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EL DIARIO

Lunes 5 de Julio de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 11.

     

Un instante de atención para hablar de una cosa seria que acaba haciendo reír, reclamo de ustedes.

La cuarta cámara del tribunal civil de París acaba de decidir que el mandatario “ad litum” de un alienado puede, en nombre de este último, válidamente intentar una acción de divorcio. Ha dictado una sentencia que liberta a un loco internado de los lazos matrimoniales.

¿Si recobra la razón y reclama a su mujer?

Un magistrado ha salido del paso muy espiritualmente, contestando: “Si reclama a su mujer es que no habrá recobrado la razón”.


La población de Australia, según una reciente estadística, es de 4.275.304 habitantes, casi todo un continente desierto. La cuestión es una de las que, con razón, preocupan a los que en Inglaterra piensan que gobernar es prever.

Hay así en Londres una sociedad llamada “Liga de inmigración para Australia”.

La preside un hombre muy distinguido, el doctor Richard Arthur.

En la lectura con que acaba de informar al público británico, en el instituto colonial, se leen los siguientes datos sobre qué se llama “the race for population”, la carrera por la población.

En ella el imperio británico se va quedando atrás.

Los 55 millones de anglosajones que viven bajo la bandera roja crecen lentamente, tan lentamente que solo acusan un aumento anual de 700.000, mientras que Rusia anota 2,5 millones, Alemania 1 millón; los Estados Unidos casi 1,5 millón y el Japón 750.000.

Y no es esto todo lo que alarma: lo que más influye en el hecho es la circunstancia de que los nacimientos decrecen en la masa de población blanca del imperio, en tanto que la más fecunda germinación es la alemana.

Nosotros los argentinos no nos inquietamos por falta de inmigrantes ni de disminución en los nacimientos, creo que hay una regular estadística nacional sobre eso: vivimos contentos en medio de una prosperidad general y no nos curamos, siquiera, de la llegada de malhechores de todos los vientos.

Al contrario. Siendo extranjeros, la consigna es: pasen ustedes adelante, caballeros, yo les haré a ustedes la policía, les daré a ustedes agua y alumbrado barato y ustedes no tendrán que trabajar mucho, ni que pagar impuestos directos, y si quieren trabajar mucho, ganarán muy buenos salarios, y si quieren votar en las elecciones municipales y en otras no faltará quien les dé tanto por cuánto.


El problema penal en la hora presente y la pena de muerte está planteado o se descompone en dos partes, a saber: una que considera el crimen en sí mismo y en sus efectos mal sanos, la otra que estudia más bien al criminal para medir si es posible, o la ligereza excusable o la odiosa perversidad peligrosa en sus intenciones.

Un pueblo primitivo y desdeñoso de los análisis ve sobre todo el fin que hay que reprimir en el acto. El estudio de las disposiciones interiores preocupa más a una generación como la nuestra, amiga de la psicología, amiga de los matices, inclinada a la indulgencia tanto por escepticismo como por piedad.

En realidad, sin embargo, los dos grupos de cuestiones se cruzan, hasta se puede decir que recíprocamente se llaman, y nunca se podrá sacrificar una de ellas.

Para darnos cuenta del estado del problema penal en nuestra época, las nuevas soluciones que se preparan y las antiguas soluciones que se mantienen o se rectifican o que se ratifican, hay que pasar revista de lo uno y de lo otro, dice Mr. Henry en un estudio a fondo sobre la materia, al que remito a ustedes.

Al mismo tiempo, para facilitarles el examen, quiero extractarles un trabajo que lo completa.

Me refiero a la Historia sangrienta de la humanidad, de Monsieur Fernand Nicolay, un erudito[1].

Las últimas ejecuciones capitales que hemos visto en este país de Francia, se lo han sugerido, poniendo sobre el tapete de la discusión los diferentes modos de aplicar la pena capital.

Se pregunta: ¿la decapitación debe ser reemplazada por la horca, como lo desea M. Lascassagne[2]? (¡si se pudiera suprimir las dos!) ¿Se debe recurrir a la electricidad a pesar de los deplrorables ensayos hechos hasta aquí por los americanos del Norte?

He aquí unas cuantas interrogaciones tan horribles las unas como las otras, y ¡qué fatalidad tener que hacerlas!

La Historia sangrienta de la humanidad es así un estudio que estremece sobre la evolución a través de las edades de la idea de castigo y sobre los orígenes de la legislación criminal.

Vese en ese estudio que la zorra de palos tan deseada en la hora actual por algunos criminalistas y por el prefecto de policía (se trata de Francia) para castigar a los Apaches era ya de práctica entre los egipcios. El joven, puede leerse en algunos monumentos faraónicos, tiene unas buenas espaldas, cuando se le pega, “escucha”.

Entre los egipcios esos la pena de muerte se ejecutaba de diferentes maneras, por la degollación, por la sajadura en pedazos, por la anegada (ahogar en el agua), según lo admite Salvá[3], reservada para las mujeres, y por la estrangulación, privilegio de los nobles.

Entre los hebreos, la lapidación prescrita por el levítico era la pena tradicional.

De los hebreos, la Historia sangrienta de la humanidad nos transporta a los atenienses, donde el presidente del Areópago o del tribunal de los Heliastes le preguntaba al acusado, más por astucia que por generosidad, qué castigo creía haber merecido. ¿Reconocía él haber cometido una gran falta? El acusado era tratado con indulgencia y viceversa.

De Atenas pasamos a Roma, donde retobaban en un cuero fresco, no fue, pues, invención santiagueña… y de Roma pasamos a las costumbres bárbaras de los germanos y de los francos… y el sangriento kaleidoscopios hace evocar sucesivamente mil visiones hasta los espectáculos modernos (no por cierto más civilizados que los antiguos) del garrote vil en España y de la electrocución en América.

Un capítulo sobre el suicidio, otro sobre la guerra, sobre los sacrificios humanos y sobre el origen muy curioso de la antropofagia, hay todavía que notar en este libro de sangre y de muerte.

Termina, era de esperarlo, haciendo conmovido un llamamiento a la piedad cristiana, y a la necesidad de regenerar por la educación y por la fe el mundo monstruoso de los criminales.

M. Nicolay está de acuerdo sobre este punto con M. Lacassagne*, el cual, siendo también partidario de la pena de muerte dice justamente: la intimidación de la pena de muerte no puede ser eficaz sino cuando es inexorablemente aplicada.

No sé qué pensar. ¿Y el perdón? Es también un ejemplo.

Finalmente, y para que el sangriento cuadro pueda algún día presentar colores menos fuertes, hay que persuadirse de esta verdad: toda medida que no empiece desde luego por el mejoramiento del niño será deficiente.

Educación moral, fe cristiana, he ahí lo que aleja más de la horca.


Estuve el domingo con Ramón A. de Toledo en Folies Bergere.

No hay argentino de los que han andado por estos mundos que no conozca el alegre teatro.

No fui a ver formas esculturales, cuadros más o menos vivos, cosas que me las sé de memoria, fui a ver un mono chimpancé tan educado, no cabe otra palabra, por un inglés que es un prodigio.

Vestido con frac negro con zapatillas de charol, guante blanco y sombrero de copa, no le falta a este cuadrhumano sino el uso de la palabra. Anda en bicicleta con rara destreza, para solo enumerar una de sus habilidades.

No me divertí. Admiré al bruto. ¿Qué pensamiento tendría al ver aquella sala llena de elegancias?

Mi amigo Toledo me preguntaba:

—¿Qué le ha parecido?, ¿no es como yo le decía –yo era su invitado– notable?

—Sí, notable, pero me siento como aturdido por tanto relumbrón fantástico, con tanto música, y como anonadado por esta idea, ¿descenderemos del mono realmente? ¿Tendrá razón Darwin?


“A Dios rogando y con el mazo dando”, dice el proverbio, y si los proverbios son, según se dice también, la filosofía de las naciones, me pregunto, y ustedes se lo preguntarán conmigo, cómo es que puede haber paz durante mucho tiempo cuando tanto se habla de guerra en el sentido, por ejemplo, de lo que a continuación extracto de la National Review* de Londres.

Empieza haciendo constar lo que en letras anteriores dije a ustedes: los éxitos de la policía alemana, la extensión de su influencia creciente de Europa.

Y, extendiéndose al respecto, expresa su sentimiento inglés así: es pues indispensable que las potencias de la Triple Entente* estrechen sus lazos. Una experiencia reciente les ha demostrado que los pacíficos (sic) sucumben. Deben pues organizar una defensa sólida y no tolerar agresión alguna contra ninguna de ellas.

La Gran Bretaña, particularmente, debe no solo mantener en el mar una supremacía absoluta, sino que debe desarrollar su ejército.

La Inglaterra tiene por deber imperioso el no desprenderse de los negocios del continente, porque su indiferencia equivaldría a la germanización de la Europa.

Es menester que haga sacrificios gigantescos (más claro, echarle agua) para mantener el rango del gran imperio.

De paso, la National Review* fulmina la hipocresía del káiser, que trata, como dicen los franceses, de “faux bon homme”.

Era esto la semana pasada. Ayer, el vizconde Esher, gobernador de Windsor, personaje que el Rey Eduardo* distingue con toda su amistad particular, ha pronunciado un brindis en Callender declarando, sin ambages, entre otras cosas:

“No soy alarmista. No pertenezco a ningún partido político, pero todo el que observe con ojo atento el curso de los sucesos políticos actuales de Europa y de Oriente se convencerá pronto de que el imperio británico se halla hoy en día en situación peligrosa”.

Y sigue: “Mi íntima convicción es que si el gobierno y las colonias no toman desde ahora medidas de precaución, nuestros hijos tendrán que combatir en esta tierra por su independencia. Las colonias deben ayudar a la madre patria, ellas corren riesgo también, y en cuanto al servicio obligatorio, dura medida, no hay qué hacer, tenemos que establecerlo, que organizar en una palabra un ejército fuerte para defender la casa y las colonias so pena que nos desprecien”.

Ahora bien, y que una simple interrogación baste: ¿pueden dos hombres armados no irse a las manos si no pasa un día sin que algo desagradable se digan?

Creo que no. Lo mismo pasa con las naciones, y en estos tiempos de prensa, mucho más que antes, porque la prensa no solo es la artillería del pensamiento sino la que prepara el sentimiento de simpatía o antipatía entre naciones y pueblos.

Con que así, he de insistir en ello, no como alarmista sino como observador. En tanto que por aquí se preparan: 1912 me parece la fecha crítica, ustedes ahí gobiernen, con esto digo todo, de modo que la conmoción y el incendio de este hemisferio nos alcancen lo menos posible. Falacia es creer que un gran conflicto europeo no ha de perjudicarnos en mucho o en algo.

El mundo moderno difiere del antiguo en que es solidario comercial e industrialmente. Y si la historia del género humano tiene páginas instructivas enseñando que no siempre acontece lo que se prevé, otras de esas páginas enseñan que es frecuente que suceda lo que no se ha creído posible.

Finalmente, téngase presente lo que dice el historiador alemán Johannes Scherr[4], gran autoridad: “La guerra”, se refiere a la de 1870, “estaba por consiguiente en las causas originales, era una de esas necesidades históricas que tienen su fundamento en la naturaleza de los hombres y en la existencia de los pueblos y en lo que todas las frases sonoras de los que sueñan con una paz eterna… no alteraran en una jota”.


Me habla usted en su última de la fuerza de la filosofía de Meredith*, y mi contestación es esta: esa fuerza consiste en que acepta al hombre como es, y no como debiera ser, como un animal social, con raíces en la naturaleza, capaces de incalculable desarrollo.


Es valor entendido que siempre que yo halle un libro que me parezca útil haré con ustedes como esas manos cerradas con el índice horizontal indicando el camino, es por aquí, y que ustedes se tomarán el trabajo de hacer las exploraciones del caso.

En esa inteligencia, diré a ustedes que el señor Harrington Sainssury, un inglés, acaba de dar a luz un curioso y muy bien escrito libro, pero muy bien, con perfume delicado, sobre esta prosaica materia: El uso de las drogas[5].

Claro está que no tengo espacio para analizar con menuda detención un libro de esta índole y no poco abultado.

Como quien le extracta el jugo a un asunto, si me es permitida la figura, he aquí la sustancia de este trabajo, desde Hipócrates hasta nuestros días.

Por drogas deben ustedes entender medicinas y alimentos, porque unos y otros suelen ser nocivos, según el uso y el abuso.

Lean ustedes y no será difícil que se persuadan; yo hace rato que de ello estoy persuadido, que si se muere de hambre algunas veces, muchas otras, no pocas, se revienta por haber engullido demasiado, ora alimento, ora drogas.

Luego, como ustedes ven, hay dos higienes, una para asimilar y otra para eliminar, siendo como se sabe, la higiene esa parte de la medicina que trata de la conservación de la salud.


Mi amigo, el elegante escritor en prosa y en verso, Robert de Montesquioeu*, ha pasado un mal cuarto de hora, qué digo, casi dos días de desesperación literaria.

Afortunadamente, Le Gaulois* no se parece al diario de marras, que jamás rectificaba.

Una vez afirmó que el sujeto X había sido condenado y ahorcado.

—Pero señor, sírvase usted rectificar, no ve que estoy vivo, habiendo sido absuelto.

—No puedo rectificar, lo único que puedo decir es que la cuerda de la horca se rompió y que lo demás se comprende, que usted se salvó de ese trance.

Bueno, Le Gaulois* ha corregido, rectificado, aclarado.

Hablando de Mistral[6], del gran Mistral, aunque no tanto como pretende Rostand*, que así se expone a que no lo crean muy versado en literaturas extranjeras, había escrito “le maître”, es decir, el maestro, el que enseña.

Los tipos tan burlones, a veces le hicieron decir “le traite”, es decir, el traidor.

Juzguen ustedes, como dije al principio, el mal humor de Montesquieou* que en estos trances al mejor se la doy, por mucho que cuente con el sentido del lector, buen sentido que aquí entre nos no poco suele dejar a veces que desear.

¿No es cierto?

     

Lucio V. Mansilla

    

Postdata:

Un folleto “sensacional” acaba de aparecer en Italia.

Se lo atribuyen a un almirante.

“Preparemos la flota” se titula.

Preparemos la flota, insiste, y el ejército de tierra, porque en 1912 tendremos que pelear.

El Austria nos invadirá sin decir agua va.

Yo no sé tanto. Insisto, sí, en decir a ustedes repitiéndome por la tercera o cuarta vez, que 1912 serán idus de sangre, y que aprovechando el intervalo se preparen para una crisis.

    

L.V.M


  1. Bajo este nombre, solo hemos hallado el título Historia de las creencias: supersticiones, usos y costumbres.
  2. Alexandre Lacassagne (1843-1924) fue un médico y criminólogo francés, fundador de la Escuela Lacassagne de Criminología, con sede en Lyon, principal rival de la escuela italiana de criminología de Cesare Lombroso. (VIAF: 42211985).
  3. Vicente Salvá Pérez (Valencia, 1786-París, 1849) fue un gramático, bibliógrafo, librero y editor español. (VIAF: 8771543).
  4. Johannes Scherr (1817-1886) fue un historiador y escritor cultural alemán, autor del libro Germania: dos mil años de historia alemana (1882).
  5. Sainsbury, Harrington. Drugs and the drug habit. Londres: E. P. Dutton, 1909.
  6. Frédéric Mistral (Provenza, 1830–Marsella, 1914) fue escritor francés de lengua occitana o provenzal, autor de Mirèio (1859), Calendau (1867), Lis isclo d’or (1875) y Nerto (1884), entre otras obras. En 1904 recibió el Premio Nobel de Literatura. En 1906 se publicaron sus Memorias. La poeta chilena Gabriela Mistral (cuyo verdadero nombre era Lucila Godoy Alcayaga) tomó su seudónimo de este poeta provenzal.


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