Lunes 2 de Agosto de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, julio 9.
¡Viva la patria y adelante!
Ignoro quién ha tenido la amabilidad de remitirme el número 109 de la Vida Moderna. Se lo agradezco.
Es una publicación nutrida de excelentes materiales gráficos y literarios.
La he recorrido con atención, todo lo de la tierra me interesa.
Pero, los peros son los microbios de las bellas letras, de la historia, pero tengo que ponerle un pero, de poco momento si se quiere, pero al fin pero, a una página titulada “Mirando pasar”, página, por otra parte, muy bien hecha, representando al general Roca y sus tropas beneméritas en el momento de cruzar el Río Colorado el memorable día 13 de Mayo de 1879.
Con razón dijo M. de Voltaire, lo tan repetido: “et voila justement comme on ecrit l’histoire”: así se escribe la historia, para mayor claridad.
Soy amigo personal del general Racedo[1] hace rato, desde que era mi subalterno, me sacó la oreja después, dejándome atrás; todo lo cual puede verificarse si se recorre el florilegio de Tomás E. Estrada, Lecturas Argentinas[2].
De modo que nada, pero nada, aquí viene lindamente el pero, nada tengo que rebajar a ciertas apreciaciones respecto de él. Al contrario, afirmo y confirmo todo lo que en su elogio se dice y lo enaltece.
Pero, lo repito, él, el general Racedo, si lo halla conducente, hará las rectificaciones que sean del caso histórico, mistificado, como tantos otros, sin premeditación.
Yo voy a reducirme a un solo pero, que consiste en consignar esto: no cooperé a eso, sino como causa y efecto anterior. ¿La razón? Es muy sencilla. Mi excursión a los indios Ranqueles es muy anterior de varios años. Sarmiento apenas hacía dos que era presidente, y la expedición al desierto de Roca fue estando Avellaneda en la presidencia.
Sírvase la Vida Moderna aceitar la corrección que se contiene en el pero anotado. Y crea que, como a todo lo criollo bueno que tenemos, le deseo más años que a Matusalén.
Otro si digo, y con esto queda demostrado el anacronismo.
La Nación, en sus efemérides del mes de Mayo, no recuerdo bien la fecha, creo que es del 11 de Mayo de 1909, entre otras cosas dice: “1870… regresando Mansilla después de haber realizado lo que hasta la fecha ningún comandante de fronteras se había resuelto a emprender”, léase: lo que me sugirió la idea de escribir “Una excursión a los indios Ranqueles”.
Padecen ustedes de una enfermedad muy francesa, y hasta contagiosa: las loterías. Pues el ministro Clemenceau* acaba de presentar un proyecto de ley tendiente a suprimir la epidemia esa: excepto cuando se trate de “tómbolas” que no pasen de 5.000 francos. Para las loterías actualmente autorizadas el proyecto provee a una liquidación lenta, equitativa.
A medida que los términos se acortan, los extranjeros se preparan para mandarse cambiar, muchos al menos si pasa el proyecto Cailleaux[3]. Es decir, la droga que en todo tiempo han empleado los medicastros sociales, los empíricos cuya pretensión ha sido operar ellos mismos la repartición de las fortunas.
Con tantos nuevos impuestos, si esta ley “colectivista” llegara a pasar, sufrirá este país, cuya energía económica no es muy grande, un golpe tan recio que no es posible calcular todas sus consecuencias.
En una reunión cosmopolita se hablaba así la otra noche:
―Pagará usted el impuesto sobre la renta haciendo ver lo que tiene o conformándose con que le digan: según el tren de vida que usted lleva, sus gastos, su renta debe ser de tanto o cuánto.
La mayoría de los presentes habló más o menos así:
―Yo pienso dejar la casa que ocupo, apartamento con muebles propios, que venderé o mandaré a mi tierra y me iré a vivir al hotel.
Otro decía:
―Yo no me quedaré en París, me iré a Bruselas y vendré de cuando en cuando aquí.
Alguno observaba:
―Yo no tendré depósito en mi banco, andaré con la carta de crédito en el bolsillo.
Y un francés, que estaba entre ellos, observaba:
―Lo peor de todo es que en Francia, cuando se aumenta un impuesto, ya nunca lo bajan. No es como en Inglaterra, donde algunas veces han subido el “income tax” bajándolo después, según hace poco lo vimos con motivo de la guerra del Transvaal.
Es este un ángulo saliente de los muchos que hacen antipática esta proyectada ley.
Detallarlos sería exponer al lector argentino a quedarse dormido de pie, no por falta de paciencia sino porque el tecnicismo administrativo francés está erizado de vocablos que a Dios gracias no se han aclimatado entre nosotros por la sencillez, diré, de nuestra malla financiera.
Según algunos, no hay que perder la esperanza de que el senado rechace o modifique en sus cláusulas esenciales la cosa.
La opinión es en general contraria a ella por instinto de conservación y porque contraría o ataca costumbres arraigadas.
En esto, como en casi todo lo que tiende a reformar, la costumbre legisla, siendo más fácil la existencia cuando hay mosca en el bolsillo.
La ciudad que yo conozco en que se oyen más ruidos es Buenos Aires en ciertos barrios.
En todos los tiempos, la gente se ha quejado del ruido, los trabajadores intelectuales particularmente.
Bueno, vamos a ver qué efectos produce ahí la liga contra el ruido que se está organizando en Nueva York, metrópoli molestísima, casi fantástica en ese sentido.
Aunque no se trate de peste, puedo decir que el caso es esporádico, no endémico.
Resulta que en Buenos Aires, en la ciudad, la Atenas del Plata por antonomasia, no en la provincia, tengo también un admirador parecido al del Paraná, según informé a ustedes.
Antes de proseguir, haré constar que en España tuve también, hace fecha, un admirador.
Fue nada menos que Trueba, el popular trovador. Supo que yo ocupaba un lugarcito bajo el firmamento, porque un su pariente, comerciante mayorista de Buenos Aires, le mandó mis “Indios Ranqueles”, sacándome así de la penumbra mundial.
Olaso era el apellido del gentil caballero a quien tanto favor le debo.
Trueba, que cantaba y escribía como era su corazón sin tacha, consagró unos cuantos artículos a mis “Ranqueles”.
No los tengo. No sé qué se han hecho. Como tantas cosas, fenecieron.
¡No le pasó lo mismo a Sarmiento! con Villergas[4], autor del Sarmenticidio[5], en sus Viajes, tan amenos, algo se le fue la mano hablando de cosas de España “inde irie”, ¡y qué furor!
Pero, como según Azais y otros, yo entre ellos, este es un mundo de compensaciones. Carapachai tiene ahora, así le llamaron en cierto momento histórico, su admirador en dicha tierra de garbanzos.
El archicatedrático Unamuno, que es alguien en la república de letras, nada menos, que de “el gran Sarmiento” lo califica.
Me dice ese mi admirador bonaerense si no estoy equivocado.
“Enfermo e inutilizado hace algún tiempo, me paso los días leyendo buenos libros. Entiendo que los mejores son aquellos cuyos autores ya conozco y, a decirle verdad, ninguno hace tanto mi delicia como los de Sarmiento y usted”.
Como Sarmiento vive en la historia y yo no me siento con disposición todavía de pasar a esos dominios, lo dejaremos en paz.
Pero, por si en la parte que a mí toca hay lisonja calculada, he aquí el castigo.
Denuncio al autor, se llama Francisco Rodríguez, se dice mi amigo, no me acuerdo, perdóneme aunque viva en barrio tan central como el número 615, calle Victoria.
Agrego a lo dicho al amigo Rodríguez, ¡que se mejore! muchas otras palabras gratas, y entre ellas esta, más o menos:
Que ha buscado como un loco el segundo tomo de mis “Retratos y Recuerdos” hasta que Mendeski le ha convencido de que no lo he escrito, lo que es una verdad como un templo.
Sigue hablando el amigo Rodríguez y pone en labios de Mendeski esta afirmación: “y lo peor es (gracias) que ya Mansilla no ha de escribir un segundo tomo”.
Me inclino a pensar, sin ser profeta. Primero, hay libros que, sueltos o en serie, resultan siempre lo mismo, más o menos largos, fastidiosos o interesantes “voila tout”.
En este caso están esos, mis “Retratos y Recuerdos”. Segundo, las circunstancias han variado un poco. Aquí no vivo pensando en el pasado de mi país. Eso no tiene remedio, no se suprime. Vivo pensando en su presente, y columbrando su porvenir siempre con ojos optimistas a pesar de los pesares.
¡Qué difícil es no hablar uno de sí mismo! Vanidad de vanidades y todo es vanidad. Son males sin remedio.
La “Imitación” dice: ¡tanto que deseamos vivir y tan poco que nos corregimos de nuestros defectos!
Estoy, me parece, padeciendo de egoísmo a medida que desciendo de la cúspide al valle.
Pero ustedes son tan buenos que me lo han de perdonar ¿no es así?
Viene esto a propósito de otro apasionado que acabo de descubrir, o mejor dicho, de otro compatriota que se ha servido significarme sus sentimientos admirativos casi desde las crestas eternamente nevadas de Suiza.
Me escribe de Davos Platz y, como su tarjeta tiene en un ángulo Rivera Indarte 106, y en otro Córdoba colijo, sin ser muy malicioso, que es de la tierra del Dean Funes.
Me dice cosas muy agradables, y deben ser verdad.
¿Qué interés puede tener este joven, ha de serlo, de lo contrario sería menos expresivo y entusiasta, en inducirme a que siga plumeando como lo hago en estas “Páginas breves”, a fin de no perder el contacto con ustedes, lectores amigos?
Estoy hablando de Julio Abarca.
No sé si es hombre de estudios científicos, jurídicos, literarios. Lo único que sé bien es que, a juzgar por su extensa carta verbal, es la forma que emplea, si ya no lo es y quiere serlo puede llegar a ser escritor, posee, en efecto a juzgar por la muestra que tengo a la vista, el arte no fácil de decir con pocas palabras mucho.
¿Me equivoco?
¿Me estará descarriando, no diré el aplauso en público sino la complacencia?
Si así siguen algunos de mis paisanos, me van a poner en el estado moral de Monsieur de Voltaire. Tenía ochenta y tres años (me falta bastantito) cuando se representaba su gran tragedia “Irene”. Y viéndose triunfalmente aclamado, exclamó: “Franceses, ¿quieren ustedes hacerme morir de gusto?”
¡Eh! dirá alguno, con que lo digo yo, pero ¿dónde está Yrene? ¿Dónde? Si el lector ha leído el párrafo “ya está hecho” el pastel de liebre con gato, y no como el famoso Soneto, a Violante, que entonces nadie me discutiría.
Ya sabemos que la estadística es una buena muchacha a la que con un poco de destreza se le hacen decir muchas cosas agradables o desagradables, según lo que se quiere demostrar.
Pero estas cifras son como para preocupar buscando las causas verdaderas.
Según el doctor francés Lowenthal[6], lo dice en un trabajo que le ha comunicado a la Academia de Medicina, durante el período de 1902-1906 bajo las banderas del ejército francés han muerto de enfermedades diversas, tuberculosis sobre todo, 4178 individuos más que bajo las banderas del alemán, siendo este, todavía, más numeroso que aquel.
El doctor Lowenthal atribuye principalmente tan notable diferencia a que el soldado alemán está “acuartelado” en mejores condiciones higiénicas que el francés y a que en este es mayor el número de los reclutas “semibuenos”.
Lo que no se arriba a explicar, y de ello se ocupan franceses y alemanes, es esto, curioso: los suicidios en el ejército francés han sido 446, y en el alemán 1117, lo que significa una desproporción enormísima contra el ejército alemán.
Los oficiales de todos los países deben ser bravos por definición, y lo son generalmente.
Un oficial sin valor es como un caballo sin patas, no existe, no debiera existir. La bravura se sobrentiende. Es menester entonces que el oficial tenga otras cualidades.
Partiendo de este principio, abundan las críticas de los mismos ingleses que no gustan de tapujos y embusterías.
He aquí el tenor de algunas de ellas.
El oficial inglés continúa siendo el tipo inmortalizado por Tackeray[7] (exagera), en sus capítulos “Algunos militares snobs[8].”
Se han hecho grandes esfuerzos estos últimos siete años para levantar el nivel de los estudios en el ejército, pero todavía no se ha conseguido sino algo, falta mucho.
Negar la ignorancia de los oficiales ingleses, en general, es desmentir el resultado auténtico de los exámenes, publicado por el ministerio de la guerra.
He aquí algunos datos, unos pocos ¿para qué más? consignados en el informe de dicho ministerio.
Composiciones: En su conjunto han sido muy mediocres, un pequeño número de candidatos, era solo capaz de poner sus ideas en orden lógico.
Dictados: Algunos candidatos han cometido los errores más grotescos. En cuanto a leer, leen muy mal.
Aritmética: Malas notas sobre varios puntos.
Geometría: El resultado en general muy malo.
Geografía: Gran número de candidatos ni jota, como el paraguayo del tiempo del primer López[9], que según el cuento de Santiago Arcos[10], creía que la Europa quedaba siempre río Paraguay abajo.
Química: Las respuestas han sido de una insuficiencia marcada.
Física: Ignorancia general.
Francés: Lamentable.
Alemán: Muchísimo malo.
Latín: Pocos estaban al abrigo de groseros errores.
Griego: Un líquido sabia de lo que se trataba.
Todas estas encarnaciones de la ignorancia, dice el informe, tenían ya por lo menos 17 años.
Comparando, qué quieren ustedes, yo vivo comparando, lo de acá con lo de allá, comparando me digo: no andamos tan mal por mis pagos sobre este capítulo.
Hay otro curioso que nosotros hemos suprimido, los ingleses no. Lo conservan como cosa buena, y pienso que lo es. El pueblo menos militar de los pueblos hace todo lo posible para rodear sus banderas y estandartes del mayor prestigio.
A nadie se le ocurre en él, sería un sacrilegio, separar la idea de la patria de la idea de Dios.
Hay pocas ceremonias militares a las que la religión (sic) no sea asociada.
El mariscal de campo sir Evelyn Wood reflejaba la impresión de todos los oficiales cuando el otro día, en una bendición de banderas, decía: “Ninguna nación puede subsistir sin religión”.
Y, ¡cómo cambian los tiempos!
Allá por los años todavía de 1852, Chile nos mandaba harinas.
Era, entre otros argumentos, uno con no poca fuerza que cantaba, hay que decirlo: la Argentina está mal gobernada.
Efectivamente, teníamos un gobierno que no podía ser peor, viviendo como vivíamos, matándonos unitarios y federales los que, como decía el negro de mi cuento, eran ambos a dos peores.
Esas harinas, cuando nuestras cosechas de trigo eran malas, entraban pagando derechos, y si acontecía lo contrario, la palabra de orden decía: atrás.
El contrabando era así un excelente negocio, y yo podría nombrar muy respetables comerciantes que contrabandeaban de cuenta y mitad, es siempre el caso, con los Argos de la administración que, en tal caso, cerraban los ojos herméticamente.
Leía, pues, con mucho gusto los otros días un estudio sobre este tema: “El mundo corre demasiado”, hallando en él lo que a poco andar se verá.
El estudio tiende a demostrar que con la difusión de la civilización moderna, crece el consumo del pan, no desarrollándose paralelamente la producción del trigo.
Hay países, dice, que son en cierto modo los graneros del mundo.
La cifra anual, término medio, de la producción de trigo durante estos últimos cinco años, es de 3160 millones de bushels, correspondientes a 86 millones de toneladas métricas.
Tres países solos producen la mitad de esa cifra enorme, a saber: los Estados Unidos, que figuran por 660 millones; la Rusia de Europa, por 541, y la Francia por 328 millones.
La otra mitad es producida por otros países del mundo en las proporciones siguientes: la India, 286 millones, la Italia, 159; la Alemania, 128; la Hungría, 120; la España, 115.
Ciertas regiones que no tienen una fuerte producción exportan grandes cantidades porque su población, y consiguientemente su consumo interior, son débiles.
Llego a donde deseaba. El autor agrega: Así, la Argentina produce 101 millones de bushels, el Canadá 91, la Rusia de Asia 90, la Rumania 75 y el Austria 54.
Estas cifras requieren algunos comentarios.
El autor los hace: son extensos. Yo abrevio así: desde que la Inglaterra no es ya la “merry England”, la verde Inglaterra, sino el país negro de Birmingham, de Sheffield, de Leeds, y desde que la Alemania se ha hecho industrial y manufacturera, ambas, así como la Bélgica, necesitan importar muchos millones de toneladas. Francia es una de las raras naciones de Europa que, poco más o menos, se bastan.
Ahora bien, aquí estoy donde quería. La Argentina, pequeño granero del mundo, ¿no? Ya Chile no nos manda harina. Perfectamente, es muy satisfactorio. Pero esos 101 millones de producción son muy poco, muy poco, si tenemos en cuenta nuestra extensión territorial, nuestras tierras privilegiadas, productoras sin mayor esfuerzo desde el norte al sur, del este al oeste.
¿Y por qué tan poco?
Todo el mundo lo sabe: porque nos falta población, que extensión tenemos para producir casi tanto como los Estados Unidos.
Curioso país, ¡con más extranjeros que ciudadanos, y con tierra para dar y prestar!
“Gobernar es poblar”, escribió uno de nuestros precursores, y es cierto. Yo modificaría sin embargo la fórmula así: poblemos gobernando, como es debido, porque no está la tanda en solo poblar. ¡Ay de mí! Es tan difícil gobernar, que, de veras, yo no me animaría a tomarlo si me dijeran: ahí tiene Vd. el bastón.
Y no hay error de imprenta en las cifras. Lo hace notar la misma hoja norteamericana que de los malditos bichos se ocupa.
Dice, en efecto, el New York Herald*, hablando de los estragos que causan las ratas en Estados Unidos, suman cientos de millones por año, y se apoya en el departamento de agricultura, que si no se perturban los amores de una sola pareja de los tales cuadrúpedos, a la vuelta de tres años habrán producido nada menos que “veinte millones” de roedores.
Como desde que tengo memoria oigo decir que en Buenos Aires hay muchas ratas, pregunto: “¿Se ha ocupado alguien de calcular los estragos que hacen, sobre todo ahora que producimos tanto trigo, que es lo que más les gusta y que tenemos gran puerto, siendo, como son, tan amigos de viajar embarcados?
- Eduardo Racedo (Paraná, 1843-Buenos Aires, 1918) fue un militar y político argentino. Participó en la batalla de Pavón y en la Guerra del Paraguay. En 1880 participó en la guerra contra la rebelión porteña, en las batallas de Olivera y Puente Alsina. Desde 1883 a 1886 fue gobernador de la provincia de Entre Ríos. Más tarde fue ministro de Guerra y Marina de la Nación, durante las presidencias de Miguel Juárez Celman y Roque Sáenz Peña. (VIAF: 16455483).↵
- Se refiere al libro (también mencionado en su Página Breve del 8 de octubre de 1908) Estrada, Tomás (ed.). Lecturas argentinas: para uso de las escuelas y colegios de la República / selección hecha por Tomás Estrada. Buenos Aires: Estrada, 1908. ↵
- Creemos que se refiere al proyecto financiero de Joseph Marie Auguste Caillaux (Le Mans, 1863-Mamers, 1944), político francés de la Tercera República, odiado por los sectores de derecha por sus propuestas socialistas y pacifistas. Como líder de los radicales y desde el cargo de primer ministro, promovió una política de conciliación con Alemania que llevó al mantenimiento de la paz durante la Crisis de Agadir de 1911. (VIAF: 114621953). ↵
- Juan Martínez Villergas (Gomeznarro, 1817-Zamora, 1894) fue un escritor, poeta satírico, periodista y político español. En Buenos Aires (1874-1876) publicó el semanario Antón Perulero (1875) y sostuvo una polémica con Juan María Gutiérrez (recopilada en Cartas de un porteño), quien hizo resaltar el mal republicanismo y conservadurismo real de Villergas. (VIAF: 13985017). ↵
- Martínez Villergas, Juan. Sarmenticidio: o A mal Sarmiento, buena podadera. Paris: Agencia General de la Librería, 1853. ↵
- Creemos que se refiere a Wolff Wilhelm Lowenthal (1850–1894), un médico polaco, nacionalizado francés, profesor de la Universidad de Génova y especializado en enfermedades infecciosas. Fue además, una figura determinante en el establecimiento de las colonias judías en Entre Ríos y Santa Fe a fines del siglo XIX. (VIAF: 15552782). ↵
- Seguramente se refiere a William Makepeace Thackeray (India, 1811-Londres, 1863), novelista, ilustrador y periodista inglés del realismo. (VIAF: 95208604). ↵
- Se trata de un capítulo del libro El libro de los esnobs, por uno de ellos [The Book of Snobs, by One of Themselves, de Thackeray, publicado en 1848. El libro contiene una serie de artículos semanales publicados en Punch bajo el título «Los esnobs de Inglaterra, por uno de ellos» («The Snobs of England, By One of Themselves»), obra escrita bajo pseudónimo cuyo protagonista se llama Snob. (Extractado de la Enciclopedia Británica). ↵
- Francisco Solano López Carrillo (Asunción, 1827-Cerro Corá, 1870) fue el segundo presidente constitucional del Paraguay entre 1862 y 1870. Fue comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y jefe supremo de la nación paraguaya durante la Guerra de la Triple Alianza. (VIAF: 40173490).↵
- Santiago Mariano del Carmen Arcos Arlegui (Santiago de Chile, 1822-París, 1874) fue un político liberal y ensayista chileno. Junto a Francisco Bilbao fue fundador de la Sociedad de la Igualdad, inspirada en el ideario de la revolución francesa de 1848, que buscaba la abolición en Chile de la República Autoritaria de carácter conservador y el establecimiento de un sistema basado en los principios de soberanía popular y fraternidad. Fue autor de varios libros (solo uno de ellos, el primero, de carácter literario: Cuentos de tierra adentro o extracto de los apuntes de un viajero, de 1849, en donde probablemente se halle el cuento al que refiere aquí Mansilla). Es el destinatario de las cartas que dieron origen a Una excursión a los indios ranqueles (1870), en donde Mansilla en algún sentido responde a la obra de Arcos publicada diez años atrás, Las fronteras y los indios: cuestión de indios (1860). (Extractado y adaptado de VIAF: 19770445). ↵






