Lunes 12 de Junio de 1911
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, mayo 21.
Lo que es hoy aunque el tema no sea poético tienen ustedes que darme las gracias, pues no es de mi caletre, sino traducido, lo cual, según ya lo tengo más o menos explicado, representa, para mí, un doble esfuerzo gramatical.
Bien o mal, con más facilidad, escribo una columna en mi lengua vernácula que la mitad voy traduciendo. No sé lo que será para ustedes. Para mí es una complicación.
Intitularemos el párrafo de la referencia así: del carácter profundamente religioso de las ceremonias de la coronación del rey de Inglaterra.
Léanlo, es instructivo y curioso. Muestra una faz singular de ese gran pueblo en cuyos dominios no se pone el sol.
El rey ha recibido el martes pasado una diputación de los representantes de todas las denominaciones protestantes conducidas por el arzobispo de Canterbury que venían a presentarle un ejemplar de la Biblia en honor del tricentenario de la traducción inglesa de 1611, del Libro Santo, conocido bajo el nombre de “La versión autorizada”.
Ahí y en otras partes no se sabe el poder que tienen aquí las formas religiosas.
“El rey”, dice lord Beauchamp[1], “con motivo de la coronación tiene un carácter sacerdotal”.
Y, en efecto, todas las ceremonias de la coronación se parecen mucho a las que en la Edad Media acompañaban la consagración de un obispo y tienen un carácter profundamente religioso.
Los trajes del soberano son de origen episcopal, como que el obispo y el rey son uno y otro ungidos con el óleo santo. Los dos cetros corresponden al bastón pastoral y al “cayado”, la corona a la mitra, el “colobium sidonia” al alba, la “túnica delaris” a la dalmática, el manto imperial a la capa de acero.
Los dos, el obispo y el rey, tienen el anillo y la estola.
Solo la espada y las espuelas, símbolo de la autoridad militar, son propias del rey.
De los “Regalia” empleadas en la coronación, tres solamente, la Piedra del Destino, la ampolla y la cuchara para la unción, no fueron destruidas con todos los demás en 1645 por los soldados de Cromwell.
La Piedra del Destino es la misma piedra sobre la cual los antiguos reyes de Escocia fueron coronados, y que Eduardo I trajo a Inglaterra en 1296. Esta piedra está colocada en un sillón que data de esa época y una sola vez lo han sacado de la Abadía de Westminster, el 26 de junio, de 1556, cuando Cromwell fue proclamado Señor Protector de Inglaterra.
Desde Eduardo I a la fecha este guión ha servido en todas las coronaciones, excepto en la de María I que fue coronada en una silla especialmente hecha para ella y bendecida por el Papa.
Cuatro coronas sirven para la ceremonia. La corona de San Eduardo para el rey, la de Santa Edita para la reina, y dos coronas del Estado.
Estas últimas son personales del rey y son generalmente refaccionadas para cada coronación. La corona de San Eduardo es muy pesada, no la mantienen sino durante algunos minutos sobre la cabeza del soberano y en seguida la reemplazan por la del Estado.
Los anillos de la coronación son llamados “alianzas” (anillos de casamiento) símbolo de la unión del soberano y del Estado.
Hay cuatro espadas.
La espada del Estado (siempre llevada en una vaina ante el rey a la apertura del parlamento), la espada embotada de la Misericordia, la espada de la Justicia espiritual y la espada de la Justicia temporal.
Según la leyenda, el águila conteniendo la ampolla fue dada a Santo Tomás en Becket por la Santísima Virgen.
De los cuatro cetros uno es el cetro real, el otro con una cruz sobrepuesta, es el cetro de la reina, el tercero es el cetro de marfil, y, por último, viene el cetro con la paloma, símbolo de los días de paz de Eduardo I, después de la expulsión de los daneses.
Los guantes significan que las manos del rey deberán percibir con moderación los impuestos y las espuelas de San Jorge que montará a caballo y que combatirá como caballero por la defensa de sus derechos.
En materia de defensa social los ingleses no se andan con vueltas.
En otros términos, la Inglaterra se defiende contra los anarquistas sin “sensiblería”, con permiso de la Academia.
Como consecuencia de los asesinatos de policiales en Houndsditch y del sitio de Sydney Street, el señor Winston Churchill[2] acaba de presentar un bill dándole al gobierno poderes más amplios de los que ya tiene contra los extranjeros.
El señor Churchill explica que la Gran Bretaña podría exigir fiadores o garantías de todo el que, por ejemplo, proviene de lugares donde reina la violencia, donde la policía es mirada como enemigo y toda institución como una piratería y donde la carrera del pillaje y del asesinato está rodeada de una aureola.
En principio, toda condena por un tribunal británico tendrá como consecuencia la expulsión del extranjero.
El bill ha sido ya votado en primera lectura, es decir, en general. Es muy extenso. Lo anotado es el substratum.
Nuestros legisladores harían bien en estudiarlo y aprovecharlo.
Soy creyente, no soy teólogo. Luego debo haberme equivocado, lo confieso, en lo que días pasados dije a ustedes sobre Leila[3], la última novela de Fogazzaro*, desde que dicho libro, con los de D´Annunzio[4], ha sido puesto en el “Índice”.
Tuve días pasados una emoción intensa; abracé fuertemente a un Estrada, este apellido es un culto para mí; abracé a Tomás Estrada[5], a Tomasito como los que le han visto nacer y otros que le aman le llaman, el cual, siempre gentil, con su amable visita, me trajo un libro bien escrito y bien hecho. Y así lo digo exprofeso, porque no todo libro bien escrito está bien hecho y viceversa.
Recorriendo, examinando sus páginas artísticamente ilustradas, me he dicho: el Compendio de la historia general de América[6], por Carlos Navarro Lamarca[7], merece el prólogo del sapiente escritor español Eduardo Hinojosa, que lo encabeza prestigiándolo. Me he dicho más: la tipografía argentina rivaliza ya, ¡bravo!, con la del viejo mundo y la de los Estados Unidos, y me he sentido, una vez más, ufano de esta exquisita manifestación de una de las ramas de nuestro adelanto en la senda tan importante de la cultura intelectual e industrial combinadas.
Tengo que agradecerle, y se lo agradezco de veras, a La Capital, del Rosario, que he visto nacer y prosperar como órgano independiente de la opinión militante, la “Efeméride” que ha publicado en su número del 21 de marzo de 1911, relativa a mi Excursión a los indios Ranqueles.
Bellos tiempos aquellos de juventud, de acción, de ideales más o menos realizados. ¡Y cómo ha cambiado todo! Hasta los apellidos de antaño apenas suenan en medio del estrépito de la invasión cosmopolita.
Miro atrás y el tendal es innumerable e infinitos los que yacen en el olvido. Contribuyeron, empero, con el sudor de su rostro o la sangre de sus heridas gloriosas a la obra común de la patria, a su grandeza, visible, tangible; grandeza que nos permite figurar ya entre los primeros pueblos civilizados, entonando con orgullo legítimo el “Oíd mortales el grito sagrado…” de nuestros venerados antepasados, y columbrando, sin hacernos ilusiones, diez millones de habitantes para cuando esté por concluirse esta presidencia.
El mencionado número de La Capital lo debo a la fineza amistosa de mi excelente paisano Filadelfio Villamayor.
Un instante, un instante más, como decía frecuentemente Pascal en sus famosas Cartas a un provincial[8], y allá irá mi respuesta a su extensa e interesante misiva de marzo 22.
Hay en ella evocaciones entusiastas que han hecho vibrar todas las cuerdas sensibles de mi ser filial.
Sí, el 20 de noviembre de 1845[9] es una fecha memorable. Los franceses la han consagrado, lo repito, dándole a una calle de París y a una estación del Metropolitano el nombre de “Obligado”. Y en el Louvre hay cuadros, en la sección de grabados marítimos, descubiertos por nuestro caro y simpático Schiaffino[10] hace pocos años; cuadros de impresión inglesa y francesa, que ilustran lo admirablemente cantado por nuestro poeta popular Ascasubi[11], gran talento, legítimamente criollo como Hernández, como Estanislao del Campo[12], que tanto amé y admiré.
Reclamo para ello y otros inmortales “payadores” una edición iluminada al alcance de todo el que pueda disponer de cuatro reales.
Esos trovadores son legión; no pensaron del mismo modo en el conflicto de la cruenta guerra civil; pero todos ellos experimentaron con intensidad las mismas emociones.
Eran poetas hasta la médula de los huesos. Francamente no sé cuál me gusta más, si el Mefistófeles de Goethe, o el de Estanislao, si la Margarita tedesca[13] o la argentinizada.
- Creemos que se refiere a Tomás de Beauchamp, XI conde de Warwick, KG (1313–1369), un noble inglés y Comandante militar durante la guerra de los Cien Años.↵
- Winston Leonard Spencer Churchill, (Palacio de Blenheim, 1874-Londres, 1965) fue un político, estadista, e historiador británico, conocido por su liderazgo del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial. Es considerado uno de los líderes más notorios de tiempos de guerra y fue primer ministro del Reino Unido en dos períodos (1940-45 y 1951-55). (VIAF: 94507588). ↵
- Fogazzaro, Antonio. Leila. Milán: Baldini & Castoldi, 1911. ↵
- Gabriele D’ Annunzio (Pescara, 1863-Gardone Riviera, 1938), fue un novelista, poeta, dramaturgo, periodista, militar y político italiano, símbolo del decadentismo y héroe de la Gran Guerra. Apodado «il Vate» (es decir, «el Poeta Profeta»), fue una voz destacada en la literatura italiana desde 1889 hasta 1910 y más tarde en la vida política, entre 1914 y 1924. De corte nacionalista y conservador, algunas de sus ideas influyeron luego en el fascismo de Mussolini. Escribió la tragedia La nave en 1908. ↵
- Tomás Eduardo de Estrada Biedma (Buenos Aires, 1874–Buenos Aires, 1936), hijo del editor Ángel Estrada, estuvo a cargo de la conducción de la casa de imprenta Estrada desde 1904 hasta 1932. También fue director y presidente del Banco de la Nación Argentina en los primeros años del siglo xx, presidente de la Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral de Buenos Aires y del Jockey Club de Buenos Aires, y miembro de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. (VIAF: Q85867632). ↵
- Navarro Lamarca, Carlos. Compendio de la historia general de América. Prólogo de Eduardo de Hinojosa. Buenos Aires: Ángel Estrada, 1910. ↵
- Carlos Navarro Lamarca (1868-19??) fue un abogado, escritor y profesor del Colegio Nacional Central de Buenos Aires. Autor de publicaciones históricas y literarias, entre ellas la Historia general de América (1913). ↵
- Las Lettres provinciales (Cartas provinciales) son una serie de dieciocho cartas escritas por el filósofo y teólogo francés, Blaise Pascal, bajo el seudónimo Louis de Montalte, entre los años 1656 y 1657. (VIAF: 311114450). ↵
- Referencia a la Batalla de la Vuelta de Obligado*. ↵
- Eduardo Schiaffino (1858-1935) fue un pintor, crítico e historiador argentino, perteneciente a la Generación del 80. Fue un impulsor de las artes plásticas en la Argentina. A los 18 años formó parte del grupo que fundó la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, que en 1905 pasó a ser la Academia Nacional de Bellas Artes. (VIAF: 72750558). ↵
- Hilario Ascasubi (Fraile Muerto, 1807- Buenos Aires, 1875) fue un poeta, escritor, diplomático y político, autor de obras célebres de literatura gauchesca. Entre ellas: Paulino Lucero (1846), Santos Vega o los mellizos de la Flor (1851), Aniceto el Gallo (1853). (VIAF: 51785428). ↵
- Estanislao del Campo Maciel y Luna Brizuela (Buenos Aires, 1834–Buenos Aires, 1880) fue un militar, funcionario de gobierno y escritor argentino. Participó en las batallas de Cepeda y de Pavón. En 1866, Del Campo asistió al estreno en el Teatro Colón de la ópera Fausto, con música del compositor Gounod –el mismo que compuso la música para Mireia, primera obra del poeta provenzal Frédéric Mistral, citado aquí en la nota al pie–. En esta ópera se inspiró para crear su célebre poema Fausto, Impresiones del gaucho Anastasio el Pollo en la representación de esta Ópera, más conocida como El Fausto de Estanislao del Campo o El Fausto Criollo. Entre sus obras, se hallan también Los debates de Mitre (1857), Carta de Anastasio el Pollo sobre el beneficio de la Sra. La Grúa (1857, en la que describe una función de dicha soprano en el Colón y anticipa el Fausto), Poesías (1870, con prólogo de José Mármol) y la novela hoy desconocida, Camila o la verdad triunfante, publicada en 1856 (Buenos Aires: Imprenta de la Revista), digitalizada y disponible en línea. Más información de esta novela desconocida puede hallarse en Hebe Molina. Como crecen los hongos. La novela argentina entre 1838 y 1872. Buenos Aires: Teseo, 2011.↵
- “Alemana” en italiano.↵






