Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

EL DIARIO

Miércoles 9 de Junio de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, mayo 14.

    

Nuestra Argentina es un país de diarios, vale decir, de publicidad.

Pero comparando esto con eso me parece descubrir que ustedes están un poco atrasados en lo que yo llamaré la ciencia de los avisos; y digo exprofeso “ciencia” porque ciencia es sinónimo de habilidad.

Oigan ustedes los que pagan y los que pagados prestan el servicio.

Es la conclusión a que ha llegado un escritor sobre la materia, la síntesis.

Cuando una casa de comercio ha decidido consagrar cierta suma de dinero para hacerse conocer del público debe elaborar con el mayor cuidado un plan de campaña.

Los órganos en que hará que aparezcan sus anuncios.

El estilo, el tema de los “reclamos”.

Todo esto debe ser variado según el público a quien se dirija.

La redacción de los anuncios, su ilustración artística.

Son problemas que requieren muchos conocimientos, mucha habilidad, mucha reflexión en los que pretenden resolverlos.

La fórmula de publicidad que triunfará siempre es la que apele a la inteligencia del público.

No hemos de tardar en ver ―digo yo― estudios de publicidad como los hay de abogados.

Es tan importante la materia que una gran casa inglesa ha hecho este ensayo: gastaba diez mil esterlinas en avisos y reclamos y vendía dos millones; suspendió los avisos y reclamos, y la venta bajó casi un treinta por ciento.

Volvió, pues, a lo primero gastando quince mil libras, y vendió más de un cuarenta por ciento.


Una “mademoiselle” de Cherburgo acaba de celebrar en bastante buen estado de salud ¡¡su “104” aniversario!!

¡Y otra de “nueve!” ha dado a luz en una comuna de Tours un chiquillo rollizo; y a tan prematura edad hace gala de discreción no queriendo por nada denunciar a su seductor.

El caso preocupa a la justicia, a los fisiólogos y a los juristas. ¿Qué edad tendrá él?, pregunta la curiosidad.


El anhelo es la paz, la concordia, la buena amistad, sobre todo entre las testas coronadas, convenido, escribe un diario alemán y, refiriéndose a su tierra y a la inglesa, dice textualmente: “Sí, después de eliminar los “más” y los “menos” parece probable que existan buenas relaciones entre la Gran Bretaña y la Alemania”.

El World* contesta:

A truce to the minus,

And here’s to the plus!

Let friedship entwine us!

A truce to the minus!

Let sound sense incline us

To kick up less fuss.

A truce to the minus!

And here’s to the plus!

Y el verso en “vil prosa” reza de esta manera: ¡Una tregua al menos! ¡Y brindemos al “más!” ¡Que nos una la amistad! ¡Una tregua al menos! ¡Que a menos alboroto incline el sentido práctico! ¡Una tregua, sí, al menos; y brindemos al más!


Es una gran cobardía renunciar a una amistad personal, de años, por interés, dice el moralista X que colabora en una revista inglesa.


Pasará que en Oriente nada sea como en Occidente, las horcas no tiene la forma de las que conocemos sino la de un cucurucho en esqueleto, formado con tres vigas, y en el centro está colgado el turco que no fue revolucionario, todo lo cual puede verse en el último número del Graphic[1] de Londres.

Y para que la libertad turca sea como la de Fígaro, los Jóvenes Turcos* han suprimido todos los diarios de oposición.


Otra vez más tenemos que repetir: todo se reproduce en la historia. Recuerden ustedes lo que dice Beaumarchais* en Le mariage de Figaro[2]: “Se ha establecido en Madrid (mejor dicho en Constantinopla), un sistema de libertad sobre la venta de las producciones, que se extiende hasta las de la prensa; y que con tal de que yo no hable en mis escritos ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de la gente en posición, ni de los cuerpos con crédito, ni de la Ópera, ni de los otros espectáculos, ni de nadie que algo signifique, puedo imprimir todo libremente bajo la inspección de dos o tres censores…”.


Sir Laurence Alma-Tadema[3], evocando sus reminiscencias en el periódico Straud Magazine, dice: “Muchas veces se me pregunta qué libros me han ayudado. Por supuesto cito primero y pongo ante todos el Libro de la Naturaleza; pero el de Leonardo de Vinci mo hacerse pintar fue para mí de gran utilidad en mi juventud, y siempre le he estado profundamente reconocido por los consejos firmes y sólidos que en sus páginas encontré. A más de eso, debo a este gran maestro el lindo dicho: “No crean ustedes que todos los que tienen ojos ven”. Es preciso saber que los ojos que ven son solamente los que se han hecho con el saber (con la ciencia). Yo no puedo trabajar con la regularidad de algunos artistas, Leighton, por ejemplo, el cual podía adjudicar cada parte de su día a la tarea asignada, tantas horas a un modelo, tantas horas a un cliente, tantas más a estudiar y así para lo demás. Un cuadro mío puede no hacer progreso visible durante días. Nunca sé de antemano si voy a hacer mucho o poco”.


Lord Charles Beresford*, que sabe un poco más que los que llamaremos almirantes de guardia nacional o de salón, sigue su campaña.

Escribía el otro día, no pudiendo concurrir al mitin de Bournemouth:

“Deseo a ustedes un éxito completo en el propósito de abrirle los ojos al país sobre los peligros que resultarían de nuestra falta de preparación para la guerra. Si el país conociera la verdad verdadera se produciría un pánico”.

Y el gobierno no ha tenido más remedio que consentir en la “enquete” sobre la situación pedida por el simpático marino.

Los que tienen autoridad por sus conocimientos técnicos, más o menos escriben lo que traduzco como se leerá.

No hay error más grosero que estimar el valor de una flota del punto de vista del combate, sumando el número de cañones, el número de toneladas, cuando los hombres de acción experimentados dicen como lord Beresford*, “no estamos preparados”, y tanto menos lo estamos cuanto que los optimistas como Sir John Fisher, en los planes del almirantazgo han contado con la flota francesa del Mediterráneo, flota atacada, según lo vamos viendo, de la peor de las enfermedades: la “ociosidad”, combinada con la falta de control o fiscalización administrativa y el favoritismo.


El acontecimiento social con que puede decirse que comienza la season en Londres es el casamiento del “little mongre”.

Él es Harry Edward Albert Mayer Archibald Primerose, Lord Dalmeny[4], por cortesía e hijo mayor de Lord Rosebery*.

(Un poco largo todo esto. Pero así son las filiaciones de la gente butibamba y butibarreno en Inglaterra “ed altri siti”).

Ella, la hija de lord Henry Grovesnor, tercer hijo del primer duque de Westminster (en 1831 los condes de Grovesnor fueron hechos marqueses y no recibieron el título de duque hasta 1874).

Este prenombre de Mayer en medio de los demás tan ingleses (¡qué más curioso!), se explica porque lord Rosebery, aunque muy rico, se casó en 1878 con la hija del barón Mayer de Rothschild, casamiento que la reina deseaba mucho teniendo grandes simpatías por los judíos. El mismo rey, príncipe de Gales, entonces lo anhelaba “et pour cause”, o más claramente, por no huirles a los israelitas millonarios.

Este casamiento hizo muchísimo ruido en su tiempo, lo que se comprenderá si ustedes se acuerdan que fue en 1858, después de varios rechazos en la cámara de los lores, que se votó el bill permitiéndoles a los judíos ocupar una banca en el parlamento.

De ahí que el nuevo marido fuera durante cierto tiempo designado por el nombre de “little mongre” (mongre significa un perro mestizo).

¡Y cómo han caminado y cambiado los tiempos! Hoy día la flor y la nata de la aristocracia inglesa se apresuraba a concurrir a la ceremonia nupcial, solicitando muchos olvidados el favor de una invitación.

Los jóvenes esposos han recibido regalos estimados en más de cien mil libras, y, en primera línea, presentes del rey y de toda la familia real.

Después de haber servido algunos meses como teniente segundo en los Granaderos de la Guardia, lord Dalmeny entró al parlamento. Pero su corta carrera parlamentaria no ha sido un éxito y ya no volverá a presentarse como candidato; lo que prueba que es más fácil casarse con mujer platuda que ser elocuente.


Cumpliendo un triste deber, fui el otro día al funeral de Teodelina Fernández de Alvear[5]. Me tocó estar al lado de Ángel Estrada[6] (padre). Al salir hicimos una observación: hay tantos argentinos en París que uno se creería en Buenos Aires, Rosario o Córdoba. Ahí habríamos visto más extranjeros… ¡Que la virtuosa matrona descanse en paz!, ¡qué destino el suyo!


Este es el sexto y último medallón de Waverley y se refiere a lord Beresford*, que seguramente volverá a la Cámara de los comunes.

Ya ha estado entre ellos tres veces.

La última vez representó a Woolwich.

Lo eligieron los obreros del arsenal. Poco después renunció para volver al servicio activo.

En Inglaterra nadie, ocupando un cargo lucrativo que depende de la corona, puede ser miembro de los Comunes, aunque (¡qué país raro!) por una cláusula especial del “Placet Act” esta restricción no se aplique a los mandos navales y militares, y así se ha visto en épocas pasadas que oficiales con grandes comandos se sentaban en los Comunes.

Por otra parte, como en virtud de los reglamentos de los ministerios de guerra y marina la ocupación de un puesto en los Comunes es considerada como incompatible con el ejercicio de esas funciones militares, los miembros de la Cámara de los Comunes que son llamados a un mando cualquiera dejan su asiento aceptando el puesto nominal de “Steward of the Children Hundreds”.

Ningún miembro de la cámara de los comunes puede renunciar mientras dure su mandato.

Pero cuando quiere renunciar a su asiento, se hace nombrar a ese singular puesto.

Los “Children Hundreds” era en otro tiempo un “bosque” que pertenecía a la Corona, situado en el Buckinghamshire bajo la administración de un “steward” (intendente). Hoy día el bosque no existe, pero el cargo, sinecure, existe siempre y produce 20 chelines por año.

Como procediendo así resulta funcionario de la Corona, su puesto queda vacante y se procede a una elección parcial. Es el gran canciller del Echiquier (hacienda), el que nombra a este empleo original desde 1750, época en la que John Pitt fue nombrado Steward de los Children Hundreds.

El almirante Beresford* acaba de ser electo miembro del Athenaeum Club, que es uno de los más antiguos de Londres y de más difícil acceso.

El número de sus miembros es limitado, y los que desean entrar en él deben hacerse inscribir en una lista en la que esperan a veces muchos años antes de ser sorteados. Esta lista está siempre llena. De ahí un dicho sobre el Athenaeum: “para ser miembro a los 50 años es menester inscribirle al nacer”. Pero la comisión tiene el derecho de elegir cada año nueve personas que se hayan distinguido de un modo particular (como Lord Beresford*). Es pues este el club más difícil de Europa y el único del que puede decirse que se compone de pura gente selecta.


No sé a derechas cuándo partirán estas letras. Pero como las escribo el 1° de Mayo no está demás que refresque la memoria de ustedes.

Somos tan olvidadizos que hasta de lo que más interesa solemos olvidarnos por más que el egoísmo sea el gran motor universal.

¿A quién se le deben estas manifestaciones tumultuosas?

He aquí la historia.

El 1° de Mayo tiene ya veinte años.

Nació en 1889 en un congreso socialista internacional que se celebró aquí en París.

Un delegado emitió la proposición de una manifestación anual internacional de todos los trabajadores.

Se discutió sobre la elección de la fecha, y como ya los obreros americanos del Norte habían hecho un ensayo de huelga general el 1° de Mayo de 1886, con la esperanza de obligar así a los patrones a concederles la jornada de ocho horas, se eligió esa data.

Es pues a los yankees a quienes se les debe el flaco servicio de estas agitaciones que, por estos mundos, parecen declinar, en tanto que entre nosotros, copistas de lo malo, ya ensangrientan un suelo hospitalario donde no faltan ni el trabajo ni los salarios.


Caló el chapeo, requirió la espada.

Miró al soslayo fuese y no hubo nada.

El fiasco puede decirse de la manifestación del 1° de Mayo en este país, proviene en mucha parte de las modificaciones que se han producido, según lo vengo observando, de algún tiempo a esta parte, en el espíritu de las grandes masas de los obreros.

Comienzan estos (¡oigan ustedes!) a comprender que la explotación de los “revolucionarios” es todavía mucho más peligrosa que la de los “patrones”.

No hay por esto que pensar, o que hacerse la ilusión de que estos socialistas, más o menos anarquistas, se resignarán a representar un mero papel académico.

Por lo pronto no ocultan que hacen campaña por la “greve generale” ―la huelga general― es decir por la forma revolucionaria de la lucha de los obreros contra los patrones, de los empleados contra los que los emplean, o sea, de una mitad del cuerpo social contra la otra.

¿Y qué quieren?

Nada de barricadas, es muy arriesgado.

¡Nada de batallas en las calles! La rebelión armada pronto sería ahogada en sangre. ¡Nada de bombas ya! Hieren al azar, pueden matar un hombre, no matan un régimen.

Y lo que queremos, dicen, es eso, eso y nada más es lo que se propone la nueva revolución.

Es toda una sociedad su punto en blanco.

Es todo el edificio institucional lo que quiere derribar.

Y para conseguirlo, para derrocar las viejas ciudadelas a pesar de las guarniciones que todavía las defienden, era menester hallar otra cosa.

Ya la tienen. La usina, los arsenales, las oficinas quedarán desiertas a la misma hora, toda la vida activa de la colmena del trabajo.

Si esto no bastare, allá veremos, escriben. Otras cosas intentaremos: no funcionarán los telégrafos, ni el teléfono, ni el correo, ni los ferrocarriles, ni la electricidad, ni el gas y será la oscuridad y veremos entonces si siguen ciñendo la jareta de la bolsa.


El memorándum dirigido por lord Beresford* a Mr. Asquith* sobre el estado de la marina se refiere esencialmente, me dicen, a los puntos siguientes:

Falta de homogeneidad de la flota en las aguas inglesas.

Instrucción insuficiente e ineficacia de las tripulaciones, resultado de mantener los barcos la mayor parte del tiempo en los puertos o apostaderos.

Retraso y negligencia en las composturas.

Buques auxiliares insuficientes.

¡Deficiencias de las proveedurías!


La proximidad permite ver, si no mejor, con más frecuencia.

Resulta así que estando en Francia me ocupo un poco más de cosas de España que cuando vivía materialmente entre ustedes. Y así digo porque moralmente no pasa un solo día sin que mi pensamiento no les envíe a ustedes íntimos votos de salud y alegría (cosillas difíciles).

Pero vamos cuanto antes al substantivo, como decía la señora de mi cuento, que consiste en dos cosas: que conozca ahora a España un poco más, que la quiero un poco más, que la admiro un poco más y todo lo demás que ustedes quieran; y que a medida que la observo, que la estudio y que la conozco mejor, mejor veo, o me parece ver mi tierra y sus cosas, en un sentido tan diferente de estas y en otro tan parecido, casi semejantes.

¿Herencia, atavismo, predestinación, qué?

No es este el momento de engolfarse en tan complicado problema. Pero el caso es que hay momentos en los que suelo dudar de si lo que estoy leyendo, es escrito aquí, o ahí, después de una elección cualquiera o antes.

El otro día verbigracia decía un diario de Madrid antes de una elección, con la ley reformada:

“Como ensayo de un régimen nuevo, o al menos de nuevos procedimientos en el ejercicio del sufragio, despiertan interés y curiosidad las elecciones municipales que hoy han de celebrarse. Pudiera decirse que en ellas, más que el problema municipal que han de resolver, sustituyendo con concejales nuevos los que ya vieron terminado su mandato, interesa el funcionamiento del nuevo mecanismo electoral. Nuestro sufragio padecía dos males; uno, el mayor, el fundamental, era el desdén y el despego con que lo miraba la mayor parte de los ciudadanos; otro era el falseamiento y el amaño con que los caciques y los muñidores lo hacían útil para sus fines bastardos. Hubiera sido importante dilucidar, antes de aventurarse en toda reforma, si aquel desdén y retraimiento de la mayor parte de los electores nacía de falta de civismo o era una justificada falta de fe en la eficacia del sufragio, ejercido a la manera española”.

Amor propio aparte y prescindiendo de lo que la pasión o el interés político nos hacen sostener, ¿no es verdad que esos parrafitos parecen escritos entre nosotros y para nosotros?

Por supuesto que las elecciones han tenido lugar, y que el resultado no ha satisfecho sino medianamente a güelfos y gibelinos. ¡Paciencia! Con el tiempo maduran las uvas.


Si Argos, con sus cien ojos fuera habitante de este mundo y viviera en París, por más vigilante y curioso que fuera no tendría la facultad de saber todo lo que diariamente pasa en este pandemónium.

¿Qué tiene entonces de extraordinario que yo, que hasta cierto punto hago más vida subjetiva que objetiva, haya ignorado lo que supo días pasados, leyendo El Imparcial* de Madrid?

Decía, bajo el epígrafe de: “Congreso de lenguas vivas. La representación de España”:

“Con un espléndido banquete se ha despedido el Congreso Internacional de lenguas vivas celebrado en la Sorbona. Han asistido 570 congresistas enviados por todos los gobiernos de Europa y América. España ha sido, como de costumbre, una triste excepción. El presidente del Congreso escribió a nuestro ministro de instrucción pública invitándole, como a los de las demás naciones, a que enviase un representante oficial. El señor Rodríguez San Pedro[7] no se dignó ni siquiera contestar. Así y todo, no hemos carecido de representación en este importante acontecimiento de la cultura universal. El catedrático de francés del instituto de Burgos, don Rodrigo de Sebastián, por espontánea iniciativa y a su costa, ha subsanado la inexcusable negligencia del señor ministro. Un extranjero ilustre, M. Merimée[8], entusiasta hispanófilo, levantó su voz en homenaje de la lengua de Cervantes, y como expresara su sentimiento por no oír hablar en castellano, el señor Sebastián, aprovechando hábilmente la ocasión, tomó la palabra y pronunció un sentido discurso, mitad en francés y mitad en español, que alcanzó unánime aprobación y caluroso aplauso. Recordó la importancia de nuestra lengua, que hablan sesenta millones de personas, y puso de manifiesto los excelentes resultados de las colonias escolares, como ha podido comprobarse en las establecidas en la antigua capital de Castilla la Vieja, procedentes de la universidad de Toulouse, y de las que, por cierto, es el alma el entusiasta profesor burgalés que tan bien puesto ha sabido dejar nuestro pabellón en el Congreso de París, secundando oportunamente las nobles alusiones de Merimée”.

Hasta aquí el diario de España.

Fui, pues, a la fuente segura donde cosas por este estilo se averiguan, y me contestaron: es la primera noticia que tenemos, lo que Vd. nos pregunta.

Vale decir entonces que en el susodicho Congreso hemos brillado, como la madre patria, por la ausencia.

¿Por qué?

¿No nos invitaron?

En todo caso no es como para consolarse exclamando: ¡bien haya quien a los suyos se parece! sino a la cambiada.


  1. The Graphic fue un periódico británico ilustrado, publicado desde 1869 hasta 1932. Fue la competencia principal del diario popular Illustrated London News y un importante espacio de difusión para muchos artistas gráficos del período.
  2. El día de las locuras o El casamiento de Fígaro (La Folle Journée, ou le Mariage de Figaro) es una comedia en cinco actos de Beaumarchais escrita en 1778 cuya primera representación tuvo lugar en 1784 tras varios años de censura. Obra maestra del teatro francés e internacional, la obra se considera, por su denuncia contra los privilegios arcaicos de la nobleza, como uno de los signos primigenios de la Revolución francesa. (VIAF: 312330687).
  3. Lourens Alma Tadema, conocido como Lawrence Alma-Tadema (Dronryp, 1836-Wiesbaden, 1912), fue un pintor neerlandés neoclásico de la época victoriana, formado en Bélgica y afincado en Inglaterra desde 1870. Es conocido por sus detallistas y suntuosos cuadros inspirados en el mundo antiguo. (VIAF: 68986036).
  4. Archibald Philip Primrose, quinto conde de Rosebery, KG y PC (1847-1929), fue un político británico, perteneciente al Partido Liberal del Reino Unido, primer ministro durante el periodo 1894-1895. También fue conocido como Archibald Primrose (1847-1851) y como Lord Dalmeny (1851-1868). Rosebery fue un liberal imperialista, por lo que favoreció una fuerte defensa nacional e imperialismo en el extranjero, y reformas sociales en el interior, aun siendo un firme opositor al socialismo. (VIAF: 4938429).
  5. Teodelina María Josefa Fernández Coronel (1831 – 1909). Datos extractados de Geneanet.
  6. Ángel Estrada (1840, Buenos Aires—1918, Buenos Aires). Fue socio fundador de la Sociedad Rural Argentina. Formó parte en 1870 de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares creada por iniciativa de Sarmiento como vocal ad honorem. Como diplomático, en 1911 fue enviado como ministro plenipotenciario ante la Santa Sede y embajador especial ante el papa Pío XI, a quien debía agradecer la representación que enviara a la Argentina con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo. (VIAF: Q6173586).
  7. Faustino Rodríguez-San Pedro Díaz-Argüelles (Gijón, 1833–ibídem, 1925) fue un abogado y político español. Fue ministro de Hacienda, ministro de Estado y ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes durante el reinado de Alfonso XIII. (VIAF: 56213003).
  8. Mérimée, Prosper, conocido también como Próspero Mérimée (París, 1803–Cannes, 1870), fue un escritor, historiador y arqueólogo francés. Es autor de la novela corta Carmen, que sería inmortalizada en la famosa ópera homónima de Georges Bizet. (VIAF: 44302582).


Deja un comentario