Jueves 11 de Noviembre de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, octubre 15.
Filosófico.
En la constitución del Canadá no hay, como en la argentina, un inciso diciendo que es deber legislativo “conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”.
No hablemos de lo que ustedes saben, lo pasado pisado.
Pero lean ustedes, comparen y saquen en limpio lo que honradamente corresponde:
“Canadá. La población indiana (de nuestro corresponsal), Ottawa, Septiembre 24.
Por primera vez el informe anual del departamento de “Indian Affaires”, negocios indianos, arroja un aumento en la población Indiana del Canadá”.
Se atribuye esto, dice el corresponsal del Times*, que es donde tomo el dato, a las mejoras introducidas en la dirección sanitaria, moral, a la educación o y muy particularmente a la sustitución de las chozas o tolderías por habitaciones de construcción sencilla, naturalmente, pero a la moderna.
El total de la población indiana es de 111.043. El año pasado, sus cosechas fueron el resultado de 52.899 acres y el valor del producto alcanzó a libras esterlinas 295.600.
Sería interesante que nos dijeran a ustedes y a mí, eso implica el “nos”, cuántos indios hay en las Pampas, en las faldas andinas, en la Tierra del Fuego y en el Chaco. Al fin y al cabo, si gobernar es poblar, tiempo es ya de no destruir más brazos aborígenes no tan malos por índole nativa.
¿No trabajan en las haciendas de Salta y otras provincias con provecho para todos?
Parece que la guillotina no intimida, aunque corte de a tres cabezas en pocos minutos, como ha sucedido con los bandidos de la Drome.
¡Horroroso!
Los asesinatos continúan.
El relato del crimen estremece por lo brutal o la crueldad refinada de los malhechores.
Las causas de esta marea que sube, que sube, preocupa hondamente al sociólogo, como que el fenómeno implica una amenaza permanente para todo el mundo; ricos y pobres, grandes y chicos, criaturas de “tres” años apenas, nadie se siente seguro.
“Laicizando”, o desterrando a Dios de la escuela, es la opinión más prevalente, o en otros términos, sustituyendo en las escuelas oficiales la moral cívica a la moral divina, se han restringido notablemente los medios de que antes se disponía para reprimir los malos instintos de nuestra pobre humanidad.
El que nada teme, fuera del vigilante y su machete, a todo se atreve, haciéndose la ilusión de que no lo “pescarán”.
Por otra parte, óiganlo ustedes bien, porque el consenso es general, muchos criminales deben su morbosidad a la pulpería, al alcohol.
Hay que decirlo también, ya lo he observado otra vez, las ejecuciones en público no intimidan, al contrario.
Es una aberración, convenido, pero el espectáculo ferozmente teatral de la guillotina estimula en ciertos bandidos las actitudes “heroicas” contagiosas, de un David contumaz empedernido, por ejemplo, que el otro día arranca aplausos de la muchedumbre porque al subir al tablado exclama, dirigiéndose a la multitud y al verdugo: “¡Despáchese, hombre, que tengo prisa de tomar el ferrocarril del otro mundo!”
Las mujeres que escriben lo hacen generalmente con más facilidad que el hombre, con más espontaneidad, porque son menos retóricas, teniendo siempre algo determinado que decir sin divagaciones.
La América del Norte es tierra clásica del “bluff” en todos sentidos y del “humour”.
El yankee quiere sobresalir en todo, hasta en tener presidentes de la república gordos como un tonel y espirituales.
¿Han observado ustedes que los flacos tienen menos chispa que los obesos?
Cuentan, pues, que Mr. Taft*, en su última gira por las montañas del Colorado, en un sitio de agua deliciosa llamado “Clenwood spring”, ha sido objeto de una salutación original.
Quería el pueblo ver el corpulento magistrado bañándose en aquellas aguas salutíferas, maravillosas.
Mr. Taft* se escapó por la tangente muy espiritualmente:
“Caballeros, repuso, la última vez que me bañé en el mar oí esto a dos bañistas: “Un hombre tan gordo no debiera bañarse públicamente”. Me di por notificado, con que así gracias y perdonen ustedes”.
El pueblo gritó “Esto se llama ser un presidente cortés y amable”, en otras partes deseos como el nuestro son mirados como faltas de respeto.
A lo que escribí a ustedes, después de la gran revista de Longchamps, agregaré, confirmándolo, la impresión general que han producido las últimas maniobras del ejército francés.
Habla un diario alemán de Berlín y en substancia dice:
Mucho nos hemos ocupado, como nunca, en los últimos tiempos del ejército francés.
Un hecho cierto es que los informes de los especialistas sobre las grandes maniobras del Bourbonnais dan que reflexionar.
Este ejército francés tan censurado, sobre todo después de la reforma referente al servicio de solo dos años, se revela de un modo tal que hay que mirarlo con respeto, con mucho respeto; si ellos tienen que aprender de nosotros, ¡cómo negar que nosotros tenemos también que aprender de ellos!
Confesemos nuestra sorpresa. Es una lección. Imposible cerrar los ojos ante una potencia tan formidable, y no se olvide que si la superioridad numérica es un gran argumento no lo es tanto. Ya Moltke* mismo había protestado contra la rabia del “número”.
En una palabra, y para acortar en lo posible este párrafo, la censura científica alemana afirma: vestid con nuestro uniforme a los franceses y tendréis soldados alemanes por su instrucción y resistencia.
En donde hay italianos, muchos o pocos, no se pronuncia cierto nombre sin hacer vibrar la cuerda sensible del patriotismo. Es una palabra mágica.
Escribo, pues, pensando en que ahí en mi tierra tenemos numerosísimos colaboradores del progreso que han nacido donde el batallador de ambos mundos vio por primera vez nacer el sol.
Está ya dicho, entonces, que sin articular la palabra he nombrado a Garibaldi.
Fue bravo como las armas, desinteresado, generoso y tenía el candor de un niño por cuya mente no ha cruzado ni cruzará la sombra de un pensamiento que no sea, como diría Ben Jonson[1], intenso en su pureza.
Se leerán por consiguiente con interés los renglones que voy a extractar de una monografía publicada en Le Siécle[2] bajo el título “Le mariage blanc de Garibaldi. Curieuses revelations”.
Remito a ellas y a la prensa italiana al lector argentino. El autor de dicha monografía, R. Raqueni, dice que es en esa fuente donde él ha bebido sus informes.
Confieso ingenuamente que para mí ha sido una novedad leer esto (¿y para ustedes, lectores del Plata, lo será?). Voy a leer:
“Se sabe que Garibaldi tuvo tres mujeres, siendo la primera la heroica Anita, una brasilera, a cuya memoria las italianas y las brasileras van a levantar un monumento en Río de Janeiro. Los despojos mortales de Anita reposan en el cementerio de Niza”.
Todas estas noticias han sido exhumadas con motivo de algunos documentos encontrados entre los papeles de Crispi.
Después de la paz de Villafranca, Garibaldi se enamoró de la noble señorita Raimondi, amazona interesantísima, dicen, y el 24 de enero de 1860 se casó con ella.
Parece que la joven ya había salido de la crisálida de la pureza.
Dicen que Garibaldi lo supo y de ahí el pleito para anular civilmente ese enlace, más aún, dicen que en la decepción hasta pensó apelar al Papa, para que se vea que también los héroes suelen acordarse de Santa Bárbara cuando truena.
En cuanto a la primera mujer del glorioso paladín, el artículo de Raqueni a que más arriba me refiero, no cita su nombre. Los que con lo dicho no estén satisfechos, que ocurran a otras fuentes; la prensa italiana de algún tiempo a esta parte rebosa al respecto.
Yo concluyo con una sencilla reflexión: este conductor admirable de hombres no era muy ducho en materia femenil. Buscó las flores del amor y dolorosamente se hincó con las espinas… página repetida. ¡Cuánto candor en tanta alma… es un poema!
“Para que vea que no me olvido”, dice el fecundo escritor Alejandro Cancedo, y en prueba amable de ello me manda dos cosas que estimo y agradezco de veras: su retrato fotográfico y su último voluminoso libro algo así como mil páginas sobre “Reformas a la Constitución Nacional”[3].
Si la obra de estudio está, como lo espero, tan bien hecha como el retrato, el autor habrá puesto una pica en Flandes.
Tengo que darme tiempo de reposo para tragarla y digerirla; una vez hecha la doble operación tendré particular gusto en manifestarle mi opinión al laborioso e ilustrado autor.
Pero, le anticipo, no se sorprenda, que impresionado por ciertos fenómenos persistentes, hace ya algún tiempo que me siento inclinado a pensar que el régimen unitario sería más “barato”, desde luego, que el que tenemos; quizá más adecuado a nuestra vida real, y efectiva a los hechos, que no son lo que el nombre que se les dá, de buena fe concedo. Sino otra cosa. Mal de hombres puede ser y no de instituciones.
Dice el escritor Pedro J. Caraffa que me favorece con su último libro: “Al dar a la publicidad estas noticias biográficas de hombres notables de la antigua provincia o intendencia de Cuyo, no me animan pretensiones de historiador ni de literato sino patriótico sentimiento”[4].
Pero, suponiendo que de algo de eso tuviera pretensiones, ¿aspirar es acaso censurable?
Absolutamente no. Toda aspiración entraña estímulo y ejemplo.
El temor de errar no debe contener los nobles movimientos del alma.
¿Y si uno se equivoca?
¡Ay de mí! Son tan raros los que no pueden decir “pecavit”, ofendiendo la verdad histórica o la gramática.
El otro día justamente leía una página inédita de Victor Hugo en la que el poeta, no sin malicia, describe la fisonomía de una sesión de elección en la Academia Francesa el 11 de junio de 1849.
Se trataba, agregan los “Anales políticos y literarios”, de elegir entre Balzac y el duque de Noailles.
Suprimo los detalles y voy a lo esencial.
Victor Hugo con Enpie, Pongerville y Lamartine, votaron por Balzac; los otros, la gran mayoría de los 40, votaron por el “duque”…
¡Qué prestigio el de los títulos!
Victor Hugo hace notar que el agraciado, en su carta, solicitando los sufragios del sabio Cenáculo, incurre en esta falta de francés:
« Je me presente pour “succeder” au fauteuil qu’auccupait monsieur de Chateaubriand ».
¿A qué “afligirse” entonces, como por esas tierras decimos, si el mejor escribano puede echar un borrón?
El libro que tengo a la vista está bien hecho y “aporta”, valiéndome de palabras del mismo autor, utilidad a los que se dedican al estudio de nuestro pasado.
He conocido, tratado, observado, amado, admirado en mi primera edad y después a varias de esas eminencias “cuyanas”: a Carril, don Domingo de Oro[5], el gran amigo de mi padre por ejemplo; y cuando Carril era vice presidente de la Confederación estuve en sus intimidades admirado.
Fui su secretario privado en el Paraná. He hecho un esbozo suyo en mi libro Retratos y Recuerdos.
Puedo entonces decir, con algún conocimiento de causa, que en Los hombres notables de Cuyo, del nuevo autor, hay mucho excelente en que espigar con provecho.
Estos trabajos preparan las grandes páginas de la historia como jalones necesarios en la ruta de las investigaciones.
También conocí, siendo muy muchacho, al general don Manuel Corbalán[6]. Ignoraba que fuera de Cuyo, mendocino. Me lo hace saber Caraffa.
Le conocí, decía, cuando era edecán de Rozas. Lo estoy viendo, de poca estatura, enjuto, caminando siempre sin apuro hasta cuando el gobernador (así se le llamaba) le ordenaba:
“Vaya a decirle a Ximeno (el capitán del puerto) esto o aquello y de paso dígale a Velázquez (que era el jefe del Parque de Artillería) tal o cual cosa…”.
Imagínense ustedes, la vuelta que era eso en aquel entonces, de la casa de Rozas (Moreno ahora) a la prefectura marítima, y de aquí a la plaza del Parque (Lavalle) y con aquellas veredas.
De aquí que en la época a que me refiero fuera proverbial en la familia y círculo del gobernador este modo de decir implicando un gran rodeo con aire de lo contrario “y de paso le dice, etc., etc.”.
Corbalán, quiero concluir, pasaba y con razón por el hombre de más confianza de Rozas.
Era manso, poco parlero y de una honradez acrisolada.
El autor de los Hombres notables de Cuyo “lamenta” que tan digno ciudadano sirviera a Rozas…
Discordamos. Los hombres así, de esa índole moral y educados, Corbalán lo era, nunca están de más al lado de los “irresponsables”, señores de vida, fama y haciendas (supongo que ya no caeremos en lo mismo); sí, esos hombres evitan muchos desmanes y contribuyen a enjugar no pocas lágrimas.
El por qué en vez de estar de un lado estuvieron de otro, siendo tan probos, he ahí el misterio del alma para el psicólogo más sutil, pero no impenetrable.
Mis votos son porque alrededor de los que gobiernan haya muchos Corvalanes.
- Benjamin Jonson (Westminster, 1572-Londres, 1637) fue un dramaturgo, poeta y actor inglés del Renacimiento. Sus obras más conocidas son Volpone y sus poemas líricos. (VIAF: 292789691). ↵
- Le Siècle. Journal politique, littéraire et d’économie socialefue un periódico francés publicado entre 1836 y 1932. Representó a la izquierda dinástica opuesta a François Guizot. Honoré de Balzac publicó en este periódico las primeras ediciones, en folletín, de sus novelas Béatrix (agosto de 1839), Une fille d’Ève (diciembre de 1838 y enero de 1839), Pierrette (enero de 1840), La fausse maîtresse (diciembre de 1841), Albert Savarus (1842) y Un homme d’affaires (1844). También aquí se publicaron algunas de las más célebres novelas de Alejandro Dumas, como Los tres mosqueteros o El Vizconde de Bragelonne. Bajo la dirección de Yves Guyot, a la cabeza de la redacción desde abril de 1892, Le Sièclese distinguió durante el caso Dreyfus, en claro apoyo al militar judío en artículos firmados generalmente por Joseph Reinach, Raoul Allier y Félix Pécaut. A partir de entonces, se convertirá en cierta manera en el portavoz de la Liga de los Derechos del Hombre recientemente creada. Aun conservando su importancia en cuanto diario republicano de izquierda moderada y anticlerical, de gran calidad, irá perdiendo gran parte de su público hasta 1917. Desapareció definitivamente en 1932. ↵
- Editado en Buenos Aires, por Coni Hnos, en 1909.. ↵
- Se trata del libro Hombres notables de Cuyo, editado por Talleres Sesé, Larrañaga y Cía, en 1908.↵
- Francisco Domingo de Oro (San Juan, 1800–Baradero, 1879) fue un político argentino de larga trayectoria oscilante entre los partidos unitario y federal. (VIAF: 45611873/). ↵
- Manuel de la Trinidad Corvalán (Mendoza, 1774-Buenos Aires, 1847) fue un militar y político argentino, líder del Partido Federal de la Provincia de Mendoza. Posteriormente fue edecán del gobernador de la Provincia de Buenos Aires y virtual gobernante de toda la Argentina, Juan Manuel de Rosas. (Extractado del Diccionario Biográfico Español). ↵






