Ana Levstein[1]
Foucault dice que “lo que se ve no aparece en lo que se habla”. Visibilidad y enunciabilidad están condenadas, no sólo a la obvia heterogeneidad, sino también a la disimetría de lo que nunca podrá ser simultáneo. Si al ojo mirando y a la boca hablando, le agregamos la piel, estamos todavía más complicadas. Ojo y piel nos remitiría, como título del libro, a una ciudad que vemos, sobre la que hablamos (en este caso una Córdoba pluralizada, fragmentada, en pedazos), que aparece, diseminada, de múltiples formas, físicas, pero también imaginarias y espectrales, no sólo ya en una formulación verbal o visual, siempre esquiva, sino, como diría Valéry, en lo más profundo que tenemos: en nuestra piel. Experimentar, vivir y morir (en) la ciudad de Córdoba se traduce en nuestros cuerpos, en una metamorfosis cada vez diferente, según la manera en que cala el tiempo en nuestro vínculo multisensorial siempre singular con los espacios y sus microclimas, sus mundos girando alrededor de cada día. Mundos fatalmente subjetivos e intersubjetivos, donde el rimbaudiano “yo soy otro” puede ir desde una otredad solidariamente sólida con la comunidad, o licuada o aéreamente solitaria, individual(ista), discreta, separada de lo común. Amén de los infinitos matices de ese cómo-vivir-juntxs que habilite nuestra imaginación urbana y extraurbana.
En los ensayos de este libro encantador y atrapante, cada investigadora escudriña en las memorias retinosas de esos ojos, en los poros y los pliegues de esas pieles, y en los anillos de Moebius de esas ciudades de Córdoba, Argentina, siempre irreductibles en el cada vez de cada vínculo, de cada experiencia.
Los ensayos arrojan luz sobre este quiebre (¿civilizacional?) que implicó la llegada de la pandemia de COVID-19 a la Argentina en marzo de 2020 y la sindemia con la que compuso un paisaje, un ecosistema donde se concatenan las enfermedades sociales, como la desigualdad iatrogénica, dando más impulso todavía al estructural suicidio autoinmune que caracteriza las lógicas del capitalismo.
En línea con esas lógicas suicidas y mercantilizadoras de la vida, el transcurso de escritura del presente prólogo coincide con uno de los peores incendios del norte cordobés. Y esa instancia de enunciación pregna e impregna de cenizas y tristezas insondables, ojos, pieles y cuerpos multiespecie…
La pregunta, recurrente en los ensayos, vacila en el acontecimiento pandemia como amenaza y promesa: ¿saldremos mejores de esto?, ¿sabremos escuchar las lecciones y ensayar nuevas respuestas a semejantes desafíos? ¿Qué significaba “democracia para siempre” durante la presidencia de Alfonsín y qué condiciones de aquel entonces perduran, de un mural-homenaje, emplazado en un barrio donde el 40% de los hogares tiene sus necesidades básicas insatisfechas, en un lugar de contrastes donde el que no tiene nada se equipara con el que se lo lleva todo? ¿Qué significa “Córdoba no para” en el marco de un automatismo robótico, que no se detiene ante la injusticia, para que una bocanada de aire puro, de energías renovadas puedan pensar un buen vivir, un Küme Mongen, que repare, restituya, redistribuya, es decir, desautomatice el piloto automático de este tragalotodo, de esta aplanadora holocáustica? ¿Por qué sería mejor no parar sino interrumpir, cuando lo que se (re)produce naturalmente no beneficia a la comunidad? Esta pregunta, en distintas versiones y registros, con distintos atisbos de respuesta y tonalidades anímicas, éticas y políticas, atraviesa de cabo a rabo estos iluminadores ensayos. El libro como conjunto, como coro de voces pensantes y sintientes, deviene un vademécum imprescindible para pensar la(s) ciudad(es) que habitamos y nos habita(n). Porque ese es, a mi entender, uno de los hallazgos de esta polifonía de voces pensantes y sintientes: habitamos no una ciudad, sino una pluralidad de ciudades, tantos espacio-tiempos, como cartografías intensas que trazamos y se van trazando entre lo íntimo, lo éxtimo, lo privado, lo público, el trabajo y el ocio. Toda la cultura con su reparto de lo sensible, lo visible, lo enunciable se distribuye de nuevo, todo afectar y ser afectado cambia de signo, según cada oasis o intemperie que la ciudad da o quita, de manera siempre vacilante y contradictoria. Un presente temporal indefinible, del que nunca sabemos de antemano si será un regalo o un veneno, una promesa o una amenaza. Seguramente las dos cosas, una dentro de la otra. Pero sin garantías, ni coartadas.
Leer esta maravilla de libro es un viaje: con los diarios de varios lunes, de varios años sostenidos de trabajo en equipo continuo y apasionado, con una apuesta epistemológica revitalizante que deja oír voces acalladas, de cuerpos subalternos, marginales, invisibilizados; que rearma una cartografía de intensidades otras, de mundos alternativos. Para reimaginar y soñar otra Córdoba, que logre materializar el sentido de otras pieles, otros ojos, otras voces, nuevas y más afortunadas carnes-piedras. Para unir los fragmentos de ese espejo roto, (¡impactante tapa del libro!) dando lugar a otras melodías, otra poética ciudadana cordobesa. La ciudad, estrechando filas tras el latiguillo danzarín del “Córdoba no para” de reinventar algo similar a un barthesiano vivir-juntxs…
Finalmente, no es mi intención de prologuista intentar una síntesis o glosa de los ensayos que, además de espoiliarlos en sus inéditos abordajes, jamás estaría a la altura de piezas magistralmente escritas y suficientemente autónomas como para prescindir de mí. Ojalá que mi temor al ridículo me impida caer en esa alternativa, a la vez muy tentadora. Solo quisiera, a continuación, responder, a mis colegas que me han honrado con la posibilidad de esta interlocución, desde eso que Barthes llamó el punctum, esa interpelación singular, como un flash, una puntada, que me ha producido la lectura, prioritaria y envolvente, que me acompañó por estos días. Dejo a quienes lean disfrutar in extenso, como corresponde, cada ensayo del libro. Pido disculpas de antemano por los spoiler alerts omitidos de mi parte. Aun cuando, no hay spoilers literales, porque siempre se encontrarán con otra cosa en la ciudad, un plus de goce, estrictamente subjetivo. A continuación, entonces, algunas puntadas y/o contrapuntos con cada ensayo…
El ensayo de Eugenia Boito y Cecilia Michelazzo, “Comunicación/cultura de la conexión en aislamiento. Algunos cambios en la ciudad de las cosas” inaugura el libro, operando de condensador y disparador, anunciando los temas que luego se profundizarán en cada capítulo. La idea de trama y urdimbre de trabajo colectivo sostenido se anuncia ya, en ese generoso gesto de poner en evidencia la integralidad y la cuidadísima articulación de los tópicos que se abordan. Lo mismo ocurre con la autoría de fotos y textos previos que van sosteniendo en tanto fuentes el desarrollo secuencial y simultáneo a la vez, propios del trabajo colectivo genuino.
Este capítulo, apertura del juego, va dando cuenta de las experiencias sociales de las personas que habitan Córdoba, en contexto del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPyO) de marzo a noviembre de 2020 y luego del Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (DiSPyO) que terminaría el 1 de octubre de 2021, con una etapa de cuasi o pseudonormalidad o pospandemia. Las autoras hacen un paneo fotográfico, verbal y analítico de exquisita exploración y explotación de un sensorium múltiple, respecto de lo que ocurrió durante ese tiempo con la “circulación y la velocidad de cuerpos, mercancías e ideas, que implican infraestructuras tanto viales como de conectividad digital”. El paneo pasa registro por las calles, edificios públicos, portales oficiales del Estado, el centro histórico de la ciudad, las galerías comerciales, cines y murales, atravesados por una interrogación clave: la noción de ideología y clases sociales.
Para ello, el foco está puesto en un paréntesis que, agudamente entre signos de interrogación, las investigadoras denominan “¿estado de excepción?”; con aquellas lógicas de vida urbana que ya se arrastraban desde antes y que la pandemia, en buena medida, solo vendría a agudizar, acelerar, como por ejemplo la creciente tendencia a la mediatización de las relaciones sociales, renovando medios y tecnologías, la sociosegregación, el embellecimiento estratégico de espacios centrales y edificios públicos, diversas maneras de control de las poblaciones con encierros obligados o voluntarios, y la implementación de políticas del Estado junto con el Mercado orientadas a privilegiar, incluir, prever, excluir, prevenir y resistir la circulación y la velocidad de ciertos cuerpos en entornos de clase. Los interrogantes de las autoras, muy agudamente, enfocan los qué y los quiénes de esa frenética aceleración y/o ‒según el punto de vista‒ de la brutal parálisis de detención y restricción.
Se vislumbra ya, desde aquí, ese juego de espejos rotos de una ciudad fragmentada que, aunque desde los eslóganes de gobierno se advierta el esfuerzo de maquillaje de totalidad y universalidad, las astillas de un desgarro (en términos de Katrina Salguero Myers) dan cuenta del anhelo más que del dato real, del espejismo al espejo entero, que transparentaría una realidad sin conflictos.
Una de las primeras cuestiones de la pandemia son las modalidades de comunicación deviniendo en conexión, contacto, pero paradójicamente sin-tacto y convirtiéndose en formas materiales de encierro. El método para este tejido del ojo y la piel es predominantemente benjaminiano, un pensar en imágenes, una captación plástica, cristal del acontecer total, que permita leer en toda su densidad de madeja sensorial y experiencial, las continuidades y discontinuidades en las disputas urbanas, haciendo eje en ese umbral de transformaciones que es la pandemia.
Boito y Michelazzo se ocupan de esas imágenes que, lejos de quedar congeladas, son observadas “en su potencial conflictivo y perturbador”, de punzar o hacer un pequeño corte en la escena urbana o, para decirlo con Barthes, en su carácter de punctum de la fotografía: ese “pinchazo, agujerito, pequeña mancha, pequeño corte y también casualidad”. Es gracias a ese pinchazo que podemos desmontar y cuestionar las operaciones ideológicas que han vaciado de perplejidad las escenas y las han vuelto autoevidentes y naturalizadas en nuestra percepción.
Ya en un escrito anterior, “Córdoba en pedazos. Habitar/circular en contextos sociosegregados” de 2014, Boito y Michelazzo daban cuenta del largo proceso de cruel transformación urbana del escenario cordobés con las historias de traslados y despojos del programa habitacional “Mi casa, mi vida” que comenzara en 2004 con el gobierno de De La Sota. Para estos sectores, el encierro en la casa ya representaba mucho antes de las cuarentenas, una táctica de cuidado posible. Esa experiencia de las clases subalternas, “ya daba cuenta de la fijación y encierro a cielo abierto” y de la pesadilla que representaba. Como contraparte, el Estado y Mercado cordobés, promovían la misma lógica de separación en el extremo opuesto: countries, complejos de torres con amenities, así como toda una operatoria de urbanismo estratégico que expulsa y expropia a los sectores populares de la (su) ciudad. Los entornos clasistas son producidos por (y reproducen, a su vez, en un amargo feedback) muros materiales, mentales y sensibles que implican modos muy desiguales de vivir la ciudad, donde las “probabilidades de encuentros entre clases, se reducen en función del ordenamiento urbano”. Ese encierro enclasado, se sobredetermina con la creciente privatización de la vida cotidiana, puertas adentro, ya sea lo doméstico una zona de confort o un “interior estallado”. Es el vaciamiento de calles y espacios públicos, preexistentes a la pandemia, lo que se evidenciaría de manera contundente durante el ASPyO.
Quedo estremecida por los procesos descriptos de desmaterialización (en los que me reencuentro crudamente), recorridos automáticos y predeterminados donde, bajo la ilusión de una ciberparticipación como ciudadana digital, no encuentro jamás un ser humano, del otro lado, una sonrisa, o una queja, o un temblor, o algo que me recuerde que no todo es máquina. Un Estado cristalino que ya venía instalándose, como parte de su modernización, encontró en la pandemia la manera de hacerlo sin ninguna deliberación ni reacomodamiento previo, volviendo a generar ese espejismo de igualdad. Una de las tantas escenas analizadas que ponen al desnudo que conexión no es igual a comunicación. Ese Estado cristalino es más un Big Brother, con su correlato de paradoja de “secreto generalizado” de Debord, que transparencia de lo público. La pandemia tensionó a extremos peligrosos, esa ilusión de transparencia acentuando el carácter de opacidad de las decisiones y deliberaciones que las preceden, y por lo tanto la entidad de usuario-consumidor del presunto ciudadano. Así, la inclusión digital, proclamada por Schiaretti como uno de los sentidos de la justicia social del peronismo del siglo XXI en su discurso de apertura de sesiones de 2019 en la Legislatura, también se desmaterializó, como otras tantas promesas.
La virtualidad como desmaterialización y vacío de cuerpos en disputa, en encuentro, sigue siendo la señal, acentuada por la pandemia, de que algo de la democracia que anhelamos, que ya olía mal en prepandemia, aceleró su putrefacción. Las luces de toda democracia, eso que debe ser necesariamente a la luz del día, sabido por toda la ciudadanía, pero sobre todo discutido y deliberado por toda la ciudadanía, siguieron agudizando en pandemia las brechas preexistentes, cuando la distribución de los recursos es tan desigual, también con las tecnologías. Sería ingenuo entonces, que estas resultaran garantía de transparencia. El general y genocida Franco no tenía problemas con la prohibición de libros. En la España de su gobierno se conseguía de todo. Su garantía era la mayoría popular analfabeta y despolitizada. Caída la fantasía ideológica que asocia tecnologías a eficiencia, transparencia, participación y control ciudadano, serán muchas las fantasías y fetiches que, con la pandemia, aceleran su caída para algunxs, y su supervivencia en diversos matices de frustración para otrxs.
Otro aspecto a seguir pensando y a multiplicar las vigilancias epistemológico-políticas es el tema central del “¿estado de excepción?”, tematizado por las autoras; esa situación de derecho a suspender el derecho, de situarse por encima o por fuera de la ley, en base a una decisión por eso mismo definida como soberana. La ambigüedad estructural de toda excepción, su oscilación entre lo inédito de una situación sanitaria que, en tanto situación excepcional, demanda una medida excepcional, no debiera, a mi entender, tener el mismo peso cuando se trata de un criterio de cuidado sanitario hacia la población que, como en la mayoría de los casos a los que quedó asociada esta medida de hecho más que de derecho, cuando apunta a la represión de las mayorías populares, para vulnerarles cuando no inhibirles sus derechos a la información, a la libre circulación, al trabajo, a la recreación, y, en extremo, a la vida.
Otro punctum, esta vez en relación “al fetiche de la entrega de computadoras de la gestión nacional kirchnerista, el gobernador sumó la promesa de instalación de kilómetros de fibra óptica para que internet se transformara en el aire que respiramos”. En lo personal, no creo que la entrega de computadoras aludida haya sido un fetiche, o al menos no más que en aquella medida en que toda cosa, (ya interpelando el título de esta ciudad de las cosas), tiene de fetiche, en tanto una dimensión estructural, imaginaria, fantasmal, ilusoria, en su acepción etimológica de hechizo, de adherencia a valores subjetivos, que sirve tanto a ciertos contenidos demagógicos como a la mercancía y ‒desde Marx‒ componente central del capitalismo y a la simple (aunque más bien compleja) satisfacción o bienestar cotidiano. El uso despectivo del término fetiche, podría inclinarnos a pensar que no hay criterio democrático posible que coexista con esa cosa obnubilante, y por eso mismo traicionera y, en cierta medida, falsa.
Otra punzadita amistosa de disenso (aclaro que todo lo demás son punctums de coincidencias, incluso eufóricas), es con la categoría de ciudadano digital. Por un lado, fatal y necesariamente estructural de los tiempos que corren, aún, y paradojalmente, incluyendo a quienes se excluyen de dicha ciudadanía, en la aporía, de su tendencia obsesivamente general y universal, cuando también la necesitamos singular, relativa y, por qué no, hasta idiomática. Cuando se alude a los turnos de vacunación, con su “seguimiento prolijo y personalizado”, algo se desbalancea, hacia su peor costado de amenaza: “cada cifra está registrada en sus movimientos dentro de la masa, y lo cristalino resulta no ser el Estado sino la privacidad de la ciudadanía”. El caso personal de la autora, Eugenia Boito, quien sin haberse anotado para la vacunación recibe, no obstante, “en [su] domicilio electrónico, la información/mandato del turno”. Siento con la palabra mandato la misma interpelación que antes con fetiche o ¿estado de excepción? Entiendo, de nuevo esta vez, que una situación inédita como la pandemia demandó respuestas y responsabilidades de gestión y gobierno inéditas. Y, en ese marco, las fronteras entre el control autoritario y el cuidado, son muy porosas y son indisociables. De lo contrario caeríamos en el otro extremo, nos quejaríamos de que el Estado no nos cuida. Ciertos portavoces de las derechas, (las autoras de este ensayo están a años luz de ser parte de esas voces) tienen esa agudeza de ubicuidad, para colocar sus argumentos, personalizando e ideologizando al Estado según conveniencia estratégica para defender un Estado minimizado y un Mercado maximizado. La ambivalencia estructural del Estado con su protego ergo obligo es complejísima y da lugar a inmensas paradojas. Es parte de una discusión infinita. Diría, siguiendo en esto el norte señalado por Derrida, que somos rehenes de esas aporías, frente a las cuales, todo lo que podemos hacer es una negociación de compromiso, una transacción por la salida, más que una solución, menos violenta, en el desfiladero de una negociación sin ejemplo, en el cada vez singular e inédito con que dicha aporía se presenta, excediéndonos siempre. En esa desmesura, en ese exceso de no cumplir solo con una regla previamente determinada desde una economía de posibles, consiste la responsabilidad, de la que, desde ya, las autoras de este ensayo dan cuenta cabal.
El artículo inaugura un tema clave que será recuperado a lo largo del libro: la era de la celda doméstica como nuestro templo, en este capitalismo como religión ‒siguiendo la tremenda imagen de Benjamin‒, confortable o estallada, pero blindada del afuera en una lógica securitaria reforzada por la lógica sanitaria. Somos algoritmos conducidos por otros algoritmos, que nos indican qué ver, qué hacer, cómo matar ese tiempo suspendido, acelerado y desacelerado, descoyuntado de la pandemia. Para decirlo en modo Sennett, la pandemia habría venido a iluminar mejor esos recorridos enclasados en la ciudad de Córdoba, donde carne y piedra jugarán a articular y desarticular, configurar, reconfigurar y desconfigurar sus condicionalidades e incondicionalidades, sus soberanías y subalternidades, sus promesas y amenazas.
En “Córdoba no para. Detenimientos sobre interiores y exteriores (2020-2021)”, Milva Valor nos introduce al frenético mundo de una ciudad que, como reza el slogan del cordobesismo schiarettista durante la pandemia: “no para”. En la apertura de las sesiones legislativas de la provincia de 2021, Schiaretti enfatizó en esta idea de que “Córdoba no para ni por la pandemia ni por las crisis que se le pongan adelante… y va a seguir su camino hacia el progreso con la Justicia Social”. Un “Córdoba no para” que, como toda frase para el consumo rápido y mercantilizado del capitalismo, vuelve, al igual que “Democracia para siempre” del ensayo de Salguero Myers, a camuflar en verdad objetiva y universal, las enormes desigualdades de la ciudadanía beneficiaria de esa productividad, velocidad y plusvalía, en las múltiples dimensiones de esta Córdoba insomne. Lxs médicxs, enfermerxs, personal de hospitales, maestras, policías, pibes y pibas del delivery, trabajadorxs esenciales, en general, a quienes, en muchos casos, el virus literalmente paró sus vidas, parecieran, en el eslogan, ser el combustible necesario para que Córdoba no se detenga ante nada. No obstante el slogan, (que incluye por cierto la infaltable y metafísica idea de Progreso y Justicia social), y precisamente para desentrañar las contradicciones que encierra y oculta, Valor se detiene en los contrastes en clave de lugares heterotópicos, transformados por las interrupciones de la presunta Córdoba indetenible, que advinieron en pandemia. Hace un análisis pormenorizado y agudo de esas burbujas espaciotemporales, en una suerte de ósmosis cruzada entre una “producción pública de lo privado y espectacularización de la domesticidad” (Preciado, 2010, p. 12).
Valor desentraña el oxímoron de esta Córdoba frenética, y lo focaliza en que, aunque se transforme, fundamentalmente en puentes, circunvalaciones, autovías, una puesta en valor turístico y patrimonial de la manzana jesuítica, no cambia. El embellecimiento estratégico (Benjamin), con sus nuevos formatos, gestiona las maneras de vivir en sociedad, que continúan viejas políticas como la del borramiento histórico de espacios carcelarios como el Buen Pastor, o educativos como el shopping Patio Olmos, y donde reingresa en escena la pregunta por quiénes ganan y pierden con estas transformaciones. La revalorización o puesta en valor se hace desde una economía-ecología urbana tramposamente igualitaria, haciendo fuertes inversiones públicas en proyectos que terminan performando modos de habitar e interactuar, que nos convierten a cordobesas y cordobeses en visitantes de nuestra propia ciudad, desalojando y excluyendo habitantes según entornos de clase y posibilidades de reinvención en pandemia. Cuerpos quietos, nomadismos in situ, viajando desde la pantalla en la casa, pero supuestamente comunicados o, al menos interconectados.
El ensayo de Milva Valor se aventura por los desafíos de nuevos horizontes para esta irrupción inédita de la pandemia en una ciudad que arrastra las lógicas urbanas segregacionistas de larga data, subrayando las burbujas de clase. Sus análisis de la vida cotidiana con las nuevas fronteras de un afuera hostil que trajo la pandemia, me recuerda un lema contundente de la rebelión en Chile a finales de 2019, “No era depresión: era capitalismo”. Nada puede sanar si consumimos como remedio más enfermedad. Los circuitos individuales e individualistas, reducidos al cumplimiento de una lista de compras, o desde casa para delivery, excluyó otros andares y modos de transitar y habitar la ciudad. El correlato fotográfico del ensayo tiene el alto mérito de sugerir las alquimias entre ese afuera/adentro, por el que “hemos aprendido durante este tiempo a experimentar lo próximo: mirando, espiando, abriendo y cerrando ventanas”. La ventana, gran protagonista del ensayo, es ese pliegue que no será nunca ni del todo interior ni exterior, que, no perdiendo del todo su condición de banda de Moebius, seguirá garantizando, “mediante la conexión a redes, la producción del capital y la organización del ocio. La vida cotidiana se reconfigura en torno a un vivir conectado a múltiples tareas, las fronteras entran en crisis evidenciando un nuevo régimen de vida a la vez público y doméstico, hogareño y espectacular, íntimo y sobreexpuesto” (Preciado, 2010, p. 112). A su vez, la ciudad continúa invitando a ser contemplada y consumida a partir de recorridos y formas cada vez más marcadas y excluyentes. Las áreas del centro, reconvertidas en peatonales ante el desierto de peatones, también son tramposas; en tanto en la proclamada nueva normalidad esos paseos turísticos y gastronómicos “han devenido en reguladores de encuentros sociales y garantizadores de distancias seguras para el bien común”. En consecuencia, el binarismo ganadores/perdedores, atravesado por los entornos de clase, no deja nada sin sus huellas de apropiación/expropiación de plusvalía.
Esta ensoñación de un progreso, desarrollo o patrimonialización ecuánime, común a todxs, que de pronto se cae como la carroza de Cenicienta vuelta en calabaza, es uno de los punctum, quizá de los vidrios de ese espejo de ciudad rota, fragmentada y astillada, donde coexisten tiempos, velocidades, y espacios o burbujas heterogéneas, que atraviesa todos los ensayos, cada uno con su studium, sus focos, sus flashes, sus paisajes y sus particulares formas de mirar y dar a mirar. De sentir y dar a sentir. De experimentar y dar cuenta de esa experiencia para entramarla con otras.
El sensorium se ha modificado: todo parece ser puro ver, pura imagen e imaginario, pero nada se toca. Hemos internalizado que “el virus no se mueve si no nos movemos”, como reza la cartelería urbana firmada por el gobierno de la provincia. De allí que la conexión con el exterior mediada tecnológicamente se presenta como una opción segura.
Milva Valor se pregunta, (entre otros desafíos para las subjetividades que se traman en pandemia) ¿cómo contrarrestar los algoritmos en que devenimos a partir de estas rutinas cotidianas, que “se vuelven fenómenos gestionables, mostrables, mercantilizados”?
Con impresionante lucidez, la investigadora construye su ensayo a partir de este individuo que se está tallando en plena pandemia, quieto, miedoso, cobijado en el confort de su casa, con una identidad ligada al usuario y consumidor, y se pregunta cómo desarmarlo y rearmarlo para reinventar esas garantías y seguridades, pero colectivamente. Ojalá que la respuesta que demos como especie sea positiva. (Quizá de eso dependa que la especie no se extinga).
En línea con el ensayo de Boito y Michelazzo, en “Producción social del espacio y urbanización turística: el Mercado Norte en pandemia”, Macarena Ortiz Narvaja y Gonzalo Zanini dan cuenta de los cambios efectuados durante la pandemia en el Mercado Norte, en una Córdoba agitada, que no para, en un crecimiento que dista de ser vivido como tal por sus habitantes, dadas las lógicas y sinergias capitalistas que matrizan los espacios urbanos. El ensayo, al ser prolongación de una tesis de licenciatura, registra comparativamente los contrastes de esta producción social y urbanización turística del espacio del Mercado Norte antes y durante la pandemia.
Hay una minuciosa historización, donde se analizan las diferentes refuncionalizaciones estratégicas del Mercado desde su surgimiento en 1927, hasta arribar a las transformaciones realizadas durante los tiempos de confinamiento. La perspectiva comunicacional resulta clave a la hora de materializar los sentidos de una experiencia de este sector de Córdoba, que, como hilo conductor de todos los ensayos, evidencian hasta qué punto, la experiencia corporal, la carne, se vuelve piedra, sensu Sennett, por supuesto. El Mercado Norte no escapa a esa lógica de planificación y diseño que, en función del mejor rédito para la reproducción y plusvalía del capital, traza recorridos predeterminados para incluir, tolerar en diversas intensidades o expulsar sujetos de clase, cuerpos enclasados. El Mercado Norte, desde su inauguración en 1928, centro de comunicación, distribución y circulación de bienes, queda enmarcado ya en el siglo XX en un proceso de modernización (léase progreso, con todas sus ambivalencias), en una ciudad agradable y limpia, con estándares de higiene, sanidad y comercio. Presenta una ubicación estratégica que va a configurar el contorno del barrio Centro: limitado por el río Suquía y en cercanía a la distribución de bienes por medio del ferrocarril.
La reconstrucción edilicia y la sede de un CPC (Centro de Participación Comunal) en 2001, como la peatonalización de la calle República de Israel, (la cortada Israel), con el incremento de oferta gastronómica, en la convivencia con vendedoras ambulantes y manteros, son algunos de los hitos que señalan Zanini y Ortiz Narvaja, hasta un punto de inflexión en 2018, durante la gestión municipal de Ramón Javier Mestre, en que el Mercado Norte queda incluido en el Distrito Abasto (proyecto aún en proceso), donde la cartografía clase-cuerpo se acentuaría bajo los lemas neoliberales de emprendedurismo, espacios de coworking (siempre que leemos una palabra inglés ya podemos vernos venir qué se está cocinando) y la infaltable revalorización o puesta en valor de este espacio. Espacio del que, desde la memoria y el imaginario sociales, ya podemos sospechar su progresiva o abrupta ajenidad respecto de sus únicxs dueñxs naturales, lxs cordobesxs. Lxs sujetxs que no encajan con los requerimientos del Mercado Norte refuncionalizado y del mercado a secas, global y axiomático, que no piensa, sino que ejecuta, serán empujadxs a las periferias, a los márgenes, no solo del consumo o la ciudadanía, sino de la supervivencia.
Uno de los tópicos del ensayo es la dualidad día-noche del Mercado Norte, y el afán del emprendedurismo neoliberal por estivalizar los ciclos de luz/oscuridad: alargar el día y acortar las noches. En tal sentido, son muy interesantes los relevamientos y análisis sobre la estigmatización de la noche como ingreso de lo criminalístico, explotación sexual, trata de personas, homicidios transfóbicos, entre otros. El Mercado, como espacio nocturno, tugurizado y peligroso, lugar de clandestinidad y oscuridad, se vuelve escenario de vulneración de derechos, espacio casi antagónico respecto del Mercado diurno. El rol del Estado se activa allí, desde una dinámica capitalista y clasista para poner orden; disponiendo las jerarquías de cuerpos que podrán recorrer ese espacio, y disfrutarlo, con el consabido sonsonete de exclusión. Así, con el ganchero e irónico subtítulo “Nadie se enamora en la noche”, Ortiz Narvaja y Zanini, analizan la intervención municipal en plena pandemia. Un sábado del 2020 se lleva a cabo una velada nocturna, llamada “Enamorados de los mercados” que, contrariamente a celebrar el neoliberalismo como podríamos suponer, tiene por finalidad [spoiler alert], festejar ¡la semana de San Valentín!, claro está, incentivando el consumo para las parejas que pueden y de paso, “revalorizar el espacio” y “ganarle a la noche”. “Así, el excedente tiene que ser reinvertido: el virus no detiene la perpetua reproducción del capital. Y si el capital no descansa, la ciudad tampoco”. Turismo, sustentabilidad y calidad ambiental, acompañan en las publicidades los bares, macetones y paraguas multicolores.
El ensayo da a pensar aquí estos modos de gestionar el amor como un consumo más, pero sobre todo como un mensaje de alto impacto a la hora de visibilizar los vínculos y las prácticas sentimentales y sexuales legítimas e ilegítimas. La cartografía de cuerpos sintientes se traza y se retraza sin cesar… Nada random escapa al implacable fetichismo de la mercancía, sin el cual no habría capitalismo. En definitiva y para no seguir espoiliando, “Córdoba no para”.
El ensayo “Córdoba en la carrera por la competitividad. Transformaciones en el espacio urbano durante la posconvertibilidad” de Santiago Buraschi, en un lenguaje menos familiar para quienes venimos de las Ciencias Sociales, en versión más Humanidades que Ciencias, incluso de las Letras, como es el caso de la prologuista, conlleva el desafío de adentrarse en lógicas urbano-financieras, sin las cuales no es posible leer cultural e ideológicamente la ciudad de Córdoba, desentrañarla, descifrar esos investimentos libidinales, eróticos, sociales, donde infraestructura y superestructura son indisociables, indiscernibles, donde la ficción ideológica, fetichista, tiene efectos materiales, que, lejos de ser abstractos, teóricos, metafísicos, diríamos con Nietzsche que “nos muerden la carne”. Nuevamente carne y cuerpos de un lado, cemento, asfalto y hormigón del otro. Y en el medio el fetichismo de la mercancía, de la ciudad-mercancía, en su animismo tan fantasmal y tan real a la vez como la famosa mesa de Marx, con su tozuda madera como valor de uso y el danzante espiritismo de su valor de cambio en el mercado (Recuerdo imborrable de Espectros de Marx de Derrida).
Buraschi inicia y cierra su ensayo con la lectura de una fotografía de Bv. San Juan al 500, una de 2005 y la otra de 2015, retratando una historia de la urbanización cordobesa donde el gris de la construcción en altura va ganando lugar, como color que privilegia “la valorización y la rentabilidad por sobre otras necesidades como la vivienda digna”. En esa década que transcurre entre las dos imágenes, las estrategias públicas y privadas tuvieron por meta la construcción de una ciudad a imagen y semejanza de los grandes ganadores del modelo de posconvertibilidad que siguió a la dolorosa crisis que estalló en 2001: se trata del sector agropecuario y el mentado boom sojero. El foco de las transformaciones fue Nueva Córdoba, aunque también el centro de la ciudad y barrios pericentrales como General Paz, Alta Córdoba o Alberdi. Este boom inmobiliario, evidencia hasta qué punto, la ciudad competitiva es el modelo de ciudad neoliberal: una ciudad para una minoría, que excluye a las grandes mayorías y que se centra en la generación de alternativas de inversión rentables, para atraer a los grandes capitales, que pululan cada vez con mayor libertad buscando valorizarse.
Buraschi pone en perspectiva el neoliberalismo global con su correlato en nuevas formas de acumulación y en la carrera por la competitividad en todas las ciudades en el mundo. Para ello sigue a Harvey y muestra cómo:
[l]a urbanización del capital presupone la capacidad del poder de la clase capitalista de dominar el proceso urbano. Esto implica la dominación de la clase capitalista, no solo sobre los aparatos del Estado, sino también sobre toda la población: su forma de vida, así como su capacidad de trabajo, sus valores culturales y políticos, así como su concepción del mundo (Harvey, 2013, p. 106).
Así, el investigador, se concentra en la competitividad del mercado inmobiliario de Córdoba caracterizado estructuralmente por la baja relevancia del crédito hipotecario como mecanismo de financiación. Esta desvinculación entre el mercado inmobiliario y el sector financiero orientó la búsqueda de competitividad en los sectores con capacidad de concentrar excedentes. Esos sectores, luego de la caída de la convertibilidad en 2001, en la posconvertibilidad fueron los empresarios agropecuarios, que tienen por actor protagónico al capital transnacionalizado.
Al igual que en otros ensayos, el inglés, en estos contextos, como ya lo señalaran Boito y Michelazzo, es el lenguaje de la aceleración, la velocidad, del time is money (¡qué pena!) y del implacable y obtuso bussiness are bussiness. Acá la vedette es el commodity urbano. De este commodity, Buraschi hace un interesantísimo retrato, en función de un inversor que es más bien un inversumidor, un “juego de inversores para inversores”. El commodity urbano es un “instrumento de inversión” que “reemplaza al banco” y está producido a la medida de la demanda. El demandante-inversor ha desplazado al demandante-habitante, trabajadoras, trabajadores y sectores populares, nuevamente en este escenario, perdiendo la batalla de la carne y la piedra…
El foco de Ailén Pereyra y Gonzalo Zanini en “¿Qué nos devuelven las imágenes de Pocito Social Life en el fragmentado escenario cordobés?” está puesto esta vez en el proyecto inmobiliario Pocito Social Life, enclavado en barrio Güemes, zona igualmente de grandes transformaciones y pocos (o malos) cambios para quienes allí residen, donde la mercantilización de la experiencia, se mueve al compás del capital, reeditando la tensión entre expropiación/acumulación de las condiciones de habitar, de ver y sentir el mundo. La perspectiva materialista benjaminiana permite interrogar las facetas más invisibilizadas de una sociosegregación que descarta algunos cuerpos, a la vez que incluye aquellos (fundamentalmente jóvenes de clase media alta y turistas) que responden al nuevo reordenamiento y estetización del espacio.
Como leit motiv de casi todos los ensayos, este también parte de la premisa de que Córdoba, en el marco de un proceso neoliberal global, con el argumento de renovar, rehabilitar y valorizar zonas poco aprovechadas o degradadas, pone en marcha proyectos para dinamizar económicamente zonas cercanas al centro, consideradas estratégicas.
Pocito Social Life, megaemprendimiento del grupo PROACO, es una apuesta más por llevar el ritmo de esta competición inmobiliaria, marcada por las exigencias de la economía mundial, que tiene al suelo de Córdoba como campo de batalla. Una competición que está librada por el sector privado, en donde los intereses económicos, ajenos a las necesidades del resto, moldean lo que va a ser la imagen urbana de la ciudad. Pocito Social Life parece sumarse al ímpetu que ha tomado la zona y a la revalorización que ha tenido los últimos años con la llegada de decenas de bares y propuestas gastronómicas. En la descripción del proyecto en su página web, Pocito Social Life aparece como parte del Distrito Joven, categoría creada por la Municipalidad de Córdoba para promover políticas culturales y de inversión.
Pocito Social Life promueve un particular estilo de vida al crear una suerte de ciudad pequeña dentro de barrio Güemes, en la que se puede conseguir trabajo, dormitorio y shopping en un mismo predio. Es decir, las formas de apropiarse del espacio urbano están siendo organizadas y diagramadas por la inversión del capital privado.
El punctum que me interpeló de este ensayo fue el concepto de destrucción creativa. Quedé shockeada por el oxímoron de semejante potlach que solo destruye en el altar de un fenómeno de clase, que avanza privatizando espacios y bienes, de espalda al interés y necesidades de las mayorías. Comunes y comunitarias. Con todas las regulaciones de cuerpo-lugar que trae aparejadas. Harvey denomina destrucción creativa a este aparentemente inexorable desplazamiento temporal del capital en expansión que “genera un paisaje físico a su propia imagen y semejanza en un momento, para destruirlo luego”, destrucción que por cierto tiene consecuencias tanto en el paisaje físico como en el social. Es la forma que encuentra la lógica capitalista para captarlo todo, en todos los planos de la vida, para reconvertirlos como mercancías. La destrucción es, como siempre, para algunas personas, que se ven desposeídas de todo, lo material y lo inmaterial (lazos, tejido social, redes, identidad barrial) y lo de “creativa” para quienes habrán de beneficiarse con un megaemprendimiento que encierra como una mamushka, una ciudad dentro de otra, que concentra casa, trabajo y comercios o shoppings, es decir una sociabilidad cerrada, de élite, blindada a cualquier afuera hostil.
Como la destrucción creativa se da en zonas potencialmente rentables para seguir siendo competitiva y atractiva de inversiones, la que Pereyra y Zanini describen aquí tiene que ver con un escenario producido por el Estado en conjunto con grupos privados vinculados con el mercado inmobiliario. Coincidentemente, desde el 2015 la ciudad de Córdoba asiste a un profundo cambio en su corpus normativo que consolidó las reformas que desde los ´90 venían emergiendo bajo el común denominador de recuperar. Recuperación que, claro está, será para algunas clases, como la creatividad, mientras que la gran mayoría se verá arrastrada por un proceso de gentrificación.
El proyecto Pocito Social Life, aún en curso, es un ejemplo más de cómo la ciudad está siendo reorganizada de acuerdo a la forma en que se desplaza, se invierte y se reinvierte el excedente en muy pocas manos. El hecho de haber documentado mediante un seguimiento fotográfico los primeros pasos de la construcción de Pocito Social Life es un modo de mostrar cómo los cambios diminutos, que pasan desapercibidos y se tornan fugaces ante la velocidad del crecimiento urbano actual, en realidad forman parte de un embellecimiento estratégico que termina configurando una ciudad pensada para la reproducción del capital invertido.
Pereyra y Zanini muestran cómo la destructividad creativa también condiciona, orientando y desorientando, tejiendo memoria colectiva y destejiendo esa imagen ambiental, entendida como “la representación mental generalizada del mundo físico exterior que posee un individuo”. Esta imagen ambiental es producto al mismo tiempo de la sensación inmediata y del recuerdo de experiencias anteriores, y se la utiliza para interpretar la información y orientar la acción ya que interconecta sentires, vivencias y experiencias familiares que resultan estalladas, como el espejo de la tapa de este libro. Por si faltara algo para este unheimlich de lo familiar vuelto extraño, hasta la lengua del inmueble es extranjera (Social Life) y oximorónica (Pocito es el nombre de una villa, objeto de despojo para encarar el emprendimiento).
La paradojal destrucción creativa desnuda cómo se van perdiendo derechos y participación ciudadana en la urbe, con transformaciones despóticas, unilaterales, que prescinden de toda deliberación y consenso precisamente de las vecinas y los vecinos.
Nuevamente, ante las megainversiones, habitantes que juegan de locales, originarias y autóctonos, laburantes, desocupadxs y supervivientes del capitalismo, abstenerse…
Carolina Ricci y Ayelén Sánchez Marengo en “Fotografías, memorias y espacios: barrio Alberdi y ciudad de Malvinas Argentinas, nodos de una constelación posible” se replantean en línea con el artículo anterior, la destrucción de dos lugares cordobeses separados entre sí geográfica y culturalmente, pero que tienen en común el tratarse de dos fábricas judicializadas, envueltas en procesos de organización política que disputan sus usos y sentidos. Las investigadoras exploran las lógicas subyacentes, los diálogos posibles, de esta, en principio, parataxis de espacios heterogéneos, con la idea de leer la piel y la piedra en ambos contextos: los cuerpos que están debajo de ellas y los que tienen las piedras en la mano, como reza el poema de Nina Ferrari que abre, como epígrafe, el artículo.
Frente a una historia que se presenta como lineal y progresiva, la idea de las autoras es estallar en fragmentos dicha univocidad para asumir una visión de montaje, constelacional, a contrapelo, propia del omnipresente Benjamin, sin el cual, me animo a decir a esta altura, el fenómeno ciudad en su materialidad compleja, desde la experiencia subjetiva y colectiva, no resultaría legible.
Para comenzar, se centran en barrio Alberdi y en el proceso de disputa por la ex Cervecería Córdoba, para lo cual analizan imágenes y discursos públicos de distintos actores del barrio. Luego, se ubican en la localidad de Malvinas Argentinas que fue centro de la resistencia y freno a la pretensión de instalación de una planta procesadora de semillas de maíz transgénicas de la multinacional Monsanto entre los años 2012 y 2016.
La idea es presentar a ambos lugares como nodos de una misma constelación, para explicitar en torno a ellos algunas preguntas y reflexiones. El primer nodo, Alberdi, es un barrio muy conocido de la ciudad y muy estudiado en los ámbitos intelectuales ya que cuenta con una historia de resistencias y luchas como la Reforma Universitaria de 1918 y la insurrección urbana obrero-estudiantil, conocida como el Cordobazo, en 1969.
La indagación pone el foco en uno de los sitios patrimoniales de gran referencia identitaria e histórica de barrio Alberdi, la ex Cervecería Córdoba que cerró a fines de la década de 1990, luego de un largo período de lucha por parte de quienes trabajaban allí. En el año 2010, como acto simbólico y material de los procesos neoliberales, luego de la adquisición del inmueble, el grupo de inversionistas Euromayor decidió demoler la chimenea de la fábrica, a pesar de que ésta había sido declarada patrimonio arquitectónico y urbanístico de la ciudad de Córdoba. Este hecho desencadenó un conflicto entre habitantes e instituciones del barrio, que reconocían a esta chimenea como símbolo identitario del barrio y la ciudad, y grupos empresariales. Desde entonces, diversas organizaciones sociales, centros vecinales, redes institucionales, clubes deportivos y personajes icónicos del barrio han tomado al patrimonio como uno de los ejes principales de articulación, negociación y lucha. Luego de un largo proceso de lucha, consiguieron que la justicia ordenara al grupo Euromayor una reconstrucción de la ex Chimenea, que resultó significativamente menor en sus proporciones.
La indagación sobre la memoria del barrio explora sobre dos nociones de progreso según lxs vecinxs: una vinculada a un barrio que sea para ellxs y ser quienes decidan en qué tipo de barrio quieren vivir, entendiendo el progreso como movilidad social ascendente, y el lugar no como una localización neutra, o simple sede de una actividad económica, sino como un espacio producido y productor de aquel progreso que representa el desarrollo industrial, simbolizado en la chimenea.
En sus discursos, reconocen que, a partir de 1990, con la incorporación de las políticas neoliberales, comienza a funcionar otro tipo de progreso, que por las formas de referencia en las entrevistas, las autoras denominan progreso negativo, referido al capitalismo monopólico y su competencia feroz. Este se ve materializado, en primera instancia, por el cierre de la ex Cervecería Córdoba (fuente de trabajo para cientos de obreros y dinamizador de la vida barrial) y, en segundo lugar, por los sucesivos usos que se le intentó otorgar a esta infraestructura posterior a su clausura.
Un punctum: “este progreso pareciera expresarse de manera aespacial, no tener lugar”. Lxs vecinxs reconocen que el funcionamiento fabril excedía la producción propia de la cerveza, tanto en términos económicos como afectivos, culturales y cotidianos. Por empezar, en sus discursos hay marcas de cómo el funcionamiento de la fábrica generaba una dinamización económica en el barrio, ya que permitía la aparición de una serie de negocios y labores que completaban lo que la industria en sí necesitaba y la propia reproducción cotidiana de las personas que trabajaban allí (bares, comedores, kioscos, puestos de comida ambulante, clubes sociales, industrias auxiliares, entre otros). Pero, más allá de la dimensión económica, reconocen también que los tiempos fabriles regulaban los tiempos de la vida doméstica y la pertenencia al barrio.
El derrumbe de la chimenea en 2010 generó una serie de encuentros y articulaciones políticas que dio como resultado la creación de una multisectorial denominada Defendamos Alberdi, cuyo lema principal es “Paren de demoler”. Una de las personas entrevistadas dice al respecto que:
Recuperar la cervecería y cuidar la chimenea, por más que sea un pendorcho, materializa la promesa de un grupo de vecinxs de defender su lugar y de tener a la memoria de las experiencias pasadas como aprendizajes para no dejarse encantar por las promesas del progreso del desarrollo urbanístico.
La ausencia en el paisaje barrial de la chimenea genera en él una desorientación ‒no encontrarse‒ y un extrañamiento de su barrio ‒sentir que no estás en el mismo lugar‒. El avance del desarrollo urbano deja marcas personales y colectivas.
El segundo nodo analizado es Malvinas Argentinas, localidad provincial con mayor pobreza estructural de Córdoba, sector del periurbano cordobés que se caracteriza por la contracción del cinturón verde (producción frutihortícola que la localidad desarrolló hasta fines de 1980); el avance del agronegocio; la expansión de la mancha urbana desde los barrios de Córdoba con los que la ciudad limita constituyendo un continuo urbano. Existe también un cordón industrial de pequeñas y medianas empresas a lo largo de la ruta provincial A 188 que une la localidad con Córdoba.
El hecho de colindar con campos fumigados ‒dada la reconversión del uso del suelo, a monocultivos dependientes de agrotóxicos‒ se puede vincular a estudios existentes en torno a la salud de las y los habitantes realizados en 2013 y 2014 que revelaron enfermedades a causa de tales fumigaciones.
Este ensayo y este nodo, al igual que la antigua cervecería, también nos habla de destrucción. Esta localidad fue centro de un conflicto de gran trascendencia en años recientes: la resistencia y freno a la pretensión de instalación de una planta procesadora de semillas de maíz transgénicas de la multinacional Monsanto, entre los años 2012 y 2016. Las investigadoras indagan en este marco, algunos rastros de los escombros del progreso para pensar en torno a la inconclusa planta proyectada.
En la destrucción de lo que el mismo capital construye, tal como vimos en el caso de Cervecería Córdoba, y en Malvinas con el extractivismo como paradigma, se aprecia el doble movimiento de extracción y explotación que supone este tipo de producción; que al mismo tiempo deja en su lugar escombros múltiples y toxicidad. A esta producción destructiva (parafraseando la destrucción creativa del ensayo anterior) es necesario medirla desde los impactos sobre los cuerpos, prácticas humanas y formas de vida en general. Las investigadoras proponen una visión afectiva del espacio, centrada en la comprensión política de cómo la destrucción afecta a cuerpos vivos.
En este sentido, observar las ruinas, los escombros que deja el pretendido progreso tras de sí ‒ya sea luego de desactivados proyectos ya explotados hasta su límite de rentabilidad (la Cervecería), o aquellos que por distintos motivos no llegaron a funcionar (la fábrica de Monsanto)‒ desnuda otra vez una Córdoba estallada.
La topadora, además de herramienta para diversos trabajos de construcción, es símbolo de destrucción: depredación materializada desde desmontes de bosques nativos, hasta dentro de la misma urbanidad, como la ex Cervecería Córdoba, como la fallida instalación de Monsanto. Más allá de lo poético que resulta que muchxs vecinxs utilizaran materiales dejados por Monsanto para sus viviendas, me queda un punctum irreductible: en esta tentativa de destrucción demoledora, devastadora, depredadora, no hay reciclaje. Es destrucción pura. Los escombros son a la política asimétrica de esta concentración económica, lo que la basura o las sobras son a la beneficencia. La lógica de producción y destrucción de los territorios por parte del capital se expresa con fuerza y con reiteraciones en estos dos casos abordados. Por ello, lo destruido y lo demolido tiene centralidad en este análisis. Al igual que los colectivos que, en simultáneo, frenan ‒aunque sea por un tiempo‒ estos procesos de depredación de la vida y se organizan para hacer existir formas diferentes de producir el territorio.
Katrina Salguero Myers, en “Montajes para una ciudad desgarrada: turismo y desarrollo en la Quinta Sección de Córdoba (2020-2021)”, hace honor a la lectura tal como la concibió Benjamin, como un momento crítico y peligroso en lugar de un acto neutro y lineal. De allí que el montaje, forma originaria y estructural de una lectura, será el formato que la autora dé a esa ciudad que solo está desgarrada para los ojos y los cuerpos que se atreven a mirarla y experimentarla, no solo con conocimiento y saberes diversos sino, por sobre todas las cosas, con sensibilidad y valentía. La investigadora decide entonces escudriñar en ese “y”, conjunción que une y separa las secuencias del montaje, haciendo lazos con lo común de todxs o haciendo barras separadoras, traducidas en alambrado y estigma. Entonces hace su aparición en escena la circunvalación hipertecnificada y sofisticada y un potrero artesanal y autogestionado: dos exterioridades sin diálogo posible en la naturalización de una injusticia ancestral, entran, por obra y magia del montaje (y el agudo análisis de la investigadora), como dos piezas indisociables, dos caras de la misma moneda, a partir de una magistral mixtura de planos picados y contrapicados, donde se narra, visual y verbalmente, la indefensión y sometimiento de un lado, y el poder y control del otro. El montaje del ensayo va dando cuenta de lo que Didi-Huberman llama “copertenencia entre imaginación y política”, ya que, como todo montaje, supone una praxis de articulación contingente de lo dispar. Hace aparecer, como una epifanía, una construcción de sentido inesperada para el sentido común que naturalizó la dicotomía perdedores/ganadores de cierta concepción de desarrollo, urbanismo y modernidad. La lógica de la descripción se aleja deliberadamente de lo representativo de una comunidad o una identidad (incluso en el conflicto) para enfrentar los desafíos de una dramatización que busca mostrar un desgarro. El montaje como desgarro y el desgarro como montaje. Nuevamente acá imaginación y política, la realidad urbana y su (de)mostración se copertenecen. Nada pacífico ni consensual entonces, más bien apertura de espacios en disputa en torno a las ideas de turismo y de desarrollo. Una inquietud benjaminiana recorre esta escritura: ¿qué hacer con los restos, con los desechos que insisten, consisten y resisten? Lo que hace Salguero Myers es, al igual que Benjamin, simple y complejo a la vez: “dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos”. Y la autora logra emplearlos muy convincentemente…
Las formas de desarrollar ciudad de quienes se apropian, llamándose desarrollistas, del sentido eufórico y afortunado de un horizonte de lo deseable, como si fuera el mismo para todxs, se pone frente a una puesta en valor turístico elaborada por una Red de vecinos y Asociaciones de San Vicente, donde es la historia oral, más que los edificios espectaculares, lo que ilumina una experiencia y un encuadre diferente para aparecer y ser mirados: Una experiencia colectiva, heterogénea, fragmentaria, con cuerpos y seres que preguntan, por esa República de San Vicente que quedó como República de la ciudad de Córdoba, justamente porque la lógica de mercado se fagocitó su rebeldía, sus carnavales, sus bibliotecas y radios populares, sus bandas juveniles, sus vendedorxs ambulantes. Lo que queda de toda esa república de aires independentistas entra en disputa con la idea de desarrollo que los desarrollistas han tornado un sustantivo propio, en vez de un adjetivo calificando a un proceso social general. Es decir, en palabras de Salguero Myers: “han conquistado para sí mismos la totalidad del vocablo”.
El segundo montaje, un punctum fuertísimo para mí, ya anticipado en las primeras páginas de este prólogo, es el mural dedicado a Alfonsín que versa “Democracia para siempre” en un contexto de carencias extremas. El desgarro de sentidos diseminados en alto voltaje de contradicciones, van desde “el paciencia, [la democracia] ya llega” de un futuro redimido, hasta la “democracia nunca presente, siempre por venir” en una acepción más derrideana que, sin duda alguna, (re)abre heridas entre quienes tienen derechos, a la velocidad y al libre tránsito, y quienes no los tienen, aquellos que en los márgenes del no-desarrollo, ven agotadas sus chances en una economía desarrollista y democrática de lo posible y lo imposible depende para quién. Lindas palabras, metafísicas palabras, generando la ilusión de universalidad, pero tan solo eso: “Palabras, palabras, palabras” (pronunciadas por un hamletiano cordobés de la Sección Quinta). O también, nos hace pensar en esa democracia posible, de los discursos bienpensantes, y como lo dice sencillamente la autora, recuperando una de las tantas genialidades de Schmucler: “el posibilismo como filosofía de la sensatez”.
En “Encierro, cuidados y lazo social en tiempos de pandemia”, Antonella Álvarez y Ana Oliva abordan, desde una perspectiva próxima al psicoanálisis, las continuidades y discontinuidades, lo viejo y lo nuevo que, en términos de experiencia subjetiva de la ciudad, la pandemia llegó para reforzar o deshacer. Recuperan textos de Freud sobre la guerra para evaluar el paisaje de una Córdoba en la que, ante un virus que se desplaza veloz y cruelmente, la inmunidad funcionó también como un activo distribuido socioeconómicamente, en función de ciertos parámetros de cuerpos enclasados.
El encierro en los espacios domésticos, del famoso quedateencasa dio cuenta de realidades sumamente heterogéneas en cuanto a la desigualdad de las espaldas económicas para soportar el chubasco, que el gobierno, a escasos tres meses de asumir, no logró contrarrestar. La pandemia trajo con su destrucción y muerte una evidencia de precariedad en el lazo social. En todo lazo hay una satisfacción ilusoria, fantasmal, imaginaria porque, dado que depende de Otro, es constitutivamente incompleta. La pandemia, según las autoras, hizo más fragmentaria y precaria todavía esa satisfacción o goce, probablemente porque si, como dice Lacan, el discurso es una suerte de lazo social, es el recurso a partir del cual entramos en la cultura, pero al precio, de resignar ciertas pulsiones, o en términos de Lacan, cediendo algo de goce. Las autoras retoman al Freud de El malestar en la cultura para concluir que la felicidad nunca es plena porque la satisfacción se choca con una falta, una falla, un imposible, un sufrimiento que se vincula al cuerpo propio, al mundo exterior, y al vínculo con otros seres. Indudablemente la pandemia no podía venir sino a profundizar esa falla, a incrementar el malestar.
El lazo social también es producto de una falla y más aún en el capitalismo donde el “mandato superyoico a gozar” (Žižek) despliega el oxímoron de una especie de “tiranía de la felicidad”. Pero, la obligación de ser felices será igualmente imaginaria, ya que su satisfacción se produce en el reino de las mercancías. Entonces, el lazo social es algo que, aun cuando se sustrae, es a la vez lo que se organiza en torno a esa sustracción, (concepto que las autoras recuperan de Jorge Alemán). El fragmento, el pedazo, el desgarro, la astilla, la esquirla de un puzzle imposible de desechos, como se ve en la impactante portada del libro.
El imperativo de “no parar” (latiguillo schiarettiano que, como ya dijéramos, recorre la casi totalidad de los ensayos), de no darse pausa para la tristeza, los afectos contradictorios de pánico, incertidumbre y apocalipsis que la irrupción/interrupción de la pandemia trajo consigo, son puntualizados por las autoras, como un desesperado empuje a la dicha, aun con desigualdad creciente y cifras de muertes en ascenso. Esto evidentemente borra la inscripción de los sujetos en este drama colectivo, planetario.
En un mundo donde lo pulsional ya no es prohibido, sino que, por el contrario, existe un mandato a gozar, la estructura sacrificial de los cuerpos-objetos-desechables improductivos para que la lógica del capitalismo con su fetichismo de la mercancía se sostenga, es una continuidad pura de los perdedores prepandemia: “Una voluntad de goce que se alimenta precisamente de una producción de desechos”.
El goce del sector privado ‒empresas‒ en su relación con el Estado/gobierno, con el objetivo declarado de realizar intervenciones orientadas al saneamiento, la recuperación y la cicatrización de diferentes espacios de la ciudad tiene, así, la última palabra. Nudos viales, muros, devenidos en desplazamiento veloz para ciertos sectores, en detenimiento para otros, como el complejo Alto Villasol de un lado y la villa El Tropezón del otro. De esta manera, explican las autoras, el tema encierro no es, para muchos cuerpos, una novedad de la pandemia.
Algo similar ocurre con el cuidado y sus acepciones durante la pandemia, que se reconfiguran en función de la higiene personal, el ser solidario, responsable, ideológicamente más cercanos a la culpa, pero donde quedan ocluidos los cuidados a quienes cuidan de la larga historia prepandémica, donde las condiciones estructurales de desigualdad son invisibilizadas. Y la resignificación de los oficios llamados esenciales no parece salir de esta contingencia con ventajas reflejadas en sus condiciones materiales de vida. “El cuidado aparece aquí como un eufemismo de control, que parece invocar la pasión del miedo a través del llamado a las Fuerzas Armadas”, por parte del gobierno.
En coincidencia con Federici y Ciriza, y en un marco de perspectiva feminista, las investigadoras se pronuncian por un gesto oficial más ritualizado en torno al cuidado, pero que no rompe con el tradicional descuido, para proteger “a las cuidadoras reales, a aquellas mujeres pobres y racializadas, que a pesar de desarrollar trabajos esenciales perciben escasos salarios”.
Uno de los punctum por los que me dejé interpelar: las autoras, en el subtítulo “Mujeres y prácticas de cuidado”, refieren a un “contexto que ha hiperindividualizado el cuidado, que nos hace creer que somos sujetos individuales, y que las formas de salida a este contexto también son de carácter individual, que no necesitamos de la interacción con otros cuerpos”. No coincido con que este individualismo haya sido la voz oficial en la gestión de la pandemia, más allá de los errores y las contingencias propias para enfrentar un hecho inédito, para el que no había recetas.
Muy buen cierre con el instante de perplejidad, ese correrse del telón que sostenía/sostiene la ilusión de nuestro cotidiano y que se vio interrumpido por la pandemia. Perplejidad ante una irrupción que no por esto implicó una pausa en la producción, ya que “Córdoba no para”, al menos para algunos cuerpos que apresados por la axiomática del capital, son el combustible-desecho, para que la rueda siga girando…
En “Bricolaje, o aquello que también habla sobre la verdad y el deseo” el formato, el lenguaje técnico-psicoanalítico y la existencia ya del comentario experto y lúcido de Antonia Caparroz, sobre el texto de Carlos Picco, hacen quizá redundante y hasta también prescindible por completo, mi propia lectura-escritura de prologuista.
No obstante los riesgos, y dado el desafiante punctum que me interpela en esta lectura haré un par de comentarios sobre lo que me dispara este artículo, en mi condición de lectora muy interesada y desde mi propia experiencia de cordobesa en pandemia.
Encuentro acertadísimo el título de bricolaje porque entiendo que cada cual, ante un acontecimiento como la pandemia, que suspendía la capacidad de comprensión de lo que nos estaba pasando, que interrumpía las grillas de lectura habituales de nuestros pilotos automáticos, lo que tuvimos fueron las herramientas de siempre, activadas y potenciadas para una situación de supervivencia. Recordemos que llegó a compararse la pandemia con una guerra contra un enemigo invisible, el virus.
Por otra parte, a mí me cuesta mucho, acostumbrada al estudio de una hermenéutica de la sospecha, encabezada e inaugurada por Freud, Nietzsche y Marx, apelar a la metáfora de la verdad detrás del velo. Entiendo más bien que no hay verdad en singular, sino verdades plurales, construidas, históricas, relativas, nunca universales ni naturales. Y que no habría ninguna verdad detrás de los signos, los lenguajes, los jeroglíficos, o sea, las huellas.
Ahora bien, si de lo que se trata es de la verdad del deseo que, definida por Lacan “es por sí sola una ofensa a la autoridad de la ley”, se trataría de buscar una salida de ese nuevo drama, la pandemia, que no pase por censurar la verdad del deseo. Traducido al drama pandemia, deseo, ley y censura, la pregunta que Picco se formula es: ¿cómo ha sido la cuarentena en cordobés? No son pocos acá los problemas que se derivan del solapamiento entre los padecimientos de la pandemia y las diversas formas de enfrentar la cuarentena, ya que si bien se copertenecen son conceptos muy heterogéneos. Para mí, es también igualmente difícil distinguir alguna especificidad del padecimiento cordobés de la pandemia, cuanto que habitan tantas pandemias, cuarentenas y Córdobas, como cuerpos-enclasados existen en esta ciudad. El texto se encarga de describir y subrayar: en sectores medios y altos se da lo real sin ley del virus, ya que el encierro no sería por acatamiento a un DNU presidencial, en una provincia sin apoyo mayoritario ideológico y en las urnas al gobierno. No obstante, ante el vacío de saber, muchas personas encontraron (encontramos), quizá por temor, una protección en el encierro. En sectores marginales, el encierro no fue tal. También resulta al menos contradictorio que, en “febrero y marzo de 2021, reaparece una ciudad completamente activa pese al aumento desmedido de casos de contagio y muerte”. Esto muestra que estamos ante un acontecimiento, una irrupción en el código, algo que va más allá de la sorpresa para constituirse en enigma indescifrable donde, al menos temporalmente, el sujeto intentará devolver todo a su habitual fluir para lo cual recuperará las herramientas que ya tiene y armará su bricolaje.
Así el acontecimiento del trauma, siendo este último siempre actual, a diferencia del acontecimiento que es temporal, no es otro que el del encuentro entre el cuerpo y el lenguaje. Así, ante la pregunta ¿cómo pensar que la pandemia es traumática?, la respuesta de Picco, avalada y ratificada por Caparroz, se refiere al ir caso por caso, solo atendiendo a la singularidad, ya que no hay un sujeto-Córdoba en estos bricolajes donde cada sujeto continúa, como puede, con la partitura de su vida. Queda igualmente claro que el silencio y las calles vacías fueron la contracara de aquellos barrios empobrecidos, con el bullicio de esos cuerpos que sobran, que se quedan en los bordes del banquete, de los circuitos del capital, porque siempre se supieron frágiles y perecederos. Ellos sí, para Picco, “saben ya que detrás del velo, no hay realmente nada, solo semblante”. Entonces, concluye, para las clases acomodadas, en ese real sin ley, no era ni el miedo al virus, ni las directivas gubernamentales, la causa del encierro, sino el stop de la vida comercial, ese Otro que es el capital, ese amo que se oculta. La verdad, aquello que se oculta tras el velo (ideológico, naturalizado desde siempre y donde la pandemia abre un boquete), como Carlos Picco señala, no es la misma para unos que para otros. El bricolaje para agarrarse a la vida, por lo tanto, tampoco…
Alejandra Peano explora en su ensayo “Huellas de la violencia policial en el barrio: murales y grutas”, los lenguajes expresivos de jóvenes que padecieron la pandemia en esa suerte de sobredeterminación de los castigos que ya venían de la prepandemia por ser blancos habituales de la violencia policial. Vivir en Los cortaderos ya no era fácil antes de la pandemia. De manera similar al leit motiv que atraviesa los demás abordajes en este libro, la autora enfatiza el carácter de encierro en modo cuerpo-clase, al que se agrega el estigma de joven peligroso, chorro, adicto, vandalizador. Un sensible análisis de expresiones muralizadas de los jóvenes da cuenta de esta apropiación de un territorio, es decir, disputa de poder, respeto y pertenencia, en simultáneo con una experiencia inusual de duelo por los compañeros que, como en el caso de Güere, Raúl y José, murieron asesinados por la brutalidad de las fuerzas, paradojalmente, securitarias.
El análisis de Peano se enmarca en la lógica de sociosegregación clasista, que diera inicio al proyecto (con los trabajos de Boito, Espoz, Michelazzo, entre otros), para entender esta ciudad en pedazos de los cuales uno de ellos es barrio Los cortaderos. Aquí se suma la frustración de que inicialmente ese territorio fue sede de una experiencia particular de Cooperativa (La ilusión), surgida en la década del ´90, desde abajo, por el acceso a la vivienda, en el marco de una intensa actividad de organizaciones de base y proyectos comunitarios por los derechos sociales, en articulación múltiple de diversas ONG y gobiernos provincial y municipal. Todo lo que hoy resulta un cuento de hadas: escuelas, club deportivo, transporte público, recolección de residuos y telefonía desde la sede de la cooperativa. Esto se vio truncado en 1999, durante el gobierno delasotista. Dicho gobierno fue el tiro de gracia de las tres últimas décadas de transformación del Estado que, en articulación con el mercado, con las obvias políticas de seguridad, convertirían los barrios cooperativos con casas construidas por las propias familias, en las ciudades barrio, desde 2003. La lógica fascista del ghetto, los operativos de saturación, las razzias los fines de semana, las detenciones arbitrarias, la tortura y la muerte, se vuelven el pan amargo de cada día en estos territorios donde la ilusión desemboca en desilusión. Se desarticulan las cooperativas que, además de las viviendas, organizaban integralmente las demandas sanitarias, educativas y laborales. El ecosistema se hizo pedazos. En ese contexto, como dicen Boito, Giannone y Michelazzo, “los jóvenes no tienen lugar en el barrio, ni tienen lugar ya en sus casas, porque han crecido más rápido que las posibilidades colectivas de albergarlos” (2014, p. 12). De esa fragmentación, de ese dolor e impotencia que, no obstante, sigue resistiendo, de esos pedazos o ladrillos en la pared siguiendo la metáfora de Los cortaderos y la de Pink Floyd en The wall superpuestas, nos habla Alejandra Peano. En otro trabajo Peano alude a la organización social de familiares de víctimas de gatillo fácil en la ciudad de Córdoba, que refieren a las muertes de los jóvenes a manos de agentes policiales, no por lo que hicieron en el momento de asesinarlos, sino que imputan al Estado la responsabilidad de lo que no les permitieron hacer a los jóvenes, que fue desarrollar un proyecto de vida (Peano, 2020). Tremendo punctum…
Otro aspecto clave es una de las alertas éticas y políticas más desesperadas de los conceptos vertidos en este ensayo, que nos convoca a pensar y sentir solidariamente, como sociedad, en tanto comunidad humana, adentrándonos y haciendo ojos y piel la sociosegregación y el juvenicidio (Valenzuela Arce), precisamente para resistirlos y combatirlos, ya que, como explica la autora:
Frente a las muertes de José y Raúl en relación a la movilización por pedido de justicia, no se dio el mismo nivel colectivo de demanda que por Güere, no solo por el cansancio de atravesar todo el proceso anterior sino también por los miedos que surgieron a partir de las interacciones con la Policía por hacerse los pícaros, en tanto eso incomodó y cuestionó el accionar policial frente a la sociedad cordobesa. Los jóvenes perciben ese quedar marcados como sujetos de denuncia y la consiguiente amenaza de mayores hostigamientos.
La investigadora aborda también los murales, las grutas, los santuarios, en tanto burbujas de espacio-tiempo, donde los jóvenes del lugar, resistiendo el juvenicidio hacen en simultáneo el duelo de sus pares, duelo de una vida vulnerada desde sus inicios más tempranos, duelo coextensivo. En ese trabajo, piedra, mural, tatuaje, yuyo, madera, gruta, todo se encuerpa y se vuelve, como el canto de los pájaros, como los caracoles con su casa a todos lados, la forma por antonomasia de marcar, habitar, subjetivar y disputar la memoria y el territorio.
Bibliografía
Barthes, R. (1990). La cámara lúcida. Notas sobre la fotografía. Barcelona, España: Paidós Comunicación.
Boito, M. E.; Giannone, G. y Michelazzo, C. (2014) “Conflictos y sensibilidades sociales en contextos de sociosegregación (Córdoba, 2011)”. En Avatares de la comunicación y la cultura, Nº 7.
Boito, M. E. y Michelazzo, C. (2014). Córdoba en pedazos. Habitar/circular en contextos sociosegregados. Revista Estudios sociales contemporáneos. (10) pp. 45-58. https://bit.ly/3HoyMvU
Derrida, J. (1997). Fuerza de Ley. El ‘fundamento místico de la autoridad’. Madrid: Tecnos.
Didi-Huberman, G. (2011). Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.
Freud, S. (2006). El malestar en la cultura. Obras completas, vol. XXI. Amorrortu, Buenos Aires.
Harvey, D. (2013). Ciudades Rebeldes del Derecho de la ciudad a la revolución urbana. Salamanca: Editorial Akal
Preciado, B. (2010). Pornotopía. Barcelona, España: Anagrama.
Schmucler, H. (1997). La investigación (1982): un proyecto comunicación/cultura. En Schmucler, H., Memoria de la Comunicación, pp. 139-153. Buenos Aires: Editorial Biblos.
- Facultad de Ciencias de la Comunicación y Facultad de Filosofía y Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba, Argentina.↵







