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EL DIARIO

Sábado 10 de Julio de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 18.

     

Tengo un admirador en la ciudad del Paraná, de la que conservo los más gratos recuerdos, habiendo pasado allí una buena parte de la juventud.

¿Y por qué no he de tener yo un admirador en el Paraná, un admirador que yo admiro a mi vez por su paciencia en leerme y por sus juicios benévolos sobre mi persona como hombre de espada y de pluma?

Se llama, permítanme que lo denuncie, Martín M. Domínguez.

Otros tienen admiradores en otras partes. A cada santo le llega su día. Yo tengo el mío en el Paraná, villa histórica, donde campearon por sus respetos hombres fuertes como Ramírez, Mansilla, mi progenitor, si no estoy mal informado, Echagüe y el formidable don Justo José de Urquiza, para solo nombrar cuatro, y villa de gente buena, laboriosa, platuda.

Me dice, este mi admirador, en larga e interesante misiva elogiosa que por eso no doy a luz, entre otras cosas, lo que sigue:

¿Por qué no hace usted una edición completa de todas sus producciones, el público y el congreso ayudarían a costearla, si usted no lo hiciera de su cuenta?

No es textual. Es lo esencial. A lo textual le he quitado algunas películas de crítica, no tan infundadas por la manía de nuestro congreso de ayudar editores a costa del contribuyente, que puede pensar a veces, y sucede, al revés del autor agraviado.

Pues no es nada lo del ojo ¡y lo llevaba en la mano!

Prescindo de lo político que he escrito con o sin firma en épocas distantes y no tanto: en “El Chaco”, “El Nacional Argentino”, “La Confederación”, “Don Basilio”, “La Argentina”, “La Patria”, “El Nacional”, “La Tribuna”, “La Tribuna Nacional”, “La Paz”, “El Mercantil”, “El diario”, “Sud América” “Tribuna” y algunos otros, chicos y grandes, como verbigracia el que sostuvo en Buenos Aires la candidatura de Avellaneda, que por ataxia mnemónica, no recuerdo ahora: pienso y repienso en ello, nada ¡más se perdió en el Diluvio!

Tampoco puedo recordar en qué diario escribí un folletín, “El buey”, que me gustaba mucho. Fue esto en el fuerte de las Tunas, frontera de Córdoba, muy poco después de recibirme del mando de dicha frontera. No sé qué le daría al que con él me obsequiara. Lo volvería a leer con tantísimo gusto por mediocre que sea.

Prescindo de eso, repito, y calculo a ojo de buen cubero mi germinación literaria no baja de unos treinta y pico de volúmenes, y todavía están ustedes amenazados de alguno o algunos más en vida o post mortem!

Aquí en París, a fuerza de trabajo, he conseguido reunir unos diez y seis volúmenes.

Me faltan no pocas cosas que, ni vivas ni muertas, digamos, hallo, sean buenas o malas.

Por ejemplo, no doy con mi drama “Atargul, o una venganza africana”, que tuvo éxito, ni con mi comedia “Una tía”.

Mis “Causeries” son cinco y medio volúmenes, debieron ser ocho. Pero con la broma del 90 que a más de cuatro hizo tronar, mi amigo y editor Alsina se acobardó y dijo ¡basta!

El público, por otra parte, no respondía a lo que es esencial. No compraba el producto. Se vendió en bruto para envolver.

Yo compré en una cigarrería en la esquina de Rivadavia y Florida unos cincuenta volúmenes.

¡Qué estímulo!, ¿no? Soy un incorregible.

Garnier hermanos[1] de París ha tenido más suerte que Alsina de ahí. Ha vendido bien todo lo mío en toda la América latina.

Para terminar este párrafo, les contaré a ustedes lo que aconteció con los materiales sobrantes de mis “Causeries”; que el amigo Alsina me devolvió. Ya he dicho que tengo cinco y medio y que debieron ser ocho.

Un admirador, otro que tengo, o que tenía, quién sabe si sigue admirándome todavía, es oriental, de Montevideo, me pidió para leer los sobrantes de la referencia.

Resumen: no he vuelto a juntarme con ellos, y me dicen que el detentor amable continúa admirándome, sin perjuicio de no haber contestado a dos o tres cartas que hace fecha le escribí, diciéndole: amigo, mucho me costó coleccionar eso, con que así afloje.

Nada. Allá por muerte de un obispo algún diario de Montevideo publica como inédito algo de lo detentado. Es un consuelo, lo agradezco.

Con que así, mi distinguido señor: He aquí mi plan, por ahora. Me parece mejor esperar a que yo esté en la región callada de los muertos, vulgo, difuntería o fosa común; donde los unos dicen que reina un silencio profundo y los otros ¡que no! que de noche se oyen ruidos extraños, el crujir de los dientes, sin duda, de los que no quieren bajar a los infiernos por el calor sofocante que allí hace y otros inconveniente.

Cuando yo no ande ya por estos mundos, mi señor don Martín M. Domínguez, ¿será usted español?, no faltarán curiosos que se interesen en lo que en vida hizo el que fue.

Ellos husmearán, catearán, hallarán mucho o poco en la ganga y yo saldré ganando; los herederos de mi apellido al menos, si son parientes sobre todo.

Porque habrá usted observado, señor Domínguez, que cuando alguien se muere, ora fuera significante o insignificante mientras resolló, resulta que todo lo que hizo, lo que dijo, lo que escribió y hasta lo que no pensó, había sido mucho más meritorio de lo que se había creído.

Filosofando en conclusión, que me falta latitud, la muerte tiene tantas ventajas para algunos prójimos, que los que se quedan suelen pensar viendo pasar el carro o el coche fúnebre del que se va, ¡pero señor, y yo que lo había creído otra cosa!, ¡qué injustos somos los hombres! y ¡cómo nos influyen las circunstancias!

Razón hasta la pared de enfrente tuvo el egregio poeta español cuando exclamó: “muérete y verás”.


Un mi amigo de Buenos Aires me pregunta que si me estoy haciendo capuchino, a lo cual no queriendo discutir el punto, contesto:

“San Agustín encontró un día a la orilla del mar a un hombre que en forma de ángel se ocupaba en sacar agua con una concha para arrojarla en un hoyo.

―¿Qué haces? preguntó al niño el que después fue San Agustín.

―Trato de secar el mar, contestó el interpelado.

―¡Pero eso es pretensión imposible de conseguir!

―Y tú, pobre mortal ¿cómo pretendes hacer caber en los estrechos límites de tu cerebro la inmensidad de los misterios de la fe?


La mayor parte de los hombres se envejecen sin darse cuenta que van para atrás y se detienen cuando ya es tarde. En cuanto a las mujeres, a fuerza de verse con la máscara de los afeites, pierden la noción de la vejez y el día que dicen ¡basta! se asustan de la realidad de su propio retrato.


Hay entre este escritor y yo una diferencia; que él me conoce a mí y yo no lo conozco a él.

Hay otra más; que él es joven, supongo que lo es, lo mismo que él supone que Pascal era “pálido” como cera virgen, y que yo soy ya un hombre machucho.

Tenemos, sin embargo, un punto de contacto; que yo he escrito un librito, Estudios Morales, con prefacio de Maurice Barrès*, y él un libro de estudio analítico sobre algunos moralistas eminentes.

No se trata aquí de mí sino de él, a quien me anticipo a decirle, quedo obligado a su fineza en remitírmelo.

Y no tratándose de mí diré, como Voltaire, hablando de los épicos clásicos…

“Parler de moi serait trop fort et j’attendrai que je sois mort pour apprendre quelle est ma place[2]”.

Pero vamos a Pedro Sondereguer*, o a su excelente producto Los Fragmentarios.

Me gusta el género pero, no debo disimularlo, no me satisface el título; yo le habría puesto, “Fragmentos filosóficos”. Con igual franqueza agregaré que Sondereguer piensa como yo o yo como él y que su criterio es el mío y que con el repito el mundo curado al fin de la enfermedad que le inoculó Schopenhauer está lleno de alegría… dudando sin embargo un poco de que la cura sea universal.

Divergencia más o menos aparte, e ignorando por completo quién es este amable autor que no me parece necesitar estímulos (míos), aquí concluyo con él.

El vigor de su estilo, que a fuerza de retocarlo y pulirlo, acabará por ser impecable. Es una promesa para las bellas letras argentinas.


Los que hayan leído en la Revue des Deux Mondes* de junio 1°, el artículo de Monsieur Emile Ollivier[3] titulado “Nuestra respuesta al bofetón de Bismarck”, o sea, los preliminares de la guerra de 1870, harían bien, si quieren informarse debidamente, en leer algo así como una réplica o rectificación que bajo la firma de Monsieur Henry Welschinger hallarán en el Journal des Debats[4] de junio 4.

Es siempre curioso ver cómo suelen equivocarse los más distinguidos escritores. Ollivier* lo es. Su contrincante le observa, entre otras cosas, dos que no son como para excusar a los franceses cargándole a Bismarck toda la romana de la guerra.

De todo esto concluye monsieur Welschinger, yo me lavo las manos que fueron las “proposiciones” francesas de última hora las que le permitieron a Bismarck ponerlo al gobierno imperial en la alternativa de sufrir la más cruel injuria o desenvainar la espada.

Y así se hizo una guerra desastrosa para Francia, guerra que no quería el rey Guillermo*, que no quería Napoleón (él, ella sí) y con lo dicho y lo replicado por los dos citados contendores se aclara un punto obscuro para no pocos, puntos que podemos llamar: la luz sobre el despacho provocador de Bismarck que, hablando con propiedad, no fue una “falsificación” sino una “mistificación” habilísima para precipitar la guerra.

Una observación muy personal para concluir este párrafo. Se me ocurre que alguien piense al leer tanta cita en francés, “¡qué “galicursi” está este Mansilla!

Pues que me perdone, no lo volveré a hacer más, como todos hemos dicho siendo chicos. Pero me ha parecido mejor y menos expuesto consignar lo citado como va, a lo que se agrega lo difundido que está la lengua de Moliére ahí. Y si no, ¿a qué tanta conferencia en ella?


No voy a entretener a ustedes con extensos comentarios sobre la venta de los cuadros al rey Leopoldo*.

Baste esto; unos belgas sostienen que el Rey no debe vender esos cuadros, otros que tiene el derecho de hacerlo, que son su propiedad particular. ¿Y si los yankees se los llevan, dicen no pocos al famoso Van Dyck*, que es una de las atracciones de Bruselas?

Lo sentiremos mucho.

Será más difícil verlos.

Bueno, allá veremos cómo acaba el pleito.

Mientras tanto, ¿saben ustedes cuánto costó este Van Dyck?

Apenas nueve mil francos, primero, y el Estado pagó después ciento cincuenta mil.

Pero, ¿cuánto vale ahora? That is the question!

Confieso que la ley que rige la oferta y la demanda en esto de pinturas famosas más o menos viejas es de lo más intrincado y convencional.


El ambiente intelectual nos satura, nos envuelve lo mismo que la atmósfera física y así acabamos por no saber, algunas veces, si nuestra substancia moral es pura elaboración cerebral interna o asimilación extraña.

Un plumista, casi he dicho un moralista, que bien pudiera ser yo, ha escrito:

“Hay plagios inconscientes”.

¿Será el caso? No sé, ni ustedes tan poco lo sabrán después que hayan leído, me parece.

Tengo que ser reservado, omitiré pues, en lo posible, el poner puntos sobre las “ies”.

Se trata nada menos que de un académico que ya tiene 84 inviernos, académico que conozco, sin estar ligado a él por vínculos amistosos. Es historiador de turno y ha figurado cuando el segundo imperio napoleónico brillando sobre todo por su elocuencia parlamentaria.

En una revista de la que es asíduo colaborador ha escrito: “Cette crise d’emotion ne dura qu’un instant; la colere est en moi comme l’etincelle qui jaillit du choc d’un caillou et s’eteint aussitot”[5].

“Esta crisis de emoción solo duró un instante: la cólera es en mí como la chispa que produce el choque de una piedra y que se apaga en el acto”.

El mismo pensamiento está en el acto 4° de Julio César hablando Casio, que era tan violento con Bruto. Pero Shakespeare es más conciso y en su frase no hay pleonasmo como en la ya citada. Ese “que se apaga en el acto” está de más. ¿No le parece así al lector?

Shakespeare dice: “that carries anger as a flint bears fire” o “que soporta la cólera como el pedernal la chispa”, lo que es de una concisión incomparable.

El inglés se presta a ello. Lean ustedes la escena esa, en inglés, o en español, hay buenas traducciones.

¿En quién pensaba el escritor francés al escribir lo anotado?

¿Hay aquí apropiación?

Digamos: “Les beux esprits se rencontrent[6]”.

Ya no hay en realidad plagios sino de menor a mayor.

La cuestión es acomodar bien las piedras preciosas de otro en el mosaico personal.

Emerson[7], en su estudio tan original, tan profundo sobre Shakespeare[8], o el poeta, hombre representativo, o simbólico, escribe:

“El pensamiento es de quien lo hace y de quien lo pone en su sitio. En sabiendo aprovechar los pensamientos ajenos, ya son propios nuestros”.

Mirabeau[9], ese rayo de la palabra, era un filibustero en ese sentido. Gran memorista, tomaba de acá y de allá y el robo resultaba legítima propiedad.

Y tenía tanto que hacer que Chamfort*, su amigo, le componía ciertos discursos sobre cuestiones de hacienda particularmente. Él, con su gesto, con su voz vibrante, los embellecía.

Es también Emerson, ya otra vez creo que lo recordé, el que cuenta esto.

Refiere Dumont* que, estando él una vez sentado en la galería de la Convención, oyó una conversación de Mirabeau. Se le ocurrió que podría ponerla en forma de discurso y así lo hizo inmediatamente mostrándosela a lord Elgin, que estaba cerca de él.

Lord Elgin la aprobó y Dumont por la noche se la enseñó a Mirabeau.

Leyó este y, hallándola admirable, dijo que al día siguiente la incorporaría a su discurso.

Es imposible, dijo Dumont, porque desgraciadamente se la he mostrado a lord Elgin.

Aunque se la hubiera usted mostrado a cincuenta más, yo la he de decir.

Y así lo hizo con gran éxito.

Por eso yo he escrito “la propiedad de una idea que se presta es cosa difícil de reivindicar.”

Apuleyo ha imaginado un “Asno de Oro” mejor, mucho mejor que el de sus predecesores, y nadie le acusa.

Al contrario. Su composición fantástica es la que vive y vivirá.

Yo tengo algunas frases que en puridad de verdad no puedo jurar si son mías o no.

El hecho es que las repito con frecuencia, creyendo, persuadido, que son de mi cosecha.

¿Qué más sobre este asunto que llamaremos, si a ustedes les parece que cuadra debidamente, “asimilaciones conscientes o inconscientes?”

Cuando Byron escribía el Manfredo[10], pensaba en Goethe y este en el Manfredo, ignorándose ambos.

Taine* ha hecho suya la célebre palabra del insigne panfletista Tomas Paine[11]: “la religión de la humanidad”.

Suele haber más buena fe de lo que se cree cuando alguien dice “esto es mío”, olvidando que no es así.

A un senador provincial de tiempos pasados yo le hice un discurso que no fue mal recibido, alcanzando aplausos.

¡Fragilidad de la memoria! Ese senador amigo me decía un día en una reunión: “¿se acuerda usted de mi discurso de tal momento?”.

¿Y cómo no te has de acordar, me dijo al oído mi hermano Carlos, que era tan espiritual, si tú se lo hiciste?

A mí nadie me hizo mis discursos, y por quien soy, que no sé si lo siento. Quizá hubieran sido buenos, si malos, y mejores si buenos.


Al poner la firma me llega un diario. Lo abro. Leo. Estupendo, inaudito. No hay memoria histórica de cosa parecida. “Trescientos” barcos ingleses de todos tamaños, desde el Dreadnought* hasta el submarino han comenzado a maniobrar un simulacro de guerra. Tienen sus tripulaciones completas. Los ejercicios durarán cuatro semanas.


  1. Los hermanos Garnier fueron un prestigioso sello editor francés, especializado en la publicación de obras hispanas en París. Publicaron los últimos cuatro libros de Mansilla: Rozas. Ensayo histórico-psicológico (1898), Mis memorias (1904), En vísperas (1903) y Un país sin ciudadanos (1907). Para más información sobre ellos, véase el texto Pura Fernández “La editorial Garnier de París y la difusión del patrimonio bibliográfico en castellano en el siglo XIX”. En línea: (https://acortar.link/Dhw8qB).
  2. “Hablar de mí sería demasiado fuerte y esperaré hasta morir para saber cuál es mi lugar”.
  3. Émile Ollivier (Marsella, 1825–Saint-Gervais-les-Bains, 1913) fue un abogado, político e historiador francés republicano, opuesto al emperador Napoleón III en sus inicios, gestor de una serie de reformas liberales. Entró en el gabinete y fue primer ministro de Francia cuando Napoleón cayó. En virtud de su producción como historiador, fue nombrado miembro de la Academia Francesa en 1870 pero nunca ocupó el cargo. (VIAF: 59093008).
  4. Le Journal des Debats es un periódico francés publicado entre 1789 y 1944 (con algunos cambios de título). Entre sus colaboradores, se cuentan Victor Hugo, Eugène Sue, Hyppolite Taine y Julio Verne. Sus archivos están disponibles en línea en el sitio de Gallica.
  5. “Esta crisis de emoción duró sólo un momento; La ira está en mí como la chispa que brota del impacto de una piedra y se apaga inmediatamente”.
  6. “Las mentes hermosas se encuentran”.
  7. Creemos que se refiere a Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803–Concord, 1882), escritor, filósofo y poeta estadounidense. Líder del movimiento del trascendentalismo a principios del siglo XIX, sus ideas contribuyeron al desarrollo del movimiento del «Nuevo Pensamiento», a mediados del siglo XIX. Era profundamente antiesclavista y tenía una idea inmanente de la religión. Entre sus obras más importantes, se cuentan: The Transcendentalist (1841), Lecture on the Times (1841), Man the Reformer (1841), The Method of Nature (1841), The Young American (1844). (VIAF: 27079964).
  8. Creemos que se refiere al libro Emerson On Shakespeare From His Essays On Representative Men (1904).
  9. Creemos que se refiere a Honoré Gabriel Riquetti (1749-1791), Conde de Mirabeau, fue un revolucionario francés, escritor, diplomático, francmasón, periodista y político. Entre sus obras, se cuentan: Le rideau levé (1786), Histoire secrète de la cour de Berlín (1787), Dénonciation de l’agiotage (1787). (VIAF: 92203246).
  10. Manfred: A dramatic poem es un drama escrito entre 1816 y 1817 por Lord Byron. Contiene elementos sobrenaturales, en consonancia con la popularidad de las historias de fantasmas en la Inglaterra de ese tiempo. Es un ejemplo típico de ficción gótica. (VIAF: 178223117).
  11. Creemos que se refiere a Thomas Paine (Thetford, Norfolk, 1737-Nueva York, 1809)​, político, escritor, filósofo, intelectual radical y revolucionario de origen inglés. Promotor del liberalismo, la democracia y la izquierda política, es considerado uno de los fundadores de los Estados Unidos. (VIAF: 4934659).


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