Miércoles 17 de Febrero de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, enero 22.
Así como para algunos el socialismo revolucionario no es más que una espantable estantigua cuando se les grita “¡cane cane!”, así, para otros es una realidad visible y tangible en sus progresos invasores, del gobierno regular y de los intereses conservadores de la comunidad.
Los ingleses, por ejemplo, si hasta hace poco no veían claro, a la hora de ahora están abriendo tamaños ojos.
The Times*, con otros grandes diarios, revistas y libros especiales escritos por plumas bien cortadas, dan la alarma.
Parece que los socialistas no han sido en la cámara de los comunes tan feroces como se temía. Al contrario. Han procedido con prudente discreción. Cuando Grayson* se desmandó, no protestaron contra su expulsión. Lo abandonaron a su suerte menguada.
Una vez con participación en el gobierno, en su calidad de legisladores, tratan de hacer méritos para que cuando venga la disolución del parlamento los reelijan.
Mas esta vez será difícil su victoria. En la anterior habían trabajado a la sordina. Unidos a los liberales, tomaron de sorpresa a los unionistas conservadores.
Con fundamento sostienen los escritores ingleses que una de las grandes dificultades que la lucha y hasta la discusión del socialismo presenta consiste en la “extrema elasticidad de sus filas que se extienden desde el Sermón en la Montaña hasta los más furibundos Evangelios de destrucción de lo existente”; comunismo o colectivismo de grado o por fuerza es su ideal revolucionario en efecto. Y esa elasticidad permite que el público se deje embaucar a tal punto que algunos que se dicen socialistas lo son solamente por “snobismo”.
No son el lobo con piel de cordero. Ni ven que los evangelistas desinteresados codician las alturas. Y, como en todo lo que es conflicto social, hay socialistas sinceros y socialistas astutos, sin que falte la anarquía en sus filas; de modo que las escuelas y comuniones socialistas tienen algo de politeístas. No comulgan los alemanes con la misma sustancia, por ejemplo, que los franceses, ni los suizos se avienen con los ingleses, que en cuanto a los rusos, estos van por su camino frío, como esos dispuestos a devorar todo cuanto se les presente.
Para concluir: el socialismo no gana terreno en Inglaterra, donde la palabra de orden es: ¡alto ahí! Y en el país que más se acerca a un tipo ideal de república, en Suiza, el socialismo acaba de sufrir una gran derrota electoral.
Francisco Charmes[1] se llama el último académico francés, que no desmiente su apellido, pues en todo sentido está lleno de encantos (“charmes”).
Fue recibido días pasados; hizo el elogio acostumbrado de su antecesor Marcelino Berthelot[2], y Henri Houseaye[3] el del nuevo colega.
¿Cuál de los dos discursos es mejor? Discursos leídos, preparados con mucha antelación, con el cuidado y los respetos que a tan venerable cenáculo intelectual se le deben, no es pregunta fácil de contestar.
Uno y otro, a mí me parecen óptimos.
De cada uno de ellos se pueden extractar párrafos exquisitos, y es lo que haría con la mesura de un avaro.
Pero, lo repetiré hasta el cansancio: me falta espacio en un sentido y en otro la idea con que me dirijo a ustedes es tomarles el menor tiempo posible; no fatigar su atención.
Básteles, entonces, lo que sigue.
Varias veces, recordando a Brunètiere*, les he dicho a ustedes que “el camino del oratorio no obstruía el del “observatorio” y ahora viene en apoyo de esa afirmación lo que en memoria del sapientísimo Berthelot, ha recordado el nuevo académico.
La ciencia, tal cual la concebía Berthelot, merece ser amada como una fe y honrada como una religión.
No es textual, pero es el fondo de su pensamiento.
Los sabios como él, en efecto, (los que han penetrado en los más oscuros misterios de la materia, observo yo), son otra cosa que los atrevidos “pionniers” del descubrimiento y hasta sacerdotes de un nuevo culto que soñaran destruir y reemplazar los antiguos cultos de que la humanidad que siente y que sufre no podrá nunca quizá deshacerse.
A la vez que son los más nobles ejemplares de la especie y de la inteligencia humanas, día a día, son también, a su manera, por las verdades que ellos les anuncian, por las invenciones que les aportan, por las riquezas de que la colman sin beneficiar de ellas ellos mismos –los benefactores generosos desinteresados– de esa humanidad que no aclama siempre su genio en la medida de que aprovecha de su esfuerzo, que se adorna y se enriquece con sus descubrimientos.
¿Para qué, ha exclamado Charmes en un pasaje valiente de su discurso, armar a la una contra la otra, como dos rivales, como enemigos encarnizados porfiando en dañarse, estas potencias, estos dos Soberanos, la Razón y la Fe, cuya acción no es la misma, ni el beneficio tampoco, teniendo cada cual su reino?
¡Cómo no anhelar siquiera que haya paz entre la religión y la ciencia, puesto que la una se dirige al sentimiento y la otra al espíritu!
¡Cómo no soñar con una sociedad futura mejor que la nuestra, más amplia de espíritu y de corazón, más reconciliada de alguna suerte consigo misma, y que separando los dos dominios y aceptando la Fe y la Razón, como dos luces, le dejará a la una lucir, a la sombra de los santuarios, sobre la frente de los humildes, para las almas sencillas o heridas que tienen necesidad de consuelo o de esperanza; y le pidiera a la otra que iluminara el camino terrestre en la dirección conducente hacia nuevos horizontes!…
“Chacun a sa marotte”[4] dicen los franceses. Yo tengo la mía: son las cosas inglesas.
Leo por eso todo lo inglés que me cae a la mano; y como no se puede vivir siempre en esferas superiores cuando uno no es más que un simple mortal desocupado entre ese todo hay, a veces, no poco frívolo.
Aquí está la prueba, y ¡a medirse, lectoras mías! que habla un diario inglés:
“La cara femenina, debe, para ser perfecta, medir cinco veces el largor del ojo, de una oreja a otra. El ojo debe tener dos tercios del largor de la boca, y el largor de la oreja debe ser el doble de la longitud del ojo. El espacio que separa los dos ojos debe medir exactamente el largor de un ojo”.
Compendiando tomo el hilo de la página que interrumpí en mi anterior de fecha 15 de enero, firme en el propósito de no ponerme en contradicción con el encabezamiento.
Decíamos que la materia serían versos del fecundo y no menos original autor de las Hortensies bleus, de Les Chauves souris y tantas otras producciones tan personales; porque este poeta es él, no teniendo en su género, a veces enigmático precursor que yo conozca al menos.
Según ustedes lo habrán encontrado ya me estoy refiriendo a Montesquiou[5].
Enigmático he dicho, y así es en efecto; tanto que en la arquitectura o sea la euritonía de su estilo, hay algo de afín con su caligrafía logogrífica, originalísima, suya propia exclusivamente, estudiada, amanerada; no pareciéndose por consiguiente, a ningún otro tipo de letra cursiva conocida pues, más que caracteres para articular sonidos, parecen florituras o arabescos góticos de festones fantásticos, y hasta diríase que tienen un no sé qué de cierta remota semejanza con la silueta elegante que los ha dibujado.
¿Leen ustedes a Robert de Montesquiou; como si dijéramos, avez-vous lu Baruch, y hasta donde el paralelo es lícito?
Los que leen la Biblia no ignoran quien era Baruch, y los que han leído la vida de La Fontaine conocen el origen de la interrogación.
Refrescaré la memoria de algunos por las dudas.
Estando una noche en la iglesia, Racine le pasó a La Fontaine un volumen de la Biblia. La Fontaine lo abrió precisamente en la plegaria de la referencia. Lleno de admiración, le dijo a Racine:
—¿Quién era este Baruch? Era un hermoso genio.
Y después, a todo el que encontraba le decía:
—¿Avez-vous lu Baruch?
Trayendo pues un poco por los cabellos la cosa, yo les digo a ustedes: ¿han leído los volúmenes y obras de mi amigo el conde Robert de Montesquiou (que algunos consideran, confundiendo las especies, descendiente del celebérrimo Montesquieou*, autor de “L’esprit des loix”[6])?
Si no las han leído ojalá que este “hint”[7], como dicen los ingleses, los induzca a saturarse con “Les Odeurs suaves”, que es una de sus novísimas inspiraciones.
La que me ha sugerido esta página tiene por título “Nichées” y dice en sus primeras estrofas:
On raconte que, dans les Pampas Argentines,
les morts sont suspendus au milieu des rameaux;
les airs font leurs tombeaux, et les voix argentines
de d’aurore et du soir murmurent des mots.
Des mots pleins de pardon, d’amour et d’espérance,
selon qu’ils forant bons, sages et vertueux,
ou des reproches pleins d’injure et de souffrances.
S’ils coulaient dans les Mal durs jours tumultueux.
Ce sont de graves fruits qui, dans les tristes ambres,
Pendent, parents, amis, cimetières vivants,
Alès, mystérieux, sans la lourdeur des marbres,
Et que berce, en la nuit, le murmure des vents[8].
Nada de esto es verdad. Pero pese al maestro que dijo “rien n’est beau que le vrai” a mí me parece lindamente rimado.
Será porque siempre que por estos lados del hemisferio norte leo “Argentina”, se me figura que oigo entonar el “Oíd mortales el grito sagrado…”.
Siempre el viejo mancarrón de tropa, para las orejas al oír llamada.
En otra página un día que esté de humor volveré sobre esto.
Montesquioeu* nunca me ha preguntado si eso de la leyenda pampeana tenía algunos visos de verosimilitud. Ni se lo preguntó seguramente a Gabriel Iturri, un joven tucumano de singular historia, muy interesante, cuyos funerales hicimos en la iglesia de Saint Pierre de Neully, unos pocos que le amábamos y admirábamos.
Era leal, tenía talento y es un caso raro de asimilación. Se afrancesó tanto que hablaba el español a la francesa y el francés como si hubiera nacido en el Faubourg Saint Germain, donde tenía las mejores relaciones.
En su apartamento de la “Rue de Bellechasse”, una bombonera, yo he visto tomando té con damas de copete a la duquesa de Rohan[9] y sus hijas.
Sí, el destino de Iturri es curioso: vino apenas adolescente a París, solo, desvalido, huyendo qué sé yo de qué, y sin más títulos que su ingenio y sus instintos de cultura, se hizo de una posición envidiable en la alta sociedad, estimado, querido, sin nunca salir de su papel modesto de hombre de mundo. Trabajaba, sin embargo, en todo lo que le caía a las manos, con tal de no ensuciárselas en ningún sentido.
Vamos, el tucumanito Gabriel era un dije completo. Tomó los modales, los gestos, la voz de Montesquioeu, y sin ser parecidos, resultaban idénticos. Hasta eran como homónimos por el arte ingenioso de coleccionar “bibelots”, descubriendo curiosidades.
Novedad que en este momento se ventila en Inglaterra, es la que se refiere a lo que alguien llama “the very nasty practice of kissing the Book”.
Es decir, la muy sucia práctica de besar el libro, el libro que en este caso significa la Biblia.
El juramento es optativo en cuanto a la forma y modo de prestarlo.
O se besa la Biblia descubriéndose o se dice: “En nombre del Todopoderoso juro decir la verdad, solo la verdad, toda la verdad”, como se decía no ha mucho creyéndola original, cuando Zola lanzó su famosa hoja suelta “J’accuse”.
La fórmula es escocesa.
Y es claro que no besando lo que millares han besado no hay peligro de los microbios por más que al libro le cambien el forro de pergamino.
Pero para hacer obligatoria la fórmula escocesa abandonando la otra, que es inglesa, se requiere una ley y es, precisamente, lo que le están pidiendo al parlamento para en cuanto vuelva a reunirse.
Ya leerían ustedes días pasados lo que opina Mr. Balfour* sobre las agrupaciones minúsculas de ocasión y los grandes partidos.
Tenemos ahora lo que piensa monsieur Meline*, el distinguido orador y hombre de estado francés.
Diríase que se han puesto de acuerdo.
Interrogado sobre ciertas posibilidades de “fusión”, he aquí la médula de su respuesta:
“…por otra parte, si usted quiere el fondo de mi pensamiento, le diré que a mi entender el sistema de las agrupaciones ha hecho su época comenzando a estar usado. Hoy día las agrupaciones son demasiado numerosas y se componen de personas yuxtapuestas, muchas veces en desacuerdo sobre puntos esenciales, que no hacen sino perturbar el orden en las discusiones particularmente y en la marcha regular del gobierno. Las fronteras de las agrupaciones son indecisas como sus programas, por eso el país no puede seguirlas y comprenderlas.
“Yo quería ver sustituir a los grupos grandes partidos organizados, con principios bien determinados, un programa bien definido y una bandera neta bajo la cual se reengancharían adherentes fuertemente disciplinados. No se podría ya ver más a los mismos hombres pertenecer a dos partidos a la vez y entrar al parlamento mediante el favor de un equívoco. No hay que equivocarse, ese el porvenir, y hacia él marchamos, si seguimos como vamos…”.
El horizonte se aclara por donde sale el sol. Pero las inquietudes no desaparecen en Occidente, siguiendo los armamentos.
Ya es fastidioso decir lo que se invoca, lo que todos invocan, sin que nadie sepa de dónde partirá la chispa que haga reventar los colosales polvorines cuando la medida de las fuerzas económicas esté agotada.
Sea de este estado de cosas lo que sea, aquí tienen ustedes cómo piensa el pueblo francés en su inmensa mayoría.
Analizando con imparcialidad las opiniones que se deben tomar en cuenta se arriba a esta síntesis.
El “leader” de una fracción socialista, me refiero a Jaurés[10], está viendo la Europa bajo un aspecto particular.
Días pasados ha creído hacer ver en un porvenir nada lejano, a la Alemania y a la Rusia unidas por la Polonia prusiana, a la Alemania y a la Francia reconciliadas por la Alsacia.
Casi, casi ha exclamado completando su idea pacifista: “raprochons nous”, acerquémonos, disminuyamos la “tensión”.
Y movido por su quimera interior, le ha pedido al ministro Pichon[11] que le proponga a la Europa y a la misma Alemania “la paz cierta, definitiva y profunda”.
El eco nacional francés, tal cual yo como extranjero lo percibo, contesta: de modo que después de treinta y ocho años, la Francia debiera todavía pedir una segunda vez la paz, ¡oh!.
De modo que todos nuestros esfuerzos, los esfuerzos de dos generaciones para reparar el desastre inaudito del 70, ¡¡debemos llegar a realizar el sueño de los herederos de Bismarck!!
¡Oh! no.
Se le arguye a Jaurés* que él mismo ha reconocido que la Alemania dirigente no se ha resuelto todavía la aceptar lo inevitable, es decir, la descomposición de la hegemonía bismarckiana, una Europa mejor equilibrada y una sociedad más libre y más igual de las naciones.
Pero entonces que sea ella la que tome la iniciativa, la Alemania, con un convencimiento que para nosotros los franceses la Alsacia Lorena jamás será un “trait d’union”, a no ser, y aun esto mismo lo miraríamos como un sacrificio, a no ser que fueran libres.
No veremos que tome esa iniciativa.
En La Haya ella se opuso a todo lo que oliera a arbitraje obligatorio.
Su divisa continúa siendo lo que hemos ganado por la espada, con la espada lo defenderemos.
Siendo estas páginas tan fugitivas no dan lugar, se me figura, a que el lector se aburra, mucho al menos, recorriéndolas; y otra circunstancia puede acompañarlas que hable poco casi nada de lo que apenas entiendo.
Vaya entonces como apéndice lo que sigue, puesto que de apendicitis se trata. Es el substratum de un largo artículo que por curiosidad he leído en La Lanceta[12] de Londres. Parece que a la Naturaleza no le gusta mucho que le enmienden la plana. De ahí este otro cantar.
“El apendicitis”, observa el doctor Keetley, hablando de varios reportajes “ad hoc”, es una enfermedad peligrosa, no por la naturaleza del “apéndice”, sino a causa de su posición.
Las consecuencias peligrosas y tan seriamente molestas son debidas a su conexión con la cavidad peritoneal.
Sin embargo, viene a ser una enfermedad trivial cuando el apéndice es aplicado con seguridad en la pared abdominal, y el doctor Keetley cita un buen número de casos en los que esta operación se ha hecho con éxito, consiguiendo por tanto que el apéndice recobrara su salud y su utilidad; de donde saca en consecuencia que un apéndice trasplantado es un apéndice desarmado, y que no hay que cortar eliminando, opinión que es la del profesor Mechnikoff[13], el cual va más lejos todavía. Sostiene que el apéndice es útil para dilatar la degeneración de la vieja edad.
Yo me lavo las manos, y me encomiendo a Dios a fin de que los facultativos no se rían de mí, si al traducir he incurrido en algún sarcasmo de marca mayor.
- Francis Charmes (Aurillac, 1848–París, 1916) fue un periodista, diplomático, político y académico francés, miembro de la Academia Francesa desde 1907. (VIAF: 9990406). ↵
- Marcelino Berthelot (París, 1827–París, 1907); químico e historiador francés, librepensador republicano de gran influencia en la química de finales del siglo XIX. En 1901 ingresa como miembro a la Academia Francesa. A su vez fue Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes en 1886 y Ministro de Asuntos Exteriores en 1895. (VIAF: 54207651). ↵
- Henry Houssaye (o Henri) (1848–1911) fue un historiador y académico francés de prolífica obra. Elegido miembro de la Academia Francesa en 1895. (VIAF:51690990). ↵
- “Todos tienen su moda”. ↵
- Robert de Montesquiou (Marie Joseph Robert Anatole), conde de Montesquiou-Fézensac (París, 1855-Menton, Francia, 1921) fue un poeta simbolista francés de alcurnia, mecenas del arte y dandy. Autor de numerosos poemarios, novelas, biografías y ensayos. Además de las obras que cita Mansilla, cabe destacar: los poemarios Les Perles rouges: 93 sonnets historiques (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1899), Les Paons (Paris: Charpentier et Fasquelle, 1901), las novelas La petite demoiselle (Paris: Albin-Michel, 1911) y La trépidation (Paris: Emile-Paul Frères, 1922) y las biografías La Divine Comtesse: Étude d’après Madame de Castiglione (La Castiglione) (Paris: Goupil, 1913) y L’Agonie de Paul Verlaine, 1890-1896 (Paris: M. Escoffier, 1923). (VIAF: 88625340).↵
- Montesquieou, Charles Louis de Secondat, barón de. L´Esprit des Loix. Ginebra: Barillot et fils, 1748. [El espíritu de las leyes, trad. 1750].↵
- “Pista” o “guiño” en inglés. ↵
- “Se dice que en la pampa argentina / los muertos están suspendidos en medio de las ramas / los aires hacen sus tumbas, y las voces argentinas / del amanecer y la tarde susurran palabras. / Palabras llenas de perdón, amor y esperanza/ lo bueno, sabio y virtuoso, o reproches llenos de insultos y sufrimiento, si fluyen a los malos días duros y tumultuosos / estas serán frutas serias que, en triste ámbar / penden parientes, amigos, cementerios vivos, misteriosos, sin la pesadez de las canicas, / Y se deja que el murmullo de los vientos se balancee en la noche”.↵
- Marie-Berthe de Rohan, Princesa de Rohan (Teplice, Imperio austrohúngaro, 1868–Viena, 1945), fue la novena hija (y la menor) del Príncipe Arturo de Rohan y de su esposa, la Condesa Gabriela de Waldstein-Wartenberg. Berta fue Princesa de Rohan y miembro de la Casa de Rohan por nacimiento. Casada con Carlos María, duque de Madrid y pretendiente carlista al trono español. (Extractado de Real Academia de la Historia: https://acortar.link/B82GBT). ↵
- Jean Jaurès (Castres, 1859-París, 1914), fue un político socialista francés, pacifista, socialista, antinacionalista. Fundó el diario socialista L’ Humanité en 1904. Autor, entre otras obras, de: Las pruebas (1898, sobre el caso Dreyfus), Los dos métodos (1900), Historia socialista de la Revolución Francesa (1901), La Revolución rusa (1905), Conflicto ampliado (1912), El nuevo ejército (1914). (VIAF: 46762788). ↵
- Stephen-Jean-Marie Pichon (Arnay-le-Duc, 1857-Vers-en-Montagne, 1933) fue un político francés, senador, diputado, ministro de Asuntos Exteriores de la Tercera República Francesa entre 1906 y 1911, en 1913 y 1917 y 1920 y embajador francés en Pekín. (VIAF: 29584868). ↵
- Aparecida por primera vez en 1823, The Lancet (del inglés: la lanceta ‘el escalpelo o bisturí’) es una revista médica británica, publicada semanalmente por The Lancet Publishing Group. Toma su nombre del instrumento quirúrgico llamado “lanceta”. No solo sigue vigente, sino que es la quinta revista en las métricas de Google Scholar (2022).↵
- Iliá Ilich Méchnikov (Járkov, 1845-París, 1916) fue un microbiólogo Ucraniano y francés, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1908 por sus trabajos sobre la fagocitosis y la inmunidad. Entre las obras que dejó escritas destacan Patología comparada de la inflamación (1893), La naturaleza del hombre (1905), La inmunidad en las enfermedades infecciosas (1906) y La prolongación de la vida (1909). (VIAF: 29663312). ↵






