Lugares de la memoria y alteridad
Gonzalo Menéndez Baisón
Introducción
El 13 de diciembre de 1939, apenas pasadas las 6:15 de la mañana, se inició la Batalla del Río de la Plata en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Esta fue protagonizada por el acorazado de bolsillo alemán Graf Spee y los cruceros aliados HMS Exeter, HMS Ajax y HMNZS Achilles.[1] Las acciones comenzaron en el océano Atlántico, a unas 300 millas náuticas al noreste de Montevideo. Una hora después, a causa de los importantes daños recibidos, el Exeter abandonó el combate y se dirigió a las islas Malvinas. Algunos minutos más tarde, luego de un duro intercambio de artillería, el Graf Spee huyó de la batalla con destino a la capital uruguaya. Su capitán, Hans Langsdorff, tomó esa decisión debido a los daños sufridos en el sistema de purificación del gasoil para los motores, así como en los mecanismos que permitían potabilizar el agua para el consumo de la tripulación. Además, algunos impactos destruyeron las cocinas, mientras que otros, localizados cerca de la cubierta, imposibilitaban la navegación bajo condiciones climatológicas extremas. Inmediatamente, el Ajax y Achilles iniciaron su persecución del Graf Spee. Esta finalizaría a las 22:50 horas, cuando la embarcación alemana ingresó al puerto de Montevideo.
La importancia de estos acontecimientos –primera batalla naval entre alemanes y británicos, y el único episodio del conflicto librado en América Latina– afirmaron su lugar de privilegio en la historia de la Segunda Guerra Mundial y obligaron al mundo a estar pendiente de Montevideo durante cinco días. Pese a las significativas repercusiones que tuvieron los hechos, la mayoría de las investigaciones existentes en el Uruguay se centran en la crisis diplomática que le generaron al país, en los aspectos tecnológicos de las embarcaciones participantes y en las estrategias adoptadas durante el combate.
Este trabajo se propone investigar los sucesos vinculados al Graf Spee desde una óptica diferente, aunque complementaria de las anteriores, centrada en tres abordajes. En primer lugar, analiza la relevancia de algunos hechos vinculados al buque, como lugares de la memoria de los uruguayos, poco estudiados por la historiografía. Estos se conceptualizan como “restos” sobre los que “subsiste una conciencia conmemorativa en una historia que la solicita, porque la ignora”.[2] Aunque ocupan un lugar de privilegio en la historia oral y en el imaginario social, aún carecemos de investigaciones históricas acordes a su relevancia. Esta línea de trabajo pretende visibilizar algunas historias protagonizadas por uruguayos, a los que se les permitió subir al acorazado o fueron espectadores privilegiados de los hechos.
Es probable que la preservación de estos lugares de memoria esté asociada, entre otros factores, a los espacios públicos donde ocurrieron los acontecimientos: la costa uruguaya, el puerto y la rambla de Montevideo. Estos fueron centrales en la construcción de la identidad capitalina y nacional. La importancia de la terminal marítima, junto con otras condiciones y usos del territorio, constituyeron una línea de larga duración en la historia colonial de la región y del Uruguay independiente. La “pradera” y luego la “frontera” –como límite de posesión jurídica y política de los dos imperios ibéricos, así como ámbito de desarrollo, expansión y choque de intereses económicos y fuerzas sociales– dieron origen al puerto de Montevideo, la “ciudad murada” y el “emporio mercantil”.[3] La rambla, central en la identidad y el imaginario social, se benefició del propósito original del proyecto: “vertebrar” un nuevo paisaje costero que respondiera a las “demandas materiales y simbólicas de una ciudad capital y balnearia”, preservando el “uso público de la costa y la posibilidad de admirar el panorama sin interferencias”.[4] Esto la transformó en un escenario privilegiado, capaz de albergar a una multitud deseosa de observar las acciones protagonizadas por el Graf Spee.
Es factible que la perdurabilidad de estos lugares de la memoria se deba, entre otros factores, al orgullo que suscitó la convivencia de alemanes y británicos en esta “tierra de paz”, contribuyendo a reafirmar el mito sobre la “excepcionalidad uruguaya”. Este relato, promovido por algunos historiadores, alimentado por actores sociales, políticos, económicos y medios de prensa, influyó en las formas en las que la población se representó y en sus consideraciones sobre las potencialidades del país. “No podemos comprender la identidad ‘uruguaya’, la política, las ciencias sociales, ni nuestra identificación con el contenido nacional del Estado, sin tomar en cuenta su relevancia”.[5]
En segundo lugar, el capítulo explora la generación y reafirmación de algunos discursos sobre la identidad nacional, a partir de la alteridad que implicó la presencia del acorazado alemán en el puerto de Montevideo. Este abordaje reconoce, como plantea Jean Vernant, que es a partir del contacto con el otro, del espejo que supone este acercamiento, que se construye la identidad.[6] La llegada del Graf Spee a la capital desencadenó un nuevo enfrentamiento entre los sectores más influyentes de los partidos políticos históricos: el Partido Colorado (batllismo) y el Partido Nacional o Blanco (herrerismo), en torno a sus diferentes formas de concebir a la nación. Según Ana María Rodríguez Ayçaguer, el primero propuso el concepto de lo uruguayo para definirla, que se basaba en un nacionalismo cosmopolita, identificado con valores y principios universalistas.[7] Esta forma de entender la nación tuvo mayor arraigo en el ámbito urbano, aunque no fue la única. Los blancos discreparon de esta visión, aunque tuvieron presente la experiencia universal, y propusieron un relato alternativo centrado en el concepto de lo oriental, que reconocía la importancia de las tradiciones rurales locales y el legado hispánico como centro de la misma.[8] Ambas narrativas, aunque hegemónicas, no fueron las únicas desarrolladas. También existieron otros relatos, que compartieron algunos elementos con los anteriores, pero les añadieron rasgos propios, promovidos por colectividades políticas de menor caudal electoral en ese momento, como los sectores católicos y los partidos de izquierda.
En tercer lugar, se analiza la forma en que Hans Langsdorff definió a los uruguayos y al gobierno de la época, a partir de una carta que dirigió a su embajador, Otto Langmann, el mismo día del hundimiento del buque. El apartado incluye tres notas enviadas por lectores del semanario Marcha en respuesta a la misiva anterior, en las que plantean su visión sobre la identidad nacional, en contraste con la alemana. Este diálogo entre un “afuera” y un “adentro” permite visibilizar las ideas estructurantes de sus concepciones sobre ambas naciones.
Para la elaboración de este capítulo se recurrió a archivos de prensa con diferentes perfiles ideológicos. Se consultaron, en sus ediciones comprendidas entre el 12 de diciembre de 1939 y el 15 de enero de 1940, los diarios El Bien Público (católico), El Debate (nacionalista-herrerista) y El Día (colorado-batllista), y el semanario Marcha (progresista). La información obtenida fue contrastada con bibliografía especializada y fuentes primarias.
El capítulo se estructura en seis apartados. El primero aborda algunas ideas centrales sobre la política internacional uruguaya durante el período. El segundo se dedica a las características del Graf Spee, la misión que le fue asignada en el Atlántico, el desarrollo de la contienda y las razones que explican su ingreso al puerto de Montevideo. El tercero se centra en el acorazado y los lugares de la memoria, visibilizando la importancia de los sitios construidos por el pueblo uruguayo en relación con los acontecimientos. En el cuarto se examinan algunas narrativas sobre la identidad nacional producidas por la prensa. El quinto analiza la mirada de Langsdorff sobre los uruguayos y el gobierno de la época. Sus opiniones son contrastadas con apreciaciones de ciudadanos sobre las identidades uruguaya y alemana, y sobre las actitudes adoptadas por el capitán de la embarcación y el embajador Otto Langmann. Finalmente, en el sexto, se introducen reflexiones sobre el capítulo y se plantean posibles líneas de ampliación de la investigación.
Política exterior uruguaya (1933-1942): el “afuera” y el “adentro”
La nación uruguaya se construyó, real y simbólicamente, a partir del diálogo entre los acontecimientos internacionales y los procesos internos. Esta relación fue extremadamente importante durante la época analizada, ya que los sucesos políticos domésticos eran interpretados a través de categorías analíticas y posturas ideológicas vinculadas al complejo contexto global. Los líderes partidarios locales reafirmaban dichas asociaciones mediante sus declaraciones y acciones.[9] Esta forma de delimitar lo propio y lo ajeno se vio favorecida por la gran cantidad de inmigrantes europeos que arribaron al país durante esos años. Asimismo, la coyuntura de la década de 1930 –caracterizada por las repercusiones de la Crisis de 1929, la llegada del nazismo al poder, la Guerra Civil Española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial– hizo propicio al período para visibilizar e investigar la dialéctica de estos procesos. Dichos conflictos moldearon a la opinión pública uruguaya, generando representaciones que fueron articuladas en torno a la oposición democracia-totalitarismo, central en dicha etapa. Estas fueron utilizadas para comprender las transformaciones internas que atravesaba el país, como el golpe de Estado de Gabriel Terra (1933) y la Constitución de 1934, pensada para institucionalizar y perpetuar el régimen de facto. Esta carta magna, de carácter antidemocrático, anuló la representación proporcional en el Senado, dejando a este en manos del sector del presidente y de su socio más importante: el nacionalista Dr. Luis Alberto de Herrera.
Asimismo, según Ana María Rodríguez Ayçaguer, la lucha entre los conceptos de democracia y totalitarismo, representados por las potencias beligerantes de la Segunda Guerra Mundial, reavivó en Uruguay los debates internos sobre la identidad nacional y la seguridad de una pequeña nación en un contexto sumamente crítico.[10] Esta coyuntura llevó a los uruguayos a repensar sus propios conflictos y necesidades. En ese marco, se debatió sobre las políticas más adecuadas para garantizar la seguridad territorial del país, preservar su convivencia político-institucional y definir las formas más provechosas de vinculación con la región y el mundo.[11] La Batalla del Río de la Plata y el posterior arribo del Graf Spee al puerto de Montevideo fueron episodios que visibilizaron, como pocos, la importancia de esta relación en la configuración de la nación. Estos acontecimientos fueron interpretados a través de un conjunto de ideas, sintetizadas a partir de las experiencias internacionales vividas durante la década de 1930.
Política internacional de la Dictadura de Gabriel Terra (1933-1938)
Las repercusiones de la Crisis de 1929 y el deseo de abolir la constitución de 1917 fueron dos elementos centrales que llevaron al presidente de la República, Gabriel Terra, a perpetrar un autogolpe de Estado el 31 de marzo de 1933. Este se mantuvo en el poder hasta junio de 1938. La política internacional de su dictadura estuvo marcada por el fortalecimiento de las relaciones económicas con Alemania, impulsadas principalmente por César Charlone, entonces ministro de Hacienda. Uruguay obtuvo algunos beneficios de los acuerdos de clearing y compensación, mecanismos utilizados por la nación europea para incrementar su comercio exterior y su presencia económica en el país. Estos habilitaron un sistema de intercambio de productos que permitió el pago mediante materias primas uruguayas.[12] El convenio definitivo entre ambas naciones se firmó en noviembre de 1933 y fue ratificado en mayo de 1934, lo que facilitó, entre otras operaciones, la compra de lana por parte de Alemania. Posteriormente, en 1937, se concretaron las negociaciones que permitieron la construcción de la represa hidroeléctrica de Rincón del Bonete, sobre el río Negro, a cargo de un consorcio de empresas alemanas. Parte del pago por la obra se efectuó con productos de la economía uruguaya.
Dichos acuerdos contribuyeron a reafirmar la neutralidad del Uruguay durante la Segunda Guerra Mundial, pero no fueron impedimento para que gran parte de la población se manifestara en contra del régimen nazi. Esta oposición facilitó la identificación de sus simpatizantes a nivel nacional, entre los que se encontraban algunos ministros del gobierno de Terra, lo cual intensificó el rechazo a su dictadura. La confrontación adquirió más fuerza con el estallido de la Guerra Civil Española (1936), un conflicto seguido con gran atención por la población uruguaya. Este escenario fortaleció la relación y los espacios de confluencia entre sectores antifascistas y antiterristas.[13] Más adelante, estos grupos se movilizaron contra las potencias del Eje y organizaron diversas acciones de apoyo a la causa aliada.[14]
“Neutrales”, proaliados y panamericanistas (1938-1942)
La llegada del Graf Spee al puerto de Montevideo tuvo lugar durante la presidencia del militar y arquitecto Alfredo Baldomir (1938-1942), perteneciente al Partido Colorado. Su mandato marcó el inicio de la transición hacia la recuperación democrática, tras la dictadura de Gabriel Terra. Su gobierno, lentamente respaldado por líderes políticos y sociales perseguidos durante el terrismo, culminó con un autogolpe de Estado que dejó sin efecto a la Constitución de 1934. El 27 de marzo de 1942 el Poder Ejecutivo elevó al Consejo de Estado una nueva carta magna que, entre otras disposiciones, reinstauraba la representación proporcional en el Senado, un paso clave para consolidar la democracia en el país. Este nuevo proyecto constitucional fue aprobado por la ciudadanía en las elecciones nacionales del 27 de noviembre de 1942.
En consonancia con estos cambios internos, Baldomir modificó su política exterior y tomó distancia de los lineamientos heredados de la dictadura. Según señalaba Eugen Millington-Drake, embajador británico en el Uruguay, tanto la población como el Poder Ejecutivo manifestaban una postura más proaliada que en 1914. Este giro se explicaba, en gran medida, por el carácter antidemocrático y totalitario del régimen nazi, que entraba en conflicto con las convicciones republicanas de la sociedad uruguaya.[15]
En este contexto, Baldomir declaró la neutralidad del Uruguay frente a la Segunda Guerra Mundial, el 5 de setiembre de 1939. Aunque defendía la democracia y los valores republicanos, compartidos por la mayoría de la población, esta decisión era conveniente desde el punto de vista económico y acompasaba el alineamiento de los Estados Unidos frente a la guerra. Esta posición priorizaba una buena relación con dicha nación, considerada desde comienzos del siglo XX como escudo protector ante eventuales conflictos con Argentina y Brasil.[16]
La Batalla del Río de la Plata y el arribo del Graf Spee al puerto de Montevideo acentuaron los sentimientos proaliados de la población uruguaya. Al mismo tiempo, le generaron miedo, ya que pudieron comprobar lo expuesto que estaba el país a posibles agresiones de las potencias totalitarias, ante las que no tenía posibilidades de combatir exitosamente. Esta cuestión, según señalan las historiadoras Ana Frega, Mónica Maronna e Yvette Trochón, marcaría la política internacional del Uruguay. A partir de entonces, el gobierno comenzó a promover el panamericanismo, orientación que encontraba respaldo en una población mayoritariamente aliadófila.[17]
El Graf Spee y la Batalla del Río de la Plata
El acorazado de bolsillo Graf Spee
Los acorazados de bolsillo (Panzerschiff) surgieron en respuesta a las restricciones que impuso el Tratado de Versalles a Alemania al finalizar la Primera Guerra Mundial. El acuerdo impedía la construcción de buques de guerra de más de diez mil toneladas. Ante esta limitación, Alemania puso en marcha su “Plan Z”, con el que pretendía construir una flota naval capaz de derrotar a la británica. Fue el almirante Hans Zenker, jefe de la Marina alemana, quien lo ejecutó y le encargó al ingeniero Paul Presse el diseño de los acorazados clase Deutschland, de los cuales se construyeron solamente tres unidades: el Deutschland –botado el 1 de abril de 1933–, el Admiral Scheer –puesto en servicio en noviembre de 1934– y el Admiral Graf Spee, botado el 30 de junio de 1934 en el puerto de Wilhelmshaven. Este último fue llamado así en honor al vicealmirante Maximilian Johannes von Spee, quién perdió la vida en la Batalla de las Malvinas, el 8 de diciembre de 1914, durante la Primera Guerra Mundial.
El acorazado Graf Spee no se destacaba por su tamaño –medía 186 metros de eslora, 21,6 de manga y tenía un calado de 7,4 metros–, pero poseía un equipamiento de gran tecnología para la época. Contaba con la denominada “mesa giratoria”, que facilitaba el manejo de la artillería pesada, dotada de un sistema automático de disparo, un telémetro electrónico, cuatro telémetros de 10,5 metros, cinco reflectores de largo alcance para combate nocturno, hidrófonos capaces de detectar buques a más de 50 millas, y la Schlüssel M (posteriormente conocida como Enigma), el objeto más preciado a bordo.[18] El armamento del Graf Spee se distinguía por su gran alcance y precisión, debido a los telémetros mencionados. Disponía de dos torres principales: la “Antón”, ubicada en la proa, y la “Bruno”, en la popa, cada una equipada con tres cañones de 280 mm con un alcance de hasta 36 kilómetros. También, disponía de ocho torres de 150 mm (cuatro por banda), seis de 105 mm (tres por banda), ocho cañones antiaéreos de 37 mm (cuatro por banda), diez ametralladoras antiaéreas de 20 mm, ocho tubos lanzatorpedos de 533 mm y dos hidroaviones Arado 196.[19]
Además, el blindaje utilizado en su construcción permitía que su exterior fuera rígido, para bloquear la penetración de munición enemiga, al mismo tiempo que presentaba un interior “blando”, capaz de absorber la energía de los impactos. Las dos torres principales estaban equipadas con un sistema de tiro denominado “svzw”, que permitía el disparo automático al alcanzar las coordenadas fijadas por el comando de artillería. Asimismo, estaba equipado con ocho motores diésel de la firma M.A.N, una novedad para la época, más económicos en el consumo de combustible que sus competidores a carbón. Esto le otorgaba gran autonomía: podía navegar 32.000 km a una velocidad de 13 nudos sin necesidad de reabastecimiento. Aunque su sistema de propulsión era más pesado, permitía alcanzar la máxima potencia casi al instante, lo que le confería una mayor velocidad en maniobras de combate.
Estos adelantos tecnológicos permitieron la construcción de un relato mítico en torno a la supuesta imbatibilidad del Graf Spee, aunque la realidad distaba mucho de esa imagen. Según señalaba el propio Langsdorff en su bitácora, el acorazado presentaba diversos problemas de diseño. Tenía poca altura entre la cubierta y la superficie del mar, lo que dificultaba la navegación en aguas agitadas y afectaba su capacidad de combate. Además, las vibraciones generadas por los motores perjudicaban el rendimiento del equipo óptico de artillería. Durante las acciones también se registraron fallas en los motores de los hidroaviones y en los mecanismos de corrección de balanceo de la embarcación.
Graf Spee: un corsario en el Atlántico
El Graf Spee fue comisionado el 6 de enero de 1936 y, poco después, inició una serie de viajes protocolares. Luego, durante 1937, se dirigió al mar Mediterráneo para apoyar a los falangistas durante la Guerra Civil Española. Al año siguiente, entre los meses de octubre y noviembre de 1938, visitó los puertos de Tánger, Vigo y Portugal. En este último destino, el capitán Hans Langsdorff ya se encontraba al frente del buque, tras haber asumido el mando el 1 de noviembre de 1938. La tripulación estaba compuesta por 44 oficiales y 1.050 marineros. En agosto de 1939, el Graf Spee se encontraba en el puerto de Wilhelmshaven, a la espera del regreso de su personal, que se encontraba de licencia y debía reincorporarse el día 20 de ese mes. Durante la jornada siguiente, Langsdorff retornó de Berlín y el acorazado partió con destino al Atlántico Sur con la misión de hundir buques mercantes aliados, especialmente británicos. Su actividad como corsario lo llevó a operar en diversos puntos del Atlántico y del Índico, hundiendo nueve buques entre septiembre y diciembre de 1939. Sus víctimas fueron el Clement (5.050 toneladas), el Newton Beech (4.651), el Ashlea (4.222), el Hunstman (8.196), el Trevanion (5.229), el Africa Shell (706), el Doric Star (10.806), el Tairoa (7.983) y el Streonshalh (3.895).[20]
Luego de esta exitosa campaña, nada hacía prever que el final del Graf Spee estuviera cerca. A comienzos de diciembre de 1939, el comodoro Henry Harwood, a cargo de la flota británica destinada al Atlántico Sur, recibió noticias sobre la presencia de un acorazado alemán en la región. Su valoración del Río de la Plata, como zona estratégica de salida de insumos hacia el Reino Unido, lo llevó a posicionar allí a sus buques de guerra –los cruceros Ajax, Achilles y Exeter–, ya que confiaba que el Graf Spee arribaría al Río de la Plata en busca de presas.[21]
La Batalla del Río de la Plata
El 13 de diciembre de 1939, a las 6:17 de la mañana, el Graf Spee abrió fuego contra el Exeter. Aparentemente, el comandante Hans Langsdorff confundió la estela de humo de uno de los cruceros con un mercante inglés y se dirigió a interceptarlo. Cuando advirtió que se encontraba frente a buques de guerra británicos, ya era demasiado tarde para evitar el enfrentamiento.[22] Estas acciones se desarrollaron en aguas del Atlántico, a unas 300 millas náuticas al noreste de Montevideo. El comodoro Harwood había dispuesto la división de su escuadra en dos grupos: en el primero, el Exeter; en el segundo, el Ajax y el Achilles. Esta formación en abanico forzó al Graf Spee a dispersar el fuego de su artillería y a mantener una movilidad constante para eludir los múltiples ataques enemigos. Dichas acciones habían sido ensayadas previamente en la zona por los británicos. En 1937, el comandante de la Armada uruguaya, José Rodríguez Varela, participó en maniobras conjuntas, a cargo de Harwood, en las que su embarcación simulaba ser un acorazado enemigo que intentaba refugiarse en el Río de la Plata. Esta experiencia le permitió al almirante británico un conocimiento detallado de la navegación en la zona.[23]
Ese conocimiento fue determinante para el desempeño de los barcos aliados durante el combate, incluso cuando el Exeter, seriamente averiado, debió retirarse a las islas Malvinas, a donde arribó al mediodía del 16 de diciembre. El crucero fue el más castigado por el fuego enemigo, con un saldo de 61 muertos y 23 heridos. Este dato contrasta con la cobertura de la prensa montevideana, que puso especial énfasis en los 36 alemanes caídos en combate, invisibilizando las bajas británicas. El número de muertos y heridos en las filas aliadas se completó con los 11 fallecidos y 5 heridos registrados en las otras embarcaciones.
Los intercambios de disparos se mantuvieron hasta las 7:46 de la mañana, cuando el Graf Spee lanzó su última salva y puso proa a Montevideo. Esta decisión, determinante para el destino del acorazado, resulta un tanto extraña, si se analiza el número de bajas en ambos contendientes y el abandono del Exeter del combate. Los hechos plantean diversas interrogantes sobre las causas que llevaron a Langsdorff a tomar aquella resolución. Es probable que la respuesta resida en los daños sufridos por la nave y en una posible mala decisión del capitán, quien habría perdido el conocimiento durante el combate. El Graf Spee recibió impactos que afectaron la caldera auxiliar utilizada para purificar el combustible y el aceite lubricante. De este vapor también dependían las cocinas, la panadería, el lavadero y la planta potabilizadora de agua para consumo de la tripulación.[24]
El Graf Spee navegó durante toda la jornada del 13 de diciembre y pasó frente a Punta del Este entre las 18:00 y las 19.00 horas, internándose en el Río de la Plata. Durante su trayecto hacia Montevideo fue perseguido por los cruceros Achilles y Ajax, con los cuales intercambió disparos. Estas acciones, que presenciaron atónitos muchos habitantes de la costa uruguaya, pusieron al país en el centro de la atención mundial.[25]
“La trampa de Montevideo”
El Graf Spee arribó al puerto de Montevideo a las 22:50 del 13 de diciembre de 1939. Su llegada generó duras presiones diplomáticas para el gobierno uruguayo. Sus protagonistas fueron el embajador alemán, Dr. Otto Langmann –activo militante nazi–, y el representante británico, sir Eugen Millington-Drake, quien contaba con sólidos vínculos culturales y personales con el Uruguay. Entre sus amistades se encontraba el entonces canciller en funciones, Dr. Alberto Guani, a quien conocía desde 1914, cuando ambos retornaron juntos de Europa. Esta amistad jugaría un rol importante en el desarrollo de las negociaciones.[26]
Además, el Poder Ejecutivo uruguayo, encabezado por el presidente Baldomir, había iniciado gestiones desde antes del estallido de la guerra con el objetivo de reorientar su política exterior, encolumnándose detrás del panamericanismo propuesto por Estados Unidos. Durante el conflicto, el Uruguay colaboró con aquella nación, así como con Gran Bretaña y Francia.[27] Este escenario hostil a los alemanes y a sus intereses se completaba con el gran conocimiento que tenía Harwood de la zona, quien visitaba Montevideo desde agosto de 1936. Durante sus estadías estudiaba todo lo que pudiera serle de utilidad en eventuales combates, al mismo tiempo que establecía vínculos personales con figuras relevantes del país. Su conocimiento del idioma español facilitó su desempeño como militar “embajador” de la Corona británica.[28]
El gobierno sufrió duras presiones de ambas delegaciones diplomáticas, en relación con el plazo que le otorgaría al Graf Spee para realizar sus reparaciones. El embajador alemán solicitó quince días, mientras que los británicos propusieron inicialmente 24 horas. No obstante, luego modificaron su estrategia y pidieron la ampliación del tiempo de permanencia, para que otras unidades pudieran arribar al Río de la Plata, en caso de que se registrara un nuevo enfrentamiento. Según la legislación internacional vigente, las embarcaciones de guerra que se refugiaran en puertos neutrales solo podían realizar reparaciones imprescindibles para su navegabilidad. Luego de la evaluación de los daños del buque, efectuada por marinos uruguayos, el gobierno concedió al Graf Spee un plazo de 72 horas, que comenzó a regir a partir de las 20:00 horas del jueves 14 de diciembre y se extendía hasta el mismo horario del domingo 17.[29] Este no fue el único revés diplomático que enfrentaron los alemanes. Durante la mañana del día 14, Langsdorff y Langmann acudieron a la empresa naviera Regusci y Voulminot, la única firma en el puerto que tenía la tecnología y el dique adecuados para efectuar arreglos serios en la embarcación. Sin embargo, obtuvieron la negativa de su propietario, Alberto Voulminot, quien mantuvo su postura inalterada, incluso cuando se le ofreció que fijara el precio que deseaba cobrar por las tareas. La razón de su rechazo se remonta a la guerra franco-prusiana (1870-1871), en la que su padre, Alberto Voulmilot, –nacido en Colmar, Alsacia– fue asesinado por tropas alemanas tras resistirse a la invasión.
Los factores mencionados permiten comprender el error que cometió Langsdorff al dirigir su nave al puerto de Montevideo. Según señalaba sir Eugen Millington-Drake, sin reparar en la reciente dictadura de Gabriel Terra, Uruguay era un país democrático y contrario a cualquier ideología que restringiera las libertades individuales. A su entender, Hitler, con su autoritarismo y violencia, había incrementado la identificación del Uruguay con la causa aliada.[30]
El Graf Spee y los lugares de la memoria
Los acontecimientos vinculados a la Batalla del Río de la Plata, así como a la llegada y estadía del Graf Spee en el puerto de Montevideo, generaron curiosidad y temor entre la población uruguaya, que vivía “conmovida” por las consecuencias del combate naval entre británicos y alemanes, una sensación que se “justificaba plenamente”.[31] Esto hizo que cada una de las acciones protagonizadas por el acorazado y su tripulación fueran acompañadas por una multitud que se renovaba constantemente, lo que potenció la construcción y la permanencia de estos lugares de la memoria en la historia oral y en el imaginario popular.
La batalla para los habitantes de Punta del Este: cerca pero lejos
Los primeros uruguayos en verse involucrados en esta historia fueron los habitantes de la ciudad balnearia de Punta del Este, quienes, entre las 18:00 y las 19:00 horas del 13 de diciembre de 1939, escucharon los cañonazos de las embarcaciones protagonistas de la Batalla del Río de la Plata. Esto provocó que la población se dirigiera “primero hasta la playa de San Rafael y luego hasta la punta rocosa que se adelanta hasta las fieras aguas oceánicas como una proa”. Al caer la tarde, los presentes observaron cómo los buques se alejaban y se perdían “entre las sombras”. Algunos curiosos permanecieron en “las rocas y en las partes más altas”, desde donde observaron “relámpagos lejanos que iluminaban el mar”. La cita evidencia la continuidad del combate en dirección a Montevideo. Aquella luminosidad se debía a los disparos, que “ahogados” por la distancia, no llegaban a nuestros oídos”.[32]
Durante esa jornada, la población no tuvo acceso a información de los medios de prensa, para obtener detalles sobre lo que estaba ocurriendo. Desconocían la nacionalidad de los buques, sus nombres y las causas del enfrentamiento. Además, tuvieron razonables dudas sobre si se trataba de una “contienda real o fingida”. Probablemente esto se debió a lo inesperado de la situación y por las frecuentes maniobras que la flota británica realizaba en la zona. El combate, sobre el que se sabía muy poco, generó que a “la hora de la cena” no hubiera “más motivo de conversación que la misteriosa batalla naval”. Las comunicaciones terrestres con la capital eran lentas. Una fuente indicaba que había que esperar hasta el día siguiente para “saber lo que había ocurrido aquí, a pocas millas de la costa”, y que era “necesario tener paciencia y esperar los diarios de la mañana”. La información finalmente llegó con los “primeros ómnibus después de un viaje de más de 150 kilómetros”.[33] Esta escena visibiliza la importancia de los diarios capitalinos a la hora de informar y construir sentidos e interpretaciones sobre los hechos.
A la mañana siguiente, los residentes de Punta del Este aún desconocían que ese día “el nombre de la península, metrópolis del turismo rioplatense”, corría “por el mundo entero”. Con el transcurso de las horas pudieron conocer algo “más concreto”, aunque las informaciones eran “todavía vagas y la imaginación de cada cual agigantaba y desfiguraba los hechos”. El comentario es útil para dimensionar la construcción social de los lugares de la memoria, reales y simbólicos, vinculados al Graf Spee. No fue sino hasta la noche del jueves 14 de diciembre, con las ediciones de los diarios “sobre las rodillas”, que los lectores comenzaron a esclarecer algo “la pesadilla que habían contemplado con ojos absortos”. Fue entonces cuando se instaló la versión de que “la audacia de los comandos de dos pequeños cruceros británicos, conjuntamente con el viento del Este […] parecen haber ganado la batalla”.[34]
Una multitud en el puerto de Montevideo
Los montevideanos conocieron la noticia del combate el mismo día de los hechos, pero ignoraban su resultado final. Esto hizo que aumentara la expectativa, “formándose las ya tradicionales aglomeraciones frente a las pizarras de los diarios y demás sitios donde podían obtenerse informaciones”, al mismo tiempo que cada espectador daba “rienda suelta a su fantasía, a través de la cual el suceso alcanzaba proporciones desmesuradas”. Durante la tarde y la noche de ese día, miércoles 13 de diciembre de 1939, crecieron las especulaciones sobre el destino final de las embarcaciones, hasta que ganó fuerza el rumor de que “uno de los protagonistas del encuentro entraba a nuestro puerto en busca de refugio para atender los desperfectos sufridos en la lucha”.[35]
El Graf Spee ingresó a la terminal marítima capitalina hacia las 22:50, sin haber solicitado autorización previa ni al Poder Ejecutivo ni a las autoridades portuarias. Apenas se difundió la noticia, la zona del puerto se “vio invadida por una verdadera multitud”. Allí, “cada uno buscó la mejor ubicación y desde ellas todos se esforzaban por distinguir la nave de guerra, imaginando, más que viendo, los detalles de su silueta”.[36] La población quería observar de cerca al acorazado alemán, con sus huellas del combate visibles, lo que generó una masiva presencia de público sobre las dársenas del puerto.
A las incertidumbres en torno al combate se sumaron las interrogantes sobre el tiempo de estadía que el Estado uruguayo le concedería al Graf Spee y sobre el destino de la nave una vez que abandonara la terminal marítima. Las múltiples respuestas a dichas preguntas generaron infinidad de rumores que circularon velozmente por la ciudad. Los gobiernos de Alemania y Gran Bretaña confundieron aún más a la población, ya que realizaron acciones de inteligencia para generar noticias falsas, con las que pretendían engañar e intimidar a su oponente. A causa de esto, los diarios advertían sobre las dificultades que existían para acceder a información veraz. “Tendremos que resignarnos a saber lo que pasa en los libros de historia que se publicarán en el futuro”, señalaba uno de los diarios.[37] El comentario ilustra con claridad la conciencia que se tenía en la época sobre la dimensión histórica y mundial de los acontecimientos que se estaban viviendo en Montevideo. En ese sentido, se afirmaba:
Las aguas del Plata han sido teatro de la más sensacional carrera naval de los tiempos modernos. Y no cabe duda de que el episodio pasará como el más extraordinario suceso naval registrado en estas latitudes. Mientras el acorazado alemán entraba al antepuerto, sus perseguidores llegaban a la rada, a una distancia aproximada de seis millas al sur de Punta Carreta. Aquí termina el trascendental episodio que tanta expectativa y emoción ha puesto en nuestro pueblo que, puede decirse desde anteayer vive pendiente de las proyecciones alcanzadas por el acontecimiento, el más importante de los registrados en el mar en la actual guerra.[38]
Una caravana marítima
El interés de la población por el Graf Spee, anclado en el puerto, generó un lucrativo negocio para los propietarios de pequeñas embarcaciones, que comenzaron a cobrar a los curiosos por realizar una vuelta alrededor del buque alemán. “La gente […] se embarcó en vaporcitos, botes, remolcadores, etc., que se acercaron al acorazado”.[39] Estos viajes contaron con la aprobación de las autoridades portuarias, que se sintieron presionadas por “una multitud renovada siempre” y por los dueños de los botes que estaban haciendo “su agosto”.[40] Además del lucrativo negocio, este fenómeno visibiliza la participación del Estado, mediante acciones directas o indirectas, en la construcción de los lugares de la memoria. Fue así como se inició una “verdadera caravana marítima, incesantemente reeditada, puesto que todos querían ver de cerca la nave nazi”.[41] Es probable que este deseo colectivo estuviera motivado por la curiosidad de observar de cerca los daños sufridos por un buque de guerra de última tecnología, así como por la intención de ver los rostros de los marinos alemanes, algo imposible de apreciar desde la lejanía de los muelles.
La masividad del fenómeno queda corroborada por la alta demanda de pasajes, que hizo que el precio se duplicara en pocas horas. “Cuando llegué ya cobraban cincuenta centésimos por el viaje redondo, después de haber agotado la clientela de veinte. Estos boteros que conocen el mar y los negocios flotantes subieron la tarifa sin previo aviso, ni comunicaciones”.[42] Lamentablemente, los medios de prensa relevados no incluyeron entrevistas, notas o referencias que permitan reconstruir algunas de las características e impresiones que tuvieron sobre los hechos los tripulantes, capitanes o dueños de estas embarcaciones. Dichos viajes, sobre los que se conserva abundante material fotográfico, potenciaron la presencia de este lugar de la memoria del pueblo uruguayo, ampliando sus escenarios al mar.
La cercanía de la guerra: el desembarco de los ataúdes
Durante el jueves 14 de diciembre y la madrugada del 15, el público continuó visitando el puerto para ver al Graf Spee. En las primeras horas de la mañana del día 15, se ubicó en la popa del buque la chata Independencia, encargada de trasladar al muelle los ataúdes con los marinos fallecidos.[43] Mientras tanto, la tripulación “formaba en cubierta y la banda ejecutaba una marcha fúnebre”. Ese fue el “último saludo en el mar”. Cada siete ataúdes se había colocado una bandera alemana. “Dos marineros hacían guardia en la cubierta de la chata, firmes, con los brazos cruzados”.[44]
Luego de la emotiva ceremonia a bordo, los féretros fueron trasladados al muelle Maciel, mientras las autoridades tomaban todas las “providencias necesarias al mantenimiento del orden, frente a la enorme masa de público que iba congregándose para asistir al desembarco de los 36 ataúdes”.[45] El testimonio refleja la masividad del acontecimiento y el importante rol que desempeñó el Estado en el desarrollo de las exequias fúnebres. La participación estatal respondió a razones humanitarias, respetando los protocolos correspondientes a un país neutral, a los vínculos comerciales con Alemania y al temor que generaba la presencia del Graf Spee en la ciudad. Uruguay no contaba con capacidad militar para forzar la salida del acorazado del puerto, ni para proteger a la ciudad en caso de una eventual agresión. No era “posible impedir coactivamente ninguna contingencia”.[46] Fue en ese marco de limitaciones que el gobierno rindió honores a los marinos fallecidos. Sobre ello, decía:
Del Arsenal […] llegaron dos remolcadores con personal para ofrecer el homenaje de la marina oriental a los caídos, formando frente al muelle fluvial, y al desplegar el abanderado la enseña patria, la banda de música ejecutó el himno nacional, que fue escuchado con el recogimiento que la circunstancia imponía. Ya el público era numerosísimo y aumentaba por momentos.[47]
La presencia del pabellón patrio, del himno nacional y de los soldados de la marina “oficializó” las exequias. Estos hechos y la multitud presente generaron confusión entre los tripulantes alemanes sobre el bando con el que simpatizaban los uruguayos en la guerra.
El arribo de los ataúdes al muelle, cubiertos con la bandera de la Marina de guerra de la Alemania nazi (Kriegsmarine), fue el momento de mayor solemnidad y tensión que se vivió en el puerto de Montevideo. Curiosamente, los artículos publicados sobre el episodio no hicieron referencia alguna a la esvástica de la bandera. Es probable que dicho silencio editorial se debiera al respeto hacia los fallecidos, pero también a evitar comentarios que pudieran perjudicar al gobierno uruguayo, en circunstancias extremadamente delicadas a nivel diplomático. Fue en esos instantes que el público conoció el peor rostro del conflicto, que hasta dicho episodio equivalía a meros titulares de prensa.
En el instante que varios funcionarios de la casa mortuoria descendieron para iniciar la tarea de desembarco de los féretros, todos los circundantes pudieron captar la visión de la tragedia vivida por los tripulantes del “Graf Von Spee”. Los dos marinos retiraron las banderas que cubrían los cajones y apareció en toda su realidad el horror de la guerra. Treinta y seis féretros, en dos filas de dieciocho, mostraban como signo tributario de la muerte, lo inaccesible, lo incomprendido del más allá.[48]
Los ataúdes causaron gran impacto, a causa de la edad de los marinos. La mayoría de la tripulación tenía entre diecisiete y veinticinco años. “Triste constatación del fin de una juventud que ha sido llevada a la guerra, por las ambiciones sin control. Hombres en plena edad juvenil, cuando recién empezaba para ellos la realidad de la vida, han caído para siempre frente a nuestras costas”.[49] La referencia evidencia las diferencias que establecieron la mayoría de los medios consultados –y probablemente también buena parte del público– entre el gobierno alemán, al que se oponían y responsabilizaban por el conflicto, y los jóvenes soldados “víctimas” de sus manejos. Esta sería una de las causas que explicaría, juntamente con el “espectáculo de la guerra” promovido por algunos medios de prensa, la enorme presencia de público en torno a los acontecimientos protagonizados por el Graf Spee y su tripulación en el Uruguay.
El cortejo fúnebre
Durante las exequias fúnebres de los marinos alemanes, se realizaron construcciones visuales donde se representó el poder y se convocó a la participación ciudadana. Es probable que el Estado buscara reafirmar su neutralidad en la guerra a través de estas, al mismo tiempo que proponía una imagen del Uruguay como tierra de paz, superadora de los graves conflictos que asolaban a Europa. En este marco se realizó el traslado de los ataúdes, distribuidos en diversas furgonetas, desde el puerto capitalino hasta el Cementerio de Norte. Además de estos vehículos, el cortejo fúnebre incluyó dos carrozas cubiertas de flores, treinta ómnibus y un centenar de automóviles particulares. Juntos, formaron una extensa caravana hacia el cementerio.[50] Las carrozas contenían coronas y ramos enviados por las comunidades alemanas radicadas en Uruguay y Argentina, lo que visibiliza las redes trasnacionales germanas en el Río de la Plata, vitales para la tripulación del Graf Spee tras el hundimiento del buque.[51]
Al partir el cortejo del muelle Maciel, un destacamento del Batallón de Marina le rindió honores militares, mientras las tripulaciones de los barcos amarrados en el puerto formaban en cubierta para tributar su homenaje.[52] Estos gestos subrayan la solemnidad del momento y visibilizan la participación del Estado en la ceremonia. En los diarios consultados no figuran los nombres de las empresas fúnebres responsables de las exequias, aunque sí se menciona a la compañía de buses que trasladó a los tripulantes alemanes. “En once ómnibus de O.N.DA. fueron conducidos estos marineros hasta la necrópolis de Chimborazo”.[53] Por las ventanillas de los vehículos, los soldados alemanes podían observar a una multitud de uruguayos que, desde las veredas, ofrecían sus respetos a los caídos.
Miles y miles de personas esperaban en todas las veredas y balcones el paso del cortejo y muchas flores caían sobre los vehículos, y miradas tristes, de infinita piedad, por los caídos definitivamente en el cumplimento de su deber. […] De acuerdo con los informes que se han recogido, la edad de las víctimas que tienen ahora su morada terrenal en nuestro suelo oscila entre los 17 y los 25 años.[54]
Este testimonio justifica la masiva presencia del público en el cortejo fúnebre, a partir de sentimientos de congoja por la muerte de jóvenes que simplemente cumplían órdenes, descartando su identificación ideológica con el régimen nazi. Según relata otro diario, esa “interminable masa de público” pertenecía a “todas las categorías sociales” y, en todo momento, “exteriorizó con elocuencia el sentimiento que le dominaba ante el epílogo de ese acto de la tragedia que se desarrolla en los mares”.[55] El comentario subraya el carácter policlasista de los participantes, un elemento que contribuyó a la masividad del acontecimiento.
El cortejo evitó las avenidas importantes de la ciudad. Inició su recorrido por la rambla portuaria, continuó por la calle Colombia, y prosiguió por la avenida San Martín hasta Chimborazo, deteniéndose frente a las puertas del Cementerio del Norte, donde “hacían guardia de honor nuestros marinos”.[56] Este se encuentra en una zona alejada del centro, tenía solamente diez años de inaugurado y estaba destinado a los sectores populares. El gobierno brindó un trato respetuoso y honorable a los marinos fallecidos, pero evitó que las ceremonias luctuosas utilizaran recorridos urbanos y necrópolis destinadas a figuras relevantes para el país.
Finalmente, es razonable afirmar que, por el número de fallecidos, sus características, el recorrido del cortejo y la multitud presente, se trató de una de las ceremonias fúnebres más inusuales en la historia del Uruguay.
El entierro en el Cementerio del Norte
El entierro de los marinos alemanes se llevó a cabo durante la mañana del viernes 15 de diciembre de 1939, en el Cementerio del Norte. Según los medios de prensa relevados, se acercaron entre 20.000 y 70.000 personas. Es probable que la diferencia se deba a la inexperiencia para calcular el número de asistentes a la necrópolis y a posibles exageraciones en las cifras, por parte de los diarios que promovieron una recepción centrada en el “espectáculo de la guerra”. Los sepelios multitudinarios son ceremonias de suma importancia, útiles para reformular la nación a través de rituales simbólicos que convierten lo negativo en positivo. Para ello, se compone una escenografía alrededor del féretro, con música, cañonazos, y la presencia de los personajes políticos y militares más importantes del país. Estos, a través de sus discursos impulsan sentimientos que reafirman el carácter histórico del acontecimiento, integrándolo a la identidad nacional.[57]
La realización del sepelio, que respondió a razones humanitarias y de política exterior vinculadas a la neutralidad, fue aprovechada por algunos medios de prensa para reafirmar una imagen del Uruguay como tierra de paz, donde es posible integrar a bandos opuestos, visibilizando la “superioridad” del país rioplatense frente a las naciones europeas en guerra. Este fue presentado como ejemplo, ya que brindaba las condiciones necesarias para garantizar una convivencia armónica entre beligerantes. El Estado dispuso que, al instante de bajar los féretros de los furgones para ser “conducidos a pulso”, un destacamento de la Marina uruguaya compuesto por 120 hombres, al mando del capitán de corbeta Enrique Milans Aguirre, rindiera “los honores correspondientes a los marinos, haciéndose tres salvas”.[58] Aunque integraban las fuerzas armadas de la Alemania nazi, los difuntos fueron tratados con respeto.
Ante la muerte de treinta y seis marinos, no hacía aquí la nacionalidad, nuestro pueblo dio muestras inequívocas de sus sentimientos humanos. El sepelio de los marinos caídos en la batalla naval sostenida cerca de las costas del Este se realizó en medio del mayor respeto, como no podía menos de esperarse.[59]
La imagen del Uruguay como tierra pacífica, integradora y “superior” fue reafirmada, además, por la presencia conjunta de alemanes y británicos. Los primeros estuvieron representados por su colectividad y por miembros del cuerpo diplomático, quienes rindieron “homenajes póstumos a los esforzados marinos”.[60] A su llegada, ya se encontraban abiertas las treinta y seis fosas, a las que se accedía por el pasaje de marineros del Graf Spee, encabezados por la banda de música del buque y su dotación armada.[61] Los británicos se hicieron presentes a través de integrantes de las tripulaciones apresadas por el acorazado durante sus actividades de corsario. Así describió la prensa el momento en que el mando alemán agradeció la presencia británica:
Un pelotón de hombres, al frente de los cuales iban tres oficiales uniformados, llegó hasta la parte central del lugar donde se realizaría la ceremonia póstuma. Eran los ex prisioneros ingleses del Spee que llegaban a rendir honores a los que fueron compañeros durante algunos días y que la soledad del mar los había unido. Dos oficiales alemanes, designados por el comandante del Spee, se adelantaron para saludar a los ingleses y sendos apretones de manos certificaron el agradecimiento de los germanos por la demostración sincera de sus enemigos.[62]
La referencia permite conocer los códigos de honorabilidad compartidos entre navegantes de ambas naciones. Estos gestos fueron posibles porque el entierro representó un alto al fuego en medio de una batalla diplomática. Asimismo, el sepelio fue una instancia apropiada para que la prensa articulara relatos y conceptos contrapuestos sobre lo que se estaba viviendo. Algunos diarios se escandalizaron ante “la pérdida de vidas jóvenes, llenas de esa serenidad optimista y contagiable que se denotaba en los compañeros que llegaron a rendir honores militares al Cementerio del Norte”.[63] En general, dichos medios presentaron a los soldados como víctimas de la manipulación del gobierno alemán, exonerándolos de responsabilidades en el conflicto y despojándolos de la ideología que representaban. Este era señalado como el único culpable de haber iniciado “una guerra inútil”, en la que no tenía “mayores probabilidades” de triunfar. Los marineros, en cambio, eran descritos como parte de “un pueblo noble y laborioso –digno de la mayor consideración–”, al que se le deseaban “días mejores y un retorno feliz a una época donde la justicia, la paz, el amor y la serenidad inunden todos los hogares de la vieja Alemania”.[64]
Algunos de estos periódicos, más condescendientes en sus juicios sobre la Alemania nazi, recurrieron a argumentos nacionalistas para explicar la enorme convocatoria al entierro. Según ellos, la gente quería acompañar a quienes “rindieron sus vidas en defensa de la causa de su patria”. La ceremonia era presentada como una despedida adecuada para quienes se inmolaron “al servicio de un ideal” y buscaron la victoria con “lucha franca, caballeresca y heroica”. Este relato dotó a los combatientes de atributos épicos y honorables, desestimando cualquier tipo de análisis sobre los valores promovidos por el gobierno al que representaban. No obstante, se aclaró que la presencia de público no respondía a “las simpatías” en las que se dividía la opinión de la ciudadanía frente al conflicto.[65] Finalmente, este sector de la prensa visibilizó el temor de los asistentes de que se produjeran nuevas bajas, en el caso hipotético de que el Graf Spee decidiera salir del puerto de Montevideo para reanudar el combate.
Puede decirse sin temor de incurrir en exageración que toda la población uruguaya vive en estos instantes momentos de honda inquietud ante los próximos sucesos que pueden producirse a escasas millas de nuestras costas. […] Todavía nuestra población vive embargada por la emoción del sepelio de los treinta y seis marinos alemanes y su espíritu se inclina hacia el deseo humanitario de una solución sin nuevas víctimas. ¡Dios quiera que no haya necesidad de lamentar más notas ingratas por este infausto suceso! […] Mientras tanto… Sigue nuestro puerto presenciando una nota animada por el público que con idéntica intensidad de los primeros días afluye para observar al acorazado.[66]
Para la prensa militantemente opositora al nazismo, la concurrencia se explicaba por la presencia de “la colonia alemana y de sus simpatizantes” y por “la curiosidad popular”, que “atrajo a algunos millares de interesados en ser espectadores del fúnebre acto”.[67] Es interesante señalar que este medio no menciona la cifra de asistentes, aunque deja entrever un número significativamente más bajo que el propuesto por otros periódicos. Asimismo, reconoció la existencia de seguidores que acudieron por motivos ideológicos, visibilizando su presencia. En tercer lugar, mencionó a personas que no adherían a la Alemania nazi, pero que se acercaron al cementerio interesados en conocer a sus representantes. Para este medio, los marinos alemanes dejaban de ser víctimas de un gobierno que los utilizó, para transformarse en “los muchachos del acorazado nazi” que fueron responsables de
la piratería en el mar y que, como los generales que mueren en la cama, ellos fueron la última explotación para el sensacionalismo nazi en el macabro desfile por las calles montevideanas, olvidando que debieron tener por tumba la que tuvieron, en el fondo de las aguas del océano, los rubios muchachos de Bretania.[68]
Desde su perspectiva, la ceremonia, además de un acontecimiento necesario, fue también una instancia de promoción mediática del régimen nazi en Montevideo. Irónicamente, señalaba el olvido generalizado de la prensa sobre los marinos británicos muertos en combate, quienes duplicaban en número a los del Graf Spee y habían luchado contra un régimen totalitario que negaba la democracia, la igualdad y la libertad.
Un uruguayo a bordo del Graf Spee
Durante la estadía del Graf Spee en el puerto de Montevideo no se permitió el ingreso de periodistas a bordo. La decisión resulta comprensible, ya que se trataba de una embarcación de guerra, atracada en un puerto neutral tras haber protagonizado la primera batalla naval de la Segunda Guerra Mundial entre buques británicos y alemanes. Además, en la ciudad se desató una intensa lucha diplomática entre los embajadores de ambas naciones, marcada por acciones de inteligencia encubiertas que tornaron inviable la presencia de cualquier corresponsal en la nave. No obstante, algunos obreros uruguayos, contratados para realizar reparaciones, fueron admitidos a bordo. Los trabajadores, “contrariamente a lo que se dijo, no estuvieron incomunicados, ni siquiera vigilados de manera especial”, y aquellos que entendían el alemán llegaron a conversar “extensamente con los marinos”.[69] Este comentario plantea interrogantes sobre su número, su origen, forma de contratación, su ideología y filiación partidaria. Lamentablemente, la nota no ofrece información que permita dar respuestas a estas preguntas. De los medios relevados hasta el momento, el semanario Marcha fue el único que mencionó la presencia de los trabajadores en la embarcación, lo cual impide cotejar versiones y relatos sobre su experiencia.
Según señala la nota, los obreros ejecutaron sus tareas distribuidos en cuatro turnos, desde las primeras horas de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo.[70] El intenso ritmo de trabajo y su planificación muestran el interés por efectuar las reparaciones con rapidez, profesionalismo y discreción. Resulta llamativo que las labores se extendieran hasta el domingo 17 de diciembre, día del hundimiento del buque, ya que durante esa jornada se había desestimado la posibilidad de una huida o de un nuevo enfrentamiento con la flota británica. Cabe recordar que la resolución fue comunicada por Langsdorff a sus subalternos a las 2:30 de la madrugada de ese día, tras regresar de una reunión con el embajador alemán.
Ese fue el marco en el que se desarrollaron las reparaciones, y en el que participó un “amigo” del semanario Marcha que, por “azar de las circunstancias”, tuvo oportunidad de visitar el Graf Spee y permanecer por periodos prolongados en dos ocasiones. Gracias a ese contacto, el medio accedió a información de primera mano sobre el estado del barco y el “ambiente que reinaba en su interior”, aspectos hasta entonces desconocidos para el público.[71] La publicación de esta nota, incluida en la edición del viernes 5 de enero de 1940, evidencia el interés por incorporar nuevas miradas sobre el Graf Spee y su dotación. Es probable que haya sido publicada algunas semanas después del hundimiento para proteger la identidad de su “corresponsal” y aprovechando una coyuntura más calma, que permitía explorar otras aristas de la cuestión sin temor a represalias.
El título escogido para la nota fue “Lo que yo vi a bordo del Admiral Graf Von Spee” y reafirmaba la intención de presentar los hechos de forma objetiva. “Con mucho gusto […] les referiré lo que vi […], si es que ustedes lo juzgan de interés”, decía el texto. El informante subió al barco en las primeras horas de la tarde del viernes, es decir, “treinta y tantas horas después del combate”. Apenas en cubierta, constató que la imagen del buque era “distinta” de la que ofrecía a quienes lo observaban desde el exterior. Desde el muelle, el navío se veía apenas averiado; sin embargo, al acercarse comenzaban a notarse claramente los efectos del combate. “La madera de la cubierta aparecía astillada en distintos sitios por efecto de las picaduras de metralla, y mostraba todavía, a pesar de la limpieza practicada, numerosas manchas de sangre”.[72]
Pese a la importancia de los daños exteriores, Marcha reconoció en su nota que “los verdaderos destrozos” se encontraban en el interior del barco. Las granadas habían seguido “trayectorias inverosímiles, dando cuenta casi siempre de cuanto se opuso a su paso”. La narración permite conocer el recorrido de los impactos que sufrió el buque: algunos proyectiles perforaron, “como si fuera papel”, una ancha compuerta de acero de casi dos pulgadas de espesor y abrieron un “boquete de cuarenta centímetros de diámetro sobre la línea de flotación”. Otro proyectil penetró a estribor y, “luego de cumplir su obra”, salió por babor, ocasionando el “orificio más grande de los sufridos por el casco”, por el cual “una persona de estatura mediana podía ingresar de pie sin necesidad de encogerse”. Este boquete fue fotografiado por la prensa en el momento en que el buque era inspeccionado por el personal encargado de las reparaciones:
[…] se recortó a soplete y […] se le aplicó una plancha de acero de las conducidas desde Montevideo. Fueron llevadas hasta el acorazado en lancha de este. De allí eran alzadas por los dos grandes guinches eléctricos […]. El barco hizo agua en varios compartimentos […]. Vimos subir a cubierta numerosas hamacas de dormir chorreando agua, para ser puestas a secar.[73]
El comentario subraya la presencia de agua en algunos sectores del buque, algo esperable dadas las circunstancias, pero desconocido por los demás diarios, que no habían conseguido ingresar al interior de la nave. Asimismo, plantea interrogantes sobre cómo se obtuvo el acero –probablemente proveniente de Buenos Aires– para realizar las reparaciones del buque, en un puerto oficialmente neutral pero de clara orientación proaliada. El uso de la lancha del acorazado para trasladar los materiales destinados a las reparaciones destaca la absoluta confidencialidad y el hermetismo que rodearon su estadía. Además, la nota permite conocer cuán improvisadas fueron algunas tareas, debido a la imposibilidad de contar con un dique seco. “Este boquete quedó sin reparar. Para ello hubiera sido necesario escorar el barco. Se le cerró provisoriamente con un tarugo de madera”. Este hecho reafirma la importancia de Alberto Voulminot, dueño de la única empresa capaz de realizar las reparaciones y que, por motivos personales e innegociables, se rehusó a hacerlas.
El autor destinó partes de su nota a “hablar de la impresión que causaba la tripulación”. Su mirada resulta sumamente interesante, ya que pudo observar a los marinos en la intimidad de la embarcación. Lo primero que señaló fue “el extraordinario movimiento de sus hombres”, pues, “en cualquier punto que se estuviera se asistía a un incesante ir y venir, subir y bajar, de marineros que andaban siempre en grupos”. Es probable que este comportamiento respondiera tanto a las reparaciones del barco como al cuidado de los heridos. Al igual que los montevideanos en tierra, el cronista observó que la mayoría de los tripulantes eran “gente de extrema juventud”, muchos de los cuales “derrochaban un espíritu de jovialidad y camaradería de acuerdo con su edad”.[74] También reparó en la alimentación de los marinos y en las condiciones de las cocinas del buque. Al respecto, afirmaba:
[…] la tripulación daba la impresión de estar perfectamente alimentada. La comida era preparada en dos cocinas, una muy grande -en la que estalló una granada- destinada a la tropa, otra más reducida perteneciente a la oficialidad. Pero las dos ofrecían la misma cuidada presentación, como […] todas las dependencias […], modernas y confortables.[75]
El Graf Spee generó gran impresión en el autor. Independientemente del grado militar al que estuviera destinada cada área, la embarcación mantenía una imagen sobria, que conjugaba la última tecnología con el máximo nivel de comodidad posible para la época. El comentario confirma los daños en la cocina, uno de los mayores problemas junto con la imposibilidad de potabilizar agua y filtrar gasoil, condiciones fundamentales para que el buque pudiera huir o volver a entrar en combate. Asimismo, el cronista elogió la cabina de un oficial: “impresionaba el confort con que estaba instalada. Teléfono automático, calefacción, ventilador, etc.”. Esta observación subraya la modernidad y el nivel tecnológico que caracterizaban al navío. Sin embargo, tales condiciones no lo volvían invulnerable frente al enemigo, como insinuaron algunos medios de prensa. La descripción de una de las zonas destinadas a la tripulación así lo demostraba: “En aquellos momentos estaba en gran desorden. Una granada había penetrado ocasionando grandes destrozos que un obrero trataba de reparar”. En la zona frontal
una granada fue a estallar junto a la cabeza de un tripulante que dormía. Pasó de un sueño al otro con el cuerpo pulverizado. Se nos mostró el lugar todavía sucio de sangre y de tejidos adheridos a las paredes. Cuando entramos un tripulante dormía pesadamente en la hamaca inmediatamente superior a la de la víctima.[76]
El relato visibiliza los daños que recibió el buque en su interior y ofrece algunas imágenes sobre la tripulación que permiten conocer su estado de ánimo tras el enfrentamiento.
Unos, tendidos en los bancos, tenían la mirada perdida en el aire, indiferentes a cuanto pasaba a su alrededor. Otros permanecían sentados, con la cabeza entre las manos, los ojos fijamente clavados en el suelo. Otros, acostados en sus hamacas se revolvían continuamente, presas, al parecer, de sufrimientos que no se sabían si eran físicos o morales. Se veían numerosos lesionados, vendados, brazos en cabestrillo, caras y cuerpos picados de metralla. Aquellos cuadros traían a la memoria escenas de películas de guerra, pero de un patetismo, por real, más intenso.[77]
La cita describe una escena de estrés postraumático de guerra, al referirse a los “sufrimientos morales”, y evidencia una numerosa presencia de heridos a bordo. Resulta particularmente interesante la comparación que establece con el cine bélico, donde la realidad, desprovista de la belleza del arte, resulta terrible y aterradora. Pese a la dureza de las imágenes descriptas, la nota también destaca cómo los marinos desarrollaban algunas actividades recreativas: “conversaban tirados o sentados y escribían o jugaban a las cartas”, y no dudaban en compartir “sus cosas personales, retratos de novias, trofeos deportivos y gran cantidad de árboles de navidad que estaban preparando” con los trabajadores encargados de las reparaciones, a quienes incluso invitaban a beber cerveza y coñac en la cantina de los oficiales.[78] Es posible que, al comunicarse con estos obreros, los marinos lograran olvidar momentáneamente las dramáticas jornadas que estaban viviendo. Las anécdotas y los preparativos para la Nochebuena respondían, en última instancia, al mismo objetivo: distraer y levantar la moral de la tripulación.
El artículo permite conocer las dificultades que enfrentaban los tripulantes para acceder a información confiable sobre lo que ocurría, lo que subraya el hermetismo imperante entre los altos mandos alemanes. Numerosos grupos de “muchachos apretujados, frente a sendos amplificadores” escuchaban trasmisiones de Berlín que describían el combate y la situación del barco. “Su atención era tal que al menor ruido […] chistaban reclamando silencio”. El testimonio describe tanto la importancia de la radio como medio de comunicación, generador de sentidos interpretativos sobre los acontecimientos, como lo sesgada que estaba la información a la que accedían los marinos. Aun así, este grupo mostraba “grandes deseos de salir a combatir” y su moral se mantenía alta:
[…] se formó a nuestro alrededor un corrillo de cerca de veinte muchachos. Uno de ellos, que parecía tener cierto ascendiente sobre los otros tomó la palabra y dijo en un tono ardiente -Queremos salir a pelear. Sabemos que la escuadra inglesa nos espera y que vamos a una muerte segura. Pero no importa, queremos dar nuestra sangre por Alemania.[79]
Al parecer, los marinos conocían al menos en parte la delicada situación en la que se encontraban, lo que no fue obstáculo para que muchos desearan una muerte honorable al entrar en batalla. La cita nos impide conocer el grado de compromiso de los soldados con el nazismo, aunque sí evidencia el peso del nacionalismo en una eventual acción. Asimismo, el autor relaciona el estado de ánimo de la tripulación con los intensos “preparativos de lucha en el acorazado durante la noche del sábado” y afirmaba que se esperaba un combate breve, para el cual se habían colocado “cincuenta impresionantes torpedos” en un lugar visible del buque.[80] Al cerrar la nota, el semanario agradecía al corresponsal “en nombre de los lectores de Marcha”, reafirmando la importancia de las “declaraciones que nos hiciera un testigo ocular de la vida interior del Graf Spee durante su permanencia en el puerto de Montevideo”, en los “últimos días de su corta y dramática existencia”. La publicación concluye con una frase del autor que buscaba despejar cualquier duda sobre su filiación ideológica, al tiempo que visibilizaba su compromiso –y el del medio– en la lucha contra el totalitarismo: “Al despedirse nuestro informante nos dice: Aclaren que soy demócrata… Por las dudas…”.[81]
El desenlace
Durante la noche del sábado 16 de diciembre circularon rumores sobre la inminente partida del Graf Spee, “en procura de una salida airosa o para sostener un desigual combate con sus enemigos, que, es notorio, lo aguardan en alta mar”. El comentario plantea los diferentes escenarios que contemplaba la prensa ante la inminente finalización del plazo de permanencia del buque en el puerto. La cercanía de ese desenlace incentivó la concurrencia del público a la terminal marítima. Sobre ello, se decía:
[…] como si se produjera una cita de honor […] volvió a volcarse en el puerto, llenando la explanada, a la espera de los acontecimientos. Ómnibus, tranvías, coches particulares y de alquiler, llegaban a las cercanías de los muelles para volcar a los miles de curiosos que llegaban ansiosos de presenciar la partida del barco. Pero a medida que las horas pasaban las filas blanqueaban y la decepción era unánime pues el Graf Spee no levaba anclas.[82]
Este fragmento muestra la expectativa que existía en la ciudad en la víspera del desenlace y permite inferir el carácter policlasista del público a partir de los medios de transportes mencionados. El gobierno contribuyó a este clima mediante medidas que pretendían facilitar la salida del acorazado. Durante la jornada dispuso el cierre de la terminal portuaria a todo el tránsito marítimo hacia el exterior, desde las 12:00 hasta las 24:00 horas. Dicha decisión tuvo como objetivo dejar vía libre al Graf Spee en caso de que “eligiera zarpar antes del plazo que le había sido fijado”.[83] La disposición subraya el interés de las autoridades nacionales por resolver una situación diplomática compleja e incómoda, sin llegar al límite temporal estipulado.
Pese a la desilusión de la multitud presente y de las autoridades, el buque permaneció anclado en el antepuerto hasta la tarde del día siguiente. Existían razonables dudas y temores sobre la actitud que adoptaría el capitán Langsdorff, ya que el gobierno no tenía facultades para imponer su decisión de manera coercitiva. Se asignó al remolcador Lavalleja la tarea de vigilar a “la nave nazi”, pues se temía que abandonara el puerto “en cualquier momento”, sin dar aviso a las autoridades competentes. Su tripulación debía observar los movimientos del acorazado, comunicando a sus superiores de cualquier hecho anómalo.[84]
A las 14:30 del 17 de diciembre, última jornada en la que estuvo la embarcación en el puerto, se produjo el desembarco de los heridos, un acontecimiento que generó hondo impacto en la población.
[…] la tragedia de la guerra volvió a conmover todas las fibras de sus sentimientos, en un desesperado deseo de confraternidad humana. […] llegaron a tierra los heridos que se bajaban del “Graf Spee”. Eran treinta y uno. Los traía el remolcador “Yaguarí”. Venían trece de ellos en camillas y el resto sosteniéndose por sus propios medios. Hubo gran emoción cuando el desembarco. Los espectadores, numerosísimos en ese momento, observaban con un silencio que decía del efecto conmovedor que les causaba lo que veían.[85]
Más allá del manejo mediático y del impacto que generó en la población, la acción visibilizó el cercano desenlace de los acontecimientos. Los uruguayos que concurrieron a la terminal marítima manejaban tres escenarios posibles para el Graf Spee: entrar en combate –la hipótesis menos probable, pero la que generaba mayor expectativa–; darse a la fuga –una opción poco factible a plena luz del día y descartada desde la noche anterior–; o su hundimiento por parte de la tripulación –una alternativa viable, aunque desprovista del carácter épico que muchos imaginaban para el final. Esta última fue la resolución adoptada, aunque no estuvo exenta de duras críticas por parte de quienes consideraron que eludir el enfrentamiento implicaba una falta de honor del capitán y su tripulación. De cualquier modo, la decisión tomada por Langsdorff permitió salvar a sus hombres e impidió que los británicos accedieran a los secretos tecnológicos del buque.
A las 18:30 horas, el acorazado comenzó a desplazarse con el único motor que aún le funcionaba. Los restantes habían sido puestos fuera de servicio por sus mecánicos, mientras la nave orientaba su proa hacia el canal de salida del puerto. La “emocionante noticia” produjo el efecto “inevitable en el público dominguero, en la enorme multitud que llenó el puerto y la rambla Sur, y en los millares de escuchas” que, tras seguir las “alternativas del partido de fútbol que se disputara en el Estadio cambiaron de tema”.[86] La cita reafirma el interés de los medios, incluso radiales, por construir su recepción en torno al “espectáculo de la guerra”. La imponente cifra de asistentes a estos espacios –de gran importancia en el imaginario social y en la identidad uruguaya– reafirmó su presencia en la historia oral. Al mismo tiempo, dichos sitios potenciaron la construcción de los lugares de la memoria vinculados a estos sucesos. La gente “colmó nuestra costanera”, donde una “multitud de vehículos […] obstruyeron todas las vías de acceso” a los lugares desde los cuales podían observarse las maniobras del “poderoso buque de guerra”.[87]
Aunque el desenlace tuvo como escenario la ciudad de Montevideo, muchos uruguayos se prepararon para observar los acontecimientos desde los balnearios del este. Según cuentan los diarios, la costa “había sido invadida por el público ávido de presenciar la salida y el posible combate naval”. Entretanto, la expectativa desde tierra firme y desde algunas embarcaciones fondeadas afuera del puerto era “emocionante”.[88] Miles de personas se ubicaron en “rascacielos, azoteas y cuanto lugar elevado permitía la contemplación del río”.[89] Diversas personalidades políticas y diplomáticas, entre ellas el embajador británico Millington-Drake, observaron los hechos desde los últimos pisos del Palacio Salvo.[90] Es probable que la altura no haya sido el único motivo por el que eligieron ese edificio: quizás temieran por su integridad física al encontrarse cerca de la costa, en caso de que efectivamente se produjera el combate. Las expresiones vertidas permiten identificar otros espacios desde donde se presenciaron los acontecimientos, lo que refuerza la idea de una construcción de múltiples relatos y memorias en torno a estos sitios a escala nacional.
La gran cantidad de público presente visibiliza la conciencia sobre el carácter histórico del acontecimiento. “Toda la ciudad aprestose para presenciar un espectáculo jamás presentido, trágico terriblemente trágico, pero grandioso a la vez”.[91] Para algunos diarios –quizás impulsados por el aumento en sus ventas, que se duplicaron durante la estadía del acorazado– fue vital el desarrollo de un relato donde era altamente probable que el Graf Spee y las embarcaciones británicas se enfrentaran en una nueva batalla. Al salir del puerto, el buque “partía buscando una ruta –algo así como el último destello de esperanza que se pierde– para hacer frente a la poderosa concentración enemiga que le aguardaba”.[92] El comentario reafirma la idea –instituida como real por algunos medios– de una desmedida presencia de la Marina británica a la salida del puerto, que no se correspondía con la realidad, lo que condicionó el comportamiento de la embarcación alemana e incentivó la asistencia masiva. Desde esta mirada, el combate se presentaba como una “puerta que conducía a la eternidad”, a la que el barco accedía vestido con “sus mejores galas” y con la bandera de su país flameando a tope. Esta imagen heroica del acorazado en su último viaje, construida por un medio menos crítico con los marinos representantes de la Alemania nazi, generaba que el
alma uruguaya se sentía identificada, sino con la causa, con la entereza moral de esos muchachos rubios y cultos a quienes hemos visto sonreír en medio de la tragedia que les rodeaba. Salían sin duda alguna en busca de la muerte. Y quién llega a adoptar ese gesto merece por lo menos el respeto de quienes son espectadores del drama.[93]
Al parecer, para este medio el pueblo uruguayo –bastante racista, aunque no nazi– se reconocía en las personas cultas e instruidas que asumían las consecuencias de sus actos, incluso si eso implicaba perder la vida. Esta representación heroica sedujo a amplios sectores de la sociedad, lo que contribuye a explicar el número de asistentes.
No obstante, este relato cargado de un nacionalismo romántico fue fuertemente criticado por otros medios, que recordaban que las víctimas eran soldados de la Alemania nazi y que el barco era una nave de guerra que “infundió por los mares, con la temeridad de algo equivalente al corso, el dolor y la angustia de sus innumerables víctimas”. Estas acciones, sostenían, fueron las que provocaron el final de la embarcación, atribuible exclusivamente a “sus celosos custodios”, quienes la aguardaban a la salida del puerto y la obligaron a “elevarse en un renunciamiento, que acabó con su propia estructura”. La cita parece recordar a los lectores que, pese a los sentimientos humanitarios o de respeto que pudieran inspirar las bajas del Graf Spee, se trataba –ni más ni menos– de un buque de guerra nazi, cuya destrucción era necesaria para asegurar el triunfo de las democracias sobre el totalitarismo. Además, el comentario remarcaba que el buque encontró su final “en una latitud no sospechada tal vez, ni por sus propios actores, en un escenario habitualmente de paz y bonanza, tuvo que enfrentar a quienes aseguraban la libertad de las rutas marinas”.[94] La afirmación sostiene una mirada sobre el Uruguay como lugar pacífico y de prosperidad, al tiempo que lo alinea ideológicamente con aquellos que defendían la libertad frente a las potencias totalitarias.
El capitán Langsdorff decidió dinamitar el Graf Spee en una zona cercana al puerto, frente a las costas de la playa de Punta Yeguas, ubicada en el Cerro de Montevideo. Es probable que eligiera este sitio para evitar navegar hacia el este, donde se encontraban las unidades de guerra británicas. Además, la ubicación facilitaba la evacuación de la tripulación hacia Buenos Aires. Los diarios describieron esa tarde de inicios del verano como el escenario idóneo –quizás “excepcional”– para que la tragedia pudiera ser apreciada en toda su magnitud. “El sol ya estaba casi al borde del mar camino del ocaso. […] Ligeras nubes empañaban el horizonte. Sobre un fondo rojizo destacábanse la alta silueta del ‘Admiral Von Spee’”. Finalmente, a las 20:00 horas del domingo 17 de diciembre de 1939, el acorazado fue echado a pique por su propia tripulación,
[…] un chorro de fuego, seguido de un estampido salió del acorazado. El eco retumbó en la costa produciendo un sacudimiento extraño. Un grito se ahogó en la garganta de la muchedumbre. Porque casi sin transición, una inmensa llamarada seguida de un fragor horrísono se elevó a una altura inmensa. La tierra tuvo un sobresalto, prolongándose el ruido por todos los ámbitos.[95]
La impactante explosión enfrentó a la población a un escenario desconocido, que perduraría como un recuerdo colectivo tanto para los uruguayos que poblaban la costa como para los argentinos que, desde la otra orilla del Río de la Plata, escucharon las detonaciones. La prensa, de diversos perfiles ideológicos, aprovechó al máximo los acontecimientos y generó –según el enfoque de cada diario– un sinfín de artículos que describían, en mayor o menor medida, “el espectáculo de la guerra”, reafirmando así la centralidad de esta línea narrativa. La presencia de imágenes en los diarios fue determinante en la elaboración de dicho relato, permitiéndole a la población observar los detalles de las últimas horas de existencia del acorazado.
Luego de que la nave se hundiera –parcialmente, debido a la escasa profundidad del Río de la Plata– los marinos alemanes abandonaron las aguas territoriales uruguayas con destino a Buenos Aires. Lo hicieron en algunas chatas llegadas de la capital argentina y en el Tacoma, buque auxiliar del Graf Spee. Al día siguiente, la prensa señalaba que la población seguía “conmovida por el triste espectáculo de que fue testigo” y comentaba que algún “espíritu ávido de impresiones fuertes salió defraudado en sus esperanzas de presenciar un combate”. Al parecer, la tragedia convertida en “espectáculo” resultó insuficiente para algunos asistentes, lo que reafirma la importancia de este argumento para explicar la masiva presencia de “espectadores”. Finalmente, también se comentaba –con plena conciencia del peligro que habría representado un combate cerca de la ciudad– cuán aliviados estaban “todos los corazones uruguayos al conocerse que el hecho […] no provocó nuevas e inútiles víctimas”.[96]
El lunes 18 de diciembre, algunos diarios cuestionaron al capitán por haber violado la “ley de la marina” al no hundirse con su nave. Al respecto, uno de ellos indicaba:
[…] debe existir en todos los hombres un impulso absurdo de aceptar el juego y llevarlo hasta el final. El comandante Langsdorff no lo tuvo. Ahora tampoco tiene barco. Y si en los tres días de espera en nuestro puerto se le ocurrió plantearse la pregunta “¿qué valen barcos sin honra?”, es necesario declarar que le dio una respuesta desconcertante.[97]
El comentario permite comprender, al menos en parte, el suicidio de Langsdorff, ocurrido una vez que su tripulación estuvo a salvo en Buenos Aires. La decisión de hundir la embarcación generó un sinfín de discusiones entre la población, lo que confirmó su relevancia como lugar de la memoria. Aunque se tenía conocimiento de que este podía ser el destino final del buque, para muchos parecía poco creíble que aconteciera. Por las calles de Montevideo, la gente comentaba, “en todos los tonos imaginables, las actividades de los marinos del Reich y las circunstancias que dieron mérito a un comportamiento jamás presentido”.[98] La orden del capitán otorgó materialidad –con la presencia del barco frente al cerro de Montevideo– a los diversos lugares de la memoria construidos por los uruguayos en relación con esta historia.
El Graf Spee semihundido
El hundimiento del Graf Spee provocó que los diarios, poco a poco, comenzaran a perder interés por la historia. “Ha tenido fin para nosotros, este especial momento que hemos vivido desde que la nave […], se adentró en nuestro puerto”. No obstante, varios medios realizaron balances sobre lo ocurrido: “Antes de ahora, no habíamos sentido la proximidad de acontecimientos, creadores de tan rara expectativa. Para nosotros todo fue, pues, un lapso penetrado de esas sensaciones”.[99] La cita reafirma una idea presente en todos los periódicos y semanarios consultados: lo distinta que es una guerra cuando se la observa de cerca. Asimismo, permite comprender la extraña huella y los recuerdos colectivos que la población construyó en torno a estos acontecimientos.
Aunque las reflexiones sobre lo vivido estuvieron en boca de todos, el hundimiento del buque alemán dio origen a nuevos lugares de la memoria. El “espectáculo del formidable acorazado ardiendo a la entrada del puerto, tiene lógicamente que haber penetrado en el espíritu de todos los que lo presenciaron para formar un recuerdo excepcional y en consecuencia imborrable”.[100] La referencia visibiliza la construcción social de las memorias sobre el Graf Spee desde una perspectiva “excepcional”, lo que explica su presencia y permanencia en el imaginario popular. Algunos medios, quizás exagerando sus apreciaciones, señalaban que días después de la explosión, la rambla sur y las azoteas de la ciudad “rebosaron de concurrencias nutridas” que contemplaban la “imponente columna de humo” que aún emergía de la nave, cuya estructura aparecía “terriblemente destruida por los efectos del fuego y de las explosiones”.[101]
Además, la necesidad del público de acercarse al buque hizo que retornaran los viajes hasta sus proximidades. Una “interminable caravana –si así puede decirse– de lanchas y otras embarcaciones menores” iba y venía del sitio donde yacía “para siempre la poderosa máquina de guerra que el destino quiso viniera […] para encontrar su tumba”.[102] Entre las embarcaciones había varias procedentes de la costa argentina, donde el episodio repercutió “con la misma intensidad dramática” que entre los uruguayos.[103] La cita subraya la importancia del hecho a escala rioplatense. Es probable que la llegada de la tripulación del Graf Spee a Buenos Aires incentivara a los argentinos a cruzar el Río de la Plata. También es factible que la amplia difusión de los acontecimientos, tanto a través de la prensa como del “boca a boca” en ambos márgenes del Plata, hayan generado curiosidad e incluso cierta presión social para aproximarse a los restos del barco.
Graf Spee: alteridad e identidad
El arribo del Graf Spee al puerto de Montevideo conmocionó al pueblo uruguayo, generando una alteridad que permitió reafirmar ciertos relatos sobre la identidad nacional. Los diarios fueron centrales en esta construcción y en la generación de sus sentidos interpretativos. Pese a que todos los acontecimientos vinculados al buque y su tripulación fueron utilizados para este propósito, el entierro de los marinos alemanes se consolidó como el episodio más idóneo para el desarrollo de estas narrativas, debido a su carga emotiva y a la convivencia entre alemanes y británicos durante la ceremonia luctuosa.
El sepelio de los 36 marinos motivó una abundante producción periodística centrada en el concepto de la “guerra como espectáculo”. Para sostener esta narrativa fue esencial realizar una separación entre gobierno nazi y los marineros del Graf Spee, despojando a estos últimos de la ideología que representaban. Para algunos medios, los combatientes merecían respeto y honores por haber defendido a su patria, lo que justificaba el homenaje de la población uruguaya. No obstante, otros diarios –abiertamente opositores al fascismo– combatieron esta visión demasiado compasiva, proponiendo un relato más “realista” de la guerra, donde la muerte, si bien dolorosa, era comprendida como una consecuencia inevitable frente a lo que estaba en juego. Desde esta perspectiva, “la nave pirata, distraía a la población” con sus “enormes cañones y los grandes desgarrones de su coraza gris”, mientras corría de “boca en boca su pintoresca novela de terrible corsario rey de los mares del sur”. Tras su hundimiento, el mismo semanario manifestó su alegría por el final de sus “correrías tras los barcos aliados que enviaba con un cañonazo al fondo del océano”.[104]
Uruguay: una orgullosa nación que supera a Europa
El diario católico El Bien Público, fundado en el año 1878 por el poeta y diplomático Juan Zorrilla de San Martín, desarrolló una narrativa en la que los acontecimientos vinculados al Graf Spee sirvieron para reafirmar su oposición al conflicto. En este marco, presentó al Uruguay como una nación neutral, integradora, hospitalaria y moralmente superior a las europeas, pues en su suelo los beligerantes podían “convivir en paz”. Su recepción de los hechos destacó el orgullo por las características que tuvo el sepelio, donde la rivalidad se revistió “de ademanes de caballería”, suprimiendo “gestos de odio ante cadáveres”.[105] Desde sus valores cristianos, el diario enfatizó la misericordia y la virtud de velar por el prójimo a los marinos muertos en combate. Eran “hombres venidos de lejos, impulsados por la guerra”, a quienes esta tierra “guardará junto a sus hijos”.[106] A continuación, definía al Uruguay como una nación de paz y, por ello, “superior” a las europeas en guerra:
[…] han quedado aquí gozando de la paz de nuestra tierra riente besada por el sol […] reposando en tierra cordial, en una tierra que, gracias a Dios, viene conociendo más de treinta años de paz continua, de esa paz que se han negado a sí mismos, obstinada y obcecadamente, los pueblos de Europa. […] Nuestra curiosidad no ha creado “clima” de paz, por inercia, por omisión.[107]
Esta referencia es útil para comprender la importancia que El Bien Público atribuía a los conceptos de paz, cordialidad y alegría como pilares de la identidad nacional. Estas características, que le provocaban orgullo, fueron concretadas luego de muchos años de una construcción política e institucional que involucró a generaciones de uruguayos, en un proceso que desestimaron los habitantes del viejo continente, pagando sus consecuencias. Esta perspectiva mítica sobre la historia del Uruguay –donde el concepto de paz era sinónimo de ausencia de guerras civiles entre blancos y colorados– invisibilizó períodos anteriores de nuestra historia cargados de autoritarismo y de conflictos sociales, como la reciente dictadura de Gabriel Terra, finalizada en 1938. Pese a dicho silencio, el diario propuso que el Uruguay liderara una cruzada internacional contra la guerra, denunciando sus atrocidades cada vez que fuera posible y evocando las escenas trágicas vividas en el Cementerio del Norte.
Muchos nos honran treinta y seis caídos, cualquiera sea su nacionalidad, en quienes ejercemos una obra de misericordia, pero sí todo queda sujeto y reducido en el estrecho canal del protocolo, incurrimos en una nueva omisión: la de gritar al mundo que combate nuestro repudio por la lucha que aniquila vidas de esplendorosa promesa. Ya no son miles de muertos en la letra árida de los telegramas, son treinta y seis muertos palpables. Depósito que las olas han dejado mansamente en nuestras playas. Por encima de todos los valores jurídicos y de todos los modos civiles, treinta y seis muertos son otros tantos dolores que deben excitar la reacción del mundo consciente.[108]
A pesar de su pequeña dimensión geográfica y poblacional, el país –según esta visión– tenía una gran confianza en sus posibilidades y debía asumir una actitud firmemente opositora frente al combate. Los muertos que estaban siendo enterrados imponían con urgencia una reacción urgente, para que “la vida reine y domine sobre las sombras trágicas que entenebrecen el mundo”.[109] Esta perspectiva, de clara inspiración católica, desdibujó a los bandos enfrentados, sus ideas y sus propuestas, al centrarse en la valoración de la vida como derecho absoluto. Las sombras de las treinta y seis cruces nuevas de la necrópolis debían “proyectarse sobre los vivientes, sobre las naciones y sus mandatarios, para que en la luz que surge de esa sombra iluminen los caminos de la humanidad despedazada en luchas y odios”.[110]
Desde su mirada católica y nacionalista, es probable que El Bien Público considerara que el gobierno de Alfredo Baldomir, acompañado de su canciller Alberto Guani, no hizo lo suficiente para denunciar la ominosa guerra. Aunque no lo señala de manera explícita, el diario daba a entender que las autoridades nacionales estaban más preocupadas por atender las demandas británicas y estadounidenses ante el arribo del Graf Spee, que por liderar una campaña internacional en contra del conflicto bélico.
La “excelsa” organización social de los uruguayos
El diario nacionalista El Debate, fundado en 1931 por el Dr. Luis Alberto de Herrera, realizó una cobertura detallada de la estadía del acorazado alemán en el puerto capitalino. Su gran producción de artículos, con una importante presencia de imágenes, permite conocer diversos detalles sobre los acontecimientos. De la prensa relevada fue la que planteó una recepción más centrada en el “espectáculo de la guerra”. Su narrativa presentó al Graf Spee como responsable de haber traído a “nuestra tierra el espectáculo de la tragedia, de destrucción y de dolor que conmueve a las naciones más cultas y poderosas del orbe”.[111] La cita, ciertamente contradictoria, subraya la lógica atención que se le prestaba a la realidad europea, a la que se instituyó como un referente cultural superior, mientras que, paradójicamente, se celebraba el entierro de treinta y seis soldados alemanes en una nación americana subalterna.
Al igual que otros diarios, El Debate utilizó el entierro para reafirmar algunas características centrales del pueblo uruguayo: “noble, generoso, poseído por un ferviente espíritu de solidaridad humana”, capaz de tributar homenaje a “quienes venían a dormir el sueño eterno en el regazo de su tierra”. Estas virtudes le fueron de utilidad para explicar lo multitudinario de la ceremonia. Además, el diario argumentó que la numerosa presencia de público se debía a la excelencia de “nuestra organización social, democrática y republicana”, que permitía a los ciudadanos participar de “todas las emociones que depara la vida sin atenerse nada más que a los imperativos de su propia conciencia”.[112] Este comentario permite conocer el orgullo del medio respecto al orden constitucional, político y social vigente en el país, aunque dicho orden distaba de ser democrático. La Constitución de 1934 –heredada de la dictadura de Gabriel Terra y vigente en ese momento– había eliminado la representación proporcional en el Senado. Es probable que, a través de estas apreciaciones, El Debate buscara legitimar esta carta magna, que garantizaba una división de la cámara alta exclusivamente entre dos sectores: el terrismo (Partido Colorado) y el herrerismo (Partido Nacional). Su defensa del régimen constitucional de 1934 evidencia los movimientos que se estaban gestando en el país con miras a reformar la constitución, lo que eventualmente habilitaría el retorno a un régimen plenamente democrático.
A partir del sepelio, El Debate edificó una narrativa sobre cómo consideraba que veían a la sociedad uruguaya desde el exterior. Esta idea reafirma la importancia que el diario atribuía a la “excepcionalidad” del Uruguay, al tiempo que muestra la trascendencia de la relación entre un “afuera” y un “adentro” en la definición de las características del pueblo y la cultura uruguaya.
Nos imaginamos la impresión imborrable que llevarán los que, extraños a nuestra comunidad y a sus costumbres, presenciaron ese acontecimiento. Podrán decir, donde quiera que vayan que en el pueblo uruguayo prima una cultura superior y que en los corazones de sus componentes se anidan sentimientos generosos, plenos de exquisita sensibilidad que les lleva a compartir el dolor de los otros pueblos que sufren los desgarramientos provocados por el drama inmenso que siega vidas, siembra destrucción y odios y torna más azarosa la marcha de la humanidad por los caminos del destino, cada vez más inciertos, más tortuosos y más sombríos.[113]
La referencia resulta útil para comprender la masividad de los hechos. Esta se debía a la elevada cultura de la población, entendida como sinónimo de conocimiento, algo que habilitaría un mundo sensible, capaz de ubicarse en el lugar de quienes sufrían, incluso si se trataba de marinos de la Alemania nazi. Del mismo modo, el diario coloca a ambos bandos como responsables del conflicto, una postura que revela sus dificultades para criticar las responsabilidades alemanas en la guerra. Atribuía las bajas, las destrucciones materiales y el curso incierto del mundo a una coautoría difusa, sin asignar culpas claras. Es probable que este posicionamiento buscara respaldar la neutralidad del Estado uruguayo, marcando distancia del acercamiento que por lo bajo mantenía el gobierno nacional con los británicos y sobre todo con Estados Unidos y su panamericanismo. Finalmente, el énfasis otorgado a la “excepcionalidad uruguaya”, así como a su “excelsa organización social y política”, permite dimensionar a las exequias fúnebres como un espacio de disputa en torno a la configuración del Uruguay, tanto a nivel nacional como internacional.
Los uruguayos: libres, democráticos y solidarios
El diario El Día, fundado en 1886 por José Batlle y Ordóñez, era la voz oficial del sector batllista del Partido Colorado. Al igual que el resto de los periódicos relevados, utilizó el entierro para fijar su postura frente a la Segunda Guerra Mundial y la identidad nacional. Su narrativa, declaradamente proaliada y antifascista, centró su atención en los valores del pueblo uruguayo, desestimando la organización política y constitucional vigente –heredada del terrismo– como elementos relevantes en su concepción de país. El relato fue crítico con aquellos que, “escudados en la neutralidad”, evitaban condenar enfáticamente al fascismo.
Nuestro pueblo, que ama la libertad y es demócrata, rindió ayer homenaje respetuoso a los jóvenes marinos caídos en la acción naval de Punta del Este. La multitud que en el puerto, a lo largo del recorrido cumplido por el cortejo fúnebre y en el cementerio prestó marco emotivo a la ceremonia, era en su inmensa mayoría, formada por conciencias libres y democráticas, conmovidas por el triste y trágico destino de esos hombres jóvenes que, en los albores de la existencia, han caído sacrificados a una causa no identificada con los principios dignificadores de la existencia humana; sacrificados a una causa reñida con los postulados de solidaridad, de colaboración entre los hombres y entre los pueblos, imprescindibles para forjar más altos destinos a la humanidad.[114]
La referencia subraya la centralidad de la libertad y la democracia para los uruguayos, aunque, a los ojos de los batllistas, aún restaba concretarlos plenamente fuera y dentro del país. El Día también justificó la masiva concurrencia al entierro apelando a la emoción y al respeto que despertó en la población la muerte de los jóvenes alemanes. Estos marinos eran vistos, en parte, como víctimas de una ideología que estaba en las antípodas de los principios y valores que consideraba valiosos y dignos para todos los seres humanos. Los conceptos de solidaridad y colaboración serían responsables de generar cambios positivos para la humanidad. A partir de una ceremonia que aludía a una alteridad opuesta a sus concepciones, El Día enarboló su visión del ser humano y del país que soñaba; bastante diferente, por cierto, al Uruguay que lentamente comenzaba a dejar atrás la etapa terrista. Además, utilizó las exequias para reafirmar los principios originarios del “republicanismo solidarista” de su fallecido líder, tan cuestionados por algunas potencias internacionales y por sus adversarios políticos locales.
La piedad, un arraigado sentimiento de solidaridad y de fraternidad, nos llevan a pensar, con nuestro pueblo, en el dolor de las madres que en Alemania recibirán en estos instantes, las dolorosas nuevas de que sus hijos han recibido sepultura en tierra lejana, en este rincón de América que ama la Libertad y la Justicia y busca su destino por las vías del derecho y la convivencia.[115]
Esta cita visibiliza la preocupación por el dolor de las madres, única atenuante –junto con las razones humanitarias– que logró suavizar el tono general de los artículos. Los soldados fueron admitidos en suelo uruguayo porque, según esta visión, su pueblo, guiado por valores humanistas, creía en el derecho y en la razón como principios fundamentales del vínculo entre naciones.
De igual modo, interpretó la ceremonia luctuosa como el entierro simbólico de la Alemania que podría haber sido: “a los hijos de una patria que la historia de la ciencia, de las artes, en fin, de la cultura, parecían señalarla llamada a cumplir ejemplarizante destino, pero que los angustiosos hechos actuales parecerían querer desmentirlo, con su secuela”. Este comentario establece una clara división entre el pasado del pueblo germano –con sus valiosos aportes en diversas áreas de la cultura universal– y una actualidad ominosa que aparece como negación de ese legado. Además, advertía a los uruguayos sobre las diferencias entre el pueblo teutón y la figura de Hitler. El líder nazi era caracterizado como víctima “de un inescrutable designio, cuál es ese, de amargos frutos, de desencadenar una hecatombe mundial, empujado por la ambición y los extravíos de quien, más que hombre, parece azote de la humanidad”.[116] La referencia subraya la responsabilidad del Führer en el estallido del conflicto y, denuncia su ideología totalitaria, violenta e imperialista.
Finalmente, respetando la neutralidad del país, pero sin silenciar sus opiniones, el diario expresó sus deseos de cambio para el pueblo alemán. Desde “lo hondo de nuestro espíritu, como más limpio y postrer homenaje a los caídos, se levanta un fervoroso voto por que las horas que vendrán, señalen para el pueblo al que el dolor estrecha hoy junto a nuestros corazones, un destino libre y digno”.[117]
Graf Spee: se puede derrotar al fascismo
El semanario Marcha, fundado unos meses antes del arribo del Graf Spee a Montevideo, cuyo director en ese momento era el político y periodista Dr. Carlos Quijano y cuyo secretario de redacción era el escritor Juan Carlos Onetti, desarrolló una narrativa de los acontecimientos marcadamente antifascista. Su relato se centró en la defensa de la democracia y en la importancia de emprender acciones a escala internacional que permitieran derrotar a los representantes del fascismo. No era, para Marcha, el momento de ahondar en los elementos fundacionales de la identidad nacional: las circunstancias atravesadas por la tripulación del acorazado alemán, pese al respeto hacia las víctimas, constituían un hecho esperanzador en contraste con los trágicos acontecimientos que enfrentaba el mundo. El ingreso del buque a la capital permitió al semanario edificar un relato enfocado en la derrota –real y simbólica– del fascismo. Asimismo, utilizó el fracaso del Graf Spee en la Batalla del Río de la Plata para desmitificar a las fuerzas militares alemanas y contribuir a la destrucción de la “leyenda” de su invencibilidad.[118]
A partir de este marco, Marcha llevó adelante una narrativa que subvirtió el foco de los hechos vividos en la ciudad, al destacar la importancia de las “heroicas muertes de los marinos del Exeter”. Fue la única publicación, entre todas las consultadas, que optó por esta forma de recepción de los acontecimientos. Esa mirada desplazó al Graf Spee del centro de atención, evitando así el deslumbramiento emotivo frente a la espectacularidad de los sucesos que se vivían en Montevideo –un drama que, a juicio del semanario, era sospechosamente incentivado por otros medios de prensa. En su relato, Marcha instituyó a la tripulación del crucero británico Exeter como un ejemplo a seguir, para todos aquellos que aspiraban a “encontrar el triunfo de la inteligencia al servicio de la Democracia”.[119]
Asimismo, advirtió a los uruguayos que esto no era suficiente. Con relación al contexto internacional –y quizás al nacional– era necesario “saber” que la “vida era entrega” y que la “barbarie que azotaba con duros látigos la carne sensible de los que levantan sus manos, en humana rebeldía”, podía “vigilarse de cerca y anularse”. Los acontecimientos vividos demostraban que el triunfo de la democracia sobre el fascismo era posible, siempre que se contara con la astucia y el coraje necesarios. Era viable despojarse de la pesadilla del “fantasma nazi”, un enemigo “sensible a las balas”. Tal como afirmaba el semanario: “Creemos que la lección y, sobre todo, la realidad de los últimos hechos habrá servido de mucho a quienes aman la Democracia y deben defenderla”.[120] Este llamado a combatir y militar contra el fascismo no tenía una filiación partidaria explícita. Se trataba de una apelación amplia. Según Marcha, ese compromiso garantizaría la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y, al mismo tiempo, impediría cualquier intento futuro de avance de movimientos totalitarios.
Para que el futuro -no decimos a qué plazo- no sorprenda a los pueblos, nuevamente, creyendo en ídolos que se hacen adorar en la plaza pública con el decorado de una representación teatral, encendiendo el verbo declamatorio y alojando en el cerebro de las multitudes su ensuciado patriotismo de mercader de pueblos, junto al lirismo cursilón que pretende justificar aventuras de toda índole.[121]
Finalmente, el semanario advertía al pueblo sobre los mecanismos utilizados por los líderes fascistas en todo el mundo: la escenificación urbana, la gran capacidad de oratoria, el nacionalismo exacerbado y cierta emotividad que sustituye a la razón como forma de legitimar sus decisiones. Es probable que este comentario, planteado desde una visión internacionalista, también estuviera dirigido a ciertos medios de prensa y a actores políticos uruguayos.
Diálogos entre alemanes y uruguayos
El pueblo uruguayo y su gobierno según Hans Langsdorff
El día del hundimiento del Graf Spee, su capitán, Hans Langsdorff, le envió una carta a Otto Langmann, embajador alemán en Uruguay, en la que trazaba un balance sobre los acontecimientos vividos en Montevideo. Ambos estuvieron en estrecho contacto durante las jornadas que el buque permaneció en el puerto y fueron responsables de hallar una solución que, pese al delicado escenario, se ajustara mejor a los intereses de su país. No obstante, mantenían diferencias: mientras el diplomático era conocido por su fuerte adhesión al nazismo, el capitán participó del conflicto más como militar que como defensor de dicha ideología. Algunos de sus gestos simbólicos parecen confirmarlo. Durante el entierro de los 36 marinos en el Cementerio del Norte de Montevideo, rindió honores utilizando la venia militar y no apeló al saludo nazi. Asimismo, luego de hundir su embarcación, se dirigió a la ciudad de Buenos Aires –menos hostil hacia los alemanes–, donde, tres días después, se suicidó envuelto en la bandera de combate de la Armada alemana, rechazando el uso del pabellón nazi para ese acto final.
Además de reflejar sus diferencias, la carta de Langsdorff permite comprender la imagen que el capitán se construyó del pueblo y del gobierno uruguayo. Al inicio del texto expresa con claridad sus más “profundos agradecimientos por las innumerables demostraciones de simpatía y de sentimiento caballeresco al pueblo uruguayo, demostraciones que han sido brindadas a mis valientes muertos y heridos y que aún siguen brindándose. Nunca me olvidaré de este sentimiento”.[122] El comentario revela el impacto popular que tuvieron los episodios vinculados al Graf Spee, y muestra cómo el capitán distinguía dos grupos dentro de la población uruguaya: quienes simpatizaban con el nazismo y aquellos que, aun siendo contrarios a esa ideología, mostraron un respeto genuino y emotivo frente a la muerte y el dolor de los marinos alemanes. Estas expresiones parecieron conmover profundamente a Langsdorff, al punto de instituirlas como un recuerdo imborrable.
En otro pasaje, señalaba su “más profundo agradecimiento” a las autoridades uruguayas, tanto por la rápida disposición de ayuda ante la inesperada llegada del acorazado como por “los eficacísimos socorros posteriores, dispensados a mis heridos y los honores rendidos a mis muertos”.[123] Es probable que este reconocimiento se deba a que, pese a incumplir con los protocolos correspondientes al arribo de una nave de guerra a un puerto neutral, el Graf Spee fue igualmente autorizado por el Poder Ejecutivo a permanecer en el país. Langsdorff también valoró las exitosas gestiones –tanto reales como simbólicas– que el gobierno uruguayo llevó adelante para asegurar la atención inmediata de los heridos y el tratamiento honorable de los fallecidos. A pesar de la ideología que él y sus hombres representaban, el capitán alemán reconocía que esto no fue un obstáculo para que las autoridades uruguayas actuaran con humanidad y respeto. El hecho de encontrarse en un puerto “neutral”, aunque claramente proaliado, enalteció aún más esa conducta, pero al mismo tiempo tornó más compleja la posibilidad de resolver el conflicto en favor de los intereses alemanes. Asimismo, la carta permite entrever el dolor de Langsdorff –y quizás también su responsabilidad– ante la pérdida de sus “valientes muertos” en combate.
A pesar de expresar sus agradecimientos al pueblo uruguayo y a la administración encabezada por Baldomir, la carta de Langsdorff concluía con un marcado contrapunto entre ambas actitudes: “Con gran pesar de mi parte se ha mezclado en estas exteriorizaciones de verdaderos sentimientos humanitarios, una profunda discordancia”.[124] Es probable que la enorme presencia de público que rodeó los acontecimientos vinculados al Graf Spee haya confundido al capitán, posibilitando en su carta cierto tono de queja y reclamo ante las decisiones adoptadas por el Poder Ejecutivo. Langsdorff no estaba conforme con el plazo de permanencia otorgado al buque, ya que lo consideraba insuficiente para reparar los daños sufridos en combate.
Finalmente, la carta puede leerse también como una solapada confesión de un error: la decisión de huir de la Batalla del Río de la Plata con rumbo a la capital uruguaya. Al atardecer del domingo 17 de diciembre de 1939, de poco le servían la “neutralidad” del país y el tratamiento honorable brindado a “sus muertos” por la ciudadanía y por la administración de Baldomir, cuando se sentía responsable de haber conducido a su nave hacia la “trampa de Montevideo”.
Los uruguayos responden al embajador alemán y al capitán del acorazado
Durante el breve período de tiempo en que el Graf Spee permaneció en el puerto de Montevideo, algunos diarios publicaron cartas de sus lectores. Estas misivas revisten importancia, ya que permiten conocer el punto de vista de personas desconocidas, que no tenían responsabilidades gubernamentales frente a los sucesos. Sus autores reflexionaban sobre las posibles causas que explicaban la masividad de las ceremonias fúnebres y compartían su parecer acerca de algunas decisiones y declaraciones del embajador alemán y del capitán del acorazado.
La primera nota publicada por el semanario Marcha fue escrita por una mujer, quien dirigió su carta al embajador alemán en el Uruguay. En sus declaraciones explicitaba los motivos por los cuales creía que el pueblo acompañó en gran número el entierro de los marinos alemanes. Sobre ello, decía:
Cuando leía el agradecimiento del ministro germano al pueblo uruguayo que acompañó al cortejo fúnebre, vi con verdadera pena que tomaba lo que era una explosión espontánea de nuestros sentimientos más comunes como una adhesión a su causa que está muy lejos de nuestro espíritu. Nosotros acostumbramos a dolernos de las desgracias en forma muy distinta de como lo hacen al parecer los alemanes. Formamos pueblos donde todos descendemos de hombres que han sufrido y luchado mucho.[125]
Esta reflexión subraya la importancia de los antepasados inmigrantes y de las trágicas guerras civiles en la formación de la nación uruguaya. Según la autora, los integrantes de esta sociedad –que habían padecido diversas privaciones– tenían la capacidad de ponerse en el lugar del que sufre y entender sus necesidades, incluso si se trataba de militares del régimen nazi. Dicho argumento destacaba valores como la solidaridad y la justicia, arraigados en principios humanistas que, a su vez, reafirmaban el sentimiento proaliado de los uruguayos y los ubicaba en las antípodas del nazismo. En este marco, analizó la presencia de la colonia alemana en el entierro, que adhería mayoritariamente a la causa del Reich.
[…] pensaba en la patética angustia de sus compañeros de aventura y de algunas personalidades de la colonia alemana aria, reunidas en el cementerio … En muchos ojos brillaban lágrimas, en muchos rostros se asomaba una verdadera pena … Y pensaba también, señor cronista en que por qué esos hombres de Hitler que se honran mostrando estas “debilidades” no llevan, hasta los campos polacos, donde los hombres mueren por centenares por el solo delito de ser patriotas, hasta las ciudades de Checoslovaquia donde se han fusilado y se fusilan a cientos de jóvenes por solo pensar en el porvenir de su desgraciada patria: hacia los campos de concentración donde se muere y se sufre por el solo delito de no amar a Hitler, y hacia todos los rincones de esa hermosa Alemania donde se persiguen y se destruyen millares de familias solo porque la sangre judía corre por sus venas… Pero pobres, pobres muchachos! … La mayoría de ellos podría tener la edad de los míos… Podrían ser mis hijos.[126]
El comentario evidencia la sorpresa que generaron las manifestaciones de dolor expresadas por los soldados alemanes y los miembros de su colonia. Este hecho, valorado como un elemento que humanizaba a los soldados de Hitler en la derrota, es contrastado, irónicamente, con sus “victorias” en Europa del Este y con la persecución de los judíos, donde no parecían tener lugar ese tipo de comportamientos. Asimismo, la cita revela el nivel de información que poseía la autora –de la cual no conocemos mayores datos– sobre el desarrollo de la guerra. Finalmente, combatía con ironía la emotiva narrativa, edificada por algunos medios de prensa, sobre la juventud de los marinos alemanes. Desde su perspectiva, los acontecimientos vividos en Montevideo no eran otra cosa que un episodio de la guerra, en el que era necesario derrotar al enemigo para vencer al ominoso fascismo.
Otro ciudadano, identificado como Eugenio Pazos –sobre el que no se mencionan más datos–, también fue crítico respecto a la nota de agradecimiento enviada por Langsdorff. A su entender, la carta entraba en contradicción con “su determinación de internar sus marinos en Buenos Aires”, lo que calificaba como “una ingratitud sin precedentes para el pueblo uruguayo […] nos ha sorprendido a todos y aún hasta a los más desapasionados. Una vez más Alemania viene a quedar en mala posición frente a nosotros”.[127] La observación visibiliza su disgusto por la decisión del capitán, luego de los esfuerzos realizados por los ciudadanos y por el gobierno nacional para atender a los heridos y a los muertos en combate. Aunque el autor no lo menciona explícitamente, estos hechos contribuían a reafirmar la creciente distancia que el país tenía con Alemania, al tiempo que consolidaban su cercanía con los Aliados y, en particular, con Estados Unidos, que lideraba a las naciones americanas.
Sobre esta idea se manifestaba otro uruguayo, llamado Américo Sonovi, del que tampoco se brindan mayores datos. A su juicio, la ingratitud alemana frente a los acontecimientos vividos en Montevideo sirvió para presentar ante el mundo entero:
el nuevo y luminoso espíritu que anima a los hombres de América. También servirá para unir aún más íntimamente a su gran familia de jóvenes y ejemplares países. Creo que las oscuras falsedades de Hitler servirán para distanciar definitivamente al Nuevo Continente de la Alemania de Hitler.[128]
El acontecimiento reforzó una mirada hemisférica, en la que se hermanaban naciones jóvenes en su rechazo de la Alemania nazi. No obstante, la nota no menciona a Estados Unidos y su panamericanismo, un aspecto sobre el cual el autor posiblemente fuera crítico, aunque resultara inconveniente señalarlo abiertamente en ese contexto.
A modo de cierre
Los uruguayos que asistieron o siguieron a través de la prensa los hechos vinculados al Graf Spee fueron conscientes de su importancia histórica. Durante los cinco días en que el buque permaneció en el puerto, Montevideo se ubicó en el centro de la atención mundial. La masiva presencia de público en cada instancia, más allá del manejo mediático y del mayoritario sentimiento proaliado de la población, respondió a la conmoción, la curiosidad y al deseo genuino de tributar un respetuoso homenaje a los jóvenes caídos en combate. Sin embargo, los uruguayos no fueron conscientes de su alto grado de involucramiento con los sucesos, lo que determinó la construcción de diversos lugares de la memoria que consagraron su presencia en la historia oral, en el imaginario social y en el patrimonio inmaterial del país. Dicho proceso –sobre el cual comenzamos a formular preguntas desde el campo histórico– nos permite conocer la relevancia de los vínculos que la población estableció con los acontecimientos, visibilizando características de la sociedad de la época y su utilidad en la edificación de diversos relatos sobre la identidad nacional.
La construcción social de los lugares de la memoria asociados a esta historia estuvo favorecida por la ausencia de información confiable durante el desarrollo de los hechos. Esta carencia incentivó la especulación y la imaginación como mecanismos centrales para su elaboración y perdurabilidad a nivel popular. Aunque el “boca a boca” ocupó un lugar protagónico, la prensa escrita –especialmente aquellas publicaciones que apostaron por una narrativa centrada en el “espectáculo de la guerra”– fue clave para incentivar estas construcciones. Asimismo, el Estado –que enfrentaba un escenario diplomático de gran complejidad pese a su proclamada “neutralidad”– también contribuyó a su elaboración. Lo hizo a través de la planificación de diversas ceremonias que contaron con la presencia de autoridades civiles, militares y símbolos patrios, donde se tributó homenaje a los caídos. Estas instancias, justificadas desde lo humanitario y lo protocolar, buscaban generar un clima de respeto hacia los alemanes y su gobierno, contribuyendo a la resolución del conflicto.
Además, la importancia real y simbólica de los sitios desde los cuales la población presenció los acontecimientos –la costa uruguaya en general, la rambla de Montevideo en particular, y el puerto– favoreció la construcción y preservación de estos lugares de la memoria. Aunque la capital fue el sitio donde se desarrollaron la mayoría de las acciones, la dimensión del fenómeno adquirió un alcance nacional, propio de un contexto de guerra. Durante su estadía, el buque y su tripulación oficiaron de espejo en el que se observaron los uruguayos de la época. Su presencia, entendida como una alteridad, permitió elaborar o reafirmar diversos relatos sobre la identidad, visibilizando la intensa lucha existente en torno a la construcción de la nación.
Para algunos sectores, los sucesos vinculados al Graf Spee reafirmaban la “superioridad” política y social del Uruguay frente a las naciones europeas, al tiempo que ratificaban la relevancia de la “excepcionalidad” como forma de entender a la nación uruguaya. Para otros, en cambio, los hechos demostraban que era posible derrotar al fascismo a escala internacional, al mismo tiempo que les permitían señalar la cercanía ideológica de ciertos grupos políticos locales con la Alemania nazi. La victoria de los aliados sobre el Graf Spee subrayó la relevancia de la lucha por la recuperación de la democracia en el país. Dicho relato identificó a los conceptos de libertad y solidaridad como fundantes de la identidad uruguaya.
Este diálogo entre lo externo (un “afuera”) y lo interno (un “adentro”) visibilizó la fuerte tendencia proaliada de la población, así como los cambios que se estaban gestando en la política internacional uruguaya. Pese a la “neutralidad” del Poder Ejecutivo, sus negociaciones y decisiones fueron funcionales a los intereses de los Aliados. Esa proximidad respondía a razones ideológicas y a las relaciones comerciales con Gran Bretaña. Asimismo, los acontecimientos fueron útiles para reafirmar los vínculos con Estados Unidos y su panamericanismo, que ofició de “escudo protector” del Uruguay en dicho contexto.
Los hechos también resultan útiles para conocer la opinión de los alemanes sobre los uruguayos y su gobierno, al tiempo que visibilizan su consternación sobre la resolución del conflicto. Es claro que las autoridades germanas se llevaron una impresión muy positiva de la población local. No obstante, su numerosa presencia, caracterizada como extremadamente respetuosa, en cada una de las instancias que atravesó la tripulación del Graf Spee, generó una interpretación errónea sobre su filiación ideológica. Las autoridades alemanas también valoraron el comportamiento del gobierno encabezado por Alfredo Baldomir en relación con el trato que recibieron los heridos y los caídos en el combate. Sin embargo, fueron críticos respecto al plazo de permanencia otorgado al buque.
La nota de agradecimiento de Langsdorff reafirmó la importancia de algunos relatos sobre la identidad nacional. Ser uruguayo, en contraste con la violencia del totalitarismo alemán, significaba, entre otras cosas, defender la democracia, la libertad y la justicia desde una perspectiva humanista. Estos principios habilitaban a la población a entender el lugar del que sufre, aunque fueran marinos de la Alemania nazi. A su vez, la huida de la tripulación hacia Buenos Aires fue otro elemento utilizado para marcar las diferencias entre ambas naciones. Esta decisión subrayaba la falta de gratitud y de honor de los alemanes a la hora de aceptar las consecuencias de sus actos.
Sobre los “lugares de la memoria” abordados, aún resta ampliar el análisis de los medios de prensa, a fin de conocer detalles sobre los propietarios y las tripulaciones de los barcos que realizaron viajes alrededor del Graf Spee, así como sobre los obreros que participaron en las reparaciones. Es probable que el trabajo con estas fuentes aporte nuevos datos sobre los acontecimientos, permitiéndonos conocer otras historias que vinculen a la población con el buque alemán, ampliando los espacios desde los cuales se construyeron sus “lugares de la memoria”. Del mismo modo, aún resta investigar el peso de las emociones políticas –en particular, el miedo– tanto en el desarrollo de los hechos como en las representaciones sociales del acorazado. También queda pendiente un abordaje regional de los sucesos, dimensión presente en las fuentes. Esto resulta necesario para poner en diálogo las repercusiones a nivel popular, las decisiones políticas de las autoridades y los discursos sobre la nación que circularon en ambas orillas del Río de la Plata.
La decisión de hundir el Graf Spee posibilitó su observación, ya que tardó años en sumergirse completamente. Esto reafirmó su presencia en el imaginario popular y en la historia oral. Lamentablemente, pese a la importancia de los hechos y a su perdurabilidad en el tiempo, los uruguayos aún no conceptualizamos los restos del Graf Spee como un sitio arqueológico submarino de valor patrimonial mundial. Es probable que esta omisión se deba, entre otras razones, a las escasas investigaciones que le hemos dedicado a la construcción social de esos lugares de la memoria.
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- Acosta y Lara y Leicht, Graf Spee: 1939-2014…, cit., p. 112.↵
- Rodríguez Ayçaguer, “Eugen Millington-Drake y la diplomacia…”, cit., p. 3.↵
- Es posible conocer la profundidad de su vínculo a partir de una carta fechada el 3 de junio de 1950, donde el diplomático británico se despedía afectuosamente de su par uruguayo, “con un abrazo grande y fuerte, con la fuerza de la amistad que nos liga y la admiración, respeto y afecto que siempre he sentido para con Ud.” (Diego Fischer, Tres hombres y una batalla, Sudamericana, Montevideo, 2014, p. 17).↵
- Rodríguez Ayçaguer, “El Incendio y las vísperas…”, cit., p. 3.↵
- Millington-Drake, El Drama del…, cit., p. 52.↵
- Rodríguez Ayçaguer, “El Incendio y las vísperas…”, cit., pp. 9-10.↵
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- “La población vive conmovida por las consecuencias del combate naval entre ingleses y alemanes”, en El Bien Público, 15/12/1939.↵
- Juan Guarnieri, “Últimos Capítulos de la novela del Graf Von Spee”, en Marcha, 22/12/1939.↵
- Guarnieri, “Últimos Capítulos…”, cit.↵
- Guarnieri, “Últimos Capítulos…”, cit.↵
- “Lo esperado: luchas en el Río de la Plata”, en El Debate, 14/12/1939.↵
- “El puerto ayer”, en El Día, 15/12/1939.↵
- “La Batalla”, en El Bien Público, 15/12/1939.↵
- “Cómo se desarrolló el combate naval de Punta del Este”, en El Debate, 15/12/1939. ↵
- “La población vive conmovida…”, cit.↵
- Guarnieri, “Últimos Capítulos…”, cit.↵
- “La afluencia de público”, en El Día, 15/12/1939.↵
- “La Batalla”, cit.↵
- Existen diferencias entre los medios de prensa sobre la embarcación que trasladó los restos mortales de los marinos alemanes. Para el diario El Debate fue la chata Plaza Constitución. ↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, en El Bien Público, 16/12/1939.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit.↵
- “El remolcador Lavalleja vigila la nave nazi”, en El Día, 17/12/1939.↵
- “Una ceremonia emocionante”, en El Debate, 16/12/1939.↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit. ↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, en El Debate, 16/12/1939.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, cit.↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit.↵
- Cristina Mazzeo, “El Padre del Federalismo y Protector”, en Carmen McEvoy (ed.), Funerales Republicanos en América del Sur: Tradición, ritual y nación, 1832-1896, Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2006, pp. 121-122. ↵
- “Honores de la marina del Uruguay”, en El Debate, 16/12/1939.↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit. ↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit.↵
- “En el Cementerio”, en El Día, 16/12/1939. ↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit. ↵
- “Una ceremonia emocionante”, cit.↵
- “Ceremonia imponente fue la de ayer”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, cit. ↵
- “Con inquietud se esperan los próximos sucesos”, en El Bien Público, 17/12/1939.↵
- “En el Cementerio”, cit.↵
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- “Lo que yo vi a bordo del Admiral Graf Von Spee”, en Marcha, 5/01/1940.↵
- “Lo que yo vi…”, cit.↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit.↵
- “Lo que yo vi…”, cit.↵
- “Lo que yo vi…”, cit. ↵
- “Lo que yo vi…”, cit.↵
- “Lo que yo vi…”, cit.↵
- “La población se volcó en el puerto”, en El Debate, 17/12/1939.↵
- “A las 20 horas el Admiral Graf Von Spee dio por terminada su misión en el mar”, en El Bien Público, 18/12/1939.↵
- “El remolcador Lavalleja…”, cit.↵
- “A las 20 horas…”, cit.↵
- “Barco sin honra, honra sin barco”, en Marcha, 22/12/1939.↵
- “El pueblo colmó nuestra rambla costanera”, en El Debate, 18/12/1939.↵
- “A las 20 horas…”, cit.↵
- “Con asombro se conoció la noticia”, en El Debate, 18/12/1939.↵
- El Palacio Salvo del arquitecto Mario Palanti, es uno de los edificios icónicos de Montevideo. Posee una altura de 95 metros y al momento de su inauguración (1928) era el edificio más alto de Latinoamérica.↵
- “Recién zarpaba el Spee; nadie pensaba en este momento en lo que sucedería minutos más tarde”, en El Debate, 18/12/1939.↵
- “Con asombro…”, cit.↵
- “Con asombro…”, cit.↵
- “A 7 millas de nuestro puerto, se produjo ayer el provocado hundimiento del acorazado alemán de bolsillo Admiral Graf Spee”, en El Día, 18/12/1939.↵
- “Con asombro…”, cit.↵
- “Nuestra Cancillería define su posición”, en El Bien Público, 19/12/1939.↵
- “Barco sin honra…”, cit.↵
- “No disminuyó la gran expectativa de la población”, en El Debate, 19/12/1939.↵
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- “No disminuyó…”, cit.↵
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- “Seno de paz…”, cit.↵
- “Treinta y seis…”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, cit.↵
- “El homenaje de la población”, cit. ↵
- “Se notificó al ministro alemán que el Admiral Graf Spee debe abandonar nuestro puerto dentro de las 72 horas a contarse desde determinada hora del jueves”, en El Día, 16/12/1939.↵
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- “Se notificó…”, cit.↵
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