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Detenerse y ensamblar

Una reflexión sobre el proceso
de hacer etnografía en el contexto
del estudio del caminar cotidiano

Soledad Martínez

Durante las dos últimas décadas, la etnografía se ha consolidado como una metodología prominente dentro de los estudios de la movilidad (Jirón e Imilan, 2018). Una de sus ventajas más reconocidas es que permite comprender en profundidad las experiencias que viven las personas al moverse (Vergunst, 2011). El conocimiento de las prácticas de movilidad nos pone ante el desafío de explorar un campo que se constituye en movimiento. En estos casos la investigación no se circunscribe, necesariamente, a un territorio delimitado (barrio, comuna o ciudad), sino que quien investiga debe hacerse parte del movimiento por el cual se interesa. Las metodologías, por lo tanto, se vuelven móviles con el fin de “participar en los patrones de movimiento a la vez que se investiga” (Büscher y Urry, 2009, p. 104). De esta manera, las y los investigadores han adaptado la etnografía a las diferentes formas en que se mueven las personas cuyas experiencias buscan conocer.

La profusión de investigaciones etnográficas en el contexto de la movilidad no ha generado un interés equivalente por conversar acerca de cómo se hacen las etnografías. El quehacer de etnógrafas y etnógrafos suele quedar “en un campo oscuro, [ya que] pocas veces sus mecanismos internos de funcionamiento son expuestos o compartidos” (Jirón e Imilan, 2016, p. 52). Necesitamos mayor transparencia y reflexión respecto del proceso etnográfico para poder aprender unos de otros[1] y seguir desarrollando nuestras prácticas metodológicas. Esta situación no se restringe solamente a las investigaciones sobre la movilidad, más bien parece estar generalizada dentro de las ciencias sociales. Por ejemplo, en el ámbito de la geografía humana, Hitchings y Latham (2019), tras una minuciosa revisión de las formas que se usan en artículos académicos para describir la realización de etnografías, evidencian la falta de detalles acerca de la realización del trabajo de campo y las diferentes estrategias de análisis que se combinan en el desarrollo de una etnografía.

Con el fin de aportar a la reflexión sobre el quehacer etnográfico en el contexto del estudio de la movilidad cotidiana, en este capítulo presento algunos de los elementos más relevantes de mi propio proceso de hacer etnografía sobre la práctica del caminar cotidiano en Santiago de Chile entre los años 2015 y 2016. El propósito de esta investigación fue explorar cómo la desigualdad socioespacial de la ciudad afecta la experiencia de caminar y cómo quienes caminan responden a esas condiciones en su práctica. En particular, me concentro en describir cómo tomé las decisiones y articulé los hallazgos que dieron forma a la investigación. Respecto a las decisiones, destaco que el acto de detenerme a reflexionar junto a las personas que participaron en la etnografía fue tan importante como moverme junto a ellas. Asimismo, propongo pensar los hallazgos etnográficos como ensamblajes, es decir, como una unión de elementos de diversa naturaleza. Uso la palabra “ensamblar” en su acepción más común como la acción de unir, juntar, ajustar o dar forma a un conjunto de elementos. Este concepto ilustra mi experiencia, en la que los hallazgos no son elementos diferenciados que están en el campo etnográfico a la espera de ser descubiertos. La etnógrafa, más bien, realiza un trabajo de entramado narrativo en el que los hallazgos toman forma al crearse correspondencias entre las diferentes relaciones, percepciones, emociones, sucesos e ideas que constituyen el proceso de investigación, el que va desde las primeras líneas del proyecto, pasando por el trabajo de campo, la revisión y el análisis del material que se recopila, hasta la escritura (o el formato que se escoja para representar y comunicar los resultados), y en el que también cuentan los sucesos de la vida personal de quien investiga y de las personas “entre quienes investiga” (Ingold, 2018, p. 8).

Inicio el capítulo reflexionando brevemente sobre cómo la etnografía ayuda a responder al desafío metodológico que implica estudiar las prácticas de movilidad. Muestro que, en mi caso, la forma de responder a ese desafío fue considerar el mismo caminar de las y los informantes como un campo etnográfico móvil que exploré moviéndome junto a ellas y ellos. Continúo exponiendo en detalle dos aspectos de mi quehacer etnográfico que transparentan mi proceso investigativo. En primer lugar, presento las decisiones metodológicas más relevantes que dieron forma a mi etnografía. En especial, y en respuesta al entusiasmo que tenemos por hacer móviles las metodologías con el fin de poder participar y conocer las experiencias de movimiento de las personas (ver Sheller y Urry, 2006), destaco la ventaja de incluir momentos de detención y conversación cara a cara que den la oportunidad de ahondar en los detalles de las experiencias de movilidad, lo que en mi etnografía llamé “entrevista-taller”. En segundo lugar, me concentro en cada hallazgo, a saber, “socialidades materiales”, “afectos” y “micropolíticas del caminar”, y describo los aspectos fundamentales que incidieron en sus procesos de ensamblaje. Sobre todo, enfatizo la eventualidad del proceso de investigación, en el sentido de que una observación, un comentario, o un suceso fortuito pueden aportar elementos cruciales para comprender los fenómenos que estudiamos.

Etnografiar las prácticas de movilidad cotidiana: “moverse con”

Conocer la movilidad requiere de aproximaciones metodológicas específicas (Salazar, Elliot y Norum, 2017, p. 3). Uno de los desafíos que enfrentamos al investigar experiencias de movimiento es poder acceder a ellas: ¿cómo observar prácticas que son móviles y fugaces? En respuesta a esta pregunta, los estudios de la movilidad han propuesto que los métodos mismos se vuelvan móviles, de manera que permitan participar en las experiencias de movimiento y observar cómo el movimiento organiza la vida social (Sheller y Urry, 2006).

Dentro de los métodos de investigación cualitativa, la etnografía se ha mostrado especialmente flexible para convertirse en un método móvil. La intrincada historia de la etnografía hace que sea difícil definirla de manera estándar (Hammersley y Atkinson, 2007, p. 2). Se la suele distinguir de otras formas de investigación porque “incluye una serie de métodos en los que se enfatiza la observación participante” (2007, p. X). De hecho, a menudo se dice que lo que caracteriza el trabajo de campo etnográfico es el “estar allí”. Esta expresión fue popularizada por Geertz (1988) al identificar con ella la estrategia narrativa que la escritura etnográfica desarrolla para convencer a lectoras y lectores acerca de lo que se cuenta sobre las vidas de otras personas. La estrategia radica en demostrar haber estado allí participando de la vida cotidiana del grupo humano que se investiga; alude a una experiencia de primera mano que da autoridad a la etnógrafa en el análisis que propone.

Cuando las personas se mueven, múltiples “allíes” móviles se configuran. La etnografía posibilita participar y tener experiencia de ese movimiento, lo que hace que sea utilizada con entusiasmo por las investigaciones en movilidad. De hecho, se ha comenzado a hablar de etnografía móvil o en movimiento (ver Büscher, Urry y Witchger, 2011; Elliot, Norum y Salazar, 2017; Novoa, 2015; Pujadas, 2018). En el caso del estudio de las experiencias de los viajes cotidianos en el contexto latinoamericano, Jirón (2010) y Jirón e Imilan (2016) han implementado con éxito la técnica etnográfica de “sombreo”, que consiste en acompañar a las personas durante sus viajes cotidianos a lo largo de un día y observar qué hacen y cómo, con el fin de conocer sus experiencias. En ese viaje registran qué ocurre en el cuerpo de los viajeros, cuáles son sus emociones, las materialidades que forman parte de su movimiento, las estrategias que despliegan, cómo sus movilidades se coordinan con las de otras personas con las que viven o se relacionan, etc. Si bien la metodología que presento aquí comparte el fundamento etnográfico de la técnica de sombreo, los procesos se diferencian en cuanto a la recurrencia de la observación participante y el rol que tienen las reflexiones de las y los informantes en el proceso investigativo. El énfasis de mi metodología no estuvo en acompañar a las personas a lo largo de un día. Mis esfuerzos se orientaron a acompañarlos en sus trayectos más recurrentes, especialmente en aquellos que incluyeran caminar. La observación participante en mi caso tomó la forma de un “caminar con”, y su objetivo era aprender a caminar con cada informante. Para lograrlo, necesité acompañarlos la mayor cantidad de veces: entre tres y ocho veces a cada persona, en diferentes días, a lo largo de semanas. De esta manera, las confianzas con mis informantes se establecieron en el movimiento (ver Lee e Ingold, 2006) y, principalmente, en el compartir el caminar una y otra vez, lo que también marca una diferencia con la técnica de sombreo, que genera esas confianzas a través de conversaciones que ocurren con anterioridad a la experiencia de acompañar a la persona en sus movimientos a lo largo del día (Jirón, 2010).

Otro aspecto que destacar, en el desarrollo de técnicas etnográficas que nos permiten movernos con las personas, es la incorporación de herramientas audiovisuales. Por ejemplo, Pink (2007) utiliza el video como un catalizador para explorar el caminar en cuanto práctica que “crea lugar”, en el caso de un proyecto de jardín comunitario en Inglaterra. El registro en video también ha sido utilizado por Spinney (2011) en su videoetnografía móvil sobre las prácticas de ciclismo en Londres, en la que el video es una herramienta para “sentirse ahí” cuando no se puede estar físicamente ahí (ver Spinney, 2011).

Sin duda, observar y participar de las experiencias de movimiento “en” movimiento ha servido para repensar y diversificar las maneras de hacer etnografía (p.e. Jirón e Imilan, 2016). Si bien realizar etnografía en movimiento no es algo necesariamente nuevo (Salazar, Elliot y Norum, 2017), moverse con las personas durante el trabajo de campo solía ser solo un medio para participar de otras actividades de la vida social de un grupo. Con el giro a la movilidad, el movimiento se pone en el centro de interés de la investigación. Las técnicas etnográficas desarrolladas por las investigaciones sobre movilidad demuestran que también se puede participar de la vida social de un lugar a través de un “moverse con”.

Caminar como campo etnográfico: decisiones y ensamblajes

Caminar es una práctica de movimiento “a través de la cual emerge una configuración particular de lugar que se funda en la experiencia directa con el entorno y que genera un aprendizaje encarnado de este” (Martínez, 2018, p. 37). En ella se juega mucho más que el ir de un punto a otro. En el caminar se generan relaciones sociales y, según Ingold y Vergunst (2008), el caminar es una práctica fundamental para la vida social. De ahí que, durante las últimas décadas, las ciencias sociales se hayan interesado por entender cómo se camina y qué ocurre cuando se camina. Además, caminar con las personas es una técnica de investigación etnográfica que se utiliza cada vez más en temáticas como las relaciones entre las personas y el entorno, la inmigración o el género (p.e. Bates y Rhys-Taylor, 2017; Kohler, 2014; Kusenbach, 2003; Myers, 2011; Thibaud, 2008; Warren, 2017; Yi’En, 2014). El caminar se utiliza, también, como fue el caso de mi investigación, como técnica etnográfica para estudiar el propio caminar en cuanto práctica de la vida cotidiana (p.e. Aguilar Díaz, 2016; Lee e Ingold, 2006; Martínez Rodríguez, 2019; Martínez y Avilés, 2019). Igualmente, se han utilizado otras técnicas para investigar el caminar cotidiano, sean o no parte de una estrategia etnográfica. Dentro de ellas, encontramos pedir a las personas que lleven diarios de sus caminatas (p.e. Lee e Ingold, 2006; Pumarino Orbeta, 2020), los que pueden incluir registros fotográficos de los viajes cotidianos (p.e. Middleton, 2009), o la autoetnografía y la experiencia personal de quien investiga (p.e. Iturra, 2012; Lee e Ingold, 2006; Mora, 2018; Wylie, 2005).

En la etnografía que presento aquí, el caminar fue tema de investigación y, a la vez, herramienta metodológica. La decisión de realizar una etnografía en la que la observación participante tomara primordialmente la forma de “caminar con” respondió a la necesidad de estar presente en el momento en el que ocurría aquello que buscaba comprender: cómo la desigualdad socioespacial afectaba las experiencias del caminar cotidiano de personas que vivían en distintas áreas de Santiago. De esta manera, el campo etnográfico se configuró a través de las caminatas y viajes cotidianos que hice con las trece personas que participaron en la investigación. Podría haber utilizado otras técnicas que no implicaran moverme con los informantes. Por ejemplo, podría haberles pedido registrar sus experiencias y luego mostrármelas y explicármelas. Sin embargo, no me imaginaba escribiendo sobre cómo caminan otros sin haber conocido de primera mano esas vivencias. Para hablar con propiedad de los caminares de otras personas, necesitaba participar de sus experiencias. “Caminar con” presentaba, además, otras ventajas metodológicas que reforzaron mi elección: ayudaba a generar rapport entre la investigadora y los informantes (Kusenbach, 2003) y, también, iba en la línea de la invitación hecha por quienes estudian la movilidad de volver móviles las técnicas de investigación con el fin de comprender los fenómenos que ocurren en movimiento.

Hacer esta etnografía me exigió preguntarles a diferentes personas si podía caminar junto a ellas. Preguntar es exponerse. El vértigo fue un sentimiento constante en los momentos iniciales. Era vertiginoso acercarme a personas que no conocía para pedirles no solo un par de entrevistas, sino también compartir sus viajes cotidianos. Era vertiginoso depender de su generosidad. El movimiento de acercarse a otros desconocidos no ocurrió solo en una dirección. Se trató de encuentros. Si el propósito de la etnografía “es aprender cómo pensar sobre una situación junto con los informantes” (Tsing, 2015, p. IX), ellos también tuvieron que acercarse a esta otra desconocida que era yo y conocer mis prácticas de investigación (mi cotidiano). La relación de participación mutua que sostuvo mi etnografía implicó que yo anduviera sus pasos, y ellos, los míos.

No quiero dar la idea de que las relaciones fueron siempre simétricas y armoniosas. En ocasiones, este encuentro con los participantes en el caminar no fue fácil o, incluso, posible. Los informantes se involucraban más o menos en la investigación dependiendo de sus intereses y disponibilidad. Algunos me dejaron caminar con ellos y realizaron las actividades que les propuse sin preocuparse mayormente acerca del tema de investigación; otros se entusiasmaron con el tema y comenzaron a preguntarse más sobre la ciudad, el caminar y la desigualdad urbana. También, en ocasiones, no pude caminar con los informantes, ya fuese porque el barrio era peligroso o, también, porque algunos participantes hombres temían que ser vistos caminando con una mujer desconocida despertara suspicacias entre sus vecinos y familiares.

Mi etnografía fue un proceso que tuvo su propio devenir con aciertos, atajos, bifurcaciones y desvíos. Hubo momentos en los que sentí que el camino era el correcto, y otros en los que no sabía cómo avanzar. Cuando describimos las metodologías de nuestras investigaciones, por lo general damos la impresión de que fueron planificadas desde el primer momento tal como luego se ejecutaron. No es habitual dar detalles sobre las decisiones erradas, las frustraciones, lo que funcionó, lo que se rectificó, lo que quedó inconcluso, etc. Sin duda hay proyectos de investigación y disciplinas que exigen que la muestra poblacional y la metodología se decidan de antemano para garantizar la validez del estudio. Sin embargo, la etnografía permite una mayor libertad y flexibilidad para responder a las circunstancias que se encuentran en el terreno y se beneficia de ello (Hammersley y Atkinson, 2007, p. X). Desde mi perspectiva, es esa flexibilidad la que permite que los hallazgos emerjan, ya que favorece que la etnógrafa sea sensible y pueda responder a lo que encuentra en el campo.

Para contribuir a transparentar el proceso etnográfico y así poder aprender los unos de los trabajos de los otros, a continuación, doy cuenta de las decisiones más relevantes que delinearon mi etnografía sobre el caminar cotidiano y, también, de cómo se fueron ensamblando los hallazgos más relevantes de mi investigación.

Decisiones a contraluz

“Caminar con”

Como he explicado más arriba, la práctica fundamental que constituyó mi campo etnográfico fue la de caminar junto a las y los informantes. Tradicionalmente, el campo se define por la determinación de un área geográfica de trabajo. Mi área era la ciudad de Santiago. Sin embargo, difícilmente una investigación etnográfica puede dar cuenta de un territorio tan extenso. El mío fue un territorio móvil construido por los viajes cotidianos a pie de mis informantes. Para poder participar en ese territorio, caminé junto a las personas en la medida de lo posible, lo que, además de volver mi etnografía móvil, dio respuesta a la necesidad de tener un acercamiento de primera mano a sus prácticas y experiencias que me permitiera generar la confianza suficiente para escribir sobre ellas.

El registro

Decidí registrar los trayectos con una pequeña videocámara que llevé sujeta al torso con un arnés. En un principio, la finalidad del registro fue la de contar con un respaldo de las experiencias del trabajo de campo que me facilitara rememorar y, de cierta forma, volver a vivir los viajes compartidos. Grabar me permitía lidiar con mi miedo de no ser capaz de dar cuenta de una experiencia tan fugaz y compleja como la de caminar, en la que ocurren muchos sucesos de manera simultánea. A la larga, el registro audiovisual no solo sirvió como respaldo para mi análisis, sino que fue la pieza fundamental de la segunda etapa de la etnografía, las entrevistas-taller, en las que invité a los participantes a detenerse y reflexionar sobre sus experiencias de caminar grabadas en video.

Duración y frecuencia del trabajo con cada informante

Mi idea inicial era trabajar con una sola persona a la vez, por un período de tiempo de un par de semanas. Quería sumergirme de manera exclusiva e intensa en sus experiencias y rutinas. Sin embargo, lo que parecía un buen plan en el papel porque cumplía con mis necesidades como investigadora, finalmente, no se lo propuse a ninguno de mis informantes. En la conversación inicial que tuve con la primera persona que aceptó participar en la etnografía, me di cuenta del esfuerzo que le significaba dejarme entrar en sus rutinas. Fui incapaz, entonces, de pedirle que me permitiera participar de la mayoría de sus prácticas de movilidad en un tiempo acotado de dos semanas, tal como me hubiese acomodado. Sentí que lo más adecuado era que los informantes tomaran la iniciativa respecto a la frecuencia de los encuentros y los viajes en los que me darían cabida. Tras una o dos salidas juntos, con algo más de confianza y conociendo un poco sus vidas, me permitía sugerir acompañarlos en ciertas rutas que me interesaban. Pasé, por lo tanto, de planificar el trabajo de campo considerando solo mi disponibilidad y necesidades a adaptarme a los tiempos de mis informantes y sus posibilidades.

¿Quiénes?

Respecto a las características de las y los informantes, decidí trabajar con mujeres y hombres que vivieran en distintos sectores de Santiago, en áreas de ingresos bajos, medios y altos. De esta manera, busqué aprender acerca de cómo la desigualdad socioespacial influye en la práctica cotidiana del caminar. Participaron cuatro personas que vivían en comunas de bajos ingresos (San Ramón y El Bosque), cuatro en comunas de ingresos medios (Macul y Ñuñoa), y cinco en comunas de ingresos altos (Las Condes y Lo Barnechea). Del total de los trece participantes, siete fueron mujeres y seis hombres, todos ellos con edades comprendidas entre los 33 y 61 años. Invité a participar de la etnografía a personas adultas, que trabajaran y que no tuviesen condiciones físicas que les dificultaran gravemente o les impidieran caminar. Si bien me hubiese interesado considerar un mayor rango etario, de género y capacidades corporales, en pos de la factibilidad de la investigación, me limité a estas características. Las comunas incluidas no fueron decididas de antemano. La configuración final de las comunas resultó según la procedencia de los primeros informantes que aceptaron participar. Procuré invitar a personas de la misma comuna o una comuna aledaña. Los métodos que utilicé para acercarme a los posibles participantes fueron variados: convocatoria por e-mail a miembros de juntas vecinales; a través de un colega antropólogo que me introdujo a un barrio en el que había trabajado previamente; conocidos de familiares y amigos míos; el espontáneo ofrecimiento de una persona tras asistir a una charla que di sobre el caminar en la ciudad y la técnica de muestreo de bola de nieve a partir de ese informante.

¿Caminar solamente?

Como he dicho anteriormente, el caminar de mis informantes configuró el campo etnográfico. Sin embargo, no solo me dediqué a caminar con ellos. Intenté tener al menos una experiencia de cada modo de movilidad diferente de caminar que practicaran en sus rutinas cotidianas, ya fuese en transporte público, bicicleta o automóvil. De esa manera, pude hacerme una idea del rol del caminar en el contexto general de sus prácticas de movilidad. También decidí incluir a personas que caminaran escasamente en su cotidiano. Fue el caso de una informante que vivía en un área de ingresos altos, cuyo caminar se restringía al recorrido entre su automóvil y la entrada de los sitios que visitaba o su hogar. Decidí trabajar con ella porque entendí que, para conocer el rol del caminar en las prácticas de movilidad, no solo debía conocer la experiencia de quienes caminaban asiduamente, sino que también era fundamental explorar las experiencias de aquellos que preferían, y podían elegir, no caminar.

Entrevista-taller: incluir un momento de detención y reflexión

Planifiqué un segundo momento de la etnografía que llamé “entrevista-taller”. Consistió en invitar a cada informante a detenerse y reflexionar sobre sus experiencias pedestres. Durante las sesiones de entrevista-taller, nos sentamos (investigadora e informante) a revisar el registro de los caminos compartidos a través de la realización de distintas actividades. Este segundo momento tuvo lugar una vez terminado el período de acompañamientos. Si quería participar de los caminares cotidianos de mis informantes, ¿para qué pedirles luego que nos sentáramos a reflexionar sobre lo vivido?, ¿qué podría aportar ese momento si no estaríamos “en” la experiencia que me interesaba conocer? Aunque parecía contradictorio detenerse, esta fue una de las decisiones metodológicas más significativas de mi etnografía porque potenció un proceso reflexivo que aportó elementos esenciales para ensamblar los hallazgos de mi investigación.

El fundamento de esta decisión es que el hecho de estar allí y participar de las actividades cotidianas de las personas no implica, en forma automática, comprender sus experiencias. Vi la necesidad de este momento tras realizar un trabajo de campo piloto en 2014 en el que combiné “caminar con”, registro en video de las caminatas y entrevistas semiestructuradas. Yo esperaba que las personas reflexionaran acerca de lo que íbamos viviendo mientras caminábamos juntos. Sin embargo, la situación fue otra. Al caminar, las conversaciones se desviaban y seguían un devenir propio que respondía a lo que ocurría en el camino: el cansancio, la prisa, el lugar de destino, la curiosidad sobre nosotros mismos, algún evento inesperado, etc. Yo intentaba redirigir constantemente la conversación hacia la experiencia de caminar: las sensaciones, las emociones, los materiales de los lugares. Sin embargo, de esa forma me perdía de conocer cómo las conversaciones ocurren mientras se camina. Conversar de manera dirigida sobre el caminar a la vez que caminábamos nos sacaba del fluir propio de la caminata. Además, en el caso de que el informante fuese acompañado de más personas, yo difícilmente tenía la posibilidad de guiar los temas de conversación. Gracias al trabajo de campo piloto, entendí que, cuando se camina, no necesariamente se puede reflexionar sobre lo que se está viviendo en ese mismo instante.

Por otra parte, las entrevistas que realicé durante el trabajo de campo piloto mostraron ser limitadas para ahondar en las experiencias pedestres de las personas. Yo llegaba con la pauta de mi entrevista y les preguntaba sobre el trayecto que habíamos realizado. Ocurría que yo tenía frescos los recuerdos de sus trayectos porque me había preparado previamente revisando el registro audiovisual de nuestras caminatas. Para mis informantes, en cambio, no era fácil traer a la memoria esas experiencias, aunque hubiesen ocurrido solo días antes. Tal como describe Jean-François Augoyard (1979), en una caminata cotidiana, usualmente ponemos en práctica una memoria protencional, que es una memoria del presente, y, por lo tanto, aquello que vivimos no lo consignamos necesariamente como algo memorable. En consecuencia, muchas de las experiencias que habíamos vivido al caminar juntos eran difíciles de recordar por mera voluntad si nada las evocaba de manera vívida.

A raíz de estas dos experiencias del trabajo de campo piloto, decidí rediseñar la metodología de mi trabajo de campo y propiciar un momento posterior a las caminatas en el que pudiéramos detenernos a conversar en profundidad sobre lo que en ellas ocurría. Convertí las entrevistas en una suerte de taller. Invité a mis informantes a detenerse y reflexionar sobre sus experiencias a través de actividades de elicitación y manualidades. Durante las sesiones de entrevista-taller, usé el registro audiovisual, que hasta ese momento tenía solo la función de ser un apoyo para mi propio análisis, como elemento catalizador de la memoria en actividades como videoelicitación, montaje-elicitación y collages (ver Martínez Rodríguez, 2019). Estas actividades tuvieron la finalidad de permitir a los informantes revivir los trayectos y profundizar en diferentes aspectos de sus experiencias pedestres.

Ensamblar los hallazgos

“¿Qué encontraste?” fue una de las preguntas habituales que recibí al terminar mi trabajo de campo. Me desconcertaba la pregunta. Me molestaba esa noción de “descubrimiento”. No sentía haber descubierto nada. Al volver del trabajo de campo, llevaba conmigo conversaciones, recuerdos de las caminatas y algunas ideas sobre cómo la desigualdad urbana se relacionaba con las prácticas pedestres. Mis hallazgos eran un conjunto de elementos que aún requerían de una narrativa que me permitiera ensamblarlos. Esa narrativa se construyó a lo largo del siguiente año y medio a través de entrecruzar recuerdos, registros, notas de campo, análisis, revisiones, emociones, escrituras, correcciones, notas de voz, conversaciones con diferentes colegas, presentaciones en conferencias y conversaciones con algunos de mis informantes, a quienes volví a contactar en ocasiones para preguntarles qué pensaban sobre las ideas que estaba escribiendo.

El trabajo posterreno fue, por lo tanto, fundamental para ensamblar mis hallazgos. Durante el terreno mantuve dos diarios de campo. En una libreta describía cada viaje junto a mis informantes, en la otra, volcaba mis reflexiones y análisis espontáneos acerca de las experiencias que iba teniendo y mis propios caminares por la ciudad. En ellas registraba las impresiones sobre lo que vivía, observaba, leía y también esbozaba posibles hallazgos. Digo “posibles” porque los hallazgos de mi investigación terminaron de emerger en el proceso de escritura: “… el terreno nunca se experimenta como tal cuando se está allí atrapado por las corrientes de la vida cotidiana, solamente emerge una vez que lo dejas atrás y comienzas a escribir sobre él” (Ingold, 2014, p. 386). Fue el proceso de análisis y escritura posterreno el que me permitió terminar de dar sentido al conjunto de experiencias de las que participé al moverme con mis informantes y detenerme a reflexionar junto con ellos.

Una de las técnicas de análisis que utilicé consistió en revisar el registro audiovisual de las caminatas desde distintas perspectivas: afectos, materiales, encuentros, conversaciones y eventos. Para cada perspectiva generé líneas descriptivas formadas por palabras que indicaban lo que mostraban los videos. Así, por ejemplo, para describir los materiales de una caminata determinada, fui concatenando las siguientes palabras: “pavimento de la acera en mal estado – sol fuerte – aceras mojadas – pasto en el borde de la acera – poste de iluminación – árboles frondosos – banca – perros callejeros – pavimento de la acera en mejor estado – poste de iluminación pintado con grafitis”, y así sucesivamente. Mencionaba los materiales a medida que iban apareciendo en el registro. Aquellos que eran constantes, los indicaba solo una vez. Cuando alguno cambiaba, señalaba de nuevo el elemento y el cambio (por ejemplo: “pavimento de la acera en mal estado” y, luego, “pavimento de la acera en mejor estado”). Otras de las técnicas de análisis que utilicé fueron llevar un registro de ideas a la vez que transcribía y codificar las conversaciones sostenidas en las caminatas y en las sesiones de entrevista-taller. Mientras me concentraba en crear líneas descriptivas, transcribir y codificar, la escritura comenzaba a gestarse: ideas y argumentos se plasmaban en párrafos y estructuras que fueron moldeando el texto final, en este caso, mi tesis doctoral.

La escritura articuló los hallazgos de mi investigación, los que versan sobre las relaciones que las personas generan con los materiales, el tipo de afectividades que emergen y la micropolítica que se despliega en las caminatas cotidianas. Estos hallazgos no se encontraban en el campo esperando a que llegara una etnógrafa a recogerlos, fueron elaborados a lo largo del proceso etnográfico: desde su planificación hasta la escritura del documento final. Son, además, particulares a mi propia experiencia. Es posible que otra etnógrafa u otro etnógrafo hubiese llegado a hallazgos diferentes, incluso compartiendo el mismo problema de investigación. A continuación, describo estos hallazgos y resumo los elementos que fueron clave para su ensamblaje.

Socialidades materiales

Viajar por la ciudad es una práctica corporal en la que nos relacionamos con otras y otros en “un escenario que es material y físico” (Jensen, 2013, p. 3). Este escenario no es un simple decorado de nuestro movimiento. La materialidad de los lugares por los que nos movemos es constitutiva de nuestra “puesta en escena” de la movilidad (Jensen, 2013, p. 5). Al movernos a pie, tenemos una experiencia de inmersión sensorial en los lugares (Tilley, 2012) que genera una relación singular con los materiales que los conforman. Mi hallazgo apunta a que la presencia, la ausencia y las cualidades de ciertos materiales que componen los lugares hacen que quienes caminan por ahí se hagan parte de relaciones sociales específicas.

Ya fuese al caminar o durante las sesiones de entrevista-taller, los informantes recurrentemente comentaban acerca del agrado o desagrado que les producían los materiales que encontraban en su camino: vegetación, inmobiliario urbano, parques, basura, rejas, luminarias, veredas, etc. Conocer estas percepciones me abrió la puerta para apreciar las dinámicas sociales vinculadas a ellos. La configuración material de los lugares es producto de las acciones de diferentes actores: el Estado, los gobiernos locales y los habitantes, entre otros. A través del caminar, percibimos los materiales, ellos se vuelven parte de nuestra experiencia, y, por lo tanto, entramos en relación con los actores que participan de su producción: el árbol que alguien riega, la basura que alguien arroja, la acera que el municipio tarda en reparar.

Para el caso de Santiago y las trece personas junto a las que trabajé, distinguí dos materiales que generan una relación sensorial significativa: el verde (vegetación) y la basura. Las ideas de cuidado/preocupación/protección que muchos de los participantes expresaron respecto de la vegetación dirigió el foco de mi atención hacia observar cómo los materiales que componen los lugares generan formas de socialidad. Así, pude comprender que el verde otorga una vía sensorial a través de la cual los caminantes se pueden sentir cuidados y bienvenidos, mientras que la basura abre una vía sensorial que puede hacerlos sentir olvidados y excluidos.

Por ejemplo, Rafaela (mujer de 51 años que vivía en un barrio de ingresos medios en la comuna de Macul) me contaba que encontrar verde en su camino le hacía sentir que otros se preocupaban por ese lugar y, de alguna manera, esa acción llegaba hasta ella. Encontrar verde no solo hacía que sus caminatas fueran más agradables, sino que la hacía sentirse cuidada y tomada en cuenta. Me dio a entender esto durante las sesiones de entrevista-taller cuando le pedí que confeccionara dos collages sobre lo que le agradaba y desagradaba de sus experiencias pedestres (ver figuras 1 y 2). Al compararlos, resalta la relevancia de la vegetación y los colores en el collage de las cosas que le gustaban de su caminar. Al contrario, el collage de lo que no le gustaba muestra tonalidades grises y marrones que corresponden a cemento, tierra, irregularidades en las veredas y algo de basura:

Figura 1. “Cosas que me gustan de mi caminar”

Imagen que contiene árbol, exterior  Descripción generada automáticamente

Realizado por Rafaela.

Si bien algunos informantes, como Rafaela, enfatizaban la acción de la vegetación en sus caminares, en otros casos, era su ausencia o mal estado lo que resultaba significativo:

De verdad es un lugar… como el último lugar del mundo, como dejado de la mano de Dios, no sé. Cuando pasas por ahí de noche y que solo haya perros y una que otra persona pasando, pero que tú… al tiro aflora la desconfianza porque es un lugar oscuro. Quiere decir que existen muchos lugares aun así en donde… por el cual pasan personas que también son marginadas a pasar solamente por ahí. O sea, los caminos de su vida van a ser esos, que son olvidados, que no le hace nadie ningún cariño a ese caminante. ¡No hay ni un árbol que te dé sombra! ¿Cachai o no? Es como: nadie quiere que yo esté aquí mucho rato, tengo que pasar rápido porque, si me quedo aquí, me muero de insolación, de frío, de lo que sea… o asaltado por alguien. Ahora, debe ser muy peludo hacer una ciudad completa pensando en todos, ¿no? (Juan Onofre, hombre de 40 años que vivía en San Ramón, al caminar por una calle cercana de su barrio).

Figura 2. “Cosas que no me gustan de mi caminar”

Imagen que contiene exterior, edificio, suelo, foto  Descripción generada automáticamente

Realizado por Rafaela.

Estas palabras de Juan Onofre, que también fueron expresadas durante una sesión de entrevista-taller, volvían constantemente a mis pensamientos. Especialmente el nexo que se hace entre vegetación y cuidado cuando sugiere que los árboles tienen la capacidad de hacer cariño a quienes caminan. Sin embargo, no fue hasta el momento del análisis y la escritura, tras haber revisado los registros audiovisuales y haber transcrito y codificado las sesiones de entrevista-taller, cuando pude enunciar que los materiales de los lugares generan diversas socialidades con los caminantes, las cuales, en el caso del verde y la basura, se relacionan directamente con las condiciones socioeconómicas de los lugares.

Afectividades: sentidos que potencian o constriñen la práctica de caminar

Cuando caminamos, “el espacio es sensual y emocionalmente aprehendido” (Middleton, 2009, p. 1955). A través de esas percepciones, el cuerpo que camina se hace parte de los lugares, a la vez que los encarna. Esta participación sensorial tiene una dimensión emocional; quien camina se afecta por las condiciones de los lugares y responde a ellas: “… son procesos de experiencia vivida y corporal en los que el ambiente se transfiere y se imprime en el cuerpo y, al mismo tiempo, es afectado por este” (Lee e Ingold, 2006, p. 73).

Durante el trabajo de campo, busqué emociones y sensaciones que fuesen compartidas por los informantes para dar cuenta de coherencias entre las afectividades y las condiciones socioespaciales de los lugares. De a poco fui notando narrativas que hablaban de afectividades similares. Pude distinguir dos ejes de sensaciones generales que configuran “sentidos” de normalidad que modulan las posibilidades que tienen los caminantes al momento de ejecutar sus prácticas: seguridad/inseguridad y fluidez/interrupción. Estos sentidos generales incluyen emociones que potencian o restringen las capacidades para hacer y sentir que los caminantes tienen durante sus trayectos: miedo, placer, rabia, esperanza, ensoñación, conexión con el ambiente y las personas, etc. En otras palabras, cuando los caminantes experimentan más inseguridad e interrupciones en su andar, las posibilidades que el caminar les ofrece se constriñen. En cambio, si sienten seguridad y fluidez, las posibilidades que ofrece la práctica de caminar se expanden. Describir esos sentidos de seguridad/inseguridad y fluidez/interrupción me permitió dar cuenta de cómo la desigualdad socioespacial impacta en la diversidad de afectividades que se pueden experimentar al caminar.

El hallazgo de estos “sentidos” se fue elaborando de manera paulatina al caminar junto a los informantes y al verme yo misma afectada por los ambientes y situaciones de sus caminatas y respondiendo a ellos. Por ejemplo, el hecho de ser mujer y de caminar con hombres puso en evidencia cómo las posibilidades que una misma situación abre o cierra son diferentes para hombres y mujeres (ver Valentine, 1989; Adame Castillo, 2019; Maciejewska et al., 2020). El hallazgo también se fue construyendo durante las sesiones de entrevista-taller, específicamente al realizar la actividad de videoelicitación. En ella los informantes revisaban trozos de las grabaciones de sus trayectos y volvían a tener experiencia de su caminata, lo que les permitía explayarse sobre sus sensaciones y emociones.

Uno de los casos que me ayudó con este hallazgo fue el de Mara, una mujer de 61 años que vivía en un sector de ingresos medios. Ella tuvo la oportunidad de analizar la grabación de una interrupción que transformaba su andar. Era el trayecto que recorría para llegar a uno de sus lugares de trabajo en la comuna de Peñalolén. Se trataba de un lugar que podía ser agradable para caminar porque estaba cerca de la cordillera, había árboles y se escuchaban pajaritos (según sus mismas palabras). Sin embargo, ella sentía todo lo contrario porque el tráfico ahí era confuso, y el cruce para peatones, ambiguo: “Estás tan ansiosa por cruzar, porque se trata de llegar a alguna parte. Entonces, al hacer eso, te pierdes el paisaje. Te pierdes. Se convierte en una actividad mecánica. Tengo que cruzar y que no me atropellen”. Mara expresa cómo la falta de fluidez y seguridad constriñen su práctica. Caminar, que para ella era una práctica de encuentro con las otras personas y el paisaje (así definido por ella misma), se volvía un acto mecánico que solo le permitía trasladarse. De no haber revisado en conjunto el registro en video de esa experiencia, ella no hubiese podido expresar que, en esa situación, las constantes interrupciones de su ritmo la hacían sentir expuesta y confusa, y le impedían disfrutar su práctica, algo que ella procuraba hacer en lo cotidiano.

El criterio que usé para distinguir estos ejes de sensaciones o “sentidos” fue que se relacionaran con las condiciones socioeconómicas de los lugares. De esa manera, mi análisis se ajustaba al objetivo de indagar cómo el caminar es afectado por la desigualdad urbana y responde a ella. En el caso de Mara, la esquina a la que se refería se ubicaba en un sector de Peñalolén de ingresos medios-bajos en el que el mantenimiento de la infraestructura vial se encontraba descuidado. Ahí experimentaba una fluidez muy distinta a la que vivía caminando durante el fin de semana, en la comuna de Ñuñoa, por sectores de ingresos medios y medios-altos con mejores condiciones de mantenimiento. No fue hasta el proceso de análisis, al transcribir y codificar las conversaciones sostenidas durante las caminatas y las entrevistas-taller, cuando pude observar la frecuencia con la que hablábamos con la mayoría de las y los informantes de las sensaciones de seguridad/inseguridad y fluidez/interrupción. El proceso de análisis dio sustento a las intuiciones que había desarrollado durante el trabajo de campo, lo que me permitió ensamblarlas como un hallazgo.

Micropolítica del caminar: ritmo y atención

Los hallazgos anteriores me permitieron constatar qué pasa en el cuerpo de las personas cuando, al caminar, encuentran materiales como el verde y la basura, o sienten seguridad o inseguridad y fluidez o interrupción. Articular esos hallazgos me llevó a la enunciación de un tercero, que es el que responde más directamente a mi pregunta de investigación. Cuando caminamos, se genera una micropolítica a través de las relaciones que establecemos con lo que encontramos en los lugares. Uso el concepto de “micropolítica” en la forma que lo utiliza Bissell (2016, p. 397), como “las transiciones de poder apenas percibidas que ocurren en los encuentros situados”. Basado en las ideas de Baruch Spinoza, Bissell explica que estas transiciones de poder afectan las capacidades para hacer y sentir que las personas despliegan en esos encuentros: sus capacidades se potencian o constriñen. Mi investigación esbozó una micropolítica del caminar en relación con las condiciones socioespaciales de los lugares. Mi hallazgo es la observación de que esa micropolítica se expresa en el ritmo y la dirección de la atención de las personas al caminar (ver Martínez y Avilés, 2019).

Como mostré anteriormente, a través de la etnografía, comprendí que materiales como la vegetación cuidada potencian las experiencias pedestres o que la sensación de inseguridad constriñe lo que las personas son capaces de hacer y sentir mientras caminan. Siempre persistió una pregunta: qué es lo que varía en la experiencia vivida cuando se camina por lugares cuyas condiciones socioespaciales son contrastantes. En otras palabras, qué cambia en el cuerpo cuando caminamos por una calle en la que nos sentimos seguros, que consideramos que está bien cuidada, el pavimento está en buen estado, hay sombra en verano y asientos en los que descansar, o, por el contrario, qué nos pasa cuando andamos por una calle en la que habitualmente encontramos basura, sabemos que ahí asaltaron a un vecino, la acera está en mal estado y no hay un árbol que dé sombra. Al comparar las experiencias de los distintos informantes, especialmente al comparar las experiencias de una misma persona en diferentes lugares de la ciudad, quedaba de manifiesto que no era lo mismo caminar por unos u otros lugares en Santiago. Había lugares y condiciones que permitían mayor o menor libertad, mayor o menor disfrute, la posibilidad de detenerse o no. Pero ¿cómo podía describir esos cambios desde la perspectiva de la experiencia vivida?

El hallazgo que responde a esta pregunta comenzó a ensamblarse en un momento de intensa emoción durante una caminata cambiada (ver Martínez Rodríguez, 2019), una técnica que no utilicé con todos los informantes y que consideré como un tercer momento de mi etnografía. En esa ocasión invité a Trinidad, mujer de 41 años que vivía con su pareja y dos hijos en un barrio de ingresos bajos en la comuna de El Bosque, a caminar la ruta de Antonio, hombre de 35 años que vivía con sus padres en la comuna de Ñuñoa, en un barrio de ingresos medios. La ruta de Antonio iba desde la casa de sus padres hasta el departamento de unos amigos ubicado en la misma comuna, pero en una zona de ingresos medios-altos.

Era una mañana nublada a principios de abril. Amenazaba con llover. Comenzamos a caminar cerca de las diez. La ruta de Antonio pasaba por un gran parque. Nada más entrar en él, Trinidad dice (en respuesta a mi pregunta acerca de si ella salía a pasear por su barrio de la misma manera que andábamos por ahí):

¡Nooooooo, po! Qué rico sería salir aquí [parque], y yo leo un libro mientras mi hijo juega. Yo estaría feliz, y mi hijo también estaría feliz ahí corriendo, sin preocuparse. Allá [en su barrio]… no sé, po, de repente se ponen a pelear, están los niños jugando, se sienten balazos y todos salen a buscar a los niños corriendo.

La comparación que hacía Trinidad entre ambos lugares muestra cómo su atención se desplegaba de manera distinta en la plaza de su barrio y en el parque por el cual caminábamos esa mañana. La atención que ella podía prestar al entorno en su propio barrio estaba restringida por la eventualidad de situaciones de peligro que le requerían estar más vigilante. Esa preocupación le cerraba posibilidades para ejecutar su práctica de caminar de maneras más acordes con sus necesidades y deseos. Su relato acerca de lo que ella imaginaba hacer en el parque por el que caminábamos me indicaba cómo sus “capacidades para hacer y sentir” diferían al caminar en cada lugar. Su cuerpo lo expresaba también: sus hombros se relajaban mientras paseábamos, y me contaba cómo imaginaba estar ahí con su hijo, tranquilos, sin esperar que algo malo les pudiese ocurrir.

Al andar a pie, somos sensibles a las dinámicas de poder, privilegio o exclusión que los lugares entrañan, y eso se expresa en nuestros ritmos y en la dirección de nuestra atención. Explorar las transformaciones del ritmo y la atención de los caminantes permite observar cómo las experiencias del caminar cotidiano varían en respuesta a la desigualdad urbana y, de manera especial en el caso de Santiago, a las diferencias socioespaciales que están estrechamente ligadas a la alta segregación socioeconómica que existe en la ciudad.

A mi pregunta acerca de qué es lo que cambia en el cuerpo de las y los caminantes al andar por lugares tan diferentes y desiguales, mi hallazgo indica que su ritmo y atención. En ningún caso quiero sugerir que estos sean los únicos elementos corporales que varían, más bien son los que pude observar a través de mi etnografía. En ocasiones, los ritmos y la atención de las personas pueden desplegarse más libremente, lo que potencia poder convertir el caminar en un recurso que enriquezca la vida cotidiana, ya sea para aprovechar de desconectar de preocupaciones, compartir con otros, conversar, planificar el día, contestar algún mensaje, disfrutar del paisaje, procesar emociones, etc. En otras situaciones, ritmo y atención se ven más constreñidos y la caminata termina por limitarse a ser solo una forma de desplazamiento. Las variaciones en el ritmo y la dirección de la atención de las personas al caminar por distintos lugares nos permiten constatar cómo la desigualdad socioespacial modula las experiencias corporales y el habitar cotidiano de las personas.

Este hallazgo comenzó a gestarse a partir de la caminata que compartí con Trinidad. Se quedó en mi memoria la imagen de sus hombros relajados. La articulación de este hallazgo fue un momento de epifanía dentro de mi proceso de análisis y escritura. Había terminado el trabajo de campo sin poder determinar elementos específicos de la vivencia del caminar, de los cuerpos de los caminantes que me permitieran dar cuenta de las experiencias de desigualdad urbana. Cada vez que pensaba acerca de qué era lo que cambiaba en el cuerpo de las personas cuando caminaban bajo condiciones diferentes, recordaba los hombros relajados de Trinidad esa mañana. Esa imagen, junto a unas notas en mi libreta que resaltaban ese momento y el concepto de “micropolítica” que escuché de la boca del propio Bissell (2016) en una charla que dio en Santiago cuando yo estaba haciendo mi trabajo de campo fueron la base de este hallazgo.

Conclusión

En este capítulo quise mostrar mi proceso de hacer etnografía sobre la práctica de movilidad cotidiana de caminar en Santiago. Para ello, me enfoqué en dos elementos. En primer lugar, en las decisiones más relevantes que tomé y que dieron forma a mi investigación, esto con el fin de destacar que se trata de un proceso no lineal que responde a las particularidades del trabajo de campo y de la etnógrafa. Enfaticé de manera particular la decisión de incluir actividades de detención y reflexión dentro de mi etnografía móvil. Si bien el gesto que definió mi trabajo de campo fue el de caminar junto a los informantes, esos momentos de detención nos dieron la oportunidad de profundizar en la complejidad de las experiencias vividas y, de alguna manera, volver a movernos juntos, lo que fue fundamental para ensamblar los hallazgos etnográficos. Detenerse puede ser una herramienta provechosa incluso cuando lo que buscamos es volver móviles las metodologías.

En segundo lugar, mostré cómo los principales hallazgos de mi etnografía fueron surgiendo y tomando forma. Propuse entenderlos como ensamblajes que se desarrollan a lo largo de la investigación. Con ello, busco destacar que los hallazgos se articulan en respuesta a lo que se vive durante el proceso de hacer etnografía, convirtiéndose la labor de investigación, al final, también en un caminar. Las ideas que tenía antes de comenzar el trabajo de campo cambiaron la primera vez que caminé junto a la primera informante. A la vez, esas apreciaciones se fueron transformando a medida que recorría nuevos caminos con otras personas. A las impresiones iniciales, se fueron acoplando nuevas percepciones, conocimientos e interpretaciones, proceso que continuó durante el análisis y la escritura de mi etnografía.

Para finalizar, quisiera resaltar que, a pesar de haber caminado varias veces con cada informante, el conocimiento que logré tener de las prácticas del caminar cotidiano en Santiago es parcial. Me gusta pensar esa parcialidad a través de las palabras que Hannah Arendt dedica al trabajo de Walter Benjamin (citada por Back, 2007, p. 21):

Las profundidades empíricas reunidas en la superficie de la vida no pueden ser descritas en su totalidad. Se trata de encontrar en medio de la abundancia de escombros de información ‘fragmentos de reflexión’ que son equivalentes al tesoro de los buceadores que buscan perlas. No iluminan la totalidad del fondo marino, sin embargo, brillan con las historias y memorias transformadas por el arte del sociólogo.

Ser francos respecto a las maneras a través de las cuales hallamos esos “fragmentos de reflexión” es valioso para que otras y otros puedan aprender, criticar y rehacer lo que hemos desarrollado en el marco de una metodología determinada, que siempre tendrá sus limitaciones y sesgos. Ese es el espíritu de este capítulo. Al transparentar las decisiones metodológicas y el proceso a través del cual se ensamblaron los hallazgos de mi investigación, he querido contribuir a la discusión sobre nuestras formas de explorar la vida en movimiento y, ojalá también, al desarrollo de nuevas aproximaciones metodológicas para su estudio.

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  1. Quisiera aclarar que, por economía de lenguaje, de aquí en adelante utilizo el masculino como el género no marcado. Sin embargo, consciente de su efecto invisibilizador del género femenino, especifico ambos géneros cuando me parece necesario. En el caso de aludir a la figura de la investigadora o el investigador, opto por usar el género femenino, ya que es el que corresponde a mi situación y a las experiencias de las que aquí hablo.


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