En este capítulo se desarrollarán aspectos específicos al p/s/e/a/c de las mujeres desde sus propias perspectivas. Se comenzará por describir los distintos padecimientos y problemas que afectan su salud, luego se trabajará sobre cómo narran y significan esta experiencia y, por último, las estrategias que utilizaron para intentar curar, resolver, prevenir y cuidar de su salud.
Las cuestiones que las mujeres perciben como que afectan su salud y la de sus familias, en el contexto de la situación de calle, varían de acuerdo a sus historias de vida y momentos vitales; sin embargo, se han podido relevar distintos patrones que insisten.
Padecimientos, enfermedades y malestares
Con respecto a los padecimientos físicos se observó en las mujeres entrevistadas enfermedades crónicas como anemia, diabetes e hipertiroidismo. También, afecciones estacionales relacionadas con el sistema respiratorio (bronco espasmos), enfermedades de transmisión sexual (sífilis) y, como en el caso de Ana (51 años), sintomatologías con diagnóstico indefinido:
Lo que tengo cada dos por tres es el estómago, que no sé qué es lo que es. Me empieza a doler la boca del estómago, empiezo a devolver. Quiero estar adentro y me tira la cama (Ana).
Es de destacar algunas continuidades entre la información que brindaron las entrevistadas y la población en situación de calle en la CABA; los datos cualitativos son consistentes.
Según la sistematización realizada por Médicos del Mundo (2010) los problemas de salud de la población en situación de calle más prevalentes son: enfermedades de la piel y el tejido subcutáneo, enfermedades del sistema respiratorio y enfermedades del sistema osteomuscular. Como han señalado diversos estudios, la situación de calle aumenta la susceptibilidad frente al desarrollo de enfermedades y afecciones. Esto, en parte, se relaciona con las circunstancias en la que las personas en situación de calle desarrollan su vida cotidiana. En el caso de las enfermedades respiratorias, además del carácter estacional que afecta a la población en general, también influyen fuertemente las condiciones materiales de vida, por lo que las mujeres en situación de calle son más vulnerables a las variaciones climáticas.
Cinco entrevistadas, como Romina (27 años), manifestaron haber padecido malestares odontológicos, y en particular infecciones, como experiencias de extremo dolor que las llevaron a situaciones críticas:
Tengo un flemón. Tengo toda la muela toda picada, que ya se me terminó de partir la muela y en el hospital me dijeron que tenía que matar la infección para que me la puedan sacar. Tengo toda la parte del oído, la garganta y la muela, todo inflamado (Romina).
Cabe señalar que la demanda por problemas dentales es una de las más frecuentes en la población en situación de calle y se encuentra relacionada con no contar con condiciones de higiene necesarias para el cuidado de sus dientes. Otros factores que se registraron en la prevalencia de este tipo de dolencias es la escasa cantidad de instituciones públicas que brinda servicios odontológicos, la falta de conocimiento por parte de la población respecto de ellas, y la dificultad y demora para conseguir turnos.
Ahora bien, se plantean algunas diferencias al respecto de otras investigaciones ya que la presente muestra sólo comprendió mujeres, y por ende han sido plasmadas problemáticas que competen a este grupo social, tales como dificultades en los embarazos, abortos y problemas ginecológicos. Los numerosos embarazos que atravesaron varias de las entrevistadas, como Susana (41 años), tienen un impacto en el cuerpo y en las condiciones de salud.
Tuve ocho partos normales. Un montón […] Ahora tengo una operación para hacerme, que tengo que hacerme estudios. De un quiste en el ovario izquierdo. Era un quiste chiquito, después se hizo mediano, ahora es como un saché de leche. Así que imaginate que me lo tengo que operar urgente (Susana).
Padecimientos relacionados con la salud mental
Estrés postraumático, miedos, angustias, violencias (abuso sexual infantil), y consumos problemáticos de sustancias psicoactivas, afectan a las mujeres en situación de calle. Los episodios de violencias que experimentaron transcurren en por lo menos dos escenarios diferenciados: la calle y en ámbito familiar/ “privado”. Al respecto, ya se mencionó cómo, en algunos casos, las mujeres entran en la calle en busca librarse de las violencias que percibieron en sus familias. Sin embargo, según se observa a través del testimonio de Alicia (22 años) estas experiencias dejan marcas de las que no es posible deshacerse tan fácilmente:
A veces me pasaba, me acordaba de lo que me pasó cuando era chica. No es que a veces, ahora ni pienso nada, pero antes sí. Pensaba que yo estaba en la calle, de todo lo que me pasó. […] Me hacía sentir mal (Alicia).
El recuerdo de estas experiencias vividas se encontraba presente en todos los testimonios recogidos y se percibían como causa de sufrimiento. Por su parte, los episodios violentos que relataron estaban relacionados con cuestiones concernientes a los peligros de ser mujer en calle y los temores respecto de su integridad física y sexual. A esto se suman episodios de autoagresión:
Hasta hace poco me cortaba los brazos, tengo estas marcas (Susana).
Las marcas que muestra son cicatrices que se encuentran en el antebrazo. Susana relaciona estas prácticas con lo que ella denomina “la droga”. Su dependencia a varias sustancias psicoactivas –paco, pasta base, cocaína e “inyectables” – la llevaba a que en momentos de abstinencia se pusiera muy nerviosa y se calmaba cortándose.
Como ya fue señalado, la problemática de consumo de sustancias insistió en todas las entrevistas realizadas, ya sea por la experiencia personal o por discursos frente a “la droga” y las/os consumidoras/os. En este aspecto, resulta interesante señalar que si bien las mujeres en situación de calle la consideran una problemática, no la perciben como un problema del campo de la salud. Para ellas el consumo de sustancias psicoactivas se encuentra relacionada con la experiencia en calle: “Es difícil estar en la calle sin drogarse”, dijo Susana.
Otros padecimientos mentales se relacionan con eventos traumáticos que acontecieron antes de la situación de calle. Romina (27 años) manifestó el impacto de ser sobreviviente de Cromañón, y sus secuelas tanto corporales y emocionales:
Pos-Cromañón es lo que sufrimos todos los que fuimos víctimas, que tenemos que ir al psicólogo. Tenemos que ahora bancarnos muchas cosas y delirios. Podés estar durmiendo y te despertás como temblando. Sentís como cuando estuve ahí adentro que me rasguñan las piernas, y me tengo que tapar como con cuatro cinco frazadas porque siento que me están agarrando. O estoy durmiendo con mi pareja y lo suelto de un momento a otro (Romina).
En este caso, Romina refiere que desde que se encontraba en situación de calle, seis meses antes, había interrumpido su tratamiento psiquiátrico y no estaba tomando la medicación para dormir (Clonazepam) por falta de recursos económicos para adquirirla. Esto le traía diversos malestares, que reactualizaban la experiencia traumática atravesada hacía diez años.
Otras problemáticas que afectan la salud
Por los testimonio recogidos se puede afirmar que también impactan en la salud de las mujeres en situación de calle los conflictos vinculares, las condiciones materiales de vida; las adversidades climáticas; la privación de la libertad; la separación de los/as hijos/as; el maltrato de instituciones del estado destinadas a la atención de esa población.
También te sentís mal y justo te pasan estos los del BAP, les decís como le dijo mi novio “mi novia está cagada de frio con un ataque de asma”. “Nosotros no podemos hacer nada, tenés que llamar”. No teníamos ninguna frazada, nos habían robado todas las frazadas. No nos dieron bola directamente, llamábamos y nunca vinieron, tuve que estar tapada con un cartón, con un ataque de asma casi muerta, el pendejo parado al lado mío así llorándome, diciéndome “loca, despertate” (Romina).
La accesibilidad a la salud y a las prestaciones sociales, se ve obstaculizada, en varias ocasiones, por encontrarse en situación de calle. También se observaron episodios de malos tratos por parte de instituciones de asistencia. Todo eso constituye una barrera para el ejercicio del derecho a la salud.
Problemas de salud del grupo familiar/convivientes
Las mujeres entrevistadas refirieron enfermedades musculo-esqueléticas, problemas respiratorios, consumos problemáticos, problemas de atención, bajo peso y algunas, como Jazmín (23 años) definieron las problemáticas utilizando categorías específicas:
Ella [hija de 6 años] empezó a los dos meses con una neumonía, grave, que le encontró […] Que la mitad del pulmón derecho no le funcionaba, que nació así. Y es una nenita con inmunodeficiencia respiratoria. […] Y también tiene un problema en la sangre, que se le hacen moretones y se lesiona a veces jugando. Tiene problema de glóbulos, y está cada vez sacándole sangre, transfundiéndole. Ahora está más tranquila, hace 4 meses que no hacemos nada. En verano la pasó muy mal, estuvo en terapia intensiva (Jazmín).
Se observó en varios casos, en relación a padecimientos crónicos, la apropiación del discurso biomédico a la hora de su enunciación. Mario Pecheny (2009) describe este fenómeno como proceso de expertización, que implica un “aprendizaje subjetivo derivado de la convivencia con una patología o cuestión de salud, se materializan en un ‘capital de paciente’, tanto a nivel de recursos como de conocimientos” (Pecheny, 2009, p. 5).
Problemas relacionados con la situación de calle
La calle tiene fuertes impactos sobre la salud de las mujeres, por un lado agravando condiciones preexistentes, y también propiciando la aparición de nuevos padecimientos. Susana expresó que sus afecciones crónicas, en adición a su edad, parecerían sobredimensionarse en el contexto de la calle, y Romina describió cómo había complejizado su problema respiratorio y qué diferencias observaba.
La calle afecta mi salud porque estoy enferma. Si tuviera 20 años creo que volaría como vuelan las chicas como el viento (Susana).
Cambió un montón, porque yo no tenía problemas de asma, no tenía epilepsia. Ahora tengo que usar el aparato cosa que nunca en mi vida usé. Yo no sabía lo que era, ¿me entendés? Pero ahora que tengo que usar medicación y el PAF es un garrón” (Romina).
Distintas problemáticas frecuentes y controlables, tales como diabetes, anemia e infecciones odontológicas, adquieren dimensiones más agudas durante la experiencia en calle. Al respecto, se visibiliza que los problemas de salud no sólo dependen de las formas de enfermar y morir, sino también de los procesos que generan estas condiciones (Breilh, 2010). En ese sentido, la calle aparece como un espacio hostil que impacta en la vida de las mujeres, en algunos casos en forma arrasadora, en tanto “en la calle te arruinan la vida” (Alicia, 22 años). Incluso, como se pudo ver en el testimonio de Gisel (29 años) la calle también deviene en un padecer en sí mismo que se manifiesta en distintas formas:
En el desgaste, en la columna. En el pecho, en todo. […] Sufría. Yo ponele sufría horrores. Todos los días. Y todos los días eran reproches porque yo no me podía permitir yo estar en esa situación. En un momento, es lo que te decía, la rutina también hacía que uno no pudiera despegar. Y sentía que en él [su pareja] no me podía apoyar. Al ritmo que yo quería ir. Entonces fue muy feo (Gisel).
En conclusión, “te guste o no, la calle te trae enfermedad” (Susana). Las condiciones mal-sanas en las que estas mujeres desarrollan sus vidas se presenta como un destino del que, aparentemente, no se puede escapar, ya que se encuentra estrechamente ligado a los modos de vida que permite la situación de calle. Estos reproducen un vivir malsano que profundiza, reproduce, y genera padeceres y enfermedades diversas.
Quiero tener una mejor calidad de vida. Estando dignamente aunque sea en una habitación de hotel (Susana).
Los relatos recabados aluden a una concepción de salud/enfermedad en forma compleja, que comprende los impactos corporales, emocionales y sociales, y las condiciones estructurales que la atraviesan, los determinantes sociales del p/s/e/a/c; es decir, cuestiones que atañen a las condiciones sociales, económicas, laborales, habitacionales, de higiene, alimentación y lazos sociales. En las formas de padecer los impactos que tiene la calle se entrecruzan las tres dimensiones de la “determinación social de la salud general, singular, particular” (Breilh, 2009), que incluyen las relaciones de producción, propiedad y poder como condiciones objetivas de materialidad social que determinan la salud.
Por otro lado, a pesar del destino fatal que propone la calle, se observó que esta determinación no delimita un único porvenir y varias de las mujeres consultadas habían desarrollado estrategias para producir lo que podríamos llamar “actos en salud” a pesar de las vicisitudes.
Experiencias de padecimiento en calle
En las biografías de las mujeres en situación de calle los padecimientos se inscriben en forma diversa y cobran diferentes sentidos.
Experiencia de dolor agudo
Gisel relata cómo vivió la experiencia de tener un dolor agudo en la calle:
Yo estaba deforme, deforme. Por la muela. Se inflamaba. Era una muela que la terminaron rompiendo mal. Y se me fue inflamando. Llegó un momento que me sacó la muela sin anestesia. En la Facultad de Odontología. Cómo sufrí, me acuerdo mal. Sentís que te querés morir. Te querés morir antes de que vengan a auxiliarte. Más con el dolor de muela, era insoportable. Los ruidos de los coches, las luces, no podés descansar. Te juro que ese era uno de los temas que pensaba: “ojalá quiera Dios que no me enferme”. “Ojalá Dios quiera que no me vuelva a doler la panza, ni nada”. Y con eso te hacés re duro. Cuando es una cuestión de una infección, después para que no te duelan los pies, ni la cabeza, ni la panza. Para que no te duela nada. Viste, te hacés algo como de la cabeza que funciona sobre el cuerpo (Gisel).
El contexto de la situación de calle, la falta de privacidad, higiene y tranquilidad, sobredimensionan los malestares. Cuestiones que se hubiesen podido solucionar fácilmente en una casa, como un dolor de cabeza o malestar estomacal, en la calle se vuelven mucho más difíciles de resolver. En ese aspecto, las entrevistadas manifestaron que su experiencia de padecimiento hubiera sido diferente.
Hubiera podido descansar. Hubiera podido acostarme en una cama. Un montón de cosas que son muy distintas a estar en la calle. Y vulnerable por demás. Y si los chicos se enfermaban, o estaban cansados. No es lo mismo sentarse en el piso, que llegar a tu casa y poder sentarte en una silla, en una mesa. Estar en una cama. Poder bañarlos tranquila. Me parece que el que no pasa por eso, no lo capta. Es feo, muy feo (Gisel).
Malestares eventuales o crónicos
Frente a padecimientos que afectan frecuentemente a las mujeres, surgen algunas vicisitudes adicionales en la calle.
Son muchas cosas, que te pasan en la calle. Los chabones se pueden ayudar entre ellos. Siendo mujer, no sabés lo que te puede pasar. Con un dolor menstrual que te está matando y estás con una cara y te dicen “¿estás bien?” (Romina).
En la experiencia de Romina, lo que parecería generarle mayor malestar que el dolor menstrual era la falta de empatía por parte de sus compañeros de calle varones. En este aspecto, se refiere a significaciones respecto del cuerpo de las mujeres que, en algunos casos, son tabú. En este punto se visibiliza el carácter político de la menstruación. En el contexto predominantemente masculino que presenta la calle, y la sociedad, las mujeres se sienten más reticentes a poder admitir frente a sus compañeros varones algunas formas de padecimiento que ponen en juego cuestiones de su sexualidad e intimidad.
Las mujeres también se refirieron a cómo afrontaban los malestares crónicos, que requieren múltiples cuidados cotidianos, y el decir de María (64 años), “Sobrevivir a pesar de todo” fue un sentido que se deslizó a través de los distintos relatos:
Y sigo, sigo adelante. Sigo, voy a hacerme los estudios, tomo la medicación. Sigo adelante. Es vivir enferma en la calle pero sigo adelante. Levantarme, bañarme. No dejarme estar (Susana).
Yo sobrevivía igual. Por ejemplo cuando me pusieron sangre, yo estaba como si nada (María).
Parece que en la calle no se trata de vivir, sino de sobre-vivir (Palleres y Ávila, 2014). Por ende, habiendo visibilizado esta insistencia, y recuperando lo trabajado en el respecto a las distintas aproximaciones y definiciones de la problemática de la situación de calle, tal vez habría que considerar incorporar este sentido que las mujeres dan acerca de su experiencia en términos de “sobrevivientes a la calle”. Cabe mencionar que distintos estudios desde el feminismo toman concepciones similares (Paradis, 2009), y optan por utilizar otras categoría que den cuenta de los efectos de la opresión y las desventajas que genera, pero sin re-victimizar a las mujeres.
Así como otros/as sobrevivientes a experiencias devastadoras, las mujeres en situación de calle han logrado resignificar aspectos del padecer en y de la calle:
Nos hicimos muy fuertes también todos. Te hace muy fuerte. El frío, el agua, te hace estar fuerte, no te enfermás más (Gisel).
Retomando lo trabajado respecto a los aspectos significados como positivos que la calle les ha brindado a las mujeres entrevistadas, en tanto aprendizaje y desarrollo de fortalezas, se observó una apropiación de lo vivido en términos de “agenciamiento”, es decir “una multiplicidad que comporta muchos términos heterogéneos, y que establece uniones, relaciones entre ellos a través de diferentes naturalezas” (Deleuze y Parnet, 1980, p. 83). Lo que se agencia proviene del magma de significaciones imaginarias sociales disponibles (Fernández, 2007, p. 207). Estos agenciamientos se transforman en potencia frente a la devastación de perderlo todo y las mujeres plantean las formas de supervivencia en términos de “lucha”, que devienen en procesos subjetivantes que las fortalecen y les permite proyectarse un futuro más digno.
Piloteándola todos los días. Luchándola todos los días por sobrevivir. Por vivir (Susana).
Yo soy luchadora (María).
Estrategias de atención y cuidado de la salud
Las mujeres entrevistadas describieron distintas estrategias y acciones que llevaban adelante para comprender sus problemáticas e intentar solucionarlas.
Voy a una salita a veces (María).
Me medico yo misma” (Romina).
Voy de mi amiga (Ana).
Me atiendo acá en la plaza, con una ONG (Susana).
Voy a una iglesia evangélica (Alicia).
Se observó que las mujeres cuentan con diversas redes y recursos que despliegan, tanto a través de lazos sociales con personas significativas, como en las instituciones de salud y otras organizaciones.
Atención biomédica
Como estrategia de atención, en algunas ocasiones las entrevistadas concurrían a servicios del Sistema Público de Salud de la CABA (hospitales generales, pediátricos, de salud mental o CeSAC), pero también fueron mencionadas dentro de sus estrategias otras instituciones, como ser las ONG que brindan atención biomédica y entregan medicación en la calle. Se observó insistentemente una valoración positiva de los/as profesionales médicos/as de los distintos tipos de prestaciones.
En el hospital, los pediatras son los mejores, son re buenos, muy amorosos (Jazmín).
Gracias a Dios los médicos que me atendieron. Los médicos de cabecera fueron lo mejor (Romina).
Esta valoración expresa una transferencia positiva hacia las instituciones de salud y sus profesionales. Se basa en la relación que las mujeres en situación de calle entablan con un otro poseedor de cierto saber y de ciertas prácticas para resolver y aliviar sus padecimientos.
Medicalización
De acuerdo a los testimonios, en el consumo de medicamentos de prescripción médica, se evidencia tanto el indicado por profesionales, como en prácticas de automedicación.
La otra noche mi hija estaba agarrando fiebre y le quise dar un poquito de ibuprofeno y le pasó (Alicia).
Todas las entrevistadas refirieron distintas situaciones en las que gestionaron la administración de medicamentos, tanto para ellas como para sus hijos/as. En este aspecto, se destacan los procesos de medicalización y de producción y difusión de medicamentos que atraviesan todos los sectores sociales (Menéndez, 2009). Esto a su vez, se encuentra reforzado las relaciones que hay entre los modos de atención biomédicos y las formas de autoatención (Menéndez, 2009). La biomedicina, por su parte, condena algunas prácticas relacionadas con la automedicación, sin embargo, simultáneamente, las promueve y favorece en algunas ocasiones.
Atención popular y tradicional
Los modos de la atención biomédicas, no parecerían ser las únicas modalidades utilizadas por las mujeres en situación de calle:
Después conocí a la iglesia. Que gracias al Señor, gracias a Dios, dejé la droga. Dejé de andar en la calle […]. Me invitaron mi hermano, mi mamá, la gente que iba ahí a la iglesia. E íbamos. Y una vuelta entré, no sé cómo entré, pero entré. Me senté y escuché la palabra. Y me ayudó. Bueno, iba y después me seguía drogando. No es que ya no lo hacía. Iba todos los miércoles o todos los domingos. […] Me bauticé y di un testimonio y dejé de drogarme (Alicia).
Estas prácticas de atención y cuidado centradas en figuras religiosas y sus propiedades curativas son denominadas por Menéndez como “saberes y formas de atención populares o tradicionales”. Se observa que en los casos de las mujeres en situación de calle que han implementado estas estrategias, su terapéutica ha resultado de gran eficacia. Se trata del “poder de la palabra”, esto supone el efecto simbólico sobre ellas que podría ser comparable al papel curativo de las profesiones biomédicas, salvo que en este caso también está revestido de un contenido místico y espiritual.
Y bueno, ¿sabés qué es lo que me sostiene siempre? Creer en Dios. Y él me va llevando también si tengo que ir a un lugar. O pone a una persona que me dé una mano (María).
Estas explicaciones y estrategias de resolución de los problemas que afectan su salud, se presentan como una alternativa posible que se combina, a su vez, con otras formas y saberes. Por último, se destaca la utilización de este tipo de formas de atención frente a la problemática del consumo de sustancias psicoactivas.
Autoatención y autocuidado
En el contexto de la calle, las mujeres desarrollan distintas prácticas de autocuidado y toman distintos sentidos asociados a la situación.
Me tapaba con muchas frazadas, dormía en un colchón. Hacía una carpita (Alicia).
Tener suficientes frazadas, llegar a horario al comedor, tener un lugar donde repararse del frío por la noche, son preocupaciones esenciales del pernocte en calle. Menéndez plantea que el concepto de “autoatención” debe ser distinguido en dos niveles: uno amplio y otro restringido. El primero corresponde a las formas de autoatención que son necesarias para garantizar la reproducción biosocial, como las mencionadas anteriormente, mientras el segundo se refiere a actividades y sentidos relacionados con el p/s/e/a/c (Menéndez, 2004). En ese aspecto, se destacan algunas actividades de cuidado que las mujeres entrevistadas dijeron realizar, tanto frente a sus padecimientos, como las que promueven prácticas saludables y los cuidados en las relaciones sexuales.
Estoy pensando constantemente en mi enfermedad y en que me tengo que cuidar. […] Se me va la vista y me tengo que cuidar. Entonces pienso en todo lo que me pasó. Pienso en la metrorragia y que puedo quedar ciega (Susana).
Yo camino mucho también. Y me ayuda mucho caminar, porque no tengo colesterol, no tengo diabetes, no tengo presión alta, no tengo nada (María).
Soy de cuidarme mucho. No soy de tener relaciones con nadie, sólo con mi pareja. Sólo que él es más joven, y me vino con eso. Bueno, lo perdoné y todo y seguí con el tratamiento (Susana).
Estos cuidados relacionadas, atravesados por procesos de vulnerabilidad social y precariedad material, relegan otros considerados situacionalmente menos significativos:
Me acuerdo que cuando estaba en la calle, llega un momento, como que ya no te preocupan esas cosas. Pero después cuando remontás, empezás a salir y preocuparte por todo. Con el tema de la documentación, de la limpieza, de los dientes, pasarse una crema en la cara, depilarse. De todo en general. Entonces empezás otra vez a hacer todo lo que no hacías. Hasta una crema me compré. Porque me había hecho muy mal el Sol, la calle. La cara la tenía muy mal. Igual ahora cuido bastante. Hasta los vasos enjuago (Gisel).
Estrategias de autoatención
Se pudo observar que las mujeres no solo idean actividades para evitar o prevenir ciertos malestares, sino que también construyen diferentes respuestas para resolver los padecimientos que se les presentan.
Es que yo renegaba mucho. Yo me ponía, me pongo muy nerviosa. Y a veces se me quita el habla por un rato. O si no empieza a temblar todo mi cuerpo. Cuando me pongo nerviosa que algo pasa con mis hijos, me pongo así. Me pasó eso cuando mi hija cayó presa. Y era tanto que lloraba y me decía “mamá no me dejes sola”. Y yo venía a verle y ella me decía “mamá…” y a mí como que me quedó todo acá en la cabeza. Y no podía, lloraba, lloraba, lloraba. Vivía llorando. Ahí, después agarré y me descompuse. Y me la mandaron a llamar a Laura. Ella también va a la iglesia conmigo. Y ella se puso a orar un poquito. Y me habló. Y me tranquilicé. Voy y cuando tengo un problema yo le cuento a ella, ella tiene un problema y me cuenta a mí. Y tratamos de que nos ayudemos. Ella dice “y bueno ya está, ya va a pasar”. Me da un aliento y yo también le doy un aliento a ella, cuando ella tiene un problema. Y así […] me saca lo nervioso porque ella me habla y me habla (Ana).
Ana describió la relación que tiene con una amiga-vecina, en términos de apoyo mutuo y prácticas de sororidad. Se destaca el aspecto horizontal y bidireccional en tanto ambas se posicionan como curadoras y “pacientes”. Esta relación con su amiga, le había permitido afrontar distintos problemas que la afligían en relación a situaciones de extrema vulnerabilidad que vivenciaban sus hijos/as y nietos/as.
Romina, por su parte, relató las estrategias singulares que desarrolló frente a la falta de accesibilidad para obtener una medicación que consideraba necesaria.
Tengo que tengo que recurrir a un amigo o alguien que tenga la pastilla de Clonazepam y me la pueda dar. Y darme un pedacito y decirle mirá que la tengo que tomar todos los días para equilibrar. Ahora hace varios días que no tomo (Romina).
Las respuestas que las mujeres en situación de calle desarrollaban frente a los distintos problemas del p/s/e/a/c estaban relacionadas con el tipo de problemática, el riesgo, la frecuencia del padecimiento y los diagnósticos presuntivos que elaboraban, especialmente en lo referido a padecimientos recurrentes o crónicos.
Yo me corto las uñas, me higienizo. Trato de lavarme para no tener infecciones (Susana).
Tengo que comer la comida especial. Ahora también, pero voy a retomar a ver cómo hago con la nutricionista y me da alguna medicación (María).
A su vez, a lo largo de su experiencia de padecimiento han desarrollado un conocimiento detallado respecto de su problemática y las actividades que podrían realizar para mejorar su situación:
Si yo vivo sola, digamos que yo me puedo cocinar. Y yo me conozco mi cuerpo. Como tengo problema de digestión, yo como verdura también. Y ya está. Sé cómo manejarme. Y como hígado con carne, y huevo. Si yo comiera hígado tres veces por semana yo lo recupero al hierro. También lo que vale mucho la tranquilidad de donde vive (María).
Hago tratamiento médico. Tomo metergolina para la diabetes. Tengo diabetes tipo dos. Trato de hacer dieta. Tengo que hacer una dieta estricta porque se me va la vista. Y trato de cuidarme lo que pueda (Susana).
La experiencia de tener una enfermedad/padecimiento crónico, genera ciertos conocimientos provenientes de las tradiciones biomédicas respecto a hábitos “saludables”, actividades preventivas y de automedicación. En este aspecto la “carrera de enfermas” permite visibilizar cómo las entrevistadas han desarrollado un saber respecto de su padecimiento, y las formas de prevenir y curar.
En ese sentido, el concepto de autoatención es estructurante del p/s/e/a/c, y en la tradición occidental se encuentra fuertemente atravesado por prácticas biomédicas. En las estrategias de autoatención y autocuidado de las mujeres en situación de calle se puede observar una apropiación del discurso biomédico. Si bien la relación médico/a paciente es asimétrica, en la que el/la paciente se encuentra a la espera de una cura y de un supuesto saber por parte del médico/a, también es dinámica y se define a partir de las posibilidades de cada sujeto: “Todo diagnóstico supone etiquetamiento, pero también un sistema de transacciones; según las cuales el paciente reaccionará apropiándose del saber médico, tratando de resignificarlo según sus propios objetivos y posibilidades. El paciente podrá aceptar el diagnóstico y la prescripción médica, o decidirá abandonar el tratamiento y recurrir a otro facultativo” (Cortés, 1997, p. 92).
Como se señaló hacia el inicio de este capítulo, las mujeres en situación de calle (o sus hijos/as) con padecimiento crónico han desarrollado procesos de expertización, que implican modos diferentes de relacionarse con los profesionales, fruto de las trayectorias por los distintos servicios. Esto da lugar al capital de las pacientes en tanto acumulan conocimiento respecto de los tratamientos, las actividades preventivas/paliativas y sus implicancias. A su vez, en los casos de padecimientos relacionados con diabetes y anemia se observó un gran despliegue y compromiso de actividades de prevención y cuidado (Pecheny, 2009).
Cuidados
También entre las personas en situación de calle son las mujeres quienes asumen el rol de cuidadoras y la gestión de las estrategias de atención utilizadas al interior de sus grupos familiares.
Me los llevo ahí a la salita o sino al hospital. Bueno me fijo, si tienen fiebre les doy un poquito de remedio para la fiebre y si veo que siguen con fiebre o algo, los llevo al hospital porque algo les debe estar incubando (Ana).
Las entrevistadas que convivían con sus hijos/as, realizan hipótesis diagnósticas y evaluaban los distintos tipos de intervenciones necesarias respecto de los riesgos según la sintomatología que observaban. A su vez, en la elección de las diferentes estrategias de atención, delimitaban a los/as interlocutores/as válidos/as según la gravedad de la situación. Se observó que en la mayoría de los casos son los/as profesionales de la salud, en particular los/as médicos/as.
Yo le doy un preventivo de asma, a cada horario toma el salbutamol, el PAF y todo eso […] Cuando a mi hija le agarra fiebre o algo de eso, yo con la poca edad que tengo, yo ya lo sé manejar. Yo creo que hay que darle, le doy, yo conozco más que nadie a mi hija. Bueno ahora me está costando despegarme un poco de ella. Me pasa que yo sufro un montón, estoy a cada rato, quién la está cuidado [señala el teléfono y realiza gesto de mandar mensaje de texto]. Pero no es por desconfiar, es porque yo no estoy segura de que mi hija se quede con cualquiera. Yo sé que si mi hija corre mucho ya empieza a agitarse, y si se agarra así las costillas es porque le está faltando el aire. Sé que si le empieza a sangrar la nariz o hace pis con sangre, es porque le están fallando los glóbulos rojos y hay que ir sí o sí al hospital. Son todas cosas que una mamá nada más las sabe (Jazmín).
En las gestiones de los cuidados de su hija, se observa que Jazmín utiliza estrategias de autoatención que se apoyan fuertemente en el modelo biomédico. Esto se encuentra relacionado en gran medida con el proceso de expertización producto del padecimiento crónico respiratorio de su hija. No obstante, a pesar de su confianza en los/as profesionales médicos/as del hospital porteño en el que se atendía su hija en el momento de la entrevista, para Jazmín, su saber supera los enunciados de la biomedicina. Esto se presenta como amenaza frente a un discurso que en las sociedades occidentalizadas se presenta único, universal y hegemónico (Menéndez, 2009). En este contexto, los otros saberes se ven deslegitimados y considerados “legos” o “profanos”.
Entonces, frente a estas actividades de cuidado de la salud que son asumidas –y asignadas– por las estas mujeres sería pertinente “lograr que las mujeres sean consideradas expertas y no meras mediadoras en su función como cuidadoras” (Esteban, 2003, p. 10). Esto implica revalorizar no sólo el conocimiento, sino también las prácticas y destrezas adquiridas en las trayectorias de cuidado.
Este lugar de experta también, según Jazmín, sería consecuencia directa de la maternidad. En este sentido, la maternidad es tomada en términos esencialistas, implicando cualidades intrínsecas a las personas que son madres respecto del cuidado de la salud de sus hijos/as. Esta concepción responde a un proceso de naturalización de los cuidados femeninos (Esteban, 2003).
Según reflejaron las mujeres entrevistadas, el cuidado de la salud de los/as otros/as no se circunscribía a la experiencia de la maternidad, sino que también se extendía a los otros miembros de la familia que experimentaran alguna afección. Susana relató cómo gestiona las estrategias de atención y cuidado para su pareja, quien según ella:
Está muy enfermo, muy adicto a la pasta base […] Yo cuido de la salud de mi pareja. Le llevo la comidita y le compré los frasquitos para que se haga los análisis. Saqué los turnos en el Hospital Moyano, para infecciones. Le llevo la comida. Le llevo la leche. Pero le tengo que dar de comer en la boca. Era muy lindo cuando lo conocí y ahora está destruido. Y lo quiero ayudar (Susana).
Este rol no es asumido únicamente durante la situación de calle, sino que a lo largo de sus trayectorias de vida las mujeres entrevistadas también estuvieron a cargo de los cuidados de otros/as. En este aspecto, se destacan otros estudios que trabajan la invisibilización general de las prácticas de cuidado que realizan las mujeres. Esto se debe a tres factores: que se desarrollan en ámbito “privado”, que no son consideradas un trabajo, y, como se mencionó anteriormente, la naturalización de los cuidados como actividad atribuible a las mujeres (Esteban, 2003). Esta invisibilización se basa en la creencia esencialista que supone que por el hecho de ser mujer poseen saberes y destrezas específicas respecto del cuidado de la salud.
Cuidadoras descuidadas
Como vimos, todas las mujeres entrevistas ocupaban un rol central en las gestiones de las estrategias de atención y cuidado. Contrariamente, la mayoría expresó que nadie cuidaba de ellas. Asimismo, se observaron algunos descuidos en relación a su salud, por ejemplo, en la dependencia al tabaco, que en el caso de Romina, que presenta problemas respiratorios crónicos, tiene un costo muy alto.
No puedo correr, no puedo fumar, y yo lo sigo haciendo. Estando en la calle, olvidate (Romina).
Yo tengo que dejar, es el único vicio que tengo (Ana).
Ojalá pudiera dejar hasta el cigarrillo. Pero es lo que me mantiene. Para calmar un poco la ansiedad (Susana).
Del mismo modo, se observaron algunos descuidos en relación a los controles ginecológicos,
Tengo el DIU, pero yo me lo tengo que sacar, hace 8 meses me lo tenía que sacar (Jazmín).
En América Latina se ha observado una larga tradición en basar políticas de planificación familiar en las actividades de las mujeres (Menéndez, 2009). En la presente investigación se registró que las que están en situación de calle postergan estas prácticas, en la medida que no las consideran tan prioritarias como otras que involucran a sus hijos/as:
Como le decía hoy a una chica: “¿para qué un médico si yo estoy bien?” ¿No? Yo cuando me siento enferma recién recurro a los médicos. Para mí. Para los chicos, sí, enseguida. Para mí es mejor estar con mi familia que internada en un hospital (Carla).
Esta tensión entre cuidadoras-descuidadas abre algunos interrogantes: ¿cómo se inscriben los descuidos en el contexto de exclusión social y en relación al género? En primer lugar, se ubica al cuidado como mandato/deber hacer/normalizador en relación a la maternidad. Por otro, se observa que las formas de atención biomédicas, en el caso de problemas presentados por las mujeres que no poseen una dolencia crónica, quedan relegadas a situaciones más extremas y se omiten varias prácticas preventivas promovidas por este modelo.
Otros devenires del cuidado
Las formas de cuidado instituidas por la biomedicina parecerían no ser muy significativas para las mujeres en situación de calle. En cambio, lo que les gustaría hacer para cuidarse mejor se encuentra asociado a: “estudiar”, que apareció en la mayoría de las entrevistadas como primera respuesta, y luego “tener mi lugar”, “ser vegetariana”, “hacer gimnasia”. Estas actividades se encuentran ligadas con prácticas de autonomía y una concepción integral del derecho a la salud, tema que se desarrollará en el próximo capítulo.






