El relato de las mujeres entrevistadas permite percibir, en principio, que su experiencia se presenta diversa, compleja y es transitada en forma singular de acuerdo a cómo se inscribe en sus trayectorias de vida. Varias de ellas la abordaron retrospectivamente, mientras que otras la situaron en su presente. Una cuestión parece insistir: la calle es un territorio al cual se entra pero del cual también se puede salir (Biaggio, 2011). Los relatos de las nueve mujeres entrevistadas permiten visibilizar cómo puede ser la llegada a este espacio, la estadía, las experiencias, los distintos tipos de violencias que experimentan y las posibles salidas.
Entrar a la calle
La calle es un espacio público que se transita con cotidianeidad, ¿cuáles son las condiciones que posibilitaron que se convierta en un lugar para quedarse? ¿Puede identificarse un momento de “entrada” a la calle? (Litichever, 2009).
Diversos estudios sobre personas en situación de calle plantean que el acercamiento se da por diversos motivos; entre ellos, rupturas o conflictos familiares, falta de recursos económicos, desempleo, desalojos, problemas habitacionales o de salud, consumo problemático de sustancias, migraciones, situaciones de abuso/maltrato, políticas asistencialistas, vulneración de derechos (Saizar, 2002; Biaggio, 2006; Rosa, 2010; Médicos del Mundo, 2010).
Estos motivos fueron relevados respecto a la población en situación de calle general en CABA, que presenta un 74% aproximadamente de varones, 24% de mujeres y 1% de personas trans (Censo Popular de Personas en Situación de Calle, 2017; Página/12, 2017).
Teniendo este dato en consideración, es interesante destacar que en las entrevistas realizadas a mujeres se presentaron todas las situaciones, salvo la pérdida de empleo, que en el caso de los varones es central. Es posible que esto se deba a que, como se adelantó, tradicionalmente el sostén económico por medio del empleo es una actividad asociada con el rol de proveedor y ha sido desempeñado por varones, mientras que el cuidado del hogar y los hijos ha quedado asignado a las mujeres. En ellas se observó un despliegue mayor de situaciones de violencias de género y estructural.
También se observó que existen múltiples entradas a la calle, que en algunos casos se identifican con hitos significativos, un momento bisagra en sus trayectorias, y en otros se relacionan con la convergencia de distintas problemáticas. Además, que en ocasiones las circunstancias que produjeron el acercamiento a la calle se encontraban atravesadas por otras situaciones: migraciones, violencias, instituciones de encierro, problemas de salud, consumos problemáticos de sustancias, dificultades económicas, pobreza estructural, falta de políticas de vivienda. Es decir, dimensiones complejas que configuran la exclusión social y la extrema vulnerabilidad. A su vez, en el caso de la presente investigación, estos procesos se encuentran enmarcados en la CABA, un territorio de segregación urbana e inequidades sociales sostenidos por las políticas neoliberales.
Abandonar el pago
La llegada a la calle en el caso de Ana es producto de procesos de migración interna en busca de mejores recursos materiales. Sin embargo, Ana advierte que si bien fue un factor que se entrelaza con su acercamiento a la situación de calle, este no fue el principal motivo. Según explicó, es oriunda de una zona rural del norte del país, fue madre por primera vez durante su adolescencia y desde entonces se dedicó a realizar tareas en el hogar y a la crianza de sus nueve hijos y, posteriormente, a sus cuatro nietos. Nunca pudo ir a la escuela ni tuvo empleo formal, se desempeñó gran parte de su vida como jefa de hogar teniendo como único ingreso económico una pensión que se otorga a las madres de siete hijos, por lo que siempre vivió en la pobreza. La calle fue un espacio más que le tocó ocupar y constituyó un recurso muy importante, donde pudo encontrar respuestas para satisfacer algunas de las necesidades de ella y sus hijos, como por ejemplo la comida.
En general, de los relatos se desprende que las migraciones produjeron desarraigos y reconfiguraciones en las relaciones sociales, sin embargo en ninguno de los casos esto fue considerado como un precipitador de la situación de calle. De las mujeres entrevistadas, cuatro son de otras provincias y cinco nacieron en la CABA y el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Cabe señalar que datos recientes han demostrado que alrededor del 62% de las personas que se encuentran en situación de calle en la CABA son oriundas de AMBA, un 26% proviene de otras provincias y el 12% restante son extranjeros (Página/12, 2017).
Tres de las mujeres entrevistadas manifestaron haber migrado a la CABA en busca de empleo, prestaciones sociales y ayuda, ya que en la metrópolis porteña se concentra gran parte de la acumulación económica del país y la mayor cantidad de programas y recursos sociales destinados a las personas en situación de calle. Es decir que estas migraciones dan cuenta de la situación de desigualdad socioeconómica entre la CABA y el resto del país, y son consecuencia del proceso de feminización de la pobreza. En este sentido, vale aclarar que este fenómeno tiene alcance mundial, en tanto la pobreza afecta más a las mujeres que los hombres (AGENDE, 2002), y aparece como una forma de violencia social hacia las mujeres y sujetas feminizadas (Segato, 2003).
Perderlo todo
En algunos contextos, la pérdida material del hogar, las pertenencias personales, los contactos familiares, los seres queridos, la salud, se convierten en un momento de quiebre.
Estoy en situación de calle porque perdí todo (Susana).
En realidad fue que falleció mi mamá (Gisel).
Vine a parar debajo de un puente porque me quedé en la calle. Estaba con mi primera pareja y el terreno que teníamos era tomado. Nos vinimos una semana acá a juntar mercadería, juntamos cartones, y cuando volvimos no teníamos nada. El terreno estaba cerrado. […] y nadie de mi familia me daba lugar. Y vinimos para Capital. Nos quedamos acá, donde estábamos juntando los cartones (Evangelina).
La situación de desalojo que atravesó Evangelina (35 años) junto a su familia, sumado a la falta de recursos y redes de contención que pudieran brindarle apoyo económico y material, se constituyeron como facilitadores que la llevaron a la situación de calle. Sin embargo, no fue su primer acercamiento a la calle. Antes de eso realizaba con su pareja actividades de cartoneo en la CABA y en ocasiones pasaban la noche bajo puentes o en plazas, un modo de subsistir de la calle.
La situación de calle supone la privación material de una vivienda y el acercamiento a la calle, como ejemplifican los casos de Susana (41 años) y Gisel (29 años), es producto de situaciones de violencia patrimonial y económica. La falta de vivienda estable y la imposibilidad de acceso a la misma están presentes en todas las entrevistadas. También el anhelo de un trabajo. En este punto la CEDAW explicita que el trabajo (entendido como empleo remunerado) es un derecho de todas las personas y deben emplearse los medios necesarios para garantizar que las mujeres puedan acceder con las mismas oportunidades que los varones.
Me incendiaron la casa. Una pelea entre narcos. Por el incendio perdimos todo. Nos fuimos con los chicos. Nos vinimos para acá, a la plaza (Carla).
En algunos casos, como relata Carla (35 años), se pueden identificar hitos que delimitan un antes y un después en las trayectorias de vida de estas mujeres y que parecerían haberlas acercado más a la calle: el asesinato de una hija, la muerte de una madre, un conflicto en la familia de origen que proveía sostén económico, un desalojo, el incendio de un hogar, enfermarse. Sin embargo, sería una reducción señalarlos como los únicos motivos que generaron la situación de calle, ya que esto no se produce repentinamente sino que es parte de un proceso que conjuga diversas circunstancias estructurales y singulares.
La escapatoria a la calle
En el caso de las mujeres en situación de calle la convergencia de dimensiones de pobreza y vulnerabilidad social parece crear condiciones de aumento de la susceptibilidad a experimentar situaciones de violencia; es que se encuentran doblemente vulneradas: por sobrevivir en condiciones de extrema marginalidad y por ser mujeres. Por ende, cabe preguntarse ¿qué formas de violencias experimentan las mujeres en situación de calle y en qué modalidades? ¿Quiénes son los perpetradores de dichas violencias? Y por último, ¿qué estrategias existen y pueden idearse para la erradicación de las mismas? Cuando la situación en el hogar ha llegado a un punto crítico, la calle aparece como un recurso:
Yo tengo una puñalada de mi papá. […] Y así mi viejo drogadicto, golpeador, te la tenés que bancar […]. Prefiero estar en la calle. Con gente que sé que sabe cómo soy, y por lo menos te lo demuestran cada día. Y por lo menos tengo una sonrisa. Y no estar en una casa que te dan un plato así. Y que te estén metiendo una pastilla, y te la estén picando para quedar estúpida y que tus hijos te vean estúpida (Romina).
Romina (27 años) expresa episodios en los que ha tenido experiencias de violencias física, patrimonial y psicológica que causan daños emocionales y perjudica el desarrollo personal, ya sea que busca degradar, controlar las acciones mediante amenazas, acoso, hostigamiento, aislamiento o descrédito (Ley 26.485, 2009).
En otros casos las violencias aparecen en forma explícita en relación a la condición de género. Alicia (22 años) manifiesta que a los 12 años fue violada por su padrastro y lo relaciona con su deseo de quedarse en la calle y el consumo de sustancias:
Habíamos quedado todos en situación de calle. Todos con mi mamá. Porque no teníamos plata para alquilar. No teníamos donde ir, y bueno, quedamos en la calle. Y después mi mamá consiguió a una amiga que la llevó a la casa. Y se fue mi mamá para allá y yo me quedé porque YO me quise quedar (Alicia).
Alicia reiteró en varias oportunidades de la entrevista que quedarse en la calle fue una elección sólo atribuible a su persona, lo hizo porque “estaba de novia y era pendeja”. En ese momento ella tenía 16 años y ambos atravesaban situaciones de consumo problemático de sustancias psicoactivas. Esta situación se presenta esencialmente diferente a la anterior, ya que Romina optó por salir de su hogar para entrar en la calle, aun desconociendo lo que experiencia le depararía.
En los relatos de las mujeres entrevistadas que habían atravesado situaciones de violencia en el ámbito doméstico, la calle aparece como una respuesta posible. Ahora bien, cabe analizar: ¿cómo es el contexto en el se “elige” vivir en la calle? ¿Se trata de una elección de vida en la que se despliega la autonomía? Por lo expresado, es claro que las elecciones se dan en un contexto de vulneración de derechos, por haber atravesado experiencias de violencia o por encontrarse una situación de consumo dependiente de sustancias psicoactivas, entre otros factores. En este escenario, la calle aparece como única opción posible. A su vez, parecería ser un territorio de afectos, en la que hay otras personas devienen significativas para ellas y les brindan contención emocional.
Las formas y modalidades de violencias que han experimentado estas mujeres tanto en su experiencia de calle como en el ámbito familiar son diversas y complejas. En principio es necesario ubicar dos cuestiones: que en algunos casos las situaciones de violencia constituyeron una suerte de puerta de entrada a la calle, y que en este contexto de marginalidad las mujeres se encuentran aún más susceptibles a experimentar violencias, que pueden ser sociales, físicas, económicas, patrimoniales, psicológicas, simbólicas y sexuales.
En la casa, mi mamá tenía un marido y él me violó cuando era chica. Y por eso no me confío en nada. Ni a mi hija que tiene seis años la dejo con nadie. Va con una mujer, vaya y pase, pero con un hombre no (Alicia).
Este episodio de violencia sexual marcó la vida de Alicia y su familia. Advierte que se volvió desconfiada y temerosa de los varones, que genera situaciones de ansiedad y lo relaciona con conductas autodestructivas que tiene a veces. En este punto es interesante retomar lo que Segato denomina “estructuras elementales de la violencia”, que están organizadas por el sistema patriarcal que instituye relaciones desiguales entre hombres y mujeres y pone a estas últimas en situación de subalternidad (Segato, 2003). Este fenómeno en muchas oportunidades se encuentra naturalizado e invisibilizado por gran parte de la sociedad, inclusive las instituciones públicas. Esta autora también trabaja extensivamente sobre el fenómeno de la violación, que considera un acto vengador, moralizador disciplinador por parte de los hombres hacia las mujeres. De esta forma restauran el poder masculino y viril. El objetivo es relegar a las mujeres al lugar subalterno utilizando todos los medios y formas de violencia sexual, psicológica, física, económica y estructural, como lo es el ya mencionado fenómeno de feminización de la pobreza. De este modo se organizan y garantizan las jerarquías de poder y el mantenimiento del status masculino por sobre el femenino.
Otras lógicas de entrada
Si bien en algunos casos se pudieron identificar situaciones o episodios significativos que propiciaron una entrada a la calle, en otros los relatos se presentaron con una lógica diferente. Como lo expresa María (64 años).
Aparte de estar anémica. En verdad yo estaba parando en un lugar. En provincia, porque hay muchos alquileres son jodidos. Yo aguantaba muchas cosas. Pero a las ocho de la noche nos dejaban que tengamos la luz dos horas, pero yo pagaba. Siempre correcta, en ese sentido soy antigua. Hasta las diez. No me daba tiempo ni siquiera… incluso no tenía aire. Tenía un calentador que era con la cocina. Y bueno, teníamos problemas también con el baño que éramos un montón. No se vivía bien, era muy jodida la dueña. Y busqué otro lugar, y parecía lo que era. Vivía la familia, pero era atrás digamos, una casita. Yo como para ponerme recuperarme, y ponerme otra vez. Y tener un resguardo. Y tampoco pude vivir bien, porque tampoco nos dejaban vivir ellos. Siempre iban a golpearme mi puerta por alguna cosa. Era como que querían entrar a robarme. Y bueno así fui viendo cosas, digamos de gente, que más que nada que los dueños de la casa eran re jodidos. Primera experiencia mal que tuve, porque antes no había todos estos problemas. Y ahí tuve que salir. Ah porque todavía quería que lo desocupe. Estuve a los tumbos. No conseguí alquiler. Tuve que desparramar mis cosas, que así perdí todo eso. Así entre una amistad y otra. Y bueno desde ahí es que estoy en la lucha volver conseguir un lugar para mí (María).
En algunos casos, como el de María, los motivos que suscitaron la situación de calle aparecen en relatos confusos, desordenados y algunas veces contradictorios. Se narran distintos sucesos que no responden a una secuencia temporal y como una maraña de episodios conflictivos: peleas familiares, discusiones de convivencia, problemas para encontrar alquiler.
Se puede pensar que no es sencillo para las mujeres identificar el motivo, probablemente porque la lógica causal no es suficiente para desandar la complejidad de su experiencia. Aparecen todos los sucesos entrelazados entre sí, en forma rizomática y con diferentes nudos que representan las diversas problemáticas. No hay un tronco central del que se desprendan, tampoco hay una única raíz, sino que son raíces de raíces interconectadas en una superposición de superficies (Deleuze y Guattari, 2000; Fernández, 2007).
Como en el relato de María, en varios aparece frecuentemente una lógica espacial por la que las entrevistadas dieron cuenta de cómo fueron abandonando varios lugares en los que transcurría su vida cotidiana. Este tipo de entradas a la calle también se observó en otras investigaciones realizadas con chicos y chicas en situación de calle, en las que relacionan la construcción a lo largo de su historia personal de un no lugar (Litichever, 2009). Expresado en otros términos, la entrada a la calle podría pensarse como una secuencia no lineal de procesos de desterritorialización que acercaron, gradualmente, a estas mujeres a vivir en la marginalidad (Rolnik y Guattari, 2013).
Quedar boyando
Si bien la investigación partió de una definición y supuestos, se fue reconfigurando e interpelando en el trabajo de campo, y las preguntas ¿qué es la situación de calle? ¿Cuándo empieza y cuándo termina? dejaron de ser ontológicas ya que pronto se observó claramente que no se es de la calle, sino que se está en la calle. Entonces, el interrogante se transformó en ¿cómo fue para las mujeres la experiencia de calle?
El ritmo de la calle
Se puede asociar la situación de calle a diversos sentidos, aunque fue habitual la imagen dinámica de un campo de fuerzas que se desliza y las desliza por distintos escenarios en los que se superponen lo íntimo, lo privado, lo público, lo familiar y lo extraño.
Así que empezamos a boyar. De acá para allá. […] Lo primero que se me viene a la cabeza es caminar. Caminar ciento cincuenta cuadras por día. Pero también era un tema de compartir con mi ex pareja. Yo por ahí no tenía ganas de caminar con el nene en la mochila doscientas cincuenta cuadras. Entonces era todo un tema. Porque por ahí yo decía: “loco vamos a buscar algún lugar donde parar porque estoy cansada de caminar todos los días tanto”. Y nos hemos quedado por ahí dos o tres días en un lugar, qué se yo. Pero era como que también nos habíamos subido al ritmo de no parar la cabeza (Gisel).
Estamos rodando que parece una pelota. De acá para acá, de acá para allá (Alicia).
Ese caminar, ese movimiento, el no parar, el deambular constantemente que implica la experiencia de calle es un ritmo no sólo lo corporal, sino también emocional. Supone configurar un territorio extenso y diverso. Es necesario cierto dinamismo para poder acceder a los recursos y subsistir. Resulta interesante revisar las palabras utilizadas por las mujeres consultadas: hablan de “quedarse” en situación de calle, lo que implica cierta pasividad y quietud, pero también caracterizan la situación en términos de “deambular”, “caminar”, “boyar”, “dar vueltas”. Entonces, la situación de calle es la tensión entre la quietud y el devenir constante. Supone una experiencia nómade, en la que las mujeres trazan cartografiados en los territorios que transitan y van delimitando sus mapas. Estos son dinámicos y cambiantes, como lo son los sentidos asociados a la experiencia (Deleuze y Guattari, 2000).
Procesos de aprendizajes callejeros
La calle presenta un territorio hostil, marcado por peligros, violencias y múltiples amenazas, en el que hay que saber defenderse del frío y el calor, los ruidos, la falta de privacidad, los robos y las peleas. Retomando la consigna propuesta por los colectivos que impulsaron para la formulación de la Ley 3706: ¿es la calle un lugar para vivir?
La calle no es un lugar para las criaturas. Porque ellos tienen derecho a tener su hogar, tienen derecho a una vivienda digna. La calle no es vida para nadie. Estás a todo ritmo. Tenés que estar constantemente pendiente que nadie te lastime. No es vida (Carla).
No obstante, en varios relatos se observa una condensación entre la categorización de la calle como “buena” o “mala”, que a veces opera simultáneamente. Resulta una experiencia en la que se conjugan distintos tipos de momentos, que algunas entrevistadas califican en términos de aprendizajes:
A veces la calle no es todo malo. Me han pasado muchas cosas malas. Aprendés muchas cosas malas. Agarrás todos los vicios habidos y por haber. Pero te enseña. Te enseña cuando vos sufrís, cuando llorás de noche contra una pared. Te enseña. Te enseña que tenés ganas de hacer cosas. Te enseña a ser mejor gente. No sé, a recapacitar. La calle te da mucha experiencia. Es linda. Te da muchas experiencias que no te las olvidás (Susana).
La situación de calle presenta muchos obstáculos que se deben sortear, así como la puesta en marcha de elaboradas tácticas para poder subsistir. En este contexto ¿qué sería lo lindo de la calle? Susana lo refiere en términos de aprendizajes de vida, que no podría haber adquirido de otra forma que no fuera en la escuela de la calle. Gisel relata diversas situaciones problemáticas que ha tenido que atravesar, y culmina rescatando el aspecto positivo y diciendo que “la calle te hace más dura”. Las mujeres han sabido adquirir estos aprendizajes e integrarlos a su repertorio de saberes, prácticas y recursos personales, es decir su capital personal (Pecheny, 2009). En este sentido, han podido resignificar algunos aspectos de la situación de calle que les permitió desarrollar fortalezas y, retrospectivamente, transformar los sentidos de la experiencia.
La calle, un territorio de masculinidades
Estar en la calle trae aparejado un alto grado de exposición a distintos episodios conflictivos y de malos tratos. En este contexto, ser mujer presenta una mayor susceptibilidad a las violencias en relación a cuestiones de género.
Es difícil ser mujer en la calle. Corrés riesgos de toda clase. Y tenés que bancar muchas situaciones. Muchas. A nivel anímico, a nivel físico, a nivel salud (Susana).
Te tenés que cuidar… De que no te hagan nada (Alicia).
La calle parecería ser el lugar de los varones, ya que rigen códigos y prácticas culturales asociadas a la construcción de una masculinidad hegemónica relacionadas con la ostentación de poder. Frente a esto, las mujeres realizan distintos mecanismos de defensa. Uno de ellos, es adoptar conductas agresivas, práctica que se observó tanto en mujeres que se encuentran solas como con otros compañeros.
Yo tuve que pelear con una banda en la calle (Evangelina).
Porque en la calle te tenés que defenderte. En cambio en un hogar no, porque estás tranquila. Si estás en situación de calle, tenés que pelear (Carla).
Como se observa en los relatos, en contraposición con las cualidades que supone un “sexo débil”, las mujeres en el ámbito de lo público se presentan fuertes, capaces de defenderse de los riesgos y amenazas del mismo modo que lo hacen los varones, a diferencia del imaginario de mujer-madre del ámbito privado. Estos procesos de masculinización (Lenta, 2013) de las mujeres aparece como condición necesaria para la supervivencia.
Es diferente. A veces yo, mirá como estoy [señala sus tatuajes]. Cualquier hombre se me acerca porque le llama la atención. Porque soy tumberita. Callejera. Se me acercan. Pero cuando me conocen realmente yo me defiendo [muestra un bisturí que guarda en su corpiño]. Muchas veces siendo mujer, estando en una carpa, en un colchón vinieron los tipos con sus cositas en la mano a querer abusarse y es difícil. Yo tengo experiencia en la calle, me sé defender. Y le doy a cualquier tipo que quiera abusar de mí. Porque en la calle hago lo que sea menos… No tengo nada contra la gente fácil. Pero no soy de todo el mundo (Susana).
Es un cuerpo de la exclusión, que lleva marcas que no puede borrar, y que otros asocian con estereotipos de mujer pública. Sin embargo, dormir en la calle, no es “ser de todo el mundo”, advierte Susana. Encontrarse en situación de calle implica falta de privacidad en los distintos ámbitos que se desarrolla la vida cotidiana. Por ende, la experiencia se manifiesta en forma pública, lo cual no implica que su cuerpo también lo sea. Aquí se evidencia una tensión entre lo público y lo privado, en este caso en relación a la sexualidad y la intimidad.
En general, las mujeres en situación de calle resaltan los privilegios que experimentan los varones cis, producto de lo masculinizado del ámbito. Algunas expresan su desconfianza en ellos producto de una experiencia de violencia que sufrieron, como es el caso de Alicia, mientras que las que están en pareja con varones destacan sentimientos de contención y compañerismo.
Creo que sufrir, se sufre igual. Yo he visto sufrir. Sufren, eh. Pero el hombre se puede satisfacer de otras maneras. Es como que encuentra otras cosas en la calle, a mí me parece (Gisel).
Los hombres son más jodidos porque se agarran a puñaladas. […] No me confío de nadie, ni mi pareja, mi hija de 6 años no queda con nadie (Alicia).
Es decir que funcionan dos fenómenos simultáneamente: por un lado, los procesos estigmatizantes que se reproducen en algunos relatos de estas mujeres y, por otro, la estrategia de agrupamiento como fuente de protección.
Las otras mujeres
Las representaciones que las entrevistadas construyen de las otras mujeres en situación de calle se caracterizan por descuidos, sedentarismo, malos hábitos, vicios, mala alimentación y consumo de drogas. Al mismo tiempo, se observa un distanciamiento entre el relato de su propia experiencia y la percepción que tienen sobre prácticas que realizan otras relacionadas con estereotipos de género.
Se están matando. Las chicas se están matando […] Y se matan. Como se mata ella, la mayoría de las pibas. Y cuando pasa una semana, dos semanas, van y se pegan un baño. Que ni siquiera le hace nada porque tiene que ser continua la limpieza. Y en la calle es muy difícil. Y se matan. Se matan con la droga o no quieren avanzar porque quieren la calle, las drogas (Susana).
Pienso que hay muchas mujeres en situación de calle que no cuidan su salud y hacen todo mal. […] viví en la calle y vi cosas. Vi mujeres que sí se preocuparon por ellas y mujeres que no se preocuparon. […] Iban a consumir. En cambio hay otras que no, que cuidan de sus hijos (Evangelina).
Podría pensarse que este modo de subjetivación se basa en una lógica de “identidad a partir de la diferencia” (Fernández, 2007), en la que se es a partir de la negación en el otro. Esto también se relaciona con un estudio realizado en España sobre la identidad que las personas construyen en la calle. En la investigación se observó que muchas personas se diferenciaban de otras aludiendo a que los otros tenían prácticas detestables, que ellos no pertenecían a la calle, ellos no pertenecían a ese grupo, en tanto no se identificaban con esas características (Bachiller, 2010).
Yo como mujer era difícil porque yo nada que ver aparte. Además me cuesta así estar rápido con la gente. Tal vez tengo un feeling para hablar bien pero al momento de estar… O también esa gente está viciando todo el día y yo no tengo onda con eso. O de dar una mano también. Pero ser bueno también como que te usan, y uno queda… (Gisel).
Yo salí de un edificio, no sé lo que es. No sé lo que es estar durmiendo en una frazada. De un día para el otro estas durmiendo en una cama con un acolchado. Todos me dicen ‘no si porque vos sos la cheta’. Y sí. Y sí, lamentablemente sí. Porque a mí me viene uno y me dice ‘eh esto que el otro’. ‘¿Me querés venir a pegar?’ Ni sé qué es agarrarse a las piñas. ¿Me entendés? (Romina).
Más allá de los estudios realizados específicamente con población en situación de calle, cabe destacar que estos estereotipos hacia las mujeres responden a significaciones sociales dominantes, que operan en distintos contextos sociales y, también académicos, que reproducen discursos re-victimizantes y patologizantes de la situación de calle (Paradis, 2009).
La droga
La preocupación frente al consumo problemático de sustancias psicoactivas apareció en todas las entrevistas, mayoritariamente referido “la droga”. Este signifícate se desliza polisémicamente en relación a sustancias ilegales tales como marihuana, cocaína, inyectables, pastillas y paco/ pasta base. En el caso de esta última “el uso prolongado o intenso provoca en los usuarios un fuerte deterioro neurológico e intelectual, que se ve acompañado por alteraciones pulmonares y cardíacas, marcada pérdida de peso y estado de abandono personal” (Castilla y Lorenzo, 2012, p. 87). También se observa el consumo de sustancias psicoactivas de prescripción médica, que pertenecen al grupo de las sustancias “legales”.
Sí, me daban la pastilla. Porque tampoco voy a decir que me drogo con pastillas, no, ni en pedo. No me gusta, estando en la calle menos, siendo una mujer menos. […] Porque acá es típico te piden pastillas para drogarse (Romina).
Romina, que tiene indicado clonazepam por padecer lo que denomina “el síndrome Post-Cromañón”, expresa una gran carga estigmatizante asociada al consumo de esta sustancia e insiste en diferenciarse de quienes sólo lo usan “para drogarse”. La alusión a este término tiene una connotación negativa para la entrevistada.
El acceso a la droga y sus consecuencias sociales, fiscas y psíquicas son diferentes en varones y mujeres (Arana y Germán, 2005). En las mujeres en situación de calle tiene distintos impactos y consecuencias, como internaciones en instituciones monovalentes, el desencadenamiento de problemas de salud y, el más recurrente en las entrevistas realizadas, la separación de sus hijos/as por parte del Estado (este punto se desarrolla en profundidad en el capítulo 8).
Haber sido víctima de abusos sexuales es considerado como un factor precipitador hacia el abuso de drogas y Alicia refiere que, justamente, se drogaba por la angustia que le despertaba el recuerdo de la violación que padeció. Otro factor que facilita el acceso al abuso de drogas es tener una pareja consumidora, aunque también en los relatos surge como un problema que, en última instancia, depende de una elección individual. Así lo manifiesta Jazmín (23 años).
Porque si yo hubiera querido estar en un hogar también me iba a drogar […]. Y rodeada de gente que se drogaba todo el tiempo. […] Mi vieja se drogaba, mi padrastro era tranza. Pero yo pude sortear las cosas de la vida y yo no hago nada de eso. Yo me ocupo ciento por ciento de mi hija. […] Yo creo que si uno pone la cabeza en que no va ahí, no va ahí. Si va ahí es porque quiso, listo (Jazmín).
Es mentira que la calle te hace drogarte. La droga es un problema psicológico. Si te ponen el Paco o la marihuana ahí queda en vos agarrarlo (Carla).
Para algunas implica una suerte de fortaleza individual haber podido “sortear” las drogas. Surgen fuertemente dos figuras antagónicas: “la drogadicta” y “la madre”. Al respecto, la experiencia del consumo en mujeres aparece “como una desviación más, como una forma alterada de lo considerado socialmente la ‘mujer normal’ o la ‘feminidad normal’” (Romo Avilés, citado en Arana y Germán, 2005, p. 180).
En esta imagen que se presenta de las otras mujeres en situación de calle, se entrecruzan distintos discursos hegemónicos respecto a la construcción social del género propios de la sociedad patriarcal, en la que el consumo de sustancias está asociado a lo masculino.
No, aunque digan lo que digan nunca me van a ver fumándome uno. Ni fumando, ni drogándome, nunca. Por respeto a mis hijos nunca lo voy a hacer. Todavía sigo siendo una señorita (Romina).
Se percibe que el consumo de sustancias en mujeres se vuelve una práctica aberrante e inaceptable, ya que se considera como una desviación de su papel esperable en la sociedad. Es decir que se produce una doble penalización social hacia las mujeres que consumen drogas: la trasgresión del consumo y la trasgresión del rol de realizar un comportamiento considerado indeseable (Arana y Germán, 2005). A su vez, los procesos de estigmatización social hacia las mujeres son mayores que los que sufren los varones y en varios casos responden a sentidos relacionados con el fracaso y la culpa.
Enfrentarme a mi mamá diciéndole que me estaba drogando. Me daba vergüenza (Alicia).
Antes mi hija la más grande veía cómo yo me drogaba en la calle. Porque a veces iba a visitarme y yo corte que estaba perdida en la droga y no me importaba nada. Me drogaba con el paco. Tomaba vino, tomaba merca, tomaba pastillas, poxirán. Sabía que había centros de rehabilitación, todo. Pero no iba a ir. Porque yo en ese momento no me sentía que era adicta (Alicia).
Estos sentimientos generan una visión negativa respecto de sí mismas. Estas emociones se encuentran relacionadas también con el desapego afectivo que atraviesan muchas mujeres durante el consumo de paco y entran en conflicto con los mandatos sociales respecto de ser “buena madre” (Castilla y Lorenzo, 2012). Los procesos de masculinización que atraviesan las mujeres para sobrevivir en la calle, también integran prácticas de consumo de sustancias, las cuales se vuelven dilemáticas cuando se entrecruzan con la dimensión de la maternidad (Castilla y Lorenzo, 2012).
No era que estaba el nene ahí y yo me estaba drogando. Cuando dormían yo me drogaba (Evangelina).
Mucha cosa de lo que ves en la calle de las mujeres es que son todas drogadictas. Por un pipazo se están subiendo a un auto. Es lo que veo yo, y lo que veía yo de mi casa. Y ahora, de verlo yo misma, de acompañar a los chicos, ellos fuman marihuana. Entrar yo a la villa y ves gente con bebés drogándose. Y te ponés un poquito en ese lugar y decís ‘fa’. Y no. Quiero mis cosas, quiero seguir siendo una mujer. Hacés una de la calle y fuiste. Vas a terminar violada o cualquier cosa. […] son re barderas. Te quieren apuñalar por cualquier cosa. No comen, todo el tiempo drogadictas (Romina).
En el caso de mujeres que son madres y consumen, los procesos estigmatizantes se ven aún más profundizados. Comienzan a operar imaginarios en relación a la maternidad y lógicas tutelares para el abordaje de la niñez. En situaciones extremas, las mujeres en situación de calle se encuentran más vulnerables respecto de su salud y bienestar, y presentan una mayor exposición a situaciones de violencia (Arana y Germán, 2005), tanto física y sexual como simbólica. En ese aspecto, la violencia simbólica se sustenta en los estereotipos que reproducen la dominación y desigualdad en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer (Ley 26.485). Se destacan múltiples sentidos en relación a la maternidad y “femineidad” que entran en tensión y contradicción con prácticas de consumo de sustancia psicoactivas de las mujeres y formas de cuidados del cuerpo y de los/as hijos/as.
Las salidas de la calle
¿Cómo pueden estas mujeres que atravesaron experiencias de dolor, marginalidad y abandono del Estado imaginar otros mundos posibles? ¿Salir de la calle formaría parte de un destino? Aparece en la mayoría de los relatos como un desenlace de la trayectoria, ya sea en forma vivida o anhelada en un futuro.
Yo quiero salir adelante (Susana).
Fui a un hogar una vez hace muchos años. Pero eso fue un tropezón. No estuve tan así como ahora. Estuve dos meses no más ahí, que fue en provincia. […] Porque yo me moría si me quedo estancada. Siempre por una situación, pero para salir (María).
Las ideas de “salir de la calle” y “salir adelante” se reiteran en la mayoría de los relatos, y son metáforas que operan en lo espacial, creando un territorio que implicaría estar dentro–fuera / detrás-adelante. En ese sentido, cabe preguntarse qué horizonte se visibilizan por fuera de la calle.
Salí de la calle. No me drogo más (Alicia).
Poder tener una habitación por acá en un hotel. Y vivir dignamente, medianamente como se lo merece una persona (Susana).
Para estas mujeres salir de la calle significa: poder alquilar un cuarto, trabajar, cobrar la jubilación, “no drogarse más”, poder estudiar, no vivir más en un hogar del gobierno, no tener que ir a un comedor, no sufrir más agresiones, no depender de otros para subsistir, recuperar su salud. En este aspecto, la salida de la calle se dará, según ellas manifiestan, en la medida que cesen de experimentar las diversas situaciones de violencia que presenta la calle. Es decir, esta “salida” no se reduce a una decisión individual sino a que estén dadas las condiciones para que sean restituidos los derechos vulnerados de las mujeres y sus hijos/as.
Reflexiones e interrogantes
Los relatos de las experiencias de estas mujeres interpelan constructos en relación al género, la subjetividad y la sexualidad, en tanto cuestionan ¿qué es ser una mujer? Y esta es claramente una construcción en constante devenir, ya que muta respecto a sus escenarios, posibilidades y necesidades de supervivencia. Para pensar entonces en relación a la producción de subjetividad y género resulta interesante retomar las categorías de feminidad y masculinidad como posiciones relativas que están más o menos representadas en las anatomías de hombres o mujeres (Segato, 2003) en un sistema binario heteronormativo de la sexualidad y el sexo. En el caso de las mujeres con experiencia de vida en calle se ha observado una cierta movilidad performativa en relación a las coagulaciones de sentido respecto de los géneros. Como expresa Butler (2006), el género se desplaza más allá del binarismo naturalizado. Estas performances están asociadas a lo masculino como violento, lugar de control y ejercicio del poder. ¿Cómo pueden, si no, las mujeres sobrevivir en este territorio masculinizado que es la calle? Por un lado agrupándose con otros, muchas veces varones que detenten estos atributos y prácticas, o realizándolas ellas mismas.
Estas performances, actos de apropiación y conductas que no serían esperables de las mujeres también antagonizan con ciertos discursos hegemónicos que ellas mismas reproducen respecto a roles estereotipados de las mujeres, la feminidad y la maternidad. En este punto, la realidad las desafía para ver hasta dónde pueden sus cuerpos más allá del lenguaje y de los discursos normativos. Esta subversión de la hegemonía masculina las ubica en un lugar de poder, a veces impensado en otros escenarios cotidianos por fuera de la calle. ¿Tal vez haber transitado estos procesos les permita pensar que son capaces de formularse otros futuros, por fuera de la marginalidad? Se puede pensar, con ayuda de Butler, que se trata de mujeres que se están haciendo continuamente con desaciertos, fallas, logros y conflictos en estas trayectorias en tensión entre la sujeción y la libertad, la autonomía y heteronomía.






