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De silencios y olvidos

Reflexiones en torno a los orígenes de la Universidad Nacional de la Patagonia

Gabriel Carrizo

¿Por qué las comunidades recuerdan? Quizás la respuesta a esta pregunta es la que resulta más cercana: se trata de “la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo” (Moradiellos: 13). ¿Y por qué las comunidades olvidan?

En su célebre conferencia “Qué es una Nación”, Ernst Renan afirmaba que lo esencial de una nación sería no solamente un pasado en común, sino también la posibilidad de obstruir aquellos componentes disruptivos que pudieran conspirar contra la necesidad de asegurar una cierta cohesión, siendo esto “un elemento imprescindible para la estructuración individual o social, como parte de unos mecanismos inconscientes, o bien como resultado de una acción deliberada destinada a instaurarlo” (Flier y Lvovich, 2014: 10). Si bien el sentido histórico es necesario, es pertinente saber olvidar de manera voluntaria, como un requisito indispensable para evitar que ciertas incomodidades del pasado destruyan una vida en común. Si bien hay una imposibilidad de vivir sin olvidar, en algunas circunstancias, es necesario (o conveniente) hacerlo. Dicho en otras palabras: a veces para estar juntos es necesario olvidar.

¿Pero de qué manera nos interpelan estos olvidos? En relación al trabajo de la historiografía, y la forma en que se relaciona con la construcción de la memoria colectiva, retomando a Yosef Yerushalmi el historiador Walter Del Río afirmó: “Claramente el historiador no puede transformar a la historia en memoria, al menos no puede hacerlo solo; no le es posible suplantar la memoria colectiva ni crear una tradición alternativa, como tampoco decirnos qué debe ser transmitido u olvidado. Pero sí puede escribir una historia del olvido” (2014: 204). Quienes nos dedicamos a este oficio, no podemos soslayar las implicancias de la noción del olvido colectivo. De hecho, la narración historiográfica que solemos construir tiende a desmontar aquellas verdades consagradas del pasado, dado que nos dedicamos a localizar en los archivos tanto olvidos como silencios. Dice Ludmila Da Silva Catela “cuando se localiza un silencio, cuando se descubren actos de impunidad, allí el / los archivos ganan densidad política y social, adquieren movimiento para desestabilizar la Historia, con mayúscula” (2023). A partir de esta operación analítica, en este capítulo repasaremos los principales hitos de la narrativa institucional de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, para intentar escribir una historia de sus olvidos y silencios, los cuales han estado allí como una ausencia siempre presente. Como ha manifestado el historiador Michel Rolph Trouillot, “no son sólo los historiadores profesionales los que fijan el marco narrativo en el que sus historias se insertan. Con frecuencia, alguien ya ha entrado antes en el lugar y ha fijado el ciclo de silencios”. Ese ciclo perdura hasta que ciertas condiciones históricas de repente construyen un escenario de posibilidades y de preguntas, y por ende, de desacomodar una pretendida historia oficial para gestar nuevas narrativas. En nuestro caso, considerando que transitamos los 40 años de democracia, y aguardamos el 50 aniversario de creación de la Universidad Nacional de la Patagonia, es una ocasión oportuna para revisar qué silencios y olvidos se construyeron en nuestra historia universitaria.

Una mirada despolitizada y cubierta de olvidos y silencios

En su página institucional, hasta el día de hoy están publicados los principales hitos de la historia de la UNPSJB, texto que fue preparado por el Vicerrectorado y Prensa en marzo de 2012[1]. Claramente no estamos frente a un estudio historiográfico (y no pretendemos que así sea), pues no busca ir más allá de un relato descriptivo, pero bien vale retomarlo para mostrar de qué manera la universidad expone su historia. Podríamos adelantar que aparece allí una mirada del pasado despolitizada, cubierta de olvidos y silencios, una narrativa que pueda articular aquellos consensos necesarios para construir una comunidad, en este caso universitaria.

Pasemos a analizar los principales tramos de la misma. Como acontecimiento que dio inicio a la educación superior en Comodoro Rivadavia, se indica en la historia oficial:

En mayo de 1959 se puso en marcha en Comodoro Rivadavia el Instituto Universitario de la Patagonia, autorizado por el decreto- ley 6.403 del 11 de enero de 1959. El mismo se organizó con un Consejo, un Rector y las Escuelas de Ciencias y de Humanidades. Uno de los móviles fundamentales en la creación de este Instituto privado fue el frenar el éxodo de los jóvenes a otras zonas del país, más tentadoras por su clima o su cultura, y evitar así el desencuentro definitivo con la realidad patagónica. Este instituto funcionó hasta 1961, año en que se transformó en la Universidad de la Patagonia San Juan Bosco, siendo reconocida como tal por el Poder Ejecutivo Nacional, por el decreto 2.850 del 18 de Abril de 1963.

Esta descripción de los hechos que posteriormente condujeron a la creación de la Universidad de la Patagonia San Juan Bosco (UPSJB) en 1961, aparece desconectada del contexto histórico, dado que no se hace alusión a que la concreción de este Instituto se vio favorecida por las condiciones políticas de aquella coyuntura. Aquí no se menciona que dichos acontecimientos tuvieron lugar en primer lugar a partir del protagonismo que adquirió la Iglesia católica en su adhesión a la “Revolución Libertadora” luego del golpe de 1955; y en segundo lugar, con la creación del Obispado con sede en Comodoro Rivadavia al frente del cual fue consagrado el padre Carlos Mariano Pérez en 1957 (Carrizo y Vicente, 2020). Es este reposicionamiento político que adquirió la iglesia tanto a nivel nacional como local el que le posibilitó fortalecer, ampliar y desarrollar su proyecto educativo en la región.

En ese marco, la Iglesia argentina fundó nueve universidades en el país, siendo la UPSJB el único proyecto de educación superior creado en la Patagonia (Baruch Bertocchi, 1987). El Instituto Universitario de la Patagonia fue posible de iniciar a partir del decreto firmado por el ministro de Educación Atilio Del Oro Maini en diciembre de 1955 (pocos meses después del golpe), en el cual en su artículo 28 autorizaba la creación de universidades privadas o “libres” con la facultad de emitir títulos habilitantes. Esto generó que la jerarquía eclesiástica ya no demandara tan solo la educación religiosa en las escuelas públicas, sino que bregara por la existencia de la educación superior bajo administración privada, lo cual le posibilitaría formar una clase dirigente con afinidad ideológica y expresar su influencia en la comunidad.

En cuanto a las razones que originaron el conflicto universitario en el transcurso de 1972, la historia oficial afirma: “En 1972 el movimiento estudiantil empezó a reclamar por una mejor formación, mayor nivel de exigencia y apertura al diálogo con las autoridades”.

La historiografía local ha aportado evidencias para afirmar que se trató de algo más que un mero reclamo por “apertura al diálogo” con autoridades (Varas, 1994; Villafañe, 2016; Bersáis y Vicente, 2019). El activismo estudiantil universitario estuvo íntimamente vinculado con las profundas transformaciones que experimentó la juventud a fines de la década del 60 y principios de los 70 (Califa, 2007; Califa y Millán, 2016; Dominella, 2020).

Ese clima de época también puede ser reconocido en Comodoro Rivadavia. A pocos días de la rebelión cordobesa de 1969, y en el marco de la conmemoración de los diez años de la fundación de los estudios universitarios por parte de los salesianos en la ciudad, el diario El Patagónico hacía un balance de los logros de la UPSJB. Allí se destacaba entre otros aspectos la capacitación de profesionales en las ramas técnicas que generaba un programa integral de desarrollo para la región; la especialización científica de la juventud sin necesidad de desarraigarla; y la integración de las provincias patagónicas en torno a un proyecto educativo. Dado que se avizoraba un futuro alentador para la región, se afirmaba que era imprescindible que toda la comunidad preste el mayor de los apoyos[2]. Pero acorde con aquellos días en que la opinión pública se había visto sacudida con los sucesos de Córdoba, los estudiantes comodorenses vieron la oportunidad de exigir participación en los asuntos de la Universidad, haciéndolo en estos términos: “pedimos con la energía de nuestra joven sangre que se nos deje tratar de solucionar sus problemas, de participar de su conducción”[3]. A partir de allí los estudiantes universitarios en el transcurso de esos años pasaron de demandar cuestiones estrictamente académicas o mayor participación de las decisiones, a cuestionar la existencia misma de la universidad privada, desconociendo sus autoridades y exigiendo el cogobierno.

Y una vez conocida la iniciativa de Alejandro A. Lanusse de crear más universidades nacionales, los estudiantes comenzaron a reclamar la instalación de una de ellas en la ciudad. Dicha demanda era percibida como inédita e inexplicable por parte de las autoridades de la UPSJB, un efecto no deseado de las políticas universitarias implementadas por la autodenominada “Revolución Argentina” (Laerte Massari, 2004). Por lo tanto, esa “apertura al diálogo con las autoridades” enunciado en la historia oficial, desconoce la politización de la juventud comodorense en las décadas del ’60 y ’70, que estaban en sintonía con procesos similares que se desataban a escala global (Markarian, 2012; Bonavena y Millán, 2018; Luciani, 2019).

Además, se deja en el olvido que se trató de una iniciativa estudiantil que se fortaleció a partir de la adhesión entusiasta de la sociedad civil local (Varas, 1994), calificada de “inédita” por Raúl Muriete (2016), que a través de la prensa expresó su apoyo ferviente a la posibilidad de contar con una universidad en la ciudad. En lo que fue considerado como una “gesta popular”, distintas instituciones comenzaron a tomar postura en el debate público, expresando una “animosa y dinámica adhesión a los estudiantes a partir de considerar que la universidad podía generar arraigo de jóvenes y ampliar los aspectos de la vida cultural y política” (Mutiete, 2016: 23). Precisamente esta demanda de la sociedad civil por la instalación de una universidad nacional contradice otra afirmación provista por la historia oficial:

En relación con esto y en forma coincidente (resaltar esto, que no se relacionan posibles causas) con una política nacional que promovía la creación de nuevas Universidades Nacionales, se gestó en esa ciudad una Comisión Promotora para la creación de una Universidad Nacional.

Como ya hemos adelantado, la creación de Universidades Nacionales durante la denominada “Revolución Argentina” no buscaba ampliar la oferta educativa en el nivel superior en pos de garantizar y ampliar su acceso a otros sectores sociales. Más bien estaban en concordancia con medidas represivas de la dictadura militar destinadas a atenuar a una juventud considerada radicalizada, entendiendo que para dicho objetivo era prioritario implementar la desconcentración de las ciudades universitarias del país sobre todo luego del “Cordobazo”.

En los inicios de la década del 60, y al calor de los efectos de la Revolución Cubana, las fuerzas armadas comenzaban a compartir un diagnóstico: que las Universidades nacionales eran el ámbito privilegiado por donde se concretaba la “infiltración comunista”. De allí que luego del golpe de Estado de 1966, el general Juan Carlos Onganía dispuso un cambio de rumbo de la política universitaria, a partir de una autoritaria intervención con el objetivo de “normalizar” su funcionamiento. Esto implicó que se suprimiera tanto la autonomía universitaria como el cogobierno estudiantil, dando inicio a un proceso de ascenso de los estudiantes como factor político contra la dictadura, a partir de diversas movilizaciones acontecidas en distintos lugares del país. Además esta creciente movilización estudiantil en contra del arancelamiento impulsado por el gobierno y las limitaciones presupuestarias, comenzaba a contar con el apoyo de la sociedad civil, tal como han mostrado algunos estudios regionales (Monasterolo; Pittaluga, 2018). Será el “Cordobazo” la protesta que obligó a la dictadura a rever y considerar nuevas medidas para evitar la radicalización estudiantil (Gordillo, 2007).

Ni Onganía ni su sucesor en el gobierno de la denominada “Revolución Argentina” Roberto Levingston lograron alcanzar la anhelada “normalización”. El objetivo trazado en torno a la búsqueda de la despolitización de las casas de estudio, a través de la interpelación a la juventud considerada “sana” y la extirpación por la vía represiva de cualquier “germen subversivo”, colisionó ante la falta de presupuesto y la creciente efervescencia estudiantil (Mendonça, 2019). Será en el tramo final del gobierno de Lanusse, determinado por el inicio de la apertura política y el llamado a elecciones, en donde se fue forjando un clima político particular a partir del interés de abrir un diálogo con todos los sectores sociales. En este nuevo marco emergió el proyecto de creación de Universidades Nacionales, que apuntaba a una serie de cuestiones que distintos diagnósticos recomendaban resolver tales como: baja tasa de egreso, deserción masiva, concentración de estudiantes en pocas Universidades, y orientación de la matrícula hacia carreras tradicionales (Mendonça, 2018). Sin embargo, dicho proceso adquirió una dinámica propia realizándose de “un modo veloz y anárquico” (Mendonça, 2018: 109), lo cual generó que desde distintas regiones del país se demandara por una Universidad.

Por otro lado, en el contexto del proyecto autoritario entre 1966 y 1973, las universidades nacionales de más larga tradición, de ser definidas como “motores de desarrollo” pasaron a ser consideradas “monstruos sobredimensionados”. Según Laura Rovelli (2009), por detrás de esas medidas gubernamentales que buscaban detener el crecimiento de la matrícula y su concentración en los centros urbanos, lo que se ocultaba era otro objetivo: frenar el activismo estudiantil en esas instituciones. Pero además de descongestionar a las Universidades tradicionales, el proceso tenía “una clara intención por interpelar a la juventud, principalmente la universitaria, a quienes se les hacía un especial llamado a participar en los canales legales de la política” (Mendonça, 2018: 110), buscando además aumentar la base social de apoyo hacia Lanusse y convertirse así en un candidato competitivo frente al peronismo de cara a las elecciones nacionales.

Este nuevo escenario no era ajeno a la comunidad universitaria de Comodoro Rivadavia, en donde a través de la prensa podía conocer la información que indicaba “el inicio del descongelamiento de los cupos de ingreso a la enseñanza universitaria”, lo cual parecía indicar “que el presente año señalará el de la creación de nuevas Universidades oficiales”[4]. Asimismo se informaba que el Ministro de Educación y Cultura Gustavo Malek entregaba un proyecto de Ley Universitaria que contemplaba “la directa participación de los estudiantes en las decisiones de mando de la Universidad”[5]. Como podemos apreciar, en los inicios de 1972 tanto la creación de nuevas universidades como la participación estudiantil en la vida política universitaria, generaron inéditas expectativas en torno a la posibilidad concreta de materializar una universidad nacional en Comodoro Rivadavia.

Sin dudas la presentación del proyecto de ley por parte de Malek en febrero de 1972 puso a la cuestión universitaria en la agenda de la prensa local. Al mes siguiente la prensa ya reflejaba el “movimiento de opinión” que se había formado para lograr la creación de una Universidad nacional en Comodoro Rivadavia: “Llama la atención la coincidencia de opiniones y puntos de vista que sobre ese particular han exteriorizado desde un principio las más diversas organizaciones e instituciones de la zona, profesionales, obreros, estudiantes, empresarios, amas de casa, periodismo, etc”[6]. Para el diario Crónica era importante resaltar dos aspectos que evidenciaban el consenso general que iba adquiriendo la posibilidad de contar con una Universidad en la ciudad. En primer lugar, la “sensibilidad social” que mostraban distintos sectores que si bien no se beneficiarían directamente con la instalación de la Universidad, advertían “las positivas implicancias que tendrá para las generaciones que vienen tras ellos”. En segundo lugar, que la petición por una Universidad nacional no había significado ir en contra de la “benemérita universidad privada existente”[7].

A este contexto favorable para la instalación de una Universidad nacional, además de la prensa se sumaban otras voces que se posicionaban a favor de dicho objetivo, como por ejemplo el movimiento obrero de la región a través de la delegación regional de la CGT[8]. En particular, el Sindicato de Petroleros Privados del Chubut, a través de su secretario general Osvaldo Rosales afirmaba:

Las bases, única real poseedora de la fuerza de este sindicato petrolero Chubut ante la indestructible disyuntiva que crea la necesidad de formar sus hijos científicamente para servir a la Patagonia y al país, y el constante encarecimiento que se produce en el pago de aranceles de las distintas disciplinas que se cursan en la Universidad privada local, que se convierte en verdadero freno insalvable a los deseos de los hijos proletarios de aumentar sus conocimientos, proponen a la comunidad de Comodoro Rivadavia formar un plan conjunto de acción, para lograr que el gobierno de la mal llamada revolución argentina nos consagren el derecho universal de instruir gratuitamente en las universidades a nuestros hijos. Este sindicato y sus bases proponen a Comodoro Rivadavia lucha sin descanso y sin desmayos en la obtención de radicación de una Universidad nacional en Comodoro Rivadavia. La instalación de la misma en nuestra ciudad cumplirá el doble objetivo de otorgar un derecho ganado por los comodorenses en años de sacrificio y no sectorizar la distribución de la enseñanza universitaria para aquellos que la pueden pagar, dejando de lado a los que no pueden abonar los emolumentos monetarios que rigen en la universidad estatal[9] .

Lo extenso de la cita se justifica por cuanto el dirigente sindical no solamente expresaba la alianza entre trabajadores y estudiantes, sino que además exponía la demanda de formación científica para los hijos proletarios, denunciando a la vez la desigualdad en el acceso a la educación universitaria. Claramente en esta acusación a la dictadura, el dirigente alentaba a la conformación de un plan en conjunto con la comunidad, en pos de garantizar el derecho universal de acceso a la universidad. Como ocurrió en otros lugares del país, los reclamos por el acceso a la educación universitaria o por su mejora, se articularon rápidamente con demandas sociales y políticas que excedían el ámbito universitario (Navas, 2018).

El resultado de este apoyo unánime de distintos actores sociales y políticos fue la creación de la “Comisión Promotora Permanente para la creación y su establecimiento en Comodoro Rivadavia de la Universidad Nacional de la Patagonia”, el 23 de marzo de 1972. A partir de la misma se convocaron todas las instituciones representativas de la ciudad para la elaboración de un documento que expusiera las condiciones con que contaba la ciudad para ser la sede central, destinado al gobernador de Chubut contraalmirante Jorge Alfredo Costa: “Comodoro constituye el lugar geográficamente adecuado e infraestructuralmente mejor dotado de la región”. Finalmente el 7 de septiembre de 1972, a solicitud del Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, se hizo entrega del denominado “Estudio de Factibilidad de la UNP”, elaborado por una Comisión presidida por el Dr. Roberto Noel Domecq. Allí se retomaban las diversas recomendaciones de organismos técnicos del gobierno nacional que aseguraban la importancia de desarrollar un amplio plan de investigación de recursos y tecnología en la Patagonia.

En cuanto a la información que la historia oficial proporciona con respecto a las autoridades universitarias, se afirma: “Fueron rectores de la UNPSJB desde su inicio: 1980-1983: el Licenciado Norberto Sorrentino (Designado por el PEN)”.

Es curioso que la propia universidad, si bien reconoce como año de su creación 1974, no se menciona al primer rector de aquel entonces, el ingeniero Silvio Grattoni. En aquella ola de creación de Universidades nacionales que experimentó el sistema educativo argentino entre fines de los 60 y principios de los 70 (Mendonca, 2018a), los gobiernos demostraron un especial cuidado en la elección de quienes estarían al frente de las mismas. Varias investigaciones se han encargado de analizar el perfil de aquellos rectores vinculados a la Tendencia, nombrados por Jorge Taiana en el inicio de su gestión (Montero, 2017; Aminahuel, 2021), entre los cuales podemos sumar al elegido para ocupar la UNP: el ya mencionado Grattoni.

Podemos hipotetizar al menos cuatro razones que argumentan aquella decisión del Ministro de Educación. En primer lugar, se trataba de un profesional con larga trayectoria tanto en el ámbito académico (había sido profesor de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Plata), como en el sector público (al momento de su nombramiento presidía el Instituto Autárquico de Colonización y Fomento Rural, y contaba con antecedentes desde 1958 en el estado, en la implementación de la Ley de Tierras en la provincia durante la gestión de Jorge Galina, y la conformación de la Dirección de Bosques y Parques). En segundo lugar, en las elecciones de marzo de 1973 había sido candidato a diputado nacional, fruto de su destacada militancia en el peronismo chubutense, siendo dirigente de referencia de un sector interno que había mostrado cierta apertura hacia los sectores juveniles del partido (Murphy y Carrizo, 2021). Recordemos que este último aspecto era una de las credenciales que debían ostentar quienes ocuparían los altos mandos en las Universidades durante la gestión de Taiana. En tercer lugar, una impronta que le dio el Ministro a su gestión fue la de reincorporar al ámbito universitario a profesores que habían sido expulsados o perseguidos por su filiación peronista durante la denominada “Revolución Libertadora”. Grattoni había sido expulsado de su cátedra por peronista. Por último, dado que el rectorado de la UNP finalmente se instaló en Comodoro Rivadavia, siendo Grattoni un actor político proveniente de la zona del valle de la provincia, su figura era conveniente para equiparar la participación política en el gobierno universitario de las sedes.

Luego de detallar la incorporación paulatina de sedes y unidades académicas, finalmente en la historia oficial se menciona el formato institucional que adquirió la universidad:

La Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) fue creada por la ley 22.173 del 25 de febrero de l980, por la que se unificaron la Universidad de la Patagonia San Juan Bosco, autorizada por Decreto Nº 2.850 del año 1963, y la Universidad Nacional de la Patagonia, creada por ley Nº 20.296 del año 1974.

Esta fusión institucional, que reconoció tanto a la universidad privada de 1961 como la estatal de 1974, se consagra durante la última dictadura cívico-militar. Si bien el ministro de Cultura y Educación de aquel entonces Rafael Llerena Amadeo, tenía intenciones de cerrar la UNP, el gobierno de la provincia del Chubut promovió como solución la fusión de las dos instituciones, concretándose mediante un convenio acordado entre las partes en 1979.

Conclusiones

En el relato que se construyó para la elaboración de una historia oficial, pudimos reconocer referencias a los tres modelos universitarios que se instauraron en la segunda mitad del siglo XX en Comodoro Rivadavia. El primero de ellos fue el de la UPSJB impulsado por la congregación salesiana en 1961 que promovió una educación técnica destinada a la explotación petrolífera; posteriormente en 1974 la UNP concretada durante el período peronista cuyo objetivo era implicarse en las demandas y necesidades de la comunidad; y por último en 1979, la UNPSJB, cuyo modelo de Universidad debía estar al servicio del desarrollo de la región patagónica y para defender su soberanía.

Una prueba cabal que garantice el corte de todo tipo de amarras entre cualquier institución con su pasado autoritario, quizás sea su capacidad de analizar, comprender y explicar aquel momento, por más complejo e incómodo que sea. De allí que el estudio de la historia reciente de la educación contribuye indudablemente a “desarmar memorias invisibilizadas y desmemorias intencionadas”. Quienes han abordado esta coyuntura universitaria, han señalado que suele persistir todo un “entramado de desmemoria”, sobre todo a través de actores institucionales que suelen transitar los claustros universitarios, sin reconocer ni asumir su grado de compromiso pedagógico y responsabilidades durante el régimen cívico – militar.

Como hemos visto, la creación de nuestra Universidad estuvo íntimamente vinculada con el contexto político general de los setenta, que asumió rasgos locales a partir del enfrentamiento entre un movimiento estudiantil universitario y las autoridades eclesiásticas de la congregación salesiana. De allí que resulta al menos curioso seguir escuchando algunas voces pertenecientes a aquellos que ocuparon roles institucionales en la Universidad en aquella época, que persisten en afirmar que en la ciudad “no pasaba nada”. No solamente se invisibilizan aquellos hechos, como si la institución universitaria hubiera sido el mero resultado de decisiones académicas y administrativas, sino que además se despolitiza la memoria, buscando dejar en el olvido a quienes bregaron por una Universidad mejor.

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Villafañe, Romina (2016) Juventud, conflicto universitario salesiano, Universidad nacional y humor político: el caso del Diario Crónica. Comodoro Rivadavia 1972-1973. 2016. Tesis (Licenciatura en Historia) – Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, Comodoro Rivadavia.


  1. http://bit.ly/4axY6PO
  2. El Patagónico, 4 jun. 1969, p. 12.
  3. El Patagónico, 7 jun. 1969, p. 13.
  4. Crónica, 16 febrero de 1972, p. 3.
  5. Crónica, 17 febrero de 1972, p. 2.
  6. Crónica, 16 marzo de 1972, p. 4.
  7. Crónica, 16 mayo de 1972, p. 4.
  8. Crónica, 10 marzo de 1972, p. 5.
  9. Crónica, 8 marzo de 1972, p. 5.


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