Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Caracoles y toboganes

Moviéndome como niña, moviéndome con niños y estudiando las movilidades de la niñez

Susana Cortés-Morales

Maggie MacLure (2013) define el asombro (wonder) como un potencial gatillado por los datos de investigación cuando

algo –quizás un comentario, un fragmento de una nota, una anécdota, un objeto, o una expresión facial extraña– parece salir del cuerpo inerte (muerto) de los datos, para alcanzarnos. Estos momentos confunden la búsqueda industriosa, mecánica de significados, patrones, códigos, o temas; pero al mismo tiempo ejercen cierta fascinación y tienen la capacidad de animar el pensamiento […]. Es esta condición liminal, suspendida en el umbral entre conocer y no conocer, que previene al asombro de ser totalmente contenido o recuperado como conocimiento y, por lo tanto, permitir una apertura hacia lo nuevo (MacLure, 2013, p. 228. Traducción propia).

El asombro y su impacto sobre los procesos de investigación, sin embargo, no se limitan a lo que entendemos por “datos”, sino que puede ser el resultado de cualquier momento de nuestras vidas cotidianas desde donde emergen muchas de nuestras preguntas de investigación o desde donde hacemos sentido de lo que encontramos como investigadoras (Cortés-Morales, 2015), ya sea en nuestro trabajo de campo o en la literatura que analizamos. Este capítulo se compone de breves relatos enfocados en momentos de mi vida cotidiana y eventos vividos como investigadora (en esos períodos de la vida de una antropóloga en los que el trabajo de campo es la vida cotidiana, y toda la vida, incluso la familiar, es el trabajo de campo) que han generado ese asombro y derivado en preguntas o dado sentido a ideas de investigación. Estos episodios ponen de relieve el tejido entre historia de vida, vida cotidiana, pensamiento y práctica investigativa que dan sustento a nuestras investigaciones y, en mi caso particular, el estudio de las movilidades en la vida cotidiana de niñas, niños y sus familias.

Es desde esta capacidad de asombro, desde la vida cotidiana, desde lo que muchas veces las ideas, conceptos o teorías cobran nuevos sentidos y generan nuevas preguntas o perspectivas. En este caso, me refiero particularmente a cómo la idea de movilidades planteada por John Urry (2007) fue cobrando sentido en su aplicación al campo de estudios de las movilidades de niñas, niños y adolescentes, a partir de momentos de asombro que he experienciado tanto con anterioridad como desde que comencé a explorar este campo de estudios. Por lo tanto, además de resaltar la interdependencia entre el trabajo de investigación, la historia de vida y vida cotidiana de quienes investigamos, los relatos que componen este capítulo dan cuenta de uno de los aspectos de la noción de “movilidades” de Urry –con quien converso a través de este capítulo, por una conversación que quedó pendiente– que considero clave en el desarrollo del campo de estudios de la movilidad de la niñez. Este aspecto se refiere a la comprensión de la movilidad como movilidades, no exclusivamente como movilidad corporal o desplazamiento físico de las personas, sino en plural, comprendiendo de manera integrada e interdependiente todas las formas de movimiento que sostienen y dan forma a la vida social. Es a través de redes integradas de circulación espaciotemporal como intentamos resolver la distancia física que nos separa de lugares, paisajes, actividades, recursos, climas, personas o cosas con quienes queremos o necesitamos relacionarnos o enmarañarnos.

De acuerdo con Urry (2007, p. 47), estos movimientos pueden categorizarse en cinco grandes tipos de movilidades interdependientes: el viaje corporal de las personas, el desplazamiento físico de objetos, el viaje imaginario y de imágenes, el viaje virtual y el viaje comunicativo. Si bien estas categorías pueden parecer un tanto fijas (y quizás se le escapen formas de movilidad y comunicación que han emergido o cobrado relevancia con la pandemia), lo que resulta clave de esta idea es la necesidad de poner atención a la interdependencia entre las diversas formas de movilidades que podemos encontrar en la realidad, no en cada una de ellas por separado:

Este paradigma […] enfatiza el complejo ensamblaje entre estas diferentes movilidades que generan y mantienen conexiones sociales a través de variadas y múltiples distancias […]. Se enfoca en las interconexiones entre las cinco movilidades, así como en los discursos que pueden priorizar un tipo sobre otro (Urry, 2007, p. 48. Traducción propia).

En este sentido, los siguientes siete relatos son retazos de vidas, movilidades e ideas interdependientes, y los despliego aquí porque cada uno ha constituido un momento de asombro a través del cual algún aspecto de esa interdependencia se ha hecho evidente, o me han mostrado relaciones impensadas que han abierto nuevas preguntas para seguir explorando las movilidades de la niñez y sus familias. Estos relatos se proponen, entonces, como muestras del enmarañamiento entre diferentes tipos de movilidades en la niñez, entre las movilidades y vidas de diferentes actores o entidades y entre la vida cotidiana y el trabajo de investigación.

La Paz desde el Alto: “¡Esto es otro país!”

En 1990, teniendo yo siete años, mi papá se fue a vivir a La Paz, Bolivia, por motivos laborales. Mis hermanos, mi mamá y yo nos quedamos en Santiago durante dos años, luego mi mamá y yo partimos también y vivimos allá por un período de dos años. Finalmente, todos volvimos a Santiago. Fueron años de ir y venir, de separaciones y reencuentros, de cassettes grabados con voces y canciones, fotos impresas en un sobre, aprender a escribir y leer para poder mandarle cartas a mi papá, ir una vez a la semana a la casa de una compañera de curso que tenía teléfono a esperar la llamada de mi papá, hacer y deshacer amistades, tomar aviones, volar, llegar, partir. Tengo muchos recuerdos de ese tiempo en relación con estas idas y venidas, echar de menos, conocer nuevas personas y lugares.

Lo primero que recuerdo es que mi papá fue a Bolivia por un par de semanas, supongo que a establecer las condiciones para su nuevo trabajo. Debe haber sido la primera vez que yo escuchaba el nombre Bolivia y no creo haberle dado muchas vueltas al asunto en un primer momento, ya que no era la primera vez que mi papá viajaba por trabajo. Pero sí recuerdo un destello, un alto, un asombro gatillado por el regalo que me trajo a su regreso: una cartera circular tejida en lana natural (de alpaca posiblemente), de tonos grises y cafés. Recuerdo la sensación de tenerla en mis manos, como si algo emanara de ella que me permitía entender por primera vez lo que esa palabra realmente significaba: Bolivia.

Sin embargo, una comprensión más extensa, corporal y completa de ese significado vino un tiempo después, cuando viajé por primera vez junto a mi mamá a visitar a mi papá. No es tanto el viaje en avión lo que recuerdo, sino el camino desde el aeropuerto en el Alto hacia La Paz: las quebradas, los cerros, los colores, la materialidad de las casas, las luces de la ciudad allá abajo, la ropa y apariencia de las personas. “¡Esto es otro país!”, exclamé emocionada, mirando hacia afuera desde la ventana del auto. Ese fue el momento en que comprendí, a través de esa capacidad de asombro, extrañamiento y estar ahí, lo que eso significaba.

Pasé algunos de los mejores años de mi niñez en ese país del cual me sentí parte, mucho más de lo que nunca me había sentido en Chile. Hice amigas, formé un club, comencé a ir sola al colegio a los 8 años, incluso me moví en locomoción colectiva por mi cuenta (una independencia que se esfumó completamente al volver a Santiago a los diez años, para ser retomada al menos tres años más tarde). Aprendí a hablar con acento paceño, aunque nunca aprendí a hacerlo a propósito, sino que me pasaba espontáneamente al estar junto a mis amigas. Conocí los Yungas, las luciérnagas, las hormigas gigantes, comí salteñas, recorrí los mercados, fui a las cumbres y tomé agua de coca cuando me apuné. De un día para otro, esa vida se acabó, cuando me anunciaron que volvía a Chile. Vino entonces un nuevo tiempo de separaciones y reencuentros, en que intenté mantener la amistad a través de cartas que solo duraron el primer año y extrañé a mi papá más que nunca en los meses que pasaron hasta que él regresó también. Recuerdo una tarde en particular, ya de vuelta en Santiago, en que súbitamente sentí ganas de estar con él, o al menos de hablar con él, y no era posible. No había forma de resolver esa distancia. No teníamos teléfono en casa, ni ninguna otra forma de comunicarnos inmediatamente con él.

Mi papá regresó también a Chile unos meses más tarde. Sin embargo, mis amigas de La Paz, los paisajes de los que fui parte, el acento que absorbí no volvieron nunca. Veinte años más tarde, volví yo, o al menos eso creí que estaba haciendo, pero no encontré nada de lo que había dejado, excepto por el edificio y la calle en que había vivido, algunos olores, escenas y esquinas que me resultaban familiares. Mi viaje a La Paz no fue en una máquina del tiempo como esperaba.

Las movilidades que dieron forma a mi vida familiar durante esos años no caben en una categoría migratoria o turística independiente. Nuestros viajes constituyeron una forma de migración temporal, pero también incluyeron muchas vacaciones, paseos, visitas de carácter más turístico, hacia un lado y hacia el otro. Este relato contiene, además, otras formas y escalas de movimiento, por ejemplo, al moverme sola o con amigas en La Paz y su contraste con la ausencia de estas formas de movimiento en Santiago; o la movilidad objetual, con los afectos que esa bolsa de lana hizo circular entre ese otro país, una niña y su padre, y el viaje comunicativo de cartas y cassettes. El relato contiene, también, la ausencia de movilidades que hoy forman parte de la vida de muchas personas, como la virtual, y el acceso restringido a movilidades entonces emergentes, como la telefonía, con un fuerte aspecto emocional dado por la discontinuidad espacial y el efecto de esta sobre los vínculos afectivos entre personas.

Mi recuerdo de este tiempo de movilidades familiares contiene varios momentos de asombro en sí mismos, pero también ha marcado mi asombro en tiempos más recientes en relación con las movilidades virtuales que forman parte de nuestras vidas hoy: esa tarde en que lloré extrañando a mi papá, una videollamada era ciencia ficción.

Túneles inesperados: siguiendo a mi hijo y codescubriendo el espacio

Cuando nació mi primer hijo, ya me había licenciado como antropóloga, pero jamás había pensado en las movilidades y espacialidades infantiles como un tema de estudio antropológico o geográfico. Fue la observación cercana de sus movimientos iniciales lo que me llevó a volcar mi atención hacia este tema, en paralelo a la afortunada sincronía de comenzar a trabajar en el proyecto “Movilidad cotidiana y exclusión social” en Santiago, Chile, liderado por Paola Jirón. Fue el cruce de estos dos eventos lo que me aproximó a este campo de estudios.

El primer asombro gatillado al observar a mi hijo en relación con este tema fue su interés por habitar lugares inesperados: debajo de la mesa, detrás de una puerta; lugares de la casa que antes no me parecían lugares en sí mismos no eran para él solo un espacio de paso o vacío, sino un lugar en el que estar, jugar, hacer, y nombrar. Una de sus primeras palabras fue “túnel”. Después de pasar por uno en un automóvil, comenzó a decir la palabra cada vez que se encontraba en posición de túnel: él bajo la mesa, bajo las piernas de una persona más grande o, incluso, apuntando una tapa de botella bajo una servilleta. Moviéndome junto a él, comencé a habitar yo también estos lugares. Con el tiempo, cuando él comenzó a caminar fluidamente, tomé la decisión de que, si estábamos fuera de casa y sin prisa, lo dejaría guiar nuestro camino. Fue así como en la ciudad de Valparaíso, mientras estábamos en la casa de mis abuelos donde pasé tanto tiempo en mi niñez, lo seguí hasta un lugar con una vista maravillosa, literalmente a la vuelta de la casa, pero escondido tras algunos pasajes estrechos, donde yo nunca había estado. Fue así también como un día corrí tras él en el patio de su jardín, cuando de pronto desapareció bajo una pared de árboles: abajo, entre los troncos, se formaba un túnel con el follaje. Un túnel inesperado e inaccesible para mí, a menos que gateara. Eso hice y descubrí un pequeño claro entre los árboles donde mi hijo y otras niñas y niños jugaban. Un espacio inexistente desde afuera de la pequeña arboleda.

Fueron estos momentos de asombro, entre otros, los que me llevaron a situar dentro de la investigación en la que participaba en ese momento la pregunta acerca de cómo niñas y niños experimentan la movilidad en Santiago, las espacialidades que crean en el camino y cómo sus experiencias y prácticas se configuran de maneras interdependientes en relación con las de los adultos que los acompañan (Cortés, 2011). La búsqueda bibliográfica vino después.

Autos, Londres y el Big Ben: imaginando y encontrando el destino

En 2011, cuando mi hijo mayor tenía cuatro años, nos fuimos a vivir a Inglaterra para poder estudiar con Pia Christensen. Hasta ese momento, él no hablaba inglés y lo único que sabía sobre nuestro destino lo sabía por la película Cars 2: McQueen, el auto de carreras que protagoniza la historia, era entonces uno de sus personajes favoritos de la industria cultural infantil. Fue esta la primera película que vio en el cine, junto a su mejor amiga del jardín. En la historia, los automóviles participan de varias carreras en un World Grand Prix, y una de ellas, la carrera final, se sitúa en Londres. La ciudad es representada, desde el aire y desde la perspectiva de los corredores y observadores, en versión animada, arquitectónicamente realista, pero habitada exclusivamente por vehículos antropomorfizados. Algunos de los personajes protagónicos son secuestrados y encerrados en la torre del Big Ben, y termina con un final feliz en el Palacio de Buckingham junto a la reina.

El primer día en Londres, al despertar luego de un largo viaje, fuimos caminando hacia el centro a almorzar. Pero mi hijo no quería comer, sino que quería ver el Big Ben. Caminaba lo más rápido que podían sus cortas piernas, sin querer descansar, solo llegar lo antes posible. Cuando finalmente llegamos a un punto desde donde el Big Ben se veía muy bien, pensamos que ese era el final del paseo. Sin embargo, él quería ir más cerca, más cerca. Llegamos tan cerca como se puede llegar (considerando que el edificio es parte del Parlamento), pero entonces él nos dijo que ahora teníamos que entrar y ver si Matte, uno de los personajes que es secuestrado en la película, estaba aún ahí, decía esto con la urgencia de quien necesita rescatar a un amigo, no con la curiosidad de un turista.

Entre las pocas cosas que pudimos llevar con nosotros, estaba su colección de autos de juguete de Cars. Las primeras semanas y meses estuvieron llenos de carreras en todas partes de la casa. Los corredores cruzaban desde el comedor hasta las habitaciones, y cada uno de los presentes teníamos que elegir a cuál apoyar: Carla Veloso, de Brasil, Miguel Camino, de España, Francesco Bernoulli, de Italia. Mi hijo, por supuesto, apoyaba siempre a Lightning McQueen, el corredor representante de (según él) Chile. La colección fue creciendo gracias a las encomiendas que enviaba mi mamá. Su nieto le contaba, por Skype, cuáles le faltaban, y ella (a pesar de que habría sido mucho más fácil encontrarlas en Inglaterra) recorría las jugueterías de Santiago buscándolos para luego enviárselos.

Los personajes, historias e imágenes contenidos en esta película fueron una parte importante de nuestra experiencia de migrar, tanto en el período previo al viaje, cuando el destino era un lugar en la imaginación de un niño de cuatro años, como en el primer encuentro corporal con ese lugar que antes existía solo en su imaginación y durante el primer tiempo de separación respecto a la familia extendida y las amistades.

En esta breve historia de migración, hay múltiples formas de movimiento entrelazadas, cuyos bordes no es posible delimitar al enfocarnos en la experiencia de estas movilidades: el viaje imaginario que genera la película da forma al viaje corporal, a una experiencia de migración infantil y familiar. Al mismo tiempo, genera expectativas y viajes locales; en torno a la película, se sostienen vínculos emocionales, que circulan a través de objetos moldeados en función de los personajes. Estos objetos viajan también, siguiendo el desplazamiento de las personas, para luego ser movidos por ellas en juegos que reproducen la historia de la película, siempre sumando nuevos elementos, significados y corporalidades. El corredor de Estados Unidos se transforma en el corredor de Chile, los nuevos corredores han viajado desde China a Chile y desde Chile a Reino Unido, trazando en el camino relaciones comerciales y familiares, permitiendo a una mujer seguir siendo abuela y a un niño continuar siendo su nieto a la distancia. A través de las movilidades, nos enmarañamos con otros y nos convertimos en lo que somos, una y otra vez (Cortés-Morales, 2020).

Abuelas en el tobogán: movilidades intergeneracionales y transcontinentales

En el Reino Unido, existen, aunque están en peligro de extinguirse debido a recortes presupuestarios, los centros de niños (Sure Start Children’s Centres): se trata de una institución con financiamiento estatal que constituye un proyecto nacional, pero de carácter local. Originalmente enfocada en los lugares más pobres del país, fue extendida a todas las localidades. Un centro de niños es un lugar donde niñas y niños de 0 a 5 años y sus cuidadoras/es pueden acceder a recursos y servicios especializados e ir a diferentes actividades, desde algunas más estructuradas como apoyo al desarrollo del lenguaje, hasta otras más sociales o lúdicas, según las necesidades de cada lugar. En el centro de niños donde trabajé como voluntaria e investigadora, en un pequeño pueblo en las Midlands, había una gran comunidad de familias de origen asiático, predominantemente de la cultura Sikh. Por lo tanto, el centro de niños había creado una sesión semanal para estas familias. Muchas de las niñas y niños venían a estos encuentros con sus abuelas. Era común entre estas familias (no así entre las familias blancas británicas) que ellas cuidaran a los nietos mientras sus padres y madres trabajaban, ya que también era usual que vivieran cerca o incluso en la misma vivienda.

Un día en que el centro de niños se encontraba cerrado por remodelación, decidieron mantener la sesión, pero en un centro de juegos. Este era un negocio privado, en que hay juegos “blandos” (estructuras de espuma, redes para trepar, toboganes, túneles, piscinas de pelotas de plástico, entre otras) en un lugar cerrado, bajo techo y con condiciones de seguridad maximizadas; es muy poco probable caer, ya que todo está rodeado por redes, y, si caes, es sobre una superficie blanda; asimismo, si bien se puede perder de vista momentáneamente a los niños mientras están dentro de la estructura de juegos, la entrada/salida del lugar es continuamente supervisada. Hay, además, un café/restaurante con menús diferenciados para niños y adultos.

Acompañé entonces al grupo en mi doble misión como voluntaria y como investigadora, esta última conocida por las personas asistentes. Si bien había estado en este lugar muchas veces como mamá, ya que la escuela de mi hijo estaba al lado y era común ir junto a otros niños y madres después del colegio, nunca había entrado a la estructura de juegos, ya que mi hijo era suficientemente grande como para entrar solo o con sus amigos. Esta vez, sin embargo, una mujer del grupo me pidió ayuda: tenía gemelos de un año y medio que, al entrar a los juegos, se iban a ir en direcciones diferentes y ella no podría cuidar de los dos. Estuve feliz de ayudarla y, además, esto me permitiría observar el movimiento de las niñas y niños en el interior. Mientras los cuerpos de 2, 3 o 4 años podían correr por todo el lugar, las personas grandes debíamos agacharnos, gatear y arrastrarnos para poder desplazarnos. Seguí al niño, a quien estaba acompañando, trepando paredes de espuma, cruzando puentes rodeados de redes y evadiendo formas de espuma que colgaban y se movían al pasar entre ellas, hasta que finalmente llegamos al tobogán. Este era la salida de la estructura, a menos que quisieras volver por donde viniste, y pasar por todos los obstáculos nuevamente y contra la corriente.

Nunca en mi vida me había tirado por un tobogán. La primera vez que vi uno, cuando era niña, vi también a un niño caerse por el costado, sin graves consecuencias, pero me impactó lo suficiente como para nunca querer probarlo. Por lo tanto, al llegar al borde superior del tobogán, me paralicé. Afortunadamente, el otro gemelo había llegado también con su mamá, ella sentó a uno en cada pierna y se deslizaron los tres juntos. Tras ellos llegaron una abuela y su nieto. Ella usaba, como todas las abuelas de este grupo, un sari (un traje tradicionalmente usado por las mujeres en países como India, Pakistán y la región de Punjab, compuesto por un pantalón, una túnica y un pañuelo que se usa con una vuelta en torno al cuello y los largos lados colgando cuidadosamente hacia adelante y hacia atrás). La mujer sonrió al ver el tobogán, se sentó lentamente mientras le señalaba a su nieto, quien estaba ansioso por deslizarse, que esperara a su lado. Cuidadosamente, estiró la parte de debajo de la túnica bajo sus piernas y luego acomodó el pañuelo por delante. Entonces se acercó a su nieto, lo ayudó a sentarse sobre ella, y partieron hacia abajo. Vi a otras abuelas hacer lo mismo, siempre repitiendo ese gesto de arreglar la túnica, acomodar el pañuelo, sentar a sus nietos sobre ellas y tirarse por el tobogán, no sin cierta expresión de nerviosismo o aventura. La imagen ha quedado todos estos años conmigo, conteniendo todas las historias que las abuelas alguna vez me contaron, sobre cómo llegaron de Punjab a Reino Unido, décadas atrás, algunas junto a sus maridos, otras siendo muy jóvenes y conociendo a quienes serían sus esposos solo al llegar. Historias de guerras, de migraciones más o menos forzadas, de separaciones y reencuentros familiares, de movilidades cotidianas al trabajo y coordinaciones familiares del cuidado, de vestimentas, relaciones y costumbres tradicionales, todas coincidían aquí, con los niños cuyos movimientos, en un amplio sentido, yo estaba explorando y con los vínculos que los unían a sus abuelas, sus historias y movimientos. Para algunas de ellas, esta era la primera vez que se tiraban por un tobogán y lo hacían siguiendo el movimiento y deseo de sus nietos. Para otras, el tobogán era una parte ya conocida de sus rutinas como abuelas.

Una vez que todos los niños, niñas y sus cuidadoras se habían deslizado, me quedé sola junto a la mujer que organizaba estas sesiones, también originaria de Punjab. Me confesó que nunca se había tirado por un tobogán y que le daba miedo. Le confesé lo mismo. Entonces nos miramos y ella me dijo: “Vamos juntas”. Nos sentamos, nos dimos la mano y nos deslizamos por primera vez en nuestras vidas por un tobogán.

Camino al colegio: caracoles, frío, amigos y ciudades

Estudiar las movilidades familiares y de la niñez me ha hecho cuestionar cotidianamente mis propias prácticas de movilidad familiar y relaciones en movimiento. Al mismo tiempo, las prácticas y experiencias de movilidad de mi familia han sido el origen de preguntas y aproximaciones que he desarrollado en mi trabajo. Uno de los aspectos de este entrelazamiento entre vida cotidiana y trabajo ha sido el sentimiento de culpa, porque como investigadora he tenido siempre la capacidad y voluntad de seguir pacientemente, y con absoluto interés, los movimientos de niñas y niños mientras se desplazan. En cambio, cuando acompaño a mis hijos al colegio por las mañanas, lo único que hago es apurarlos, al igual que muchas madres y padres. En el caso de mi hijo mayor, cuando vivíamos en una ciudad de Reino Unido donde caminábamos al colegio, esto se intensificaba en invierno, cuando salir de casa implicaba lograr que cada uno de los diez dedos de sus manos entrara en el compartimiento correspondiente de los guantes, ayudar a poner y abrochar zapatos, gorro, abrigo, ir al baño por última vez, tener todo lo que necesitábamos con nosotros, llegar a tiempo al colegio y luego a lo que fuera que yo tuviera que hacer. Y sobre todo cuando había llovido y la vereda estaba llena de caracoles, porque mi hijo sentía el deber moral de salvarlos de ser pisados por otras personas. No solo caminábamos a una velocidad que nos permitiera ver los caracoles a tiempo para evitar pisarlos, sino que, si había uno en medio de la vereda, mi hijo se detenía a tomarlo y ponerlo en el pasto.

La tensión de estos viajes era el resultado de que, si bien teníamos un destino común, teníamos ritmos diferentes, y estos ritmos respondían a intereses distintos. Si bien siempre he admirado, respetado e incluso compartido su preocupación por los caracoles y otras criaturas (ver dedicatoria en Cortés-Morales, 2015), cuando sabía que íbamos a llegar tarde al colegio, y que yo iba a llegar tarde a encontrarme con algún participante de mi investigación, a una reunión, perdería el tren de cierto horario o tendría menos tiempo para trabajar, mi interés prioritario no era salvar caracoles, sino caminar lo más rápido posible. No solo el largo de nuestras piernas era diferente, sino que nuestras preocupaciones y ritmos divergían, en una movilidad conjunta. Las movilidades familiares, siempre interdependientes (como se ve también en el capítulo de Gerardo Mora en este libro), incluso cuando no nos movemos juntos, están llenas de esas divergencias que las prácticas de cuidado y movilidad intentan contener y solucionar.

Un par de años más tarde, mi hijo comenzó a ir y volver sin compañía adulta al colegio. No fue de un día para otro, sino que comenzó a suceder en algunas ocasiones, cada vez más frecuentes, hasta que se transformó en el modo más normal. Asumí que le gustaba hacerlo, era un camino corto y bonito, en una ciudad bastante tranquila. Sin embargo, un día le pregunté y me dijo que sí le gustaba, pero no cuando estaba lloviendo o hacía mucho frío. No podía explicar por qué, simplemente esas condiciones climáticas le hacían preferir caminar acompañado. Por lo tanto, volví a acompañarlo algunas veces, hasta que empezó a caminar junto a sus amigos.

Por ese tiempo, me encontré con una encuesta online sobre la movilidad de niños y niñas, para ser respondida por padres. Intenté responderla en relación con la movilidad de mi hijo, pero las opciones de respuestas no eran suficientes para dar cuenta de la complejidad de sus/nuestros movimientos. Pregunta: “¿Cómo va al colegio?”. Opciones de respuesta: “En automóvil”, “En bicicleta”, “En transporte público, “A pie”. Mi respuesta: “Bueno, a veces caminando, a veces en bicicleta, algunos días incluso se va en auto con su papá, depende de si está atrasado o tiene tiempo, de si llueve, de si tiene que cargar cosas y de si tiene ganas de caminar o de andar en bicicleta”. Otra pregunta: “¿Se va solo al colegio?”. Alternativas: “Sí”, “No”. Mi respuesta: “Depende también, de si hace frío o llueve, de si tengo tiempo de acompañarlo, de si ese día alguno de sus amigos se viene a casa con él, de si coincide la ruta con otra persona”. Si hoy tuviera que responder desde qué edad mi hijo mayor se va solo al colegio, sería muy difícil encontrar la respuesta. Por una parte, porque fue un proceso paulatino y nunca completo, muchas veces “solo” se entiende como sin adultos, cuando en realidad los niños caminan en compañía de sus pares y porque, cuando volvimos a vivir en Chile, ese proceso se interrumpió completamente, dado que no conocía la ciudad, las distancias son mayores, como mamá percibo más riesgos y (el principal motivo) porque solo fue tres días al colegio y empezó la pandemia. Que volviera a irse sin mi compañía o la de su papá al colegio fue un proceso en que fuimos ayudándole a notar los aspectos más importantes del viaje en diferentes medios de transporte, viajar juntos con un papel cada vez menos predominante por nuestra parte, acompañarlo solo parte del camino, hasta que comenzó a hacerlo por su cuenta y a incentivar a sus pares a hacerlo también.

Entre nosotros: nuevos espacios para encontrarse

Si pensáramos la movilidad familiar o de la niñez exclusivamente como movilidad corporal (como en la mayoría de los estudios de movilidad de la niñez) desde el comienzo de la pandemia en Chile y hasta fines del 2020 por lo menos, no habría tenido nuevas historias de movilidad familiar para compartir. Sin embargo, al pensar las movilidades como una multiplicidad de formas de movimiento a través de las cuales intentamos resolver la distancia física y entendiendo la in/movilidad como relativa a la escala desde la que se observe y los tipos de movilidad que se consideren (Murray y Cortés-Morales, 2019), la vida familiar y de la niñez en pandemia aparece compuesta por múltiples formas de in/movilidades, algunas de ellas nuevas para algunas personas y definitivamente inéditas en su relevancia y frecuencia. Aparecen, además, nuevas formas a través de las cuales se expresa y reproduce la inequidad socioeconómica en la vida cotidiana de la niñez y sus familias.

La pandemia nos dejó a mí y mi familia en un umbral entre Inglaterra y Chile, habíamos migrado de vuelta solo un par de meses antes. Si bien no podíamos ver a nuestra familia y amigos en la ciudad a la que llegamos, pudimos dar continuidad a relaciones laborales, educativas y de amistad que teníamos en la ciudad en que habíamos vivido hasta hacía poco, a través de la comunicación virtual. Mi hijo mayor siguió yendo al mismo colegio al que iba en Inglaterra, no en bicicleta ni caminando, sino por Zoom, al igual que sus compañeros, que seguían viviendo allá. Su interacción con sus amigos al otro lado del océano Atlántico se extendió también fuera de clases, encontrándose en lugares como Among Us y Minecraft[1].

Decir que estos videojuegos fueron para ellos lugares de encuentro no es una metáfora. Sus personajes habitaban literalmente estos espacios. En Among Us, por ejemplo, quienes jugaban participaban activamente no solo moviendo sus propios personajes, sino que también advirtiendo a los otros jugadores de la presencia del asesino o de un falso asesino, en el lugar en que el otro se encuentra. Se protegían entre ellos, armaban bandos, tenían estrategias para que otros jugadores se fueran o llegaran. Simultáneamente, al estar conectados a través del juego, estaban conectados a través de WhatsApp u otra plataforma, hablando sobre lo que estaba pasando, dónde estaban, acordando qué hacer, dónde ir, dónde encontrarse en el juego. Mientras leía notas sobre la “miseria digital” que dominaba la vida de la niñez en pandemia, escuchaba a mi hijo, sus amigos y primos reír a carcajadas en su pieza, a pesar de que mi hijo estaba “solo” y no había nadie más que él ahí.

En Minecraft las dinámicas eran diferentes, y creo que más complejas. Fui testigo de discusiones y peleas entre amigos en torno a este juego, porque uno destruyó lo que otro construyó, le robó materiales o hizo algo que no era parte de los acuerdos. Escapando estas discusiones, mi hijo y un amigo crearon un mundo que ninguno de los otros conocía. Juntos construyeron cada parte de esa ciudad que los dos podían habitar y seguir creando, mientras vivían a más de 11 mil kilómetros de distancia. Sin embargo, estas relaciones se sostenían también a través de otros tipos de movimientos, como el envío de una caja llena de las golosinas inglesas que un amigo chileno extrañaba.

Habiendo vivido lejos de mi papá cuando era niña y dejado a mis amigas de Bolivia sin nunca más oír sus voces (hasta que ya éramos adultas y nos reencontramos a través de Facebook y en persona), esta es una de las cosas que más asombro me producen. No significa que las tecnologías digitales sean una panacea y no quiero decir que para niñas, niños y adolescentes la situación vivida durante la pandemia no fuera extremadamente difícil –de hecho, creo que aún no logramos dimensionar sus impactos (Cortés-Morales y Morales, 2021; Cortés-Morales et al., 2021a, 2021b)–. Sin embargo, es importante hacer visible que las relaciones a través de estas tecnologías son más complejas de lo que su demonización alcanza a ver, especialmente en el contexto pandémico, en que, de no ser por estas tecnologías y las movilidades que permiten, la alternativa para muchas niñas, niños y adolescentes habría sido aún más limitada espacialmente y, por lo tanto, solitaria, al menos en cuanto a las interacciones con sus pares.

Lo que resulta realmente problemático en este contexto es la aguda desigualdad en el acceso a estas tecnologías, a los artefactos, recursos y conocimientos que las sostienen, así como en cuanto a las posibilidades reales de “quedarnos en casa” que cada familia tuvo (Cortés-Morales y Morales, 2021; Cortés-Morales et al., 2021a), lo cual no es un rasgo exclusivo de la pandemia en Chile, sino un fenómeno que afectó a la niñez en casi todo el mundo (Cortés-Morales et al., 2021b).

Abrazos y besos: la necesidad de movernos y estar cerca

Recuerdo con claridad a John Urry dando una entrevista cuando vino a Chile. Él decía que necesitamos comprender por qué es necesario viajar, ver a las personas, estar al lado de ellas para relacionarnos. ¿Qué motivos son los que hacen la copresencia tan necesaria? Recuerdo también su perplejidad ante las costumbres chilenas a la hora de saludarnos y despedirnos: “Si con todos se dan besos y abrazos”, nos preguntó, “¿cómo saben quiénes son realmente sus amigos, sus seres queridos?”.

Una de las familias que conocí mientras investigaba en el Reino Unido había tenido su segundo bebé hacía algunos meses. Vivían, como muchas de las familias blancas británicas que conocí, en un pueblo lejos de su familia extendida. Un día me dijeron que se iban de viaje por el fin de semana. Se iban a encontrar en un hotel a medio camino entre su casa y la casa de la abuela y bisabuela de las niñas, con ellas y otros familiares, a tomar el té. El motivo de este encuentro era presentar a su hija más joven al resto de la familia. Algunas de estas personas eran mayores y tenían enfermedades que reducían su movilidad corporal. Un tiempo después, el bautizo de esta misma niña fue también el motivo para que estos familiares, aun con todas las dificultades que implicaba viajar, vinieran hasta donde ella vivía para estar presentes en ese momento tan importante para la familia.

Otra niña que conocí en ese tiempo y lugar, de dos años, tenía un par de abuelos en otra ciudad de Inglaterra y otro par en Francia. Con los primeros tenía una relación mucho más cercana emocionalmente que con los segundos. Esto no se debía a que los viera en persona más frecuentemente por vivir más cerca, sino a que a los primeros los veía todos los días por Skype, mientras cenaba, hecho que les permitía sostener una relación de nieta-abuelos a distancia, y a su mamá le permitía preparar la comida con mayor tranquilidad, mientras su hija conversaba y jugaba con sus abuelos en la pantalla. Debido a esta rutina virtual, cuando se encontraban en persona, ella los reconocía y se sentía en confianza con ellos. Los otros abuelos, en cambio, no tenían conexión a Internet y, aunque sus hijos habían intentado convencerlos de conectarse, darles una tablet y enseñarles a usar Skype, a ellos les parecía muy difícil. Cuando venían de visita, tomaba unos cuantos días para que su nieta los reconociera como abuelos.

Al observar estas situaciones, las preguntas de Urry volvieron a mi mente: las niñas, los niños, los nuevos integrantes de las familias son uno de los motivos más fuertes que justifican la copresencia y movilidad corporal entre las familias, ya sea a escalas locales, interurbanas o internacionales. Nos movemos para poder abrazar, sostener y cuidar a nuestras hijas, hijos, nietas y nietos, hermanas, hermanos, sobrinas y sobrinos. Para no ser extraños cuando crezcan, para devenir abuela/os, tía/os, amiga/os, nieta/os o sobrina/os y para sostener esas relaciones.

En la vida en pandemia, la pluralidad de movilidades a través de las cuales podemos hacer esto se hizo más evidente: podíamos enviar un pedido de comida a una hermana enferma de COVID-19 gracias a las y los trabajadores móviles; podíamos enviar cartas y regalos por correo; hablar por teléfono y vernos por videollamada; jugar videojuegos juntos; aprender y enseñar de manera virtual o remota; podíamos incluso hacer investigación etnográfica a través de alguna combinación de estas formas de movimiento. Sin embargo, saliendo de la crisis retomamos con bastante ansiedad, facilidad y rapidez las formas tradicionales de resolver la distancia: tomar la micro, el metro, Uber, automóvil, caminar, un avión, bicicleta, entre tantas otras formas de movilidad corporal que nos muestran que “estar ahí” junto al otro sigue siendo importante, sigue siendo una forma irremplazable de resolver la distancia. Tal vez ahora vemos, en medio de vidas más híbridas, que nunca fue una sola forma de movimiento la que sostuvo nuestras formas de ser quienes somos, de ser niñas/os, madres, padres o abuela/os, de ser familia y de ser móviles.

Bibliografía

Cortés, S. (2011). Al infinito y más allá: espacialidad y movilidad en la vida cotidiana de niñas y niños en Santiago, Chile. [Tesis para optar al título de antropóloga social, Universidad de Chile. Repositorio Académico de la Universidad de Chile. En repositorio.uchile.cl/handle/2250/113281.

Cortés-Morales, S. (2015). From cocooning to Skyping: an ethnographic study of young children’s everyday mobilities in an English town. [Tesis doctoral, University of Leeds]. White Roses eThesis Online. En etheses.whiterose.ac.uk/12698.

Cortés-Morales, S. (2020). Bracelets around their wrists, bracelets around their worlds: materialities and mobilities in (researching) young children’s lives. Children’s Geographies, 19(3), 364-376. En doi.org/10.1080/14733285.2020.1789559.

Cortés-Morales, S. y Morales, C. (2021). Outbreak over outbreak: children living the pandemic in the aftermath of Chile’s social unrest. Children’s Geographies, Children Living in Pandemic Times Viewpoints Special Issue, 20(4), 412–420. En doi.org/10.1080/14733285.2021.1900543

Cortés-Morales, S., Tebet, G. y Acevedo-Rincón, J. (2021a). Movilidades infantiles en pandemia: develando espacialidades invisibles de la niñez en Latinoamérica. Revista DESidades. Revista Electrónica de Divulgación Científica de la Infancia y la Juventud, (30), 142-161. En desidades.ufrj.br/featured_topic/movilidades-infantiles-en-pandemia-develando-espacialidades-invisibles-de-la-ninez-en-latinoamerica.

Cortés-Morales, S., Holt, L., Acevedo-Rincón, J., Aitken, S., Ekman Ladrue, D., Joelsson, T., Kraftl, P., Murray, L. y Tebet, G. (2021b). Children living in pandemic times: a geographical, transnational and situated view (editorial). Children’s Geographies, Children Living in Pandemic Times Viewpoints Special Issue. En doi.org/10.1080/14733285.2021.1928603.

MacLure, M. (2013). “The Wonder of Data”. Cultural Studies ↔ Critical Methodologies, 13(4), 228-232. En doi.org/10.1177/1532708613487863.

Murray, L. & Cortés-Morales, S. (2019). Childrens Mobilities. Interdependent, imagined, relational. Palgrave Macmillan: London.

Urry, J. (2007). Mobilities. Polity Press.


  1. El primero pasó rápidamente al olvido, luego de algunos problemas técnicos, mientras que el segundo se ha sostenido en un lugar importante por varios años.


Deja un comentario