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EL DIARIO

Viernes 8 de Septiembre de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, agosto 6.

     

Decididamente es una invasión amable la de querer conocer, en dos palabras, mi opinión literaria sobre casi todo lo que produce la estampa de mi tierra y de mis paisanos. Siguen, pues, llegando a mi poder los volúmenes en prosa y en verso, con que conocidos y desconocidos me favorecen. Mas han de tener paciencia si tardo en trasmitirles mis impresiones. Lo repito, no puedo leer todo de golpe, ni mis ojos son los mismos que veían en las tinieblas del primer calabozo que probé en Buenos Aires…. Poco después de la caída de Rozas, calabozo con destierro de tres años; y, por añadidura, fianza de “non ofendendo” a un cierto eminente senador, todo ello por un desafío en el que no corrió sangre.

“¡Tout est bien, qui finit bien!” Y las cosas se arreglaron algunos años más tarde, se calmaron un tanto las pasiones, lo [***] que, de la [***][1] desagradable para mi amor filial cuanto molesto para la verdad histórica.


Cantidad no implica calidad.

El dicho se aplica entre otras muchas cosas al papel impreso, libros por definición. Es lo que he pensado leyendo las páginas del folleto: La cuestión moral[2], páginas con que me ha favorecido el joven escritor Luis Cont, su autor; y digo joven, porque si fuera ya muchacho como yo, no sería esta la primera vez que su nombre llega a mi conocimiento.

Empezaré estampando el “cliche” consabido: muchas gracias por el recuerdo. Y hecho, agregaré con él, valiéndome de una fórmula sintética mía, que los progresos materiales del siglo pasado y de la hora presente, no marchan paralelamente con lo que llamaremos las conquistas morales. Diríase que la civilización engendra el vicio.

La estadística comparada de los crímenes y delitos es horripilante, en efecto. Pero vamos a La Cuestión moral y los derechos del hombre, que en cierta manera se relaciona con lo dicho. Solidaridad y armonía son sinónimos en este orden de ideas. No me propongo discutir. Simplemente afirmo que hay un algo de incontestable en las afirmaciones de Luis Cont cuando, llamando la atención del legislador, escribe: “La censura de los libros se impone, moderada y prudentemente…”.

La sublime misión femenina es moralizar al hombre y a la humanidad, influyendo como madre, hija, hermana, novia, esposa y miembro de la sociedad…

El matrimonio por interés es ya una verdadera plaga…


He aquí un espejo en el que no estará de más que se miren un momento los sociólogos e higienistas argentinos.

En 1907 la Francia encabeza las naciones en la marcha del consumo del alcohol, con la cifra tremenda de 128.940.800 litros por año, lo que da un término medio de 3 litros 3 gramos por persona.

Respecto del ajenjo, el caso es más grave todavía.

La Francia absorbe, ella sola, más ajenjo que todas las demás naciones del mundo reunidas.

En 1874 consumió 700.000 litros.

En 1910 ha bebido 36.000.000 de litros. La proporción ¡enorme! es de uno a cincuenta.

Los gastos hechos por los franceses para procurarse el alcohol, o causados por el alcohol, alcanzan anualmente a dos mil millones.

Llegan a tres mil millones si se les añade los gastos de “chomage” (cesación del trabajo por huelgas u otras causas) y la represión de los crímenes causados por el abuso del ajenjo.

El doctor Roubanovitch, médico en jefe del hospital de Bicétre, acaba de publicar un libro sobre este asunto.

En 1887, Mr. Claude des Vosges, que también había publicado en tres gruesos volúmenes un trabajo más completo aún que el de Mr. Roubanovitch, calculaba en un 1.600.000.000 de francos la suma gastada por año en alcohol; y en mil millones la suma de los sueldos perdidos por el alcoholismo, o sea una pérdida anual para la Francia de ¡¡¡2.600.000.000 de francos!!!

Paul Adam*, en un estudio sobre tan grave asunto, estudio, como lo tuyo, lleno de interés, denomina el terrible flagelo pintorescamente, llamándolo “La Catoblépas”, bestia fiera de Etiopía, parecida a un toro deforme; y, en efecto, no conozco bestia alguna que haga más estragos.


Otro folleto en el que abundan las reflexiones de trascendencia sociológica patriótica en el que debo al doctor Ignacio Pérez de Arce. Me refiero a sus notas tituladas La mentira argentina y la crisis del sistema federal[3], notas que son como un índice de reformas dentro del gran cuadro de la Constitución nacional. Ya he hablado de esto en otra parte hace años. Volver sobre ello sería repetirme. Voy pues a concretarme a unas pocas observaciones, empezando por decir que el código fundamental argentino es uno de los más atinados que conozco, teniendo en cuenta, como hay que tener, los antecedentes históricos de su gestación, que fue larga, muy larga, y no poco sangrienta. Sí, hay que reformar. No hay obra humana perfecta. El tiempo, por otra parte, impone sus consejos, siendo ineludibles las transformaciones de las cosas en la evolución del progreso de todo tipo. Pero, si las instituciones y las leyes reclaman revisiones discretas, transacciones moderadas de circunstancias, mas reclaman otras revisiones y transformaciones los organismos de carne y hueso que las mueven. En otras palabras, así como los federales y los unitarios de antaño no se parecen a los de ogaño, habiendo acabado por entenderse legalmente, por obra y gracia de la Constitución, transacción y pacto final de los partidos fratricidas, así también es menester, so pena de regresión moral, que el ciudadano modifique, altere y cambie su criterio político, para decirlo todo en dos palabras.

Es cuestión de enseñanza cívica, primaria y superior, y de buenos ejemplos oficiales, de arriba para abajo, particularmente. Solamente así se conseguirá destruir una preocupación popular, tan general, sobre todo en lo que se llama gente baja, a saber: que la política es negocio… Hay que oír lo que se murmura en las trastiendas de los almacenes y de las pulperías en los corrillos de las cocheras de plaza, y en los conciliábulos de los peones de aduana. No tima generalmente con los cantos épicos de los círculos de influyente coturno electoral.


Acabo de leer algo que no puede eximirme de someter a la meditación de todos y cada uno de mis lectores. Es de Pasteur, nada menos que del químico famoso; y dice: “Un peu de connaissance m’éloigne de Dieu, beaucoup me rappelle Lui[4]”.

Y como quiero divulgarlo, lo traduzco al pie de la letra:

“Un poco de ciencia nos aleja de Dios, mucha nos acerca”.

Saber es pues conocer, lo que vale tanto como tener fe. Por eso no se discute la gran palabra: “Beati que non viderunt et crediderunt[5]”.


  1. Fragmentos ilegibles por mal estado del papel.
  2. Cont, Luis. La cuestión moral y un derecho del hombre. Buenos Aires: L. J. Rosso, 1911.
  3. Pérez de Arce, Ignacio. La mentira argentina y la crisis del sistema federal. Buenos Aires: Kosmos, 1911.
  4. “Un poco de conocimiento me aleja de Dios, mucho me lo recuerda”.
  5. “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.


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