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Intercambio y viaje en la puna de Atacama[1]

Persistencias de la movilidad

Alejandro Garcés y Juan Carlos Vilches

Contamos la historia de una feria, a veces conocida como “feria del trueque”, en otras como “feria de intercambio”. Se trata de la feria de Coranzulí, acaecida en octubre de 2018 en la localidad del mismo nombre en la provincia de Jujuy. Se inscribe dentro de las ferias que sistemáticamente en temporada estival realizan organizaciones y colectivos de la puna atacameña que comparten Bolivia, Argentina y Chile. Decimos “sistemáticamente” porque ya desde 2010 en adelante vienen realizándose, todas ellas, por un lado, intentando recuperar o actualizar la práctica del trueque como forma de intercambio económico, y, por otro lado, desencadenando movilidades transfronterizas desde los distintos países.

A partir de estas prácticas de intercambio y movilidad que observamos en la actualidad, las que tienen gran profundidad histórica, emergen discursos políticos y étnicos que apelan a la unidad del pueblo atacameño más allá de las fronteras nacionales, y al reconocimiento y protección de un territorio interfronteras que vendría a comprender el departamento de Susques en Argentina, las Quetenas en Bolivia, y las áreas de desarrollo indígena de Alto Loa y Atacama La Grande en Chile (La Voz del Norte, 2012).

De este modo, la actividad del trueque que se practica o escenifica en estas ferias viene a significar la continuidad histórica de un territorio y sus intercambios, las movilidades que tuvieron lugar y que organizaron espacios y economías a través de la complementariedad de pisos ecológicos (Murra, 1975). En este sentido, el trueque vino a constituir la forma comercial para las movilidades de personas y mercancías (Conti y Sica, 2011; Garcés y Maureira, 2018; Morales et al., 2019).

Sin embargo, esta movilidad no queda anquilosada en la producción de un puro antecedente histórico, sino que transformada, como veremos, sigue produciendo una movilidad de gentes y mercancías, que puede interpretarse o canalizarse hacia la construcción de una demanda étnica transnacional, pero en la que por abajo se actualizan nuevos comercios y movilidades en la puna de Atacama.

En este marco, abordamos etnográficamente el viaje que realizan las caravanas de truequeros de la provincia de El Loa hacia las provincias argentinas de Salta y Jujuy con el objetivo de intercambiar productos[2]. Indagamos en cómo, a través de la movilidad, se encadenan la economía doméstica, el discurso etnopolítico y la identidad cultural en el actual intercambio, heredero de los vínculos y conocimientos estructurados desde tiempos precolombinos, pero hoy determinado por la emergencia de lo étnico en estos tres países y el multiculturalismo global.

El viaje que se describe a continuación fue el realizado por los miembros de la Asociación Atacameños Sin Fronteras[3] a la feria del trueque llevada a cabo en el poblado argentino de Coranzulí, durante el fin de semana del 13 de octubre de 2018. Dicho encuentro se enmarcó dentro de la celebración de la fiesta patronal de dicho pueblo en honor a la Virgen del Rosario. Cabe agregar que, para pertenecer a la ya nombrada asociación, es necesario inscribirse, asistir a las reuniones y pagar las cuotas establecidas. Sus miembros se reconocen como “gente de campo”, y casi todos provienen de las zonas rurales de la provincia de El Loa, tanto de la cuenca del mismo nombre, como de la del salar de Atacama. Solo unos pocos viven en localidades como San Pedro de Atacama o ciudades como Calama, pero son enfáticos en afirmar que no son de ahí, sino que de alguno de los pueblos del interior de esa provincia.

Los viajes transcordilleranos realizados por las poblaciones de la circumpuna atacameña han conectado diferentes espacios productivos desde hace mucho tiempo, lo que les permite a estos grupos acceder a recursos y bienes que les son escasos o inexistentes en sus propios hábitats. Esto es lo que se ha denominado “control vertical de pisos ecológicos” (Murra, 1975).

La experiencia y conocimiento de los viajeros de la puna sobre las rutas y animales es previa a la llegada del conquistador (Núñez y Dillehay, 1979) y prontamente se hizo funcional a los requerimientos de la corona española. A comienzos del siglo xvi, los arrieros ya transitaban por este territorio con recuas de animales transportando el mineral extraído desde el cerro rico de Potosí, cruzando por la Puna y Desierto de Atacama, hasta llegar al Puerto de Cobija en la actual II región de Antofagasta (Sanhueza, 2011). El tránsito fue permanente, ya que no solo trasladaban mercancías para la Corona española, sino que también se abastecían de otros recursos que obtenían en sus trayectos para comercializar. Podían trabajar de forma independiente transportando sus propios bienes, o bien trabajar como “transportistas” de la Corona (Garcés y Maureira, 2018).

Con la guerra del Salitre y el posterior proceso de fronterización que atravesó la zona[4], estas comunidades quedaron divididas entre Chile, Bolivia y Argentina (Barbarán y Arias, 2009; Morales, 2016). Esta situación en ningún caso acabó con los viajes, estos seguirían ahora reconvertidos en lo que se ha llamado “arrieraje hacendal”, el cual tenía como objetivo suministrar de carne a la industria minera, principalmente a la del salitre (Molina, 2011).

Con el fin del auge del salitre hacia la década de 1930, el arrieraje hacendal llegaría a su fin, mas no los viajes transcordilleranos, pues estos nuevamente se reconvertirían, transformándose esta vez en viajes de intercambio que permitieron abastecer a estas comunidades con diversos productos de primera necesidad que les era muy difícil o imposible obtener en sus ecosistemas respectivos. Esta forma de arriería era administrada por familias y tuvo un marcado carácter indígena en un mundo conectado de una forma muy distinta a la de hoy (Molina, 2011; Morales et al., 2018; Garcés et al., 2019).

Surgió así la figura del comerciante transcordillerano o “truequero” –como los llaman los habitantes de la zona–, quienes solían atravesar varias veces la cordillera durante la época estival con el propósito de comercializar las mercancías que se producían en sus lugares de origen a través del trueque (Haber, 2006; Madrazo, 1981; Molina, 2011; Morales, 1997; Rabey et al.,1986). Hacia finales del siglo xx, este tipo de viajes entraron en un franco declive debido a la rigidización de las fronteras que acompañó a los golpes militares en ambos países (1973 en Chile y 1976 en Argentina) (Benedetti y Argañaraz, 2001; Molina, 2011; Rabey et al., 1986). Dada esta situación, los “truequeros” comenzarían a evitar cada vez más las declaraciones aduaneras, los códigos sanitarios y trámites migratorios, pues a toda costa querían escapar de la policía fronteriza, que podía confiscar los productos que intercambiar o los intercambiados, transformándose abiertamente en contrabandistas (Morales et al., 2018; Rabey et al., 1986).

A principios de la década de 1990, ocurrirían entonces apresamientos bajo el cargo de contrabando a ambos lados de la frontera, confiscación de mercadería e incluso quema de animales (Morales et al., 2018). Podría decirse que estos hechos conducirían al término de este tipo de intercambios, poniendo fin a una práctica cultural de larga data cuyo conocimiento había sido heredado por generaciones en estas comunidades de los Andes. Sin embargo, como veremos a continuación, los intercambios tienen lugar hasta la actualidad, aunque ahora protagonizados por otras mercancías y redes económico-familiares.

Mapa 1. Localidades en las que suelen realizarse ferias de intercambio indígena. Según los calendarios de la organización Atacameños Sin Fronteras entre los años 2017 y 2019

Fuente: elaboración propia.

Viaje de ida: subiendo a la Puna

A eso de las 9 de la mañana, nuestro equipo compuesto por dos etnógrafos llega a la casa del presidente de la asociación en San Pedro de Atacama. Se trata del lugar desde el que suele partir la caravana, pero solo hay dos mujeres, quienes nos señalan con desconfianza –pese a que habíamos asistido a varias ferias antes y que conocíamos a algunos “truequeros”– que no hay nada listo aún y que volvamos en un par de horas. Al volver a la hora señalada, ya hay muchos más “truequeros” reunidos, los ayudamos a cargar el camión y, luego de coordinar en qué vehículo viajamos, la caravana inicia su viaje.

Compuesta por el señalado camión, cinco o seis camionetas particulares y a veces una van, la caravana lleva entre veinte y veinticinco personas, en su mayoría mujeres de mediana a mayor edad, cuya principal motivación para asistir a estas ferias es –según ellas mismas– “hacer negocio”. Sin embargo, y pese a esta afirmación tan categórica, a medida que va avanzando el fin de semana, van apareciendo ciertos elementos que indicarían que estos eventos van más allá de lo estrictamente comercial. Por su parte, los hombres participan apoyando la logística necesaria, encargados de conducir los vehículos, mover la carga o cuidarse de los robos, pero no de “truequear”. Los niños que viajan, en general hijos o nietos de alguna pareja de truequeros, son muy pocos debido a lo incómodo y cansador que pueden resultar este tipo de viajes en general.

Dejamos San Pedro de Atacama y tomamos la ruta 27CH en dirección hacia la cordillera. Una pasajera lanza algunas hojas de coca por la ventana de la camioneta a modo de ofrenda para pedir que nuestro viaje resulte sin “novedades”. A medida que subimos por la carretera, vamos comentando que antes los viejos atravesaban la cordillera en burro o llama para ir a “cambalachear” lana, carne o charqui por ropa, ollas o frutos secos. Asimismo, conversamos acerca de cómo han cambiado las cosas, sobre todo teniendo en cuenta las actuales leyes aduaneras que prohibieron trasladar –de un país a otro– productos de origen animal o vegetal, no industrializados.

Después de un recorrido de más o menos dos horas y media hasta alcanzar los 4200 m. s. n. m., arribamos a la primera parada, el paso fronterizo integrado de Jama[5]. Allí inicia el proceso en Migraciones y Aduanas, el cual suele ser bastante engorroso y lento. Los “truequeros” se forman en una fila –la que llega hasta afuera del complejo–, ordenados según el vehículo en el que vienen viajando. Muy pacientemente, uno a uno van pasando por las ventanillas de las policías –chilena y argentina– entregando la documentación necesaria para hacer abandono de un país e ingresar al otro. El carnet de identidad y los papeles de los vehículos son imprescindibles. Al mismo tiempo que está ocurriendo esto, los dirigentes de la asociación conversan animadamente con los funcionarios de Senasa[6], con el propósito de convencerlos de que no sean tan estrictos con la revisión de su mercadería.

Una vez que se han realizado los trámites aduaneros personales, los cuales tardaron aproximadamente una hora y media, se procede a revisar exhaustivamente la carga del camión y de los vehículos. Los “truequeros” son obligados a descargar todo lo que llevan. Decenas de bolsas matuteras[7], bicicletas, somieres, colchones, electrodomésticos, artículos personales son examinados, incluso algunos son llevados al interior del edificio del complejo fronterizo para pasar por la máquina de rayos X. Este examen dura más de dos horas, provocando la molestia de varios de los miembros de la asociación, pues han perdido mucho tiempo. Posteriormente, las autoridades argentinas fumigan con pesticidas la caravana completa con el objetivo de eliminar una eventual plaga o agente infeccioso que puedan transportar los chilenos. Si bien puede parecer un control rutinario, observamos que este no se realiza a todos los viajeros.

Figura 1. Revisión de la mercadería de los truequeros por parte de las autoridades fronterizas argentinas. Paso fronterizo integrado de Jama, 2018

Fuente: elaboración propia.

Figura 2. Fumigación de los vehículos miembros de la caravana. Paso fronterizo integrado de Jama, 2018

Fuente: elaboración propia.

Una vez que la caravana ha logrado atravesar el límite nacional –después de más de 4 horas–, se dirige al poblado que le da el nombre al complejo fronterizo, ubicado a más o menos un kilómetro. Allí algunos cargan combustible, compran algo para comer y recogen más mercancías, las cuales están guardadas en la bodega de un familiar de uno de los miembros de la asociación; de esta forma, evitan tener que volver a Chile cargados de mercadería que no han podido comerciar. Una vez realizado esto, el grupo ya está listo para continuar su rumbo.

Continuamos por la ruta RN52, pavimentada y en buen estado, para, luego de unos 100 km, doblar hacia la izquierda en dirección al norte por la ruta RP70 –de tierra y a mal traer–, que lleva directamente a Coranzulí por el costado este del Salar de Olaroz. Varios comentan que este camino se mantiene solo gracias al alto flujo de camiones de Sales de Jujuy S.A., planta procesadora de carbonato de litio, instalada en medio de la inmensidad del salar.

Luego de avanzar lentamente cerca de 90 km por la ruta mencionada, la caravana logra arribar finalmente a eso de las 10 de la noche a Coranzulí. Se trata de un pequeño pueblo, ubicado a casi 70 km de Susques, la cabecera del departamento homónimo, en la zona noreste de la provincia de Jujuy. Está emplazado en una quebrada de altura (4100 m. s. n. m.) a los pies del cerro Moraya (5000 m s. n. m.) y a las orillas del río que le da el nombre. Es sede de su propia Comisión Municipal desde 1969, cuyo territorio abarca unos 2926 km². De esta dependen las localidades rurales de El Toro, Jama, Mina Providencia y San Juan de Quillaques. Cuenta con escuela primaria, bachillerato (estudios secundarios), unidad sanitaria, registro civil, gimnasio polideportivo, destacamento policial, templo evangélico e iglesia católica –la cual destaca por su monumentalidad en relación con las otras construcciones–. Cabe agregar también la presencia de un Centro Vecinal y de la Comunidad Aborigen Río Grande de Coranzulí, la cual existe desde el año 2001 y se autodenomina como parte de la etnia Los Atacamas. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos de la República Argentina (INDEC, 2010), en él residen unas 333 personas, número que se ve ampliamente superado durante ese fin de semana, dada la realización de la fiesta patronal del pueblo en honor a la Virgen del Rosario y las actividades en torno a esta (feria del trueque, campeonato de fútbol y “La Gran Festivelada”). Posteriormente, muchos jóvenes nos comentarán que se han ido del pueblo a la ciudad –hacia Abrapampa y San Salvador de Jujuy principalmente– en busca de mejores expectativas de vida y oportunidades laborales, pero que todos los años regresan este fin de semana, para encontrarse con viejos amigos y familiares.

Una vez allí, los coranzuleños miembros de la comunidad aborigen reciben de manera muy cordial a los “truequeros”. Muchos son viejos amigos, pues llevan años visitándose mutuamente en este tipo de instancias. A los recién llegados, se los invita de inmediato a uno de los salones de la comunidad para ofrecerles un guiso de cabeza de vacuno con papas, sopa, pan, mate cocido, té y gaseosas. Mientras dura la cena, la conversación gira en torno a los productos que los de la caravana han traído para cambiar y el valor que tendrán estos al día siguiente. A medida que los invitados van terminando, se dirigen uno a uno a la escuela del pueblo, lugar destinado para que los “hermanos chilenos”, como se les dice a los “truequeros” en estos encuentros, pasen la noche. En un aula acondicionada con colchones y mantas, la mayoría pernocta. Solo unos pocos, los que andan con niños, deciden hacerlo en una pequeña residencial local.

Esa misma noche se lleva a cabo “La Gran Festivelada”, un festival organizado por la escuela primaria del pueblo en el que se presentan grupos de baile y agrupaciones musicales –tanto locales como de los pueblos aledaños–. Chacarera, cueca boliviana y tinku son los ritmos que suenan mientras se venden comestibles y bebestibles –sin alcohol– con el objetivo de financiar diversas iniciativas escolares. Pese a que los “hermanos chilenos” fueron invitados, ninguno asiste pues todos afirman estar muy cansados, y, si bien algunos visitan en su casa a algún amigo local antes de dormir, la mayoría decide ir a la cama temprano. La única excepción fue este equipo investigador, por supuesto. En la “Festivelada” nuestra presencia es notada y somos saludados a través de los altoparlantes por el animador en más de una ocasión. A eso de las una y media de la noche y antes de que termine el festejo, decidimos retirarnos. Sin duda ha sido una jornada larga y extenuante.

La Feria

Justo después del alba, a eso de las 7 a. m., comienza la jornada. Poco a poco se van incorporando los feriantes, es una mañana fría. El desayuno, mate cocido y pan amasado, se lleva a cabo en el mismo salón casino donde la noche anterior se realizó la “Festivelada”. Ya desde las primeras horas del día, se puede observar una mayor circulación de vehículos y personas por las polvorientas calles del pueblo, debido a la realización de la fiesta patronal. El campeonato de fútbol organizado motivo de la celebración católica lleva el nombre “Copa de Campeones” y se disputa durante casi todo ese día. Participan equipos masculinos de las localidades cercanas de Susques, El Toro y San Juan de Quillaques, concentrando una cantidad de público considerable alrededor de la cancha del pueblo, entre ellos nosotros y algunos otros miembros de la caravana chilena. Sin duda es un lugar agreste para la práctica deportiva –la altura–, pero los jugadores demuestran gran capacidad física.

Figura 3. Entretiempo de un partido de la Copa de Campeones. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

La mayoría de los chilenos que miran la pichanga se retiran antes de que termine el primer partido, pues están ansiosos por el inicio de la feria, que está anunciado para después de la comida.

Cerca del mediodía se lleva a cabo el almuerzo –en el mismo espacio del desayuno–, el cual consiste en sopa como entrada, asado de llama con mote de maíz y papa como principal, además de algunos refrescos. Los truequeros se apuran a merendar para dirigirse raudamente a la plaza principal, ubicada frente a la iglesia y sitio donde se realizará la feria. Una vez allí, según el orden en que van llegando, se ubican en los que según ellos son los mejores lugares para cambalachear. Dejan algún bulto o señal para delimitar su espacio elegido y se dirigen a descargar el camión. Somos requeridos por muchos feriantes para descargar, muchos son de avanzada edad, por lo que esta tarea les cuesta. Además, nos habíamos comprometido con realizar esta labor incluso desde antes de abordar los vehículos en San Pedro de Atacama. El inicio de este está programado para las 13:30 h.

Un poco antes de las 14:00 h, inicia la ceremonia de inauguración de la feria con discursos del representante de la comisión municipal de Coranzulí, quien agradece la presencia de los “hermanos chilenos”. Así lo señala una comunera local:

Bueno, todos los presentes, infinitas gracias por llegar, por ser partícipe de este momento, y, como dije hace un rato, la esencia de esto es el trueque y hay que mantenerlo vivo porque son costumbres nuestras, de nuestros antepasados, de nuestros abuelos, y bueno, creo que ahí es importante seguir con esto y muchísimas gracias una vez más, bienvenidos a todos, que tengan una hermosa estadía, a los hermanos chilenos, los residentes, a los visitantes, y sobre todo gracias a la mamita del Rosario, que derrame su santa bendición, a la Virgen del camino, darle gracias por permitirles a ustedes estar acá presentes y que permita dejarlos regresar a sus hogares cada uno todos bien sin ninguna novedad. Vamos a dar inicio al ritual y por favor al chileno, al hermano Reyes, y vamos pasando ya de a dos para empezar el ritual (Coranzulí, octubre de 2018).

Por su parte, uno de los dirigentes de la agrupación de truequeros también da un pequeño discurso en el cual da las gracias por la invitación y señala la importancia de estas ferias, pues otorgan visibilidad a los pueblos indígenas de la puna atacameña y a sus problemáticas, entre las que se encuentran el asedio de la gran minería –metálica y no metálica– transnacional y la posibilidad de acceder a beneficios aduaneros, dada su condición de comerciantes transfronterizos. Sus palabras son bastante explícitas a este respecto:

Entonces, yo quiero en esta oportunidad también reiterarles que es muy importante que nos reunamos como pueblo atacameño sin mirar comunidades de los diferentes países, sino que unión puro, y realmente como un pueblo atacameño reunirnos y apoyarnos unos a otros para lograr todo lo que a nosotros nos pertenece con esto de los trueques y muchas otras cosas más y también de las riquezas de nuestras tierras como pueblo atacameño, yo quiero invitarlos personalmente que nos unamos sin mirar política, sin mirar raza, sin mirar color, y nos unamos como pueblo atacameño y luchar todos juntos (Coranzulí, octubre de 2018).

Es reiterado el llamado a unirse como “pueblo atacameño” frente a las problemáticas que les afectan, sin importar raza, color, ni política. Situación que llama la atención pues pareciera ser que de esta forma el llamado no solo se hace al “pueblo atacameño”, sino que comienza a abrirse a otros grupos afectados por la gran minería y las fronteras aduaneras. El siguiente extracto de un discurso dado por este mismo dirigente, pero en otra feria a la que también asistió la asociación casi un año antes, va en la misma dirección y va un paso más allá en lo que respecta a las organizaciones étnicas:

Quiero agradecer personalmente a todos los que hicieron las gestiones o trámites para poder lograr reunirnos en este día. Pero lo que yo veo realmente hermoso es la unión o la armonía a donde se juntan diferentes comunidades, diferentes etnias, que sé yo, y diferentes edades (Esquina Blanca, diciembre de 2017).

En ese sentido, la figura 4 muestra la adscripción étnica Colla que declara la comunidad indígena de Esquina Blanca. Tal como mencionó una de las asistentes a la feria, “La madre tierra es una sola, no importa Pachamama o Patahoiri”, haciendo referencia a la Madre Tierra en lengua quechua y kunza, respectivamente.

Figura 4. Pendón de la Comunidad Colla San José de Esquina Blanca. Esquina Blanca, 2017

Fuente: elaboración propia.

Posteriormente, se cantan los himnos nacionales de Argentina y Chile, y se izan ambas banderas junto a la wiphala[8], para luego dar paso a un pago a la tierra abierto a todos los asistentes y oficiado por los líderes locales. Algunos “truequeros” participan en el pago, mientras que otros esperan paciente y respetuosamente el inicio del cambalache.

Figura 5. Pago a la tierra previo a la feria, realizado bajo las banderas chilena y argentina izadas. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Apenas acaba la ceremonia, comienza el intercambio. Los chilenos, dispuestos alrededor de la plaza, exponen sus productos en paños y lonas en el suelo y negocian con los argentinos que se les acercan. Previamente se ha hecho un llamado a que ninguna persona trate de aprovecharse de otra, sacando ventaja a través del engaño. La idea es que los trueques sean justos y beneficien tanto a chilenos como a argentinos. Pese a que en la actualidad los trueques están permeados por la compraventa, durante la primera hora, los “cambalaches” son intensos, ritmo que va decayendo a medida que avanza la tarde.

Figura 6. Primeros momentos de la feria de intercambio. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Al momento de realizar un intercambio, los truequeros revisan la fecha de vencimiento de los productos y su marca, pues hay algunas que no son de su agrado y tienen menor valor. Esta tarea es llevada a cabo por mujeres, quienes son mayoría, como ya hemos dicho. Por su parte, los hombres juegan un rol secundario, observando que no les roben y cargando bultos. Al mismo tiempo, los truequeros locales revisan el estado de los productos una y otra vez mientras regatean, sabiendo que, con el pasar de las horas, estos irán bajando de precio, aun a riesgo de que otras personas los cambien y se los lleven. Cabe agregar que, por el lado argentino, no es necesario estar inscrito en alguna agrupación para poder cambiar, pues es una actividad dirigida a todo público, por lo que llegan personas de otras localidades a participar, incluso trabajadores de las faenas mineras cercanas, atraídos por la oferta de productos traídos por los chilenos.

Las mercancías intercambiadas son de diversa naturaleza. A modo general, las mercancías que se llevan desde Chile son productos manufacturados, en su mayoría ropa usada, aunque también hay nueva. Calzado, indumentaria deportiva y para el trabajo son las más requeridas. También hay presencia de juguetes, peluches, ollas, electrodomésticos, bicicletas y colchones, entre otros. De manera marginal, también llevan productos de origen vegetal y de manufactura propia, como chañar, orejones, pasas, cacha de membrillo, cacha de pera, frutos secos, peras de agua y manzanas, los cuales deben cumplir con estrictas medidas sanitarias para poder atravesar las fronteras. Las mercancías son transportadas de manera conjunta, y la cantidad disponible para llevar por truequero es definida previamente en las reuniones, la cual suele ser tres bultos[9]. A esto hay que agregarle además lo que cada uno puede llevar en sus vehículos particulares. Por su parte, los truequeros argentinos ofrecen principalmente productos de alimentación y útiles de aseo. Harina, azúcar, aceite, arroz, sémola, frangollo, fideos, maíz pelado, galletas, golosinas, sidra, mate, conservas, alcohol de quemar, jabón en polvo, champú y detergente. Caso especial son los productos de fabricación artesanal como charqui, queso, carne y artesanías, pues, si bien son muy apetecidos por los chilenos, muy pocos cambian debido a lo complicado que es pasarlos por la frontera en la vuelta a Chile. En ese sentido, muchos de los asistentes comentan que antes estos encuentros eran mejores desde el punto de vista económico, pues Jama era un paso fronterizo no integrado que permitía que los caravaneros pasaran productos hoy prohibidos.

Figura 7. Argentinos revisando y regateando en un puesto de una truequera chilena. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Mientras ocurre la feria, se lleva a cabo la procesión en honor a la Virgen del Rosario. La que está compuesta por varias personas con actitud serena y reflexiva, pese al ruido de la música de una banda de sikuris que los acompañaba, más la explosión constante de petardos. De esta forma, la figura de la Virgen recorre las polvorientas calles coranzuleñas.

Figura 8. Procesión de la Virgen del Rosario, que acompaña la feria del trueque. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Con la puesta de sol, los comerciantes comienzan a guardar lo que no pudieron cambiar, así como también la mercadería que obtuvieron mediante el cambalache. Todo se envuelve nuevamente en bolsas matuteras y se sube al camión o a las camionetas. Además, a los bultos que van en el camión, les escriben su nombre encima para identificarlos a su llegada a San Pedro. De igual forma, cada “truequero” escribe una lista con los productos y la cantidad que consiguieron de estos para presentarla en la aduana chilena durante su regreso a Chile. Terminada toda esta faena, los “hermanos chilenos” son invitados nuevamente a comer.

Esta última cena –cuyo menú fue sopa y fideos guisados con carne– es mucho más distendida debido a que ya se ha realizado la labor. Los comerciantes comentan la feria, recuerdan anécdotas y comparten de forma fraterna con sus anfitriones. Con posterioridad a la cena, algunos continúan la tertulia en casa de algún amigo o amiga, a la espera del comienzo de los bailes con motivo de la celebración de la Virgen del Rosario, mientras que otros asisten a la misa que tiene el mismo fundamento. Otros se dirigen a descansar en la escuela donde duerme la caravana.

A eso de las 22:30, se prende la fogata central, en la misma plaza donde se realizó la feria. Se realiza otro pago a la tierra, esta vez no tan pomposo como el de la tarde, y se da inicio a una fiesta en honor a la Virgen. Aunque no todos, esta noche sí que asisten varios de los caravaneros, quienes comparten con los lugareños tomando vino y chicha repartida gratuitamente por estos últimos en el contexto de la fiesta patronal. Luego se realiza el tradicional baile de los “cuartos”, el cual consiste en que los devotos dancen en la entrada de la iglesia sosteniendo el cuarto del cuerpo de una cabra muerta al son del ensordecedor tañido de las campanas.

Figura 9. Baile de los cuartos desde el campanario de la iglesia de Susques. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Posteriormente, se baila en parejas hombre-mujer o mujer-mujer, pero nunca hombre-hombre, en rondas al ritmo de la música de los sikuris de las cuales participamos. Mientras esto sucede en la plaza, hay otras fiestas privadas ocurriendo en el pueblo, como bautizos y cumpleaños, en las que suena cumbia y otros ritmos “menos tradicionales”. Si bien la mayoría de los chilenos se retira temprano, las celebraciones continúan hasta altas horas de la madrugada.

Figura 10. Fogata en la plaza central de Coranzulí, al fondo de la iglesia. Coranzulí, 2018

Fuente: elaboración propia.

Viaje de vuelta, bajando de La Puna

El último día parte un poco más tarde que el anterior debido, suponemos, a la larga extensión de la jornada previa. Luego de tomar el desayuno –mate cocido y pan amasado– y de las despedidas y agradecimientos correspondientes, la caravana ya está lista para regresar. Esta vez los truequeros no regresan por la misma ruta, sino por la ruta RN40, con el objetivo de evitar el mal estado del camino que los trajo y pasar por Susques a comprar mercadería. Cabe mencionar que Susques es un pueblo más grande y accesible que Coranzulí, por lo que ofrece mejores precios. Luego de un viaje de más o menos dos horas, llegamos al llamado “pórtico de los Andes”. Una vez allí se dirigen directamente a una de las despensas (almacenes). Azúcar, dulce de leche y yerba mate son los artículos más comprados, debido al alto precio que tienen en Chile. Ya es posible observar el cansancio en la cara de los “truequeros”.

Luego de esto, la caravana retoma la ruta RN52 en dirección hacia Jama, el cual dura aproximadamente dos horas. Allí se detienen para dejar algunos bultos en una bodega, y no tener que cruzarlos de vuelta a Chile, manteniéndolos en Argentina para un próximo encuentro. Posteriormente, toda la caravana se agrupa y se dirige al puesto fronterizo para atravesar juntos la frontera. Esta vez los trámites son bastante menos engorrosos, y la revisión es mucho menos exhaustiva, ya que algunos de los funcionarios del Servicio Agrícola Ganadero (SAG) han visitado los hogares y campos de algunos de los truequeros, en el marco de sus labores fitosanitarias.

Finalmente, y después de dos horas de viaje, la caravana vuelve al lugar donde inició su recorrido en San Pedro de Atacama. Allí los comerciantes, notoriamente cansados, esperan el camión, que, obligado por el peso de su carga, tiene que avanzar más lento para evitar accidentes. Luego de la descarga, unos continúan su viaje hacia la ciudad de Calama y los pueblos del Alto Loa en sus camionetas particulares. Otros se dirigen a alguna de las pequeñas localidades de la cuenca del Salar de Atacama. Una minoría –los que no tienen vehículo propio– deciden pernoctar en San Pedro de Atacama para descansar antes de seguir su ruta al día siguiente. Antes de que anochezca, termina este fin de semana de trueque.

Conclusiones

Las escenas que describimos nos permiten ver la actuación de la movilidad en distintas dimensiones. Observamos en primera instancia la movilidad produciendo el espacio de la puna jujeña a partir de un calendario ritual y festivo, también comercial, en este caso a través de la fiesta de la Virgen del Rosario y de la realización de un campeonato de fútbol. Sobre esta temporalidad se inscribe el calendario de ferias del trueque que en temporada estival desarrolla la asociación de “Atacameños sin fronteras”, articulando en la contemporaneidad un espacio de movilidad transnacional para personas y mercancías.

Si la movilidad que en clave histórica organizaba este espacio, articulando un flujo de mercancías y personas acotado entre la puna y el salar de Atacama, la expresión contemporánea de esta movilidad y su expresión transnacional dislocan o amplían el espacio para permitir la incorporación de nuevas gentes que no contaban con un vínculo histórico con este territorio (comerciantes de ciudades como Calama) y de mercancías que no dicen relación con la geografía productiva tradicional, aquella que sobre productos manufacturados a uno y otro lado de la frontera se convertía en el centro del intercambio. El intercambio comercial “tradicional” aparece entonces ahora permeado por productos con origen en espacios interiores de ambos países, y en particular en Chile, por la incidencia de la Zona Franca de Iquique en la provisión de nuevas mercancías. Estamos entonces ante una nueva territorialidad para el despliegue de las prácticas sociales y económicas originalmente propias de los pueblos de la puna atacameña.

Es sobre este espacio dislocado, construido histórica y actualmente sobre unas fronteras de tardía implantación, sobre el que observamos ahora la emergencia de una demanda étnica transnacional. El carácter comercial, ritual y étnico de estas ferias es el que posibilita el surgimiento de un discurso etnopolítico en la zona. Es la multidimensionalidad de estas ferias, como espacio para el intercambio monetario y en forma de trueque, como lugar para la creación y renovación de vínculos familiares y de amistad, como nodos para la articulación de circuitos comerciales y de movilidad, y como acontecimientos que marcan la vida de nuevas asociaciones étnicas transfronterizas.

Bibliografía

Barbarán, F. y Arias, H. (2009). Migraciones en la puna: su relación con el uso de los recursos naturales del Departamento Los Andes (Provincia de Salta, Argentina). Período 1947-2001. Espacio y Desarrollo, (21), 35-57.

Benedetti, A. y Argañaraz, C. (2001). La Puna desde 1900 hasta el “Paso de Jama”. Notas sobre el imaginario de los susqueños acerca del proceso de integración entre Chile y Argentina. IV Congreso Chileno de Antropología (pp. 1-17). Colegio de Antropólogos de Chile.

Conti, V. y Sica, G. (2011). Arrieros andinos de la colonia a la independencia. Nuevo Mundo Mundos Nuevos. En doi.org/10.4000/nuevomundo.60560.

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  1. Este trabajo se enmarca en los resultados del proyecto ANID FONDECYT N.° 1160963 y Núcleo Milenio Movilidades y Territorios.
  2. Las principales mercancías que llevan los chilenos para comerciar son bicicletas, colchones, electrodomésticos, juguetes, calzado y ropa (la mayoría usada, pero también nueva). La presencia de productos no industrializados y de producción propia –o denominados “tradicionales”–, como chañar, algarrobo o frutos secos, es más bien marginal. Por otra parte, los productos más ofrecidos por los argentinos son yerba mate, arroz, harina, leche en polvo, aceite, sal, azúcar, sémola, frangollo, detergente y sidra. Los tradicionales, como el queso, la carne, el charqui o el cuero, ya casi no se ven.
  3. Esta asociación, con asiento en San Pedro de Atacama, reúne individuos y familias indígenas que mantienen vínculos con territorios al otro lado de la frontera. Se orientan a sostener y revitalizar las relaciones económico-familiares tradicionales que tienen lugar en este espacio, ahora transfronterizo. Una vez al año, normalmente en septiembre, se reúnen las dirigencias en el poblado de Jama con el objetivo de programar el calendario de ferias de intercambio de la temporada.
  4. De acuerdo con Sanhueza (2008), desde el siglo xviii, en tiempos coloniales, todo el territorio atacameño pertenecía al Corregimiento Atacama. Tras las independencias nacionales, la puna atacameña quedó en manos de Bolivia. Y al finalizar la guerra del Pacífico, se firmó el Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Bolivia en 1904, por el que la puna se repartió finalmente entre Chile y Argentina, en donde la cordillera de los Andes establece las fronteras nacionales, y solo una pequeña parte del pueblo atacameño queda en el suroeste boliviano, nos referimos a Quetena Grande y Quetena Chico.
  5. Adquirió la calidad de integrado recién en el 2011, transformándose en un obstáculo más que en un beneficio para los truequeros. Muchos asistentes a las ferias afirman que, hasta antes de este hecho, las ferias eran mejores ya que era más fácil pasar productos no industrializados, producidos por ellos mismos. Hoy son muy pocos los que pasan alguna mercancía no permitida.
  6. El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) es un organismo sanitario del Estado argentino encargado de la fiscalización y certificación de los productos y subproductos de origen animal y vegetal, sus insumos y residuos agroquímicos, así como la prevención, erradicación y control de enfermedades y de las plagas que afectan a la producción agropecuaria del país. De ahí su presencia en los pasos fronterizos como ente encargado de fiscalizar la entrada de productos contaminados al país.
  7. Bolsas de material plástico de diversos colores, usadas principalmente para el transporte de mercaderías.
  8. La wiphala es una bandera cuadrangular de siete colores, usada originalmente por algunos pueblos andinos y presente especialmente en Bolivia.
  9. En principio cada asistente tiene derecho a llevar 50 kg de mercadería en el camión, tanto de ida como de vuelta, aunque en estricto rigor es evidente que varios no cumplen con este requisito.


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