como se puede entender en la historia familiar de María.
Su hija Zulma recuerda:
Acá en la zona Reconquista, las que siempre han encabezado todas las luchas siempre fueron mujeres. Vas a conocer a Adalina de 8 de Mayo, a Alicia del Diego Duarte. Todas mujeres. Las hermanitas que ayudaron a levantar la iglesia, además de que había un cura.
Esa olla que surgió como respuesta a la crisis en 2003 se transformaría en el comedor “Vivan los sueños felices”, del que hasta hoy la familia sigue al frente. Luego de varios años de trabajo allí, comenzaron a realizar emprendimientos productivos como una panadería comunitaria, que iniciaron gracias al aporte de maquinarias que recibieron del Ministerio de Desarrollo Social. Por esa época también comenzaron a vincularse con organizaciones políticas, como Barrios de Pie, a través de la cual lograron que María “cobre un plan” con el que sostenían el comedor comunitario. Así las hermanas fueron participando de cooperativas de limpieza de arroyos, militando primero en la organización Barrios de Pie y luego en el Movimiento Evita, donde en la actualidad continúan. Hoy, María, ya pensionada, aún sigue colaborando en la cooperativa de limpieza del arroyo.
Desde 2013, tanto María (h) como Zulma y otras de sus hermanas se sumaron a militar en estas organizaciones donde crearon el Frente de Mujeres para ayudarse entre sí ante situaciones de violencia de género y de dificultades económicas. Según afirman, “entre ellas construyen un feminismo más comunitario”, principalmente desde la Casa de la Mujer Kuña Guapa, una organización que atiende las problemáticas y promueve la organización de mujeres migrantes de esta zona del AR por donde transitan unas 200 vecinas por semana. Ahí funciona la consejería para trámites migrantes desde hace ya dos años. También realizan jornadas de salud y autocuidados con perspectiva de género en conjunto con el Centro de Atención Primaria de la Salud N.° 10 y el Centro Comunitario 8 de Mayo, acercando un camión sanitario a la sede donde las mujeres acceden a exámenes ginecológicos, entre otros estudios.
Por su parte, desde que llegaron al barrio, tanto Rosa como su esposo realizan actividades con la comunidad boliviana. Rómulo organiza torneos de fútbol con sus compatriotas. Desde hace más de 11 años comenzaron a organizarse y a tramitar la personería jurídica; hoy son referentes de la comunidad migrante en el barrio, organizan fiestas culturales y religiosas. Además, Rosa, quien venía realizando actividades con las mujeres migrantes, como por ejemplo la confección de los trajes para los bailes de las distintas comunidades, decidió en 2019 formar una organización a la que llamó Colectividades Unidas Sin Fronteras. Comenzaron a reunirse mujeres migrantes provenientes de Bolivia, el Paraguay, el Perú y Colombia para ayudarse mutuamente, elaborar souvenirs para las fiestas patronales de la parroquia de la zona e intercambiar comidas, experiencias y vivencias.
Se generó un espacio de encuentro donde podían compartir los distintos problemas y necesidades que tienen. Así, Rosa comenzó a movilizarse y articular con otras organizaciones, con el municipio y con la universidad para colaborar e intentar resolver algunos de estos problemas (trámites de DNI, situaciones de violencia de género, falta de trabajo, etc.). También organizan fiestas patronales en donde Tiziana y otras hijas de las mujeres migrantes participan de las muestras de música y danzas folclóricas. En otro contexto de crisis –la pandemia de COVID-19–, algunas de las mujeres que integran esta organización iniciaron un emprendimiento para vender almohadones artesanales, bordados y pintados a mano. Todo lo confeccionan en el taller que posee Rosa en su casa, con la ayuda también de Rómulo, que realiza las tareas de moldería y costura.
Ambas organizaciones, Kuña Guapa y Colectividades Unidas sin Fronteras, son parte central del entramado organizativo del barrio de Costa Esperanza del AR, y ayudan a vecinxs y organizan eventos culturales y religiosos de las colectividades boliviana y paraguaya, convirtiéndose entonces en sus interlocutoras con la comunidad y el Estado. Mientras que la segunda fue fundada por la madre, la primera la crearon las hijas. En ese sentido, creemos que el trabajo comunitario –principalmente realizado por mujeres– se ve reflejado por una concepción amplia de cuidado establecida por Tronto (1994, citado en Rosas, 2018), como “aquellas actividades dirigidas a conservar, continuar y reparar nuestro mundo, para que podamos vivir en él lo mejor posible; considerando que ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestras individualidades y nuestro entorno”. Como señala Gonzales Martín (2009), la incorporación a una organización puede ser significada como un espacio de desarrollo personal, y a través del cual se construyen redes de reciprocidad; beneficios para las mujeres que no se reducen a la satisfacción de algunos bienes y servicios básicos para la familia, sino también para sí mismas, reconociéndose “mujeres”, reivindicando derechos específicos, y en tanto ciudadanas (Gonzales Martín, 2009, p. 181).
Si bien los cuidados comunitarios implican más sobrecarga para las mujeres de bajos recursos, el liderazgo migrante también crea puestos de trabajo (cooperativos y contraprestaciones de programas sociales) y amplía los horizontes de vida (educativos, profesionales y políticos, entre otros). En los casos observados, las mujeres de distintas generaciones muestran su capacidad de agencia mediante estrategias de adaptación y ascenso social basadas en redes, trabajo y educación como capitales centrales de los cuales sus familias y las organizaciones se pueden valer para luchar contra las violencias que diariamente las vulnerabilizan. Tal como desarrollamos en otros trabajos (Gavazzo, Gerbaudo Suarez et al., 2020; Gavazzo y Espul, 2020), el ascenso depende de los capitales con los que cuentan para acceder a trabajos que, aunque diversificados, no dejan de ser precarizados y generizados. No obstante, las trayectorias educativas recopiladas muestran evidencias de que la mayoría de lxs hijxs superan con sus estudios a sus madres. Aunque ese ascenso es más simbólico que material (puesto que no “salen del barrio”), estas familias comienzan a tener aspiraciones de clase media que impulsan a procurar nuevas alternativas para las nuevas generaciones en el largo plazo.
Desde los cortes de ruta y reclamos, la apertura de espacios de atención y acompañamiento en consumos problemáticos, salud sexual y reproductiva y trámites migratorios, e incluso en el mantenimiento de comedores y cooperativas, ellas crean una “ciudad cuidadora” desde las organizaciones autogestionadas que lideran en estos barrios segregados. Allí permanentemente atienden necesidades para mejorar el entorno, tal como se dio en 2001 y con especial fuerza en la pandemia por COVID-19, porque son sus redes las que garantizan la supervivencia comunitaria no solo en el cotidiano sino sobre todo en épocas extraordinarias como las crisis globales.
Reflexiones finales
Este capítulo se basó en una investigación de acción participativa realizada entre 2019 y 2022 en un conjunto de barrios del noroeste del Gran Buenos Aires al que se lo denomina Área Reconquista. Con materiales provenientes del trabajo de campo etnográfico compuesto por entrevistas y observaciones, nos propusimos analizar desde una perspectiva interseccional los modos de acceder, habitar y crear la ciudad cuidadora por parte de mujeres de distintas generaciones.
El objetivo fue comprender cómo la creación de este espacio urbano se conjuga con otras dimensiones como el origen étnico, la clase, la edad y el género, configurando desiguales modos de acceder a la ciudad para estas poblaciones migrantes. De tal modo, analizamos estas cuestiones en el proceso de producción social del hábitat del que participan lxs migrantes en esta zona del conurbano. Aunque estos barrios están segregados por fronteras materiales y simbólicas que tienden a aislarlos del resto de la ciudad, ellas encontraron el modo de trascenderlas a través de la territorialidad de prácticas que implican diversas movilidades dentro y fuera del espacio barrial para mitigar la exclusión (Segura, 2006).
Las mujeres construyen entonces un hábitat a través de la participación en organizaciones comunitarias, específicamente mediante el trabajo de cuidados que realizan. Como mencionamos en un trabajo anterior (Gavazzo y Nejamkis, 2021), comprender la labor de estas mujeres como “cuidado comunitario” es central para dar cuenta de las estrategias socioambientales en estos barrios del GBA y fomentar el reconocimiento (material y simbólico) de su contribución para el cumplimiento de derechos. Son ellas quienes, a partir de sus múltiples organizaciones y saberes, garantizan el acceso al hábitat y la sostenibilidad de la vida en dicho entorno. Aunque ser “pobre”, “trabajador de la economía popular” y “habitar” estos barrios constituyen formas de desigualdad que se intersectan con la condición migrante, el género no solo aumenta la vulnerabilidad de las mujeres, sino que también brinda capitales sociales necesarios para desplegar esos cuidados comunitarios para el mejoramiento del entorno.
Desde la perspectiva generacional, comprendimos que si bien las desigualdades pueden “pasarse” de una generación a otra, los capitales también, constituyendo herramientas para que las hijas puedan continuar y potenciar la participación activa de sus madres como lideresas de las organizaciones comunitarias. En este sentido, las primeras generaciones (las madres y mayores, como Rosa y María) centran su vida en la crianza de sus hijas, mujeres en ambos casos, y fundan organizaciones comunitarias en el lugar de destino, específicamente en el AR, desplegando solidaridad y cuidados colectivos que les permitieron desarrollarse como personas y referentes territoriales, logrando un reconocimiento de sus vecinos y vecinas. De alguna manera, lograron “politizar” su pertenencia cultural como “migrantes” y “mujeres” y de ese modo empoderarse, a pesar de que el precio ha sido una sobrecarga de trabajo comunitario.
Asimismo, ambas representan los dos flujos migratorios en los que se insertan: tanto quienes vienen de Bolivia como del Paraguay son marcados étnicamente como “otros” e “inmigrantes” no deseados a lxs que se les niega el acceso a la ciudad. Frente a esto, la participación de las madres funciona como modelo para la de las hijas, como un capital político que ellas pueden y podrán utilizar a su favor para lograr sus propios objetivos. Porque “el trabajo en comedores, cooperativas y asociaciones refleja una espacialización de los cuidados comunitarios, que se constituyen como una herramienta de lucha para hacer del barrio un lugar habitable” (Gerbaudo, 2021, p. 32). Así, se trata de generaciones que a través de su activismo contribuyen no solo a habitar sino incluso a crear una “ciudad cuidadora” (Davis, 2022) que permite crear un enfoque más ético y humano para el desarrollo y la gestión de la ciudad que desafíe el pensamiento convencional y neoliberal de los urbanistas y académicxs, y que explore y devele nuevas formas de corregir los problemas de desigualdad y exclusión.
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