Sábado 18 de Diciembre de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, noviembre 20.
Fieles a la tradición de visitar a los muertos, los parisienses han ido en su día a los cementerios a rogar por el eterno descanso de los que, amados en vida, viven en nuestra memoria.
Más de medio millón se han contado en los diversos cementerios de París, y como este mundo está lleno de ironías, otro medio millón de gente de todos colores se agitaba por las calles de París pensando en divertirse, que su culto no son los muertos sino los vivos.
Perdonen ustedes si les ofrezco números.
Que su elocuencia me excuse, triste elocuencia, tan triste que si así sigue el movimiento dentro de 126 años, ya no podrán ustedes venir a París a divertirse. Será el desierto, una necrópolis.
Los que se ocupan en estas estadísticas fatídicas han calculado que si en el primer semestre de 1906 los nacimientos han sido 398.710 y las defunciones 426.913, París estará solitario dentro del período susodicho.
Por mi parte, ni afirmo ni niego.
Déjole la responsabilidad al doctor Variot y la discusión de lo afirma a nuestros distinguidos exploradores de esos arcanos, los doctores Martínez y Carrasco[1].
La cosa me aflige, pero no tanto si en vez de París hubiera que leer Buenos Aires y como no padecer de ese egoísmo: la caridad bien entendida empieza por casa.
Por más que quiero, no puedo dejar de consignar algunos números en estas mis letras.
Los adjuro a ustedes encarecidamente a que tengan la paciencia de leerlas.
No carecen de significado. ¡Se quejan ahí tanto de que los impuestos son muchos y pesados!
Meditando, se me ocurre que en mucha parte hay que atribuirlo al socialismo importado.
No se contenta este con un trabajo fácil, abundante, asaz bien remunerado, ni le basta la cláusula liberalísima de la Constitución, la del artículo 16: “Todos sus “habitantes” lo subrayo, son iguales ante la ley y “admisibles” en los empleos públicos sin otra consideración que la idoneidad”.
No, no le basta eso al extranjero agitador, eso que lo equipara al ciudadano, eso que no existe en ninguna otra Constitución de pueblo libre, y que, entre otras causas, lo retrae de nacionalizarse, bastándole ser “habitante”.
¡Todavía quiere qué sé yo qué otras regalías!
De ahí su anarquismo.
Una vez en América se olvida de lo ingenioso que por estos barrios son cuando se trata de hallar recursos en la bolsa del eterno pagano. Del pueblo.
Cuando el caso, como dicen, el ministro Cochery acaba de introducir en el proyecto de presupuesto para 1910 un impuesto especial.
Merece un soneto la ocurrencia inesperada, un tanto ingeniosa.
Los avisos luminosos con palabras cambiantes o disposición movible, las proyecciones sobre transparentes o pantallas y, en general, todos los avisos luminosos que tienen una disposición fija y determinada y que sirven para una publicidad variable y múltiple.
Este impuesto será percibido a partir del 1° de marzo próximo. Será fijado por metro cuadrado o fracción de metro cuadrado. A saber:
4 francos en las comunas cuya población no exceda de 5000 habitantes;
6 francos en las comunas de 5000 a 50.000 habitantes;
8 francos en las comunas de más de 50.000 habitantes;
10 francos en París.
Los derechos precedentes serán reducidos a la mitad, siendo los avisos luminosos fijos.
Agreguemos que los avisos plantados en los campos y a lo largo de los ferrocarriles deberán ser timbrados a razón de 2 francos 50 por metro cuadrado.
¡Qué difícil es gobernar a los hombres!
De las mujeres no hay que hablar.
Salomón, que debió conocerlas, dice en los Proverbios o en el Eclesiastés: entre mil hombres he encontrado uno, entre todas las mujeres no he hallado una sola.
En el simbolismo bíblico, la traducción es que las mujeres son más volubles que nosotros, menos seguras.
No lo discuto.
Pienso solamente que si ellas fueran presidentes, gobernadores, senadores, diputados, ministros, no sé si la cosa andaría mejor; la cosa significa el gobierno que a estar a lo que se escribe y a lo que se dice no hay rincón del mundo donde algo o mucho no deje que desear.
El caso es tan apurado que unas veces, me parece, si gobierno implica buen arreglo y dirección de los negocios humanos, que mejor es ser ciudadano de la Gran China que ciudadano de los Estados Unidos de Norte América o del Paraguay.
Mirando a derecha e izquierda, examinando con la posible imparcialidad, frecuentemente me digo, soliloqueando, me quedo con los ingleses. Son los que más ayudan al gobierno para que vaya adelante con el mínimum de molestias, dándole a la masa el máximum de satisfacción.
Así, por ejemplo, ya hay en ese país una liga “Antisocialista de la Gran Bretaña” con un capital suscrito de un millón de chelines, y cuya liga tiene por misión equilibrar la balanza del trabajo y de sus beneficios, ora estén arriba los liberales ultra o los conservadores que, según lo que poco a poco se va viendo, no han de tardar en volver al poder.
El inglés es osado y prudente, aferrado a lo antiguo y reformista a la vez, lentamente.
Comienza, pues, a “asustarse” la opinión, la masa, ante los progresos del socialismo ¿cómo lo llamaremos? Llamémosle perturbador, y la susodicha liga es una consecuencia de ello.
Hoy es para mí un aniversario glorioso, siendo 20 de noviembre.
¿Qué pasó este día en 1845? Las bombas que mataban argentinos no eran las de anarquistas traicioneros[2].
El inglés discurre más o menos así: se ha tratado y se trata solapadamente de las observaciones de lord Rosbery* y otros liberales de corte antiguo, o sea de los que no comulgan con las ruedas de carreta de los socialistas “made in France”, de hechura francesa.
¿Qué resultaría, se pregunta, de la destrucción de los tales trozos enormes de capital como si solo fuera un balido (sic) de los hombres ricos?
Si tales sugestiones no son de mala fe, tienen que serlo de la ignorancia.
No se trata de defraudar a los ricos, arguye el sofisma.
Así será, no parece, sea lo que fuera se la replica, agregando: en principio tomar de los ricos para dar a los pobres en la medida propuesta dentro de los complicados mecanismos del presupuesto, es debilitar en no pocos los órganos productivos de todo el organismo económico; en otros términos, dañar a la comunidad entera incluso los pobres. Agréguese que no se puede repetir la maravillosa operación como se ha insinuado (el apetito viene comiendo), sin que no resulte lo de la leyenda Noruega, lo de las manzanas de Yduna. Con dedos delicados, las sacaba de una caja mágica, pero cuando el gigante con groseras manos quiso hacer lo que las diosas de Walhalla, desaparecieron.
El gigante no era socialista aunque bien podría ser así denominado.
¡Curioso!
Allá va nada más que como antecedente de lo que está haciendo que se diga la famosa discusión del presupuesto de la Gran Bretaña. Seis meses ha durado en los Comunes.
El cuasi monopolio de la prensa conservadora está siendo un peligro nacional escribe Mr. Chiozza Money, miembro del parlamento en el Daily News*.
El periodista liberal o socialista no puede hallar sino un patrón problemático, contra quince o veinte que está seguro de hallar su contrincante.
Que reflexione seriamente el lector sobre lo que ello importa a hombres cuyo oficio es escribir.
Conozco muchos casos de hombres instruidos, de ideas progresistas, que obligados por el hambre de sus familias, han tenido que trabajar en diarios cuyas opiniones detestaban. Así, mientras la gran mayoría de escritores y periodistas son liberales o socialistas, la gran mayoría de los diarios ingleses son ahora conservadores.
Dicen que la guerra de clases no indica amor humano sino odio humano, escribe Werner Sombart, profesor de Economía Política en Berlín, en un libro, El Socialismo y el movimiento socialista.
No creo que sea correcto esto, creo que en la guerra de las clases es muy posible pensar en nuestra humanidad común y en lo que une a todos los hombres en una familia como también en las cosas que los separan en la lidia social.
Los agentes en la lucha son hombres con las mismas alegrías y las mismas tristezas, para quienes Dios y el mundo, el nacimiento y la muerte, la juventud y la vejez, el amor y la amistad, la fidelidad y la traición, la salud y la enfermedad importan lo mismo, tanto para los de un lado como para los del otro, y la lucha social cuando todo se ha dicho, es poca cosa con las enumeradas.
Odiamos, luchamos, estamos separados por diferentes ideas y sentimientos; pero en vuestro cabello, como en el mío, hay señas de nieve.
Luego es muy posible respetar al hombre en nuestro adversario.
Desgraciadamente, no siempre es así.
Muchas veces he pensado que en este país y en otros… una de las reformas, la principal quizá, debía ser la reforma electoral.
Lo que el otro día se columbraba como una posibilidad, resulta ahora un espejismo.
Habrá todavía que esperar.
El gobierno está en contra y en todas partes, salvo raras excepciones y momentos clásicos, lo que aquel caballero quiere es lo que se hace.
Cuando se tiene una mayoría segura, es predicar en el desierto que el régimen electoral existente es vicioso malo, que no representa la opinión.
El que “está” no quiere exponerse a salir, sabiendo como sabe, que la banca que ocupa es una chiripa, que, como a otros con o sin asiento, no los acompaña ningún prestigio social ni popular.
El grupo de la reforma electoral continúa, pues, su gira.
Pero pierde su tiempo.
Los que ahí sigan el movimiento de acá no se equivoquen.
El campanario, es decir, la elección por “arrondissement”, triunfará en las próximas elecciones y después se verá si se ha de volver al escrutinio de lista con representación proporcional.
¡Qué cosa buena la estampa! ¡Y cuánto le debemos a Gutenberg!
Puedo así decir en público que he tenido el gusto de recibir esta carta:
“Muy distinguido señor mío: Permítome ofrecer a Vd. un ejemplar de mi libro “La historia de Europa y la segunda Roma. La significación histórica del cristianismo”, que le anuncié van ya dos años. No sé si el trabajo tal como pude llevarlo a cabo corresponderá, aunque fuese en mínima parte, a las benévolas palabras augurales que quiso Vd. dedicarme en “El diario” en aquella ocasión. Cábeme, empero, esperar que ha de reconocer Vd. la sinceridad del esfuerzo y la intensidad de la labor, lo cual ha de constituir para mí un motivo de la más alta satisfacción. Con este motivo me es grato saludar a Vd. con mi consideración más distinguida. Clemente Ricci[3]”.
El libro, trabajo de tanto aliento que ha requerido mil páginas en 4 para desarrollarse en toda su integridad, me ha hecho pensar desde luego en esto: no hay duda, caminamos, caminamos mucho con más o menos zig-zags, cuando hay lectores suficientes en la tierra argentina para costear los primeros gastos de una obra como esta, intensa, metódica, prolija, obra de filósofo que aunque en español dará la vuelta del mundo científico.
Nuestra amada lengua no está en decadencia; pero, hay que convenir en ello con dolor, no está a la moda.
No voy a intentar un juicio crítico microscópico siquiera, de un libro de tamañas proporciones. Sencillamente voy a consignar algunas impresiones de lector que se ha apresurado a salir de dudas.
No tengo, por otra parte, espacio ni corresponde a la índole de estas páginas volantes ni a la intención que me las dicta, siempre y siempre contando con la indulgencia de mis paisanos, que si los platos que les sirvo saben mal, no es por falta de voluntad de hacerlo mejor seguramente.
Hay un punto cardinal: es el eje de esta obra notabilísima, de estilo fácil, demasiado frondoso quizá; es la única tacha que le pondré, punto sobre el cual Ricci y yo coincidimos.
Me refiero a lo que he consignado en dos de mis últimas publicaciones: que la misma invasión de los bárbaros fue un “progreso”, porque derrocando los dioses mosaicos del Capitolio, permitió que el cristianismo difundiera su semilla fecunda de confraternidad.
Dicho esto, réstame solo agregar: ¡mil gracias! Sapiente publicista, por la hermosa consignación que ha llegado sin avería, no obstante el peso.
Gracias también a la bella Italia, que nos manda al Plata ejemplos como este de labor incansable.
No tiene mayor importancia mi juicio sobre estas materias, sino en cuanto no conozco ni de vista la insinceridad. ¿Me resta algo más?
Sí. Helo aquí, hablo por otros labios, haciendo míos los del moralista: “Trois choses sont necessaires pour faire un bon livre, le talent, l’art et le métier c’est a dire la nature, l’industrie et l’habitude[4]”.
¿Las posee Ricci*?
Sí, y en síntesis, estimulante para todo el que aspire a sobresalir en mi terruño amadísimo remontándose.
Anticipo un feliz año nuevo a los que en él siguen viviendo llenos de esperanza, sin cuyo requisito todas son tristezas en el hermoso planeta que habitamos.
- Ver PB.23.06.1909.↵
- El 20 de noviembre de 1845 tuvo lugar la batalla de la Vuelta de Obligado, en aguas del río Paraná, sobre su margen derecha y en el norte de la provincia de Buenos Aires, en lo que hoy es la localidad de Obligado (partido de San Pedro). Se enfrentaron las fuerzas de la Confederación Argentina, liderada por Juan Manuel de Rosas —quien nombró comandante de las fuerzas porteñas al general Lucio Norberto Mansilla, padre de Lucio V.— y a la escuadra anglo-francesa, cuya intervención se realizó bajo el pretexto de lograr la pacificación ante los problemas existentes entre Buenos Aires y Montevideo. Los europeos pretendían establecer relaciones comerciales directas entre Gran Bretaña y Francia con las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, sin pasar por Buenos Aires ni reconocer la autoridad de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación. (Extractado de Peña, J. M. y Alonso J. L. La vuelta de Obligado y la victoria de la campaña del Paraná. Buenos Aires: Editorial Biblos, 2012). ↵
- El historiador y filósofo italiano Clemente Ricci nació en Pavía en 1873. Se radicó en la Argentina en 1893. Cursó estudios de filología clásica y fue profesor de Historia de las Religiones -cátedra que él mismo creó- en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y también de Historia de Grecia, Roma y la Edad Media. También fue decano de esta facultad. Presidió el diario La patria degli italiani y fue miembro cofundador de la Academia Argentina de Letras. Entre sus obras cabe destacar La significación histórica del cristianismo (1909), Un puritano argentino, Francisco Ramos Mexía (1913) y El clero argentino de 1810 a 1939. En la Historia de los italianos en Argentina, señala Fernando Devoto que “Ricci, antiguo alumno de del Instituto Histórico dirigido por Cesare Cantú en Milán, desarrollaría una vasta carrera docente y de investigación, en especial, en el campo de la historia antigua y medieval, en el Instituto Nacional Superior del Profesorado y, sobre todo, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde sería el impulsor de la investigación filológica aplicada a la historia universal”. [Enciclopedia de la Argentina, 2002, p. 1169].↵
- “Para hacer un buen libro son necesarias tres cosas: talento, arte y oficio, es decir naturaleza, industria y costumbre”.↵






