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6 Los recursos de la calle

Las mujeres en situación de calle utilizan diversos tipos de recursos para la subsistencia, algunos ya instituidos, como los que proveen las instituciones de asistencia, y otros que se van construyendo a partir de las relaciones sociales. Su vida cotidiana está marcada por esas actividades, que transcurren en el espacio público, aunque también con la presencia de redes y lazos sociales que exceden las fronteras de la calle y suceden tanto dentro como fuera de ella.

Las percepciones de las mujeres en situación de calle acerca del territorio que transitan diariamente se caracterizan por el trazado de un límite espacial entre el “adentro” y el “afuera”. Estos corresponden a construcciones simbólicas paradojales: el primero alude al espacio físico de la vía pública y los lugares que pueden ser utilizados para el pernocte y estadía cotidiana (plazas, autos abandonados, cajeros, puentes, locales abandonados, etc.), así como las instituciones de asistencia, y el segundo presenta una polisemia en tanto se relaciona con lo que cada una de ellas interpreta como “salida” de la situación de calle que generalmente la relacionan con “tener un lugar propio”.

Lo cotidiano

Caminar, hacer la fila, ir al comedor a desayunar y bañarse, juntar mercadería, buscar dónde dormir, cuidar coches, son actividades necesarias para sobrevivir. En algunos casos, como los de María (64 años) y Romina (27 años) organizan gran parte de su día respecto al recorrido institucional:

Me levanto por ejemplo a esta hora [8 am]. Cuando hay días de baño me doy una ducha. Estuve una hora en la ducha. Y desayuno una manzana. O un pan con mate cocido porque estoy a dieta por la diabetes. Estoy con Metergolina. Estoy con Levotiroxina en ayunas. Entonces de acá me voy de mi pareja. Voy y lo hago desayunar. Lo tengo durmiendo en un coche. Entonces como dormimos incómodos durante la noche, así todos doblados, de acá y de allá. Viendo donde poner las piernas. Tengo las piernas negras, de los moretones, las patadas. Y después durante el día, salimos a una plaza. Juntamos cosas de la calle. Yo cuido así a veces coches. Me quedo en alguna parada. Limpio los vidrios. Todo a voluntad. Y bueno, ahora está lloviznando así que no podemos hacer nada. Juntamos cosas de la calle. Y nos metemos a los mercados a venderlas. Antigüedades, aritos, ropa. Y después vamos a algún comedor, o sino comemos en la calle. Y planificamos así hacer cosas durante el día para poder sobrevivir (Susana).
Bueno, me levanto temprano digamos para salir a las 8 de la mañana para madrugar. Porque en el invierno como peligra, es muy oscuro. Voy a un comedor que siempre hay que estar antes de horario. Tengo ese día baño. Si tengo baño, después como. Y el día que tengo que hacer un trámite, voy (María).
Caminando o alguno de los chicos tiene pase de discapacitados. Y ese es uno de los chicos. Somos cuatro y otro de los chicos que se hizo el típico trucho. Para viajar, sino no viajamos. Y después de ahí empezar a recorrer. Después hay otro para ir a comer tenemos allá en la Boca. Son dos comedores y ahí vamos a comer. Ya venimos caminando y ya los pibes se llevan la pelota. Vamos a la costanera a jugar a la pelota yo me llevo un par de frutas. Y después venir por acá, ellos siguen jugando a la pelota (Romina).

En la calle se presentan algunas especificidades para la realización de tareas vinculadas a la satisfacción de necesidades básicas. Al tener escasos o ningún recurso económico, varias de estas mujeres dependen de servicios sociales proporcionados por el Estado (GCBA y Nación) y por Iglesias y ONGs. Estas instituciones, que brindan asistencia respecto a necesidades básicas a personas en situación de calle, forman parte del circuito de calle con sus comedores, paradores, hogares, iglesias, roperías, duchas y recorridas solidarias.

Los circuitos de las mujeres relevadas se desarrollan en San Cristóbal, Monserrat, San Nicolás, San Telmo, Retiro, Balvanera, Constitución, La Boca, Puerto Madero/Costanera Sur, Balvanera, Retiro y Congreso; con menor frecuencia en Belgrano, Palermo y Almagro. Esta concentración se relaciona con la cercanía al centro de la ciudad, la movilidad y la disponibilidad de recursos del Estado y de la sociedad civil.

Los recursos del Estado

Los recursos sociales percibidos por las mujeres entrevistadas son diversos y varían según su edad, cantidad de hijos/as, y sus edades y compatibilidades con otras prestaciones. Se entrecruzan distintos tipos de recursos sociales: algunos destinados a la población en general, otros a mujeres que no tienen empleo formal y otras específicamente para personas en situación de calle en la CABA.

Respecto de las prestaciones específicas para esta población otorgadas por el GCBA, se observó que la mayoría de las entrevistadas cobraba el Subsidio Habitacional para Familias en Situación de Calle y el Ticket Social/Ciudadanía Porteña. También, que con el objetivo de extender el cobro del subsidio habitacional, algunas de ellas se encontraban gestionando un recurso de amparo (otorgado a través de la gestión de una medida cautelar por una orden judicial que insta al GCBA a pagar una cuota mensual del subsidio habitacional por un período de tiempo estipulado, que varía según la sentencia).

Los otros recursos sociales mencionados por las entrevistadas fueron la Asignación Universal por Hijo (aunque muy pocas lo cobraban y se pudo observar la existencia de para el acceso a esta prestación) y la pensión por madre de siete hijos (que sólo cobraba una de las mujeres). Una de las entrevistadas se encuentra realizando los trámites de jubilación y dos se encontraban alojadas en un hotel subsidiado por la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF).

Respecto del Subsidio Habitacional, se observó que para las mujeres entrevistadas se percibía como la posibilidad de una salida del pernocte en calle. Sin embargo, como dijo Gisel (29 años), este tipo de recurso sólo interviene provisoriamente y la suma recibida no es suficiente para afrontar los gastos de hospedaje de varias personas.

El subsidio habitacional me lo dieron ellos. Lo que más me costó fue encontrar un lugar donde te acepten con chicos, que es lo que le pasa a todo el mundo. […] Con la cuestión que a veces se retrasa con el pago. Y la gente si sos nuevo en un lugar tampoco te va a aguantar. Y bueno, de ahí estuve, primero alquilé en un lugar reducido, chiquito. De ahí fui a alquilar al hotel en el barrio de San Cristóbal. El hotel es un desastre ese lugar. No nos sentimos cómodos, muy invadidos (Gisel).

Además, varias habían realizado cursos de formación con una prestación económica denominada “Formación con Inclusión para el Trabajo”, por el cual el GCBA abona una cuota mensual a personas que realizan cursos en instituciones que denominan “conveniadas”. Sin embargo, no se registró todavía el alcance de ningún programa para el acceso al empleo.

Y ahora estoy haciendo costura y me anoté en otro curso de ayudante de cocina. Y me ayuda, son $225 por mes, que me empiezan a pagar recién el 15 de noviembre, durante dos años. Los primeros los voy a agarrar estando en la calle (Susana).

La burocratización

La gestión de estos recursos sociales que propone el GCBA para estas mujeres no siempre es sencilla:

Y, sí de todo eso que dice que me pertenece y por alimento muchas veces me dicen “señora puede ir”. Me dicen que una asistente social me puede hacer, pero siempre es un problema. Me dan vuelta con una cosa. Una sola vez que fui, fui a verlo porque de acuerdo la fecha me dice “no, tiene que esperar que el sistema…”. Al final me citaron y tampoco cobré (María).

El transitar por estos dispositivos de asistencia supone acatar ciertos requerimientos y condiciones (tener dirección en la CABA o dos años de residencia comprobable, en el caso del subsidio). Carla (35 años) dice que “el subsidio me fue negado” por no tener dirección en la CABA, al igual que le sucedió a Alicia (22 años). Esto implica que no califican para el ingreso al programa que otorga dinero mensual para el alquiler de una habitación. También presentan dificultades en términos de “compatibilidades” entre los beneficios sociales de GCBA y Nación. Como le sucede a Ana (51 años), las mujeres que perciben el Programa de Ticket Social/Ciudadanía Porteña y el Programa Nuestras Familias no pueden recibir la Asignación Universal por Hijo.

No cobro nada más. Nada más. Dicen que no me pueden dar como yo tengo una pensión… En realidad necesito ayuda porque yo estoy criando también a mi nieto. No cobro nada todavía porque a él recién le están por hacer los documentos, así que…, bueno, está más complicado (Ana).

Los recursos sociales destinados a la población en situación de calle se presentan como una “ayuda” para paliar las situaciones de precariedad material y económica que atraviesan. Sin embargo, para obtenerlos, las mujeres deben invertir gran parte de su esfuerzo y tiempo y sortear diversas trabas burocráticas. Se observa, entonces, que para lograr obtener estas “ayudas” es necesario desarrollar cierto saber respecto de los recursos. Y en el caso de las gestiones de recursos de amparo involucra también el conocimiento del funcionamiento del Poder Judicial, conseguir informes de profesionales que registren y expresen su historia de vida y, como en el caso de Susana y María, realizar diversos estudios de salud y poder contar con las respectivas constancias.

Todo esto lleva a que algunas mujeres en situación de calle se hayan convertido en expertas en los recursos sociales, pero para otras estas instituciones se tornan en un laberinto caótico (Marchese, 2006), ya que las gestiones se vuelven habituales y pueden demorar varios meses, y generan sensaciones de frustración que las lleva a la pasividad en la espera de una respuesta (Rosa y García, 2009).

Dispositivos de alojamiento nocturno

Los paradores son dispositivos transitorios de hospedaje que provee el GCBA, pero las mujeres pueden acceder en sólo uno de ellos para pernoctar con sus hijos/as pero no con sus parejas (en el caso que sean varones), y la vacante se renueva diariamente. Esto implica que no tienen el lugar asegurado para la noche siguiente, depende de la disponibilidad de camas y su lugar en la fila de ingreso al parador. El GCBA cuenta con un hogar para mujeres en situación de calle con hijos/as, y en este caso las vacantes se conservan por un tiempo estipulado y hay mayor flexibilidad en los horarios de ingreso/egreso. La admisión a este hogar no es sencilla y tiene vacantes limitadas. También existe otro dispositivo que presenta una modalidad intermedia entre ambos y es el único que admite familias en sus diversas formas. Además, hay algunas instituciones religiosas “conveniadas” con el GCBA que se encuentran dentro de esta red de hospedaje disponible para las mujeres.

Las entrevistadas relataron diversas experiencias y apreciaciones, tanto positivas como negativas. Alicia contó su experiencia en un parador al que concurrió pocas veces, que sólo se habilita durante el Operativo Frío (el dispositivo implementado por el GCBA para prevenir problemáticas relacionadas a las bajas temperaturas en la población de calle. Se realiza de mayo a agosto cada año e involucra mayor presencia en calle de programas de asistencia y más cupos en los paradores):

Dormían las mujeres con las mujeres, los hombres con los hombres. Siempre iba con una amiga ahí. Con una compañera. Iba un día después un mes no, después una semana. Me gustaba ir allí porque me bañaba, dormía, me acostaba a dormir. Y por otro no, porque nos levantaban temprano (Alicia).

Para poder ingresar a un parador/hogar es necesario acatar las normas institucionales, tales como: hacer fila, llegar a horario y no ingresar bajo el efecto de sustancias psicoactivas. Estas condiciones y requerimientos presentan diversos obstáculos para muchas de las mujeres. Tal fue el caso para Susana y para Alicia, por eso eligen no pernoctar en los paradores diariamente.

Voy a un parador del Gobierno y otro de la iglesia. Me vuelvo a la calle porque hay cosas que me prohíben a mí. Como hacer mi plata para fumarme un cigarrillo. Y tengo que laburar porque no me la da nadie. La gente en la calle me ayuda. Los hogares te ayudan pero te restringen. Si querés fumar un cigarro a las 10 de la noche no podés. Hay limitaciones (Susana).

Los paradores mencionados, tienen una disposición transitoria por un corto período de tiempo, a diferencia de los hogares. Jazmín (23 años) relata que desde los 12 años ha estado transitando distinto hogares, y que siente una gran diferencia desde que es madre, ya que los establecimientos son “más lindos”. También menciona las complicaciones de convivencia con otras mujeres y sus hijos/as, y no ve la hora de tener un lugar propio. Es de destacar que ella también ha entablado un vínculo particular con la coordinadora del hogar, lo cual le ha facilitado su estadía en el establecimiento.

El circuito, ¿un círculo vicioso?

Varias investigaciones con personas en situación de calle han resaltado, que para muchos, el circuito de calle se convierte en un círculo vicioso del cual les es muy difícil salir, en tanto crea una dependencia a ese sistema de asistencia (Biaggio, 2011). Sin embargo, en el material empírico del presente estudio se observó que las mujeres entrevistadas no habían desarrollado dependencia con las instituciones de asistencia. Por el contrario, se puede afirmar que la utilización de los recursos y su inscripción institucional es realizada en forma crítica, y eligiendo (en base a una oferta acotada) a qué lugares ir y cuándo. Las redes del circuito forman parte de un conjunto de recursos disponibles para las mujeres, pero no son los únicos. Las trayectorias institucionales realizadas podrían definirse como funcionales y participativas, con un despliegue relativo de autonomía (Litichever, 2009).

Recursos fuera del circuito

Además de los recursos sociales destinados a las mujeres en situación de calle, hay instituciones que en muchos casos funcionan como redes de sostén y apoyo para ellas: espacios de militancia, organizaciones sociales, religiosas, educativas o de salud. Por ejemplo, Ana tiene varios espacios de apoyo emocional, en principio con una amiga, y también de una ONG, en la que realiza talleres y emprendimientos productivos:

Desde ahí entonces conocí a estas chicas de acá. Y primero hacíamos una chocolatada ahí donde dormíamos en la calle. Y después ya empezamos a hacer talleres, solamente las mujeres. Porque los hombres venían, se iban a jugar a la pelota y nada más. Nada más que eso. En cambio nosotras nos quedábamos ahí. Conversábamos, charlábamos de nuestros problemas. Y veían que podían solucionar y así. Bueno y muchas veces me solucionaron el problema, me ayudaron (Ana).

Para Ana el acercamiento a esta ONG y participar de los encuentros la ayudó a sostenerse emocionalmente frente a distintas situaciones, a resolver problemas de salud y también, a salir de la calle. Jazmín, por su parte, dijo que hacía cinco años que realizaba actividades de militancia política, de las cuales disfrutaba enormemente:

Yo milito. Yo milito en una agrupación política. […] Hacemos trabajo barrial, hacemos […] Yo doy apoyo escolar […] De vez en cuando salidas con los chicos a Tecnópolis (Jazmín).

En este espacio de militancia, Jazmín encontró la posibilidad de tejer redes barriales en el territorio en el que ya vivía en ese momento. A su vez, le permitió correrse de ser objeto de asistencia e intervención, y convertirse en una sujeta que es reconocida en su saber-hacer por otros/as. Este espacio de construcción colectiva genera en ella otras posibilidades subjetivantes, que transita con mucha alegría.

Rebuscárselas

Las actividades para conseguir ingresos económicos son diversas, y de acuerdo a las posibilidades personales de cada una de las mujeres y del contexto.

[…] cuando yo también tenía mis chicos salía a la calle. A rebuscármelas yo. Salía a pedir por los negocios todo, para tener para comer (Ana).

Rebuscárselas implica buscar recursos donde parece no haberlos e inventar estrategias para sobrevivir. Entre los relatos recabados el “pedir”, aparecía en algunos casos como un lugar común y en otros como la última opción, asociada a un sentimiento de vergüenza. Y se observó una tensión entre esta forma de rebuscárselas y generar el propio ingreso. El segundo estaría relacionado con sentidos más positivos para estas mujeres; así se observó, por ejemplo, en el relato de Evangelina (35 años). También, aunque en pocos casos, se registró que las mujeres en situación de calle logran tener recursos económicos mediante trabajos informales:

Lo peor era pedir. Pedía en los súper y era: “señora, ¿tiene una moneda?”. Y después me cansé (Gisel).
Cuido coches. […] La plata que hacemos la usamos para comer, para dormir (Susana).
Hago malabares en el semáforo (Evangelina).
Cuido un nene y limpio. Soy empleada doméstica. Antes no trabajaba, y cuando no trabajaba estaba todo el día acá en el Hogar. Algunos días hay actividades, pero sino estaba todo el día acostada. No tenía nada de nada. Hasta que me puse las pilas y salí a buscar laburo (Jazmín).

En estos últimos testimonios se pudo observar que la posibilidad de generarse el propio ingreso producía efectos dignificantes entre las mujeres. Y también es interesante destacar que, discursivamente, tener un empleo, aunque sea informal aparece en el relato no solamente en relación al “hacer”, sino también al “ser”. En este aspecto, el empleo la nombra a Jazmín de otra manera y genera otros sentidos en relación a su cotidianeidad en el hogar donde vive.

Lazos sociales

En la búsqueda de recursos para intentar satisfacer sus necesidades, algunas estrategias, como las institucionales, aparecen más visibles; pero también se visibilizan otros lazos que habilitan fuentes de subsistencia para muchas mujeres:

Y después encontramos a un farmacéutico. Y era así la entradita de una farmacia. Y te para el viento, agua, te para todo. No pasa nada ahí en ese rinconcito. Entonces hablamos con él una noche que yo tenía la muela así, para ver si nos podía dar un calmante por favor. Y le decimos: “acá señor, ¿duerme alguien de este lado?”. “No, chicos, por favor. Vengan acá. Yo a las ocho y media cierro”. Y fue una bendición porque justo estaba enfrente de una estación de policía. Y era como más tranquilo. Porque al mismo tiempo en la plaza, ahí a una cuadra, había una gente durmiendo que se había hecho como una casilla. Y nos guardaban los colchones y las frazadas. Entonces estábamos tranquilos que a la noche volvíamos y teníamos. Porque si lo dejás por ahí te lo roban. Así hacíamos eso, todos los días. […] Y el día que salimos a alquilar, siempre nos daba una mano el tipo de una mueblería que está al lado. Y ese día salimos, y nos dice: “chicos, tomen 1.000 pesos, arranquen”. El tipo un amor, con un aprecio. Un montón de gente la verdad que uno veía que andaban tirados, chupando. Teníamos ganas de salir, y salimos. Y también nos cruzamos con gente muy buena (Gisel).

Se pudieron visibilizar la diversidad de redes que implementan las mujeres en situación de calle, que funcionan como recursos materiales y también de apoyo emocional. En ese sentido, se destaca que a pesar de haber perdido el vínculo con otras instituciones que frecuentaban antes de la entrada a la calle, han podido desarrollar procesos de reafiliación social (Bachiller, 2010). Estos procesos tensionan la situación de vulnerabilidad social y generan nuevos recursos y también estrategias para comenzar a proyectar la “salida” de la calle.

Compañeros/as de calle

Ninguna de las entrevistadas dijo haber transitado la totalidad de su experiencia en calle sola, si bien tuvieron momentos en los que no contaban con ninguna compañía. En la mayoría de los casos (seis de las nueve entrevistadas) estuvieron acompañadas por personas con las que tenían un lazo previo, como hijos/as, y en otros por nuevas relaciones que fueron trazando; inclusive, tres de ellas habían conocido a sus parejas en la calle. Los grupos que se conocen como “ranchadas” son, para algunas de estas mujeres, un espacio que aparece ligado a la protección, contención y alegría, mientras que otras los asocian al consumo de sustancias.

Nos seguimos riendo. Y así típico de pendejos. No nos llevamos mal en ningún momento. Y si nos llevamos mal, cada uno por su lado, otro por el otro. Por ahora conmigo está todo bien. Aparte me entienden como soy. Así (Romina).
Si los seguía viendo me iba a seguir arruinando la vida. Porque la clase de amigos que yo tenía en la calle, todos se drogaban. ¿Me entendés? Tampoco los voy a discriminar. Yo también estuve en la calle. A veces voy para Retiro. Hablo con ellos, todo. A veces, pero desde que dejé de consumir no es lo mismo (Alicia).

A las otras personas que se encontraban en la calle, con las que no tenían vínculo previo ni habían entablado una relación significativa, las entrevistadas las mencionaron como “compañeros/as de calle”, porque no consideran que se trate de una relación de amistad.

Sí, entre comillas tengo un montón de amigos de todos lados. […] Y porque la amistad es otra cosa. Sería fidelidad, digamos, respeto. […] No, bueno, porque he aprendido a conocer a mucha gente. Porque yo soy muy conversadora. Una porque me gusta hablar de Dios. Otra porque conozco también a las personas. Así también aparte no desmerezco a nadie. Nada más que una amistad verdadera es otra cosa. Uno tiende una mano en la necesidad (María).

En el caso de María, estas “amistades” le permitieron evitar el pernocte en la calle y tener un techo donde dormir. La estrategia de agrupamiento aparece en términos positivos en determinadas situaciones pero, como señaló Alicia, para ella romper con algunas relaciones funcionó como un mecanismo de protección frente a los hábitos del consumo de sustancias psicoactivas.

La hermandad/sororidad de la calle

Se observó que distanciamiento de algunas personas que eran significativas para las entrevistadas antes de entrar en la calle y la identificación con quienes estaban atravesando experiencias similares, generaba sentimientos de exclusión del “resto de la sociedad” y pertenencia a la marginalidad. Varias manifestaron sentir simpatía y querer forjar relaciones de solidaridad con otras personas en situación de calle.

Dormíamos en una especie de casilla en la plaza y nos las arreglábamos. La gente de los negocios nos daba comida, los vecinos también y la misma gente de la calle nos re ayudaba. Los que están en la calle te dicen: “ahí te podés bañar, ahí podés comer”. Es como una hermandad (Carla).

En la etnografía realizada por Spradley en los años setenta en Estados Unidos describía lo que denominó “brotherhood of the road” (hermandad de la calle), que estaba compuesta por códigos de reciprocidad y camaradería (Spradley, 1988). Si bien se advirtió que no se trataba de un grupo como totalidad o un colectivo, ¿cómo pensar las lógicas que atraviesan a estas mujeres y generan sentimientos de pertenencia? Ahora bien, la experiencia en calle se expresa diversamente. Las mujeres entrevistadas reconocían en las otras personas en situación de calle gestos de solidaridad hacia ellas, que lo expresaron en términos de “hermandad”, sin embargo no utilizaron esta expresión respecto al conjunto de instituciones asistenciales a las que concurrían. La diferencia está dada en la posición que ocupan los distintos grupos y sujetos en la estructura social. Se trata de distintas topologías de poder: mientras las instituciones operan desde la verticalidad, la hermandad/sororidad de la calle funciona en la horizontalidad.

Redes, relaciones sociales y salud

En el caso de los vínculos familiares, a través de los testimonios recabados se observaron algunas particularidades. En algunos casos la experiencia en calle aparecía como una ruptura relacional, mientras que en otros se sostenía el vínculo. Romina y Susana, por ejemplo, no tenían contacto con su familia de origen o amigos/as. En ambas, estas desvinculaciones eran significadas en términos de pérdida.

Tengo conocidos, y después con mi pareja nada más. No tengo contacto con ningún familiar (Susana).
Nadie de mi Facebook sabe cómo estoy y gente de mis parientes nada de nada (Romina).

Entre las que seguían manteniendo contacto con su familia de origen y amigos/as, se observaron diversos matices en su relación. María, por ejemplo, dijo que tenía contacto telefónico frecuente con sus hijos/as y nietos/as pero ellos/as no sabían de su situación, que prefería no contarles para “no preocuparlos”. Jazmín, por su parte, tenía una relación cotidiana con su familia, que sin embargo no sentía que fueran un gran sostén:

Los padrinos de mi hija me ayudan con las cosas de mi hija. Y mi vieja, estamos así, pero me ayuda también con mi hija. Me la cuidan. No estoy sola pero tampoco estoy muy acompañada, intermedio (Jazmín).

Estos cambios en los modos de vincularse se relacionan con la dinámica que propone la situación de calle y los sentidos asociados a la experiencia. También se asocian a procesos migratorios que produjeron alejamientos significativos y se han registrado distanciamientos forzosos, tema que se profundizará más adelante.

¿Ruptura de los lazos sociales?

En el relato de la vida cotidiana de las mujeres consultadas se pudo observar diversa variedad de relaciones sociales. Muchas de ellas tenían un desarrollo histórico, previo a la experiencia de calle, algunas se sostenían durante la misma y otras estaban interrumpidas. Si bien varias de habían atravesado conflictos relacionales que las habían acercado a un proceso de mayor vulnerabilidad, durante su experiencia en calle pudieron establecer nuevas relaciones y redes, y sostener muchas anteriores.

Como ya se ha mencionado, varios estudios sostienen que la fragilidad en los lazos sociales, las rupturas relacionales, los conflictos familiares son situaciones clave que configuran parte del entramado del acercamiento a la experiencia en calle. Ahora bien, ¿se trata de ruptura de los lazos sociales o de una transformación?

A pesar de haber atravesado algunas rupturas, en las entrevistas realizadas se observó que todas las mujeres habían generado distintos vínculos dentro y fuera de la calle. También, a partir de la situación de calle, habían transformado la forma de vincularse con amistades y familiares. Menéndez (2009) nos permite problematizar estas conceptualizaciones, y propone atender a la resignificación y expansión nuevas relaciones sociales en los espacios cotidianos en las que se producen y no sólo centrar la atención en las que se erosionan o desaparecen.

Las redes y lazos sociales se construyen en distintos niveles: de los sujetos, de las instituciones y de la estructura social (Menéndez, 2009). Esto implica relaciones de clases sociales, de género, de poder, de opresión, y considerar el contexto de producción, reproducción, modificación, desaparición y erosión de las relaciones sociales. El presente estudio no se presentó como totalidad para la comprensión de las redes y lazos sociales de las mujeres en situación de calle, ya que solamente se encuentra centrado en el punto de vista de las actoras sociales. Sin embargo, desde esta perspectiva, se observó el gran despliegue de relaciones, que ponen en tensión los procesos de desafiliación social.

¿Pura supervivencia?

Como vimos, las mujeres han ido ideando distintas formas para sobrevivir en la calle, ya sea con la utilización de las redes de asistencia instituidas o la estrategia de agrupamientos o ranchadas. Pero también se observó una combinación de distintas estrategias, como ha sido destacado también en otros ámbitos: “Un fenómeno que caracteriza a las ciudades latinoamericanas lo constituyen los denominados ‘niños de la calle’, cuya capacidad organizativa ha posibilitado en gran medida la supervivencia de sus miembros por lo menos durante un determinado tiempo, dada su limitada esperanza de vida” (Menéndez, 2006, p. 162).

En algunos casos estas nuevas relaciones y redes funcionaban en términos de recursos y apoyo tanto materiales como afectivos y facilitaban poder crear condiciones de posibilidad para ensayar “salidas” de la calle. Sin embargo, esto no implica que todas las redes y lazos sociales que desarrollan las mujeres en situación de calle se realicen bajo un principio de supervivencia, ya que intervienen una multiplicidad de atravesamientos y situaciones.

Por el contrario, según se observó en los testimonios, estas mujeres sostienen distintos lazos afectivos y actividades ligadas con el placer, como la militancia, ir a la iglesia, concurrir a talleres de capacitación, hacer ejercicio. Asimismo, aún respecto a las instituciones del denominado circuito de calle, tampoco su concurrencia siempre responde a una necesidad básica. Tal es el caso de Susana, quien planteaba que ella conseguía mejor comida en la calle que en el comedor, pero prefería ir ahí porque le atraía “comer con gente en una mesa”. En este aspecto, las instituciones del circuito también funcionan como espacio para la sociabilidad.

La mala junta

La premisa que sostiene que todas las redes sociales son “buenas para la salud” respecto al p/s/e/a/c (Menéndez, 2009), en el sentido que actuarían como “factores protectores” frente a situaciones adversas, son refutadas por las experiencias recabadas. Si bien este enunciado tiene cierta validez, no constituye un axioma universal.

En primer lugar, se observó cómo, en mujeres que experimentaban violencias en sus hogares, acudieron a la calle en busca de salud mental (Botelho et al., 2008). En ese aspecto, las relaciones familiares que mantenían constituían factores sumamente dañinos para su integridad física y emocional. Las rupturas relacionales implicaron poder situarse en un escenario más seguro.

A su vez, algunos los lazos afectivos, entre ellas y sus parejas/ compañeros/as de calle, funcionaban en términos de obstáculo para la “salida” de la calle. Evangelina relató sus situaciones de consumo en la ranchada y lo atribuyó a “la junta”, que eran en su mayoría mujeres con sus hijos/as al igual que ella. En ese aspecto, las relaciones se convirtieron en facilitadores para el consumo abusivo de sustancias psicoactivas. En estos casos las mujeres eran conscientes que esas relaciones eran negativas para ellas, sin embargo había otros sentidos afectivos y también temores a encontrarse solas en la calle.

Utilización estratégica de los recursos

En este apartado se ha desarrollado la diversidad de redes institucionales e interpersonales que las mujeres en situación de calle desarrollan y utilizan de manera estratégica. Cabe recordar que sus relaciones sociales se inscriben en un contexto de marginalidad y exclusión social atravesado por dimensiones de género en el que encuentran desventajas históricas respecto de los varones. Sin embargo, se destaca cómo esta situación de exclusión no es total y las mujeres sostienen lazos previos a la situación de calle, como así también producen nuevas relaciones con instituciones y personas de diversos contextos sociales. Por ende, la situación de calle crea condiciones de vulnerabilidad, pero no determina la ruptura de lazos y el aislamiento. En ese aspecto, se observa el conflicto entre los procesos de desafiliación-reafiliación y la transformación de las relaciones sociales. Por último, se destaca el papel de las relaciones sociales en términos de recursos materiales y afectivos en el contexto de calle y fuera de él. A su vez, esta multiplicidad de recursos devino un insumo importante a la hora de implementar estrategias de cuidado y atención de la salud, como se desarrollará en el capítulo siguiente.



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