Carolina Paula Ricci[1] y Paula Ayelén Sánchez Marengo[2]
Piedra sobre piedra
Yo creo amor
que va a ser
muy importante
frente a los escombros
de un mundo
que se derrumba
poder saber
quiénes tenían
las piedras encima
y quiénes
las tenían
en la mano.
Nina Ferrari
Introducción
En este trabajo nos animamos a tender conexiones posibles entre dos lugares aparentemente no vinculados: barrio Alberdi de la ciudad de Córdoba y la ciudad de Malvinas Argentinas. Nuestra idea es pensar estos lugares como nodos espaciales de una constelación más amplia. Dentro de estos territorios, lo que queremos es centrarnos en dos sitios específicos: la ex Cervecería Córdoba (localizada en barrio Alberdi) y la fallida planta de Monsanto (ubicada en la ciudad de Malvinas Argentinas). Lo común: dos fábricas judicializadas y procesos de organización política que disputan los usos y sentidos de estos lugares. El desafío, pensar si existe una lógica subyacente común en cómo son producidos y destruidos estos lugares. Para ello, ideas fuerza como progreso, desarrollo, memoria serán abordadas en su complejidad y polisemia. Trabajamos con el análisis de discursos orales y escritos e imágenes que remiten a las problemáticas socioespaciales que versan sobre estos sitios. Al final de este capítulo se encuentra también el comentario sobre el texto realizado por Andrés Nuñez. Elegimos incluirlo porque consideramos que sus aportes enriquecen la discusión trazada y le dan densidad a las conclusiones a las que arribamos.[3]
A partir del interés inicial, fuimos encontrando en nuestros objetos puntos comunes:[4] fábricas que ahora están abandonadas (con intervención de la Justicia) que fueron o hubieran sido productivas (¿de qué desarrollo?), que condensaron promesas y que hoy quedan como huellas de algún pasado. Estos escombros ¿están conectados? ¿Nos hablan de una lógica común de producción del espacio? Las nociones de constelación y de fragmentación nos habilitan preguntas: ¿Estos lugares están siendo coconstituidos por procesos más amplios que no vemos? Pese a que son dos espacios supuestamente bien delimitados, distanciados entre sí y que parecieran no estar articulados, sin diálogo en ningún aspecto evidente; creemos que hay una conexión, como con tantos otros espacios abandonados, resistidos, fracasados por el progreso.
Asumir una “visión constelacional de la historia” siguiendo a Gordillo (2018, p. 36) es tanto temporal como espacial, e implica romper la fantasía de los objetos y los sucesos separados, lineales y fijos. El ejercicio: hilar vinculaciones posibles, apuntando a procesos que se condensan en objetos, pero advirtiendo también la plasticidad elusiva ‒sin límites claros y con múltiples centros‒ de las constelaciones. Frente a una historia que se nos presenta como lineal y unidireccional (progresiva), y ante una percepción que busca moldearnos en una comprensión en los distintos planos de la vida, de forma fragmentaria. En contraposición, he aquí un ensayo hacia la unión de nodos, entre el presente y el pasado de un lugar, y también entre espacios; escudriñando, a través de ciertas edificaciones paradigmáticas ‒en términos tanto de la productividad capitalista contemporánea como de lo deseable socialmente‒, en estos lugares, buscando conectarlas con capas de sentido históricas, presentes, de distintos actores y prácticas que se intersectan, en un mismo espacio y entre ellos también.
El abordaje desde las imágenes nos permite esa búsqueda de rastros, conexiones: poniendo en diálogo los fragmentos, nos dicen otras cosas, yendo más allá de la habitual función representacional y de forma aislada. Buscamos captar algo de la materialidad de las prácticas que condensan, del presente/pasado del que nos hablan. Si bien el eje pareciera estar en las infraestructuras, el interés está puesto en tramarlas con instantáneas de procesos organizativos y de lucha recientes para comprender estos sitios como espacios de la resistencia y lugares sacralizados.
Nos proponemos reflexionar a partir de algunas escenas de los acontecimientos atravesados durante los conflictos abordados; partiendo de reconocer la necesidad de abordar el pasado desde la propuesta benjaminiana de realizar lecturas a contrapelo. Tomamos como centro de análisis las infraestructuras (sensu Knox y Harvey) construidas, sostenidas, derrumbadas; tanto por las empresas como por sus oponentes.
En un primer momento, nos centramos en barrio Alberdi y el proceso de disputa por la ex Cervecería Córdoba. Para ello, buscamos analizar una serie de imágenes y discursos públicos de distintos actores y organizaciones de Barrio Alberdi para comprender qué sentidos sobre la ex Cervecería Córdoba y la chimenea se condensan alrededor de su infraestructura y cómo la vinculación constante con aquellos escombros (sensu Gordillo) moldean y regulan relaciones sociales e institucionales más amplias.
En un segundo momento, nos detenemos en la localidad de Malvinas Argentinas, que fue centro de la resistencia y freno a la pretensión de instalación de una planta procesadora de semillas de maíz transgénicas de la multinacional Monsanto, entre los años 2012 y 2016. Las imágenes seleccionadas de distintos períodos del proceso, nos permiten interpelar en torno a las presencias/ausencias tanto de las construcciones edificadas a uno y otro lado del alambrado, como de las prácticas desarrolladas. Ensayamos entonces el cruce de imágenes, entre tensiones y contrastes que, en conjunción con reconstrucciones de los hechos y algunas declaraciones de sus protagonistas, nos muestran otros sentidos posibles.
Finalmente, presentamos algunas reflexiones finales. Allí buscamos establecer con mayor sistematicidad por qué pensamos a estos dos lugares como nodos de una misma constelación y dejamos explicitadas algunas preguntas y pensamientos que el análisis de estas problemáticas nos despiertan.
Nodo Alberdi
Alberdi es uno de los denominados barrio pueblo que surgieron en Córdoba a finales del siglo XVIII como resultado de la expansión del área fundacional de la ciudad. Su patrimonio histórico, cultural y natural, sumado a su localización estratégica como barrio pericentral, lo convierte en un área de gran interés para los diferentes grupos desarrollistas. En este sentido, se observa que las transformaciones materiales recientes indican un aumento de edificios de departamentos en el barrio que tiene como contracara la demolición de antiguos edificios que materializan su densidad histórica y generan un tradicional paisaje de la identidad cordobesa. Según datos del Censo Provincial realizado en el año 2008, el tipo de vivienda predominante en el barrio son los edificios de departamentos, por lo que este dato nos muestra el acelerado proceso de demolición de viejas y tradicionales infraestructuras que este barrio ha sufrido en los últimos 20 años.
Además de esto, Alberdi es un barrio muy conocido de la ciudad y muy estudiado en los ámbitos intelectuales ya que cuenta con una historia de resistencias y luchas por y en el espacio, que se ha configurado como parte del espíritu e identidad de éste. Según Llorens, Palladino y Pedrazzani (2013), el comienzo de esas prácticas data de fines del siglo XIX, cuando los comechingones del antiguo Pueblo de La Toma (hoy Alberdi) fueron desalojados de sus tierras. A lo largo del siglo XX, Alberdi fue escenario de otras disputas como la Reforma Universitaria de 1918 y la insurrección urbana obrero-estudiantil, conocida como el Cordobazo en 1969. La presencia de sectores obreros y estudiantiles, y la localización de fábricas, centros culturales, centros hospitalarios, pequeñas industrias y talleres se vieron fuertemente afectados por los cambios ligados a la implementación de políticas urbanas neoliberales desde la década de 1990 y al avance del mercado inmobiliario mayoritariamente desde los 2000. Estos hitos históricos y procesos económicos situados en el barrio (como la industrialización) dejaron como resultado sitios patrimoniales de gran afecto para lxs vecinxs. Sin embargo, con el comienzo del neoliberalismo y la reconversión económica, se llevó a cabo el cierre de varias fábricas, con la consecuente pérdida de fuentes de trabajo y un proceso de deterioro general de las condiciones materiales y urbanas del barrio.
Uno de los sitios patrimoniales de gran referencia identitaria e histórica de barrio Alberdi y la ciudad en general, es la ex Cervecería Córdoba (1912) que cerró en 1998, luego de un largo período de lucha por parte de sus trabajadores. En el año 2010, como acto simbólico y material de los procesos neoliberales, luego de la adquisición del inmueble de la ex Cervecería Córdoba, el grupo de inversionistas Euromayor[5] decidió demoler la chimenea de la fábrica, a pesar de que ésta había sido declarada patrimonio arquitectónico y urbanístico de la ciudad de Córdoba (Llorens y Pedrazzani, 2013). Este hecho desencadenó un conflicto entre lxs vecinxs e instituciones del barrio y los grupos empresariales, dado que los habitantes declaran que esta chimenea era símbolo identitario del barrio y la ciudad. Desde entonces, diversas organizaciones sociales, centros vecinales, redes institucionales, clubes deportivos y personajes icónicos del barrio han tomado al patrimonio como uno de los ejes principales de articulación, negociación y lucha. Luego de un largo proceso de disputa y organización social, lxs vecinxs del barrio consiguieron que la Justicia ordenara al grupo Euromayor una reconstrucción de la ex chimenea, significativamente menor en sus proporciones. En particular, por el impacto e influencia social, económica y política, la cervecería y la chimenea son tomadas como símbolos de la resistencia por la defensa de la identidad y memoria del barrio.
Actualmente, el predio donde se localizaba la Cervecería Córdoba (antigua fábrica y chimenea reconstruida) está en juicio por un fraude inmobiliario de grandes proporciones. El proyecto habitacional no fue concluido por Euromayor y gran parte del predio quedó en un significativo abandono y proceso de detrimento mientras se da la resolución del proceso legal. Según declaran lxs vecinxs, la cervecería y la chimenea siguen siendo ‒más allá del abandono, reconversiones, cambios de propietarios, fraudes políticos/económicos y procesos judiciales‒ un nodo central en la identidad y afectividad de barrio Alberdi y sus vecinxs. Por ello, nos proponemos analizar una serie de imágenes y discursos públicos de diferentes actores que conforman barrio Alberdi para comprender qué sentidos sobre la cervecería y la chimenea se condensan alrededor de su infraestructura y cómo la vinculación constante con aquellos escombros (sensu Gordillo) moldean y regulan relaciones sociales e institucionales más vastas.
Las palabras sobre la antigua Cervecería
Las fuentes que elegimos trabajar fueron seleccionadas con el fin de ser representativas de la voz de lxs vecinxs de Barrio Alberdi, por ello se seleccionaron discursos e imágenes de diferentes personajes icónicos y organizaciones políticas. Estos son: un texto de José Altamirano,[6] difundido en abril de 1998 por la organización La Lunita de Alberdi, dos discursos públicos y orales emitidos por un referente político barrial (de ahora en más RPB) y ex cervecero, en los años 2019 y 2021 respectivamente y dos fotografías publicadas en Facebook por la organización Defendamos Alberdi.
Para empezar, nuestra intención es comprender estas fuentes escritas y orales como discursos. Reconociendo que poseen límites, pero no son objetos aislados sino elaborados bajo ciertas condiciones de producción, circulación y reconocimiento (sensu Verón), los tomamos como formas de materialización de los sentidos que estamos pesquisando. Para seguir, analizamos las dos fotografías, a partir de la potencia que tienen las imágenes para hacernos pensar aspectos y procesos no evidentes; para expresar sentidos, nociones y construcciones de otros lugares posibles. Entendemos a la fotografía como lenguaje y agente ontológico en la construcción de los sujetos y el espacio geográfico (Maldonado, M., comunicación personal, 20 de agosto 2021; Moreira Fernández, 2019). Esto nos permite una articulación con las fuentes escritas y orales. La idea es trabajar lenguajes orales, escritos y visuales en conjunción para expresar y analizar las prácticas y luchas por/en el barrio.
El trabajo sobre estos discursos ‒el texto de Altamira y los discursos públicos de RPB‒ se realiza tanto por separado como en su interacción, es decir, que al igual que con las imágenes, buscamos comprenderlos en su diferencia, pero también en su solidaridad y diálogo. Es por ello que, del análisis de las tres fuentes, reconstruimos los sentidos que emergen sobre la ex chimenea y la ex Cervecería Córdoba. Nuestra idea es comprenderlos en su ambigüedad y polisemia, entendiendo que constantemente dialogan con los contextos en que son enunciados y los objetivos por los que se enuncian.
La primera expresión que aparece constantemente asociada a la chimenea y cervecería es la de progreso. En los discursos relevados, pareciera que los actores dan sentido a dos aseveraciones diferentes de este concepto. Por un lado, un progreso positivo ya que es vinculado al bienestar económico, obrero, social y vecinal materializado en el funcionamiento de la fábrica. Y por el otro, un progreso negativo, por las implicancias simbólicas y materiales que los actores le atribuyen. Aquí, la idea no es realizar una apreciación valórica del progreso en sí, sino mostrar estas diferentes acepciones que los actores ponen en juego de forma conflictiva, contradictoria y ambigua cuando expresan lo que desean y no desean para sus territorios.
En reiteradas oportunidades, los actores mencionan al progreso positivo como una forma de desarrollo que dinamiza la economía y genera bienestar social: “Una gigantesca chimenea roja y blanca traía el progreso y las ilusiones de crecimiento del barrio que será bastión de estudiantes y serenatas” (Altamirano, 1998). Aquí podemos observar como la chimenea (representando el funcionamiento de la cervecería en sí) se muestra como símbolo de la promesa de crecimiento y bienestar de ciertos sectores sociales y del desarrollo integral del barrio. Esta noción de progreso, está ligada a un tiempo histórico: el pasado. Es decir, un pasado en donde progreso significaba desarrollo de la vida en un sentido integral de los sectores populares en los barrios que habitan; así, el RPB afirma que:
(…) nosotros hemos conocido otro tipo de progreso, que tiene que ver con una cuestión de que el barrio sea para los vecinos, que los vecinos decidan en qué tipo de barrio quieren vivir. Y tiene que ver con una cuestión de movilidad social, movilidad económica (…) (RPB, 2019, cuaderno de campo).
Este progreso, además, parece tener un arraigamiento espacial, es decir, se vincula con un desarrollo económico y social que tiene como punto de producción y dinamismo un determinado lugar, en este caso, barrio Alberdi. El lugar, no es comprendido sólo como localización de esa actividad económica, sino que es pensado como un espacio producido y productor de aquel progreso que representa el desarrollo industrial, simbolizado en la chimenea. Como se observa en las frases citadas, el progreso no era solo el bienestar económico sino también la posibilidad de vivir en el barrio deseado.
A continuación, en muchos aspectos, los actores introducen un segundo sentido. En sus discursos, reconocen que, a partir de 1990, con la incorporación de las políticas neoliberales, comienza a funcionar otro tipo de progreso que, por las intenciones de enunciación de los actores, lo hemos denominado como progreso negativo. Este se ve materializado, en primera instancia, por el cierre de la ex Cervecería Córdoba (fuente de trabajo para cientos de obreros y dinamizador de la vida barrial) y, en segundo lugar, por los sucesivos usos que se le intentó otorgar a esta infraestructura posterior a su clausura.
En relación al cierre de la cervecería, José Altamirano (1998) afirma “Te ganó la competencia feroz. Tu edificio inglés de fines de siglo continúa enhiesto como desafiando a un progreso que esta tarde te venció” (p.1). La personificación de la chimenea (“te ganó”) y el desplazamiento de significado de la palabra progreso nos muestra que lo negativo de progreso comienza con la instauración de un tipo de capitalismo que reiteradas veces es citado por RPB: “el capitalismo monopólico”. Esto lo podemos observar en el hecho de que el texto comienza y termina con la misma palabra, haciendo en el proceso de escritura el cambio de significado. Primero, el progreso que generaba el funcionamiento de la cervecería, ligado al desarrollo industrial. Posteriormente, el progreso vinculado al neoliberalismo y capitalismo monopólico que lleva al quiebre de ésta. Así, RPB dice:
La toma fue en el año ´90, en el ´98… ha tenido que ver con la concentración monopólica, o sea años ´90, caída del muro, el fin de las ideas, el neoliberalismo, la concentración monopólica del mercado y la concentración monopólica de la producción. Esta cerveza todavía la ven dando vuelta, pero la compraron en la disputa inter monopólica; entre los grupos monopólicos se disputaban el mercado, no el lugar, sino el mercado (2019, cuaderno de campo).
Altamirano admite que la competencia feroz, a la que hace referencia RPB cuando menciona a la concentración monopólica, es el inicio de este tipo de progreso. Y en esta cita también encontramos otro aspecto a destacar: que este progreso pareciera expresarse de manera aespacial, no tener lugar. A lo largo de su discurso RPB menciona reiteradas veces que a nadie le interesaba el lugar en sí ‒la localización, la infraestructura y el propio funcionamiento‒ sino el lugar en la competencia monopólica. El interés residía en quitar a la Cervecería Córdoba del Mercado para disminuir la competencia sin tomar en consideración no sólo los puestos de trabajo sino también la dinámica social y barrial. Luego, otro momento histórico relevante nutre esta noción, la década del 2000 cuando la promoción inmobiliaria se impone como una de las actividades más rentables del desarrollo urbano. Sobre esto, RPB expresa:
Muchos de los vecinos cuando hablamos de progreso en un lugar hablamos relacionándolo con la fuente de trabajo, porque ahora desde la modernidad te quieren vender otro tipo de progreso que tiene que ver con el desarrollismo, la renta y la especulación inmobiliaria, totalmente distinto a como lo hemos vivido nosotros (2019, cuaderno de campo).
Y luego agrega:
[Buscamos] defender el barrio como barrio contra este progreso que nos querían vender, que es el desarrollo urbano de manera especulativa, la renta, la especulación inmobiliaria. Y bueno, hemos incorporado términos como la gentrificación… bueno, fuimos entendiendo, si ustedes van ahora a la calle Arturo Orgaz[7] y la verdad es que el fenómeno es así y por ahí cuando nos venden esta cuestión de los grandes emprendimientos inmobiliarios, nos venden una idea de progreso (2019, cuaderno de campo).
RPB hace referencia a la promesa de progreso hecha por los desarrollistas urbanos que invierten en la zona. Por su parte, lx vecinxs expresan que ese progreso no trae aparejada una mejoría en sus condiciones de vida, ni mucho menos aquel barrio deseado. En los discursos se entreteje esa promesa de desarrollo y progreso, entendida por ellxs como un progresivo proceso de exclusión de los sectores populares del barrio. Esta noción también es identificada a un determinado tiempo: se origina en el neoliberalismo que significó el cierre de las fábricas y el detrimento de las condiciones de vida barriales y se extiende a este presente continuamente amenazado por el avance de las lógicas de especulación urbana. En nuestra interpretación, mientras que el denominado progreso positivo está cargado de un pasado ideal e idealizado, el progreso negativo se presenta como signo de un presente amenazador cuya prueba simbólica y material para lxs vecinxs fue la destrucción de la chimenea de la cervecería.
El segundo núcleo de sentidos asociados a la chimenea y la cervecería está vinculado a la forma en que estas infraestructuras son presentadas como producidas y productoras de la identidad barrial y las relaciones sociales que allí se nuclean. En los discursos, aparece reiteradamente la alusión a una identidad obrera ‒barrio obrero‒ que, construida en base a la presencia de numerosas industrias localizadas en la zona, tiene a la cervecería como principal fuente de dicha identificación. Para estos actores, el paisaje barrial y su identidad están profundamente asociados a la presencia-ausencia de la chimenea. Esto nos consta también al ver cómo el símbolo de la chimenea es difundido y utilizado bajo diferentes formatos ‒por ejemplo, en uno de los escudos del Club Atlético Belgrano‒.
Según vemos en los discursos, la producción de la cerveza es referencial para la identidad barrial que logra extenderse hacia la ciudad y el país, como podemos observar en el jingle publicitario parafraseado por Altamirano: “Con tu Córdoba dorada, fuiste la espuma del país”. A partir de este fragmento, divisamos cómo la cervecería no era relevante solo para Alberdi, sino para la identidad propia de la ciudad ‒“Córdoba dorada”‒. La estrategia publicitaria, apropiada y difundida masivamente, logra calar en el imaginario social ya que Córdoba fue un polo industrial pujante en aquel contexto y la cuestión obrera estaba fuertemente incrustada en la cultura e identidad de la época.
El cierre de la cervecería y el derrumbe de la chimenea es comprendido por los actores no sólo como una pérdida de fuentes de trabajo sino también como pérdida de un barrio y un tiempo. Al respecto, RPB explica:
A la toma [de trabajadores en 1998] no la van a poder entender si no entienden lo que significó la cervecería dentro del barrio, acá estamos dentro de uno de los primeros barrios obreros de Córdoba, Alberdi, Villa Páez, toda esta zona… si ven hasta las características de edificación de las casas, van a ver que son barrios típicamente obreros que se han ido construyendo a medida que ha ido avanzando lo que ha sido el pulmón económico, el corazón del barrio que ha sido la cervecería (2019, cuaderno de campo).
Estos sentidos sobre la chimenea y la cervecería nos recuerdan la afirmación de Knox y Harvey (2012) sobre cómo diversas infraestructuras tienen el poder de encantar. Las infraestructuras se han prestado como un medio a través del cual una visión modernista de mejora ha sido promulgada por diferentes regímenes políticos y sociales. Bajo nuestra interpretación, las construcciones aquí analizadas encantan ya que logran mantener unidas, a través del tiempo y los vaivenes políticos, esperanzas y expectativas que compiten entre sí y aunque a menudo son muy divergentes, producen un sentido generalizado de bien social.
Para uno u otro sentido, la chimenea materializa un bien social, por ser patrimonio histórico e identitario, por ser símbolo de progreso, por ser huella de un pasado ideal e idealizado. Después de todo, el propio Altamirano predestinaba en 1998: “tu edificio inglés de fines de siglo continúa enhiesto como desafiando a un progreso…” (p.1)
Esto se ve expresado también en lo que para lxs vecinxs significa la reconstrucción de la chimenea: un producto de la lucha social y una demostración de ese otro progreso y de esas promesas no cumplidas por el Estado y el mercado inmobiliario. Su existencia material, cuidada por la vigilia de la organización colectiva, es un desafío para ese desarrollo urbanístico que lxs vecinxs denuncian, es la prueba de un tiempo marcado por experiencias sociales que tensionan al presente amenazador. En palabras de Knox y Harvey, la dinámica del encanto así definida, “puede ayudar a explicar cómo las carreteras (infraestructuras en general) conservan una promesa social genérica, incluso frente a circunstancias específicas en las que se reconoce que no han cumplido” (2012, p. 523, traducción propia). En el caso de la chimenea su encanto está en ser testimonio del incumplimiento de la promesa del progreso y en ser promesa de un futuro más próspero que conseguirá la lucha social de lxs vecinxs. Es decir, bajo nuestra interpretación, la chimenea no es sólo una forma material, sino promesas hacia un futuro incierto y poco claro (Knox y Harvey, 2012), pero abierto.
Estas promesas no son meras categorías discursivas para los actores sino ideas que circulan con suficiente fuerza afectiva generando efectos materiales muy poderosos y profundos. Son estas mismas autoras las que remarcan esta idea, y por ello, sostienen que debemos prestar mayor atención “a los momentos situados en los que las infraestructuras se imprimen en las relaciones sociales, y a las dimensiones inquietantes, afectivas y ‘maravillosas’ de estas relaciones” (Knox y Harvey, 2012, p. 525). Esto quiere decir, pensar cómo las infraestructuras afectan y regulan la vida social, de formas cotidianas y ordinarias que permean de manera profunda en la vida y memoria de las personas. A decir de las autoras, ver a “las relaciones infraestructurales como momentos de encantamiento de manera que añadan textura y profundidad a nuestra comprensión del modo en que las infraestructuras (…) generan sus poderosos efectos de promesa social” (Knox y Harvey, 2012, p. 525, traducción propia).
Sobre esto, otro de los sentidos que encontramos en los discursos relevados es el de la chimenea como reguladora de la vida social (económica y culturalmente). Los vecinos y vecinas reconocen que el funcionamiento fabril excedía por sobremanera la producción propia de la cerveza, tanto en términos económicos como afectivos, culturales y cotidianos. Por empezar, en sus discursos hay marcas de cómo el funcionamiento de la fábrica generaba una dinamización económica en el barrio, ya que permitía la aparición de una serie de negocios y labores que completaban lo que la industria en sí necesitaba y la propia reproducción cotidiana de los obreros (bares, comedores, kioscos, puestos de comida ambulante, clubes sociales, industrias auxiliares, entre otros). Pero, más allá de la dimensión económica, las personas del barrio, reconocen que los tiempos fabriles regulaban los tiempos de la vida doméstica. Sobre esto Altamirano (1998) dice “cuántas veces las vecinas sabían que, al sonar de la sirena, llegaba la hora de presentar el almuerzo para reunirse en la mesa familiar” (p. 1). Esto hace referencia a lo que ha salido en algunas entrevistas de esposas de cerveceros: el sonido de la sirena de la chimenea anunciaba a la ama de casa la pronta llegada de su marido y, por ende, la organización del almuerzo familiar. Pero esta sirena no sólo afectaba a las familias trabajadoras de la cervecería, el propio RPB comenta que:
Era muy difícil encontrar en el barrio alguien que no tuviera que ver directa o indirectamente con la Cervecería Córdoba, la verdad no había gente que no tuviera vinculación. Inclusive a veces con el patrimonio intangible (…) Que por ahí la sirena de entrada de los trabajadores era una guía, por ejemplo, de las amas de casa que mandaban los chicos a la escuela, o sea, al sonar… a mí me pasó personalmente “apurate que tocó el silbato de la cervecería”, o sea, teníamos que ir a la escuela. Y de alguna forma se van tejiendo las redes sociales de un lugar como éste, las redes no como las conocen ustedes, sino las redes el club, la cervecería, el Club 9 de julio que ahora se llama Deportivo Alberdi, lo que ha sido Belgrano que están desde 1905, son todos hechos característicos que tienen que ver con lo que ha sido la construcción del barrio (2019, cuaderno de campo).
En tan significativa cita, podemos observar lo que venimos afirmando: el sentido de lugar (sensu Massey) está profundamente atravesado por los sentidos de apropiación sobre la cervecería. La propia infraestructura y funcionamiento de la chimenea generaban un tiempo-espacio particular para el barrio, ordenaban tiempos de la vida cotidiana y la conexión con la cervecería era expresión de pertenencia al barrio. Estos discursos nos muestran cómo las atmósferas que generan las actividades productivas del capitalismo impactan sobre la organización de lo sensible, sobre las prácticas sociales y por ende, sobre la construcción de determinados sentidos de lugar.
Volviendo a Knox y Harvey las autoras afirman que “las infraestructuras no se limitan a referenciar o representar la ideología política, sino que participan activamente, a menudo de forma inesperada, en los procesos de articulación y puesta en práctica de las relaciones políticas” (2012, p. 525, traducción propia). Esta afirmación es sumamente relevante al ver cómo los propios actores moldean acciones en relación a la preservación y la recuperación del predio y la chimenea. Así como su funcionamiento permea la vida social, el cierre de la fábrica y su destrucción precipitó la organización política de cerveceros, sectores vecinales y estudiantiles pertenecientes al barrio. RPB nos dice:
Esa toma [la de 1998] la protagonizó el barrio en su conjunto, los estudiantes en su conjunto, apareció de vuelta el barrio (…) A mí me tocó también enfrentar porque varias veces se intentó desalojar la cervecería, venía la fuerza represiva e intentaba desalojarnos, cuando intentaban desalojarnos, nosotros hacíamos poner el silbato de la cervecería y el barrio venía a armar la barricada para no dejar avanzar la represión (2019, cuaderno de campo).
Cuando la cervecería estuvo en riesgo de cierre se articuló una organización política de sectores más amplios a los afectados laboralmente, y esto mostró la relevancia simbólica y material de la fábrica para el conjunto de la comunidad de Alberdi. Otra vez, la sirena de la chimenea generaba una organización en la ciudadanía.
Como vimos, el derrumbe de la chimenea en 2010 generó una serie de encuentros y articulaciones políticas que dio como resultado la creación de una multisectorial denominada Defendamos Alberdi, cuyo lema principal es “Paren de demoler”. RPB apunta al respecto:
Pero ahí aparece un movimiento de vecinos muy importante que decían que, si vienen por la demolición, si demuelen este símbolo tan grande del barrio, en realidad, vienen por todo el barrio. Y ahí, con esas cuestiones de defender el patrimonio cultural, identitario, histórico y arquitectónico, se empiezan a organizar un grupo de vecinos, de estudiantes, de distintas organizaciones a través de una multisectorial que se llama Defendamos Alberdi y que toma estos ejes. Nos fuimos dando cuenta en el transcurso de ese día… uno defendía desde el sentimiento, lo sentimental… (2019, cuaderno de campo).
La chimenea materializaba un sentido de barrio, un barrio añorado hecho corporeidad y sentimiento por vecinas y vecinos que se autoconvocaron en su defensa ante un presente que amenaza la vida que conocían y por la cual sentían afecto.
A partir de lo analizado, interpretamos la chimenea como testimonio que construye la memoria barrial. La memoria sobre la chimenea actúa en un doble sentido. Por un lado, es testimonio de una derrota y de un fracaso pasado ‒ huella del cierre de la fábrica y el derrumbe de la chimenea. Y por el otro, compromete y guía a la lucha en el presente para que “estos procesos no vuelvan a repetirse en el barrio” (RPB). Para ellxs, es marca de la acción colectiva pasada y presente ya que su reconstrucción actúa como derrota y logro de la lucha social. Sobre esto, RPB señala:
De todas formas, es un lindo lugar para seguir reclamando, más allá de la torre que está ahí y el pendorcho que han hecho de chimenea. Una de las cosas importantes es que fue por la resistencia que han vuelto a reconstruir la chimenea, de alguna forma esta cuestión del desarrollismo urbano va avanzando, porque cuando te sacan la chimenea te sacan la pertenencia al lugar. Yo vivo a doscientos metros y salía y veía la chimenea, y salís y no la ves más y sentís que no estás en el mismo lugar y pasa eso, a veces te sacan un árbol y pasa lo mismo. Nosotros exigimos la reconstrucción con una réplica, y construyeron eso que no tiene nada que ver, está hecho a propósito, porque en realidad no es la chimenea de la cervecería y es como que no te encuentras (2019, cuaderno de campo).
Recuperar la cervecería y cuidar la chimenea, por más que sea un pendorcho, materializa la promesa de un grupo de vecinxs de defender su lugar y de tener a la memoria de las experiencias pasadas como aprendizajes para no dejarse encantar por las promesas del progreso del desarrollo urbanístico. Aquí vuelve a tomar densidad la vinculación estrecha entre la infraestructura de la chimenea y la identidad del lugar y sus vecinxs. Para RPB la pérdida de la chimenea quedó como marca de fuego de la pérdida del sentido de pertenencia. La ausencia en el paisaje barrial de la chimenea genera en él una desorientación ‒ no encontrarse‒ y un extrañamiento de su barrio ‒ sentir que no estás en el mismo lugar‒. El avance del desarrollo urbano, deja para las vecinas y vecinos marcas personales y colectivas:
Por eso, vamos a exigir a nuestras autoridades las medidas necesarias para poner este patrimonio identitario, que es la cervecería, y todo nuestro barrio Alberdi en una integración urbanística al servicio de los vecinos y las vecinas de acá y está claro que vamos a concluir para defender también la central Deán Funes y cada espacio de nuestro territorio como lo venimos haciendo desde hace mucho tiempo y hace falta mucha unidad como la que se vio en aquel momento. Unidad de movimiento obrero, unidad de los territorios y también confluir con los estudiantes (RPB, 2021, cuaderno de campo).
En esa cita puede verse lo que mencionamos: el derrumbe de la chimenea, memoria de una experiencia pasada, sirve como enseñanza de la acción presente “para defender también la central Deán Funes”. Central eléctrica localizada en terrenos aledaños a Alberdi, sobre la cual versa cierta preocupación política ya que existe la posibilidad de que el predio sea reconvertido en un desarrollo inmobiliario, tal como sucedió con la ex cervecería.
Las imágenes de la antigua cervecería
Otros sentidos sobre la cervecería y la chimenea son construidos a través de las imágenes que nos proponemos analizar aquí y fueron tomadas, producidas y publicadas por la organización política Defendamos Alberdi, en su página de Facebook. Por las diferentes informaciones que rodean las fotografías, sabemos que fueron realizadas en referencia a los once años del derrumbe de la chimenea, cumplidos el 15 de abril de 2021. Las fotografías muestran (Figura 1 y Figura 2), en un primer pantallazo, dos lados de la ex Cervecería Córdoba. Las elegimos porque, al igual que los discursos que trabajamos en el apartado anterior, estas imágenes fueron creadas y presentadas para conmemorar y para interpelar los acontecimientos en torno a la antigua cervecería.

Figura 1. Captura de pantalla de la publicación del Facebook de Defendamos Alberdi. Fuente: Facebook Defendamos Alberdi, 2021.

Figura 2. Captura de pantalla de la publicación del Facebook de Defendamos Alberdi. Fuente: Facebook Defendamos Alberdi, 2021.
Como mencionamos, estas imágenes son fotografías digitales obtenidas del Facebook de la organización. Definimos trabajar con ellas por dos razones: la primera, es la relevancia que entendemos que tienen las imágenes en la construcción de los lugares (en sus sentidos, nociones y deseos expresados, pero también en su potencia creadora de otros lugares); y, en segundo lugar, porque creemos que el lenguaje visual en general y las fotografías, en particular, son importantes en las formas de comunicación y construcción política de esta organización. Cuando observamos el Facebook de Defendamos Alberdi, lo que domina con fuerza son las imágenes. Si bien sabemos que las redes sociales tienen esta particularidad, entendemos que otras organizaciones políticas eligen otras formas de transmitir como comunicados, compartir publicaciones de otras organizaciones, entrevistas y videos, entre otras. Aunque ninguna de estas formas de comunicación están excluidas de lo que Defendamos Alberdi publica, notamos que la producción y divulgación de fotografías se dispone como un elemento de fuerza en la comunicación por redes sociales de la organización, y que dicha centralidad es importante de destacar.
A partir de la aparición de plataformas de distribución en línea como YouTube, Facebook, Instagram, entre tantas otras, muchas personas y organizaciones han incrementado su propia forma de creación de productos culturales (Rose, 2016). Creemos que estas fotografías que traemos aquí son parte de ese gran universo de producción cultural creativo que compone la página de Facebook de Defendamos Alberdi, y que su análisis puede constituir una puerta de entrada no solo a ese universo visual sino también a las formas de producción cultural que se pulsan desde este colectivo.
Trabajamos entonces con dos imágenes digitales (Figura 3) que poseen una particularidad y una complejidad para el análisis ya que, a decir de Rose “los objetos digitales no son estables, sino que son mutables, multimediales y masivos” (2016, p. 336). Esta complejidad se expresa en el hecho de que las imágenes digitales pueden ser creadas, copiadas, reutilizadas, compartidas y modificadas desde múltiples dispositivos que cambian su orientación, color, luminosidad y hasta pueden agregarse elementos por parte de los usuarios, sin autorización o ni siquiera notificación al autor. Otro elemento es que, a partir de su publicación en redes, las imágenes digitales se disponen a una forma de interacción con el público también novedosa: los comentarios, cantidad de me gusta, la posibilidad de compartir con textos propios que orienten la forma de interpretación de la imagen, etc. Estas nuevas formas de interacción entre la imagen y los usuarios, nos muestran que el papel de la criticidad y recepción del público es importante, pero también volátil y complejo a la hora de analizarlas. Esta inestabilidad intrínseca de los objetos digitales que Rose (2016) señala, nos obliga aclarar que lo que analizamos aquí es una instantánea de esas dos imágenes, que siguen mutando y masificándose constantemente a partir de su tránsito por la red social y su apropiación e interpretación particular por los usuarios que las consumen. En este capítulo, definimos analizar las fotografías originales (es decir, tal cual como fueron publicadas), sin considerar la respuesta e interpretación de los usuarios y público de Facebook.

Figura 3. Collage de elaboración propia. Fuente: Facebook Defendamos Alberdi, 2021.
El elemento común en estas dos fotografías es la presentación de la situación actual de la ex Cervecería Córdoba. Sabemos que la fotografía posee una gran fuerza de/sobre lo real, la idea más difundida es que la fotografía nos muestra lo que realmente es. Por ello, es una práctica frecuente entre colectivos, organizaciones y personas la utilización de la fotografía como una prueba para denunciar determinada realidad no deseada ya que, como afirma Machado de Oliveira “en las imágenes fotográficas el poder de convicción de lo real, entendido como visual, visible, se produce con mayor claridad” (2019, p. 5).
Es por esta potencia que las fotografías colaboran a la construcción de lo que socialmente imaginamos, representamos y recordamos sobre los lugares, en otras palabras, entendemos a las imágenes “como mediadoras de nuestros conocimientos y nuestras memorias espaciales y geográficas” (Machado de Oliveira, 2019, p. 6). Por ello, pensamos que las fotografías son portadoras de imaginaciones geográficas que intervienen en las construcciones de los lugares y las proyecciones y deseos de quienes los habitan. Aunque sabemos que fotografía y realidad no son idénticas, tampoco buscamos entender las fotografías en su negatividad, es decir, como falseamientos de lo real. Por lo contrario, la idea es pensarlas como parte de la producción de lo real de los lugares que presentan, es decir, imaginarlas como parte de lo que construye el lugar, y no confundirlas con el lugar en sí. En este sentido, coincidimos con Machado de Oliveira cuando afirma que las imágenes “no son equivalentes a los paisajes, sino que producen transformaciones en ellos al plegar sobre estos otros signos y sentidos que antes no existían. Las imágenes, por tanto, dan existencia a (otros) paisajes” (2019, p. 6) ya que, como menciona Hollman, “la imagen no es una copia transparente de la realidad, sino que en ella está presente la subjetividad y el recorte de quien la construye. Esto significa que cada imagen constituye un recuadro con sus respectivas inclusiones y exclusiones” (2007, p. 126).
Queremos pensar estas fotografías para vislumbrar a qué Alberdi le dan existencia. Parafraseando a Sontag (2006), buscamos que este sea un ejercicio de pensar, sentir e intuir qué hay más allá de la imagen, para entenderlas como partes de lo real, que crean lugares y que orientan nociones y acciones. Por ello, no buscamos comprender las imágenes tomadas por el colectivo Defendamos Alberdi como la realidad sobre la cervecería o lo que verdaderamente allí pasa, sino como lugares posibles, como nociones que actúan en la construcción y disputa por ese espacio, ya que las imágenes “le dan una visibilidad al mundo y procuran darle un orden, hacerlo inteligible (Hollman y Lois, 2015 p. 17).
En los discursos mencionados vimos cómo la memoria de lo ocurrido con la destrucción de la chimenea movilizaba sentidos, pero también acciones en pos de su recuperación, ya que “nuestros recuerdos sobre los lugares median nuestras relaciones con ellos, y, por tanto, nuestras prácticas espaciales” (Machado de Oliveira, 2019, p. 12). Considerando que las imágenes participan con mayor o menor fuerza de la memoria que tenemos sobre determinados lugares y sus paisajes, buscamos encontrar en estas fotografías fragmentos, rupturas, nociones y esperanzas de los colectivos que las construyen. Nuestra idea es pensar cómo estas imágenes accionan y hacen parte de la construcción de la memoria colectiva sobre la cervecería y cómo los sentidos construidos y representados en la fotografía accionan sobre las disputas por barrio Alberdi. La imagen se constituye como una prueba, un testigo y por ello, “contiene la potencialidad de rememorar y construir la memoria” (Hollman, 2007, p. 127).
Acabamos de mencionar que las fotografías que aquí analizamos pueden ser entendidas como una prueba o un testigo (Arfuch, 2006). Es evidente que estas imágenes fueron producidas y hechas públicas a modo de denuncia de la actual situación de la ex cervecería, el texto que acompaña la fotografía hace explícita esta intencionalidad. Al decir de Sontag, “No se espera que una foto evoque, sino que muestre. Así que las fotos, a diferencia de las imágenes hechas a mano, pueden servir como prueba. Pero, ¿prueba de qué?” (2003, p. 42). Realizadas ambas fotografías en conmemoración de los 11 años del derrumbe de la chimenea de la Cervecería Córdoba, nos dejamos provocar por algunas preguntas: ¿Prueba de que buscan ser estas imágenes? (sensu Sontag), ¿qué emociones buscan activar? (sensu Hollman), ¿qué potencia tienen estas imágenes? Y ¿qué nuevos pensamientos nos despiertan sobre la cervecería?
Por esto, haremos explícitos sus diferencias, reiteraciones, diálogos y también complementariedad, tomando las ideas fuerza que allí se expresan y dejando, a través de ellas, que se presenten nuevos sentidos de lugar.
Cuando miramos las fotografías conjuntamente encontramos algunos elementos en los sentidos expuestos. Por empezar, entendemos que la centralidad de las imágenes gira alrededor de dos elementos: la cervecería (con la chimenea como uno de sus objetos) y el desarrollo inmobiliario (tanto como proceso y forma de producción de lo urbano, como el propio emprendimiento de Euromayor que se ve reflejado en la torre construida).
Sin embargo, las imágenes muestran la convivencia, no armónica, de estas dos realidades: en primer lugar, el tradicional barrio Alberdi, expresado en los mensajes del muro, en el muro antiguo, en las condiciones urbanas que se dejan entrever en esa imagen; en segundo lugar, el desarrollo urbano, los proyectos inmobiliarios reflejados en la aparición de la torre y el muro con alambres de púa. Las imágenes presentan a la cervecería entre esas dos realidades, entre la tensión de lo privado y lo público y lo nuevo y lo antiguo.
Los muros son elementos centrales de la imagen, si bien la forma en que está dispuesta la iluminación hace que la visión se oriente hacia la cervecería, el muro actúa como un obstructor visual. Se interpone entre nuestra visión y la cervecería. La imagen logra con efectividad transmitirnos esa noción de obstáculo que los muros representan ya que marcan la privación, el impedimento de acceder a la cervecería material, simbólica y visualmente. Los muros también difieren entre sí, el muro más nuevo, cercado por alambres de púas se ve más frágil y más inestable. El otro muro, en cambio, tiene las marcas del tiempo y de la cultura barrial, muestra su permanencia como elemento propio de la construcción originaria de la cervecería.
Reflexionando sobre/con ellas, entendemos que estas imágenes construyen una determinada noción de temporalidad. La cervecería, dado el ángulo de la toma, quedó atrás y arriba en el espacio de la imagen. Esta posición de la infraestructura en la imagen nos evoca una sensación: la cervecería está hacia adelante. Lo antiguo por estar iluminado y hacia arriba nos da la sensación de proyección, de horizonte, como si el pasado pudiera ser proyectado hacia el futuro. Los muros, lo inmediato, nos remiten al presente y a la imposibilidad de acceder a la cervecería. A la vez, los sellos de agua con el logo del colectivo parecen dar pie a la interpretación de un futuro abierto: en el presente la cervecería está impedida, cercada, privatizada, pero el futuro aún no está determinado, no sólo por la amenaza (el texto “Paren de demoler” y la imagen de la topadora tachada), sino también por la posibilidad que se proyecta con la cervecería hacia el cielo, su recuperación y su apertura. Los sellos revelan uno de los sentidos de la imagen, denunciar que el patrimonio barrial ‒en este caso la cervecería‒ está en riesgo. Sin embargo, la elección de colocar los sellos sobre el muro y sobre el cielo, parece indicar la acción que esa organización hace por demoler los muros que privan de la cervecería a los habitantes del barrio. La palabra demolición toma un doble sentido: que los desarrollistas paren de demoler el patrimonio y que las organizaciones puedan demoler los muros.
Los textos y símbolos que se imprimen sobre la imagen orientan a una determinada interpretación, quién no sabe nada del conflicto observa que el edificio patrimonial está en buen estado, por lo que la idea de demolición o riesgo, de privación e impedimento termina de formarse con lo escrito sobre los muros y el con el logo de la organización. Marca de esto también es la torre del desarrollo urbano. En relación a esto, se genera otra sensación: las palabras, mensajes y forma del logo que la organización elige nos evoca a los lemas históricos de los organismos de derechos humanos en Argentina: “A 11 años, no olvidamos”, “memoria” y la topadora tachada que nos remite a las gorras y botas militares tachadas. ¿Hay aquí un vínculo? El patrimonio es concebido quizás como elemento central de la identidad de estas personas, porque su barrio es pensado como territorio vital de su desarrollo y la memoria se ve amenazada por estos procesos.
Si tal como afirma Machado de Oliveira “los lugares geográficos son en sí mismos productos narrativos, constituidos tanto por lo que se manifiesta física y socialmente en ellos como por los discursos y las palabras que se doblan sobre ellos” (2019, p. 10) estas nociones expresadas y construidas a partir de las imágenes dan surgimiento a otro Alberdi posible, en donde la cervecería parece solo uno de sus bastiones.
Creemos que a partir de la prueba y de las emociones e imaginaciones que estas fotografías evocan, la organización busca mostrar la consternación que les provoca el espacio presente para precipitar, para proyectar otro espacio futuro con la memoria como guía de aquel porvenir. Sin embargo y como vimos, los sentidos intencionales por quienes producen la imagen no son los únicos que aparecen, las imágenes tienen esta potencia.
Nodo Malvinas Argentinas
Malvinas Argentinas, ciudad ubicada a 14 kilómetros hacia el este de Córdoba Capital, actualmente se sitúa entre la expansión urbana y la frontera agropecuaria. Tiene un fuerte vínculo con la capital provincial, ya que el 90% de las fuentes laborales se encuentran allí (Informe del Ministerio del Interior, 2017). Es la localidad provincial con mayor pobreza estructural de Córdoba (entre las que tienen más de 10.000 habitantes), con un 25,7% de Necesidades Básicas Insatisfechas (Censo Provincial 2008); y dos tercios de la población carece de empleo o está precarizada (Censo Nacional 2010). Al mismo tiempo, el crecimiento demográfico en las últimas décadas se ha dado de forma sostenida, superando al de la capital provincial desde los ´80 (Tecco y Lucca, 2007).
Forma parte del Área Metropolitana de Córdoba, la cual se delimita a partir de áreas con roles definidos de acuerdo a condiciones naturales, concebidas como ventajas comparativas para la acumulación del capital.[8] Sin embargo, estas lógicas del capital dan como resultado la condensación de usos del suelo complejos y conflictivos, en términos económicos, sociales y ambientales. Este sector del periurbano cordobés se caracteriza entonces por la contracción del cinturón verde (producción frutihortícola que la localidad desarrolló hasta fines de 1980); el avance del agronegocio; la expansión de la mancha urbana desde los barrios de Córdoba con los que la ciudad limita (Arenales, La Floresta y la ciudad barrio Mi Esperanza[9]); constituyendo un continuo urbano. Existe también un cordón industrial de pequeñas y medianas empresas a lo largo de la ruta provincial A 188 que une la localidad con Córdoba. Sobre la ruta 19 ‒Córdoba a San Francisco, que cruza también por la localidad‒ se ubica el Mercado de Abasto de frutas y verduras; también sedes de multinacionales, como Coca Cola; o Bimbo[10]).
El hecho de colindar con campos fumigados ‒dada la reconversión del uso del suelo, a monocultivos dependientes de agrotóxicos‒ se puede vincular a estudios existentes en torno a la salud de los habitantes, realizados en 2013 y 2014 (Informe Reduas, 2013; Página Ecos Córdoba, 13/5/2014); que revelaron enfermedades a causa de tales fumigaciones. No existe al respecto ordenanza municipal que limite las distancias, por lo que sólo rige la Ley provincial de agroquímicos Nº 9164 (2004).[11] La destrucción del área histórica de producción de alimentos de proximidad, esto es, el Cinturón Verde de Córdoba, puso en evidencia un movimiento de pinzas entre el avance urbano y el agroindustrial (Giobellina, 2018); al tiempo que genera entornos sumamente contaminados para quienes habitan este periurbano así configurado.
Hacia el norte, en localidades vecinas como Villa Esquiú, aún hay presencia de quintas frutihortícolas; también industrias peligrosas tales como envasadoras de gas, en proximidad a las viviendas ‒en incompatibilidad con los usos del suelo vigentes‒. Hacia el sur, luego de las tres secciones que constituyen a Malvinas Argentinas y la citada ciudad barrio, la población más dispersa se extiende hasta la vera del río Suquía, donde habitantes de las villas de Chacra de la Merced conviven con canteras, basurales y efluentes cloacales de la planta de la cual hace años existen denuncias por mal funcionamiento.
Esta localidad que hemos caracterizado desde el territorio más amplio en el que se inscribe y sus configuraciones estructurales, fue centro de un conflicto de gran trascendencia en años recientes: la resistencia y freno a la pretensión de instalación de una planta procesadora de semillas de maíz transgénicas de la multinacional Monsanto, entre los años 2012 y 2016. Para repensar la producción de este espacio desde distintas temporalidades, tomamos como guía del análisis, la propuesta benjaminiana de realizar lecturas del pasado a contrapelo; a partir del cruce de imágenes, entre tensiones y contrastes. Como un posible camino para ir tras algunos de los rastros y huellas de lo acontecido en Malvinas Argentinas, junto a las vivencias de sus protagonistas.
Nos proponemos reflexionar entonces a partir de algunas escenas de los acontecimientos atravesados durante el conflicto, tomando como centro de análisis las infraestructuras (sensu Knox y Harvey) construidas, sostenidas, derrumbadas; tanto por la empresa como por sus oponentes. Las imágenes seleccionadas de distintos períodos del proceso, nos permiten interpelar en torno a las presencias/ausencias tanto de las construcciones edificadas a uno y otro lado del alambrado; como de las prácticas desarrolladas. Indagamos en este marco, algunos rastros de los escombros del progreso tal como los concibe Gordillo (2018) para pensar en torno a la inconclusa planta proyectada. En tensión, y del otro lado, hacia la banquina: huellas y rastros de la lucha.
Para esto es importante primero mencionar que comprendemos a la devastación en el capitalismo como parte intrínseca de su dinámica: para sus producciones, arrasa con la materialidad y las condiciones de sociabilidad de los espacios. Supone incluso ‒y como venimos viendo‒ la destrucción de lo que el mismo capital construye, tal como vimos en el caso de la Cervecería Córdoba y sus múltiples devenires. Con el extractivismo como ejemplo paradigmático, se puede apreciar el doble movimiento de extracción y explotación que supone este tipo de producción; que al mismo tiempo deja en su lugar escombros múltiples y toxicidad. A esta producción destructiva, según Gordillo, es necesario medirla desde los impactos sobre los cuerpos, prácticas humanas y formas de vida en general. Propone una visión afectiva del espacio, centrada en la comprensión política de “cómo la destrucción afecta a cuerpos vivos” (2018, pp. 108-109.); y que contemple sus variaciones en términos de ritmos e intensidades, inestables e incluso contradictorias en cuanto a las formas que asume la alteración física y violenta de la materialidad.
Tal como venimos analizando, la eterna promesa de progreso instaurada como emblema de la modernidad, se presenta como ensueño, fetichizando así un futuro mejor que nunca llega, en pos del cual se justifican los males y sacrificios del presente. Así como antes tensionamos la construcción-destrucción-reconstrucción de la chimenea, queremos en el caso de Malvinas reparar en los “escombros de las promesas de prosperidad” (Gordillo, 2018, p. 44) para poner en evidencia la materialidad de la destructividad. Enfocarse en los escombros de una fábrica que no fue, es entonces una apuesta para negar la positividad de este señuelo ideológico moderno que buscaba significar la instalación de Monsanto.
En este sentido, observar las ruinas que deja el pretendido progreso tras de sí ‒ya sea luego de desactivados los proyectos ya explotados hasta su límite de rentabilidad (la Cervecería), o aquellos que por distintos motivos no llegaron a funcionar (la fábrica de Monsanto)‒, supone una vía posible de ingreso. Ingreso no sólo a las promesas incumplidas, sino también, al envés siempre presente tras el señuelo: la catástrofe ‒al decir de Benjamin‒ que la habita, y que se encuentra en los diversos rastros de la destrucción. Los escombros constituyen “una figura conceptual que puede ayudarnos a comprender esa multiplicidad fracturada que es constitutiva de todo lugar, a medida que es producido, destruido y reconstruido” (Gordillo, 2018, p. 15). Nuestra apuesta es poner la mirada en esos restos que la visión hegemónica desvaloriza, e incluso oculta o niega. Esto implica el cruce de dos ramas troncales para el análisis. Por un lado, el reconocimiento de la efectiva destrucción del espacio y las fuerzas violentas que intervinieron para generarlos. Por el otro, la atención a la “materia texturada y afectivamente cargada” que significan para las personas, dado que muchas veces “estos nodos de escombros forman constelaciones definidas por su persistencia afectiva en el presente” (Gordillo, 2018, p. 19).
Ruinas y escombros representan de este modo, la desintegración de la fantasía. Así como las ruinas pueden ser desmentidas como totalidad positiva a través de los escombros; a partir de ese ejercicio se puede ir también desde las partes al todo: no para formar una nueva totalidad pretendidamente cerrada y afirmativa, sino para entretejer relaciones posibles, entre distintas materialidades vueltas objeto de este tipo de producción. El vínculo entre los escombros de estas fábricas, fragmentados, distantes en apariencia, permite generar ‒entendiéndolos como nodos‒ reconexiones posibles, pistas comunes a la destrucción de los espacios.
En primer lugar, para comprender la magnitud del conflicto que tuvo lugar, es necesario contemplar que la instalación de la planta de Monsanto en Córdoba pretendía ser la segunda más grande de Latinoamérica y tenía como objetivo abastecer de maíz para biocombustibles a varios países. Esta es una de las formas que asume el extractivismo capitalista, en su configuración contemporánea de agronegocio (Gras y Hernandez, 2013).[12] En este marco, la que sería la segunda planta más grande de Latinoamérica, se erigiría en el predio de 32 ha., ubicado a 1 km. de la población. Allí pretendían instalar 240 silos, con capacidad de 3,5 millones de bolsas de maíz transgénico para siembra; cuya producción se proyectaba en 60.000 toneladas anuales, utilizando 1.700.000 litros de agroquímicos. Las semillas iban a ser sembradas en 3.500.000 millones de hectáreas, duplicando así la producción anual de maíz (Carrizo y Berger, 2020).
Desde su anuncio en julio de 2012, personas de la localidad comenzaron a informarse y organizarse ante la alarma inicial de peligro, conformando la asamblea local al mes siguiente. Transcurrió así el primer año de lucha: articulaciones con organizaciones, especialistas y una diversidad de acciones. Por un lado, en el plano legal: recursos de amparo, pedidos de informes, etc. Por el otro, el de la acción directa: cortes de ruta informativos, bloqueos al ingreso del predio en una franja horaria, entre otros. Así se gestó la medida de lucha que más visibilidad le daría al conflicto: el acampe frente al predio de la empresa; que fue sostenido de forma permanente entre los años 2013 y 2016. Se inició con un festival, al que denominaron “Primavera sin Monsanto”; luego del cual instalaron carpas para transcurrir la primera noche. De allí en adelante se fue consolidando como espacio de articulación de la resistencia: llegaron activistas de distintos lugares, las organizaciones que adherían enviaban representantes para alternar la ocupación del terreno de banquina ‒entre el predio de Monsanto y la ruta‒. Con el tiempo, se fue conformando una asamblea ‒además de la asamblea local “Malvinas lucha por la vida”‒, autodenominada como “autoconvocades del acampe”. Realizaron construcciones en barro, huertas agroecológicas, talleres de formación e infinidad de asambleas; pasaron por allí personalidades de renombre mundial; anualmente repitieron los festivales Primavera Sin Monsanto.
De forma concomitante a los múltiples intentos de la empresa y los gobiernos por frenar el acampe, activistas fueron dando forma a los puntos estratégicos en que se concentraba la extensa ocupación, ya que debían bloquear el acceso al predio, a camiones y materiales. Fue así como se desplegaron en el angosto y extenso terreno en los bordes del predio, nucleándose en tres espacios centrales a los que dieron nombres: “camiones”, “amaranto” y “casa pozo”. Fue un espacio ocupado, habitado y sostenido por diversidad de personas; creado en la banquina de la ruta; constituido en centro de articulación de la lucha. La espacialidad resultante fue producto entonces tanto de las estrategias de la empresa como de las respuestas de lxs activistas.[13]
Uno de los nodos discursivos puestos en disputa, fue una frase replicada en remeras, banderas, pancartas y volantes de la asamblea, que decía: “el progreso que enferma, mata y contamina, no es progreso”. Frente al desarrollo que las fuentes laborales prometidas por parte de la empresa decían augurar; lxs activistas mostraron el envés real de la imagen ilusoria: contaminación y muerte, era lo que les esperaba en un futuro con la empresa instalada.[14] Tal como vimos para el caso de Alberdi y lo ocurrido con la Cervecería Córdoba, la palabra progreso vuelve a tomar un sentido polisémico y ambiguo.
Según lo expresado, por un lado, el progreso es entendido como acumulación del capital, a costa de los cuerpos y territorios. Como sostenía una asambleísta y acampante frente a los medios, en cada oportunidad que tenía:
Monsanto no trae progreso, trae enfermedad y violencia. Vas a tener trabajo y negocios, pero vas a terminar enfermo. ¿De qué te sirve así la plata? Monsanto te enferma, pero nunca te cura. Te termina matando. No te morís mañana, te morís a largo plazo y de la peor manera, porque arrastrás diferentes enfermedades. Una tras otra (Godoy, 2014).
La producción de valor en pos de la acumulación frente y contra la reproducción de las condiciones que sostienen la vida, es puesta así en evidencia; crítica construida a partir de la vivencia propia de lo que el extractivismo conlleva. Su interrogación, interpela: cuál es el costo del trabajo y su retribución (“la plata”) de qué “vale”, en cuerpos que “pagan”, con sufrimiento, las consecuencias del “negocio” ‒que es para otros‒.
Por el otro, dicha frase que denuncia, interpela y exige; permite otras preguntas a partir de un sentido tácito que también contiene. La consigna deja abierta la posibilidad a imaginar ‘otro’ progreso posible, sí anhelado. Si este progreso ‒el que destruye la vida‒ no es progreso, es porque estaría contradiciendo a lo que el concepto pretende ser. Ponen así en evidencia la contradicción, pero también nos habilita a pensar en las tensiones al interior de lo deseado por las y los activistas. ¿Qué sí sería efectivamente progreso, en tanto que sentido positivo atribuido a la verdadera noción, aunque no explicitado? ¿Cuál sería el corazón del sentido de este concepto, para las vecinas y los vecinos en particular, que enarbolaron esta bandera? El anhelo de efectivas fuentes laborales para una localidad tan carente de ellas, tal vez sea uno de los componentes centrales de lo que sí entendían y pretendían como progreso. De hecho, lxs asambleístas de la localidad querían generación de fuentes laborales, pero que no significaran el sacrificio de la salud de las personas y el entorno. “Avanzar”, salir del “estancamiento” y el “atraso”, son anhelos transversales que estaban y siguen presentes en las conversaciones sostenidas con las personas que habitan la localidad. Una vez más, como en el caso anterior, la pendulación constante entre las caras positiva y negativa del progreso, da forma y límites a lo imaginable. La desigualdad como rasgo estructural y las zonas de sacrificio como mecanismo que fagocita territorios con un marcado componente de clase, son interpretadas dentro de la lógica del progreso; que aun dentro de las críticas a su cara más visiblemente cruel, sigue pautando los marcos de lo deseable.
Por otra parte, el espacio de acampe, así como fuera nodo de convergencia en la resistencia y desarrollo de prácticas que buscaban evidenciar los modos de vida que proponían en contraposición al modelo imperante; también fue el principal blanco de represión. Lxs activistas resistieron a órdenes de desalojo legales ‒con idas y vueltas judiciales‒, e ilegales: una de las más violentas fue aquella en la que integrantes del gremio UOCRA (Unión Obrera de la Construcción República Argentina) llegaron en un colectivo de madrugada ‒junto a barrabravas de Talleres‒ y golpearon con palos las carpas de quienes dormían, generaron destrozos y robaron pertenencias, lxs atacaron físicamente; ante la vista pasiva de la policía presente.
Del otro lado del alambrado, la gran estructura de hierros que conformaba la imponente planta que comenzaba a erguirse, fue telón de fondo de infinidad de fotos desde la perspectiva del acampe. El esqueleto del “monstruo”, tal como llamaban lxs vecinxs a la empresa, aparecía en contraste con las banderas de lucha en el alambrado, con las asambleas en círculo, con los talleres, las construcciones en barro y la huerta. Luego de los primeros tiempos de construcción, gracias al bloqueo, la imagen del gigante a medio erguirse quedó congelada. A medida que se dificultaba el ingreso de materiales y con los vaivenes legales que pendulaban entre permisos de construcción y frenos provisorios que luego se mantuvieron, se fue estancando. Los primeros indicios de retirada se evidenciaron precisamente a través de la actividad en el predio: hacia el 2016, las empresas tercerizadas retiraban su maquinaria y materiales. Para no reconocer la partida de Monsanto, aducían que se debía a la caducidad de los contratos o su baja para con la multinacional; ya que no era rentable mantenerlas en una construcción que no encontraba manera de ser reactivada. Así empezó el vaciamiento del terreno. Hubo incluso denuncias ‒por parte de la empresa‒ de hurto de los materiales que iban quedando desparramados.[15] En algunas oportunidades personas ajenas al reclamo entraron y se apropiaron de los restos del monstruo: “perfiles, chapas, viguetas, tensores de lingas y ángulos” (“Tres detenidos acusados de robar en el predio de Monsanto”, 2016). Quienes acampaban por entonces decían que esto les era perjudicial, ya que la empresa los responsabilizó de estos actos. Al mismo tiempo, una ex acampante recuerda hoy, lo poético que les parecía por entonces, ver que, en el marco de ese desmantelamiento, algunas familias pudieran reutilizar parte de esos materiales para sus viviendas (comunicación personal, 2 de julio 2021). Reapropiaciones entonces de los escombros del monstruo, para convertirlos en material útil a las viviendas, en un contexto de carencia. En parte, posiblemente constituya un acto de fisura a la sacralidad de la ruina y de la propiedad privada; en parte también, un último gesto de la multinacional para con la zona de sacrificio fallida, abandonando restos como basura.
El último de los tres años de acampe transcurrió en un clima enrarecido. Sin confirmaciones oficiales, sin acciones visibles por parte de la empresa para defender su instalación ‒ya había sido rechazado su Estudio de Impacto Ambiental y prometía hacía tiempo presentar un segundo‒; había sensaciones encontradas entre lxs activistas, alternando entre la posibilidad de triunfo y la sospecha de una maniobra inesperada. A principios del 2016, quienes por ese entonces habitaban el acampe y conformaban la asamblea de autoconvocadxs, decidieron retirarse frente a la posibilidad certera de la expulsión de la empresa. Ante la necesidad de defender el espacio conquistado, y desde una posición de desconfianza ante la estrategia empresarial-gubernamental, asambleístas de la localidad junto a representantes de organizaciones que apoyaban, constituyeron lo que llamaron guardias, para mantener una presencia constante en el bloqueo. Cuando en la segunda mitad del año se confirmó extraoficialmente la retirada final de Monsanto, se levantó definitivamente el acampe. A través del diario La Voz del Interior lxs vecinxs se enteraban de que el predio era comprado por AMG, empresa desarrollista.[16] Como graficó una de las asambleístas entrevistada por un medio alternativo de comunicación, este anuncio les dio la pauta de su veracidad, no por objetividad periodística sino más bien por lo contrario: en tanto que vocero de la empresa durante todo el conflicto, una vez más y finalmente, “La Voz habló por Monsanto” (“Planta de Malvinas en venta: la vida sin Monsanto”, 2016).
Unas semanas antes de la confirmación, quienes sostenían las guardias ya comprobaban que el final estaba cerca: “Todo comenzó el lunes 1° de agosto, cuando al acampe llegó un vehículo de la empresa Astori (…) dijeron que tenían orden de desmantelar todo, limpiar las estructuras y pelar el predio” (los destacados son nuestros). Otra empresa vinculada al desarrollo inmobiliario reconoció que estuvo en conversaciones con Monsanto para “adquirir la tierra donde existe una estructura metálica de lo que iba a ser su planta acondicionadora de semillas de maíz” (Ibíd.). Lo que sí llegaron a confirmar lxs asambleístas, es que dentro de la cláusula de venta se estipuló que la empresa compradora debía hacerse cargo del desmantelamiento” (Ibíd.).
El día del retiro definitivo del acampe, una de las vecinas que estuvo de principio a fin, expresó a los medios:
Consideramos que ya no tenía sentido seguir bloqueando este lugar porque el objetivo de nuestra lucha había sido logrado: que Monsanto se fuera de este pedacito de tierra y dejara de arruinarnos la vida (…) levantamos el campamento, pero la lucha sigue desde afuera. Si vemos que nos mienten de nuevo, volveremos al bloqueo y los cortes (Brondo, 2016).
Así, el abandono del predio por parte de Monsanto ‒sin trascendidos por entonces acerca de posibles relocalizaciones del proyecto‒ fue tomado como instancia para pausar la protesta, tras un prolongado e ininterrumpido periodo de cuatro años. Aunque una de las consignas era “fuera Monsanto de Córdoba y América Latina”, el centro de la defensa fue desde un comienzo ese “pedacito de tierra”; espacio donde gravitaba el reclamo, para poder seguir reproduciendo la vida. Esto permite pensar en las potencias y los límites de la “capacidad de veto” (Gutiérrez, 2017) que caracteriza a estas resistencias contemporáneas frente al avance de la depredación. Aunque a su vez, las posibles continuidades desde afuera, ya sin el anclaje al bloqueo, proyectaba reconfiguraciones de la impugnación a la empresa ‒el no a su existencia‒, trasladada hacia otros enclaves territoriales y sus activistas, en redes a las que habían ido abonando durante esos años. El lugar comprendido como nodo (y no como contenedor), tal como venimos viendo desde Massey (2005), congrega personas, recuerdos, afectos. Y a su vez, se relaciona con otros nodos, generando flujos, que constituyen a las constelaciones espaciales (Gordillo, 2018, p. 38). La “luminosidad” ‒al decir del autor‒ que emanen, depende de las redes de las que sea parte: puede ser intensa su atracción, fugaz; según relaciones coyunturales, tal como es posible de pensarse en este caso.
En la Figura 4, a través de las fotografías con las que compusimos la imagen, buscamos en principio, revertir el sentido cronológico de los hechos, para llegar a otros sentidos posibles. Para intentar revertir también, cierta construcción discursiva hegemónica existente, sobre el desarrollo y el fin del conflicto. Por eso, son las dos primeras fotos las que corresponden al final del acampe. Dado que, cuando la empresa envió a desmontar estructuras y retirar materiales del predio, también lo hicieron con las construcciones del acampe. Las imágenes que eligió el diario La Voz nos devuelven la escena de una máquina arrasando lo que quedaba de todo lo construido por lxs activistas durante tres años. Materiales despedazados, propiamente escombros. Nada nos dice la construcción de la fotografía periodística sobre los motivos, ni las decisiones o los decisores. Consideramos que es un retrato en total consonancia con lo que a través de sus notas y editoriales pregonó el medio durante esos años: el ansiado fin del bloqueo, ahora convertido ‒o mejor dicho, construido discursivamente‒ en desechos. Detrás o por fuera de la imagen, sin embargo, quedan otras significaciones de los hechos: ese derrumbe por parte de la máquina tuvo lugar bajo la decisión de vecinxs que sostenían la guardia; y que querían de algún modo dar un cierre a la intensa práctica de resistir; atravesadxs por alegrías, alivios, pero también dolores y cansancios.

Figura 4. Collage de elaboración propia. De arriba a abajo, de izquierda a derecha, Fuentes: Gentileza La Voz del Interior (2016, 1 de noviembre), Facebook Bloqueo a Monsanto en Malvinas Argentinas (2015 y 2016) y Facebook Autoconvocades del acampe (2015 y 2016).
El sentido que el medio periodístico busca impartir visualmente es entonces exaltar el derrumbe material del acampe, el fin del proceso de lucha como si fuese una derrota; para relativizar o atenuar el fracaso en realidad del proyecto empresarial. Sin información contextual a la fotografía, podríamos pensar que pertenece a cualquier basural. El plano detalle además exalta la basura; apenas muestra el entorno que permitiría deducir que es parte de la banquina en proximidad al predio de Monsanto. La topadora, además de herramienta para diversos trabajos de construcción, es símbolo de destrucción: depredación materializada desde desmontes de bosques nativos, hasta dentro de la misma urbanidad (recordemos el logo de la organización en defensa de Alberdi, donde figuraba, tachada).
Para interpelar a este sentido hegemónico, es que revertimos el orden cronológico. Recordando lo que planteábamos a partir de Sontag (2003, 2006), queremos provocar, evocar, sentir con las imágenes, para construir otros sentidos. Es por eso que colocamos luego en la secuencia, a las fotografías tomadas por asambleístas, acampantes y visitantes, mientras habitaron el espacio; para recordar y reiterar. Algunas de ellas dan cuenta desde la perspectiva, de la profundidad y extensión del terreno ocupado. Otras de ellas retratan la cotidianeidad, de trabajar la huerta agroecológica que les brindaba algunos alimentos para el sustento; o el amanecer luminoso en otro día de resistencia. Los rastros que dejó la lucha, exceden a la materialidad construida y su posterior ausencia; sin embargo, las evocaciones visuales a ese pasado reciente permiten reelaborar esos sentidos que intentaron ser opacados por el discurso hegemónico funcional a los intereses empresariales.
En tiempos de la lucha, lxs involucradxs en el reclamo soñaban con sostener y ampliar la producción agroecológica ensayada en esos metros de banquina; que el predio de muerte se convirtiera en tierra de y para la vida. Después de la partida de la empresa, hubo promesas por parte de la intendencia, de convertirlo en un polo industrial. Lo único que se supo desde ese entonces, como ya mencionamos, es que fue comprado por la empresa de obra pública Regam/AMG Obras Civiles.[17]
Como expresan Hollman y Zusman, en la entrevista realizada por Ricci y Maldonado (2020), “las imágenes nos ofrecen posibilidades de movilizar interrogantes y conexiones originales, y poder expresar aquello que no podíamos con palabras”. En la Figura 5, estas fotografías en contraste ‒cuyos posibles sentidos emergen precisamente del cruce‒ de distintas épocas de la construcción de la planta, materializan los sentidos construidos por los medios periodísticos a los que pertenecen.

Figura 5. Collage de elaboración propia. De arriba a abajo, de izquierda a derecha, Fuentes: La Voz del Interior (2014, 31 de octubre; 2016, 29 de julio) y Chequeado (2017, 29 de marzo).
Entre las dos primeras y la inferior, se observan distintas tensiones: luz y oscuridad, actividad y detenimiento. Las épocas de movimiento en el predio, con maquinarias, materiales y el trabajo de obreros se retratan en la lente, que enfoca desde cerca, con mucha luz y color. En la última foto, el detenimiento es lo que prima: la ausencia de personas y de cualquier indicio de actividad en el predio; una vista ya desde lejos; se observa la gran estructura que se recorta entre las nubes grises y cargadas. Podemos interpretar que estas imágenes construidas encarnan la mirada del progreso: celebra la producción a priori, la concibe como avance y juzga los obstáculos que se interpongan a su plan que se presenta como lineal, único e inevitable. La imagen fría, sombría, del gigante desolado, anuncia el fin turbulento de la promesa: “estos restos exudan el espectro de sueños incumplidos”, ya que este tipo de “residuos arquitectónicos e industriales tienen en común el haber sido parte de lugares y objetos que prometieron una modernidad sin fisuras” (Gordillo, 2018, p. 164).
En la actualidad, tal como dijo un vecino ex asambleísta y acampante, “es todo monte” (comunicación personal, 2019). El avance de los llamados “yuyos” o “malezas” en la codificación que el agronegocio realiza sobre las plantas nativas que no sirven a sus fines de explotación o que no han sido aún mercantilizadas, tomó el extenso terreno. La relocalización de la inversión de la multinacional fue redireccionada, en ampliación de plantas ya existentes, en Buenos Aires (ciudad de Rojas) y Chile (ciudades Paine y Viluco). De igual manera que en tantos otros casos en los que con flexibilidad los capitales traspasan fronteras y dan saltos espaciales para la acumulación vía la destrucción de los lugares. A contramano de lo que dicta el progreso, que no admite pausas; aconteció un freno a un megaproyecto planeado e impuesto de forma inconsulta a su población. Pausa que se extendió en el tiempo ‒hasta el presente‒ y a cualquier otra iniciativa posterior entre las formas de productividad capitalista.
Es importante considerar también que según la Ley Provincial Nº 9841 (2010) de regulación de usos del suelo, ese terreno no es apto para emprendimiento industrial. Esto fue utilizado como herramienta legal por parte de lxs activistas para el freno del proyecto y derivó en una causa en la que se imputó a los funcionarios (municipales y provinciales) que concedieron la autorización de obras. En esta misma incompatibilidad incurriría el proyecto propagandizado tiempo después de la partida de la multinacional, según la cual la desarrollista compradora promovería un parque industrial de pymes. Frente a la mala imagen de una multinacional, pequeñas y medianas empresas ‒junto a la gran demanda local de fuentes laborales‒ podría generar adhesión, como parte del quizás progreso positivo que sí anhelaban lxs habitantes. No obstante, la misma ley de ordenamiento territorial continúa en vigencia ‒pese a que la Municipalidad de Malvinas Argentinas en la gestión radical de tiempos del conflicto, había retirado su adhesión‒.
En la primera foto a la izquierda de la Figura 6, se aprecia la banquina sobre la que se emplazó el bloqueo, hoy vacío de todo rastro físico. Las ausencias, también moldean las subjetividades y las disposiciones corporales a ser afectadxs de particulares maneras, en este caso por las ruinas o por su vacío material.

Figura 6. Collage de elaboración propia. Fuente: fotografías de elaboración propia, 2019.
El acoso que una ausencia puede generar, es tal porque “ejerce una presión no discursiva sobre el cuerpo (…) es una presencia física que se siente y tiene el poder de afectar” (Gordillo, 2018, p. 49). Tanto algunas de las personas que habitaron ese espacio y hoy siguen en la localidad, como activistas de otros sitios que poblaron el bloqueo,[18] evitaron por un tiempo pasar por la ruta o no volvieron al lugar, para no enfrentar el vacío, el silencio que trae ecos de recuerdos. Otras responden a esos sentimientos encontrados, recorriéndolo periódicamente, imaginando allí prácticas agroecológicas, monolitos, fechas conmemorativas que tiren el hilo de la memoria, de algo que sienten tan cerca y tan lejos en el tiempo.
Reflexiones finales
La primera razón por la que intentamos poner en vinculación estas problemáticas estuvo ligada a que, a priori, encontrábamos elementos comunes: fábricas abandonadas, promesas de empleo, lucha, organización social, resistencia, desarrollo capitalista. Sin embargo, mientras fuimos adentrándonos en los sentidos y nociones construidas en relación a la ex Cervecería Córdoba y a la resistencia por la instalación de Monsanto nos animamos a pensar estos dos territorios como nodos de una constelación más amplia. Creemos que los procesos descritos en este capítulo muestran una tensión común entre las promesas de progreso asociadas a la profundización de los procesos de acumulación vía la mercantilización de cada vez más esferas de la vida, las luchas de colectivos organizados para frenar la producción destructiva; y sus anhelos y horizontes en la producción de sus territorios.
Territorios que en apariencia no están conectados, se conectan en las lógicas de producción del capitalismo. Los devenires en la búsqueda de la rentabilidad: fábrica de producción de cerveza, planta de acopio de semillas de maíz transgénicas, desarrollos urbanos residenciales, terrenos abandonados para la lógica de la especulación. Dinámica, además, siempre cortoplacista del capital: proyectos animados por las tendencias-imposiciones coyunturales del mercado: el boom inmobiliario (Euromayor) y de commodities (Monsanto); en las que además está ausente la preocupación por las comunidades circundantes, en cuanto a usos e impactos. Más allá de las actividades económicas en sí, y de cierta obviedad ya implícita en esto, la lógica de producción y destrucción de los territorios por parte del capital se expresa con fuerza y con reiteraciones en estos dos casos abordados.
Reiteraciones en las formas en que el capital se comporta, pero también, reiteraciones y aspectos comunes en la acción, los anhelos y estrategias de las organizaciones que las resisten. Llamó nuestra atención que, en ambos casos, se daba una disputa de sentidos alrededor de la palabra progreso y la comprensión que los actores tienen del rol de éste en la dinamización económica y social de sus lugares y sus vidas. Nos preguntamos por qué estas organizaciones siguen pensando en términos de progreso los procesos de mejoría y dignidad de la vida. Creemos que parte de esto se explica al estar analizando fábricas, productoras de puestos de trabajo, dinamizadoras de los lugares en que se localizan. ¿Trabajos para quiénes? ¿Dinamización de la vida para qué sectores? ¿En qué condiciones y con qué efectos y consecuencias?
La idea de fábrica, central en el funcionamiento de la modernidad, impregna las subjetividades a tal punto que incluso reconociendo en sus discursos la responsabilidad de los procesos capitalistas sobre sus vidas, la disputa por el progreso continúa. La memoria actúa con una doble vara, legitima una forma de progreso, condena otra, orienta la lucha. Los actores recuerdan o anhelan tiempos de inclusión, tiempos de mejoría de sus condiciones materiales y territoriales. Ahí la disputa es también por las formas de la política y sus estrategias, abrir horizontes nuevos en donde lo posible sea superador de lo vivido.
En simultáneo, los colectivos en sus prácticas orientan estas búsquedas, frenan ‒aunque sea por un tiempo‒ estos procesos de depredación de la vida, se organizan para hacer existir formas diferentes de producir el territorio. En la conquista de sus demandas fisuran las lógicas mercantiles y destructivas de los territorios y ensayan otras lógicas resultantes de lo colectivo. Proceso que no está exento de los sabores agridulces que la resistencia implica, frente a una multiplicidad de estrategias desplegadas desde el poder, para ocluir el conflicto.
Otro aspecto que queremos destacar es el sentido que emerge de cruzar las imágenes de cada conflicto y de los conflictos entre sí. Pensar en composición a las imágenes, nos permitió observar aspectos más allá de lo que fragmentariamente se puede ver, e incluso, tensiones y sentidos no resueltos. Las imágenes como retratos, instantáneas de procesos de luchas que exceden esos tiempos espacios y abren otros sentidos, testimonios de materialidades que hablan y siguen construyendo sentidos, recuerdos y olvidos.
La destrucción y la demolición también emergieron como procesos cargados de sentidos. Como mencionamos a lo largo del análisis, el espacio es construido en su producción y su destrucción. La devastación en el capitalismo es parte intrínseca de su dinámica: para sus producciones, arrasa con la materialidad y las condiciones de sociabilidad de los espacios. Supone incluso la destrucción de lo que el mismo capital construye, tal como vimos en el caso de Cervecería Córdoba y sus múltiples devenires. O en el caso de Monsanto, construcción, freno y destrucción de infraestructuras, fueron parte de una misma dinámica. Pero esas materialidades construidas no se animan solo por las lógicas del capital. Los colectivos y habitantes se apropian de estas, se hacen parte de la dinámica de su cotidianeidad y se configuran en su identidad, memoria e incluso resistencia. Por ello, lo destruido y lo demolido tomó centralidad en este análisis. Aquellos escombros nos permitieron ir tras pistas que permiten desdecir la totalidad afirmativa y sin fisuras con la que se presentan estos emprendimientos productivos. Y permitirnos pensar cómo esas materialidades (la ex cervecería, la inconclusa fábrica de Monsanto, el acampe) no se limitan a representar la ideología político-económica que las crea, sino que participan activamente en los procesos de articulación y puesta en práctica de las relaciones políticas de estos territorios.
Comentario
Andrés Núñez[19]
Invierno, 2021
Estamos en presencia de un texto que nos entrega muchos caminos y reflexiones posibles. Se abren horizontes sobre la memoria, la historia (su invención y sus despojos), sobre el habitar, la experiencia y el espacio vivido, las resistencias y las imágenes que construye y oculta el capital, por nombrar algunos de los elementos presentes en el artículo. Desde esta perspectiva, es un trabajo amplio y diverso, aunque con un hilo conductor claro y preciso. Ya iremos por él, pero antes parece necesario apuntar lo que puede ser una de las columnas vertebrales del trabajo, que, desde mi punto de vista, es nuestra relación con el pasado, con sus huellas, sus ruinas y sus materialidades. Alguna vez leí en Nietzsche que el “futuro era el pasado” y me costó años comprender su sentido. En una arista por lo menos se empalma con la crítica que hace Walter Benjamin de la historia entendida como progreso puro, como linealidad, una suerte de caja que contiene todas las capas que van sustentando la llegada del progreso. Por cierto, aquella manera de comprender la historia y el pasado, aún demasiado instalada en el horizonte común, ya no se sostiene. Y, entre otras razones, por algunas de las reflexiones planteadas por las autoras: el pasado mirando solo al futuro inmoviliza y disocia las prácticas de o con la memoria, pero, además, porque así se configuran sentidos que son imaginarios culturales cargados de ideología.
Estimo, por tanto, que la invitación que hacen las autoras de unir las huellas y las materialidades del pasado con el presente ‒aunque hayan sido reflejo de un tipo de progreso– le permite al lector/a constatar la construcción de una presencia, de una experiencia que es también habitar, pero, al mismo tiempo, pasado vivo. De este modo, se rompe con el prototipo de una historia solo fabricada para quienes se apropian del futuro desde la producción de un pasado anclado en lógicas de triunfos y libertades que poco y nada tiene que ver con las prácticas y las materialidades de quienes, por decirlo de algún modo, “transitan ese pasado”.
Para Benjamin, como para el planteo de las autoras, la huella es en primer lugar una materialidad que puede considerarse viva, porque no olvida o al menos puede guiar las interrogaciones que cada tiempo le hace al pasado.
En base a esta interesante perspectiva, las autoras proponen observar distintas huellas y materialidades “como nodos de una constelación más amplia”. Para el caso, se interesan en dos acontecimientos acaecidos en dos zonas aparentemente no vinculadas como son el barrio Alberdi de la ciudad de Córdoba y la ciudad de Malvinas Argentinas. Su narración es transitada precisamente por materialidades que lejos de estar muertas, activan o gatillan la memoria de lo que podría comprenderse como un tipo de progreso o desarrollo inclusivo o participativo, real si se quiere.
Las materialidades son una ex cervecería y una propuesta de fábrica/campo/acampe. En un caso, en el barrio de Alberdi, nos remite a la demolición de una parte de una antigua cervecería, empresa que junto a una función económica cumplía toda una acción comunitaria, un tipo de escombro que más que tapar la memoria la mantenía viva. De allí que cuando el grupo de inversionistas Euromayor decide demoler la chimenea de la fábrica, a pesar de que ésta había sido declarada patrimonio arquitectónico y urbanístico de la ciudad de Córdoba, se genera un gran impacto, ya que la cervecería y su chimenea son tomadas como símbolos de la resistencia por la defensa de la identidad y memoria del barrio. Es decir, aquella huella material llamada cervecería o chimenea intervenida en nombre de un progreso por venir, un progreso aparentemente exitoso en términos económicos choca con una memoria que si bien también se asocia a un tipo de progreso en la práctica se desenvuelve de modo muy diverso, en tanto esa memoria actúa como enseñanza para la acción presente. Esto es muy interesante, porque, como vimos al inicio, nos habla de un tipo de historia y de memoria donde, como ha dicho Benjamin, “articular históricamente lo pasado no significa conocerlo como verdaderamente ha sido. Consiste, más bien, en adueñarse de un recuerdo tal y como brilla en el instante de un peligro”(Benjamin, tesis VI en Lowy, 2003, p. 75). En otras palabras, como expresan las autoras, la materialidad o huella no es solo su forma material sino también puede llegar a ser agenciamiento de una memoria que no quiere olvidar.
Para el caso de Malvinas Argentinas, el otro caso de estudio, la proyección es similar. La pretensión de instalar una planta procesadora de semillas de maíz transgénicas de la multinacional Monsanto entre los años 2012 y 2016, gatilló el cuestionamiento de un tipo de progreso que no parecía dialogar con la experiencia del habitar y, por ende, con el pasado. Los y las habitantes se organizaron para resistir el proyecto propuesto por Monsanto, logrando que el futuro proyectado por la empresa no se instalase en el pasado de ellos y ellas.
De este modo, a partir de los asuntos planteados por Ricci y Sánchez es posible reflexionar en torno a las huellas de la historia, a los escombros que más que ruinas de un pasado muerto pueden servir para la acción y la resistencia. Así, las materialidades, “lo destruido y lo demolido”, como exponen, no solo se articulan con las lógicas de un capital que promete “un futuro redentor” o de una historia que solo es pensada como capa de un progreso por venir, sino que, en lo fundamental, se desenvuelven en y desde prácticas conscientes de su propio espacio, o, al menos, colabora en esa dirección.
La memoria, por tanto, posee múltiples caminos. Puede ser, como nos ha enseñado Todorov, olvido, es decir, anulación o dejar ir. En algunos casos, como por ejemplo en relación con esa misma historiografía de tipo lineal sirviente del progreso-futuro, tan abstracta como ideologizada, sería bueno olvidar, porque de ese modo permitiría, como ha expuesto Nietzsche en su Segunda Intempestiva, construir o pensar una historia nueva, alejada de ese sopor identitario tan conservador como burgués. Más, por otra parte, como ponen acento las autoras, es necesario que la memoria reafirme su dimensión política de modo que el pasado confluya con el presente. Un escombro puede ser eso: una memoria que activada colabora en la organización, es decir, en la reivindicación activa de determinados grupos o personas y su espacio íntimo o existencial. Como expresan Ricci y Sanchez de modo tan agudo como hermoso: “otro espacio futuro con la memoria como guía de aquel porvenir”.
Finalmente, me parece importante subrayar acá el vínculo que hacen entre memoria e imagen. El propio Benjamin decía que “el pasado solo puede atraparse como una imagen (Benjamin, 2013, p.98)”, es decir, las imágenes pueden ser fuerzas activas de la propia memoria movilizando nuevas perspectivas y conexiones que de otro modo no se hubiesen conectado. Así, como las autoras apuntan en este capítulo, “las imágenes participan con mayor o menor fuerza de la memoria que tenemos sobre determinados lugares y sus paisajes”, por lo que “buscamos encontrar en estas fotografías fragmentos, rupturas, nociones y esperanzas de los colectivos que las construyen”.
En definitiva, un trabajo que propone distintas perspectivas y cruces que no debería dejar indiferente a quien participa de su lectura. Estimo que su mayor fuerza es dar relevancia, como lo hace Benjamin, a lo aparentemente inútil, a los escombros, para pensar otra historia, una historia anclada en la experiencia y en la acción comunitaria. Así, la geografía de la memoria no solo se proyectaría por continuidad, linealidad o cuerpo cerrado de triunfos o éxitos, sino, por el contrario, por la discontinuidad de sus huellas o escombros que dialogando con el presente colabora a madurar y dar fuerza a los encuentros de personas simples. ¿Para qué? Como dicen Ricci y Sánchez:
[Los] escombros nos permitieron ir tras pistas que permiten desdecir la totalidad afirmativa y sin fisuras con la que se presentan estos emprendimientos productivos. Y permitirnos pensar cómo esas materialidades (la ex cervecería, la inconclusa fábrica de Monsanto, el acampe) no se limitan a representar la ideología político-económica que las crea, sino que participan activamente en los procesos de articulación y puesta en práctica de las relaciones políticas de estos territorios.
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- Facultad de Ciencias de la Comunicación. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, Argentina. Instituto de Estudios en Comunicación, Expresión y Tecnologías. CONICET. Córdoba, Argentina. Departamento de Geografía. Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, Argentina.↵
- Centro de Investigaciones en Periodismo y Comunicación “Héctor Toto Schmucler”. Facultad de Ciencias de la Comunicación. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, Argentina.↵
- Agradecemos también a Rita Maldonado por su potente y atenta lectura que enriqueció nuestro trabajo.↵
- Este artículo además del proyecto colectivo, forma parte de investigaciones más amplias que venimos desarrollando en el marco de nuestros doctorados. En el caso de Ricci, sobre los procesos de construcción de sentidos de lugar, identidad y política en Pueblo Alberdi; por su parte, Sánchez Marengo sobre el conflicto que tuvo lugar en Malvinas Argentinas contra la instalación de una planta de la multinacional Monsanto. ↵
- Euromayor es una empresa desarrollista urbana que opera hace 50 años en Buenos Aires y más de una década en la ciudad de Córdoba. En la actualidad, posee docenas de juicios civiles y penales iniciados en Tribunales de Córdoba llevados a cabo por el incumplimiento con las fechas de entrega de los inmuebles o con las obras civiles necesarias para los loteos. ↵
- El documento fue escrito el 02 de abril de 1998 cuando el juez Tale ordenó la quiebra de la Cervecería Córdoba.↵
- El actor está haciendo referencia a la cervecería, en la calle Arturo Orgaz está uno de sus ingresos.↵
- Hacia el oeste y noroeste se concentran emprendimientos inmobiliarios cerrados que mercantilizan el paisaje serrano como plusvalor. Hacia el este, en cambio, en la llanura se explotan los suelos para la agricultura. En este sector en las últimas décadas, se expandió el agronegocio; y se han instalado industrias no siempre compatibles con el uso residencial.↵
- Este barrio se distingue por las condiciones de sociosegregación que le dieron origen mediante la erradicación forzosa de villas y asentamientos, en el marco del programa de hábitat social “Mi casa, mi vida”, financiado por el BID e implementado desde el año 2003 por el gobierno provincial de José Manuel de la Sota (Boito y Michelazzo, 2014).↵
- Esta última empresa inauguró su planta en 2016, mismo año en que Monsanto finalmente se retiró.↵
- La cual establece 500 metros de distancia entre campos y viviendas para aplicaciones terrestres y 1500 metros para las aéreas urbanas.↵
- La denominada por los impulsores del capitalismo agrario como Revolución verde, desde la década de 1950 en adelante constituye una imposición sobre distintas partes del Sur global y sus agroculturas. Argentina ya se había incorporado a dicho esquema; no obstante, un punto de inflexión ocurrió en 1996 cuando se aceptó la primera variedad de grano transgénico: la soja RR y su paquete tecnológico asociado.↵
- En el transcurso del conflicto, estas medidas de acción directa se relacionaban a medidas judiciales que, en sus vaivenes, fueron dando aprobaciones y frenos a la obra en construcción. Las medidas del bloqueo fueron variando: entraban trabajadores, pero no máquinas, o se frenaban los camiones con materiales, etc. El primer año de acampe, 2013, fue el de mayor represión estatal/empresarial, para intentar traspasar por todos los ángulos el bloqueo e ingresar al predio. En esas épocas lxs activistas ‒en respuesta‒ se desplegaban a lo largo de los bordes del predio, flanqueando todos los extremos. Una vez que la justicia provincial dictaminó el cese momentáneo de las obras, las represiones continuaron, pero pudieron consolidar los tres espacios antes mencionados.↵
- Monsanto propagandizaba la creación de 400 puestos laborales para lxs vecinxs; mientras que, en el aviso de proyecto presentado inicialmente a la Municipalidad de Malvinas Argentinas, el total era menor a 200. Con el tiempo, se demostró que, además de contratar a empresas tercerizadas para el periodo de construcción (con empleados de Córdoba), otro porcentaje de los puestos que requerirían una vez en funcionamiento, sería casi exclusivamente mano de obra altamente calificada.↵
- En uno de los tantos ataques a la protesta, la empresa acusó a los acampantes de perpetrar los robos. Ellos se defendieron con pruebas y lo vincularon a la ausencia de los guardias de la empresa Prosegur con quienes hubo durante todo el conflicto, mucha tensión.↵
- La firma anunció por ese entonces, la presentación de un plan en la Municipalidad de Malvinas Argentinas, en el que proyectaba constituir un “parque fabril para Pyme”. Ver en: https://bit.ly/32NuQ9i. No volvió a haber anuncios oficiales al respecto desde entonces.↵
- “Adquirida en 2014 por el publicista cordobés Guillermo Gastardelli, cuenta con inversiones en el programa ProCreAr y en Vaca Muerta” (Ludueña, 2017).↵
- Reunidos en marzo de 2020 con motivo de la presentación de un libro sobre relatos de protagonistas del acampe, intercambiaron pareceres, sensaciones, al evocar ese pasado en contraste con el presente.↵
- Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Chile.↵







