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EL DIARIO

Lunes 8 de Febrero de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, enero 15.

   

El padre Alfani, del observatorio de Florencia —¡qué consuelo después de tantos horrores!—delcara: que es probable que la actividad sísmica continúe durante dos o tres años; en seguida los temblores de tierra disminuirán, siendo menos frecuentes y menos intensos.

El padre Alfani reclama una ley imponiendo que en los lugares devastados por los terremotos las construcciones futuras se hagan según planes científicos; de lo contrario Mesina[1], ya tres veces destruida por temblores de tierra, en un periodo de dos a tres siglos será de nuevo víctima de otra espantosa catástrofe. Rochefort*, con este motivo luctuoso, exclama, citando a Victor Hugo: “Tu nous montres ta grace immense. Mélée á ton immense horreur[2]”. Y en un artículo —como en todos los suyos, al alcance de todo el mundo— reclama precauciones para lo venidero.


Otra vez algo agradable para el amor propio legítimo argentino. ¡Y qué placer poder mencionar estas cosas es para mí! Como lo será para ustedes el leerlas. La nota es de paz, como van ustedes a verlo. Está en un larguísimo artículo publicado en Le Soleil[3] con este título: “En la cumbre de los Andes, el Cristo pacifista”.

Convenido, dice el autor, monsieur Premartin, para elevarse hasta la altura de Alemania, la artillería francesa debe trepar cincuenta y cuatro grados, por cuerpo de ejército. Cada cañón hace un grado: de noventa piezas es menester subir hasta 144.

He ahí a donde conducen todos los lindos sueños de desarme mundial inspirados en el hmanitarismo mazónico gubernista.

“Yo querría llamar la atención hacia los Andes… Cuando el viajero se halla al pie del macizo central, no lejos de la ciudad de Mendoza, en el punto limítrofe de la República Argentina con Chile, su mirada es atraída por una enorme estatua de bronce que parece cernirse a 14.000 pies sobre el nivel del mar, en la cima extrema de la montaña.

Esta estatua no es otra que un Cristo gigantesco y exquisito, que mide 26 pies de altura. La mano derecha se extiende haciendo un gesto de bendición, la paz parece convidar las naciones del Norte, en cuya dirección está orientada a la concordia y a la paz; los pliegues de la túnica diríase que están agitados por los vientos fríos que soplan de los desfiladeros de los Andes…”.

Y sigue una prolija descripción de los trabajos que se hicieron para elevar la estatua a tanta altura, y a cada momento se lee la palabra, sagrada para nosotros, “Argentina”. Y en líneas elocuentes se nos presenta a los “argentinos” como un buen ejemplo, y a Chile con nosotros, ambos pueblos diciendo:

“Es que esta estatua de Cristo que se soñaba hacer que se cerñiera sobre ambos países, más que un signo religioso era un símbolo de paz social; o mejor dicho, era la victoria de la paz social por la religión. Era esto en 1903. La Argentina y Chile, después de larga crisis, se abrazaron. ¡Qué bello ejemplo estando todo pronto para oir tronar el cañón entonar himnos de confraternidad!”.

Así, más o menos, he condensado mucho, se expresa el escritor francés.


Ahora haremos vibrar otra cuerda. Pero han de permitirme ustedes que no lo haga de rondón. Lo dejo para mis letras venideras. Serán sobre versos del Conde Roberto de Montesquieou[4], un mi amigo. Y, a propósito de mi leyenda argentina, según él dice que van mal, cuando la conclusión debiera ser que van mal hasta que no se pruebe que van bien.

Póngase el amigo ese en la categoría que quiera y, si él se equivoca, veré yo el que ha tenido razón. Agregaré finalmente que los verdaderos resortes (hay que tenerlo presente en estas coyunturas) y el móvil de las medidas políticas, se hallan circunscriptos en un círculo estrecho conocido de pocas gentes (con las que no está usted en contacto directo), y las razones plausibles que se les atribuyen son rara vez las más ciertas.

Agregue usted a lo dicho que si usted, que está cerca, no ve muy claro, qué he de ver yo de transparente en la nebulosa, estando tan lejos.

Las cartas que recibo de amigos bondadosos no coinciden en apreciaciones, representando las cosas cada cual según su posición, su interés y su sentir, y esta disonancia, en vez de ayudarme a percibir bien los rumores de la calle, me confunde, me aturde. Pero ni la intención ha de ser tan menguada, como algunos dicen, ni el mal tan grande.

La política no es ciencia positiva. Es el arte de las aproximaciones aspirando siempre al premio mayor.

Recorra usted el mundo y verá que en parte alguna el contentamiento es universal, qué digo, siquiera general.


Hay oradores y escritores que, al parecer, hablan de otros, en realidad toda su retórica, a veces elocuente, se refiere a sí mismos, de manera que tomados al pie de la letra la información que resulta no es exacta.


En mi calidad de miembro de la “Academia de Ciencia Social y política”, bimensualmente recibo sus “Anales”. En un volumen infolio editado en Filadelfia admirablemente. Todo es en él selecto contenido y continente: papel, impresión, materias y modos de tratarlas.

En el último, que especialmente se ocupa de la “Educación Industrial” en Estados Unidos (Volúmenes XXXIII, número 1, enero 1909), hallarán ustedes mucho, muchísimo que leer con provecho, y tanto más útil esta lectura será cuanto que, en varios sentidos, la Argentina crece, conglomera, se expande como la América anglo-sajona.

Los “Anales” contienen siempre una sección final bibliográfica tan nutrida y tan bien hecha que no hay en el mundo revista que en esta parte se le parezca. Refiriéndome a ella, apuntaré dos publicaciones:

En esta por F. S. “Southern Agriculture”, el estanciero y agricultor argentinos hallarán materiales para beneficiar o enriquecer sus tierras. Es un libro científico o técnico, como se quiera, pero sin disputa un libro práctico.

En el otro, la tela que hay que cortar es de muy diferente materia. Nada menos se llama que “The Elements of International Law”, siendo el autor Mr. Davis G.B. y los editores Harper y Brothers, de Nueva York.

Es en su clase lo más completo y documentado. En el se encuentran todos los antecedentes relativos a las discusiones en las conferencias de La Haya. Mr. Davis es un abogado y un optimista que cree en los tribunales de arbitraje –como “última ratio”— para hacer que los cañones no sigan inflando los presupuestos y con ello aumentando las gabelas populares opresoras.


Era en San Petersbrugo. Hacía frío, un frío glacial que me trae a la memoria el verso de Butler en “Hudibras”: “Like words congealed in Northern air”. Las calles estaban alfombradas de espesa nieve nacarada con un sol como aurora boreal.

Los transeúntes de ambos sexos se detenían, saludaban, se santiguaban, se arrodillaban. Los trineos detenían su rápido andar. Un monje venerable, viejo ya, sin interrumpir su camino, distribuía bendiciones a los fieles.

–¿Quién es? –le pregunté al cicerone que me acompañaba, no conociendo ni la ciudad ni la lengua.

El mismo se había santiguado.

–El padre Juan de Cronstadt.

–Pero ¿qué es?

–Un santo, señor, un santo.

Y, en efecto en Rusia, donde son raros los que no le conocían, por tal pasaba.

Ricos y pobres le veneraban por sus virtudes, por su saber de gran teólogo ortodoxo.

Campeón que incesantemente combatió con elocuencia a Tolstoi.

De ahí su popularidad.

Tolstoi, como ustedes saben, es moralista en el sentido del cristianismo primitivo.

Bueno, pues, el padre Juan, con ochenta a cuestas, ha dejado de existir.

Su memoria será duradera entre los rusos.

Vivió predicando. Su tema favorito era: “Todos somos pecadores”.


Hacia el referéndum, o sea, el sistema ruso.

Oigamos al profesor A. Lawrence Sowell en su gran libro sobre “El gobierno en Inglaterra”. Dice: “En Inglaterra solo hay un modo concluyente de expresar la voluntad popular –el de una elección para la Cámara de los Comunes y, en casos ordinarios, solo hay un cuerpo que tiene el poder de interpretar esa expresión, el gabinete (ojo), desempeñando sus funciones por haberlo así resuelto esa cámara. El lugar que ocupan los Comunes en la vida nacional es el problema de la hora presente, y la cuestión: ¿cómo ha de ser expresada la voluntad popular y cómo se ha de hacer para que prevalezca? Si hay un conflicto entre los Comunes y los Lores, ¿quién ha de decidir? Es esta una cuestión completamente aparte de la reforma de los Lores, y este conflicto será posible hasta con una Cámara de los Lores reformada. Sigue discurriendo y arriba a la siguiente conclusión: el referéndum, que es el veredicto universal, zanja la cuestión.

Aunque nuestro gobierno argentino no es parlamentario sino presidencial, vale la pena que ustedes estudien el referéndum “suizo”. Porque, como decía Talleyrand[5], “tout arrive”, todo puede acontecer, tanto en el orden nacional como en el provincial.

Día más, día menos, tenemos que reformar el pacto fundamental.

Pero la madre del cordero del referéndum, o plebiscito, está en que el voto sea libre y limpio, clamor que no es solo preventivo. De lo contrario, no se hace sino girar en un círculo vicioso.


Un país de partidos como el nuestro, y donde los partidos históricos y contemporáneos tienden a dividirse y subdividirse, se leerán, no lo dudo, con provechosa atención algo de lo que ha dicho el notable hombre público inglés Mr. Balfour[6], hace poco, en el “Wards Club” de la City. No niego, dijo, que hay muchas desventajas en el sistema de partido, pero nadie ha ideado un plan mejor para mediar con las grandes asambleas, y en cuanto nadie ha inventado todavía un método para mover el gobierno libre, por lo que yo entiendo por un gobierno de opinión, excepto mediante la discusión en grandes asambleas, no veo cómo es que no podemos evitar el sistema de partido, por muchos que sean sus inconvenientes.

Las objeciones desde luego son obvias, pero las objeciones respecto de cualquier otro sistema se hallaría, estoy de ello convencido, en la práctica todavía más obvias, si van ustedes a romper el sistema “dual de partido”, que ahora tenemos en este país en una serie de grupos, cada coalición alrededor de un gobierno, para destruir un particular, combinando quizás el gobierno para formar uno nuevo, para luego destruir ese gobierno, ustedes no harán, me parece, más que desacreditar profundamente la institución parlamentaria y hacer así imposible esa “continuidad” de adminstración, hasta en manos de aquellos con quienes profundamente difiero. Sin grandes partidos, no creo posible el gobierno de este país, los partidos por agrupaciones no pueden ser eficientes por lo dicho y por ser de cinrcusntancias.


Tambien hablando de un gran hombre, muy grande, cuya memoria no muere ni morirá, se puede decir:

¡Pobre Cervantes!

No tuvo suerte en la vida.

No la tiene en la tumba.

Se intentó aquí en París, hará cosa de cinco años, aquí donde Shakespeare se alza en bronce, que el “manco” le hiciera compañía. ¡Magnífica idea!, pensaron algunos. Se organizó un comité, por ahí se empieza siempre, y López Carrillo y otros, yo entre ellos, aflojaron entusiastas la jareta haciendo un sacrificio. Eran pobres, siendo la mayor parte escritores, periodistas. ¿Resultado? Muy triste. Murió el cajero que tenía los fondos. ¿Y? “volaverunt”. Shakespeare, enhiesto, está soliloquiando sobre su pedestal, mientras los que pasan, conociendo el caso, se sacan el sombrero pensando “Such is life”.


Han de saber ustedes, si no lo saben ya, estando tan bien informados por sus corresponsales, dos cosas.

La primera: que contra los temblores de tierra, las casas que resistan han de tener solo 32 pies de altura.

La segunda:que no se debe menospreciar nunca lo que con este modo de hablar se expresa, el corazón me lo dice.

La señora Ventura, esposa de un coronel italiano, dice un diario de Roma, levemente herida en Mesina, refiere esta curiosa historia de un presentimiento que se realiza en estos términos:

“El día de Navidad, mi marido y yo nos hallábamos en un hotel de Ravento con el general Cotta y su señora, cuando le dije al general que nosotros íbamos a Mesina, donde mi marido tenía algunos asuntos que arreglar. El general observó con vivacidad: No vayan ustedes. Con el calor que hace tengo el presentimiento de que habrá temblor de tierra. El general nos acompañó a la estación y al subir al tren nos repitió: “Por Dios, no vayan ustedes a Mesina, no vayan, mis presentimientos nunca me engañan”.

A las dos horas de estar en Mesina, la catástrofe tenía lugar.


La pena de muerte es necesaria: los bandidos tienen horror a la guillotina…

Eso dicen.

Y, al mismo tiempo que el cadalzo se alzaba, suprimiendo cuatro asesino sen Bethune, la famosa banda Pollet, dos ancianos, uno de 66 años y otro de 80 eran asesinados por robarlos en Tolosa y en Lisieur. “Horrible mort, horrible!”

¿Qué pensar?


A propósito de propinas, y siendo comienzo de año, que es el momento de la gran invasión de pedigüeños (¡pobres!, ¿y si tienen necesidad?) Sabrán ustedes, y si no lo saben, sépanlo: parece que en Inglaterra se tiene tanto horror a las propinas, que la ley castiga a los que las dan. Pero, lo de siempre: la ley esta no la cumple la caridad. ¡Es tan grato dar!


  1. El terremoto de Mesina de 1908 tuvo lugar en la madrugada del 28 de diciembre de 1908 en Sicilia y Calabria, en el sur de Italia, con una magnitud de momento de 7,1 y una intensidad máxima de Mercalli de XI (extrema). Las ciudades de Mesina y Regio de Calabria se vieron casi completamente destruidas y se perdieron entre 75.000 y 82.000 vidas humanas. (Extractado de la Enciclopedia Británica.
  2. “Nos muestras tu inmensa gracia. Mezclado con tu inmenso horror”.
  3. Le Soleil, fundado en 1873 por Édouard Hervé y Jean-Jacques Weiss, fue un diario monárquico, de tirada diaria. Junto con Le Temps, que incluía noticias internacionales.
  4. Robert de Montesquioeu (Marie Joseph Robert Anatole), conde de Montesquioeu-Fézensac (París, 1855- Menton, Francia, 1921) fue un poeta simbolista francés de alcurnia, mecenas del arte y dandy. Autor de numerosos poemarios, novelas, biografías y ensayos. Además de las obras que cita Mansilla, cabe destacar: los poemarios Les Perles rouges: 93 sonnets historiques (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1899), Les Paons (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1901), las novelas La petite demoiselle (Paris: Albin-Michel, 1911) y La trépidation (Paris: Emile-Paul Frères, 1922) y las biografías La Divine Comtesse: Étude d’après Madame de Castiglione (La Castiglione) (Paris: Goupil, 1913) y L’Agonie de Paul Verlaine, 1890 -1896 (Paris: M. Escoffier, 1923). (VIAF: 88625340).
  5. Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord (París, 1754-ibídem, 1838) fue un sacerdote, obispo, político, diplomático y estadista francés, de gran relevancia en los acontecimientos de finales del siglo XVIII e inicios del XIX. (VIAF: 100212837).
  6. Balfour, Arthur James (1848-1930) fue Primer ministro del Reino Unido entre 1902 y 1905, predecesor de Campbell-Bannerman y sucesor de su tío, Lord Salisbury. Perteneciente al ala conservadora de la Cámara de los Comunes, tuvo una postura no intervencionista en materia económica (el llamado laissez-faire). En 1902, año de su asunción, se coronó a Eduardo VII rey y finalizó la guerra en Sudáfrica. En los años siguientes, se redactó la nueva Acta de Educación a Londres y el Acta de Adquisición de Tierras de Irlanda por la cual el tesoro público británico se comprometía a facilitar capital a los arrendatarios para posibilitarles la compra de tierras. En materia internacional, durante la gestión de Balfour, en 1904, se conformó la Entente Cordiale (del francés: “entendimiento cordial”): un tratado de no agresión y de mutua regulación de la expansión colonialista entre el Reino Unido y Francia, y ratificado mediante una serie de acuerdos firmados posteriormente. También durante la gestión de Balfour tuvo lugar la guerra ruso-japonesa, en la que los británicos, aliados de Japón, estuvieron cerca de entrar en guerra contra la Rusia zarista. En las elecciones de enero de 1906, el partido de Balfour fue derrotado por los liberales, con Campbell-Bannerman a la cabeza. Este último sería el enemigo político principal del Balfour dado que, además de derrocarlo y sucederlo como Primer Ministro, votó en contra de su solicitud de formar parte de la Cámara de los Lores o Cámara alta. (El Reino Unido tenía un sistema legislativo bicameral, constituido por lo que sería el Senado –la Cámara Ata o de los Lores, House of Lords– y la Cámara de los representantes –o Cámara Baja o de los Comunes, House of Commons. Mientras que en la cámara de los comunes sus miembros eran elegidos democráticamente, en la Cámara de los lores solo votaban determinados miembros. Ambas cámaras sesionan en el Palacio de Westminster).


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