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Breve bestiario de movilidad familiar[1]

Gerardo Mora Rivera

Ostento una serie de ventajas que conseguí sin esfuerzo alguno. Son consecuencia de residir en Santiago de Chile, una ciudad heteropatriarcal que me valora en cuanto hombre, adulto, laboralmente activo, cisgénero, heterosexual, de estatura ligeramente superior al promedio y de salud compatible con la vida en una urbe latinoamericana. Soy un “habitante uniforme” (Cortés, 2011, p. 7), ese para el cual ciudades como esta son (re)diseñadas constantemente. Y, por ende, mi movilidad individual es (considerada como) normal.

Además, mis tareas habituales suceden a menos de cuatro kilómetros del hogar y me muevo caminando, en transporte público o en bicicleta. Para vivir “cerca de todo”, con mi familia habito en un sector de la ciudad que podemos costear y que está próximo a espacios donde nos es posible obtener trabajo, alimentos, recreación y conexiones con el resto de la urbe.

Vivimos en Patronato. Es un “territorio de mixtura étnica e impronta comercial”, ubicado “en el sector norte de la ciudad y el río Mapocho”, se trata de un “mosaico de culturas y clases sociales que se encuentran en el consumo y la sociabilidad” (Márquez, 2009, p. 227), donde “en la decisión de habitar […] históricamente han jugado un papel central los bajos precios de los terrenos y las viviendas y la conectividad estratégica en relación a los principales centros comerciales y de servicios de Santiago” (Márquez, 2012, p. 7).

Nuestro departamento se achica día tras día. Extraño tener patio. Por sobre todo lo extraño para mis hijas. Más aún con una Niñagato y una Niñalobo por hijas. Comprendo que la crianza y el crecimiento implican que ellas puedan moverse en espacios y tiempos abiertos, encontrar lo que no están buscando, apropiarse de lugares y situaciones, encariñarse con su entorno y acompasarse con él y con sus propios cuerpos.

Como familia hemos tomado la calle como un espacio-tiempo de crianza y crecimiento para ellas. En el espacio-tiempo público, despliegan sus movimientos, construyen ambientes, al mismo tiempo que son creadas/criadas y se construyen a sí mismas. Hemos destinado también este momento de la vida para criarlas y compartir con ellas, son criaturas desescolarizadas[2] cuyo cotidiano consiste en acompañar(se) como hermanas e hijas, y mi pareja y yo hace tres años redujimos nuestra jornada laboral para disponer de más tiempo para dedicarlo a la crianza y a la vida doméstica. A causa de este lujo, nos acechan algunas deudas y restricciones financieras, pero no más que a otros tantos conciudadanos.

Niñalobo y Niñagato caminan, cantan, dibujan y bailan diariamente. Niñalobo gusta de leer novelas, teatralizar situaciones, hacer manualidades y practicar deportes. Niñagato hace desastres, transforma todo en percusiones, está aprendiendo a nadar y es muy regalona[3]. Cuarenta centímetros de estatura y cuatro años de edad permiten distinguirlas entre sí, aunque estatura y edad son datos muy manipulables que pueden generar expectativas difíciles de satisfacer.

Este texto trata de cosas que pasan cuando me muevo por parte de Santiago con Niñalobo y Niñagato. Cuando mi movilidad deja de caracterizarme como habitante de la ciudad y paso a ser parte de una movilidad nuestra.

En busca de alimento

Vivir “cerca de todo” es resultado de las observaciones y decisiones de mi pareja. Arquitecta hasta de lo imperceptible y sentipensadora[4] de la ciudad, siempre insiste en la pertinencia de “tener todo cerca” y “articulado en distancias caminables”, para que el auto, la micro o el metro sean opciones y no obligaciones. Por eso, vivimos en Patronato, cerca de su oficina, del centro de la ciudad, del cerro San Cristóbal, de varios parques, de distintas posibilidades de transporte público y de mercados de abastecimiento de frutas y verduras.

Durante este tiempo he hecho clases, como profesor “hora” o “taxi”, en varias universidades, todas ubicadas a una distancia pedaleable de casa o a media hora en transporte público sin necesidad de trasbordo.

No tenemos automóvil, para evitarnos el gasto de dinero, ganas y pensamiento que implica poseer uno. Además, así nos cuidamos de la tentación de usarlo. A veces, por compromisos afectivos o laborales, hemos arrendado uno para viajar fuera de Santiago, y eso nos parece suficiente.

Actualmente, nuestra semana contempla uno o dos viajes a la Tirso[5] para abastecernos de alimentos. Hago este viaje con Niñalobo y Niñagato por las tardes. Así me es más fácil convencer a Niñagato de que vaya en su coche para bebés. Está cansada luego de una mañana de juegos y redondita después de un buen almuerzo. Muchas veces basta con arroparla en el coche para que se duerma.

La llevo en coche para no tener que acarrearla en hombros cuando se canse y para disponer de más facilidades para traer las compras. Me organizo para cargar lo más pesado en la parte baja del coche, lo más delicado en mi mochila y las compras de último minuto en las manillas del coche.

Niñalobo, por su parte, en los últimos meses, ha optado por hacer este recorrido en patineta o skate, como le dice ella. Antes fueron los patines, y siempre está la posibilidad de hacerlo a pie, corriendo y saltando por calles que la reconocen hace años. Cuando Niñalobo era pequeña, íbamos juntos a la Vega[6] una vez por semana. Se iba sentada en el carro de feria y regresaba sobre mis hombros. Pero mi cuerpo ya no es el mismo de antes. Mi lomo resiente la carga. Incluso mi quiropráctico me desaconsejó portear crías mientras arrastro o empujo un carro.

Hoy ya somos tres, y nos costaría movernos por la Vega de manera resguardada. Se generan atochamientos difíciles de sortear sin verse de pronto apretujados y apretujando. Podríamos ir esquivando los pasillos más intensos, pero el recorrido se volvería lento, discontinuo y engorroso, con lo cual mis animalitos se cansarían. Se trata de un cansancio muy cercano al aburrimiento. Entusiasmo y actitud caen estrepitosamente hasta que la situación tediosa queda atrás y las energías para correr, jugar y saltar vuelven con renovados bríos. Por eso vamos a la Tirso. Es un poco más lejos, pero también está más despejada por dentro. Y, mientras nos mantengamos en movimiento, el ánimo y la moral seguirán en alto.

Al salir de casa, caminamos al poniente, en dirección a avenida Recoleta. No vamos en línea recta, solemos dar la “vuelta larga” para evitar veredas rebalsadas de transeúntes. Si bien esto implica extender un poco nuestro recorrido, nos permite movernos por veredas mucho menos transitadas, más anchas y con texturas más regulares.

La densidad peatonal, la sensación térmica, las condiciones de cada cruce y el tipo de superficie nos van guiando para virar antes de llegar a avenida Recoleta o bien alcanzarla. Intentamos evitar los tumultos. Preferimos las sombras de las construcciones si hace calor y el abrazo del sol sobre la vereda desnuda cuando hace frío. En cuanto a la lluvia, la echamos de menos. Sobre todo, porque, donde se ha secado un árbol, solo queda un parche de ripio en la vereda.

Buscamos cruzar en esquinas donde no debamos dialogar con el viraje de vehículos. Optamos por esos cruces donde todos los autos quedan detenidos mientras esperan la siguiente luz. Por último, ahora que Niñalobo va sobre ruedas, conoce y busca las veredas sin baches y con menos texturas rugosas o estriadas. Nunca logramos satisfacer todos estos criterios, pero están siempre presentes como guías de nuestras decisiones.

Ya en el cruce de avenida Artesanos con avenida Recoleta, solemos cruzar la plaza Tirso de Molina por su diagonal o por su borde sur. Espantar las palomas es un deleite anhelado por Niñalobo, así como asomarse al hueco en el tronco que está en la base de un gran árbol.

Por el borde norte de la plaza Tirso de Molina, se ubica una salida vehicular de la carretera subterránea que comunica el sector oriente de la ciudad con el aeropuerto internacional. Adosados a dicho borde, hay telas y cartones que componen viviendas. En el centro de la plaza, varias carpas de fabricación industrial, tipo iglú, están reunidas a modo de villorrio. Los habitantes de estos hogares, por las tardes, suelen descansar tendidos en el pasto, se asean con el agua de mangueras para riego, cocinan, comen y conversan entre ellos. El ambiente allí compuesto no está dentro de lo que deseo para una ciudad. Pero, si “limpiar” ese paisaje implica desplazar a sus actuales residentes a una periferia menos disputada, prefiero que se queden y que cambien las condiciones estructurales que podrían explicar su presencia. Probablemente, tal como mi familia, viven ahí para estar “cerca de todo”, de acuerdo con sus criterios y posibilidades.

Cuando camino solo, paso tranquilo por este tipo de parajes. Pero debo admitir que me causa aprensiones hacerlo con mis hijas. Dudo: ¿será apropiado que vean gente que se desnuda parcialmente para bañarse en una plaza, que hurga en la basura buscando algo utilizable o comestible, que cocina y se abriga junto a una precaria fogata? Pero también ven gente organizada y laboriosa, que procura su autocuidado y el de sus pares en condiciones menos fáciles que las nuestras.

En esa plaza, nunca nadie ha hecho nada que pudiera incomodarlas directamente. Nadie nos habla, nadie se cruza en nuestra trayectoria, ni siquiera nos miran. Los invisibilizados nos tratan como si fuéramos invisibles, tal vez por lo patente de la situación. Una vez que llegamos a la Tirso, Niñalobo y yo decidimos qué comprar con el presupuesto disponible o, mejor dicho, decidimos qué vamos a comer, cómo lo vamos a transportar a casa, cómo y cuándo será preparado. Ella suele agregar cosas que quiere que le prepare su mamá, de regaloneo.

El camino de regreso suele suceder sin sobresaltos. Nos movemos bordeando el núcleo intenso de Patronato por alguna calle ubicada al sur. Solo procuro que Niñalobo tome mucha agua por el camino para que no llegue tan cansada.

A clases con Niñalobo

Cuando nació Niñagato, Niñalobo ya acostumbraba a acompañarme en la sala de clases y en reuniones académicas. Ese semestre comencé a trabajar en el campus Lo Contador, ubicado en Pedro de Valdivia Norte (comuna de Providencia), a unos 3.5 km al oriente de Patronato. Para llegar hasta allá, nos íbamos en bicicleta por las, en ese entonces, inexistentes, incompletas o imaginarias ciclovías de los parques Forestal, Balmaceda y Uruguay, bordeando el río Mapocho.

Ella viajaba en su silla canguro”, que se acomoda entre el volante y el sillín sobre una barra que viene con la silla. Iba abrigada como si fuera hija única[7] y comiendo algo, pues el movimiento despertaba su apetito. Hoy en día, Niñalobo me acompaña en su propia bicicleta. Una de aro 20, sin cambios.

Luego de salir de casa, caminamos por calle Loreto hasta cruzar el puente homónimo. No es una caminata sencilla. Ambos vamos por la vereda arreando nuestras bicicletas por entre medio de personas que van tan apuradas y enfocadas como nosotros.

Cuando voy solo, apenas salgo de casa, pedaleo por la calzada. Pero usualmente se producen atochamientos que cierran el paso y roces entre los vehículos cuando aceleran o buscan doblar. No sería seguro para Niñalobo ir entre los autos, no tanto por lo que (no) pueda hacer ella, sino por lo que (no) puedan hacer quienes andan en automóvil. Una vez cruzado el puente, montamos nuestras bicis. El primer tramo suele ser incómodo para Niñalobo. Algunas veces, se ha enredado con mangueras que quedan tendidas en la ciclovía y ha sufrido caídas menores cuando todavía tiene el cuerpo frío.

Luego cruzamos el puente Pío Nono, punto de articulación entre las comunas de Recoleta, Santiago y Providencia. Lo hacemos a una velocidad menor que el resto de las bicicletas. Eso ha implicado ciertos empellones sobrellevados con buena onda por todas las partes. De cierta manera, el resto de los compedales parecen comprender la situación y la actitud de Niñalobo. Le es difícil maniobrar en ese puente lleno de gente y prefiere errar por cauta.

Ya en la orilla norte del río, tomamos una ciclovía que nos permite pedalear uno al lado del otro por gran parte del trayecto, a una velocidad estable, sin mayores complicaciones. No obstante, la primera mañana que hicimos ese trayecto de esta manera, Niñalobo iba a penas, le costaba mantener un pedaleo constante, y sentía frío en las manos.

En ese sector hay un grupo de personas que siempre duerme en el mismo lugar, entre la ciclovía y la caja del río. Esa mañana vieron a Niñalobo y notaron sus dificultades. Desprendidos de sus frazadas, se pararon a gritarle “¡Dale, pedalea con todo!”, “¡Tú puedes!”, mientras agitaban los brazos. Ella les sonrió y se paró sobre sus pedales para imprimirles más fuerza. La animaron como si fuera un par y con las indicaciones precisas: pedalea con todo y tú puedes. Desde ese día, los saludo con cariño.

Cruzar el puente del Arzobispo, para mantenernos en la ciclovía, es otro hito de cuidado. Los vehículos que bajan por avenida Andrés Bello y viran hacia el norte suelen meter demasiado su nariz sobre la ciclovía, la cual en ese momento se desdibuja pues pasa a ocupar una vereda. Las primeras veces, Niñalobo debía bajarse de la bicicleta y atravesar el puente caminando. Ahora, con mayor calma y dominio, cruza al compás del resto de las bicicletas, se convierte en una vértebra más de las enormes culebras que se forman allí en horario punta. Ya en el puente de La Concepción, cruzamos caminando para cuidar su condición peatonal. Retomamos la ciclovía por la ribera norte, hasta el semáforo ubicado en monseñor Carlos Casanueva. Aquí comienza un tramo breve y emocionante. Bajamos juntos a la calzada y ocupamos una pista mientras pedaleamos hacia el norte por tres cuadras. A veces nos tocan la bocina o intentan adelantarnos de manera inapropiada (a menos de 1.5 metros de distancia). Por eso ella avanza entre la vereda y mi bicicleta. Nos movemos como un solo cuerpo, a velocidad constante y sin sobresaltos.

Una vez en el campus, estacionamos nuestras bicicletas con el mismo candado. Señal inequívoca de la relación entre nuestros velocípedos.

A casa de Oveja

Mi mamá teje, usa ropa de lana, tiene muchas cajas llenas de ovillos y madejas. Incluso sus colchones están rellenos con lana, y abundan los chales en su casa. Tal vez así se convirtió en Oveja. Su casa es el destino habitual más lejano a nuestro hogar. Nos toma poco más de una hora completar este trayecto, y solemos hacerlo semanalmente.

A medida que ha ido creciendo, Niñagato ya no quiere ir en coche. A regañadientes se acomoda en el asiento con el compromiso de que podrá salir cuando ya estemos en el metro. Niñalobo va en patineta, en patines o caminando, según sea su ánimo. Su mochila porta el libro que está leyendo y otro de repuesto por si ese se acaba. También lápices y un cuaderno para dibujar en el camino.

Nos movemos hacia el puente Loreto, rumbo a la estación de metro Bellas Artes. Si Niñalobo va sobre ruedas, nos adelanta velozmente o se queda atrás si tiene alguna caída. Siempre entre risas nos rebasa, nos espera y nos muestra sus nuevas habilidades. Nuestros cuerpos, o, dicho de otra manera, nuestro cuerpo como familia, ocupan casi la mitad de la vereda. No en su ancho, sino a su largo. Es decir, componemos un cuerpo que mide cerca de media cuadra de largo. Este cuerpo traspasa, envuelve y esquiva toda materialidad presente. Sea mobiliario urbano, transeúntes, vehículos estacionados en la vereda, microbasurales, etc.

En patineta o patines, Niñalobo se mueve fácilmente a una velocidad que me hace trotar para acompañar su tranco. Esto fascina a Niñagato, quien, sentada en su coche, vitorea y pide “máxima velocidad”. Cuando terminamos de cruzar el puente Loreto, nuestro cuerpo se encoge cual mamífero en alerta. Niñalobo se apega al coche, y Niñagato mira para todos lados.

Para llegar del puente al parque Forestal, debemos movernos hacia una isla peatonal cuando la luz verde permite avanzar por avenida Andrés Bello y, luego, cruzar hacia el parque cuando el semáforo permita el movimiento por Loreto y su continuación hacia el sur. Esa isla peatonal emergió hace poco tiempo en estos mares. Busca dar facilidades a los vehículos que vienen desde el norte al centro por calle Loreto y viran hacia el poniente en esta intersección. Sin embargo, cuando el tráfico vehicular es bajo en Andrés Bello, algunos vehículos aprovechan la seguridad brindada por esa isla para doblar con luz roja o para virar en U si vienen de sur a norte por José Miguel de la Barra y desean seguir por avenida Andrés Bello. Esa es la primera alerta.

Para llegar a la isla o “refugio peatonal”, hay que atravesar la ciclovía al mismo tiempo que lo hacen las culebras de bicicletas que se desplazan por ella. Esta es la segunda alerta. Dado que cortar una culebra es difícil y arriesgado, sobre todo para nuestro cuerpo, debemos comenzar a movernos antes de que pase la cabeza de la serpiente y enfrentarla con gesto seguro. En horario punta, eso puede transformar cualquier culebra en una hidra de Lerna, cuyas múltiples cabezas no dudan en desbordar la ciclovía y mantener su velocidad para seguir en movimiento. Muchos peatones se mueven entre la isla y el puente con luz roja. En vista de la experiencia, esto parece seguro, pero, por principio, solo cruzamos con luz verde.

Cuando hay luz verde, los mamíferos peatones suelen ir en estampida entre el puente y la isla, como las cebras, ñúes y antílopes de National Geographic cuando cruzan un río plagado de cocodrilos. La escena se completa con gritos, juicios e injurias. Usualmente nuestro cuerpo no cabe completo en la isla, ya con seis u ocho mamíferos, queda repleta. Podemos pegarnos a ella mientras sentimos el resuello de las bicicletas sobre nuestro cuerpo hasta que el semáforo cambia o bien otro mamífero nos percibe y nos hace espacio. Cuando subimos a la isla peatonal, Niñalobo anuncia que hemos abordado el barco pirata y trata al semáforo como a un mástil.

En el parque forestal, nuestro cuerpo vuelve a desplegarse, especialmente frente al Museo Nacional de Bellas Artes. Si Niñalobo viene caminando, aprovecha para hacer la rueda varias veces en los pastos.

Conocemos los tiempos de los dos semáforos que siguen en nuestro camino y los cruzamos de una sola vez a paso diligente. Ya en calle Monjitas, el camino está en bajada. Niñalobo aprovecha la pendiente sobre sus ruedas y suele extender nuestro cuerpo hasta el ascensor, para invocarlo. Este ascensor, tal como la isla, también es novedad, y mi espalda lo agradece. Antes había uno que rara vez estaba operativo. Por varios años bajé las escaleras con el coche a cuestas, a empujones con la gente que venía subiendo por su izquierda y discutiendo con el personal de Metro que intentaba que pagara el pasaje aunque el ascensor estuviera descompuesto.

Generalmente, al llegar al andén, caminamos hasta donde se ubicará el primer carro, al cual denominamos “la cabeza de la serpiente”. Nuestra intención es mostrarnos al conductor, como cuerpo, tanto con palabras y gestos, para así evitarnos situaciones molestas. Las puertas del metro ya nos han atrapado en pleno abordaje. La señal de alerta que avisa el cierre de puertas dura menos que el tiempo que le toma a nuestro cuerpo familiar completar el ingreso al vagón, sobre todo cuando otros cuerpos, más menudos y ágiles, entran con mayor fluidez.

Al preparar estas líneas, decidí solicitar a Metro de Santiago que considerara esta situación. Como respuesta, a través de su oficina de atención al cliente, me señaló que “los tiempos de detención de los trenes en las estaciones se encuentran determinados de acuerdo con los flujos de pasajeros que bajan y suben en cada una de ellas, según los destinos y horarios de los viajes”. En cuanto experiencias urbanas, la isla peatonal y el metro cuidan mi movilidad como hombre solitario en la ciudad, pero arriesgan nuestra movilidad como familia.

Para ingresar al vagón si va lleno, tomo el coche en brazos o bien levanto sus ruedas delanteras. Imposto la voz para sonar como profesor de Educación Física en un gimnasio con mucho eco y doy indicaciones a los presentes: “Por favor, acomódense por el pasiiillo, va entrando un coooche. Hagan espaaaacio”, y cosas así. Antes pedía permiso, pero solo quienes estaban cerca de las puertas se enteraban. Y eso no basta. El cuerpo de una familia ocupa bastante más volumen que el de un pasajero solitario. Para que ese cuerpo familiar logre entrar, las personas que están en el medio del vagón deben reorganizarse. Eso toma tiempo, uno mayor al calculado por metro para cada detención.

Algunos pasajeros me dan consejos del tipo: “¿Y si pliega el coche y lleva a la niña en brazos? Así molesta menos”. Como respuesta, intento explicitar que la incomodidad generada por la presencia de nuestro cuerpo es apenas la gota que rebalsa el vaso. Si en esta ciudad el sistema de transporte público persigue la eficiencia y la eficacia del traslado de cuerpos individuales (más pasajeros en menos tiempo nos parece mejor) y los espacios públicos contribuyen al desarrollo de actividades productivas y empujan a las actividades reproductivas hacia espacios residuales, entonces cualquier corporalidad disidente puede ser convertida en la ofrenda apropiada para restaurar el orden conocido, una zona de confort donde ya iban todos apretados.

En la estación Baquedano, suele producirse un grumoso jaleo entre quienes entran y salen del vagón. Niñalobo busca asiento o alguien se lo cede, así se va leyendo o dibujando el resto del trayecto. Niñagato se para sobre su coche, con el abdomen apoyado en el respaldo. Si Niñalobo no encuentra asiento, procuro que nuestro cuerpo familiar quede en un rincón. Allí hago espacio con brazos y piernas para que ellas no queden “apachurradas” y puedan compartir el viaje sin tanta incomodidad. Llevamos agua y cocaví suficiente, pues el recorrido es largo para nuestro cuerpo. A veces, Niñagato o Niñalobo necesitan ir al baño y el personal de Metro les niegan el acceso, aunque algunos jefes de estación nos han dicho que es posible acceder a los servicios higiénicos de las estaciones. Por eso coloco pañales a Niñagato cuando hacemos este viaje. Aunque sepa ir al baño, Metro no se lo va a facilitar. En nuestra estación de destino, luego de cruzar avenida Vicuña Mackenna, Niñagato y Niñalobo se van juntas por la vereda. Yo voy detrás, empujando el coche, avisando por teléfono que ya vamos a llegar y contestando mensajes del trabajo.

Caminando con Niñalobo

Caminar con Niñalobo está lleno de conversaciones, pero también de tacto. Apenas salimos de casa, solemos girar hacia el sur, yo extiendo mi mano derecha y ella la agarra con seguridad. No deja de emocionarme como nos hemos aprendido. Hace un par de años, se movía corriendo y saltando de esquina a esquina, y, si se quedaba atrás, yo extendía una mano hacia el lado y comenzaba a abrir y cerrar mis dedos. Ella entendía esa señal y corría con pleno entusiasmo al encuentro de nuestras manos.

Ahora nos movemos conversando. Lo que ella ha hecho, lo que ella quiere hacer (de su cumpleaños y de su futuro laboral), la historia familiar (desde su infancia hasta la de mi abuela), la historia de la ciudad y el mundo, los motivos de por qué (no) hago tal o cual cosa, alguna noticia contingente y un largo etcétera componen nuestro repertorio.

También hay música. Cuando la llevaba en hombros, ella cantaba el “lindo globito de rojo color”, la “cuncuna amarilla” y la “chinita Margarita”. Hasta hoy mantiene su poder para transformar todo trayecto en un musical. La jardinera, Todos juntos, To my love y Calypso, las canciones de Los Backyardigans, Las tres mellizas y Pichintún, y música de películas como Nausicaä del valle del viento y El cuento de la princesa Kaguya se escuchan en nuestros recorridos. Me encanta porque canta y tararea con vozarrón implacable y convierte cada esquina en un proscenio y cada vereda en un pasacalle.

Cuando toca cruzar la calle, rozo con mi mano su brazo y ella altiro la agarra con la suya, mientras mantiene el ritmo con el resto de su cuerpo.

En Santiago, podemos recorrer hasta cinco kilómetros caminando entre conversaciones y canciones. Desde casa hemos llegado hasta la Biblioteca de Santiago, la municipalidad de Recoleta, el Club Providencia y el taller de Maliki.

Por otro lado, Niñalobo se las ingenia para que juguemos en movimiento. Algunos juegos ya tienen nombre propio: los Exploradores, la Familia, las Sirenas, etc. En esos momentos nuestro recorrido pasa a suceder en Hogwarts, Idhún, Limbhad, Narnia, la selva, el bosque, Chiloé o algún salar. Las entidades circundantes pueden convertirse en delfines, montañas, fuego, etcétera. Nosotros pasamos a tener otros nombres, otros atuendos y otras habilidades, las cuales desplegamos con desparpajo mientras cumplimos rigurosamente con la narrativa de cada juego.

No obstante, si estoy cansado o ando con la cabeza en otro lado, le pido que juguemos a algo que requiera menos atención e intención de mi parte. Si ella anda con energía, la ciudad pasa a ser escenario de una final de Ninja Warrior, donde Niñalobo despliega voluntad y pericia, mientras yo respondo mensajes, anoto cosas en mi libreta o respiro observándola.

Por último, momentos especiales suceden cuando Niñalobo encuentra algún olor que le evoca la Puna. Allí nos detenemos a extrañarla.

Niñagato camina en bicicleta

Mientras preparaba este escrito, Niñagato aprendió a andar en una bicicleta sin pedales, también llamada “prebici”, push bike, “bici de entrenamiento”, etc. Se trata de un dispositivo cercano a la draisiana, esto es, el primer vehículo terrestre de tracción humana. Su denominación germánica nos habla de una máquina vinculada al correr y a la marcha: laufmaschine. Lauf puede referir a una carrera deportiva, pero también al paso del tiempo, al rumbo de las cosas, al fluir de los ríos, etc. Por ende, aprender a andar en ella tiene implicancias muy profundas para quien se adentra en esta práctica.

La voz argentina que denomina a esta máquina también revela parte de su complejidad: “camicleta”, artilugio que permite caminar en bicicleta.

Niñagato comenzó practicando en la Ciclo Recreo Vía[8], o “fiesta de bicicletas”, como la bautizó Niñalobo, y en la ciclovía de avenida Perú. Poco a poco fue dominando su propia trayectoria, fue ganando en resistencia para cubrir distancias mayores y fue disfrutándolo cada vez más. Pronto comenzó a buscar maneras de salir “en bici” a cada rato. Al principio solo podía moverse por las dos o tres cuadras cercanas a nuestro domicilio. Era emocionante escucharla gritar de alegría cuando agarraba vuelo, pero chocaba con los talones de algunos transeúntes y podía cansarse en extremo. Esto último implicaba caminar a casa con Niñagato en hombros y la bici como bolso de mano.

Al revisar una de las versiones casi finales de este escrito, pensé que ciertas prácticas familiares, establecidas por uso, aprensión o comodidad, podrían estar limitando la movilidad animal. Semanas antes de cerrar esta escritura, fuimos una mañana a la Tirso sin coche.

Niñalobo fue en patineta; Niñagato, en camicleta. Apenas estuvimos en la vereda, la velocidad de nuestro cuerpo comenzó a empujar al mío. Niñalobo iba adelante con una sonrisa, mirando de reojo y con orgullo a su hermana, trazando una trayectoria decidida y sinuosa. Niñagato, a carcajadas, movía sus patitas dándolo todo, dibujando una línea recta con quiebres impredecibles. Yo corría por la platabanda, levantando el carro de feria, para no interrumpir la trayectoria de quienes ya habían esquivado a la felina.

En veredas con poca gente, el resto de los transeúntes les brindaban gestos facilitadores e incluso miradas cómplices. En espacios más concurridos, la cosa se ponía engorrosa.

Niñalobo lideró a la manada. Animaba a Niñagato y le advertía, con gestos y voces claras, cuándo debía detenerse o fijarse en posibles peligros. Solo para cruzar avenida Recoleta, pareció esperar mi señal. Desbordamos energía por varias cuadras hasta que, frente a la Recoleta Franciscana, Niñagato dejó caer su bici y exigió agua, descanso y comida. En el carro de feria, había pan pita, charqui y agua. Nos recuperamos en el ruedo de una palmera, conversando con una señora que también estaba cansada.

Les pedí que, en adelante, nos moviéramos más lento para evitar accidentes y para que las energías nos duraran hasta completar el viaje. Seguimos por la plaza Tirso de Molina, donde Niñagato cruzó con su bici por el pasto. Nunca habíamos tocado ese verde.

Ya en la Tirso, Niñagato le mostró su camicleta a varios caseros, y Niñalobo la usó para probar algunas maniobras. De vuelta, Niñagato se cansó a mitad de camino. Entonces tomamos agua y comimos parte de las compras. El resto del viaje lo hizo camicleteando a mi paso. Niñalobo nos esperó en cada esquina con su vibración habitual.

En casa, Niñagato devoró su almuerzo y el mío, antes de dormir una siesta infinita.

Formas de movilidad familiar

Preparar esta autoetnografía me ha llevado a reflexionar sobre nuestra movilidad y a especular sobre otras maneras de comprenderla y otras maneras de mover-nos. Durante el primer año de vida de Niñagato, solía portearla en fular cuando andábamos con Niñalobo y las animé a caminar juntas apenas pareció posible (Mora, 2018). Pero, luego de un accidente de carretera que nos involucró como familia (Mora, 2020), puse a Niñagato en un coche y a Niñalobo a mi costado derecho. Primero lo hice para trayectos largos y, después, en casi toda caminata. Mis aprensiones paternales se fueron transformando en la contracara de los privilegios de mi movilidad. Al comprenderme como habitante de una ciudad diseñada para el “habitante uniforme” (Sensu Cortés), me preocupa interpretar (y condicionar) a mis hijas como niñas habitantes de una ciudad adultocéntrica y androcéntrica. Me doy cuenta de que comencé a vivir nuestro cuerpo familiar como si tuviera “movilidad reducida”, aunque esta escritura me ha mostrado que la nuestra es una “movilidad expandida”, rica en preguntas, problemas y propuestas desplegadas cada vez que sucede(mos) en la ciudad. Lo anterior implica un cuestionamiento afectivo y metodológico: ¿cómo hacer una autoetnografía de un cuerpo plural (no solo de un cuerpo en ese cuerpo)? Un cuerpo plural internamente diverso comprendido como un todo. Dejo abierta la pregunta.

Agradecimientos

A mi abuela, por enseñarme, con y en el cuerpo, que se puede llegar caminando a cualquier parte de la ciudad, solo hay que darse el tiempo y prestar atención a los detalles. A Soledad, Daniel y Francisca, por retenerme académicamente en los temas aquí abordados. A quienes participaron del primer encuentro de RICMO (enero de 2020) y me regalaron sus agudas apreciaciones. Al equipo editorial de este volumen, por sus valiosos comentarios. A Carla Cosialls, Carmen Menares, Koen de Munter y Paula Martínez, pues sus hijas e hijos heredaron a Niñalobo y Niñagato sus primeras patinetas y camicletas. A Ximena, por hacer familia conmigo.

Bibliografía

Cortés, S. (2011). “Al infinito, y más allá”. Espacialidad y movilidad en la vida cotidiana de niñas y niños en Santiago, Chile [Tesis de Antropología Social]. Universidad de Chile, Santiago.

Escobar, A. (2014). Sentipensar con la tierra: nuevas lecturas sobre desarrollo, territorio y diferencia. Universidad Autónoma Latinoamericana, UNAULA.

Godoy, F. (2014) Después de Dios… la Vega. La sociabilidad y el capital social en el gran mercado de abasto. La Vega Central, Santiago de Chile [Tesis de Antropología Social]. Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago.

Márquez, F. (2009) Historias e identidades barriales del Gran Santiago: 1950-2000. Avá. Revista de Antropología, (15), 225-242.

Márquez, F. (2012). Habitar la ciudad bárbara: la Chimba del siglo xxi. Revista 180, (29), 6-9.

Mora, G. (2018). Criar hijas, crear ambientes. En M. Tironi y G. Mora (eds.). Caminando. Prácticas, corporalidades y afectos (pp. 171-198). Ediciones Alberto Hurtado.

Mora, G. (2020). El accidente. En G. Mora (comp.). Etnografías Mínimas II. Del antrodevagos a los caminos de la vida (pp. 181-198). Ediciones del Servicio Nacional del Patrimonio Cultural.

Mora, R., Greene, M. y Corado, M. (2018). Implicancias en la actividad física y la salud del Programa CicloRecreoVía en Chile. Revista Médica de Chile, 146(4), 451-459. En dx.doi.org/10.4067/s0034-98872018000400451.


  1. Los hechos que aquí (d)escribo hicieron parte de mi cotidiano familiar, en el espacio público, entre marzo y junio del año 2019, cuando Niñalobo tenía 7 años, y Niñagato, 3. Las notas al pie las incorporé durante septiembre del 2020, como parte del proceso de evaluación y edición, pero sin actualizar la información sobre estos hechos. Por supuesto que, luego del estallido social, durante la emergencia sanitaria y con los cambios de nuestro cuerpo familiar, ese cotidiano ha seguido cambiando.
  2. Entiendo acá por “desescolarizada” una infancia donde no existe una institución de educación formal que oriente el aprendizaje o que incida en las dinámicas familiares (como decisiones sobre lugar de residencia y dinámicas de movilidad, o la organización del día a día y los gastos). Niñalobo, por decisión propia, ha rendido exámenes libres para completar primero y segundo básico, y la hemos acompañado en su preparación intentando respetar su ritmo e intereses, sin dedicar más de tres meses al año a ello. Niñagato, hasta ahora, no ha asistido a sala cuna ni jardín infantil o nada similar.
  3. Una persona regalona es aquella a quien le gusta y que busca ser tratada con cariño.
  4. “Sentipensar con el territorio implica pensar desde el corazón y desde la mente, o co-razonar” (Escobar, 2014, p. 16).
  5. La Tirso es la denominación coloquial dada al mercado Tirso de Molina. Este mercado forma parte de una compleja red de abastecimiento de alimentos y otros productos desplegada al poniente de Patronato, que incluye a la Vega Chica, la Vega Central, comercio mayorista y gran cantidad de bodegas.
  6. Me refiero a la Vega Central, “mercado ubicado en la ribera norte del río Mapocho en la ciudad de Santiago. Históricamente los campesinos de las chacras cercanas han ofrecido allí sus productos. Aún en la actualidad, vendedores y feriantes se instalan en las calles de este sector para abastecerse y comercializar alrededor del abasto. En el recinto se comercializan principalmente frutas y verduras, provenientes de los sectores agrícolas de la Zona Central de Chile y el Mercado de Lo Valledor” (Godoy, 2014, p. 7).
  7. “Abrigada como hija única” es una expresión coloquial que refiere a vestir una cantidad y tipo de indumentaria que busca proteger, de manera exagerada, del frío.
  8. “Consiste en el cierre temporal de calles a los autos para incentivar el uso de la bicicleta, la caminata, el trote, la patineta y otras actividades en el espacio público” (Mora et al., 2018, p. 452). Nosotros aprovechamos los tramos Santiago Centro y Andrés Bello.


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