Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

¡Paulina no cuida en el aire!

Las interconexiones espaciales
de la movilidad del cuidado

Macarena I. Solar-Ortega

Introducción

Los estudios de cuidados son una piedra angular en el quehacer feminista y los estudios de género (Esteban, 2017). Estos cuestionan la precarización de la vida como producto del sistema capitalista y patriarcal que pone en constante apremio a las personas, otras especies y al medio ambiente (Carrasco, 2014; Herrero, 2014; Valdivia, 2018). Visibilizar el cuidado ha implicado develar quién/es y bajo qué contextos se produce la precarización y vulneración de la vida, también cómo se quiere vivir, donde la vida –lo que la produce y la reproduce– está en el centro (Jirón, 2017; Carrasco, 2014). Sin embargo, los estudios sobre los cuidados no se han caracterizado por poner el foco en la espacialidad que los cuidados producen y reproducen, es decir, no han considerado la espacialidad como elemento fundamental en la forma en que se llevan a cabo estas tareas.

Desde la perspectiva de los estudios urbanos y territoriales tradicionales, los cuidados tampoco han estado presentes, dado que el foco está puesto en entender el espacio-tiempo como una entidad anclada en el espacio, ordenada por medio de instrumentos que fijan los usos del suelo a dimensiones establecidas sin integrar en su comprensión cómo las relaciones humanas y no humanas producen la espacialidad y viceversa (Jirón y Mansilla, 2013). Por otro lado, la ciudad, el territorio y sus múltiples espacialidades se han entendido como lugares neutros, lo cual ha contribuido a una visión sesgada y patriarcal de la ciudad, por ende, discriminatoria y diseñada para un sujeto universal (Valdivia, 2018).

A su vez, la geografía feminista ha puesto su energía en derribar el mito de la neutralidad de la ciudad, entendiendo que la experiencia de cada persona en la ciudad está permeada por relaciones de poder que van produciendo espacialidades diferenciadas (Jirón, 2017). En esa misma línea, los estudios urbanos y la arquitectura feminista han puesto su atención en los cuidados centrando su foco en el uso del tiempo, en el espacio público y el diseño urbano (Solar-Ortega, 2020). Del mismo modo, los estudios de movilidad del cuidado han puesto su atención en intentar desarmar la mirada estricta de la ingeniería del transporte que diseña y propone viajes que solo se concentran en el trabajo formal remunerado y pierde de vista aquellos viajes que tienen otros propósitos y complejidades (Sánchez de Madariaga, 2009). El enfoque de movilidad ha permitido develar aquellos espacios en la ciudad que permiten cuidar, es decir, las multiescalas, materialidades e interconexiones que sostienen el cuidado en la ciudad (Sánchez de Madariaga, 2009; Solar-Ortega, 2020; Jirón y Gómez, 2018; Valdivia, 2018).

“¡No se cuida sola ni en el aire!” es parte del título y en sí misma una provocación a pensar en aquellas redes invisibilizadas y en las necesidades materiales y espaciales del cuidado. También, es una mirada en clave socioespacio-temporal de los cuidados, dimensiones que aparecen cuando los observamos desde el enfoque de movilidad combinado con una perspectiva feminista. Este espacio-tiempo nos es entregado por la historia de Paulina, una mujer que se posiciona en el centro de los cuidados familiares y como parte importante de la cadena de cuidados de niños y niñas de su barrio y alrededores las 24 horas del día. Estos cuidados los realiza con soportes humanos, materiales, espaciales, entre otros, en su departamento, una unidad de 42 metros cuadrados ubicada en un condominio de edificios sociales en la comuna de Quilicura, en Santiago de Chile. La historia de Paulina[1] nos invita a pensar en los cuidados fuera de las cuatro paredes del hogar, que la ciudad y sus espacios son fundamentales en las labores de cuidados, dejando manifiesto que el espacio es clave para entender las relaciones de cuidados entre humanos y no humanos.

Cuidar desde una perspectiva feminista y móvil

Es importante considerar las espacialidades que se generan a partir de las experiencias de las personas que cuidan y reciben cuidados, ya que, a partir de sus prácticas cotidianas de cuidados, se pueden relevar las complejidades que implican. Es importante revisarlos también en términos de ejecución y de relaciones de poder inscritas en las corporalidades de las personas cuidadoras, de quienes reciben los cuidados, las emociones y capacidad de afectarse que van dando cuerpo a la espacialidad del cuidado (Solar-Ortega, 2020).

Lo anterior se concluye a partir de la falta de espacialidad en los estudios de cuidados y la falta de cuidados en los estudios urbanos. Los estudios de cuidados son ampliamente profundizados desde dimensiones que abarcan desde lo simbólico (Gilligan, 2013; Keller, 2017) hasta una mirada económica materialista (Pérez Orozco, 2017; Federici, 2013), donde entre medio se pueden encontrar enfoques que lo afrontan desde el reconocimiento y la redistribución (Fraser, 2000). Desde una perspectiva latinoamericana, los cuidados también se han visto permeados por las dinámicas globales de cuidados (Arriagada, 2012). Sin embargo, ha sobrevivido la visión del buen vivir y lo común (Gutiérrez, 2018; López y Cielo, 2018), mirada recuperada de distintos pueblos originarios de América Latina[2]. Esta idea no es una idealización de cómo hacer las cosas, sino una forma de proponer un buen vivir desde la rebeldía hacia lo hegemónico, desde una postura ética y política que sustituye la lógica productivista por una que se base en la sostenibilidad multidimensional (Pérez-Orozco, 2017). Paradójicamente, estas miradas no dejan de tener divisiones por género y territorio. Por un lado, las mujeres han estado al frente de los procesos colectivos que articulan sus luchas, y, por otro lado, estas luchas siempre han estado ligadas a los territorios[3]. De acuerdo con esto, la idea que se viene tejiendo desde los distintos espacios latinoamericanos sobre el cuidado se refiere a la relación interdependiente que existe entre personas, otras especies y la naturaleza (Gutiérrez, 2018; López y Cielo, 2018).

Otro aspecto importante para entender los cuidados son las formas en que se organizan. Principalmente se observan desde una mirada económica que los estudia desde la división sexual del trabajo (Pérez-Orozco, 2017), también desde la relación entre familia, comunidad, Estado y mercado (Arriagada, 2012). Otra forma de organización de los cuidados incluye las cadenas de cuidados (Pérez-Orozco, 2004; Hernández, 2016), los cuales se dan de manera local y global. Gonzálvez (2013) en Hernández (2016) define estas cadenas y redes como estructuras basadas en la solidaridad intergeneracional que colectiviza el cuidado, donde la madre cuenta con la colaboración activa de otras mujeres del grupo familiar. La relación de clase en el acceso a este tipo de cuidados es clave, ya que el poder económico de una persona definirá qué tanto puede desplazar los cuidados a una tercera persona, probablemente mujer. Jirón (2017) llama soportes a estas cadenas y redes, las cuales pueden materializarse por medio de personas o instituciones que cumplen la función de proveer el cuidado de la persona que lo necesita. Bien podría ser una asesora del hogar, transporte escolar, o un familiar, la forma y relevancia la otorga el capital social o económico al cual pueda acceder. Este sistema de soportes es interdependiente y se compone de varios soportes, algunos más preponderantes que otros, pero todos importantes dentro de la cadena, ya que la falta de uno afecta al funcionamiento de la cadena.

En ese sentido, las cadenas, redes y soportes de cuidados son respuesta a la forma interdependiente en que nos configuramos social y espacialmente, ya que, al comprender de quiénes dependemos y quiénes dependen de nosotros, es posible identificar “decisiones, prácticas y experiencias respecto a los desplazamientos cotidianos que no son necesariamente de carácter individual, sino que se encuentran estrechamente entrelazadas a otras personas y sus propias decisiones, prácticas y experiencias” (Jirón y Gómez, 2018). Junto con esas personas, también se pueden identificar otras especies, espacios, instituciones, etc. Todo lo mencionado anteriormente configura esa cadena de cuidados precarizada que, de acuerdo con el nivel de ingreso y acceso, permite posicionarse y acceder a mayores o menores cuidados. Estas cadenas suelen traducirse en unas cadenas de mujeres que sostienen los cuidados de otras, en ámbitos familiares y laborales.

Los estudios de los cuidados desde la perspectiva espacial son variados y se plantean de manera crítica a cómo se suelen comprender los estudios urbanos tradicionales. En ese sentido, el paradigma de la movilidad (Jirón e Imilan, 2018) tensiona las miradas clásicas y tradicionales del espacio, pasando de una postura fija a una móvil para, de esta manera, entender los territorios como un sistema de interrelaciones que están en constante devenir (Massey, 2005). Por lo tanto, observar el habitar desde una mirada fija considera la vivienda, el entorno y los barrios como unidades, con límites definidos y localizaciones estáticas. En contraste a esa mirada, estudiar el fenómeno del habitar desde el enfoque de movilidad ha permitido desdibujar esos límites tradicionales y estáticos, comprender y develar otras relaciones territoriales de manera multiescalar y situada. Este enfoque propone la relación entre el hábitat, los habitantes y su habitar. Entonces, la invitación es a pensar las estructuras, los materiales, la arquitectura y el urbanismo en relación con sus habitantes y no como un mero escenario que sostiene la vida de las personas (Jirón, 2017, p. 19).

El enfoque de la movilidad permite profundizar los cuidados como fenómeno social entre personas y, al mismo tiempo, reconocer que la interdependencia de relaciones y prácticas de cuidados sucede entre personas, objetos, tecnologías, medioambiente y entorno construido. Esto hace necesario observar las prácticas de cuidados desde los modos de hacer (Jirón y Lange, 2017), ya que estas permiten, por un lado, identificar cuáles son esas prácticas concretas de cuidados y, por otro, considerar las experiencias de aquellas personas, principalmente mujeres, sobre los cuidados, considerando que estas percepciones no suelen ser foco de las investigaciones tradicionalmente.

Al considerar que las experiencias móviles son un proceso multiescalar y fluido, la idea de trayecto[4] cobra relevancia para analizar las complejidades que se desarrollan en el habitar móvil de las personas, ya que permite analizar los nudos críticos que se tensan entre sus cuerpos y el espacio-tiempo devenido y quita la idea fija del espacio habitado, develando las barreras de accesibilidad (Jirón y Mansilla, 2013) que modelan el habitar. De acuerdo con esto, las personas tienen que enfrentar cotidianamente barreras en el espacio público y zurcirlas por medio de sus cuerpos, lo que da cuenta de que la experiencia en el espacio-tiempo se va modificando de acuerdo a los sucesos que ocurren y que estos influyen en las decisiones que se toman para realizar los trayectos cotidianos.

El aporte teórico de la discusión sobre espacialidad y movilidad cruzada con una perspectiva feminista permite establecer que el espacio y el tiempo son indivisibles el uno del otro (Massey, 2005) y que esa espacialidad, producida por las relaciones de cuidados, está presente en toda la ciudad, no solo en el espacio fijo de la casa, el colegio o la plaza, sino que estos espacios se interconectan entre sí de acuerdo con las distintas relaciones de cuidados que los entretejen.

Interconexiones espaciales de la movilidad del cuidado

El análisis de las prácticas cotidianas de cuidados de Paulina se presenta para profundizar las interconexiones socioespaciales de los cuidados que surgen cuando analizamos su quehacer diario a partir de un enfoque de movilidad con perspectiva feminista. Estas interconexiones dan cuenta de que los cuidados son una forma de habitar y que exceden los límites físicos de la vivienda. De esta forma, podemos entender que es clave considerar las espacialidades que se generan a partir de las experiencias de las personas que cuidan y reciben cuidados, ya que, a partir de sus prácticas cotidianas de cuidados, se pueden relevar las complejidades que implican; por tanto, son una dimensión importante en la planificación de las ciudades (Solar-Ortega, 2020).

Paulina: un habitar de cuidados colectivos y confinados

La historia que se cuenta aquí trata sobre la vida cotidiana de Paulina, una mujer de 38 años casada con Roberto, de 32 años. Comparten su hogar con otras seis personas. Por el lado de Paulina, están sus sobrinos. Matías, de seis años, y Camilo, de once, quienes son hijos de su hermano, que está preso en Santiago. Por el lado de Roberto, está su padre de 68 años, su hermana de 35, y las hijas de ella: Rosario, de ocho años, y Martina, de diez. El principal trabajo de Paulina es cuidar niños y niñas de parientes y amigas cercanas.

Paulina es propietaria de un departamento en un conjunto habitacional de vivienda social ubicada en la comuna de Quilicura, al norte de Santiago. El conjunto corresponde a un condominio de edificios de cinco pisos, de varias unidades por piso y de escasos 42 metros cuadrados. El barrio es un espacio dominado por el narcotráfico, las balaceras y los ajustes de cuentas. También es un barrio deteriorado que, si bien ha recibido mejoramientos puntuales de parte de los subsidios estatales chilenos, tiene un alto grado de deterioro material, lo cual se traduce en veredas rotas –o la falta de ellas– y en espacios comunes disputados por los propios vecinos donde la construcción individual se impone a la colectividad del condominio.

A Paulina le gustaría cambiarse a una casa en la misma comuna, más grande y segura; sin embargo, no puede pagar un arriendo de $500.000 pesos[5]. Una de las razones son las constantes balaceras y ajustes de cuentas entre los narcotraficantes. Esto ha provocado que ella, su familia y los niños y niñas a los que cuida sepan lo que tienen que hacer en caso de una balacera, pues llevan el ejercicio de resguardarse en el cuerpo. Los niños y niñas ya no se asustan, sino que se tiran al suelo y se tapan la cabeza. Hacen lo mismo cuando tiembla, pues Paulina les tiene miedo a los terremotos.

El departamento en el que viven se encuentra en el tercer piso, tiene dos dormitorios, un baño y un espacio común con living, comedor y cocina. A Paulina le gustaría poder ampliar su departamento para que sus sobrinos y sobrinas estén más cómodos. Para dormir, se distribuyen cuatro personas por dormitorio. En el de Paulina, duerme ella junto a su marido y sus dos sobrinos, ocupando la cama de dos plazas por el ancho de esta. En el segundo dormitorio, duermen su suegro, su cuñada y sus dos sobrinas. Las niñas duermen en la parte de arriba del camarote, su mamá en la cama de abajo, y su abuelo en otra cama aparte. Este último está casi todo el día en la pieza viendo televisión. Sale para ir al baño, las comidas del día y cuando Paulina sale, ya que tiene que supervisar a los y las niñas.

Cuando Paulina se encontraba soltera, trabajaba en una empresa de servicios telefónicos; sin embargo, al casarse dejó el trabajo a petición de su marido, quien quería que se quedara en la casa. Hoy mantiene una guardería en su casa, la que comenzó cuando una amiga le pidió cuidar a su hijo de entonces siete meses, siete años hoy, para que ella pudiera ir a trabajar. Los niños y niñas que Paulina cuida son hijos e hijas de familiares, amistades y de personas que llegan a ella recomendadas. El espacio dispuesto para la guardería es el living del departamento, el cual está equipado con un televisor de aproximadamente 65 pulgadas, con conexión a televisión por cable e internet, el cual permanece encendido durante todo el día en alguna plataforma de transmisión online tipo YouTube, Netflix, entre otras. También, hay un sillón de dos cuerpos, una poltrona pequeña y las seis sillas del comedor. Su dormitorio también forma parte de la guardería, en ese espacio hay una cama de dos plazas y un televisor con las mismas conexiones y una consola de PlayStation. Este espacio funciona principalmente para separar a Camilo, sobrino mayor, de los niños, con los que no se lleva bien.

Cotidianamente, Paulina cuida alrededor de 19 niños y niñas. Por cada uno cobra $2000[6] diarios y $1000[7] extra si almuerzan con ella. El registro de los pagos los lleva en un cuaderno, donde cada niño y niña tiene una hoja de vida con los pagos realizados. Por ejemplo, si se considerara el pago diario de sus asistentes estables, ella alcanzaría un sueldo base de $30.000[8] diarios, y mensual de $760.000[9]. Sin embargo, este estimado carece de realidad, ya que Paulina evalúa el pago de cada niño y niña de acuerdo con la situación económica de cada familia. A lo anterior se le puede agregar que no es constante cobrando los almuerzos, ya que su lógica inicial no parte desde lo económico, sino desde las necesidades de cada niño y niña y lo que ella puede aportar en el bienestar de cada uno de ellos y ellas. Además de estar con los y las niñas durante el día, Paulina les enseña a sentarse a la mesa, hábitos de higiene como lavarse los dientes, las manos, ir al baño, peinarse y un sinfín de prácticas cotidianas.

Para Paulina, la organización es fundamental en su quehacer cotidiano. En el esquema 1 “Organización de los cuidados, soportes y cadenas de Paulina”, ella se encuentra en el centro de los cuidados de niños y niñas de la guardería y de su familia. Respecto del cuidado de los niños y niñas, Paulina se hace cargo de ejecutar estos cuidados, es decir, inicialmente asume la responsabilidad de cuidarles en su casa y de ir a buscarles a algún punto de encuentro. Sin embargo, esos cuidados en algunos casos exceden esas funciones, y se involucra en otras prácticas de cuidados que exceden las paredes de la guardería, como pertenecer al grupo de WhatsApp del curso para recibir instrucciones relacionadas a las actividades curriculares del colegio, inclusive yendo a comprar materiales o, simplemente, cocinarles almuerzo. Para poder ejecutar las tareas de cuidados, necesita involucrar a más personas en el cuidado de los niños y niñas, quienes operan como relevos cuando ella necesita salir: su mamá, que vive en el departamento frente al suyo, o su suegro y cuñada, que viven con ella. El grado de cercanía social y proximidad física que mantiene con estas personas es clave para Paulina, ya que le permite improvisar algunas salidas y coordinar las que tiene fijas en el calendario. Este grado de coordinación releva las relaciones interdependientes entre Paulina y los padres y madres de niños y niñas, evidenciando que la posibilidad de cuidar a solas es prácticamente imposible.

En relación con los cuidados de su propia familia, Paulina está presente en todas las etapas, sobre todo de lunes a viernes. Sin embargo, durante la mañana de los sábados, trabaja en la feria vendiendo desayunos y luego apoya a su mamá en el puesto de ropa. Los domingos por la mañana, visita a su hermano en la cárcel. Para ello, coordina con su cuñada el cuidado de sus sobrinas y sobrinos, las compras de verduras y abarrotes en la feria y el aseo del departamento, mientras su marido traslada a Paulina, a su suegra y su suegro a la cárcel en auto.

Esquema 1. Organización de los cuidados, soportes
y cadenas de Paulina

Fuente: Solar-Ortega, 2020.

Los días de Paulina se desenvuelven entre la guardería de su casa y los cuidados familiares, los que se cruzan con las labores domésticas que debe realizar para ambos. En el esquema 2 “Encadenamientos de la movilidad cotidiana de Paulina”, se grafica el transcurso del día de Paulina, respecto de las actividades que realiza en su hogar y los trayectos que debe realizar. Su día comienza entre las 6.00 y 6.30 a. m., cuando llegan los primeros niños y niñas de Lampa[10], quienes pasan la mañana con ella para ir al colegio por la tarde. De ahí en adelante, comienzan a llegar de a poco los demás, alcanzando a albergar a 19 niños y niñas durante el día.

La movilidad de Paulina en relación con los niños y las niñas que cuida y con su familia está acotada a Quilicura principalmente, particularmente a los espacios aledaños a su barrio donde los desplazamientos pueden ser caminando o en colectivo[11]. Algunos de estos trayectos se repiten varias veces durante el día, ya que el propósito de estos es ir a buscar o a dejar a niños y niñas al colegio o jardín infantil.

Solo sale de Quilicura en auto, y, al no saber manejar, esta situación la hace depender de su marido. Sin embargo, los trayectos que recorren niños y niñas para llegar a la guardería son más largos ya que provienen de distintas partes de la comuna y también de afuera de ella. La movilidad de su suegro se limita al espacio del dormitorio que habita. La movilidad de la mamá de Paulina se limita al entorno inmediato del barrio y solo sale de este para ir a ver a su hijo a la cárcel y trabajar en la feria el sábado. La cuñada de Paulina trabaja en un casino de alimentos cerca de donde viven, tiene la posibilidad de caminar hasta el trabajo. A diferencia de los demás, el marido de Paulina hace su vida fuera de Quilicura, trabaja en una construcción en Peñalolén[12] y viaja todos los días en transporte público.

Esquema 2. Encadenamientos de la movilidad cotidiana de Paulina

Fuente: Solar-Ortega, 2020.

En general, a partir del conjunto de prácticas de cuidar, de encadenamientos y experiencias, se evidencia que las prácticas de habitar se formulan en secuencias de acciones desplegadas en la ciudad, las cuales dan cuenta de las complejidades del habitar del cuidado en cuanto a la coordinación de las personas, las negociaciones para no tener que cuidar “tan sola”, los objetos que se necesitan –desde los artefactos de cocina, la disponibilidad de un lavamanos, un semáforo, un paso de cebra, etc.– y los lugares. De acuerdo con lo anterior, las escalas y las materialidades de las espacialidades son parte de la configuración del habitar de cada persona (Solar-Ortega, 2020).

En el caso de Paulina, su habitar se produce hacia dentro, debido principalmente al miedo que le producen las balaceras y ajustes de cuentas que toman lugar en el espacio público. De acuerdo con esto, el habitar de Paulina tiene dos escalas. La primera está confinada al espacio físico del departamento donde vive, en el cual comparte el espacio con alrededor de 20 personas durante el día y ocho en la noche. En ese sentido, los muebles del hogar y la televisión son claves para posibilitar el cuidado que se va produciendo por medio de transformaciones espaciales que, si bien son sutiles, en un espacio lleno de personas permiten mejorar la habitabilidad.

Cuando Paulina debe salir de su escala de cuidados acotada a su departamento, esta escala va creciendo y se produce por medio de su cuerpo y las sensaciones que le provocan salir a la calle. Paulina siempre camina alerta y rápido y se vale de la proximidad que tiene a los colegios de niños y niñas, el departamento de su madre y los adultos que viven con ella para ampliar su escala de habitar y cuidar. La virtualidad también es una escala recurrente en el habitar de Paulina, ya que, por medio de su celular y una conexión a internet, puede coordinar los relevos del cuidado con su mamá, hacer tareas a distancia con la ayuda de su tía profesora, puede calmar a un niño que echa de menos a su mamá por medio de una videollamada, etc.

Los objetos, espacios físicos –vivienda, equipamientos e infraestructura urbana– y tecnologías también son parte de aquellos espacios y cosas que permiten cuidar. Esta observación da cuenta de que la interdependencia (Jirón y Gómez, 2018; Carrasco, 2016) no es una cualidad exclusiva de las relaciones de cuidados entre las personas, sino que estas producen espacialidad a partir de los elementos que posibilitan el cuidado. El uso de estas materialidades no es fijo, sino que varía de acuerdo con el tipo de tarea de cuidados que se debe realizar. Ese uso puede ser en distintos momentos del día y de la semana y no necesariamente los utiliza la misma persona. Por otro lado, el acceso a estas materialidades está sujeto al capital disponible para realizar los cuidados. En el caso de Paulina, el elemento más significativo que le permite cuidar y a la vez desarrollar otras actividades es el teléfono celular con internet, desde el cual puede comunicarse con los apoderados y apoderadas de los y las niñas y gestionar otras actividades. También, la entretención de niños y niñas se ve supeditada a las consolas de juegos, a un televisor conectado a la red de internet para utilizar plataformas de transmisión online. Sin embargo, algunos de mayor envergadura, como vehículos y edificios, también son importantes y exceden los límites de la vivienda. Por ejemplo, el automóvil, el paradero, los establecimientos educacionales, el furgón escolar y la plaza operan como puntos de encuentro.

En el esquema 3 “Secuencia de una práctica de cuidados. ‘Ir a buscar a Nicolás al paradero del furgón’”, se ilustra que, para que Nicolás, uno de los niños que Paulina cuida, pueda llegar a la casa de Paulina, necesita al menos de tres personas que lo acompañen durante el proceso. En la mañana su mamá lo va a dejar al colegio, de ahí lo retira el chofer del furgón, quien llama a Paulina con antelación para avisar que va en camino y que ella pueda salir con tiempo. Se encuentran en una plaza, punto acordado como paradero por ambos.

La infraestructura y los lugares necesarios que permiten el cuidado de Nicolás durante el día y, a su vez, que su madre pueda ir a trabajar son su casa, las veredas que le posibilitan caminar por el espacio público, el paradero del bus, el bus propiamente tal, otro paradero. Luego aparece el colegio; este espacio apoya el cuidado y la formación escolar de Nicolás durante la extensión de la jornada escolar. Al salir, lo espera el chofer del furgón, quien, por medio de su automóvil, puede llevar a distintos niños y niñas por la ciudad e ir a dejarlos a sus casas u otros destinos. En el intertanto, Paulina sale de su casa con destino a la plaza. Cuando se encuentran, caminan de vuelta a la casa de Paulina.

Registrar la secuencia de una práctica de cuidar profundiza las coordinaciones necesarias en beneficio del cuidado de un niño, y, a su vez, revela la cantidad de infraestructura necesaria para cuidar a través de la ciudad. Lo más sencillo de resaltar son las materialidades del cuidado; sin embargo, es necesario considerar cómo se afectan las personas mientras se mueven por la ciudad para develar esos otros aspectos, como el miedo, que son producto de otras interacciones sociales, pero que tienen una realidad material que los saca a la luz. Sobre lo anterior, las interconexiones socioespaciales surgen a partir de la observación de los trayectos cotidianos de las personas, en este caso los trayectos de Nicolás. En estos trayectos se aprecia la interdependencia, y, junto con ella, aparecen la organización del cuidado, los encadenamientos de la vida cotidiana, las escalas, materialidades y, finalmente, las interconexiones, las cuales operan como un conjunto de elementos que permiten cuidar en la ciudad (Solar-Ortega, 2020).

Esquema 3. Secuencia de una práctica de cuidados. “Ir a buscar a Nicolás al paradero del furgón”

Diagrama, Dibujo de ingeniería  Descripción generada automáticamente

Fuente: Solar-Ortega, 2020.

Miradas sobre la historia de Paulina

A través de la historia de Paulina, entendemos que las personas crean sus propios sistemas de cuidados y que, por medio de la solicitud de una amiga de ella, aparece este espacio de cuidados en Quilicura. Lo que hace Paulina es proveer del espacio de cuidados que el Estado chileno no entrega a sus habitantes y lo hace a través de sus recursos materiales, económicos, afectivos, humanos y comunitarios.

Si bien se podría romantizar su entrega y dedicación, estas características están sujetas a una ética de cuidados y de sobrevivencia en un sitio que no permite caminar tranquila en la calle. Desde una perspectiva espacial, esta ética tiene dos escalas de producción socioespacial. La primera tiene que ver con un vivir confinado producto del narcotráfico y los ajustes de cuentas constantes. Estas prácticas se desarrollan en el espacio público, pero tienen la posibilidad de atravesar el espacio íntimo de un hogar de forma material y de modificar sus prácticas de habitar. Materialmente, la bala puede atravesar un muro, por ello las personas deben tomar resguardos de protección. En este sentido, Paulina y su familia desarrollan un habitar hacia el interior de la vivienda, el cual se manifiesta con acciones y estrategias materiales como la instalación de una puerta metálica entre el descanso de la escalera y la puerta de acceso al departamento, mantener las cortinas cerradas durante el día, para sentirse seguros y también entregar seguridad a los niños.

Por otro lado, está la escala de la ciudad inmediata, la cual produce a partir de su cuerpo y su relación con los trayectos que debe realizar para ir a buscar a los y las niñas a sus respectivos establecimientos educacionales. En este sentido, hacer el mismo recorrido cotidianamente, caminar por la misma vereda, conocer cada centímetro y temporalidad de ese trayecto también es producto del miedo que provoca el narcotráfico en su barrio, y esto obliga a Paulina a desarrollar una inteligencia y una práctica estratégica para moverse por su territorio, convirtiéndose en una experta en su barrio y en prácticas de resguardo que produce y enseña a través de su cuerpo.

Otro aspecto interesante que aparece en su relato es la noción de trabajo de cuidado remunerado cruzada por una ética de cuidado y empatía por el otro. Si bien Paulina tiene un sistema de cobro por cada niño y niña que cuida, esto no se condice con el dinero que realmente recibe por este trabajo. La ética que nos muestra Paulina se relaciona con la capacidad de empatizar con la historia de cada niño y niña que ella cuida, lo cual va modificando su sistema de cobranza y se transforma en un sistema solidario de cuidados mediado por un sistema de soportes humanos, donde entran en juego personas como su madre, suegro, cuñada y marido, que juegan roles de mayor y menor participación, aunque esenciales para el cuidado de los niños y las niñas de la guardería. Otros soportes son los materiales: por ejemplo, el televisor es clave en la posibilidad de cuidar, ya que, mientras que entretiene a algunos, permite el desarrollo de otras actividades como limpiar, cocinar e, incluso, ir a buscar a otros a los puntos de encuentro. Este conjunto de soportes viene a mediar la precarización de la vida y de los cuidados.

Aunque aquí nos centramos en la historia de Paulina, es importante dejar en claro que esta forma de cuidar no es algo exclusivo de ella; más bien es una práctica común presente para muchas familias en distintas comunas de la ciudad, generalmente a cargo de una figura feminizada, que se hace cargo de las falencias del Estado chileno y que, entre la solidaridad y una remuneración precaria, permite que otras personas, principalmente mujeres, puedan salir a trabajar mientras otras personas y mujeres cuidan de sus hijos e hijas. Esto evidencia la cadena necesaria de personas para cuidar. Si bien es importante avanzar en el reconocimiento de aquellas personas que han sostenido la vida de muchos otros, es necesario avanzar en eliminar la precarización y visibilizar estas prácticas, para crear sistemas de cuidados más justos y accesibles para todas y todos.

Reflexiones finales

Volviendo al enunciado inicial sobre la ausencia del espacio en los cuidados y viceversa, se pueden evidenciar varias cuestiones. La primera es que los cuidados como fenómeno social continúan siendo una práctica feminizada y precarizada de acuerdo con la posición en la cadena de cuidados en la que se encuentre aquella mujer cuidadora. La segunda es que es posible definir que los cuidados son una práctica cotidiana de habitar, que tienen modos de hacer (Jirón y Lange, 2017) y que van desarrollando un sentido práctico (Martínez, 2017) en relación con cómo se realiza. Algunas prácticas de cuidados surgen desde el trabajo doméstico, otras se instalan desde las normas y modales que entrega la cuidadora hacia el niño y también desde lo afectivo. La tercera cuestión es que, si bien ordenamos los cuidados en categorías que nos permiten organizar nuestras maneras de comprenderlos, estos suceden en un continuo de acciones que se desarrollan en la vida cotidiana de las personas. Este conjunto de actividades manifiesta que la interdependencia y las interconexiones espaciales van de la mano, ya que evidencian que para cuidar no solo se necesita una red de personas, sino una red compleja que alberga humanos, no humanos, objetos, materialidades, afectos, y espacios.

Como se ha discutido anteriormente, los trayectos revelan las complejidades espaciales, materiales, temporales del habitar. Sin embargo, el análisis de la secuencia de una práctica complementa el análisis del trayecto permitiendo develar el encadenamiento completo de la práctica de cuidado. En este análisis se reconocen los lugares necesarios para poder llevar a cabo una práctica de cuidado y que interconecta personas, tiempos y lugares. De acuerdo con eso, las interconexiones de cada persona son distintas; sin embargo, en todas ellas la interdependencia va delatando el continuo de elementos necesarios para cuidar.

Metodológicamente, buscar las espacialidades del cuidado por medio del enfoque de movilidad permite posicionarse desde una visión de territorio fluido, multiescalar e inacabado (Massey, 2005; May y Thrift, 2001). A partir de esta mirada, analizar los trayectos (Ingold, 2000) de la movilidad cotidiana de cuidados releva la idea sobre la continuidad del espacio-tiempo, y que, si bien analíticamente se puede dividir, este se experimenta como un continuo de la vida cotidiana (Solar-Ortega, 2020). También, es un ejercicio metodológico que permite derivar en otras disciplinas. Como arquitecta, explorar a través de la etnografía enriqueció y agudizó mis maneras de observar incluyendo todos mis sentidos. Este ejercicio relacional y corporal me permitió entender el espacio como un baile entre corporalidades que producen espacios, ciudades, prácticas, tensiones, etc. A su vez, esta combinación de métodos y enfoques teóricos me permitieron contar historias a través del relato y la representación gráfica, donde esta última tiene la habilidad de visibilizar prácticas de la vida cotidiana tan comunes y corrientes como los cuidados y a su vez explicar ideas complejas como su realidad material y basta necesidad de espacio.

Sobre el rol del Estado y los cuidados, pareciera que ya no bastan políticas intersectoriales que conversen sobre cuál ministerio o departamento crea un programa nuevo, más bien hace falta un Estado que se pregunte cómo quiere cuidar en concordancia con las ideas y prácticas que los propios habitantes han creado como sistema de cuidados. Y con esto me refiero a un sistema de cuidados que se piensa desde la desfamiliarización de los cuidados, lo cual permite, en primer lugar, evitar que el cuidado se continúe resolviendo como un problema entre privados, que pone a las mujeres y cuerpos feminizados en la primera línea de un rol impuesto. En segundo lugar, avanzar a un desarrollo equitativo entre núcleos íntimos (los cuales incluyen las familias, pero no todas sus posibles organizaciones lo son), comunidad, Estado y posiblemente el mercado.

Bibliografía

Arriagada, I. (2012). La crisis de cuidado en Chile. En Centro de Estudios de la Mujer – CEM, Construyendo redes: Mujeres latinoamericanas en las cadenas globales de cuidado. En www.redalyc.org/pdf/4536/453646114006.pdf.

Carrasco, C. (2014). Economía, trabajos y sostenibilidad de la vida. En Y. Jubeto Ruiz, M. Larrañaga Sarriegi, C. Carrasco Bengoa, M. León Trujillo, Y. Herrero López, C. Salazar de la Torre, C. de la Cruz Ayuso, L. Salcedo Carrión y E. Pérez Alba (Eds.), Sostenibilidad de la Vida. Aportaciones desde la Economía Solidaria, Feminista y Ecológica (pp. 27-41). Ekonomia Alternatibo eta Solidarioaren Sarea.

Carrasco, C. (2016). Sostenibilidad de la vida y ceguera patriarcal. Una reflexión necesaria. Atlánticas – Revista Internacional de Estudios Feministas, 1(1), 34-57.

Esteban, M. L. (2017). Los cuidados, un concepto central en la teoría feminista: aportaciones, riesgos y diálogos con la antropología. Quaderns-e, 22(2), 33-48.

Federici, S. (2013). Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Traficantes de Sueños.

Fraser, N. (2000). ¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en la era “postsocialista”. New Left Review, (0), 126-155.

Gilligan, C. (2013). La ética del cuidado. Fundació Víctor Grífolis i Lucsas.

Gutiérrez Aguilar, R. (2018). Prefacio. En C. Vega, R. Martínez y M. Paredes (Eds.), Cuidado, comunidad y común (pp. 9-14). Traficantes de Sueños.

Hernández Cordero, A. (2016). Cuidar se escribe en femenino: Redes de cuidado familiar en hogares de madres migrantes. Psicoperspectivas: Individuo y Sociedad, 15(3), 46-55. DOI: 10.5027/PSICOPERSPECTIVAS-VOL15-ISSUE3-FULLTEXT-784.

Herrero, Y. (2014). Perspectivas ecofeministas para la construcción de una economía compatible con una vida buena. En Y. Jubeto Ruiz, M. Larrañaga Sarriegi, C. Carrasco Bengoa, M. León Trujillo, Y. Herrero López, C. Salazar de la Torre, C. de la Cruz Ayuso, L. Salcedo Carrión y E. Pérez Alba (Eds.), Sostenibilidad de la Vida. Aportaciones desde la Economía Solidaria, Feminista y Ecológica (pp. 55-68). Ekonomia Alternatibo eta Solidarioaren Sarea.

Ingold, T. (2000). The Perception of the Environment. Essays on Livelihood, Dwelling and Skill. Routledge.

Jirón, P., y Mansilla, P. (2013). Atravesando la espesura de la ciudad: vida cotidiana y barreras de accesibilidad de los habitantes de la periferia urbana de Santiago de Chile. Geografía Norte Grande, (56), 53-74.

Jirón, P. (2017). El hábitat residencial observado desde la movilidad cotidiana urbana. En W. Imilan, J. Larenas, G. Carrasco, y S. Rivera (Eds.), ¿Hacia dónde va la vivienda en Chile? Nuevos desafíos en el hábitat residencial (pp. 265-276). Instituto de la Vivienda. Facultad de Arquitectura y Urbanismo.

Jirón, P. y Gómez, J. (2018). Interdependencia, cuidado y género desde las estrategias de movilidad en la ciudad de Santiago. Tempo Social, 30(2), 55-72.

Jirón, P. y Lange, C. (2017). Comprender la ciudad desde sus habitantes. Relevancia de la teoría de las prácticas sociales para abordar la movilidad. Cuestiones de Sociología, 16(30), 1-12.

Jiron, P. e Imilan, W. (2018). Moviendo los estudios urbanos. La movilidad como objeto de estudio o como enfoque para comprender la ciudad contemporánea. Quid 16, 10, 17-36.

Keller Garanté, C. (2017). Hacia una agenda feminista de los cuidados. Cátedra UNESCO Mujeres, Desarrollo y Culturas de la Universitat de Vic – Universitat Central de Catalunya. Boletín Ecos 38.

López, E., y Cielo, C. (2018). El agua, el cuidado y lo comunitario en la Amazonía boliviana y ecuatoriana. En C. Vega, R. Martínez y Myriam P. (Eds.), Cuidado, comunidad y común (pp. 75-96). Traficantes de Sueños.

Massey, D. (2005). La filosofía y la política de la espacialidad: algunas consideraciones. En L. Arfuch (Coord.), Pensar este tiempo: espacios, afectos, pertenencias (pp. 101-128). Paidós.

Martínez, J. (2017). El habitus. Una revisión analítica. Revista Internacional de Sociología, 75(3): 1-13. En dx.doi.org/10.3989/ris.2017.75.3.15.115.

May, J., y Thrift, N. (Eds.) (2001). Introduction. Timespace. Geographies of temporality. Routledge.

Pérez Orozco, A. (2004). Estrategias feministas de deconstrucción del objeto de estudio de la economía. Foro Interno, 4(4), 87-117.

Pérez Orozco, A. (2017). Subversión feminista de la economía. Traficantes de Sueños.

Sánchez de Madariaga, I. (2009). Vivienda, movilidad y urbanismo para la igualdad en la diversidad: ciudades, género y dependencia. Ciudad y Territorio: Estudios Territoriales, 41(161-162), 581-598.

Solar-Ortega, M. (2020). Espacialidades del Cuidado. Develando las prácticas espaciales de mujeres cuidadoras en Santiago de Chile [Tesis de Magíster en Hábitat Residencial]. Facultad de Arquitectura y Urbanismo, Universidad de Chile. Santiago de Chile.

Valdivia, B. (2018). Del urbanismo androcéntrico a la ciudad cuidadora. Hábitat y Sociedad, (11), 65-84.


  1. La historia de Paulina forma parte de la tesis “Espacialidades del cuidado. Develando las prácticas espaciales de mujeres cuidadoras en Santiago de Chile”, realizada en el marco del programa de Magíster en Hábitat Residencial en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile.
  2. Un ejemplo de lo mencionado son el sumak kawsay de Ecuador, o el suma q’maña na en Aymara, Bolivia.
  3. Comúnmente son las mujeres que han organizado redes desde las periferias de las ciudades articulándose por las luchas por la vivienda, servicios básicos, etc. También, están aquellas mujeres que se han organizado respecto a las luchas por los recursos naturales. Un ejemplo de ello se da en Brasil, país en que se generó un movimiento por la defensa del agua en contra de las petroleras que pensaban emplazarse en el corazón del Amazonas, apelando a que el absurdo de la industria en el Amazonas implicaba poner en riesgo la vida que giraba inmediatamente al río y al agua, pero también al pulmón más grande del planeta.
  4. La idea de trayecto es trabajada por Tim Ingold (2000), quien lo define como este trayecto indivisible y continuo, diferente a la creación exclusiva de una ruta, como un camino a seguir, se basa más bien en la idea de Ingold (2000) de una ruta que se puede encontrar por sobre dibujar. En este sentido, el trayecto tiene una representación en el espacio, pero esta no está condicionada a una línea de desplazamiento, sino en múltiples líneas de desplazamiento y experiencia. Estas son las hebras de las que habla Ingold en la noción de entretejido, en la cual, para poder definir mi posición en el mundo, establezco una serie de diálogos que obtienen información tanto del presente como de lo pasado en mi propia experiencia (Iturra, 2012, p. 148).
  5. USD $510.00 aproximadamente.
  6. US$2.00 aproximadamente.
  7. US$1.00 aproximadamente.
  8. US$30.40 aproximadamente.
  9. US$700.26 aproximadamente.
  10. Comuna al Norte de Santiago.
  11. Automóvil de transporte colectivo de pasajeros, de carácter privado, que funciona como alternativa al transporte público, ya sea para llegar más rápido o bien para llegar a los lugares en que el público no llega.
  12. Comuna al Oriente de Santiago.


Deja un comentario