Etnografía de una travesía en barcaza por los canales del sur austral de Chile
Rodrigo Díaz Plá
Siempre fui dado a los viajes largos. Desde muy pequeño me interesó esa idea, inculcada por el afán familiar de partir con camas y petacas[1] hacia el sur de Chile, en las que recuerdo largas travesías visitando pueblos, aldeas y pequeños caseríos entre montañas y lagos. Con el pasar de los años, ese interés se transformó en parte de mi trabajo y quehacer profesional. Como antropólogo, comencé a realizar largos desplazamientos hacia los canales del sur junto a un grupo de colegas desde el año 2007, buscando algunas respuestas sobre el habitar en territorios insulares, sus concepciones y miradas sobre el vivir en estos canales e islas australes. El equipo de investigación en su totalidad residíamos en la capital, por lo que esta idea del viaje y el movimiento surgió como parte de las reflexiones que dan cuenta del ejercicio de hacer etnografía como un continuum, que parte desde el momento mismo desde que el etnógrafo se enfrenta con la idea de desplazarse hacia aquello que pretende dilucidar o comprender. Krotz mencionaba que “el viaje antropológico es un viaje hacia lo desconocido, si no, resultaría innecesario” (Krotz, 1991), y en esta idea es donde se sustenta este relato: la experiencia del etnógrafo y sus capacidades analíticas puestas en diálogo con la observación directa y la toma de contacto, incorporando la idea del viaje; al hacerlo, se constituye al antropólogo
como parte indisociable de las situaciones de campo a partir de las cuales se construye conocimiento, estamos concibiéndolo como parte del mundo que investiga. Esto implica, como mencionamos, que él mismo es parte de las situaciones que construye con los demás (Liberatori y Rizo, 2021).
El presente relato nos lleva a embarcarnos en esta travesía en la barcaza Alejandrina, una nave de transporte de personas, vehículos y mercadería que operó en los canales australes desde el año 2005 hasta el año 2012, y que fue posteriormente reemplazada por la barcaza Jacaf de la empresa Naviera Austral. Esta embarcación es la que nos lleva, junto con otros 170 tripulantes y pasajeros, a recorrer algunos de los aislados asentamientos que comenzaron a ser poblados de manera intensiva hacia fines de la década de 1970. Nuestro destino final es Puerto Gala, un pequeño archipiélago ubicado entre los canales Jacaf y Moraleda, la entrada norte de la región de Aysén, en el sur austral de Chile, poblado íntegramente por pescadores artesanales y sus familias. Está compuesto por cuatro islas en donde no existen calles, sino pasarelas que conectan las distintas caletas. Estas fueron incipientemente pobladas por gente venida desde diferentes latitudes de Chile y el mundo, primeramente en búsqueda del loco (Concholepas concholepas) y posteriormente, y hasta el día de hoy, en la pesca de la merluza austral (Merluccius australis). Como muchos otros asentamientos litorales en los canales de Aysén, su historia está indisolublemente ligada a la pesca, el buceo y la recolección, pero también a la decisión de quedarse y colonizar estos lejanos paisajes.
Nuestra intención era comenzar a trabajar en estudios relacionados con la insularidad, el aislamiento y la conectividad, ideas que fueron diluyéndose con los años para centrarnos en la pesca artesanal y los procesos de poblamiento de estas zonas a comienzos de la década de 1980. De ello, nació un documental que denominamos Sueños de pesca, y también un libro que editamos en el año 2011. Aún hoy en día seguimos en contacto con nuestras amigas y amigos de las islas que componen Puerto Gala, y este relato da cuenta de mi primer viaje a esos paisajes.
I
Son casi las 8 de la mañana en Quellón, la ciudad más austral del archipiélago de Chiloé. Ya llevo despierto un par de horas, pues mis nervios y una ansiedad creciente me tienen pensando en la larga travesía que se avecina. Los aguaceros que de tanto en tanto se dejan caer nublan la visibilidad hacia las islas. Desde la ventana del pequeño hostal al costado de la costanera, se divisan, de manera intermitente, las islas de Cailin y Laitec. El viento, alborotado, incrementa mi nerviosismo: la barcaza Alejandrina hará el recorrido desde Quellón, pasando por Melinka, Raúl Marín Balmaceda, Melimoyu, Puerto Gala, Puerto Cisnes, Puerto Gaviota, Puerto Aguirre, para finalmente recalar en Puerto Chacabuco. La embarcación debe recorrer los canales y fiordos del litoral norte de la región de Aysén, y para ello el buen tiempo es vital, como nos comentaba un viejo pescador chilote advirtiendo sobre los riesgos que nos pueden esperar en el golfo del Corcovado, espacio marino que separa el archipiélago de Chiloé del archipiélago de las Guaitecas y donde se encuentra el límite administrativo entre la región de Los Lagos y la región de Aysén. Cientos de historias en la Isla Grande de Chiloé, conocidas por marineros y navegantes del sur de Chile, cuentan que al golfo hay que tenerle respeto debido a la gran cantidad de naufragios que han sufrido distintos tipos de embarcaciones de diferente tipo y tamaño. Pero hoy parece que el sol brillará, respiro aliviado.
Figura 1. La barcaza Alejandrina recalando en Puerto Gala

Fuente: elaboración propia.
De acuerdo con el horario establecido por la empresa naviera, la barcaza zarpará a las 18:00 h. Ya conozco esta ruta, no es la primera vez que la realizo para viajar a las islas de la Patagonia insular, por lo que sé que debo llevar mucha agua y comestibles. Los precios en la cafetería interior de la barcaza son muy elevados en comparación a los precios en tierra. Nos interesaron unos sanguches (así aparecían escritos en el cartel) de pollo con mayonesa, un par de jugos y unas galletas. Compradas estas meriendas, solo queda esperar la hora estipulada para dirigirnos al embarcadero.
Son casi las 17:00 h. Camino al muelle junto a mi colega Cristian, antropólogo aventurero que ya había realizado estas travesías en años anteriores. Nos dirigimos hacia donde se encuentra la barcaza. Desde hace un rato, suenan sus bocinas avisando que se encuentra pronta a partir.
El viaje que nos espera es largo: más de 20 horas de navegación hacia nuestro destino. La lluvia ha amainado y, como si fuera un buen augurio de los buenos tiempos que se avecinan, una suave brisa de verano va cerrando el ocaso de ese día.
Cristian recomienda que nos atrincheremos (pronto entendería por qué ocupó este concepto) en el segundo piso de la barcaza, un espacio abierto que solo cuenta con un techo y asientos de plástico, distribuidos todos en el centro de la cubierta y algunos hacia los costados. No parecía muy buena idea en un principio, pensando que la lluvia no había prácticamente parado durante todo el día y, supuse, sería más profusa mientras más al sur viajáramos. De todas maneras, no discuto mucho respecto a esta recomendación de mi colega, “Ya veremos una vez arriba de la barcaza”, me digo, y enfilo siguiendo los pasos de mi compañero de viaje.
Figura 2. Sector de la cubierta de la barcaza

Fuente: elaboración propia.
Un marino, encargado de recibir los boletos, nos señala que esperemos unos minutos antes de abordar. Frente a nosotros se encuentra la Alejandrina: imponente embarcación de color anaranjado, de unos 70 metros de eslora, construida en el año 1982 en la ex-Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y llegada a Chile en 1996. Se aprecian sus tres pisos: el primero y segundo son para uso de pasajeros y distintos servicios a bordo (como alimentación) y algunas habitaciones para tripulación. El tercero es el llamado “puente”, donde operan el capitán y los marinos a cargo de la navegación.
La gente comienza a arribar al embarcadero. Viajeros y viajeras se forman en una espontánea fila. En su mayoría parecieran ser familias completas de habitantes de los canales, todos con bolsos de mano, mochilas y cajas con abundante mercadería, que completan la escena. Además, se ven algunos grupos de turistas que se distinguen por sus cabelleras rubias, buenos ropajes de marcas extranjeras, consistentes en buzos térmicos de una pieza, con botas preparadas para el clima austral y escaso equipaje. Mezclados con ellos, grupos de afroamericanos, que por su acento parecieran hablar en creolé, los cuales transitan hacia el fin del mundo: extranjeros que, haciendo frente al frío y la lluvia, tratan de hacer sus vidas en estas latitudes alejadas de su sol Caribe.
La lluvia se ha detenido. Algunas personas prenden cigarros a la espera de que la tripulación nos dé la señal de subida. Algunos perros callejeros pasan de grupo en grupo, moviendo la cola pidiendo un trozo de pan o del milcao que venden en la costanera. El marinero de los boletos grita “¡Todos a bordo!”, y la fila comienza lentamente a avanzar.
II
La noche comienza a caer sobre Quellón. Ya subimos a la barcaza, y el zarpe se ha retrasado alrededor de una hora y media. Desconocemos las causas, y francamente nos parece algo irrelevante en este punto, pues nos permite seguir observando cómo incesantemente se comienza a llenar de pasajeros esta embarcación: habitantes de las islas del sur, de sectores inhóspitos, que viajaron a centros urbanos y ciudades como Puerto Montt, Quellón o Castro, y hoy regresan a sus hogares cargados de bolsas, paquetes y cajas de provisiones que tratan de acomodar. Algunos niños lloran, otros llaman insistentemente a sus madres y padres solicitando atención. La mayoría solo espera, en silencio. La parte baja de la embarcación, a la cual llamaremos “primer piso”, es un espacio cerrado con asientos y mesas distribuidas de manera uniforme y ordenada, el que lentamente comienza a ser ocupado en todos sus rincones. Algunas familias se arranchan alrededor de una mesa, colocando sus sacos de dormir, frazadas y pertenencias para delimitar el espacio en el que logran ubicarse. Asientos y mesas sirven de camas o sencillamente para dejar sus bolsos y cajas. Nos quedamos un rato en este sector, pues, a esta hora de la tarde, el frío del sur se cuela entre las ropas, y un café malo, pero que está hirviendo, servido en el pequeño kiosco de la embarcación, ayuda a mantener la temperatura.
Figura 3. Primer piso de la barcaza, donde la mayoría de las personas se acomodaba en todos los rincones para sobrellevar el largo viaje

Fuente: elaboración propia.
La heterogeneidad y la mixtura de personajes entre quienes hacemos de pasajeros en la barcaza son notorias. Con las personas ya acomodadas, podemos distinguir con mayor detalle distintos tipos de viajeros: turistas, finamente arropados con parkas de primer nivel, todas de colores rojos, naranjos y amarillos, y pantalones térmicos de color negro. En torno a unas mesas, un par de mujeres adultas con atuendos otavaleños[2] se sientan una al lado de otra. Un trío de hombres jóvenes, de pelo corto, con mochilas y vestimenta militar, nos da pie a pensar que son conscriptos que viajan hacia Puerto Aysén. Dejan un momento su postura marcial y se relajan contando chistes. Todos ellos se encuentran en este primer piso, buscando un pequeño rincón donde instalar su saco de dormir y hacer frente a la larga noche de navegación que se nos aproxima. De fondo, se reproducen en los televisores que forman parte del mobiliario de este salón videos musicales de bandas anglo de tipo electrónicas y techno de la década de 1980 y 1990 en remixes interminables, muy populares en lugares públicos y bares del sur de Chile, específicamente de Puerto Montt al sur.
El calor se hace sofocante en este salón interior a medida que se va llenando de gente. Empiezo a entender a mi colega en su recomendación de quedarnos al aire libre. Cada vez se nos hace más insostenible estar cómodos en este lugar. Al cabo de unos minutos, dejamos espacio para que se acomoden niñas, niños y gente de la tercera edad. Como es un lugar cerrado, y ante tanta gente, los olores de los cuerpos comienzan rápidamente a mezclarse con los de las distintas comidas que los pasajeros llevan para paliar el hambre del largo viaje y también con el de los motores, que, justamente, quedan en el primer piso. La cantidad de gente que se agolpa tratando de encontrar un sitio adecuado donde dormir, ya sea en el suelo o bajo una banca, hace que esté saturado.
Figura 4. Sector del ancla de la barcaza, ubicada en la popa

Fuente: elaboración propia.
En la loza de la barcaza, espacio abierto y amplio que va hacia la proa de la embarcación y donde se encuentran aparcados algunos automóviles particulares, vemos varios camiones “tres cuartos”[3], todos llenos con mercadería para abastecer algunos de los pueblos disgregados en el territorio patagónico. Este sistema de abastecimiento es importantísimo, pues lleva todo tipo de artefactos necesarios para los hogares: alimentos frescos, harina, cilindros de gas, artículos de limpieza, electrónica y un sinnúmero de provisiones.
Figura 5. Barcaza recalando en el muelle de Melinka

Fuente: elaboración propia.
Suena una nueva bocina, y parece ser la señal de que pronto esta nave partirá. Un ruido ensordecedor se siente en la bahía: es el ruido de las cadenas del ancla, que comienzan a ser izadas para prepararnos para el zarpe.
III
Nos acomodamos en el segundo piso (la cubierta) e instalamos una precaria y pequeña carpa que compramos en una tienda de artículos en Quellón, pero que nos resguardaría del viento (y potencialmente de la lluvia, en caso de que esta no sea demasiado potente). Como el viaje es largo, muchas personas también hacen de este segundo piso una especie de campamento improvisado. Las carpas se distribuyen de manera aleatoria, es decir, donde exista un espacio donde colocarlas. Hay personas que, en ausencia de carpas, ponen sus sacos de dormir bajo los asientos, aprovechando esos pequeños rincones.
Figura 6. Barcaza cuando recala en Puerto Gala, vista desde tierra

Fuente: elaboración propia.
Saliendo hacia el golfo del Corcovado, las aguas no están tan inquietas como las esperaba, lo que me facilita caminar al interior de la barcaza. Grupos de personas se sientan a compartir a mis alrededores, fumar un cigarro o simplemente recibir en la cara un poco de la suave brisa que esta noche ha regalado. Una tenue luz artificial amarilla ilumina la cubierta, que permite poder vernos los rostros entre quienes nos instalamos en cubierta. Nos queda muchísimo aún por avanzar, la noche es joven, y nuestro viaje recién comienza.
Figura 7. Otra vista del sector de la cubierta,
atravesando el golfo del Corcovado

Fuente: elaboración propia.
Nos acomodamos en un par de asientos a un lado de nuestra carpa. En su interior guardamos nuestras mochilas y pertenencias. El sector de cubierta poco a poco se fue llenando de gente, pero no con la intensidad del primer piso, a pesar de que acá estábamos al aire libre y a merced del –a esta hora– escaso viento y el frío. Muchos de quienes estábamos acá preferíamos estar en este ambiente ventilado a que estar incómodos en un sector colapsado de gente, como era el caso del salón principal. Acá en cubierta convivían todos: pescadores que volvían o iban a sus faenas de pesca más al sur; una mujer de edad avanzada, que había viajado a hacerse un examen médico; un grupo de turistas europeos; cuatro jóvenes que denotaban que esta noche no sería para dormir, sino para beber alcohol de manera clandestina en algún rincón de la embarcación; un grupo de cerca de veinte personas, miembros de una iglesia evangélica, con todos sus instrumentos, entre ellos una mandolina y un acordeón. La diversidad de viajeros nos llama la atención, pues parece ser que acá, en estas lejanas tierras y mares, las distancias y los tiempos tienen otras dimensiones. Muchos de quienes habitan este litoral aysenino ya están acostumbrados a este largo viaje. Muchos lo hacen periódicamente por temas médicos o trámites varios. Para quienes venimos de otras latitudes, se nos hace una eternidad.
La barcaza hace un trayecto de ida y vuelta, desde y hacia Quellón dos veces por semana. Es la única vía de comunicación para algunos de los alejados pueblos y caletas distribuidos en el litoral aysenino, por lo que su importancia es radical. Perder el viaje significaría esperar varios días para volver a embarcarse.
Figura 8. La barcaza surcando el imponente golfo del Corcovado

Fuente: elaboración propia.
El viaje ha transcurrido sin contratiempos. La oscuridad de la noche y el sonido del mar son la atmósfera en donde nos movemos al compás de las olas. No se ve absolutamente nada desde la borda de la embarcación hacia afuera. Luego de unas horas de navegación, se divisan a lo lejos las luces de la primera parada de nuestra ruta: el puerto de Melinka, en la isla Ascensión, portal de entrada al archipiélago de las Guaitecas. El cielo está completamente oscuro, y solo se pueden observar sombras de personas de un lado a otro en el muelle donde recalamos. Nuevamente un constante flujo de personas se mueve hacia dentro y fuera de la barcaza, una masa de personas de la que, con tanto abrigo, no podía distinguirse la piel.
IV
De madrugada, toda la gente que viaja en el piso inferior duerme, o al menos lo intenta. En cubierta la situación es totalmente opuesta. El aire marino se percibe en el ambiente, y ese aroma característico del mar inunda todo. Diversos grupos se aglutinan, todos abrigados para refugiarse del frío y el viento marino, a compartir un café o una botella de licor. Después de haber realizado una segunda parada en Puerto Raúl Marín Balmaceda, ahora nos encontramos navegando en la mitad del golfo del Corcovado. El grupo de evangélicos, compuesto por hombres y mujeres, se ha parapetado en este sector de la embarcación y se ha dispuesto con todo su instrumental en una especie de altillo a cantar alabanzas y predicar incesantemente sin que ninguno de los restantes viajeros tuviera objeciones para ello. Mientras se realiza la prédica, un par de pescadores artesanales, de contextura gruesa y anchas vestimentas, discute a voz alta sobre la compraventa de sus cuotas de pesca, a la par que una mujer, vestida íntegramente de lana, con mucha habilidad se les acerca para ofrecer su porcentaje de peces a cambio de un buen arreglo.
Figuras 9 y 10. Paisajes de los canales y fiordos australes,
lugar de tránsito de la barcaza

Fuente: elaboración propia.
La noche sigue su curso, entre brindis de algunos pasajeros y canciones cristianas del grupo de evangélicos. Los borrachines, a pesar de la prohibición de beber al interior de la embarcación, disfrazan sus tragos en vasos de plástico como si fueran de café. Y es que, a pesar de que, de tanto en tanto, se pasea personal de la embarcación, pareciera que todo corre a un ritmo propio.
Hacia el horizonte, entre tanta oscuridad, se puede ver la luna aparecer en la cordillera entre las nubes que poco a poco comienzan a disiparse. La mar se agolpa con fuerza contra la embarcación, provocando que, por primera vez en el viaje, tengamos la sensación de estar arriba de un barco que se mueve de lado a lado, atravesando aguas abiertas. El viento se hace más fuerte, por lo que el movimiento cada vez es más violento. Debido a este movimiento de la embarcación, los evangélicos cantan con mayor fuerza, casi como rogando que nada suceda.
La noche va entrando a su profundidad. Las ocho horas de viaje que llevamos no son en vano. Mi colega y yo recordamos en sendas conversaciones nuestras primeras incursiones de trabajo de campo en el archipiélago de Chiloé hace algunos años, en lugares aislados y parajes llenos de bosque nativo. Sentimos cómo el sonido ambiente en derredor se va extinguiendo con el paso de las horas. Llega la hora de dormir.
V
Primeros haces de luz en la mañana. El frío me entumece hasta los huesos. Desde la carpa, solo sentimos una relativa calma y silencio del interior de la embarcación que no tuvimos en casi toda la noche. Asomo mi cabeza hacia fuera, y diviso algunos pasajeros tomando sus primeros sorbos de café en esta temprana hora. Las carpas siguen ahí, y el improvisado campamento se puede ver de mejor manera: carpas de todos los tamaños y colores se distribuyen en cubierta. Casi instantáneamente, pierdo mi mirada hacia afuera de la embarcación y quedo deslumbrado. El paisaje que nos rodea es sublime: ya hemos llegado a los canales patagónicos, y los navegamos con la calma que lo merece. El verde profundo que nos envuelve de bosque nativo se mezcla con el azul del mar, en donde, de tanto en tanto, se pueden divisar mamíferos marinos como toninas, lobos de mar y ballenas. Respiro profundo. El frescor de estos parajes llena mis pulmones.
El tramo nocturno desde Puerto Raúl Marín Balmaceda hasta Melimoyu fue el más largo, y cada vez más nos acercamos a nuestro destino, aunque nos quedan todavía varias horas de navegación. Desarmamos la carpa, pues ya se hace innecesario, y bajamos al piso inferior a comprar un desayuno. Entrar a ese espacio es tremendo: el olor a cuerpos mezclados y el calor que emana de ese salón son prácticamente un golpe en el rostro. Es nauseabundo, pero no inaguantable. Reafirmo la buena decisión de mi colega de haber dormido en la cubierta. La cantidad de familias y personas que habíamos observado por última vez en la noche se había casi duplicado en nuestras pasadas por Melinka y Puerto Raúl Marín Balmaceda. La mayoría son familias habitantes de la zona y trabajadores salmoneros que vuelven o van a sus turnos, reconocibles por su indumentaria con inscripciones de AquaChile o SalmoFood, empresas salmoneras de fuerte presencia en la región. Además, se puede ver que han subido más conscriptos del Cuerpo Militar del Trabajo, los cuales trabajan construyendo rutas o senderos en estos aislados territorios, todos muy jóvenes. También hay pescadores y comerciantes, a quienes, de tanto en tanto, se les ve compartir un cigarro y conversar sobre el precio actualizado de la merluza austral.
Figura 11. La Alejandrina recalando en la pérgola en Puerto Gala

Fuente: elaboración propia.
Volvemos a nuestro sector en cubierta. Ya la mayoría de quienes viajan al igual que nosotros se encuentran despiertos, y el campamento ha sido desarmado. El sol ya comienza a aparecer, y los tibios rayos que de este se desprenden son aprovechados por cristianos y borrachines, que a esta altura ya son pasajeros sobrios. Así, en cubierta, calientan lentamente sus cuerpos luego de una noche de cantos, alabanzas y brindis en vasos de café.
VI
Una gran bocina anuncia que nos acercamos a Puerto Gala. Ya llevamos más de 20 horas navegando arriba de la Alejandrina, que hasta ahora se ha portado de maravillas a pesar de su antigüedad. A lo lejos, se divisa el archipiélago de Puerto Gala y sus caletas.
Como si fuera una nave nodriza, botes de pesca artesanal comienzan poco a poco a acercarse a la embarcación, escoltándola, para de esta manera recibir a sus familiares o en su defecto para buscar la mercadería que la embarcación trae. Es la primera vez en todo el viaje que podemos ver un lugar tan poblado en estos parajes tan australes.
Nos acercamos al muelle o sector de desembarco. Se puede ver a lo lejos gente esperando en tierra firme. Las pequeñas embarcaciones artesanales se arremolinan alrededor de la barcaza. El movimiento se activa: los marineros comienzan a bajar la rampa, algunos suben y bajan escaleras hacia la sala de motores y sector de anclaje. Otros escalan hacia el sector del puente, donde está la cabina del capitán, y unos pocos empiezan a anunciar la llegada a Gala entre la gente.
Algunas familias comienzan a prepararse para desembarcar, cuando más de cerca vemos que, en el sector del muelle, está lleno de personas y embarcaciones para recibir a los recién llegados.
En el sector de la loza, donde van los autos y camiones, también hay mucho movimiento. Los que traen mercadería empiezan a bajar de los camiones los productos que se van a desembarcar para ser recibidos por los comerciantes locales, que, luego, los venderán en los distintos negocios que se encuentran en las caletas de Puerto Gala. Esto es algo que sucedió en todo el trayecto: las provisiones de los camiones se bajaban directamente desde sus compartimientos traseros, y los camiones no bajaban de la barcaza, solo servían como una especie de bodega para transportar de forma segura la mercadería o lo que quisieran llevar.
Este lugar, como muchos otros sectores costeros del litoral de Aysén, es habitado por pescadores artesanales y buzos mariscadores que comenzaron a poblar estos canales a comienzos de la década de 1980 venidos desde todo el país debido al “descubrimiento” de una “nueva” especie apetecida por los europeos: la merluza austral[4].
VII
Los botes pesqueros comienzan poco a poco a llevarse la mercadería que ha traído la barcaza y que había sido desembarcada en el muelle. Bajamos, al igual que la gente que ya ha descendido en su totalidad. Unas pocas personas se suben en la barcaza con destino a Puerto Cisnes, Puerto Gaviota, Puerto Aguirre o Puerto Chacabuco, las cuatro últimas paradas de esta embarcación. Suena la sirena que anuncia la partida. Nosotros acomodamos nuestras pertenencias bajo un arrayan que hay a un costado del muelle. Nos rodea un paisaje que luce como si fuera prístino, y para mí, completamente nuevo. Nos sentamos en silencio a contemplar.
El muelle en tierra rápidamente comienza a quedar vacío, y la Alejandrina empieza poco a poco a retomar su lento viaje hacia los canales interiores y continuar con rumbo sur. Con mi colega, nos quedamos observando la ida de la barcaza, con la sensación de haber comenzado nuestro estudio desde que zarpamos en Quellón, y reforzando la idea de un “viaje hacia lo desconocido”, imaginando a los antiguos etnógrafos para encontrarnos con el pueblito de Puerto Gala, su gente y su historia ligada al mar.
Sergio González y Mark Smith (1998) dicen que la antropología es un viaje hacia la alteridad, y que se hace inevitable pensarla como algo estático, anclado en lo domiciliario, lo cotidiano propiamente tal. Va en contra de la esencia misma de la disciplina. Y este viaje en barcaza, que en primera instancia, para un par de jóvenes antropólogos, solo se presentaba como un traslado más en la larga travesía desde nuestros hogares hacia el sur de Chile, representó un rito: una ruptura con la rutina citadina; un encuentro con nosotros, pero también con esa alteridad, tanto objeto/sujeto que tanto nos habían hablado los y las maestras en las aulas. Y es entonces que lo hicimos nuestro punto de partida para todo lo que vino después.
Bibliografía
Brinck, G., Díaz Plá, R., Morales, C., y Marín, A. (2011). Las mutaciones de la merluza austral. Historia, etnografía y economía política en Isla Toto/Puerto Gala (primera ed.). Santiago: Cuarto Propio.
González, S., y Smith, M. (1998). El viaje: Una metáfora de la alteridad. III Congreso Chileno de Antropología. Colegio de Antropólogos de Chile. Temuco.
Krotz, E. (1991). Viaje, trabajo de campo y conocimiento antropológico. Alteridades, (1), 50-57.
Liberatori, M., y Rizo, A. (2021). De viajes y movimientos antropológicos. Análisis reflexivo sobre etnografía y trabajo de campo. Revista de Ciencias Sociales, 34(49), 237-260.
- Frase popular que se refiere a salir de un lugar a otro muy bien preparado o con muchos elementos que permitan vivir en otro espacio físico por un tiempo determinado.↵
- Zona ecuatoriana. Sus atuendos tradicionales están compuestos principalmente por un poncho y sombrero, entre otras vestimentas.↵
- Es un tipo de camión de tamaño mediano para trasladar mercadería.↵
- Este proceso de poblamiento e historia de Puerto Gala y sus alrededores en el litoral aysenino fue trabajado largamente por Guillermo Brinck, Cristian Morales, Alejandro Marín y quien escribe este texto, entre los años 2006 y 2011. Para más referencias, leer Las mutaciones de la merluza austral. Historia, cultura y economía política de Puerto Gala/Isla Toto. Editorial Cuarto Propio. Santiago, 2011. ↵







