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EL DIARIO

Viernes 23 de Junio de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, mayo 27.

     

Si han leído Vds. lo que, con la concisión substancial posible, vengo diciéndoles de algún tiempo a esta parte sobre la despoblación de este país, lean lo siguiente, que es, por decirlo así, el complemento.

Aunque nosotros no padezcamos todavía del mal francés, no está demás, al contrario, tomar nota de las principales causas que lo originan.

El capitán Maire, presidente de la Liga de Familias Grandes, y él mismo padre de once hijos, acaba de exponer cuáles son las reivindicaciones de la Liga.

Cita cifras demostrando que en 1.804.710 hogares franceses no hay niños; que en 2.966.171 hogares hay un solo niño; y que en 2.661.978 hogares solamente hay dos niños. Dice el capitán Maire: “Sin las 3.800.000 familias con tres, o más hijos, la Francia sería un esqueleto. Estas familias son la fuerza principal y los acreedores del país”.

La Liga pide que los impuestos sean disminuidos cuando nace el cuarto hijo, que los “favores” y el patrocinio del Estado sean reservados para los miembros de familias grandes; que el número de hijos de un empleado de gobierno sea tomado en consideración para su ascenso; que las becas sean reservadas para los niños de familias numerosas, y que el gobierno dicte leyes inmediatamente para ayudar a los miembros de la Liga.

“¿De dónde saldrá el dinero,” pregunta el capitán Maire y responde: “¡Celibatarios, adelante! Son Vds. los zánganos de la colmena, ya sea por egoísmo, o por intención. ¡Son Vds. cual árboles estériles! La Francia se muere por falta de nacimientos. ¡Hay, pues, que aflojar el cordón de la bolsa!”.


Poco o nada me ocupo de la política interna y externa de este gobierno francés, por la sencilla razón que poco o nada la entiendo. Vds. tienen por otra parte corresponsales que, estudiándola, “ad hoc”, pueden informarles con más acierto que yo. Dos palabras entonces, y nada más, sobre el susodicho tema, palabras que no son mías, sino de un amigo, escritos eminente, con el que suelo cambiar ideas. Se las sugiere el escándalo inaudito llamado por definición “el tráfico de las condecoraciones”.

Dice mi amigo con tanto “esprit” como gravedad:

“Hay dos cosas que el gobierno no puede hacer so pena de suicidarse: suprimir las condecoraciones y disminuir el número de los funcionarios. Si el régimen actual hiciera estas dos reformas, no tendría un año de existencia; pero se guardará bien de hacerlo. Todo el mundo es de opinión que trescientos mil empleados de gobierno serían grandemente suficientes para despachar los asuntos. Ahora tenemos cerca de un millón, y, desde hace veinte, a pesar de todas las tentativas y de todos los esfuerzos, a pesar de todas las promesas y de todos los llamamientos a la economía, nunca se ha podido obtener la supresión de un solo subprefecto. Lo mismo sucede con las condecoraciones”.

Ahí, en nuestra tierra argentina, no padecemos de la fiebre de las condecoraciones, verdad que no las tenemos. Pero como todo nuevo gobierno nacional y provincial habla de economías y supresiones, prometiendo hacerlas, no es temerario suponer que sobre el tal negocio y otros, cojeamos del mismo pie francés.


La República Argentina es un país de prensa, ello salta a la vista, no hay más que mirar sus grandes diarios; y de buena prensa moderada, indulgente, si la comparamos con la francesa, tan ilustrada cuanto procaz.

Nuestros hombres públicos no se ven, como los de por acá, maltratados diariamente, con o sin razón, en términos que horripilan.

Hay periodistas cuyo estudio principal parece ser el de los vocablos más ofensivos. Se está por eso leyendo, como algo que consuela, un libro reciente que recomiendo a mis paisanos de alto y bajo coturno; su autor es un hombre de gran erudición, el doctor Luis Fiaux[1], y su obra se intitula Armand Carrel et Girardin[2], estudio tan interesante cuanto completo de las causas verdaderas del duelo que tronchó la noble carrera del polemista republicano incomparable, polemista que en su momento era la esperanza de la democracia y el tipo del periodista “Sans peur et sans reproche”.

Completa “in extenso” lo que sobre la tan simpática entidad moral e intelectual ha escrito Sainte-Beuve* en una de sus Causeries de lundi[3]. Háganme Vds. el favor, los jóvenes sobre todo, que lidian por la unidad moral en la libertad y el triunfo del sufragio libre, de leer y meditar sobre las bellas páginas de este libro, y que Dios los libre de la funesta tentación de dirimir con sangre sus querellas. Miro atrás lejos, y la conciencia me dice que todo eso fue aberración, demencia. No, ni el acero ni el plomo son soluciones de la verdad. Si yo volviera a nacer con la conciencia del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo que ahora tengo, en verdad os lo digo, haría al revés.


Ya está en mi poder la segunda producción del joven escritor Jorge Evans, pseudónimo de Emiliano T. Luque. Es una colección de trozos diversos que hacen leer con agrado, impresiones psicológicas y recuerdos históricos. Son en efecto el secreto Treinta años, cuyo envío agradezco de veras. Todo lo que de la tierra nativa me llega a este respecto es para mí en extremo estimable. Me hace ver el progreso intelectual disputándole palmas al surco fecundo civilizador que enriquece nuestras vastas comarcas, al arado incansable, precursor de la transformación del desierto clamando población.

Me dice el autor en cortés y amable misiva:

“Cuando hace tres años tuve el “gusto de enviarle un capricho literario intitulado: “Jehová”, usted al “acusar recibo en una de sus populares y amenas correspondencias a El Diario y en lo referente a mi trabajito me decía: “Tenga usted “siempre pluma y tinta a la mano cuando quiera expresar sus ideas. Y yo entendí que lo decía en serio, y en esa creencia he borroneado nuevamente papel, y de ello es testimonio el ejemplar que le envío recomendándolo a su benevolencia. Y cuando menos he cumplido un deseo incluyendo su nombre entre los buenos servidores de la patria en ese libro, si tal puede llamarse él”.

Ha hecho bien. El progreso, la destreza de su pluma, salta a la vista, comparando Jehová con el Secreto de treinta años.

Siga sin desaliento. Que el “Nulla dies sine linea” sea su divisa. Escribir es como tocar la flauta, no la de la fábula, sino la otra, la del artista. Nada de intervalos, nada de intermitencias que: “à force de forger on devient forgeron[4]”. Demóstenes era tartamudo, y metiendo piedritas en la boca acabó por corregir maravillosamente la imperfección nativa.


Para que en esta cháchara haya de todo un poco, concluiré con tres sueltos:

Primero. Se anuncia la muerte del señor Charles Wertheimer, coleccionista inglés, muy conocido, a los sesenta y nueve años de edad. La colección Wertheimer ha sido valuada en diecinueve millones de francos.

El señor Wertheimer se había “especializado” en porcelana de Sévres y pinturas de la escuela inglesa. Había hecho pintar su retrato y el de su mujer por Sargent.

Me gustaría que en mi tierra hubiera muchos así y poquísimos pobres desde luego.

Segundo: En la venta de la biblioteca Hoe, de Nueva York, una biblia, impresa por Guttenberg, se ha vendido en 250.000 francos.

Tercero: La justicia ha hecho preparar un informe sobre los cargos que se le han dirigido a la policía de Nueva York, acusada de prevaricaciones, de falta de sentido moral, y de connivencia con el crimen y el vicio.

El informe concluye declarando que una reforma a fondo de la policía es urgente.

A Dios gracias, nada de esto pasa, creo, en la gran metrópoli bonaerense.


Pero me apercibo de que en lo dicho no hay nada que lleve rubro para el bello sexo. Es correr el riesgo de pasar por fastidioso. Enmiendo la plana y dirigiéndome a mis lindas paisanas informo que la reina de Inglaterra acaba de hacer saber, por el órgano del gran chambelán de palacio, que a las fiestas de la coronación no serán admitidas las damas cuyos sombreros sean exagerados, y sus vestidos muy “colants”, o demasiado “escotados”. La reina quiere pues elegancia y sencillez, lo que no excluye el lujo. Con que así, amables lectoras, tomen Vds. nota, y dispensen si no soy más prolijo en los detalles del caso; y que arroje la primera piedra el que me diga mujerengo.


  1. Louis Fiaux (1847-1936) fue un político francés, autor de numerosas obras, entre ellas: Biographies historiques et contemporaines, De la responsabilité politique dans la démocratie. (VIAF: 19812661).
  2. Fiaux, Louis. Armand Carrel et Émile de Girardin: Cause et But d’un Duel; Moeurs Publiques du Temps; De Sous de Politique. Paris: Marcel Riviere et Cie. 1910.
  3. Sainte-Beuve, Charles. Causeries du lundi. Paris: Garnier Frères, 1857.
  4. “Si te obligas a forjar te conviertes en herrero”.


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